Capítulo IV: El señor portal profesor y Superior de Seminario
En el mes de agosto de 1896, en medio de las inquietudes que le causaban los sucesos de Roma, el Sr. Portal fue encargado de predicar un retiro a las Hijas de la Caridad. Eran 450. Después de este esfuerzo, se fue a descasar cinco días con su médico, el doctor Ferrand.
El cese de la revista le dejaba disponible. Qué iban a hacer de él sus superiores? Se hallaba vacante una plaza en el seminario de Châlons-sur-Marne y allí fue nombrado profesor. Pero antes de partir recibió de la nunciatura una carta que le sirvió de consuelo. Se lo comunica a su amigo (Carta del 1 de octubre de 1896).
Su eminencia el cardenal Rampolla, secretario de Estado, me encarga de haceros saber de parte de Nuestro Santo Padre el Papa que podéis continuar manteniendo buenas relaciones con los anglicanos, de las que os habéis ocupado especialmente, tratando de traerlos más y más a la doctrina de la Iglesia romana, y ateniéndoos exactamente a los documentos últimos sobre la unidad de la Iglesia y sobre las ordenaciones anglicanas. Conformándoos a estas instrucciones de la Santa Sede, colaboraréis útilmente en la conversión de Inglaterra, que el Santo padre quiere tanto.
León XIII había querido sosegar un movimiento cuya rapidez e parecía peligrosa, pero no condenar un fin por el que él mismo había sentido entusiasmo.
Con el alma plenamente tranquilizada llegó el Sr. Portal a su puesto al que le enviaban sus superiores. Se entregó a su trabajo con su fogosidad acostumbrada.
Al comienzo del curso de 1896, los alumnos del seminario mayor de Châlons se enteraron de la llegada de un nuevo profesor: el Sr. Portal. El nombre no les era del todo desconocido. En el seminario se había hablado algo durante los últimos meses de la campaña anglo-romana, también se había celebrado la novena de pentecostés por la reunión de las iglesias. El recién llegado atrajo enseguida la atención. El encanto de su persona ayudaba asimismo al movimiento de curiosidad simpática que no tardó en dibujarse en torno a él. Tenía un modo tan nuevo de abordar las cuestiones, tanto las de ciencia teológica como los problemas de actualidad! Y luego se sentía, al acercarse a él, ese amor de la juventud que fue siempre uno de sus rasgos característicos. Ante todo interesaba esta cuestión anglicana, el estado de la Iglesia de Inglaterra, los deseos de aproximación, las esperanzas de los operarios de unión. El Sr. Portal no se esperaba en un principio este interés tan vivo entre sus nuevos alumnos: fue él el primer sorprendido por las prisas en informarles de estas cosas que se parecían tan poco a las consideraciones habituales de los manuales de teología. Un tanto aturdido todavía por el golpe que había puesto fin a la campaña anglo-romana repitiendo lo condenación de las órdenes anglicanas, preocupado en preparar los últimos números de la revista que debía anunciar su cese, no pensaba siquiera poner a sus jóvenes teólogos al corriente de esta cuestión; y sus primeras confidencias se produjeron con espontaneidad, y sin que él mismo se diera cuenta. Fue un año bonito para los seminaristas de Châlons, al menos para los que (y eran muchos) experimentaban gran gozo escuchando al Sr. Portal. Pronto se pusieron al corriente de las cosas de Inglaterra como si hubieran estado allí en persona. El Sr. Portal no se cansaba de hablarles. Refería el encuentro y las primeras charlas de Madera con un atractivo muy particular. Este sentimiento por lo demás no envejeció nunca en él; y más tarde, en los momentos más dolorosos, le gustaba decir que una amistad como la de lord Halifax bien valía todas estas pruebas, y pagaba con creces todas las molestias. Con él se sentía afecto a este noble lord, a este tipo perfecto de la distinción, de la lealtad, de la generosidad y de la piedad. Les gustaba oírle decir que el presidente de la English Church Union creía en la presencia real, en el sacrificio de la misa, que creía un deber asistir a él todos los días, incluso en países católicos, y que le había preguntado un día por qué no le daba la comunión, si creía en la Eucaristía con tanta firmeza como un católico.
Al mismo tiempo que a lord Halifax, aprendían a conocer al Rev. Lacey, tan piadoso y sabio, cuya personalidad era particularmente simpática al Sr. Portal. Estaba también el P. Puller, el superior de la comunidad de San Juan Evangelista en Westminster, el P. Puller quien, después de hablar del concilio Vaticano con Mons. Duchesne, reconocía que tal vez hubiera medio de entenderse.
Y, concluía el Sr. Portal, cuando veo a hombres como Puller y Duchesne declarar que podemos llegar a entendernos, hay ciertamente algo que hacer.
Había pues en todo aquello hombres de una piedad cristiana intensa, y que habían alcanzado toda la plenitud de la vida eclesiástica y religiosa! No se cansaba de entrevistar al Sr. Portal sobre sus queridos anglicanos. Y él tampoco se cansaba ce comunicar sus impresiones, sus visitas a las parroquias y a las casas religiosas. Contaba con agrado la acogida que había tenido en Bethany, y cómo la superiora había querido sin reservas que diera una conferencia a sus religiosas anglicanas.
Era una maravilla oírle explicar el, movimiento de Oxford, cómo, bajo el empuje de un renacimiento interior, la Iglesia de Inglaterra se había puesto por sí misma a despojarse de la levadura protestante, y a volver a sus antiguas tradiciones, que no habían desaparecido nunca del todo, sino que estaban amalgamada con elementos protestantes. Mezcla que a nuestra lógica francesa le cuesta tanto entender, por parecernos la conciliación imposible de los contradictorios. Pero el Inglés se contenta con vivir, guiado por el instinto más que por la lógica; es la fuerza tradicional e histórica de Inglaterra. El movimiento de Oxford había traído a algunos de sus representantes hasta la iglesia romana; los otros se habían quedado en su Iglesia nacional, sin dejar de mantener en ella y de fortalecer en ella el espíritu católico, la vuelta a los dogmas, a las prácticas, a los ritos antiguos: no cesaban de desear la unión de todos los cristianos. Y hombres como Halifax, reconociendo que Roma era, por la voluntad de Cristo, el centro de o Unidad, consideraban como deber y misión suyos provocar el acercamiento, y abrir en su caso la vía a la reunión con la iglesia romana. Convencidos de poseer en sus diócesis anglicanas, con sacramentos válidos, los elementos de una verdadera vida eclesiástica, no veían la obligación individual de adherirse por separado a la Iglesia romana, sino que querían llegar a ella en corporación, con su Iglesia entera. La lealtad de un Lacey, de un Puller, de un lord Halifax, no se quería poner en cuestión; y más tarde el abate Morel sonreía cuando se hablaba, en Francia, de la conversión de lord Halifax.
La obra del Sr. Portal era pues la continuación auténtica del gran pensamiento de Oxford. Pero trabajando con toda su alma en el acercamiento de los espíritus y sobre todo de los corazones, se cuidaba mucho de precisar condiciones y límites. Deseaba sólo que de cada parte, encuentros, intercambios vivos de pensamientos y de amistad a prendiesen a conocerse, a estimarse y amarse: la vida haría lo demás. Si se había escogido una cuestión determinada, la de las ordenaciones anglicanas, no era con el objeto de zanjarla rápidamente en un sentido favorable a los amigos de lord Halifax, sino como un terreno que parecía, a la vez que interesaba vivamente a los espíritus, ofrecer punto favorable a las discusiones y a las tomas de contacto. El Sr. Portal no cesaba de incidir sobre este punto de vista, tan a menudo olvidado. Pronto sus alumnos estuvieron al corriente de todos los detalles del problema anglicano: los nombres de sus amigos se les hacinaron familiares, parecía que, sin haberlos visto, se los reconociera íntimamente. Y largo tiempo después de dejar Châlons el Sr. Portal, una de las primeras preguntas que le hacían sus antiguos alumnos, cuerdo tenían la dicha de volverle a ver, era: «Qué es de Lord Halifax? Qué hacen vuestros amigos de Inglaterra?
Este contacto con una cuestión tan importante y tan viva dabas a toda la enseñanza del Sr. Portal un cariz especial. Se adivina cómo todo eso repercutía en la doctrina de la iglesia, y en la teología sacramental, que constituía, aquel año, el objeto del curso. Cuál era el poder de la Iglesia sobre la materia de los sacramentos? Qué requería exactamente su validez? Era la ocasión de iniciar a los jóvenes en las diversas opiniones que se habían intercambiado, aun entre teólogos católicos, unos mostrándose más tolerantes al tratarse de lo exterior del rito y de la tradición histórica, y otros más severos, a causa de la intención, esencialmente viciada por el protestantismo formal de los primeros obispos anglicanos. Personalmente el Sr. Portal había llegado a dudar, y habría deseado que se quedara en eso, estimando que esa duda era suficiente para determinar a los que querían estar seguros de su sacerdocio a pasar a la iglesia romana.
Estos grandes problemas ponían de manifiesto la necesidad de los estudios positivistas e históricos como base de los estudios teológicos. El Sr. Portal no cesaba de despertar en esta dirección la curiosidad de sus alumnos. Extraía argumentos abundantes para ilustrar sus clases de los documentos históricas, Enemigo nato de las construcciones a priori, atraía la atención sobre los grandes trabajos modernos en el terreno de los hechos. «La teoría más bella, decía debía ceder el paso al hecho más simple, legítima y debidamente establecido». Nadie se mostró más reservado que él para no arriesgarse en un terreno en el que no se sentía competente. Pero sabía en qué dirección debía orientarse para servir a la Iglesia en la época contemporánea. «Leed eso, decía hablando de una obra que no dejaba por entonces de producir cierta desconfianza; es la exégesis del porvenir.
Para ponerlos en estado de seguir los trabajos de la teología moderna, animaba a los jóvenes a estudiar las lenguas vivas, en especial el alemán y el inglés, con el fin de poder leer corrientemente estas dos lenguas.
No contento con dar a conocer el dominio que era de su especial competencia,, Inglaterra, llamaba la atención hacia otros horizontes, que por entonces eran de su interés,. Sobre todo Rusia. Se ve por la revista que ya buscaba informaciones y estudios por este lado. Tavernier en Francia, Birckbeck en Inglaterra le habían revelado ya el mundo ruso. Este fue más de una vez también objeto de las conversaciones de Châlons. Hablaba con espontaneidad de este gran país, donde la religión, decía él. Estaba aún como en la Edad Media, y que representaba, bajo el punto de vista oriental, la gran fuerza religiosa; las otras partes del mudo ortodoxo le interesaban poco; pero Rusia le inspiraba una simpatía que nunca se iba a cambiar.
La actitud del Sr. Portal repercutía también en el modo como él enfocaba las relaciones de la iglesia y de la sociedad moderna. Habría podido en este terreno adoptar el mismo lema que para la unión de las iglesias: realismo y simpatía. De una doctrina muy segura, que no comportaba ni la adhesión a la tesis definida por la autoridad, ni la sumisión leal a las órdenes y ni siquiera a los deseos legítimos, él sabía en la práctica ponerse claramente y sin frases en frente de la hipótesis; sabía buscar en todo, no lo que divide, sino lo que une. Su simpatía por otro lado no tenía nada de ingenuo: apreciaba en su justo valor las cosas y a las gentes. Pero su actitud abierta y simpática era sin discusión la mejor receta para acercarse a los espíritus, disipar los prejuicios, y preparar siempre por la caridad el triunfo de la verdad. La admiración tajante y altanera no le parecía ser el arma de la apologética ideal; y la polémica de Luis Veuillot le parecía menos útil a la Iglesia que el esfuerzo de los que buscaban generosamente comprender y amar a sus adversarios. Siempre prudente y moderado, sabía guardar una prudente reserva; no se dejaba arrebatar ni por la filosofía de la inmanencia, no por la ideología de Marc Sagnier, ni por el moralismo un poco libresco de Paul Bureau. Era él mismo, siempre abierto, siempre afable, infinitamente acogedor; y esto es lo que le granjeaba esa simpatía universal que lograba suscitar en todos los medios.
Con este mismo espíritu formaba a sus jóvenes teólogos para la acción. Un día cayó la conversación sobre el servicio militar de los eclesiásticos.
Señoree, dijo, en el momento en que Francia se desangra por las cuatro venas par tener un ejército, no estaría bien que el clero diera la impresión de rehuir esta pesada obligación. Sería de desear que la aplicación de la ley se hiciera con un mejor espíritu; pero hay que tomar partido con valentía.
Se sabe cómo le dieron la razón los sucesos de la guerra. Era preciso que el pueblo de Francia sintiera a sus sacerdotes con él hasta en las trincheras, hasta el final, hasta bajo el capote embarrado y ensangrentado del combatiente.
En otra ocasión se trataba de la escuela libre.
No nos hagamos ilusiones, dijo el Sr. Portal, no ha llegado el momento de realizar en nuestra sociedad la escuela cristiana.
En lugar de atacarse ciegamente, quería pues que se tratara ante todo de conocerse, para completarse cuando fuera posible el caso. Llevar a priori la guerra contra la escuela laica, sin posibilidad de reemplazarla, y hacerse de ella una enemiga positiva, le parecía a veces injusto, y siempre peligroso. Son los principios que le inspiraron más tarde su patronato de Javel: la obra social cristiana, lejos de alzarse como adversaria, se mostrará más bien un colaboradora. Abriendo sus puestas una vez acabadas las clases, a todos los niños que salen e las escuelas laicas realizó un bien considerable en un medio en el que la escuela cristiana no parecía realizable. Es el mismo pensamiento que debía llevar un día al Sr. Portal hacia los jóvenes salidos de los colegios del Estado, hacia los alumnos de la Universidad o de la Normal. Nadie se hallaba mejor preparado que él para este género de apostolado. Organizaciones como las de los «Davidées» no tienen otro objeto; y, en este terreno como en tantos oreos, el Sr. Portal tuvo el mérito de estar en la vanguardia.
Digamos que todo en estas conversaciones que arrebataban a los seminaristas de Châlons no estaba reservado a las cuestiones teológicas o sociales. El Sr. Portal tenía horror al pedantismo: se interesaba por todo, participaba gozosamente en las bromas; su risa, de una sonoridad alegre y fina, tenía encanto abierto; seducía tanto como la mirada. Se prestaba animar los recreos. Lo mismo que la clase; y cuando le correspondía «presidir» el paseo no había compañero más animado que él. Había organizado, en el césped de Fontenay, la casa de campo, un juego de balón en el que sabía oportunamente ocupar su puesto y entrenar a los equipos.
Cuando se iba a Fontenay, se descubría a unos kilómetros, en la colina desde la que domina a lo lejos la Champaren, la basílica de N. de l´Epine, con su bonita fachada florida, y sus flechas de piedra al aire, obra maestra del arte de la Champaña del siglo XV. Esta iglesia había conquistado todas las simpatías del Sr. Portal. Era sensible a las cosas del arte no menos que a las de la ciencia; hacía todo lo posible para interesar en ello a sus alumnos, deplorando que esta iniciación artística estuviera por lo general demasiado menospreciada.
La permanencia del Sr. Portal en Châlons no debía prolongarse más de un año. Pero dejó en cuantos la habían conocido un recuerdo imborrable: no tenían mayor satisfacción que encontrarse con él y de reavivar los buenos momentos del seminario de la calle Sainte-Croix o de Fontenay.
Los sentimientos eran recíprocos. El Sr. Portal, por su parte había conservado un profundo recuerdo de sus amigos de la Campaña. Largos años después recordaba todavía cómo se había visto sorprendido por el interés suscitado por sus primeras palabras. Aturdido por el golpe que acababa de impresionarle, le sucedía, le sucedía, confesaba él, llegar a clase sin saber lo que iba a decir. Sin quererlo, el corazón se desbordaba; una curiosidad que se convertía pronto en simpatía t afecto abría los espíritus y los corazones. Desde lo alto de su cátedra, leía en los ojos y en los rostros de su auditorio; y fue para él una grande alegría (y como él lo declaraba, un poderoso consuelo) sentirse comprendido de esta juventud.
Le gustaba la finura y el espíritu de la Campaña, y hasta ese hablar cantarín que era, según él, como el acento del terruño. Seguí más tarde con interés la controversia mantenida entre el abate Misset y venerables canónigos de Châlons a propósito de la leyenda de Nuestra Señora de l´Epine. El sabio medievalista había visto en la parición de la Virgen al pastor y a sus ovejas la glorificación de la perfecta pureza de María bajo el simbolismo del matorral ardiendo. Espíritu original y batallador, no supo nunca publicar bajo otra forma que la polémica una ciencia muy extendida y una competencia fuera de serie en las cuestiones de historia y de literatura medievales. Le gustaba ante todo batirse, y no le faltaron motivos, pues cada ataque de los suyos suscitó contradictores a a los que partía de un tajo al punto con una serie interminable de folletos. Sentía, por lo demás, una verdadera amistad por el Sr. Portal, y le daba a conocer sus trabajos, y sorpresas que proporciona a veces el oficio de sabio.
Una de estas historias había divertido mucho al Sr. Portal quien la contaba de buen grado. Un día los canónigos de Châlons sintieron la necesidad de documentarse sobre un libro que trataba del culto a la Virgen. Encargaron a alguien que hiciera en París las diligencias necesarias. Este fue a informarse ante Leopoldo Delisle, de la Biblioteca Nacional. «Sólo hay un hombre en París, le dijo Leopoldo Delisle, que pueda daros esta información, que es el abate Misset». Y el encargado acudió en efecto a Misset, quien tuvo la satisfacción suprema de documentar a sus adversarios.
El Sr. Portal se había divertido y no poco con la lectura de otro folleto, dirigido por el terrible polemista contra la ciencia espontánea y a veces alocada de Mons. Turinaz, arzobispo de Nancy, ardiente defensor de Juana de Arco Lorena: «Inocencio V, hijo de la Saboya, agrimensor y dos veces papa». Sin embargo, lo que el Sr. Portal apreciaba en los escritos de Misset era sobre todo su aspecto positivo, la cantidad de detalles históricos, teológicos, litúrgicos, mezclados con las requisitorias de la polémica. En uno de los informes de los Petites Annales de saint Vincent de Paul, bajo la firma de F. P., puso a sus lectores al corriente de la controversia de la Épine. «Estos folletos, escribe, son muy interesantes. Y éste es su objeto. Existe cerca de Châlons-sur-Marne una iglesia que es una verdadera maravilla de gracia y de armonía, la iglesia de Notre-Dame de l´Épine… Tenemos a los partidarios de la ‘leyenda tradicional’, y a los partidarios de la crítica, o, como ellos dicen, de la historia sabia, y, así lo creemos, de un alcance general. Si nuestros lectores tienen a bien no contentarse con ello y recurrir a los folletos citados ya, podemos prometerles unas horas de lectura jocosa y docta. El abate Misset es un sabio, pero no es aburrido… Ni el abate Pannet tampoco. Estos dos señores son de la Campaña!»
El Sr. Portal no la olvidó nunca. Volvió allí algunos años después, en compañía del abata Calvet y del abate Morel. Su amigo, el Sr. Flament (autor de una notable traducción de los Salmos), era entonces superior del seminario mayor de Châlons. El Sr. Portal estimaba mucho a este sabio, tan distinguido como modesto; y sintió un dolor profundo al verlo partir poco después para el Extremo Oriente a sepultarse en un seminario chino. La visita del Sr. Portal fue una fiesta para todos sus amigos. No se tuvo interés en omitir el santuario de la Espina; y el abate Morel expresó su admiración por una frase corta en ruso, inscrita, con los nombres de los visitantes, en el registro de los peregrinos.
El Sr. Portal volvió otra vez por allí cuando, en el otoño de 1912, hizo, en compañía de lord Halifax, esta visita del frente que había comenzado por Malinas y que se acabó en la Campaña. Los viajeros llegaron un sábado por la tarde a un presbiterio de campo. Al día siguiente, lord Halifax asistía, como un buen parroquiano, a los oficios con el misal en mano. Por la tarde visitaron rápidamente el campo de batalla del Marne en las cercanías de Vitry-le François. El lunes por la mañana, le tocó a Châlons con la peregrinación a la Espina, Luego el auto tomaría el camino de París, después de una breve parada en Epernay: el Sr. Portal no se había querido olvidar de nadie.
En 1897, fue enviado por sus superiores a Niza, para encargarse de la dirección general del seminario mayor. En un artículo necrológico de la semana religiosa de Niza, uno de sus antiguos alumnos, el Sr. Abate Gianeur, resume así su obra.
El Sr. Portal llegó al seminario mayor de Niza para el principio del curso de 1897. O más bien volvía allí, pues ya había pasado allí un año, en calidad de profesor unos años antes (1882-83). Estábamos entonces alojados bajo el castillo, en lo alto de la vieja Niza, en un edificio que desde entonces ha servido como cuartel general de obras de la vieja ciudad, vasta casa de largos corredores sombríos, claustral como la que más , pero que nuestros veinte años rejuvenecían.
El Sr. Portal estaba por entonces en sus cuarenta años. De talla media, caminaba recto, la cabeza ligeramente inclinada hacia delante y la mirada siempre meditabunda. En su rostro bien esculpido, bonitos ojos llenos de luz y una amplia frente, bajo suya cabellera siempre negra, retenían la atención.
Desde los primeros días nos sorprendió ligeramente, después nos encandiló. Sin nada de afectación, su alma se mostraba siempre al natural. Grave, con toda sencillez, trataba cualquier gran tema que le atraía, sabía reír al recuerdo de alguna agudeza graciosa, o cuando contaba alguna anécdota así. Cómo sabía interesarnos! No es que lo pretendiera, sino por la impresión que daba de su absoluta sinceridad. Parecía que entregaba su pensamiento, con todos sus matices, a medida que nacía en él. Y nosotros, prendados de sus labios, admirados y encantados, nada temíamos tanto como el final del acto, que inexorable como el tiempo, debía pronto poner fin al ejercicio y a nuestra dicha estremecida.
A la mayor parte de nosotros, él nos reveló la importancia del tratado de la Iglesia. Era para él la piedra angular de toda nuestra teología. Al hablar del principio de la autoridad y de la obediencia debida a nuestros jefes, su voz, que sin embargo no era fuerte, se revestía de vibraciones extrañas, o bien se tornaba bruscamente seca. Seguía un gesto cortante, que acentuaba un gesto casi trágico.
Pero la materia hacia la que le inclinaban su corazón y su espíritu con mayor frecuencia era la Unión de las Iglesias. Y casi siempre, del fondo de sus recuerdos, surgía la silueta de ese señor inglés, lord Halifax… Luego era su campaña por la Unión en corporación, sus viajes a Inglaterra donde visitó a un gran número de obispos anglicanos y a todas sus comunidades. Para nosotros era un mundo nuevo. Nuestros libros no nos enseñaban nada igual sobre Inglaterra y la primavera religiosa que hacía circular una savia tan católica por el viejo tronco del anglicanismo. Y los artesanos de esta renovación espiritual volvían a cobrar vida en estas conversaciones llenas de anécdotas, de recuerdos personales y de retratos.
Al cabo de unos mese nos habíamos familiarizado con los movimientos de Oxford y la campaña de los tractos inaugurada por Keble, Pusey y Newman. En las horas libres, los más fogosos se enfrascaban en la colección de la Revue Anglo-Romaine, que había sido fundada y dirigida por el Sr. Portal mismo, o también resumían o copiaban algún sabio artículo sobre las cuestiones, controvertidas entre anglicanos y católicos.
Se trabajaba pues intensamente en el seminario mayor. Con sus consejos, con los libros prestados, el superior estimulaba a la elite de sus estudiantes. Fue al finalizar el primer año cuando dejando la vieja casa fuimos a instalarnos a Cimiez, y el Sr. Portal cambió el emplazamiento de la biblioteca. En lugar de relegarla al último piso según lo previsto, la situó en la planta baja. Y nos estaba literalmente abierta! Al frecuentar esas grandes obras: biblias políglotas, sabios comentarios, textos de los Padres, sutiles disertaciones teológicas, discusiones de historia, conocimos algunos de los más altos goces del espíritu. Más tarde este recuerdo nos hizo comprender la embriaguez intelectual de los hombres del Renacimiento, cuando se les reveló la hermosa antigüedad.
Esta sabia labor era llevada con método. Se proseguía dentro del plan de nuestros trabajos de alumnos, bajo la dirección de nuestros profesores. Y fue precisamente para evitar la pérdida de tiempo la razón por la que el Sr. Portal introdujo en el seminario los deberes escritos. Hasta entonces el control del trabajo era puramente oral. En adelante fue necesario tratar ciertas cuestiones con la pluma en las manos, y a veces el deber, seriamente meditado, alcanzaba la talla de un artículo de revista. El mejor recibía los honres de la lectura ante el cuerpo de profesores y de todos los alumnos, El Sr. Superior hacía entonces preguntas precisas y pedía a veces aclaraciones. Nuestro gran seminario era verdaderamente una colmena, llena de vida y de alegría, ardiente en el trabajo, feliz por entregarse a él y por descubrir cada día, más bellas y más dignas de nuestro amor, las causas por las que se trabajaba tan bien y se rezaba.
Ya que si el Sr. Portal no llegaba a comprender no toleraba la piedad sin el trabajo, tampoco admitía una ciencia que, según el dicho de Bossuet, que gustaba repetir, no se volviera a amar a Dios. Su vida propia nos servía de ejemplo, –y con qué fuerza!– de esta unción perfecta de esta acción doble del alma. Al verle se daba uno cuenta de que sus pensamientos que le rondaban por su noble frente sólo se dirigían a fines divinos. En verdad, todas las manifestaciones de su espíritu no eran sino lo exterior de su manantial interior y sobrenatural del que no cesaba de alimentarse y renovarse.
Para permitirnos hacer nuestra piedad más personal y más viva, había añadido a la repetición semanal de la oración la obligación para cada alumno de preparar el sermón que se nos había de predicar el domingo por la mañana y cuyo asunto estaba en la pasquinera desde la víspera. Esta meditación sintonizaba nuestras almas a la enseñanza del predicador y las disponía a dejarse llenar más enteramente pro las lecciones que íbamos a recibir.
Pero aveces la vida del seminario duplicaba su alergia y su animación del todo espiritual. Cuando tenían lugar las visitas que hacían al Sr. Portal sus ilustres amigos de París o de Inglaterra.
No las secuestraba el Sr. Superior. Si se trataba de lord Halifax, cuya piedad era para nosotros, los seminaristas, objeto de edificación, o del Reverendo Lacey o del P. Puller, o bien del Sr. Senart, miembro del Instituto y célebre por sus estudios asiáticos, o del abate Boudinhon, hoy prelado romano y rector de San Luis de los Franceses, el Sr. Portal las conducía a la sala de la comunidad y, con sabia maestría las llevaba a darnos verdaderas conferencias.
Ah! qué agradecidos nos sentíamos hacia nuestro Superior por los gozos que nos llegaban de la ventanas que estos hombres nos abrían tan de par en par! Y también, qué orgullosos nos sentíamos de él! Siempre estaba a la altura de cualquier situación o persona. Fuera cual fuera la distinción o la celebridad del personaje recibido, el Sr. Portal se sentía cómodo, siempre sencillo, natural y de la misj0 talla por lo menos de los más grandes. Realmente ponía en práctica en toda su plenitud el título de su función: era el superior.
Por qué se marchó de Niza, donde el obispo, Mons. Chapon, era una de sus amigos, y donde sus seminaristas le rodeaban de afectuoso respeto? La carta siguiente muestra que la causa no radicaba allí: se sentía llamado en otra parte.
Esto es lo que escribía al cardenal Rampolla el 17 de junio de 1899: Eminentísimo Señor, nuestro año escolar va a concluir dentro de diez días. Permitidme antes de entrar en vacaciones, época de los viajes y de las predicaciones exteriores, atraer una vez más vuestra atención hacia las cosas inglesas que me parecen tan importantes para la Iglesia y en las que vos ponéis un gran interés.
Lord Halifax me había prometido venir a pasar unos días con nosotros como el año pasado. Por desgracia le ha sido imposible salir de Inglaterra por causa de la violenta campaña que lleva a cabo desde hace un año. Pero ha podido ver al Sr. Lacey, a ese doctor de Oxford, párroco en las cercanías de Cambridge, quien vino a Roma en la época de la discusión sobre las órdenes anglicanas. El Reverendo Lacey es uno de los principales lugartenientes de lord Halifax: toma parte en todas las luchas, y últimamente ja defendido el uso del incienso en las iglesias, delante de los arzobispos de Canterbury y de York reunidos un una especie de tribunal. Durante los ocho días que pasó en el seminario, pude conversar largamente con él y darme cuenta a la vez del estado de los espíritus. Desearía, Eminencia, someteros con humildad mis impresiones y el resumen histórico de cuanto ha sucedido.
La agitación actual tiene que ver evidentemente con nuestra campaña y por ella con el gran movimiento que lleva a la Iglesia de Inglaterra hacia el catolicismo. La misma condenación de las órdenes tuvo por resultado inesperado forzar a los obispos anglicanos y a sus teólogos a tomar una posición más clara y más favorable a las ideas católicas para encontrarse en mejores condiciones de defender la catolicidad de su doctrina. Gracias a esta polémica, la doctrina sacramental hizo verdaderos progresos. Los disidentes y los partidarios de la Baja Iglesia protestante afirmaban que los arzobispos y los obispos traicionaban a la Iglesia anglicana. Tuvieron a bien entablar una lucha enérgica contra la invasión del romanismo, y trataron de emplear la fuerza secular en toda la Iglesia. De ahí la doble campaña de Kensit y de William Harcourt.
Kensit no tiene personalmente ningún valor. Es una librero de Londres que fue condenado por pornografía hace algunos años, a causa de la publicación de un libro sobre la confesión sacramental cuyo autor era también él. Su único mérito fue escoger bien el momento oportuno para levantar el espíritu protestante después de la campaña de lord Halifax inmediata a la condenación de las órdenes y a la respuesta publicada por los arzobispos. Todo el mundo había previsto desde el origen de nuestro movimiento una reacción protestante, y esta es también una de las razones que hacía reservado al arzobispo de Canterbury, pero nadie habría creído que hubiera podido ser violenta. Para explicarlo es preciso juntar a las causas indicadas el celo desconsiderado de algunos ritualistas que han copiado demasiado servilmente ciertos usos italianos, franceses o belgas, sin tener en consideración el estado de espíritu de sus compatriotas. De todas maneras, Kensit y sus partidarios no han dudado en recurrir a vías de hecho. Han perturbado los oficios celebrados y actuado tanto y tan bien que han debido intervenir los arzobispos.
Por otro lado, sir William Harcourt, en el mes de julio pasado, llevó la cuestión al Parlamento. Volvió a encender así una guerra que iba a apaciguarse. Como cabeza de los liberales, después de la muerte de Gladstone, quiso sin duda apoyarse en el elemento protestante. Para ello, atacó con la mayor violencia a la alta Iglesia y al episcopado anglicano en su conjunto, al que acusó sobre todo de romanismo. No tuvo por el contrario más que palabras amables para los católicos ingleses. Siempre el mismo procedimiento. Los protestantes y los católicos se unen para abrir brecha en la Iglesia anglicana. El «Tablet» y sus amigos han añadido en este aspecto nuevos ejemplos a los que ya habían dado antes.
Lord Halifax y los que compartían sus ideas se colocaron inmediatamente a favor de los sacramentos y del culto conforme a la autoridad de la Iglesia. Rechazaron con energía, en las reuniones públicas y en el parlamento, la intrusión del Estado, anunciando de antemano que si las Cámaras dictaban leyes con relación a la fe o a la disciplina, ellos no se someterían. La lucha en el parlamento concluyó el 11 de mayo pasado con el rechazo de un proyecto de ley destinado a oprimir a los ritualistas. El poder civil se remiró a los obispos para restablecer la paz.
Los arzobispos de Canterbury y de York continúan celebrando sesiones. Esperan seguramente, para concluir sus audiencias, a que las Cámaras hayan terminado sus labores. La decisión que adoptan deberá ser muy moderada, de suerte que no dé motivo a la intervención del Estado. Pero es seguro que si los ritualistas tienen algunas reservas que hacer, a propósito de incienso, por ejemplo, y tal vez de la reserva de la eucaristía, los principios esenciales quedarán a salvo. En todo caso, es ya de gran importancia que los arzobispos puedan entender en estas causas y decidirlas sin intervención de la autoridad civil.
En toda esta campaña, lord Halifax ha dado muestras prodigiosas de entrega, de una gran habilidad política y verdadero valor. Su situación es inmejorable ahora. La sociedad que preside, la English Church Union, se ha aumentado en proporciones considerables: 6.000 nuevas adhesiones desde el mes de setiembre. Y me es siempre grato añadir que sus sentimientos con respeto a Roma no han cambiado. Para él, el final de este movimiento, es siempre la Sede de Pedro. Y no creo que en este aspecto se haya acabado su papel. Espero que pueda trabajar todavía en un acercamiento. Ruego cada día por esta intención para que la Providencia me permita consagrar a esta hermosa causa mis humildes trabajos y mis sufrimientos… Tengo el honor de ser…
Con esta frase última, el Sr. Portal daba a entender al cardenal Rampolla que la causa de la Unión de las iglesias le reclamaba, ya en París, ya en un puesto donde pudiera consagrarse más por entero.
Quizás intervino el cardenal? El caso es que sus superiores lo llaman a París para confiarle una fundación nueva: la del seminario San Vicente, en sustitución del seminario sulpiciano de los Carmelitas.
Confiamos la misión de decirnos lo que allí hizo a uno de los que vivieron largo tiempo con él.







