Fernando Portal, sacerdote de la Misión (Capítulo III)

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Author: Hipólito Hemmer · Translator: Máximo Agustín, C.M.. .
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Capítulo III: Campaña por la unión de las iglesias. Las ordenaciones anglicanas

Lord Halifax y el Sr. Portal se habían separado en Madera, «con una especie de presentimiento de que sus relaciones no serían algo efímero», pero sin ningún plan de acción formado. Debía tener oreas consecuencias que la suavidad de una amistad privada.

De Madera, el Sr. Portal se dirigió a Lisboa por asuntos de su congregación. Allí fue asignado como acompañante de Mons. Barreto, obispo de Funchal, en un viaje a Roma. Primer encanto de la gira clásica: Génova, Roma, Nápoles, Loreto, Asís, Florencia, Boloña, Padua, Venecia, Milán y Turín; primer contacto de tres semanas con el centro de la cristiandad; primer encuentro sobre todo con León XIII, que le recibió en particular después de la audiencia de despedida.

En Roma, escribe el Sr. Portal a lord Halifax, he tenido la suerte de asistir al consistorio, y sobre todo de ser recibido por el papa León XIII que me ha maravillado por su sorprendente memoria, por su viva inteligencia y por su presencia de espíritu. Me ha citado hechos de hace veinte años, referentes a nuestra congregación, con nombres propios y circunstancias particulares, que me han sorprendido mucho.

(Venecia, julio de 1890)

Aunque el recuerdo de lord Halifax le acompañara de continuo, ningún sobresalto precursor señaló la conversación rápida del peregrino con el Pontífice a quien volvería a ver algunos años después en circunstancias tan conmovedoras!

De vuelta a París hacia finales de julio, el Sr. Portal fue enviado, por razones de su estado de salud, para unas predicaciones. Fue allí cuando en octubre se enteró de la muerte del hijo de lord Halifax, cuya curación se había buscado en vano en el clima de Madera. Los dos amigos intercambiaron entonces inundadas de savia cristiana. El Sr. Portal escribía:

¡Qué prueba para vos, mi querido amigo! ¡Y para lady Halifax y para todos los vuestros! Dios mío, ¡qué terrible es la muerte cuando golpea de esta manera a los seres que nos son queridos! Habéis vivido ya demasiado, y también habéis sufrido demasiado, para no decir alguna vez como San Pablo: me toedet vivere; y si la muerte llegara para golpearos, a vos la recibiríais como un verdadero cristiano, sin demasiado miedo ni pesar. ¡Pero entregar a los hijos! En mi ministerio, mediante la gracia de Dios, yo sé aceptar la muerte; pero consolar a un padre y a una madre, nunca lo he sabido. No existe para vos más que un consolador, el Dios del Calvario y del sufrimiento. Acordaos de que al pie de la cruz, Jesús quiso que hubiera una madre, y decid en medio de vuestro dolor estas bellas palabras: Stabat mater dolorosa.

No os faltarán mis oraciones. Ayer dije la santa misa por vuestro querido hijo, y también rogué por vos. T continuaré, querido amigo. ¡Cómo desearía veros en este momento tan triste. Ya sé que no os faltan las amistades, sin duda alguna; pero sería para mí una pérdida no ofreceros mi pequeño tributo de ánimo (Madrid, 14 de oct. De 1890).

En apoyo de esta carta, enviaba la lady Halifax un librito, entonces en gran estima, del abate Perraud, que lord Halifax ofrecía a su vez en 1892, a la princesa de Gales como consuelo en legran dolor que producía en Inglaterra la muerte del duque de Clarence.

Insistía en otra carta:

Hace diez años estuve a punto yo mismo de partir para el gran viaje; y desde entonces con frecuencia, el estado precario de mi salud me ha recordado que podía ser alcanzado de un momento a otro. Esto me ha hecho bien. Sin duda, he experimentado por desgracia que «cuanto más se ande más se mancha uno»; por lo menos he logrado algún  desprendimiento que perfecciona mi vida religiosa, Amor al buen Dios lo más posible, a pesar del enfriamiento progresivo del corazón, hacer bien a las almas (¡oh sí! mucho bien), y luego recoger por el camino algunas flores, es decir algunos amigos; ¿no está en ello toda la vida, la verdadera vida? (Barcelona, 1890).

Y lord Halifax respondía: «Nuestro Señor es tan bueno con nosotros que sería la mayor ingratitud no aceptar todo lo que viene de Él con la más profunda condición de que todo es para bien de nosotros y de todos los que nos son tan queridos. Y eso es lo que trato de hacer. Después de todo, no es tan difícil de creer que Nuestro Señor sabe mejor que nosotros lo que atañe a nuestra salvación. Y si estas pruebas son necesarias, hay que probar a aceptarlas con alegría.

«Cuando se piensa en los propios pecados, sería espantoso pensar solamente en las delicias de la vida. Nos tendríamos como abandonados como aquellos por quienes nada se pude hacer». Garrowby, 14 de noviembre de 1890.

Después de su misión de predicar en España, el Sr. Portal fue nombrado en otoño ecónomo den el seminario mayor de Cahors; y su primer cuidado fue recordar a lord Halifax la promesa que éste le había hecho a menudo: «Si volvéis a un seminario mayor, estad seguro de que iré a hacer unos ejercicios a vuestro lado.»

Los duelos de familia (muerte del hermano de lady Halifax, el conde de Devon, y la de su cuñado, el conde de Beauchamp), las pruebas de salud entre los suyos, las obligaciones políticas en la Cámara de los Lores, las obligaciones sociales creadas por las costumbres y las tradiciones parea con los habitantes de sus dominios, en particular en el castillo de Hickleton, cerca de Doncaster, en el Yorkshire, la dirección de la Asociación defensiva de la alta Iglesia, dejaban escaso tiempo a lord Halifax para sostener encuentros con el Sr. Portal. Este último durante las vacaciones de 1891 pasó ocho días de veraneo con la familia de su amigo en Roscoff. Allí fue donde tuvo un primer contacto afectuoso con Eduardo, hijo de lord Halifax, quien debía hacer un día la brillante carrera política que su padre sacrifica al cuidado por los asuntos religiosos. La amistad se estrechaba debido a todos los esfuerzos por mantener y refrescar los recuerdos de Madera.

¿A qué viene manifestar escrúpulos, preguntaba el Sr. Portal, en contarme vuestras tristezas? Uno de nuestros autores ha dicho que  «el yo es odioso». Eso lo admito ya para personas que, aun manteniendo relaciones, siguen absolutamente extraños entre sí; pero entre amigos, yo busco y quiero el yo, sobre todo hablando de tristezas. Conocéis esa bella definición de la amistad: «Nihil aliud est nisi omnium divinarum humanarumque rerum, cum benevolentia et caritate summa consentio». –Omnium…, summa consentio…, siempre he sentido que la haya encontrado un pagano. Creed, mi querido amigo, que no podéis darme mejor señal de amistad que hablarme de vos, en particular cuando os halláis apenado.

La situación del Se. Portal en el seminario de Cahors, primero como ecónomo, y pronto como profesor de moral, le ofrecía posibilidades de instruirse a fondo en la historia del cisma inglés y en sentido más general, en el problema de la reunión de las Iglesias anglicanas. Son años de verdadera labor que transcurren en un recogimiento apacible. A las grandes obras clásicas de la historia religiosa vienen a sumarse, en su mesa de trabajo., los libros más modernos, o muy recientes, que le indica su amigo: La Iglesia latina y el Protestantismo, del ruso Khomiakoff,  una Defensa de las órdenes anglicanas, por el reverendo Aubry Moore, Los orígenes del culto cristiano, del abate Duchesne, y otras obras.

Pero el Sr. Portal no era de esos caracteres que se entierran largo tiempo en investigaciones estudiosas sin caer en la tentación de una actividad exterior correspondiente. El primer paso que le pareció de pronto realizable fue interesar a la opinión católica de Francia lo que sucedía al otro lado de la Mancha.

Creo, mi querido amigo, más que nunca, que sería bueno dar a conocer el estado de vuestra Iglesia. La Unión, si algún día la permita Dios, no puede producirse bruscamente: se necesita una preparación en las deferentes comuniones. ¿Por qué no trabamos con todas nuestras fuerzas este glorioso acontecimiento, arrojando una pequeña semilla aquí y allá, y dejando a Dios el cuidado de hacerla germinar si lo juzga conveniente? (28 de nov. De 1890)

Su espíritu fecundo sugiere a lord Halifax toda clase de asuntos que tratar en artículos destinado a la prensa francesa: sobre Newman, a propósito de la erección de una estatua del gran cardenal, sobre un congreso eclesiástico celebrado en el país de Gales, sobre el restablecimiento de las órdenes religiosas, preconizado entonces por su amigo… Nadie iba a tocar el problema de la reunión; se trataba tan sólo de iniciar al público francés en la vida religiosa de Inglaterra.

El Sr. Portal daba por descontado la disposición del carácter francés, cuando una bella y grande causa está a la vista, su prontitud a entusiasmarse, su aptitud a la propaganda.

He oído decir a las malas lenguas que éramos, nosotros los Franceses, los viajantes de las ideas de los demás. Una cosa es cierta, y es que somos vulgarizadores y apóstoles por naturaleza. Cuando tenemos una idea, buena o mala, poco importa, tiene que dar la vuelta al mundo. Deberíais aprovecharos de este genio particular de nuestra raza, y dar a conocer en Francia el estado de vuestra Iglesia. Si les gusta a los Franceses, estad tranquilo. Todo el mundo tendrá que probarlo (12 de feb. De 1892).

Cuando el Sr. Portal escribe que hay que comenzar una «larga campaña», quiere ante todo que se acabe el ignorarse.

La luz llegará quizás un día. En todo caso, ¡que el señor bendiga nuestros esfuerzos! ¡Que, por su gracia, la pequeña semilla arrojada por la amistad en el campo de la Iglesia produzca en él frutos de unión!

Por otra parte, ninguno de los artículos proyectados apareció. Lord Halifax, absorbido por preocupaciones de todo orden, carecía del tiempo necesario para escribirlos, a pesar de la insistencia del Sr. Portal.

Decididamente es preciso sacudir vuestra tibieza espantosa en la que, según decís, vuestros deberes más necesarios os parecen imposibles.

Pero el Sr. Portal trabaja por su parte. Fue preparando la clase de teología moral cuando encontró casualmente el texto que originó su acción.

Tuve que consultar para informarme la Historia del concilio Vaticano, por Mons. Cecconi. Hace dos días que estoy metido de lleno en esta obra, que yo no conocía. Y ya en los Preliminares, entré en la materia que concierne a vuestra Iglesia. Y no os voy a decir hasta qué punto me interesaron los extractos de un opúsculo de Cobb. «A few words, etc….,» las tentativas de un Bollandista, el Padre de Buck, y en particular su hermosa carta tan caritativa y tan sabia, inserta en el Church Times. Habrá tema para varias conversaciones. Por hoy, permitidme recordaros algunas palabras de Cobb. «Declaramos poseer pruebas auténticas más que suficientes para hacer cesar este veredicto en el asunto de las ordenaciones. ¿Qué hemos hecho para poner estas pruebas a los ojos de nuestros adversarios, y lograr que modifiquen su pensamiento?..». Con Cobb os diría yo: ¿habéis hecho algo para poner estas pruebas a los ojos de vuestro adversario? Vuestra Iglesia debería publicar, si no de manera oficial, al menos por el órgano de uno de nuestros mejores teólogos, una tesis que establezca perentoriamente la validez de vuestras ordenaciones. ¿Y por qué no aprovecharos del pontificado  actual? León XIII tiene un espíritu muy amplio, muy conciliador. Aportaría, estoy seguro, al examen de la oportunidad de la cuestión (y a la cuestión misma), toda lo prudencia y la sabiduría requeridas. Como dice Cobb, Roma es al menos la sede de vuestro patriarca, a él es pues  a quien de debe dirigir un litigio. Creedme que esa será siempre la primera cuestión que resolver; y tanto más fácil de abordar por no ser sino una cuestión de hecho y no una cuestión de fe. Pero abordarla sería, a mi parecer, dar un gran paso, pues sería el principio de una negociación; y en ello, como en muchas otras cosas, lo que cuesta es el primer paso (12 de en. De 1882).

Esta carta señala un cambio en la vida del Sr. Portal. Su deseo de buscar la unión de las Iglesias iba creciendo con los años; pero, en cuanto a los medios de ejecución, el pensamiento seguía flotando. ¿Cómo poner en marcha en los espíritus, en Inglaterra y Francia, un movimiento bastante poderoso para hacer moverse a los grandes cuerpos eclesiásticos, alejados durante cerca de cuatro siglos, y acercarlos en una voluntad común de conocerse mejor y entenderse mejor? En adelante entrevé en la cuestión de la validez de las ordenaciones anglicanas el medio de suscitar trabajos de erudición, y de procurar encuentros amistosos entre teólogos de las dos Iglesias.

En la embriaguez de su descubrimiento, el Sr. Portal parece perder de vista por un momento la necesidad que ya antes había afirmado de preparar con tiempo a los espíritus con trabajos de aproximación. Lord Halifax, más avezado en la situación de los espíritus en Inglaterra, duda ante la insinuación de su amigo de hacer pedir a Roma, por mediación de los obispos anglicanos, una encuesta sobre la validez de sus órdenes. «Me temo que el estado de los espíritus de ambas partes no esté bastante preparado para permitir creer que tal petición pueda llevarse a cabo con éxitos en el momento actual. Más cabría esperar de una petición por parte del arzobispo de Cantorbery al Papa para que permita a enviados de Inglaterra investigar en la biblioteca del Vaticano y en todos los archivos de la corte de Roma. Hablaba yo de una petición de una petición parecida el otro día con el obispo de Rochester;y, si se creyera aquí que no iba a ser rechazada, me parece que podría realizarse. Unas relaciones personales entabladas entre el arzobispo de Cantorbery y la Santa Sede (si se llegara a un arreglo en las cuestiones de etiqueta y títulos) serían de gran importancia».

El Sr. Portal, por su parte, se confirma en la idea de que «la cuestión de las órdenes será por necesidad y siempre la primera que se suscite».

Todos los católicos, había escrito Mons. Ceccioni, arzobispo de Florencia, y sin ningún temor a afirmarlo, la santa Sede misma, se sentirían felices al ver comenzar una discusión seria y leal sobre una materia en la que el Sr. Cobb muestra tanta seguridad: sería un avance precioso para la ciencia histórica y, lo que es más, para la salvación de las almas, pues supondría poner fin a una controversia histórico-dogmática, abierta hace tres siglos (3 de feb. De 1892).

Ninguna duda para el Sr. Portal sobre las buenas disposiciones presentes en Roma.

Creo que para examinar mejor la cuestión, en Roma, no ese exigiría una adhesión previa a toda la doctrina romana, y que el hecho se discutiría al margen de toda doctrina.

El celo de los dos amigos se alimenta por una correspondencia activa en la que se entremezclan de una manera impresionante las confidencias sobre las pruebas familiares de lord Halifax y toda clase de consideraciones teológicas o históricas relacionadas con sus lecturas y sus estudios religiosos.

La salud de lady Halifax seguía muy quebrantada desde la muerte de su hijo mayor y obligaba a la familia a periodos en diferentes estaciones de aguas, en Roscoff en 1891, en el Mont-Dore en 1892 y 1893.

Ocasiones que aprovechaba el Sr. Portal para hacer una visita de algunos días a sus amigos y ahondar una intimidad donde hallaba tan gran solaz. Se familiarizaba también con las formas de patronato ejercido por un gran señor inglés sobre los terratenientes de sus tierras en torno a sus castillos de Hikeleton y de Garrowby. Las fiestas de Navidad y de Año Nuevo traían consigo todo un cortejo de diversiones regladas por la costumbre. «Esta noche, escribe lord Halifax, hay un concierto. Inés y Eduardo tocan cada uno un instrumento, u todos los criados toman parte. Me aseguran que va a ser bonito. Lady Halifax es directora de orquesta, y se las arregla con la batuta de manera del todo profesional. Mañana hay un baile para todos: amos, criados, granjeros, etc.; y la gran pregunte es con qué caballero va a danzar la primera contradanza lady Halifax. La semana próxima, todos los niños de la vecindad deben venir a jugar aquí. Habrá un prestidigitador para divertirlos. Y todo debe terminar por un pequeño baile cuyos honores harán Inés y Eduardo». (21 dic. De 1892).

De todos estos encuentros el más agradable a los amigos se produjo por fin cuando lord Halifax  pido cumplir su promesa de venir a pasar una semana al seminario mayor de Cahors, donde fue huésped del 2 al 8 de abril de 1892. En este pacífico seminario de provincias, el Sr. Portal impartía una enseñanza conforme a la tradición teológica representada por el manual del Sr. Vicente. No había tenido nada de particular, se la preocupación de los asuntos ingleses no hubiera interferido un poco en su curso, y mucho en sus conversaciones, sobre todo cuando se trató de la redacción de notas que desembocaron en la composición de su trabajo sobre las ordenaciones anglicanas. En equipo, hizo que sus alumnos tradujeran un discurso de lord Halifax. Grande fu la sorpresa para estos jóvenes clérigo cuando llegó este extranjero –laico, inglés, anglicano– para vivir toda una semana la vida del seminario . Uno de los estudiantes de ese tiempo resume así sus recuerdos: «Nuestro asombro era grande al ver la piedad evidente de este hereje.

Esta admiración fue para muchos enriquecedora» (abate Calvet).

Durante las conversaciones de Cahors (1892) y del Mont-Dore (1892 y 1893), se había discutido y madurado el proyecto de una publicación sobre las ordenaciones anglicanas. Cada una debía trabajar en él por su lado. Al propio tiempo se había establecido el contacto con el nuevo obispo de Westminster, su Eminencia el cardenal Vaughan. Ni lord Halifax, ni el Sr. Portal tenían idea de separar a los católicos ingleses de su movimiento: Deseaban, por el contrario hacerles participar en la tarea. El cardenal acogió favorablemente las primeras aperturas, y prometió apoyar las peticiones que se dirigieran al Vaticano para facilitar las investigaciones en los archivos; pero no se pude conseguir ningún acuerdo de ideas en lo relativo al espíritu con que se trataría de abordar bien la cuestión de las ordenaciones anglicanas, bien el problema más general de la reunión. La sede del prelado estaba determinada, tenía por primordial la cuestión de Roma, que a fin de cuentas habría que tratar un día; y estimaba más prudente comenzar por arreglarla. Era esto lo que no  veían los promotores de la unión. Emprendían una obra de muchos arrestos cuyo éxito llevaría consigo una atmósfera de estima mutua y de benevolencia. Había que celebrar encuentros, contactos que permitieran en primer lugar a los espíritus iluminarse sobre el sentido íntimo de las doctrinas enseñadas, y comprender la razón de ser y el funcionamiento de las instituciones en la iglesia. Más bien que estrellarse contra un muro, abordando, en primer lugar y de frente, la cuestión de la autoridad de Roma, Había que preparar a los espíritus mucho antes, y por un acercamiento gradual a toda la vida católica.

Lejos de atenuarse desde el momento que la cuestión de las órdenes apareció a la luz del día, el antagonismo entre anglicanos y católicos se agravó. Un sermón del cardenal Vaughan en Cardiff, en agosto de 1893, proporcionó al arzobispo Bensosn la ocasión de una réplica durante  su visita pastoral a Ashfors (Guardian, 8 de nov. De 1893). Resultaba evidente que era más fácil, según una observación ya vieja del cardenal Newman, hallar en Francia la atmósfera favorable al trabajo por la unión.

Dada la oposición irreductible del cardenal Vaughan, que será pronto la de notables católicos romanos, había que renunciar a los proyecto acariciados hacía tiempo, o dar un paso más. Lord Halifax u el Sr. Portal resolvieron ir a delante, a pesar de la amenaza, más grave de lo que creían quizás, en pro del éxito de su causa.

La cuestión de la validez de las ordenaciones anglicanas se relaciona con las medidas tomadas por la reina Isabel (1558-1603), cuando se volvió a la política religiosa de sus predecesores: –voto por el parlamento de un «Acta de Supremacía», que le otorga el título de «Gobernadora Suprema» de la Iglesia de Inglaterra y los poderes ejercidos por Enrique VIII y Eduardo VI;

–voto, el 24 de junio de 1559, de una nueva «Acta de uniformidad», exigiendo, en especial a los eclesiásticos titulares de un beneficio, el juramento de observar el Acta de Supremacía;

–restablecimiento del «Common Prayer Book», o libro de la oración común, según el texto promulgado por Eduardo VI en 1552 (un primer texto algo deferente era de 1549);

–proclamación de nuevo de los «Artículos de religión», reducidos de cuarenta y dos a cuarenta y nueve.

Los quince obispos entonces en funciones habían combatido el boto de las dos Actas de Supremacía y de uniformidad. Todos, excepto uno, rechazaron el juramento pedido, y fueron depuestos. La reina hubo de proceder a una hornada de obispos para reconstituir una jerarquía. Para la sede arzobispal de Cantorbery, designó al capítulo Matthieu Parker. Quien fue elegido arzobispo el 1 de agosto de 1559. Parker fue consagrado por Barlow, obispo de Bath y Wells, asistido por tres obispos según el Ordinal del rey Eduardo. Parker, a su vez, consagró a otros trece obispos, de forma que se constituyó en el tallo de todo el episcopado en la iglesia anglicana desde Isabel.

Se puede preguntar sobre este asunto:

1º si Barlow, consagrante de Parker, era realmente obispo;

2º en caso afirmativo a favor de Barlow, si la ordenación de Parker era válida.

El valor de las órdenes en la Iglesia anglicana había sido controvertido con frecuencia entre católicos y teólogos anglicanos. Si el P. Courayeu, canónigo regular de Santa Genoveva, había escrito en el siglo XVIII una disertación favorable a la validez de las órdenes de los Ingleses (1723), la mayor parte de los teólogos católicos las tenían, no sólo por irregulares sino por inválidas. También en el siglo XIX. El benedictino Reynal, en 1870; el canónigo Estcour, en 1873; el alemán Bender, en 1877, se habían pronunciado recientemente en contra. Incluso en Roma se actuaba prácticamente como si las ordenaciones anglicanas fuesen nulas, puesto que se volvía a ordenar a los pastores convertidos. El Sr. Portal no ignoraba que en 1704 el obispo anglicano Juan Clemente Gordon, al interrogar a la Santa Sede sobre el valor de sus órdenes, había recibido la respuesta de que debía recibir de nuevo todas las órdenes sagradas, y sobre todo el presbiterado, «por defecto de intención e insuficiencia de las fórmulas empleadas por los herejes anglicanos en la ordenación sacerdotal». Pero pensaba que, desde entonces, el adelanto de los estudios teológicos relativos a la intención necesaria al ministro en la administración de los sacramento, y el de las investigaciones históricas emprendidas por los anglicanos permitían someter la cuestión a nuevo examen. Además, él ponía menos afán en provocar una decisión que en crear ocasiones de encuentro y de tomas de contacto, de las que esperaba mucho a fin de disponer los espíritus, de una parte u de otra, a la unión.

Ahora bien, las circunstancias le parecían de lo más favorables. Así comentaba, en una carta a su amigo, el importante discurso de Mons. Langénieux sobre la situación de la Iglesia de Oriente:

Por todas partes, esta idea de unidad se está apoderando de los espíritus; es el viento que sopla, o más bien que comienza a levantarse con suavidad. Es preciso aprovecharse del momento para recodar que no hay sólo una Iglesia oriental que conquistar, sino que, muy ceca, la Isla de los Santos realiza los más nobles esfuerzos para desembarazarse de mil lazos, políticos y demás (4 de junio de 1893).

En este viento que se alza, el Sr. Portal reconocía el soplo que no ha cesado nunca de animar a la Iglesia, el soplo del Espíritu; y, para no traicionar los divinos deseos del Maestro, él mismo se puso a la obra.

Bajo el seudónimo de Fernando Dalbus, publicaba en La Ciencia católica un estudio intitulado: Las ordenaciones anglicanas (15 de dic, de 1893; 15 de en. Y 15 de abr. De 1894)». Una tirada especial aparecía hacia finales de enero de quinientos ejemplares. Hubo más tarde una reedición, precedida de una selección de cartas dirigidas al autor por deferentes obispos.

Este trabajo (27 págs. In-8º) es muy denso. Comprende cuestiones importantes relativas a rito y al ordinal anglicano,

–al hecho de la consagración de los dos obispos Barlow y Parker,

–a la intención que debe tener el ministro de un sacramento,     y a  la que debieron tener Barlow cuando consagró a Parker, Parker en las consagraciones emprendidas después. Y hasta el Sr. Portal no se niega el placer, sobre la marcha, de alguna digresión que le parece tener algún interés para la historia del dogma,     y que presenta una relación con su tema.

Sobre el hecho de la consagración de Barlow (0bispo electo de S. Asaph en 1536, pero transferido después sucesivamente a la sede de S. –David de Bath y Wells, y por fin de Chichester), la demostración es bastante concluyente: Barlow debió de ser consagrado en junio de 1536, cuando ya había sido transferido a S. –David. No disponemos ya, es cierto, del proceso verbal de su consagración,  y ahí está la razón por la que ciertos autores han dudado de su realidad. Pero la misma ausencia de documentos es de deplorar para muchos otros obispos de este tiempo, reconocidos como tales por todo el mundo; y la fuerza de este argumento negativo quede así disminuida. Añadamos que el 15 de junio de 1536, Barlow ocupó asiento en la Cámara de los Lores, y que, según la costumbre, el nuevo obispo no podía ser admitido allí sin prueba escrita de su consagración. Además, tomó parte en consagraciones en 1539 y 1542, lo que el rito anglicano no permitiría más que a obispos consagrados ya.

En cuanto a la consagración de Parker por Barlow, queda constatada en el registro oficial de las consagraciones. El papel, le escritura, todo indica que no ha existido interpolación; y el arzobispo anglicano Abbot (1614) pudo, con toda seguridad, invitar a católicos a verificar el registro con él. El proceso verbal de esta verificación existe todavía. Además, Isabel quería esta consagración, que le era necesaria para llegar a sus fines; y una ley, promulgada por Enrique VIII y renovada finalmente por la reina, dictaba penas muy severas contra los obispos que no observaran las ceremonias prescritas en las ordenaciones y en las consagraciones. Existe también la leyenda de «The Nag’s Head» (rótulo de la taberna «A la cabeza de caballo»), según la cual la consagración se habría celebrado en una taberna en el curso de una mascarada. Pero, a juicio de historiadores serios, todo no es sino una odiosa calumnia. Uno de ellos, el canónigo Estecour, escribía: «Es enojoso que el cuento de Nag’s Head se haya publicado en serio, pues es tan absurdo que al difundirlo se ha llegado al único resultado de hacer creer que las objeciones derruidas por los teólogos católicos contra las ordenaciones inglesas no son sinceras». Anglican ordinations. P. 154. El hecho de la consagración de Barlow y de Parker debe ser considerado del todo cierto. Pero ¿qué valor tenía esta consagración de Parker? Para decidirlo  había que examinar el rito, la fórmula de la que Barlow se había servido, la intención que había puesto en esta consagración, informarse de las modificaciones diversas introducidas en la ceremonia de la ordenación y que corrían peligro de tacharla de nulidad. Tantas cuestiones sutiles, y  más delicadas como diversidades ha conocido la Iglesia y bastante notables en las fórmulas y en las ceremonias consagrantes, que ha empleado según los tiempos y los países.

En la época de Eduardo VI, en 1549 y 1552, los reformadores habían sustituido el rito de los antiguos Pontificales ingleses por un Ordinal revisado y corregido. La opinión común de los teólogos modernos, formulada por De Augustinis, es que, para el episcopado, la materia esencial consiste únicamente en la imposición de las manos, y la forma esencial en una oración eucarística o consacratoria. Los términos de esta oración varían según las diferentes liturgias católicas, pero su tenor esencial es siempre el mismo: suplica sobre el ordenando las bendiciones de Dios, pide para él las gracias necesarias para desempeñar sus funciones. Como el Ordinal anglicano, después del Veni Creator, contiene una oración consacratoria bastante cercana a la que empleaba la Iglesia de Salisbury antes del cisma, y va seguida de una imposición  de las manos con invocación al Espíritu Santo, el Sr. Portal pensó hallar en él, con amplitud suficiente, el rito tradicional.

El punto débil de esta demostración residía en la ausencia de una mención bien clara del sacrificio, y de los poderes sacerdotales, que determinara el sentido un tanto vago de la oración consacratoria. No Obstante la comparación de la fórmula anglicana con las oraciones en uso en diversos ritos católicos, y hoy todavía en la Iglesia griega, lleva a pensar que la enumeración de los poderes concedidos no es indispensable,  y que la eficacia de la fórmula empleada proviene sobre todo de un carácter de oración.

Otra cuestión delicada era la relativa a la intención que debe  tener el ministro que confiere un sacramento de hacer «lo que hace la Iglesia». Los teólogos están de acuerdo en pensar que la ortodoxia del ministro no es indispensable para la validez del sacramento si, por otra parte, empleando un rito suficiente, quiere, en los términos del derecho de Eugenio IV, «Ad Armenos», hacer lo que hace la Iglesia, intentio faciendi quod facit Ecclesia.

El Sr. Portal enumera lealmente las objeciones  que los católicos ingleses hacen valer por lo común para demostrar que la Iglesia anglicana, cuando ordena a sus súbditos, no tiene la intención de hacer verdaderos sacerdotes, es decir ministros que ofrecen un sacrificio en y por la Eucaristía.

Muy lealmente también pone de relieve las réplicas de los anglicanos. Hace notar ante todo que algunas de sus proposiciones, que parecen negar al sacrificio de la misa todo valor intrínseco, contradicen, menos la doctrina católica del sacrificio que las opiniones de ciertos teólogos.

En este momento, escribe el Sr. Portal, opiniones muy extraordinarias, insostenibles hoy a los ojos del mundo católico, eran defendidas por ciertos teólogos no desprovistos de autoridad. Se suponía, por ejemplo, que el sacrificio eucarístico era un sacrificio absoluto, completo en sí mismo, que confería una expiación independiente de la expiación llevada a cabo por Nuestro señor en la cruz. Se llegaba a decir que Nuestro Señor, por el sacrificio de la cruz, había expiado el pecado original así como los pecados cometidos bajo la Antigua Ley, y los cometidos por los individuos que tienen el bautismo; mientras que la misa expía los pecados cometidos después del bautismo. También se decía que por el sacrificio de la misa los pecados mortales se borraban ex opere operato.

La atmósfera en que se movía la controversia entre católicos y anglicanos explicaría alegaciones tan brutales como la del artículo XXXI de la confesión anglicana, que niega a las misas una eficacia para la remisión de la culpa y de la pena incurrida.

Se ve por ejemplo que el juicio que se ha de emitir sobre la intención de los redactores del Prayer Book es muy delicado de pronunciar con toda certidumbre histórica. No es solamente un libro lo que hay que compulsar, sino un medio, una época que reconstruir. ¿Quién puede gloriarse de haber realizado esta tarea con éxito?

Sin embargo, aun admitiendo que la Iglesia anglicana, en su doctrina, o ciertos obispos anglicanos en sus opiniones, hubieran profesado alguna herejía contraria a la esencia del sacramento del orden, la Iglesia romana admitiría que los prelados que consagran seriamente a un obispo con un rito suficiente lo hacen válidamente, porque el error del ministro no se ha de confundir con su intención. Ésta es un acto de voluntad que no está viciado necesariamente por el error de la inteligencia. Otra cosa sería si, a consecuencia de sus creencias erróneas, los obispos anglicanos «restringieran positivamente su intención… diciendo, por ejemplo: yo te ordeno sacerdote, pero no quiero darte ningún poder de consagrar. Esta limitación… no se presume, dice un canonista, y debe ser probado por el foro externo».

Parecía pues que existía vía libre para el Sr. Portal, y que podía zanjar, en cuanto a la intención del ministro, a favor de los anglicanos.

Por desgracia infiltraciones calvinistas entre un número de teólogos y obispos anglicanos habían inspirado  los modificaciones graves de la misa, así como el recuerdo del valor de sacrificio, y subrayar el carácter sobre todo conmemorativo de la Cena. Barlow había dado señales de un gran ardor en promover un pretendido «regreso a la Iglesia primitiva» en materia de sacramentos. Toda su teología, como la de Bucer, de Crammer, de la mayor parte de estos reformadores estaba diametralmente opuesta a la de la Iglesia, ya primitiva, ya contemporánea» (Dalbus). No admitiendo el sacramento del orden, ¿ . se puede creer que Barlow no haya tenido, en sus consagraciones, la «voluntad positiva, actual o virtual, de no conferir ningún poder de sacrificio»?   A pesar de los argumentos alegados en la discusión a favor de la intención general de la Iglesia anglicana de mantener las órdenes mencionadas en el Nuevo Testamento, el Sr. Portal no puede resolverse a considerar la intención de Barlow al consagrar a Parker de otra forma que como dudosa, y a partir de entonces dejando como incierto el acto sacramental. Más tarde, el cardenal Gasperri dirá, y por las mismas razones: A mi parecer, una sombra se extiende sobre todas las ordenaciones anglicanas».

Después de dar tan intensas satisfacciones a las reivindicaciones anglicanas, el Sr. Portal, en la última parte de su trabajo, examinaba no ya la consagración episcopal sino la ordenación sacerdotal, y advertía que el Ordinal de Eduardo VI había suprimido de él la «porrección de los instrumentos», alterando con ello la ordenación en su esencia. Los primeros obispos anglicanos no ordenaron válidamente a ningún sacerdote; y el episcopado no pudo perpetuarse después de ellos, por falta de sujeto apto para recibir la consagración. – A decir verdad, este rito de la porrección todavía desconocido en el Oriente no se practicaba en Occidente más que desde hacía unas centenas de años; pero los escolásticos lo habían tenido  por esencial,  y su autoridad se encontraba sancionada por el decreto de Eugenio IV «ad Armenos». La Iglesia de Inglaterra había perdido pues el sacramento del orden.

Esta argumentación arruinaba positivamente la tesis que parecía haber sido afirmativa en el reto del artículo. Presentaba una dificultad imprevista, llevando la cuestión a un terreno nuevo. Pero era por cierto la parte menos sólida de la obra del Sr. Portal. Teólogos eminentes, historiadores como Mons. Duchesne, la rechazaron lisa y llanamente, y concluyeron en sus reseñas a favor de la validez de las órdenes anglicanas de manera oficial. La Iglesia, según la palabra de Mons. Duchesne, ha sido siempre «tutora» en materia de sacramentos: la cuestión debatida era ante todo cuestión de erudición.

Lo que parecía indicar la oportunidad del momento era el interés que suscitó desde un principio este breve ensayo escrito por un joven y desconocido sacerdote. Los arzobispos de Cantorbery y de York quisieron tenerlo para estudiarlo de cerca.

Tal estudio no era tan sólo una actualización histórica, sino pensado dentro de un espíritu de paz y de amor que se aceptó con agrado. Y en este orden de ideas, ¿no impresiona de verdad la carta de este sacerdote anglicano que escribía a lord Halifax  «que encontraba en el folleto del Sr. Dalbus un de caridad en plena armonía con la voz de nuestro común Maestro y señor»?

El opúsculo terminaba, efectivamente, con una vibrante llamada a la Unión. El Sr. Portal expresaba sus razones de esperanza.

Según parece no nos encontramos ya en las épocas de las guerras fratricidas. En medio de los ataques dirigidos contra nuestro Señor Jesucristo, los discípulos del Salvador sienten por instinto la necesidad del acercamiento para sostenerse en la lucha suprema que se emprenderá entre los creyentes y los impíos. La Iglesia también participa en el inmenso trabajo de la unificación que se opera en el mundo, y por todas las partes se ven signos precursores de una paz religiosa próxima. Ya Mons. Strossmayer ha podido decir que la unión de la Iglesia griega y latina sería la obra del siglo XX. En Inglaterra los prejuicios caen, la Iglesia establecida afirma su independencia del poder civil, y el movimiento de Oxford continúa con una intensidad extraordinaria dentro de la Iglesia anglicana. Esta Iglesia, rozada al menos de protestantismo, se limpia ella misma con vigor y, mediante un progreso continuo durante sesenta años, vuelve a la pureza de la doctrina. El término fatal, o más bien providencial, de esta evolución es Roma. Los protestantes lo prevén con terror; muchos anglicanos lo desean; pero, ¿cuándo sonará la hora bendita de la Unión? ¡Sólo Dios lo sabe!

Después, volviendo a los argumentos que le hemos visto ya exponer, mantiene que la cuestión de las órdenes se plantearía el día de las primeras negociaciones, y que habría que resolverla.

A parte de esta necesidad, señalaba en esta cuestión «un terreno excesivamente favorable para entablar las negociaciones».

Desde 1892, cuando daba ya valor a la importancia que podría tener el hecho de haberse puesto en relación, se había dado mejor cuenta del carácter verdaderamente único de la cuestión de las órdenes. Se trataba de un punto susceptible de cautivar la atención en las dos Iglesias.

La Iglesia anglicana no podía permanecer indiferente al estudio imparcial de una cuestión que la atañía tan de cerca, y la Iglesia católica tenía interés en verificar si su conducta, basada en una jurisprudencia ya caduca, no podía debilitarse por nuevos estudios basados en documentos más recientes. Por fin, en esta cuestión, se podían entablar relaciones sin enajenar ninguno de los derechos respectivos, verdaderos o pretendidamente verdaderos: condición indispensable para que nada viniera a impedir un primer paso.

El Sr. Portal estaba convencido de que si se lograba establecer una relación sobre este punto, se suscitarían o seguirían explicaciones más generales,   y que por fin se podría hablar de paz.

Esa había sido ya la opinión de Wiseman. Se halla en la carta abierta al conde de Shrewsbury del 21 d3e setiembre de 1841.

Nos debemos emplear lo más posible en dar explicaciones, y en darlas con gracia y buena voluntad. Debemos explicar los malentendidos respecto a nuestras doctrinas,, señalar el punto exacto en que se las confunde con las prácticas simplemente permitidas, y cómo pueden llegar a ser la causa de abusos. Cuanto antes se puede llegar a un acuerdo claro y neto en estas materias, bien por conferencias personales, bien por correspondencia, tanto mejor será… Según Bossuet (quien escribía al Papa para informarle sobre la manera de reconciliar con la Santa sede a los adherentes a la confesión de Augsburgo), no hay que pedir ninguna retractación, sino solamente una explicación conforme a las doctrinas católicas.

Ese era también en parecer de lord Halifax. «Lo primero es conocernos; lo segundo, desear la unión con todo lo que se ha hecho y dicho en el pasado, todo lo que se hace y dice ahora por ambas partes, de la manera más indulgente, sin sacrificar la verdad. Ante todo muchas explicaciones. Estoy absolutamente convencido de que entre nosotros y vosotros no hay nada, en todo lo que concierne a la doctrina de los sacramentos, del Purgatorio, de la invocación a los santos, al culto, a la confesión, al sacerdocio, que no podría arreglarse con a mayor facilidad, si de cada parte se quisiera explicar, e insistir sólo sobre lo que es de fe, permitiendo «un más o menos» para todo lo demás. Por ejemplo, si la definición del concilio vaticano puede con rigor ser tomada en el sentido de que el Papa es solamente infalible cuando ha tomado todos los medios necesarios para informarse de lo que es la enseñanza de la Iglesia, y que es infalible sólo cuando promulga lo que es enseñanza de la Iglesia, evidentemente habría modo de acomodarse en un asunto en el que parecía, no hace mucho, que todo entendimiento era imposible. Igualmente con las otras cuestiones. Pero para ello, nos tenemos que conocer».

Para conocerse, como para encontrarse, habrá que entablar conferencias un día. Tal era entonces la convicción del Sr. Portal. Y a ella debía mantenerse fiel durante toda esta campaña tan difícil y tan complicada y, (se podrá decir) hasta su muerte. Escribía más tarde al cardenal Mercier:

La cuestión de las órdenes se había escogido sólo como un terreno de encuentro en el que anglicanos y católicos pudieran examinar juntos, no solamente el valor de las órdenes, sino también todas las demás cuestiones que los separan. Sobre las órdenes había principios admitidos por las dos partes, como la necesidad de la transmisión sin ninguna interrupción de hecho, la necesidad de una materia y de una forma tradicional, y de la intención de hacer lo que hace la Iglesia. A mi parecer, teníamos ahí ya puntos de contacto que permitían abordarse y hablar. Ni siquiera era necesario pronunciarse sobre la validez de las órdenes anglicanas. Esto bien podría quedarse para el final, después de que se hubiera examinado todo lo demás (24 de en. De 1921).

Tales eran ya en 1894 las ideas y los sentimientos que iban a dirigir la actividad del Sr. Portal.

Para prepararse a este trabajo de comprensión mutua y de acercamiento, sintió la necesidad de un viaje a Inglaterra. Debía permanecer allí unos veinte días (30 de julio-23 de agosto de 1894). Pero juzgó útil, a pesar de lo avanzado de la estación, detenerse por algún tiempo en París, con el fin de ganar sus proyectos a escritores que se convertirían en propagandistas de su campaña. De este modo se encontró con los Srs. Levé, Tevernier, Arthur Loth, Henri Lorin, el abate Boudinhon, profesor de derecho canónico en el Instituto católico.

Llegado a Londres el 30 de julio, es pilotado por lord Halifax a través del mundo anglicano y pudo darse cuenta personalmente de la fuerza de renovación quem en el interior  mismo de la Iglesia anglicana, arrebataba a los más piadosos de sus miembros y   a los más eminentes hacia las formas específicas de la piedad católica: renacimiento de la liturgia, del culta a la Virgen y a los santos, de la vida monástica. Se  proponía publicar a su regreso un pequeño volumen en el que se presentara al público francés el cuadro de esta vida nueva. Estimaba que proceder a una obra de esta clase sería trabajar por la unión.

De esta forma y acompañado por lord Halifax, comienza desde el  primer día por las parroquias ritualistas de la Alta Iglesia y por las comunidades religiosas anglicanas una gira de investigador, de visitante más bien, deseoso de edificarse a instruirse.

La visita de San Agustín, Lilburn, de Santa María de Graham Street, De Santa Inés, de San Juan Kemington, de San Albano Holborn, le edificaron por diversos grados de parecido del culto ritualista con las ceremonias católicas. La misa cantada en San Mateo, Westminste, va precedida de las letanías de los santos, en recuerdo de las antiguas procesiones. Los cantos están muy bien. El organista habitual se encuentra en Solesmes en ese momento para estudiar el método de dom Pottier.

Después de la ceremonia, cuenta el Sr. Portal, soy conducido al presbiterio y presentado al párroco, el reverendo Frevelyan. Él y sus vicarios viven en común. La casa está organizada para recibir también  a ejercitantes. Hablamos de mi folleto y de la unión.

Se ve por esta última frase que, al propio tiempo que se documentaba sobre la vida religiosa de la Iglesia anglicana, el Sr. Portal no perdía nunca de vista sus queridas ideas de la unión. Las sembraba un poco a doquier. Pedía oraciones y fundaba en ellas sus mayores esperanzas en la labor futura. Constataba una identidad fundamental de vida religiosa y de caridad en una Iglesia y en la otra. Cuanto con más claridad de le presentaba el escándalo de la división, tanto más se encendía su deseo de unidad.

Las comunidades religiosas despertaron sobre todo su curiosidad. Esperaba al visitarlas tomar la temperatura de la piedad entre los anglicanos, y no sólo constatar su progreso en la fe católica, sino medir su extensión, sondear, de alguna manera, su profundidad. Este vivo interés le condujo a las Hermanas de la Misericordia, de San Pedro, de Betania, en el convento de Ascot donde la superiora y sor Clara llegaron a conocer a Pusey, que solía ir a pasar allí las vacaciones y descansar. El relato de la visita a las hermanas de la Caridad ofrece una buena muestra de sus piadosas exploraciones.

Viernes 3 de agosto. No s dirigimos a Bristol con el único propósito de ver a las Hermanas de la Caridad, llamadas de San Rafael. Al entrar en el locatario, me sorprende gratamente el ver un cuadro de San Vicente de Paúl. El capellán, Sr. Ward y la hermana superiora nos reciben muy bien; y la cordialidad aumenta cuando, a propósito del cuadro, digo que pertenezco a la familia de San Vicente. Estos señores me dejan solo con la superiora  –para que pueda confesarla, dijo entonces lord Halifax– y hablamos con toda confianza.

La superiora me cuenta que antes de formar la comunidad se fue a París a visitar la casa-madre y varias casas de nuestras hermanas de la Caridad. Ha conservado incluso una carta de la superiora general, que le servía de presentación. Ella me dice que hacen cuanto pueden para acercarse a las Hijas de la Caridad, y me muestra algunos libros que tienen para hallar en ellos información, entre otras la de Pistoya, que yo no conocía. Me pregunta sobre distintos puntos de regla. Me brinda la ocasión de ver a cada hermana en particular, como en dirección. Expreso mis sentimientos por no poder hacerlo. Después del almuerzo, pasamos a la sala de comunidad. La conversación transcurre en general con gran sencillez. Hablamos de san Vicente; las hermanas me piden al final que les diga unas palabras de edificación sobre nuestro gran santo. Yo les comento estas palabras: «Amad a Dios con el sudor de vuestra frente y con la fuerza de vuestros brazos». Termino recomendándoles una gran caridad entre sí. No podría expresar la emoción que sentí. El Sr. Portal deseaba también (y esta era la segunda intención de su viaje) entrar en relación con los altos dignatarios de la Iglesia anglicana. Pensaba que, para comprenderse, nada mejor que una entrevista de unas horas, y quería poder informar con todo conocimiento de causa a quienes, en Francia, se dirigieran a él para ilustrarse.

En el curso de la visita el palacio de Lambeth, en Londres, se había encontrado con el obispo de Salisbury, que se encontraba de paso al regresar de un largo viaje por Australia. Feliz ocasión de agradecerle la carta irénica que figura en la segunda edición del folleto de Dalbus, que responde de forma tan cortés uy moderada a la del cardenal Bourret, obispo de Rodez, El aspecto muy eclesiástico del prelado va parejo con su aire modesto y recogido, y su conversación un tanto lenta. «Le entran a uno ganas siempre, bromeaba lord Halifax, de clavarle unos alfileres en el costado Pero hace unas observaciones interesantes,   y atrae sobre todo la atención de sus interlocutores hacia las obras de Forbes,  obispo de Edimbourg en el siglo XVII (muerto en 1634).

En Cambridge, otros contactos (digamos que algunas amistades) se iniciaron, con el Rev. Lacey, el Rev. Wood, el doctor Cunningham, quienes discutieron con animación las tesis de Dalbus. Presentado por lord Halitas al doctor Creighton, obispo de Peterborough, el Sr. Portal experimentó una simpatía profunda hacia este historiador eminente, cuya ciencia hacía resaltar su franqueza. El obispo se extendió sobre la necesidad de un estudio serio de la historia para comprender las posiciones doctrinales de la Iglesia anglicana: «Había que familiarizarse, decía él, con la corrientes teológicas anteriores al concilio de Trento, para no transportar a la apreciación de lo que se había hecho y dicho en el siglo XVI las maneras de ver y las creencias de una época posterior». Invitado por Mons.: Creighton, el Sr. Portal aceptó la invitación al obispado, donde se le reservó la acogida más generosa por parte de lady Creighton. No dejaba de adivinar ella la impresión experimentada por el sacerdote francés presentado por primera vez a un matrimonio episcopal. «¿Qué va a decir el señor cura, le confiaba a lord Halifax, cuando llegue a encontrarse en presencia de la mujeres de obispos? Hay que confesar que es ridículo». Lord Halifax decía a veces riéndose: «¡Con qué ganas yo las quemaría a todas, a estas mujeres de obispos!»  Pero, ¿qué no pueden las buenas formas, la cultura del espíritu, unidas a la caridad y ala cortesía? El obispo es «un espíritu fino, de porte vivo y muy agradable. Habla francés, alemán, italiano… Hablamos de la separación, de Enrique VIII, cuya conducta no excusa, pero que explica como buen historiador».

La conversación se orienta hacia las cuestiones más delicadas, y se entabla el diálogo siguiente.

«¿El primado del obispo de Roma con constituye ninguna duda en la Iglesia de Inglaterra?

Cierto primado, ninguna.

¿Admitiríais que el Papa puede reconocer infaliblemente cuál es la verdadera doctrina profesada en la Iglesia, tomando los medios apropiados que le permitan distinguirla de las opiniones diversas?

Sí.

Para ser obligados a creer en esta verdad así proclamada, ¿tendríais como necesaria la aceptación de la Iglesia?

No.

¿Admitiríais entonces que los concilios no son más que un modo de conocer la verdad revelada?

Sí.

Cuánto me alegro, Monseñor, de oiros hablar así, porque no existe, me parece, oposición ente nosotros sobre la cuestión de la infalibilidad.

¡Oh! En este punto, concluyó el obispo, digo a menudo a los nuestros que no saben lo que dicen cuando hablan del Papa».

El Sr. Portal tiene la sensación de que su entrevista con el obispo orienta el sentido de sus «futuras conversaciones, en particular con las autoridades eclesiásticas».

Precisamente el obispo dijo a lord Halifax: «¿Ha visto al señor cura al arzobispo de Cantorbery? Es preciso que lo vea.»

Antes de ir a Cantorbery, el Sr. Portal  y lord Halifax se detuvieron en York, para ver al arzobispo. Después de la presentación, Mons. Maclagan lleva a los dos amigos a su gabinete de trabajo y, para abrir la conversación, les muestra en su biblioteca las obras de San Carlos Borromeo y la vida de Mons. Dupanloup.

«Yo trato de inspirarme, dice, en el espíritu de san Carlos; y, en cuanto a Mons. Dupanloup, he querido organizar mi diócesis como él había hecho con la suya. Pienso que si estuviera en mi lugar podría gobernarla como él gobernaba Orléans, sin encontrar diferencia». Luego pasamos a la cuestión de la unión, y el arzobispo pide a su interlocutor que le hable con toda libertad.

Siento, escribe el Sr. Portal, que nuestra entrevista puede tener verdadera importancia. El arzobispo es evidentemente simpático, y su carácter religioso manifiesto. Nuestra breve reunión se celebra en una atmósfera de piedad y de amor a la Iglesia. Me recojo, e invoco a nuestro Señor y a mis santos; luego hablo sin parar.

Estos son los principales pensamientos que desarrollé:

Nuestra ignorancia de las cosas anglicanas, atestiguada por nuestra confusión perpetua entre los anglicanos y los protestantes.

Esta ignorancia nos es imputable, pero también los anglicanos tienen reproches que hacerse. ¿Por qué no ponen los medios de darse a conocer? ¿Por qué no separan con más claridad su causa de la de los protestantes, sobre todo en el extranjero, en las misiones?

Movimiento hacia la unión; movimiento general.

Buena voluntad de León XIII. Buena voluntad de nuestros diarios, del Monde, del Univers, del Moniteur de Rome.

Hay que aprovecharse de este movimiento; y para eso la Iglesia anglicana debe afirmar su existencia y su deseo de unión.

Todos los espíritus entre nosotros se vuelven hacia Oriente. Es necesario afirmar que existe otra Iglesia a nuestro lado; y, bajo todo punto de vista, Cantorbery está más cerca de Roma que de Constantinopla.

Es necesario hacernos conocer los vivos deseos de unión que existen en la Iglesia de Inglaterra.

Es sobre todo oportuno en este momento en que León XIII acaba de hablar de unión al mundo de la Iglesia romana.

Por fin, deber para todos de evitar toda polémica.

Rara vez se me interrumpió.

El arzobispo me apoyaba constantemente con su actitud muy benévola. Al final, me preguntó qué pensaban nuestros obispos. «Desean la unión, como León XIII, le respondí. No creo que tengan ideas particulares». Insistí sobre la necesidad absoluta de dar a conocer a todo nuestro público católico la doctrina, la historia, el estado actual de la Iglesia anglicana. El arzobispo dijo, a propósito del apoyo de León XIII a los orientales, que era imposible no dejarse impresionar al ver a este anciano, como a un nuevo san Juan, exhortar a los cristianos a unirse y amarse.

Estábamos profundamente emocionados, y nos pareció a todos que hacíamos la obra de Dios. A, modo de conclusión, el arzobispo dijo: «Esperemos que estamos asistiendo al comienzo de grandes cosas».

Nos despedimos rápidamente de las personas presentes todavía en el salón; y, sin nadie más que nosotros dos. Con lord Halifax, nos subíamos al coche para ponernos en marcha. Teníamos ambos lágrimas en los ojos. Lord Halifax me tomó de la mano. ¡Oh! Amigo mío, no quiero haceros cumplidos: ha sido perfecto. ¿No es verdad que se sentía la gracia de Dios en nuestra reunión?» Volvimos a la estación en silencio. Pensaba en lo extraña del papel que ya jugaba sin preverlo ni quererlo. Los sucesos nos llevan. Existen formas misteriosas que nos empujan y se sirven de nosotros. Nunca lo he sentido tan bien.

Quedaba (sigue siendo el Sr. Portal quien habla), quedaba una última vista que hacer, la del primado de Inglaterra, del sucesor de san Agustín, a este arzobispo de Cantorbery, a quien se llamaba a veces el Papa de la segunda Roma (papa alterius Romae).

Penetrado profundamente de la importancia de su misión, Benson era de esos hombres que, temiendo decir demasiado, dicen siempre menos de lo que piensan, o que, por miedo al desprecio, sienten repugnancia de servirse de tales y tales expresiones aunque sean adecuadas.

La acogida es amable, sin duda, pero reservada, e incluso desafiante. A la primera proposición que se le había hecho de una entrevista, el arzobispo había declarado que no le convenía recibir a un «emisario del Papa»; cosa que nos había hecho mucha gracia, a lord Halifax y a mí. Su actitud se resintió de esta declaración. Al cabo de un momento, yo comienzo a exponer las mismas ideas que había desarrollado en York. En todo momento, el arzobispo parece decirme con su actitud: no me pidáis nada en cuestión de concesiones. Con todo, él desciende poco a poco de su pedestal; hablamos con un poco más de libertad. Le hablo del libro que tenía pensado escribir sobre la Iglesia anglicana. Se ofreció a proporcionarme las informaciones que necesitaría. Tuvo a bien por fin repetirme por dos veces: «Espero que nuestras relaciones no se terminen con esta visita».

El arzobispo de Cantorbery me parece muy enigmático. Es sabio y bueno; pero su posición, sin duda (o al menos, así lo creo) le obliga a una gran reserva. La explicación de este actitud podía muy bien hallarse es estas palabras que me dijo cuando yo hablaba de nuestro movimiento: «Señor cura, no deberemos olvidar que hay muchos hermanos nuestros a nuestro lado, que no comparten del todo nuestras opiniones, y nosotros no tenemos el derecho a rechazarlos».

Después de esta entrevista, el Sr. Portal podía regresar a Francia: los conocimientos que acababa de adquirir iban a permitirle proseguir su labor con una energía nueva.

El escaso tiempo de que disponía no le permitió proseguir el sondeo entre los obispos católica de Inglaterra. Quizá estas visitas habrían aminorado la oposición violenta que debía llegarle pronto por este lado: Pero este error no se le puede imputar del todo. «Un retraso en la transmisión de una carta, nos dice al P. Huby, no le  permitió responder a la invitación que le había dirigido el cardenal Vaughan, para el 14 de agosto, y salió de Inglaterra sin haber hablado de sus proyectos con ninguno de los miembros de la jerarquía católica».

Antes de salir de viaje, el Sr. Portal había hecho llegar al cardenal Rampolla unas notas sobre la Iglesia anglicana, a las que había añadido una copia de la carta de lord Halifax de la que hemos citado anteriormente un párrafo esencial. El cardenal respondió a esta misiva pidiendo al Sr. Portal que fuera él mismo a Roma. Así lo hizo el 11 de setiembre.

En una primera entrevista, expuso al cardenal cómo había conocido a lord Halifax, sus largas cacharlas, su correspondencia con él, cómo de todo ello había nacido la idea de trabajar en el acercamiento de la Iglesia anglicana y la Iglesia romana. Habló de su viaje a Inglaterra, informó de las conversaciones que había sostenido son deferentes obispos. Sin disimular las divergencias profundas que existían en el seno del anglicanismo, insistió en la dimensión del movimiento católico que había visto dibujarse, y concluyó en la necesidad de volverlo hacia Roma.

El cardenal pareció interesarse en el asunto. «Evidentemente, hay que hacer algo. Pero qué, lo estamos buscando». Esta pregunta sorprendió al Sr. Portal, quien no halló respuesta a mano. Lejos estaba de pensar que los acontecimientos, pudieran ir tan de prisa. El cardenal terminó la conversación prometiéndole una audiencia con el Santo Padre.

Al día siguiente (12 de set.), a las seis menos veinte, me encontraba en la antecámara del Papa, y cinco minutos después era introducido  ante León XIII. Allí estuve cosa de una hora. –»Os hecho venir a Roma, comenzó diciéndome el Santo Padre, y os agradezco haber venido tan pronto. Tengo grandes deseos de charlar con vos de la Iglesia anglicana. Pero sentaos ahí, y hablaremos.»

Me senté y tomé la palabra. Repetí sin apenas ser interrumpido lo que había dicho la víspera al cardenal Rampolla. – el Papa me seguía con gran atención, y tuve la impresión de que había debido recibir una comunicación bastante detallada de lo que había dicho ayer. Su gran preocupación me pareció ser la de llegar a una conclusión práctica, a la que se podé hacer. Yo había reflexionado mucho en ello desde la víspera, y esta es la propuesta que me aventuré a expresar:

Un buen medio sería que la Santa Sede escribiera a los arzobispos de Cantorbery y de York una carta privada y común. En esta carta, el Papa diría que, después de dirigirse a los cristianos de Oriente para convidarlos a la unión, quería dirigirse en particular a la Iglesia de Inglaterra, al episcopado cuya virtud y ciencia él conoce, a los sacerdotes y a los fieles, a la Iglesia anglicana entera; pero que antes de dirigirse públicamente a la Iglesia, cree justo y prudente dirigirse a los dos arzobispos que la representan y apelar a su amor a Jesucristo para trabajar juntos en la obra de la unión. Explico a continuación que la carta debería ser dirigida a los dos arzobispos, y no solamente al arzobispo de Cantorbery porque el arzobispo de York nos servirá de apoyo, – que debería contener una amenaza velada de apelar a toda la Iglesia en caso de negativa, porque, con toda seguridad, ni el arzobispo de Cantorbery, ni el arzobispo de York querrían cargar con la responsabilidad de una negativa, ni ante su propia Iglesia, ni ante la historia. – Finalmente, si se negaran a responder y a actuar, una carta pública crearía, pienso yo, un movimiento irresistible en el seno mismo de la Iglesia anglicana, y haría insostenible la posición de los arzobispos.

La fisonomía de León XIII estaba, por así decirlo, iluminada por sus grandes ojos con un resplandor extraordinario. Se recogió unos instantes, y dijo al fin: «Pues bien, sea; yo escribiré esa carta».  Me sentí emocionado, pues no me esperaba una decisión tan rápida. «Pero veamos los obstáculos, añadió el Santa Padre; hay que anticiparse a las dificultades pues las habrá. – Sí, Santísimo Padre, y muy grandes. Como dificultad doctrinal, no existe más que la que a vos concierne.

¿La infalibilidad?

Sí, Santo Padre; pero me parece que la infalibilidad puede explicarse de manera que sea recibida por las Inglesas»; y yo insistía sobre mi conversación con el obispo de Peterborough a propósito de los medios que debe emplear al Papa para conocer la verdad revelada. «Pero claro, dijo León XIII, el Papa debe emplear medios conocer la verdad.

Por desgracia, dije yo, muchos exageran la doctrina, y estas exageraciones nos producen cucho daño

¿Y las ordenaciones? Me preguntó el Papa.

Yo las creo dudosas.

¿Creéis vos verdaderamente que tuvieron la intención de hacer lo que hacía la Iglesia?

Es posible.

Pero las dificultades de orden político son inmensas. Existe en primer lugar la dependencia de los obispos con respecto al poder civil.

Esta dependencia no es tan grande como se cree».

Y Cité como ejemplo al obispo de Lincoln, quien se negó a dejar juzgar una cuestión religiosa por el Consejo privado, no admitiendo en estas materias más que la autoridad eclesiástica, la del primado, el arzobispo de Cantorbery.

Hablando de mi folleto, había hecho notar que para nosotros, la cuestión de las Órdenes era tan sólo una toma de contacto, un terreno en el que las dos partes podrían encontrarse. Proporcionaría a los delegados de las dos Iglesias la ocasión de examinar todos los puntos de doctrina, en conferencias en las que todo se estudiaría con un espíritu de caridad. «¿Y dónde podían tener lugar las conferencias? Me preguntó León XIII.

En París o en Roma, Santísimo Padre; y tal vez con preferencia en París.

¿Pero no sería posible reunirse en Bruxelas, o en una ciudad pequeña? Tengo miedo de París y la prensa.

No lo creo así, Santísimo Padre, porque en una ciudad pequeña la llegada de algunos extranjeros constituye un acontecimiento. Pero se podría tal vez reunir en Roma

Sí, buena idea, porque después de todo, cuando los diputados anglicanos vieran mi caridad, mi gran deseo de unión, me parece que les produciría impresión. ¡Y además está la gracia de Dios! Porque al fin de cuentas, aunque indigno, yo soy el vicario de Jesucristo.»

El Papa pronunció estas palabras con humildad profunda. Y añadió: «¡Bueno! Habréis de permanecer aquí algunos días a nuestra disposición. Volved mañana a hablar con el cardenal Rampolla, ya tendrá instrucciones mías. ¡Ah si de verdad la reunión con los anglicanos fuera posible!

Con la gracia de Dios, lo será, Santísimo Padre; y, según unas palabras del arzobispo de York, asistimos al comienzo de grandes cosas. Vos las veréis, Santísimo Padre, estas grandes cosas.

¡Dios la quiera! Entonces contaré mi Nunc dimittis.

Cuando comencé a hablar de la unión de la Iglesia griega aquí, en eta misma cámara, vinieron a decirme que era. Y yo creo no porque en medio de la impiedad y de las revoluciones, incluso las almas que no son religiosas deben volverse hacia la Iglesia, y que mis palabras de unión deben ser escuchadas. Yo no creo que eso sea una utopía».  – El Papa lo había dicho con fuerza; estaba verdaderamente magnífico.

Al cabo de un descanso momentáneo, el Papa me pidió noticias del obispo de Cahors, de mi superior general, el Sr. Fiat. Me puse de rodillas. El buen Papa poso un buen momento su mana en mi cabeza. Me bendijo con términos de afecto paternal. Luego, mientras hacía la genuflexión, me dijo familiarmente: «Adio, Portal, adio.»

Llegado a casa, todavía profundamente emocionado, escribí el informe de esta audiencia, que no olvidaré nunca.

Los acontecimientos se habían precipitado. Desde el folleto sobre las ordenaciones anglicanas, sólo habían transcurrido unos meses,  y ya aparecía un doble resultado, muy cercano, casi tangible.

Después de tres siglos de separación, iban a reanudarse relaciones directas entre Roma y Cantorbery; el Santo Padre admitía el principio de comisiones mixtas para el estudio de puntos de doctrina controvertidos entre las dos Iglesias.

El día siguiente, el Sr. Portal era recibido de nuevo por el cardenal Rampolla. Le contó su conversación con el Santo padre,  y las proposiciones que se había atrevido a hacer. El cardenal no vio ningún inconveniente en que se escribiera la carta. «Ese era, decía, un avance muy paternal, que sin duda alguna honraba a la Santa Sede.»

Dos días después (15 de setiembre), León XIII había cambiado de parecer. Hizo saber al Sr. Portal que gestión no estaba bastante preparada, que un fracaso sería humillante, y que era mejor actuar de otra manera. En consecuencia había pensado en que le escribiera una carta el cardenal Rampolla para presentársela a lord Halifax, y quizás hasta publicarla.

El Sr. Portal dio a entender que este paso indirecto, si bien prudente en apariencia, ofrecía menos resultados. A una solicitud directa, los arzobispos no podían sustraerse. De una carta que no le había sido dirigida, el arzobispo de Cantorbery en particular podía decir que no tenía nada que responder. Pero el Sr. Portal ya había insistido mucho, y comprendía que la cuestión había quedado zanjada.

Dada la importancia de esta primera toma de contacto entre la Iglesia romana y la Iglesia anglicana, se dio curso a la carta del cardenal Rampolla, que es verdad que fue dirigida al Sr. Portal, pero con misión de darla a conocer a los jefes de la Iglesia de Inglaterra, y que en su totalidad decía:

«Reverendo Monseñor,

«habéis sido muy amable al pensar ofrecerme el opúsculo sobre las ordenaciones anglicanas, aparecido no hace mucho bajo el nombre de Fernando Dalbus, y habéis logrado que resulte tanto más agradable cuanto más interesantes son las noticias que nos llegan relativas a la cultura teológica y a las disposiciones actuales de los miembros más notables de la iglesia anglicana, quienes, como vos decís, haciendo votos por la unión, suspiran con impaciencia por ver el día en que todos los que creer en la Redención lleguen a unirse como hermanos en una sola comunión.

«Tengo la suerte de deciros que, a pesar de las grandes ocupaciones de mi cargo, he recogido con mucho interés este trabajo, del que se ha hablado mucho. Y tengo que confesar que he sentido un gran gozo al ver que una cuestión tan delicada ha sido tratada con una serena imparcialidad de juicio, y dentro de un espíritu únicamente dirigido a hacer resplandecer la verdad en la caridad.

«Mientras me abstengo de entrar en la cuestión misma, no puedo por menos de aprobar la conclusión del autor, ya que está totalmente conforme con los sentimientos expresados hace poco por el Santo Padre en una carta apostólica dirigida a los príncipes y a los pueblos del universo.

«Dalbus cree que el movimiento intelectual comenzado en Oxford, y que se va extendiendo por la comunión anglicana entre hombres de un espíritu elevado, muy eruditos en la ciencia de las antigüedades cristianas, y buscadores leales de lo Verdadero, hará desaparecer por fin viejos prejuicios y, una vez dispersadas las sombras, traerá de nuevo  a la unidad visible a la iglesia de Jesucristo, la hija de Roma, la noble raza de los Ingleses, la que Gregorio el Grande inició por el bautismo de la vida cristiana y política. De ese modo, el pueblo inglés se haría completamente digno de los altos destinos que la providencia le reserva.

«Ninguna duda puede surgir sobre la acogida afectuosa que encontraría al lado de su antigua Madre y Señora, si este feliz regreso se produjera, porque nada igualaría el ardor con el que el Soberana Pontífice quien gobierna hoy la iglesia de Dios desea establecer la paz u la unidad en la gran familia cristiana, y reunir como en un solo haz todas las fuerzas del cristianismo, para ponerlas eficazmente al torrente de impiedad u de corrupción que rebosa por todas partes. Ciertamente que Su Santidad no ahorraría ni trabajo ni solicitud, ni esfuerzo para allanar el camino, para llevar a donde sea necesario la luz,   y fortificar las voluntades que, aun amando el bien que conoce, no sabrían todavía resolverse a abrazarlo.

«Un intercambio amistoso de ideas  y  un estudio más cuidadoso  y hondo de las antiguas creencias y prácticas del culto serían de lo más útiles para preparar el camino hacia esta unión deseada. Todo ello debería realizarse sin mezcla de amargura ni recriminaciones o preocupaciones por intereses terrestres, manteniéndose en una esfera en la que se respira únicamente el espíritu de humildad y caridad cristiana con un sincero deseo de paz y un ardiente amor por la obra inmortal de un Dios que oró para que los suyos fueran todos una sola cosa en Él, y no dudó en consolidar esta unión con toda su sangre.

«Que los miembros de la comunión anglicana tengan la convicción viva y profunda, como debe serlo, de que la unidad de la iglesia es la voluntad expresa de Jesucristo, de que las divisiones y la variedad de las creencias religiosas son el origen de un estado de cosas que repugna a la razón y desagrada a Dios, y que aquellos que concurren a mantener un estado semejante de cosas se hacen culpables ante Dios y ante la sociedad del mayor bien del que la privan; y la esperanza del regreso de Inglaterra al centro único de la unidad no sea vana.

«Una nación, como dice Bossuet, una nación tan sabia no permanecerá largo tiempo en este deslumbramiento: el respeto que conserva por los Padres, y sus curiosos y continuos estudios sobre la antigüedad la volverán a trae a la doctrina de los primeros siglos. No puedo creer que ella persista en el odio que ha abrigado contra la cátedra de Pedro de la que ha recibido el cristianismo. ¡Quiera Dios que estas palabras de un hombre ilustre hayan sido proféticas! Y se les podría añadir ahora, dos siglos después, que, como ciudadanos de un país libre, los Ingleses no pueden por menos de desear que el reinado de la justicia, del orden y de la paz sea restablecido en todo el universo; y ese es precisamente el desde más ardiente del Soberano Pontífice León XIII. ¡Ojalá pueda este voto, acogido con favor y secundado con sinceridad, mostrar la aurora de un renacimiento religioso general del que la sociedad moderna  tiene tanta necesidad, y colocar a la nación inglesa a la cabeza de este saludable regreso del mundo a la vida cristiana! «recibid, Reverendo Señor, mi agradecimiento por vuestro gracioso envío del folleto, con la seguridad de mi estima distinguida.»

Esta carta, que le llegó al Sr. Portal el 21 de setiembre, constituía de parte de Roma un paso, muy tímido, cierto es, pero que atestiguaba a pesar de todo disposiciones favorables. Había que conseguir de Canterbury un testimonio análogo que permitiera a León XIII comprometerse más a fondo y entrar directamente en relación con los arzobispos. El Sr. Portal pensaba que entonces su obra se habría terminado,   y que «cediendo el lugar a otros más sabios y más hábiles», podría reanudar sus cases en el seminario mayor de Cahors. Su temor era que fuera sustituido.

Le quedaban ocho días antes de los ejercicios de octubre. Resolvió ir a Inglaterra para arreglarse con lord Halifax sobre la mejor manera de sacar partido de los acontecimientos. Llegó a casa de su amigo el 26 de setiembre.

Yo había escrito desde Roma muchas cartas a lord Halifax; pero no había querido entregárselas al correo italiano, poco seguro; y estas noticias incompletas hacían que mis amigos se sintieran impacientes por saber lo que había sucedido. Yo me sentía tan impaciente como ellos por decírselo. Lo conté todo hasta los menores detalles. Apenas resulta posible expresar la emoción que sentíamos todos. Lo que había ocurrido era de tal manera inesperado y podía traer tales consecuencias, era tan desproporcionado con lo que habíamos hecho y con los instrumentos, que los resultados parecían algo prodigiosos. Y nos sentíamos impresionados, transportados como al contacto de una fuerza superior misteriosa que actúa mediante los elementos humanos de los que se sirve, pero que los sobrepasa en todo. Se trata de la emoción religiosa más intensa; y por ello nos sentíamos anonadados, en una mezcla de gozo, de miedo, de esperanza y de humildad profunda.

No sé cuánto tiempo estuve hablando, ni lo que duró la reunión. Por fin, la noche se echó encima; y todavía nos hallábamos juntos cuando, de repente, un bólido magnífico cruzó el cielo. De todos partió un grito de admiración. Lord Halifax dijo, con su espontaneidad ordinaria: «Es la estrella de León XIII». Es sabido que León XIII tiene una estrella en sus armas.

En cuanto a los trámites de sentido práctico, lord Halifax y el Sr. Portal dudaron un momento. Habrían preferido conversar primero con el arzobispo de York, más simpático y más abierto. Sin embargo, por deferencia al primado, decidieron ir enseguida a Canterbury.

Saliendo de Hickleton a las 10 de la noche, llegamos a casa del arzobispo a las 9 de la mañana. Después de tomar un poco de té, somos recibidos. Estaban presentes Mons. Benson y el canónigo Mason, conocido teólogo.

La actitud del arzobispo es más reservada que nunca. Referí cómo había sido llamado a Roma y, con el mayor detalle, las audiencias concedidas por el cardenal Rampolla y por el Santo padre. Hablé de las disposiciones favorables que había encontrado, y del paso directo que se había proyectado, luego del cambio interpuesto, y de las razones que me parecían haber determinado este cambio.

¿Cuáles eran pues los motivos que actuaban sobre el arzobispo para impedirme avanzar, como se lo pedían el Sr. Portal y lord Halifax, en el asunto de la unión de las Iglesias? Estos motivos pueden reducirse a tres principales. 1º el arzobispo de Canterbury quedó un tanto sorprendido por la gestión llevada ante él por el Sr. Portal. Éste, en una gestión destinada a ser secreta, le expresó unos sentimientos que no tuvo tiempo de madurar, y cuyos términos necesita medir. Es cierto que existe una carta del cardenal Rampolla al Sr. Portal, pero el cardenal Rampolla no es el Papa, y no existiría paridad en la gestión se el jefe del anglicanismo se expresara como tal en respuesta a una  carta privada llegada de Roma. 2º El arzobispo de Canterbury se siente tanto más obligado a sopesar sus palabras, cuanto que sus fieles están repartidos grosso modo en tres corrientes deferentes: los anglocatólicos, cuya fe muy positiva es bastante perecida a la de los católicos romanos, y en todo caso muy positiva en sus afirmaciones y sus exigencias; en el extremo opuesto los anglicanos que se llaman de la Baja Iglesia, protestantes puros, que rechazan muchos de los dogmas católicos, y en particular se revelan muy hostiles a toda autoridad en materia de doctrina; los anglicanos de intermedio (o Broad Church), que ven , sin sentirse horrorizados, las intervenciones del poder civil en materia eclesiástica, y cuya doctrina es difícil de expresar en un credo bien preciso y universalmente aceptado. Pues bien, sin decirlo de manera muy abierta, el arzobispo se siente inmovilizado por la existencia d estas tres corriente, que cree conducir ha hacer vivir en el amplio seno del anglicanismo.

A estos dos motivos se añaden un tercero: la falta manifiesta de unanimidad en las disposiciones y los fines mismos de los prelados romanos. Mientras el cardenal Rampolla concedía a lord Halifax la expresión de su estima, el cardenal Vaughan, en una carta abierta, dirigida a Mons. Cabrera, elevado a la silla arzobispal de Toledo, le calificaba de cabeza de una «secta astuta», e insinuaba que engañaba con sutilezas a sus correspondientes españoles: Mientras que el cardenal Rampolla proponía a los anglicanos una reconciliación amistosa, una reintegración después del acuerdo y concesiones equitativas, el cardenal Vaughan, en su reciente discurso de Preton, proclamaba que sólo era aceptable una capitulación sin condiciones, una sumisión absoluta ay sin explicaciones. Y Roma no le había desacreditado.

El Sr. Portal prosigue su relato.

Expliqué, dice que este trámite indirecto está destinado a proporcionar a las autoridades de la Iglesia de Inglaterra la ocasión de manifestar sus buenas disposiciones mediante un trámite indirecto análogo. Y, como prueba de las buenas disposiciones de León XIII, digo que el abate Duchesne va a ser encargado por él de un trabajo sobre las órdenes.

«Pero, ¿qué trámite debería yo seguir?» preguntó el arzobispo.

Yo respondo. Por ejemplo escribir una carta a lord Halifax equivalente a la que cardenal Rampolla me ha escrito a mí mismo.

La charla se convirtió entonces en excesivamente penosa. «El cardenal Rampolla, dijo el arzobispo, no es el Papa. Si el Papa mismo hubiera escrito la carta, entonces podría yo escribir a lord Halifax; pero es el cardenal quien  ha escrito la carta, y si yo escribiese, yo escribiese, no habría paridad». – Nos esforzamos en explicar, lord Halifax y yo, que el cardenal Rampolla es el ministro del Papa, y que en cuanto a gobierno se refiere, no constituye sino una misma persona. Experimento una verdadera tristeza al ver al arzobispo sutilizar sobre palabras, sobre cuestiones de forma, y no ver la ocasión única de reanudar lazos con Roma, y no vibrar ante esta gran causa de la unión. No pudo por menos de compararle con León XIII, y lo que ciertamente no le beneficia.

Salimos con bastantes malas impresiones. El arzobispo había dicho nada más comenzar que no escribiría esa cartel al final parece estar menos resuelto. Nos vamos a dar un paseíto, lord Halifax, el canónigo y yo. Digo entonces sencillamente, pero con toda claridad, al buen canónigo lo que había dicho hacía un momento de forma velada al arzobispo, que el asunto queda enteramente en sus manos, y que de ellos depende que se busque la unión. Los que rechacen los adelantos de León XIII incurrirán en una gran responsabilidad ante la historia. Y convendrá que se sepa en el público inglés que ya no es verdad decir que Roma es la causa de la separación, como han sido tan propensos los ingleses a decirlo. Añadí sin dudar que, a fin de cuentas, yo conocía una Iglesia griega y una Iglesia latina, una Iglesia de Oriente y una Iglesia de occidente; pero que yo no conocía Iglesia anglicana y que, si el Papa tenía a bien tratar sobre un pie de igualdad con el arzobispo de Canterbury, era por pura bondad suya; pero que de hecho, incluso según los príncipes anglicanos, no estaba obligado a hacerlo. El buen canónigo  trataba de calmarme, asegurándome que el arzobispo era muy buen cristiano y que haría todo lo posible para favorecer la unión. Lo que no podía comprender es que el arzobispo de Canterbury, al cabo de tres siglos de separación, teniendo la facilidad de entrar en relación con Roma que daba los primeros pasos, no hubiera aprovechado esta ocasión co9n diligencia, y que no haya visto la oportunidad inesperada de tratar directamente con el Papa.

A esta falta de comprensión continuaron enfrentándose el Sr. Portal y lord Halifax durante los últimos meses de 1894. Benson pudo decidirse a escribir la carta franca y clara que se le pedía. Escribía sin embargo el 15 de octubre a lord Halifax: «No necesito aseguraros que no puedo imaginar mayor privilegio, mayor suerte que servir de instrumento a Nuestro Señor para la realización de esta unidad que nos presenta como la consumación de su Evangelio». Pero al momento llegaban reticencias, reservas a disminuir el alcance de esta declaración.

A pesar de todo pensaba el Sr. Portal que según esta carta se podía intentar un paso directo por parte de Roma. El arzobispo se vería forzado a responder, y le resultaría imposible rechazar acercamientos amigos.

León XIII, por su parte, no se olvidaba de Inglaterra. Se había resuelto escribir a los arzobispos y, para ase fe de sus buenas disposiciones, se había sentido por un momento inclinado a conceder que las ordenaciones de los sacerdotes anglicanos pasados al catolicismo se hiciesen en adelante «bajo condición» (Portal, My diary, p. 7, 19 de enero de 1895).

Ante los consejos del cardenal Vaughan, había cambiado pronto de opinión.

Se comprende lo que, por ambas partes, frenaba a los espíritus mejor intencionados. «Es el miedo a la opinión, escribía lord Halifax, donde se halla el verdadero origen de nuestras dificultades. Entre nuestros obispos se da la imposibilidad de creer que sea posible ningún paso amistoso por parte de Roma. Entre los vuestros, aparte de las dificultades que constatan en el estado actual de la Iglesia de Inglaterra, existe también el miedo de poner en peligro los adelantos de la situación actual para ellos, en la que nadie les dice nada, por un paso adelante del Papa que podría ser mal recibido por el espíritu público entre nosotros. De cada parte existe miedo a Para conocerse, como para encontrarse, habrá que entablar conferencias un día. Tal era entonces la convicción del Sr. Portal. Y a ella debía mantenerse fiel durante toda esta campaña tan difícil y tan complicada y, (se podrá decir) hasta su muerte. Escribía más tarde al cardenal Mercier: venturas; y por eso digo que el nudo de la situación está en el espíritu público.»

Carta al Sr. Portal, 5 de febrero de 1895.

A pesar de todo, Roma da un paso. A los anglicanos les tocaba responder. Para obtener de los obispos una prueba de sus sentimientos favorables, y para preparar el camino a conferencias, lord Halifax escogió «la Unión de las Iglesias» como tema del discurso que debía pronunciar el 14 de febrero en el meeting anual de la English Church Union. Afluyeron las cartas, numerosas, muchas de las cuales mostraban, a la par que una sincera voluntad de unión, el deseo de ver la cuestión de las órdenes tratada en primer lugar.

Con estas cartas en la mano, lord Halifax partió para Roma el 12 de marzo.

Recibido por León XIII el 21 de marzo, le suplicó, ahora que estaban seguros de la simpatía de varios obispos, que «considerara la posibilidad de una carta a los arzobispos de Canterbury y de York, parecida a aquella de la que se había hablado con el sacerdote Portal, – en la que se tratara, entre ores cosas, de una conferencia entre teólogos de todas las opiniones, nombrados por Su Santidad, pero entre los que se encontrara el abate Duchesne,  y los que fueran designados por los cabezas de la Iglesia anglicana para tratar esta cuestión de las órdenes».

En el pensamiento de lord Halifax (carta a Rampolla, 8 de abril de 1895), se trataba de conferencias amistosas, en las que se estudiaría juntos con la cuestión de las órdenes todas las que separaban a las dos iglesias: La independencia de la Santa Sede estaba plenamente salvaguardada: estas conferencias no se pronunciarían sobre la validez de las órdenes, no tendrían siquiera un papel de consulta, sino que proporcionarían a los teólogos de los dos partidos la ocasión de un encuentro.

Era, según se ve, la puesta en ejecución del plan Portal. Además este último se hallaba en Roma, junto a su amigo , para aconsejarle en todas sus gestiones.

Otra vez, el Papa se negó a dar el paso directo. «Máxime cuando no quería proponer oficialmente la reapertura de la cuestión de las órdenes. Todos, en efecto, estaba de acuerdo que habría que habría sido inútil agitar de nuevo esta controversia si no se iba a encontrar en la otra Iglesia sentimientos de paz. Los católicos temían que al volver a poner en duda la validez de las ordenaciones anglicanas, Roma pusiera también en litigio la legitimidad de una práctica varios veces secular; temían que los anglicanos tratasen únicamente de fortalecer la posición de su Iglesia; temían que estas negociaciones tuviesen por único resultado detener las conversaciones, concediendo al anglicanismo la seguridad de que estaba, no menos que la propia Roma, en posesión de los verdaderos sacramentos de Cristo. Los anglicanos, por su parte, no se atrevían a pedir el examen de sus órdenes, por miedo a darlas por dudosas, o por miedo a que Roma, declarando la cuestión juzgada, se opusiera al examen histórico que se le pedía.»

Si tales aprensiones estaban justificadas, era mejor no comenzar nada.

Con todo la visita de lord Halifax no fue inútil. Decidió al Papa a dirigirse directamente al pueblo inglés, pidiendo oraciones por la unión; y, el 20 de abril,  apareció en todos los periódicos la carta «Ad Anglos regnum Crhristi in fidei unitate quaerentes».

Después de una alusión a «las frecuentes conversaciones que había tenido con los Ingleses, conversaciones en las que había comprendido su sed ardiente por buscar la paz y ala salvación eterna por la unidad de la fe», León XIII recordaba los felices tiempos anteriores al cisma, después las desgracias del siglo XVI; por fin las oraciones que desde entonces no habían dejado de subir hacia Dios. Mencionaba con elogios la piedad de los Ingleses, su respeto a la Escrituras, su atención a la beneficencia social. Sobre todo, pedía a todos nuevas oraciones, más numerosas y más fervientes. «Qué dichoso nos sentiríamos si, debiendo dar cuenta pronto de Nuestra administración al Príncipe de los Pastores, no fuera dado presentarle los frutos abundantes de los deseos de unión que, bajo su inspiración y dirección, nos hemos propuesto realizar… Si se presentan algunas dificultades, no son de naturaleza tal para detener nuestro celo apostólico, no ser obstáculo a nuestra energía. Es indudable que los numerosos cambios que han sobrevenido, y el tiempo mismo, han permitido a las divisiones existentes echar  raíces más profundas. ¿Pero es ello una razón para abandonar toda esperanza de reconciliación y de paz? De ninguna manera, si Dios lo quiere. En efecto, no debemos juzgar los acontecimientos bajo un punto de vista solamente humanos sino que debemos más bien tener en cuenta el poder y la misericordia de Dios. En las empresas grandes y dolorosas, , mientras no entreguemos a ellas con voluntad ardiente y recta, Dios está al lado del Hombre; y es precisamente en estas dificultades cuando la acción de la Providencia brilla con más resplandor».

La carta de León XIII fue acogida en Inglaterra con la mayor simpatía. Los periódicos religiosos anglicanos, el Guardian. El Church Times, el Record. Órgano de la Low Church, reconocieron unánimemente al espíritu del todo sobrenatural que la había inspirado. No pasaba inadvertido el carácter excepcional de un paso semejante después de tres siglos de separación. Iba acompañada por el signo de los tiempos nuevos. A decir verdad, no se hallaba en el documento pontificio lo que se habría deseado ver en él: parecía haber querido olvidarse hasta de la existencia de la Iglesia anglicana, ningún ofrecimiento preciso de conferencias, ninguna promesa de suavidad en materia de disciplina. Pero no por ello dejaba de ser un llamamiento a la unión, a la unión en corporación (corporate union). «La palabra no está escrita en ningún lugar de la carta, pero para quien sabe leer y comprender, está en toda ella», decía un marista, el P Ragey. «Si no se tratara de unión en corporación, varios pasajes de esta carta no tendrían sentido».  – Era para los anglicanos un punto capital.

Todo eso sólo debía ser un preludio. Antes de intentar ningún adelanto, León XIII había querido sondear las intenciones del pueblo inglés; había sentido curiosidad por ver las reacciones que suscitaría, en los diarios y otras partes, una carta pública emanada de la autoridad cuyo solo nombre levantaba en otro tiempo  profusiones de odio. Todo ello, pensaba, sería muy revelador,  y serviría de guía preciosa sobre la naturaleza de la acción que emprender. Pues a pesar de las manifestaciones de simpatía de que fue objeto, el Papa no quiso por el momento comprometerse en el camino de  las realizaciones. Nada hizo por la reunión de las conferencias mixtas. Se lo pensó algún tiempo antes de suavizar la práctica de la Iglesia, luego acabó por abandonar este proyecto.

Entretanto hizo saber al Sr. Portal, por intermedio del cardenal Rampolla, que bendecía todos sus esfuerzos, y «que le vería con gozo ocuparse más directamente todavía en todo lo que se refería a este gran asunto» (21 de junio de 1895).

El Sr. Portal fue entonces liberado por sus superiores de las clases de teología en Cahors; fue a instalarse a París, en la casa madre de los Lazaristas.

Uno de los primeros usos que hizo de su libertad de acción fue fundar, conforme a los deseos expresados por el Santo Padre en su carta «Ad Anglos», una asociación católica para la reunión de la Iglesia anglicana. Definía así el fin:

Querríamos unir los corazones católicos en una oración perseverante para que la Isla de los Santos vuelva a su Madre. Querríamos también dirigir los esfuerzos de cada uno contra las barreras del odio para hacerlas desplomarse bajo la acción combinada de la Verdad y de la Caridad.

La asociación publicaba un boletín mensual destinado a llegar a un público bastante entendido, sobre todo entre las personas piadosas. Se concedía un lugar importante a la actualidad religiosa: amplios extractos de discursos pronunciados en los diferentes meetings anglicanos o católicos figuraban caso en cada número; había artículos documentales sobre la situación de las Iglesia del otro lado del Canal; pero ante todo constituía un lazo de unión entre sus abonados, a los que les llegaba cada mes para pedirles una oración.

Un rasgo característico de la asociación, es que tomaba posición clara y oficialmente sobre la cuestión que ha dividido siempre a los apóstoles católicos de Inglaterra: ¿nos debemos limitar únicamente a obtener conversaciones individuales, o debemos apuntar a una reunión corporativa de las dos Iglesias? El Sr. Portal no creía que el primer procedimiento fuera nunca capaz de ganar a Inglaterra para el catolicismo. Era para él una convicción con fundamento en el estudio de los hechos.

Era cierto, a juzgar por las estadísticas, que el número de los católicos había aumentado muy notablemente en Inglaterra desde comienzos del siglo XIX; pero eso era consecuencia de la inmigración irlandesa y del crecimiento general de la población. Las conversiones no parecían significar gran cosa. El ejemplo deslumbrante de un Newman, de un Manning, de un Ward no se había seguido; y el anglicanismo, pro un momento debilitado por sus defecciones, no había dejado por ello de seguir se desarrollo autónomo. ¿Habrá que decir que, de aquellos mismos cuya conversión había hecho algún ruido, muchos se habían vuelto después a su fe de origen, o habían perdido toda creencia, en un escepticismo absoluto? Por el contrario, la Iglesia anglicana parecía hacerse cada día más fuerte. Desde el movimiento de Oxford vivía un periodo de renacimiento espiritual, al propio tiempo que afirmaba su independencia frente al poder civil, y adquiría ante sus fieles un prestigio siempre creciente. Ante una situación semejante, el Sr. Portal no dudaba en decir que creía en la posibilidad de una reunión «en corporación», porque no veía en veía ningún otro medio de que la oración de Nuestro Señor fuera un día escuchada y que sus discípulos fuesen «uno».

Esta seguridad, toda en la fe, no era la única base de sus esperanzas. Creía siguiendo a Pusey y Newman (en el tracto 90), que no existía verdadera divergencia dogmática entre las dos iglesias. No ignoraba que los 39 artículos habían sido interpretados a menudo en un sentido heterodoxo; pero sostenía que se les podía dar un sentido totalmente conforme a la enseñanza de Roma, y que en Inglaterra muchos lo estaban deseando. Esto es lo que le permitía esperar. Veía en el anglicanismo a una Iglesia en evolución. La unión no era fácil de realizar hoy, pero lo sería un día. – No se trataba de negociar un compromiso entre dos potencias obstinadamente inmóviles,  y acampadas una enfrente de otra. sino una contra la otra; se trataba de favorecer en una de ellas un movimiento de acercamiento ya netamente dibujado. – Habrá que añadir que, si creía que la unión en corporación era la única capaz de traer la unidad, y si consideraba esta unión realizable en un futuro más o menos cercano, no era de ninguna manera hostil a las conversaciones individuales.

Pronto se dio cuenta el Sr. Portal de que, por útil que pudiera ser el Boletín, no podía servir íntegramente a la causa de la unión. A los teólogos, a los historiadores les hacía falta un órgano más técnico. De esta necesidad nació la Revue Anglo-Romaine, colección semanal. La revista se presentaba cada semana bajo la forma de un fascículo in-8º de unas cincuenta páginas. En cada número uno de dos artículos de fondo, redactados por los sabios más notables de la época: Duchesne, Gasparri, Boudinhon, y por parte anglicana, Lacey y Puller; una crónica; y por fin una parte documental en la que se reprodujeran piezas de difícil acceso, y hasta opúsculos como las «Consideraciones modestas» de Forbes.

Se llegaría a comprender que la actividad del Sr. Portal quedaba absorbida enteramente por la publicación de una colección que al cabo de un año de existencia formaba ya tres tomos de más de ochocientas páginas. Pero a la detección de la revista venía a añadirse la del boletín, y bastantes más cosas aún: correspondencias, conferencias, redacción de memorias para el cardenal Rampolla, diligencias personales de toda clase, viajes a Inglaterra o a Roma, todo ello fue gestionado a la vez durante el año de 1896. El secreto de esta actividad lo conocen todos los que se han acercado al Sr. Portal: sabía rodearse de colaboradores y eclipsarse él mismo.

El primer número de la revista apareció el 7 de diciembre de 1895. En el editorial, el Sr. Portal mostraba la oportunidad de una tentativa de unión. Las causas de nuestras divisiones están demasiado alejadas par que haya la misma animosidad en los partidos. Muchas almas cristianas las ignoran o no las comprenden. Participamos todos por lo demás de las ideas de tolerancia y de libertad desconocidas de nuestros mayores, y que son generales hoy. Sacerdotes y laicos sienten también la necesidad para los fieles de Cristo de unirse contra los enemigos de nuestro Dios.

Todo un trabajo se opera en el anglicanismo en lo relativo a las prerrogativas del Papa. Hay, entre los obispos, hombres de un gran valor y de una gran fe; no pueden querer sostener en la Iglesia un estado de cisma tan contrario a las voluntades de Cristo. La unión vendrá  un día; las circunstancias  y las voluntades decidirán sobre el momento. Aunque esta nueva tentativa deba correr la suerte de las  precedentes,  y fracasar, nuestro deber no dejaría por ello de trabajar por hacerla llegar a bien fin. Durante demasiado tiempo han batallado los polemistas católicos contra sus adversarios sin conocerlos realmente. Habremos realizado la obra de reparación volviendo a emprender la discusión de una forma más cortés y  más científica. Hemos demostrado con nuestros trabajos nuestro deseo de unión, y dado de esta manera nosotros mismos los primeros pasos.

La carta apostólica de León XIII había dado un nuevo impulso al movimiento de la unión. El arzobispo de Canterbury publicó (30 de agosto de 1895) una pastoral sobre este tema; el cardenal Vaughan habló igualmente a sus fieles en el congreso de la Catholic Truth Society (9 setiembre), donde anunció que se iba a reunir en Roma una comisión de estadios para considerar la cuestión de las órdenes anglicanas. Haciéndose eco de las exhortaciones de León XIII, el arzobispo de York, Mons. Maclagan, recomendó en un importante discurso rogar por la unión: «Pero no es suficiente, decía, sentarse con las manos juntas para rezar, hay que tomar conciencia de la situación actual,  y luchar contra los obstáculos que nos detienen.»

Todo el mundo hablaba pues de la unión; y ay era algo. El Sr. Portal estimaba que eso no bastaba, y «que al periodo de los discursos y de los buenos deseos debía suceder el de los actos». El movimiento iba a entrar en un nuevo periodo. Roma iba a estudiar ella misma la validez de las ordenaciones anglicanas. Era más necesario que nunca que teólogos de las dos iglesias pudieran encontrarse, y consolidar en una discusión leal las bases de la unión futura.

La verdadera pregunta que debemos hacernos, decía lord Halifax en un congreso de de la English Church Union (enero de 1896), es ésta: ¿Deseamos realmente la paz? ¿Hacemos todos los esfuerzos para conseguirla, por alejada que pueda parecer? y al menos ¿la preparamos desde ahora?… ¿Pensamos bastante lo que podemos hacer para promover la paz? O bien ¿estamos tan absorbidos por nuestros asuntos personales, tan obcecados por nuestro propio modo de ver, tan indiferentes, y tan indulgentes con nuestras propias faltas, tan exigentes con los errores y faltas de los demás, para sentirnos plenamente satisfechos de continuar así nuestro camino separados, dejando todo pensamiento y toda esperanza para un futuro alejado que podría realizarse en el cielo, pero que no tendrían ninguna oportunidad en la tierra? No es esta la paz que Dios nos había dado. No es verdad que nos la haya prometido sólo para el cielo, y no para la tierra. ¿No vamos a emplearnos en acelerar el cumplimiento de su voluntad?

«Que el deseo más sincero de León XIII sea el cumplimiento de esta paz, que esté dispuesto a tomar las medidas más atrevidas y más generosas para acelerar su venida, es algo de lo que nadie puede dudar. Pero él ya hace tiempo que ha sobrepasado el número de años de vida concedidos generalmente a los hombres, y humanamente hablando, sus días están contados. Por eso, si hay que darle alguna respuesta, habría que apresurarse. ¿Nos damos perfecta cuenta de qué ocasión tenemos a la mano?… ¿No es deber de los obispos ingleses, olvidarse de todo, menos de los males que se derivan de nuestra desdichadas divisiones, acordándose de la pérdida de las almas que de ello se deriva, de su ardiente deseo de ver a la cristiandad reunida de nuevo, y considerando por fin que se les presenta una ocasión de hacer algo por la realización de esta paz… no es su deber, digo yo, el dirigir ellos mismos una carta a León XIII?

«Pensemos tan sólo en cuál sería el efecto en las circunstancias presentes de una carta así, en la que declararan que ellos también deploran en el fondo de su corazón las tristes divisiones que separan a la cristiandad en varios campos hostiles; que no hay nada que no estén preparados a hacer, excepto sin embargo sacrificar la verdad, para promover la reunión de la cristiandad, y que finalmente ellos responderían con gratitud a toda invitación que les fuese dirigida a considerar en común, con teólogos nombrados por el Papa. Los puntos de divergencia que separan a Inglaterra del resto de la cristiandad de Occidente con la esperanza de que con la gracia de Dios se hallaría un medio de conciliación y que, por  medio de tales conferencias, se prepararían los caminos para la eventualidad de una paz real… De otra forma ¿cómo conseguir esta paz, si los que están separados se niegan a la discusión? Decía que ese es un sueño demasiado hermoso para que resulte realizable. ¿Pero por qué iba a ser un sueño? Y ¿por qué irrealizable? Es uno de esos sueños que se realizan. Y todo lo que se ha producido en estos últimos tiempos parece haber preparado el camino. La discusión sobre la validez de las órdenes anglicanas no es sino un preliminar. Y todo sería posible si tuviéramos fe… Tengamos siempre ante los ojos este ideal de una cristiandad unida, y hagamos de suerte que  no tengamos nunca la vergüenza, la confusión, el remordimiento de saber cuando sea demasiado tarde que este ideal habría podido ser si, por nuestra  falta de fe, no nos hubiéramos opuesto a los misericordiosos designios de Dios, si hubiéramos tenido ojos para ver a oídos para oír, y finalmente almas tan atentas a las manifestaciones de la providencia   que  hubieren   reconocido   que   su   hora   había   llegado .

El   Sr .   Portal   reprodujo   este   discurso   en   la   Revue   Anglo – Romaine   (R .A . ,  I,  386 y   ss ),   Haciéndole   seguir   de   la   carta   del   cardenal   Rampolla   en   la   que  éste último   hablaba   también   sobre   la  oportunidad de las conferencias mixtas, y concluía:

Este intercambio amistoso de ideas, en otros términos, estas conferencias hechas en un espíritu cristiano y sobre las bases antiguas de nuestras creencias, se celebrarán cuando las autoridades de la Iglesia anglicana tengan a bien consentirlas.

De hecho, tales conferencias no debían celebrarse hasta treinta años más tarde en Malinas.

La comisión que el Santo Padre reunió en Roma el 24 de marzo de 1896 no había sido pedida ni deseada por el Sr. Portal. Desde el principio de la campaña, todos sus esfuerzos habían tendido únicamente al establecimiento de relaciones cordiales entre los representantes de la dos Iglesias. A este fin él había pedido al Papa que escribiera a los  arzobispos anglicanos , expresando la voluntad de que se organizasen conferencias mixtas. Ningún deseo en él de precipitar los acontecimientos, o de apropiarse por sorpresa de decisión alguna. Sabía muy bien con cuántas dificultades iba a chocar desde un principio la obra de la unión, como que s estaba tan sólo en aquella fase  preparatoria en que, antes incluso de iniciar coloquios oficiales, es necesario conocerse, tantearse mutuamente. Sin duda, alguna,  una vez abiertas las conversaciones oficiales, la cuestión de la órdenes sería una de las primeras, si no la primera, en resolverse de un modo definitiva, pero todavía no se había llegado a eso. Las prórrogas diplomáticas de los dos partidos lo demostraban por lo demás. El interés que presentaba la cuestión de las órdenes en este periodo preparatorio, en el que se hallaban entonces y quizás por mucho tiempo más, era debido a que atraía la atención de  las dos Iglesias, sobre todo en Inglaterra y porque, al menos del lado inglés, habría disposición a aceptar conferencias sobre este punto. Se comprenderá fácilmente el inconveniente que existía en forzar el examen oficial de la validez de las ordenaciones sometiendo la causa al Santo Oficio. Se necesitaba tiempo para que el trabajo teológico y histórico realizado por los anglicanos fuera conocido y plenamente utilizado por esta alta jurisdicción; se necesitaba toda una preparación para que los medios romanos llegasen a estar persuadidos de que se imponía tal vez una revisión completa de la legislación anterior sobre este punto y que quizás no era suficiente constatar que la causa había sido ya juzgada; también se necesitaba tiempo para que las disposiciones pacíficas tuviesen tiempo de afirmarse por ambas partes. No hay duda de que tales consideraciones habrían jugado un papel, sino ya para decidir sobre el sentido en el que se zanjaría la cuestión, sí al menos para determinar la oportunidad que existía de examinarla.

Es posible que muchos de entre los anglicanos no hayan comprendido esta alta prudencia; y es incontestable que otros, demasiado confiados en la fuerza irresistible de sus argumentos, creían deseable un examen inmediato de sus órdenes.

Sin embargo no vino la presión de este lado sobre el Santo Padre. El interés suscitado por la actividad del Sr. Portal despertaba en algunos medios graves inquietudes. Muchos de ente los católicos ingleses, y el cardenal Vaughan mismo, vieron el movimiento, primero con impaciencia, «más tarde con antipatía abierta «(Vaughan by Snead, Cot. II, p. 142). Temían que esta campaña atascara las conversaciones individuales. Algunos incluso creían que había sido emprendida con este único fin,  y que se había escogido la cuestión de las órdenes como particularmente propia para suscitar dudas en las almas que hubieran deseado convertirse. Es inútil decir que semejante deslealtad era ajena al espíritu del Sr. Portal. Por otro lado él pensaba que la cuestión de las órdenes, tal como se había presentado, no tocaba más que de bastante lejos este problema de  las conversiones. Los que se convierten no llegan generalmente al catolicismo porque dudan de la realidad de los sacramentos recibidos en su Iglesia; si alguna tienen sobre este punto, sus dudas vienen después, y lo más a menudo los motivos de su determinación son otros. A veces hasta la necesidad para el futuro convertido de considerar como ritos sin valor todos  los sacramentos con los que ha creído  nutrir su vida espiritual  constituye un obstáculo  real  –obstáculo que un reconocimiento de validez vendría a suprimir. En cuanto a la influencia sobre las conversiones individuales de una negativa de validez oficial, el Sr. Portal sabía que sería nula: cosa que así fue.

Sin embargo se propuso a León XIII la necesidad de actuar en persona. Una vez que se había planteado la cuestión, que se manifestaban discrepancias entre los teólogos, una definición neta se imponía. Y el Papa, que se había resistido lago tiempo a la idea de un examen oficial, se decidió a nombrar una comisión de investigación. El papel de esta comisión era de considerar la cuestión de as órdenes anglicanas bajo el triple punto de vista de la historia, de la teología y de la jurisprudencia humana; las memorias redactadas por los miembros de la comisión, con un informe de las sesiones en las que se habrían discutido, serían sometidas luego al Santo Oficio, que procedería a un nuevo examen, para someter al Papa una relación sobre la que este último resolvería en persona.

La comisión, presidida por el cardenal Mazella, comprendía ocho miembros: el R. dom Aidan Gasquet, el canónigo Moyes, F. David Fleming, el Padre de Llevaneras, capuchino erudito, el padre de Augustinis, profesor de la universidad gregoriana, Mons. Gasparri, profesor del Instituto católico de Paría, el abate Duchesne, el P. Scanell. Los tres primeros eran decididamente hostiles a la validez; los cuatro últimos consideraban estas ordenaciones por lo menos como dudosas; la opinión del P. Llevaneras era desconocida. El secretorio de la comisión era Merry del Val

El Sr. Portal se enteró con satisfacción de la convocatoria de esta comisión; quería ver en ella una prueba de interés por la unión.

Pero recordemos que, en la cuestión de las órdenes, él veía sobre todo un medio de obtener «conferencias sobre todos los puntos discutidos». Compuesta exclusivamente por católicos, la comisión reunida por León XIII no respondió de ninguna manera a este deseo. Así que pensó introducir en ella, a la fuera por decirlo así, a los anglicanos. Los dos teólogos Laceyy  Pullerpodrían, con asentimiento de sus superiores, pero sin mandato oficial, dirigirse a Roma. Estarían a disposición de los miembros de la comisión, prontos a darles las informaciones que fueran necesarias. –Al mismo tiempo sería también posible continuar moviendo la opinión para lograr conferencias mixtas. Tal vez iba a presentarse una ocasión próxima. Ante las dificultades que no dejarían de aparecer con las sesiones de la comisión de  examen, convendría proyectarse sobre otro punto; se llegaría a sentir la necesidad de otro método; y la presencia en Roma de los dos anglicanos facilitaría la organización de reuniones de un nuevo género. Habría un momento sicológico de no pasar. Para lograr en este momento preciso la reunión de una conferencia tal como se la deseaba, había que llevar a cabo toda una campaña paralelamente a los trabajos de la comisión de investigación.

Con el fin de llevarla a cabo, partió el Sr. Portal para roma el 31 de marzo. Lo esencial era dar a conocer cuánto se deseaba la unión en Inglaterra. Había que ir a preparar  manifestaciones que Roma no podría dejar de advertir.

El arzobispo de York, muy favorable a las ideas de unión, entraba de lleno en ellas. Aprovechó la primera ocasión para declarar al Sr. Portal el interés que sentía por la obra. «Hace mucho tiempo, le escribe el 27 de marzo de 1896, que deseo expresaros por escrito, como ya lo hice de viva voz, la admiración que experimento por vuestros esfuerzos generosos a favor de la reunión de la cristiandad,     y mi sentimiento de la viva gratitud que os es debida por este motivo. La publicación del Revue Anglo-Romaine, que habéis fundado, me brinda una ocasión favorable de rendiros tributo, y así lo hago con todo mi corazón. Leo la Revista con profundo interés,   y tengo la viva esperanza de que producirá mucho bien contribuyendo a disipar los malentendidos recíprocos de aquellos que, aunque separados exteriormente, están unidos en  la misma fe de Nuestro Señor Jesucristo… No dejaríamos pasar ocasión alguna favorable de conferencias amistosas, cuyo fin sería el de darnos a conocer mejor unos a otros situándonos en el principio de San Agustín: In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas.. Tened la seguridad de que las palabras recientes de León XIII a propósito de la unión han sido vivamente apreciadas en Inglaterra. Atestiguan su gran corazón, y el amor que le empujan a desear la unidad de la gran familia cristiana.»

Por la importancia del personaje de quien (el primero de la Iglesia anglicana después del arzobispo de Canterbury), por su contenido,  por la alusión a las conferencias mixtas, esta carta respondió exactamente a la que en setiembre de a894 había dirigido el cardenal Rampolla al Sr. Portal:

Comenzadas el 24 de marzo, las reuniones de la comisión prosiguieron hasta el 7 de mayo, a razón de tres por semana. Las sesiones eran secretas, y nadie debía conocer nada de ellas. Solamente se había hecho una excepción: Mons. Gasparri había conseguido del cardenal Rampolla autorización de consultar a Lacey y Puller sobre todas las cuestiones discutidas.

Como era natural, y también por razón de esta condigna de silencio, los rumores más diversos circulaban por Ramo; se hacían pronósticos  sobre el resultado probable de la investigación pontificia; se trataba de descubrir las intenciones del Santo Padre.

Se pensaba generalmente que todo quedaría en el «stau que ante», y que no se adoptaría ninguna decisión. Esa era sin duda la opinión y el deseo de un gran número de cardenales. Esta solución tenía la ventaja de que no comprometía nada para el futuro; pero se temía que fuera objeto de interpretaciones tendenciosas: unos que pretendían que no se había querido condenar definitivamente las órdenes por atención al movimiento de unión, otros que sostenías que la oposición de ciertos medios católicos había evitado por sí sola que Roma volviese a hablar de un error.

Personalmente, León XIII parecía dispuesto a zanjar solemnemente la cuestión. No ocultaba sus disposiciones favorables con respeto a los anglicanos. La carta del arzobispo de York le había impresionado vivamente. ¿Quizá pensaba en dar una prenda de paz prescribiendo volver a hablar «bajo condición» de las órdenes anglicanas? ¿A lo mejor iba a proponer conferencias?

Estas suposiciones, que hallamos bajo la pluma del Sr. Portal, eran parte sin duda de sus deseos más que de la realidad. Una notable impresión de optimismo se desprende en esta fecha de toda su correspondencia.

A mi parecer, escribe el 28 de mayo a lord Halifax, el movimiento entre en una nueva fase. Va a tomar proporciones que nadie podía prever. Las disposiciones aquí son excelentes (bien entendido en los medios más elevados). Pero, para que estas disposiciones puedan traducirse en hechos, es preciso que Papa encuentre un gran apoyo entre vosotros. Es preciso que esté en condiciones de responder a los oponentes, que no puede sin embargo rechazar vuestros testimonios en favor de la Unión. Toda nuestra política está ahí… El abate Duchesne rebosa de esperanza, y no en una definición formal a favor de la valides de vuestras órdenes, sino en el éxito final de la obra. No se podrá hablar de otra cosa. El Papa tiene en manos documentos teológicos que le permiten orientarse hacia la unión.

Por consejo del cardenal Rampolla, Puller y Lacey se habían quedado en Roma para visitar a los cardenales. En todas partes recibían la mejor acogida.

El P. Puller vio ayer a los dos cardenales Vanutelli, con quienes charló a fondo. Regresó encantado y emocionado. El cardenal Seraphino le abrazó al despedirse y le acompañó hasta la puerta. Los dos le dijeron: «Podéis estar seguro de que nada se hará contra vosotros». El cardenal Seraphino me había dicho por la mañana, hablando de la revista: «Verdaderamente comienza una época nueva». (Lettre de M. Portal à lord Halifax, 16 de mayo de 1896.)

En Inglaterra cada día hacía crecer la esperanza, si no de una reunión próxima, al menos de un acercamiento positivo. Hacia finales de mayo, el Se. Gladstone publicó, bajo el título de Soliloquium, un opúsculo en el que exponía, a título puramente privado, sus ideas sobre la cuestión. Constataba el renacimiento religioso que se había producido hacía algunos años en la iglesia anglicana,  y hacía resaltar que las modificaciones que de ello habían resultado habían contribuido a aproximar Inglaterra a «nuestra gran Iglesia de Oriente y de Occidente». En las iniciativas de León XIII, en sus disposiciones pacíficas, veía un signo de los tiempos: redeunt Saturnia regna. Un jefe de prudencia reconocida no pondría por cierto un movimiento todos los mecanismos de la Curia para hacer todavía mayor la brecha abierta entre la Iglesia romana y una comunión, más pequeña sin duda, pero que representa dentro de la esfera religiosa a una de las naciones más poderosas de la cristiandad europea…

A la luz de una reunión en el futuro, las consecuencias de una investigación conducente a una condena serían deplorables. «Tengo la certeza, concluyó Gladstone, de que si los estudios de la Curia no llegaran a un resultado favorable, la prudencia y la caridad no les permitirían convertirse en ocasión de amargura en las controversias religiosas».

Presentada por el Sr. Portal al cardenal Rampolla, esta memoria había producido en Roma una excelente impresión. Mostraba con evidencia que en el gran público (no ya sólo en algunos pequeños cenáculos de la Alta Iglesia), se tenían los ojos vueltos hacia Roma. El cardenal Parocchi decía que «desde Enrique VIII no se había producido un movimiento así a favor de la unión».

Todas estas esperanzas se vieron rápidamente rotas; y, por una ironía singular, fue una encíclica sobre la unidad de la iglesia la que paró en seco el movimiento que el Sr. Portal había logrado lanzar. Debido al mismo interés que suscitaba en todas partes la causa de la unión, León XIII había juzgado oportuno recordar en una encíclica la enseñanza tradicional de la Iglesia

Amplios extractos de este documento (Satis cognitum), con prefacio del cardenal Vaughan, aparecieron en el Times del 30 de junio. Así fue como Inglaterra conoció la encíclica. El texto íntegro no apareció hasta varios días después cuando la opinión ya había tomado partido. Ahora buen, la selección de los textos de había hecho de tal manera que gran número de lectores pudieron creer que, con la preocupación de resaltar las divinas prerrogativas de Pedro, la encíclica se había descuidado en dejarles espacio a los decretos de los obispos. Ni los comentarios del cardenal Vaughan, ni los del Times servían para calmar las inquietudes. Después de algunos ataques contra lord Halifax y los «soñadores de su partido, el redactor del gran  periódico continuaba:

«La encíclica deja sin importancia seria a la conferencia sobre las órdenes anglicanas. Las condiciones en las únicas que se declara posible la reunión son claras y sencillas. Estas condiciones son la aceptación plena y entera, no sólo del primado, sino de la superioridad y de la dominación absoluta del Pontífice romano sobre todos los que hacen profesión del corazón y del espíritu, de la inteligencia y de la conciencia de la cristiandad, a los decretos de la sede papal… La iglesia de Inglaterra hace mucho que adoptó una actitud bien definida sobre todas las cuestiones bien claramente expuestas en la encíclica del Papa. Las pretensiones de la Santa Sede a la sucesión de San Pedro son negadas por la iglesia de Inglaterra, como también las que quieren hacer de la iglesia de la que el papa es la cabeza reconocida la verdadera iglesia de Cristo. Habrá que renunciar a estas declaraciones como a errores pestilentes, antes de que ningún individuo perteneciente a la comunión anglicana pueda, en las condiciones sentadas por león XIII, ser reconocido como perteneciente a la iglesia cristiana. No se podría pretender por más tiempo que una reconciliación con la Iglesia de Roma no lleve consigo un abandono de la Iglesia de Inglaterra».

Presentada de este modo, la encíclica produjo más efecto. Toda la política del Sr. Portal había consistido en ir llevando poco a poco a los Ingleses hacia la idea de que ea posible un entendimiento con Roma en el tema de los derechos del Papa. Lo que requería cuidados y miramientos infinitos. Había que comenzar a relacionarse en un terreno más abordable, y no pasar a la cuestión candente hasta en el último lugar, una vez que se hubiesen conocido y comprendido mejor. Pues todo lo contrario, parecíase escoger el camino de subrayar las dificultades, acumular los obstáculos, destacar las incompatibilidades. Lord Halifax y sus amigos experimentaron una profunda decepción: creyeron sentir un retroceso

No os desaniméis, le escribía al Se. Portal. Nos hallamos en el estatu quo ante. El concilio Vaticano sigue siendo el que era: nuestra principal dificultad. Lo esencial sería que por vuestra parte no os dejaseis arrebatar. Todo cuanto habéis dicho a propósito del Papa os favorece. Os debéis colocar en el mismo plano. Estoy convencido de que la encíclica no tendrá de por sí las fatales consecuencias que vos prevéis. Para conjurar los efectos producidos por el modo como ha sudo presentada a vuestro público, os propongo o siguiente. Convocad un meeting: yo iré y hablaré. Lo que yo diga podrá ser publicado en los tejados; pero las circunstancias darán a mis palabras un carácter de momento álgido

Había cierto atrevimiento en este proyecto. Situarse en el propio terreno de la encíclica era para el Sr. Portal revolver de un solo golpe toda su política, abordando inmediatamente, después de León XIII, la cuestión más delicada. Claro que ir a Londres suponía presentarse ante un público machacado y humillado. ¿Obrando así, no se arriesgaba a hacer más mal que bien? ¿No era mejor volver a la inacción y callarse? El Sr. Portal no lo creyó.

Llegado a Londres el 13 de julio, se dirigía a un auditorio compuesto en su mayor parte de sacerdotes anglicanos.

Aquel que veis ante vosotros es un sacerdote francés, humilde hijo de san Vicente de Paúl. Estáis dispuestos a acogerle con simpatía, no porque creáis que os va a hablar en los mismos términos que cualquiera de vuestra comunión, sino porque sabéis que, como vosotros y con vosotros, desea sinceramente acelerar la unión en una sola iglesia visible de todos los que aman a Nuestro señor. Sí, soy humilde discípulo de san Vicente de Paúl cuyo nombre está por encima de todas las querellas y divisiones humanas, de ese gran apóstol de la caridad humana y divina quien, en estos tiempos modernos, ha hecho tanto para vendar los dolores,  y para mitigar las penas. Y me agrada esperar que sus hijos, animado de este mismo espíritu de sinceridad, de humildad    y de amor que él se esforzaba en inculcar a sus discípulos, podrán ser los instrumentos de los que se sirva la Providencia para vendar las llagas de la iglesia, la Esposa paciente de Cristo. Demás, yo soy sacerdote de la Iglesia de Francia, esta Iglesia tan cerca de vosotros, que antiguamente, como lo ha recordado el cardenal Vaughan, en carta dirigida hace poco a un sacerdote francés, rindió servicios no sin importancia a vuestra propia Iglesia, ¡esta iglesia de Inglaterra a la que vosotros tanto queréis! Y más aún, yo soy sacerdote de la santa iglesia católica y romana, esta iglesia tan querida de todos sus propios hijos y a la que estoy unido por todas las fibras de mi ser; y, por ello, no necesitáis que os asegure que preferiría morir a no creer en lo que ella cree, y a no rechazar lo que ella condena. En particular, y creo en las prerrogativas divinas de la Santa Sede y de los sucesores de san Pedro.

Ahora bien, no sería posible que dudarais de mis creencias, aunque sólo fuera por un momento, ya que, si yo creyese otra cosa, yo no sería digno de asociarme a vosotros en esta noble lucha que exige ante todo la lealtad y la sinceridad más perfecta, –lucha que tiene por fin recuperar para la cristiandad la reunión de todos sus miembros en una sola iglesia visible.

Mas, si actualmente estamos separados, como miembros de comuniones diferentes, al menos estamos unidos por el deseo de poner fin a nuestras divisiones. La reunión de la cristiandad es algo tan hermosa que se nos acusa de perseguir una quimera. Recordemos que se dirigió el mismo reproche a León XIII cuando habló de la unión con la Iglesia griega. No sólo se pretende que nuestro fin es utópico sino que se nos acusa de no ver los verdaderos obstáculos que no separan, los verdaderos medios que permitirían aproximarnos un poco. En verdad los que hablan así se engañan a sí mismos. No hay en realidad más que dos obstáculos: uno doctrinal, que toca los derechos del Santo Padre; el otro de orden práctico, está constituido por las pasiones humanas, los sentimientos humanos, las rivalidades humanas, todos los hechos que se puedan ignorar. –En realidad, las objeciones que nos dirigen quienes se oponen a nosotros tienen un origen común. Los que las hacen no creen que la reunión en corporación sea posible en la práctica; tal es el punto exacto de nuestra divergencia de opiniones. Según creen ellos, la cuestión sólo se puede resolver por medio de conversiones individuales. Yo rechazo sin dudar sobre los principios de este método la acusación de utopía. ¿La Iglesia anglicana, tan ligada íntimamente a la vida nacional bajo el punto de vista intelectual social, tan viviente también bajo el punto de vista espiritual, podrá quedar absorbida, roída miembro a miembro? Las fuerzas católicas en Inglaterra están compuestas principalmente de elementos irlandeses; hasta una mayoría bastante fuerte del clero es irlandés. Ateniéndonos a las conversiones individuales, ¿es probable que recuperaríamos Inglaterra por estas únicas influencias? Os halláis frente a una cuestión de razas diferentes, que opone a vuestros deseos un obstáculo insuperable. Además, los católicos ingleses mismos no pueden por menos de sentirse influidos por las tendencias resultantes del aislamiento y de las persecuciones de que fueron objeto en el pasado. Estas tendencias les  impiden mantener relaciones de simpatía con la iglesia nacional,  y les privan de la influencia sobre los miembros de esta Iglesia, que de otra manera podrían tener.

Por estas razones… nos parece preferible una acción conjunta de Iglesia a Iglesia. Por otro lado, está más de acuerdo con nuestro principio fundamental, el principio de autoridad. El método de la reunión como cuerpo… ahorra al individuo los tormentos de la duda, y los demás riesgos en que incurren los que hacen una búsqueda personal de la fe. A una alma que, por su pasado, por su educación, por las gracias que ha recibido, se siente unida por todos los lazos de su ser a tal o cual Iglesia, le decís: estáis en el error, fuera del verdadero rebaño… ¿Quién no ve el peligro que entrañan tales sacudidas de todas las raíces de la vida espiritual?… Yo pido insistentemente que si hay otro método posible no se insista deliberadamente en el de la conversión individual.

¿Pero la unión en cuerpo es posible? ¿No se presenta como un señuelo destinado a impedir las conversiones individuales? No. Es posible porque es necesaria.

La unión es necesaria a Roma, que sufre por la pérdida de los elementos teutónicos y de los pueblos del Norte, mientras que, en las razas latinas, el clero, a pesar de su celo apostólico, no ejerce de ninguna manera la influencia que debería tener en los asuntos del país. La unión os es igualmente necesaria. ¿No tenéis nada que ganar con este incremento de fuerza que os traería a vuestra disciplina? ¿No sentís la necesidad de tener un centro y una cabeza?

Nuestro señor, en verdad, prometió que estaría con su Iglesia hasta la consumación de los siglos. Pero no le prometió la prosperidad; y para ella, la prosperidad como la adversidad depende de la iniciativa de sus miembros… La unión tan necesaria, lo vuelco a decir, es posible. Diré más: es fácil en lo que respecta a la doctrina sacramental, porque (como lo ha declarado el doctor Pusey) no hay diferencias irreconciliables entre vuestras fórmulas y la enseñanza del concilio de Trento. Queda el serio obstáculo del concilio Vaticano. Pero, señores, permitidme que os diga que este obstáculo tampoco es insuperable.

No entraré aquí en una discusión profunda sobre este punto; pero lo que yo digo, aparte de todo argumento teológico, es que, cuando hombres como el abate Duchesne y el P. Puller piensan que un acuerdo (un acuerdo, ¿lo entienden bien? Y no un compromiso) puede realizarse, se debe admitir que este acuerdo es absolutamente posible. Y, Señores, la encíclica Satis cognitum no es un nuevo obstáculo. Decir que se ha querido dar así un golpe mortal a las esperanzas de los que se esfuerzan en realizar la unión en cuerpo, es atribuir a León XIII algo que no es digno de él…

La encíclica expone la unidad esencial de la iglesia y los medio sindicados por Nuestro Señor para conservar esta unidad. «No innova nada, reproduce tan sólo la enseñanza de la Escritura y de los Padres». La Iglesia anglicana no querría rechazar esta cita.

En conclusión, Señores, permitidme expresar sentimientos de confianza… No ignoramos que existen obstáculos; pero no hemos comenzado esta obra porque creímos que era de fácil cumplimiento, sino porque creíamos que era la voluntad de Dios. Y por esa misma y única razón, continuaremos la lucha… ¿Quién no estaría pronto a sacrificarse, a dar su vida, si fuera necesario, para promover la reunión de la cristiandad?Pero Dios no nos está pidiendo la vida. Sólo nos pide nuestra entrega. Ofrezcámosle nuestros corazones, nuestras voluntades, todas las fuerzas de nuestro ser para acelerar el cumplimiento de esta gran obra de la reunión, con la plena confianza de que Aquel que nos ha dado la inspiración de comenzar esta tarea permitirá cuando le plazca y del modo que él elija, ver la perfecta coronación de esta obra.

Este discurso destacó sobre todo por un hecho. Los adversarios de la reunión no creían en la posibilidad de una manifestación de este género. Lord Halifax mismo había vacilado. Pues, según lo atestiguan los informes de los diarios, el Sr. portal fue aplaudido con entusiasmo. Eso solo marcaba el progreso realizado en los espíritus.

La tarde misma de su regreso a parís, el Sr. Portal fue llamado al arzobispado. El cardenal Richard deseaba comunicarle una carta del cardenal Perraud. Según esta carta, escrita en Roma, el papa reprobaba la Revue Anglo-Romaine, la encontraba «demasiado en las manos de lord Halifax y de los anglicanos». Fuera del Vaticano se hablaba incluso de ponerla en el Índice. El Sr. Portal se limitó a responder que, para él, la cuestión no era saber si debía obedecer, sino lo que debía hacer para obedecer. De hecho, a partir de ese momento, él guardó silencio. El 18 de julio, pasaba a un comité la dirección de la revista. Unos días después, recibía la orden de no ocuparse más de los asuntos ingleses. Además, extenuado de cansancio, debía dejar pronto París para ir a descansar a los Pirineos.

Por qué venía la Santa Sede a obstaculizar la actividad del Sr. Portal, es algo que no es fácil descubrir. Es verdad que se le reprochó el discurso del 14 de julio, acusándole, sobre informe truncados publicados en algunos diarios, de no haber sido lo suficiente explícito sobre las prerrogativas del Papa: lo que es falso. Se le reprochó de haber hablado de unión, cuando habría sido preciso hablar de sumisión; y en eso se tocaba el principio mismo de su actividad. Según la carta que el cardenal Rampolla tuvo ocasión de escribir a lord Halifax, parece que el descontento venía de más lejos y que se culpaba en el Sr. Portal sobre todo al editor de la revista. En un momento en que el santo Padre hacía estudiar las cuestiones relativas a la Iglesia anglicana, «no se podía felicitar al ver tratar esas mismas cuestiones por personas cuyas competencia no estaba bien asegurada. Sucedió, en efecto,. que se abrió la cuestión de una manera inexacta,  y a veces errónea, de manera que la buena causa no pudo salir bien parada, por el contrario, tuvo por resultado una confusión muy peligrosa… Los asuntos son tan graves que, para no equivocarse, no hay otro camino que seguir que los documentos publicados por el Santo Padre… La revista Revue Anglo-Ramaine no ha sido condenada mi lo será, sobre todo si sus redactores tienen a bien mantenerse vigilantes, y no adelantarse al juicio del Santo Padre».

Este juicio no se hizo esperar. El 19 de setiembre de 1896, aparecía la bula Apostolicae curae. Ella ponía fin a la controversia levantada a propósito de las órdenes anglicanas, declarándolas absolutamente nulas. Fue un golpe terrible para el Sr. Portal; y más cuando a pesar de todos los contratiempos seguía esperando.

Hacia las cuatro de la tarde, escribe a lord Halifax, tuve ayer comunicación del despacho recibido por el Univers. Inútil deciros lo que hemos sentido, los Srs. Courcelle, Levé y yo. Nuestro primer pensamiento se ha dirigido hacia vos, hacia nuestros amigos de Inglaterra, Puller, lacey, etc….  ¡Pobres amigos, los que habéis sido tan buenos, tan generosos, tan leales! No queda otra cosa que callarse e inclinar la cabeza. No hablo con nadie. El golpe es tan profundo por otra parte, y el dolor tan fuerte, que ya no siento nada. Que Nuestro Señor  tenga piedad de nosotros. Que al menos nos conceda el consuelo de ver que hemos causado menos mal que bien. Vos y los vuestros habéis puesto demasiado fe, demasiada abnegación, para que vuestros actos de virtud y vuestros sacrificios de todo orden se pierdan. Servirán grandemente para la salvación de vuestras almas, y también, lo espero contra toda esperanza, para la reunión. Os debo mis mejores alegrías, querido amigo; trabajar y sufrir por el Evangelio. Os entrego lo mejor que tengo en el alma afecto e inalterable entrega. Siento vuestro gran dolor; y yo sufro más por vos que por mí.

La revista aparece hoy sin anunciar nada. El próximo número sacará al documento, una página que hemos fabricado el Sr. Levé y yo; será el fin –¡el fin de un bello sueño! ¡Cómo duele todo! ¡Y cómo invade el ser entero semejante prueba!

«Vuestra carta, responde lord Halifax, me llenó los ojos de lágrimas; pero me produce un bien que está por encima de toda expresión. Era el amor a las almas lo que nos empujaba; no queríamos otra cosa. Cualquier cosa para poner fin a las divisiones entre los que aman a N. S. Jesucristo, ¡esas divisiones que sirven para mantener a tantas almas alejadas de Él! ¡Que los que le aman puedan amarle más comulgando en los mismos altares! Que por fin la unidad esencial de la iglesia de Jesucristo fuera reconocida de todos, y que, para ello, en un espíritu de amor y caridad, en un espíritu también de penitencia por todas las faltas cometidas por ambas partes, nos tratáramos, con el fin de disipar los malentendidos, de distinguir lo que es de fe y la que es sólo materia de opinión, de disipar los prejuicio, y de buscar nado más que la voluntad de Dios como se la dio a conocer a sus santos apóstoles y como ha sido comprendida por la Iglesia de los primeros tiempos, de fundarse finalmente en las bases pedidas por la encíclica para la fe y la práctica cristianas, –eso, querido amigo, es lo que nosotros queremos. Supongo que los demás lo querían también. Pero para conseguirlo hacía falta mucho amor, mucha caridad, mucha paciencia, una gran abnegación de sí, y además la sabiduría que sabe distinguir entre los hechos; y más que nada, ese espíritu inspirado por el amor, que por encima de todas las dificultades, y a pesar de todas las apariencias, ve la verdad esencial tal como es verdaderamente en sí misma… Hemos tratado de hacer, creo yo, lo que Dios nos había inspirado. Hemos fracasado por ahora; pero, si Dios quiere, se cumplirá su voluntad; y si permite que nos rindamos, es que quiere hacer las cosas  él mismo. No es un sueño. La cosa es tan verdad como siempre. Hay amarguras que valen todas las alegrías de la tierra; y yo prefiero una y mil veces sufrir con vos en una causa como ésta que triunfar con el mundo entero. Vuestra carta me es más preciosa de lo que os pueda decir. Las penas quedan a medias aliviadas cuando se sufre juntos. Sólo sé muy bien que si sufrimos vos sufrís todavía más; y este pensamiento es el que más daño me causa.»

Como documento teológico, la bula presentaba un gran interés. León XIII no se había limitado a dar sentencia. «Había querido motivarla, y hacer también historia de jurisprudencia papal sobre la materia del debate. Así parecía que un se hallaba en presencia de un juicio ya pronunciado por el Santo Oficio, el 17 de abril de 1704, en una sesión solemne de «feria quinta» presidida por el Papa. Pues se sabe que existe una escuela en Roma que considera los juicios emitidos en esta sesión como revestidos de una autoridad particular. En este terreno estábamos situados

La bula mostraba también que en el juicio de 1704, como en el examen al que se acababa de dedicar nuevamente, el único motivo de invalidez que se mantuvo había sido la insuficiencia del rito considerado en su relación con la intención de los que lo habían fijado. Es decir que no se trataba tanto de la invalidez de la norma «per se», como de su invalidez en razón del modo como había sido fijada y de la intención de los que habían procedido a esta trabajo. Omisiones que, en otras circunstancias, hubieran sido veniales (que no afectaban a la forma misma del sacramente), aparecían a la luz de la historia como expresión de conceptos heterodoxos sobre la naturaleza del sacramento mismo,  –por ejemplo, la supresión de lo que se refería al poder sacrificial del sacerdote. Para ciertos anglicanos la bula, en su apreciación de los hechos, se basaría en el terreno histórico. Y una sentencia así puede modificarse si nuestros conocimientos llegan a aumentarse o a precisarse. Esto es lo que creyeron. Al menos, llores Halifax y algunos anglicanos. En eso es donde cifraron sus esperanzas.

Pero, según lo había previsto el Sr. Portal, la condenación de las órdenes anglicanas debía, al menos por un tiempo, detener el movimiento de unión. La decisión que se había interpuesto hacía imposible la continuación de conversaciones amigas, y a fortiori la fijación de las conferencias mixtas. Pronto la Revue Anglo-Romaine tuvo que dejar de salir (noviembre de 1896) : la necesidad a la que respondía no existía ya. Era el fracaso.

Sin embargo, no todo estaba perdido, y algo quedaba del movimiento surgido. Está fuera de duda que a finales de 1896 las dos iglesias se encontraban más aproximadas, sobre todo  menos cerradas una a la otra, de lo que estaban tres años antes. Los hombres se habían conocido, las teorías se habían confrontado, ahondado: todo aquello no podía desaparecer en un día.

Bajo el punto de vista puramente científico, los trabajos de historia, de teología, o de derecho canónico, aparecidos en la revista, seguían siendo también  base sólida para los trabajadores del futuro.

Pero tal vez lo más importante fue esta experiencia llevó al Sr. Portal a extraer las ideas esenciales que hicieron de él el apóstol de la unión. Siendo el primero por así decirlo en pisar este terreno difícil, reconoció sus accidentes y sus peligros. Fracasó, es cierto, pero como el soldado que cae golpeado en la batalla en la que marchaba en vanguardia, y cuyo sacrificio es uno de los elementos más seguros del éxito final.

Los que quieran en adelante trabajar en esta obra de la unión de las Iglesias no encontrarían mejor modo de prepararse que estudiando este momento de la vida del Sr. Portal. A él mismo le cupo por otra parte el raro privilegio de poder, veinte años de silencio después, aprovecharse de la experiencia que había adquirido.

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