Fernand Portal (Cincuentenario de su muerte)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: P. Bernard · Source: Anales españoles, 1976.
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Conferencia dada por el P. Bernad, ca­pellán de la A. C. O. en Montpellier, en la capilla de la Casa Madre de la Congregación de la Misión el 20 de mayo con ocasión de la velada por­taliana.

«Todos nosotros compartimos —es­cribía el P. Portal el 27 de noviembre de 1895— ideas de tolerancia y libertad desconocidas de nuestros padres y hoy generalizadas… Un período de transi­ción sucede a épocas de discordia y anatema… No es la posibilidad de la Unión el sueño de un alma piadosa, sino la conclusión lógica de una inte­ligencia que evalúa cada cosa de ma­nera imparcial. Parece, pues, cierto el éxito final. En cuanto a la época, las circunstancias y buena voluntad deci­dirán…».

Este editorial, que tenía el aire de un manifiesto, daba el tono, desde el pri­mer número, a la Revue Anglo-Romai­ne. Habida cuenta de este texto, me ce­ñiré a Portal, hombre de su tiempo. Puede que sea esa la mejor manera de que nos emplacemos nosotros, los que vivimos en 1976 y nos hallamos en este punto determinado. Eso nos evitará el que urjamos en exceso a los precurso­res, sobre todo cuando éstos acaban de salir del olvido. Tendríamos la con­ciencia tranquila si nos contentáramos con observar que nuestros antecesores lo dijeron e hicieron todo, cuando en realidad se les enterró lamentablemen­te vivos.

Portal se sintió, de acuerdo con su expresión misma, arrastrado por los acontecimientos. Y sólo retrocedien­do «pudo comprender mejor la acción del buen Dios en las circunstancias». «No soy —decía— ni místico ni soña­dor, y me reí al oír hablar por primera vez de misión providencial. Hoy no me río ya…».

Este positivo cevenés y discípulo rea­lista de San Vicente de Paúl se situó sencillamente en el período de los pre­parativos —no restaba luego sino des­aparecer. En suma, Fernand Portal forma parte de esos tipos que se dela­tan como ejemplares con respecto a la historia: ni reiteran el pasado ni penetran en el porvenir, sino que son ante todo testigos de su tiempo, o si se prefiere, son verdaderamente auda­ces y ambiciosos según el Evangelio.

El abate Calvet, tan alejado de rodear a su antiguo superior y amigo de una aureola, insiste en sus Memorias en «las ventanas» que el P. Portal man­tenía «abiertas a un horizonte muy vas­to». «Fiado de los seres generosos —subraya maliciosamente Calvet—, ávi­do de renovación, escuchaba el P. Por­tal las voces innovadoras, no las juz­gaba peligrosas, y tenía a veces la satisfacción de hallar en ellas acentos que iluminaban el problema de la unión de las Iglesias…». «Decía con fre­cuencia el P. Portal que era preciso abrir muchas ventanas; las abrimos to­das; el viento entraba ciertos días con tal fuerza, que barría nuestra persona­lidad».

¿Por qué una escucha tan atenta a las voces del exterior? El Espíritu de Dios guía y acompaña a las Iglesias por los caminos del encuentro. Pero, ¿dónde hallar esos caminos de encuen­tro, sino en aquéllos por los que cami­nan los hombres? Los caminos de la Unión van conectados a los de la hu­manidad.

Cada corriente, en efecto, «ejerce una influencia muy grande sobre la mane­ra de concebir las verdades religiosas…, la enseñanza del Evangelio tiene reper­cusiones sociales…, las transformacio­nes de la sociedad piden y ocasionan cambios en la Iglesia». Y, sin per­tenecer a grupo alguno filosófico o socio-político, Portal, contrario a picar en todo y averso al dilettantismo, pre­ferirá estar envuelto en—, cercano a—, en estrecha relación con—… No bana­lizamos las cuestiones ecuménicas al acercaron a él de esta suerte. Mas ilu­minando un aspecto inédito de las concepciones portalianas, devolvemos las cuestiones ecuménicas a su raíz etimo­lógica —ecumene es toda la tierra real— y evangélica —que todos sean uno, Jn 17:22.

 

I.—DOS VOCES QUE LOS MODERNISTAS COMPRENDEN BIEN: CIENCIA E HISTORIA

1. El P. Portal y el ideal científico

En 1890 publica Ernest Renan su an­tiguo manifiesto: El Porvenir de la Ciencia. Una grave contienda contrapo­ne a Iglesia y Ciencia, sobre todo des­pués del caso Galileo (1633). Y puesto que este debate apasiona al Anglica­nismo, principalmente desde las teorías de Darwin sobre la evolución de las especias, la Anglo-Romaine salta al rue­do, por ejemplo, a propósito de las re­yertas entre la Universidad de Oxford y la Asociación Británica para el pro­greso de las Ciencias.

Se requisa a Alfred Loisy, cuyos li­britos rojos gozan de mucha estima en Inglaterra; tras su expulsión del Ins­tituto Católico de París queda conge­lado en un pensionado religioso de Neuilly. Es el P. Portal quien contri­buye al relanzamiento de un exégeta al que se juzga peligroso: «Es una imagen muy hermosa de sabio y de sacerdo­te… Le he rogado que se nos una… Me imagino que hasta obtendrá una ven­taja personal». Y el que encarna al más caracterizado modernismo no rehusará la ganga de poseer una tri­buna:

«El acuerdo entre fe y ciencia no tiene lugar en base a una fór­mula invariable. El conocimiento de la revelación hace progresos, pero no sin vínculos con los de ciencia».

«La religión, que es obra de Dios, es también en un sentido obra del hombre. Es eterna por­que es divina; es progresiva por­que es humana… Los relatos bí­blicos que atañen a la primitiva historia de la humanidad son, ba­jo muchos aspectos, evaluaciones teológicas del asunto, más que datos materialmente históricos. La verdad que contienen es más ideal que real».

El P. Portal tuvo ocasión de invitar a De Lapparent, Breuil y Teilhard de Chardin para que diesen conferencias a los normalistas. Se atenía demasiado al riguroso respeto por la autonomía de la inteligencia humana como para confundir el plano religioso con el del conocimiento científico (cf. Marcel Lé­gaut, Unité des Chrétiens, núm. 22, pá­gina 16).

«So pretexto de alcanzar un ideal sobrenatural hemos perdido el ideal humano… Hemos hecho progresar inmensamente a la hu­manidad, y ésta avanza hoy sin nosotros. Eso es cierto en cuanto al ideal científico…, pues no que­remos la ciencia por ella misma, porque el progreso material no nos parece bueno en sí mismo. Se estima que somos enemigos del progreso».

La ciencia es, pues, un dominio pre­ciso, que encierra un método y unas perspectivas. El ideal científico, por lo demás, entraba en las aspiraciones liberadoras de los socialistas de la épo­ca, muy frecuentemente con una men­talidad antirreligiosa y anticlerical. Querer la ciencia por la ciencia…, ad­mirar la belleza del progreso material… La actitud es tanto más interesante de observar, cuanto que estas palabras lle­gan tras un pareado con los grandes vocablos de libertad, igualdad y frater­nidad, «que nosotros enseñamos al mundo», pero que ahora «no sabemos ya… pronunciar», sobre todo la pala­bra igualdad.

 

2. El P. Portal y el sentido de la Historia

Cuando tiene lugar el encuentro con Lord Halifax en Madera, Fernand Por­tal vacila, pues lo ignora todo sobre el Anglicanismo. Pero no está tan desguar­necido, cuando «los pocos estudios his­tóricos» sobre el siglo XIX que había hecho «habíanle procurado un profun­do amor a la Iglesia y un deseo muy ar­diente de servirla».

La tradición de rasgos evangélicos a la que se avoca es la de Vicente de Paúl, el reformador católico y servidor de los pobres y de las clases popula­res, y la de Lamainnais, cuya rebeldía no comparte, pero a quien reconoce una gran influencia. Este último dio lugar a que la Iglesia comenzara a des­prenderse del poder político; al instante los sacerdotes, «haciéndose más li­bres, llegaban a ser también más cató­licos, más aptos, para comprender a los de fuera» (1907).

Portal invita a todos los hermanos cristianos, católicos o no, a los estu­dios históricos, sobre todo de los pri­meros siglos de la Iglesia, como a «una cita común». No es cuestión de saber quién tiene o no razón, sino de delimitar bien los «hechos históricos, posiblemente susceptibles de varias in­terpretaciones, donde la política huma­na ha jugado sin duda un papel dema­siado grande, pero donde la verdadera fe jamás ha naufragado». «Evite­mos», por consiguiente, «hacer obliga­torio lo que no es esencial, y la blanca luz de Cristo se descompondrá libre­mente en el prisma humano».

No miraba el P. Portal a la Historia como frío arqueólogo, sino como testi­go, como profeta, en cuanto que éste es uno que descifra, en medio de las realidades y movimientos humanos, el plan de Dios en acción. «Somos nos­otros los católicos quienes no estamos listos para la unión. Roma vive en un mundo artificial…, nada le ha enseña­do la Historia. Allí no se sabe Histo­ria».

Este lazarista, sin pizca de intelec­tual trascendente, sabía historia, cap­taba el sentido y los prospectos del paso de los hombres por el tiempo. Las separaciones entre cristianos tenían motivos históricos que podían remitir a razones providenciales: «las barreras han permitido conservar reservas de energía que cada una de las grandes co­muniones podrá aportar en todo su fuerza para constituir un hermoso mundo cristiano…!».

No se proponía Portal ni un vago sincretismo, ni una fea uniformidad, sino una unidad de plenitud. La com­prensión de los dinamismos de la His­toria le suministró la visión de las realidades ecuménicas, a un tiempo vastas, precisas y de un largo alcance.

 

II.—DOS VECES QUE INVIERTEN LAS MENTALIDADES

1. El P. Portal y los movimientos sociales

En Inglaterra, en Bélgica, en Fran­cia, en Rusia…, se despliegan la agita­ción popular, el movimiento obrero y la avanzada socialista. La correspon­dencia de Lord Halifax y de Portal son testigos de ello.

Al ponerse en contacto con el Angli­canismo, el P. Portal se familiarizó con las aspiraciones socialistas de ciertos grupos eclesiásticos de la High Church que acogerán al Labour Party. La Re­vue Catholique des Eglises sigue este movimiento. Y algunos papeles del fi­chero del P. Portal dan cuenta de cómo éste busca un posible puente entre so­cialismo y cristianismo. Además, los círculos eslavófilos progresistas, en su visión apocalíptica del fin de una so­ciedad zarista degenerada y de una iglesia rusa estancada, miraban al socialismo, en su intento de poner cada cosa en su lugar.

«La Iglesia constituye precisa­mente el género de interprovin­cialismo o de internacionalismo que la tierra, las razas exigen. El colectivismo, la ciencia social, esos hijos ingratos del cristianis­mo, ¿quién no verá al instante que han allanado el camino real por el que pasará la Iglesia? Bas­tará una adaptación mutua para llegar al entendimiento…».

Desde 1907 y sobre todo después de la expulsión del Séminaire Universitai­re, Portal se comprometió a servir en el barrio popular de Javel con las Da- mes de l’Union, dedicadas tanto a la reconciliación de las Iglesias como a la de las clases populares. He aquí al­gunas de las exhortaciones que dirigía a estas señoras:

«No son mendigos de quienes se trata, sino pobres que se opo­nen a los ricos, pueblo… San Vi­cente se consagró al pueblo; cuando habla de los pobres, no muestra ternura alguna hacia los mendigos… Este es el gran ejem­plo que nos da Nuestro Señor. Se hizo pueblo también él. Se en­carnó como obrero. Cuando la Iglesia se separa del pueblo, uno la ve ir participando en los ma­les de las revoluciones. Cuando la Iglesia se alía con los ricos y favorece determinadas cosas, tiene las cuentas arregladas: paga­rá» (1907).

«Lo que deseo retengáis es que la obra se lleva a cabo para el pueblo y que éste es el objeto propio de vuestra misión. Tenéis también que ocuparos de los po­bres, el desecho del pueblo, pero hay que tener a la vista el pue­blo mismo. Si en las familias de vuestros niños, sea debido a la unión o a los sindicatos, hay algo más de bienestar, eso no quiere decir que aquéllas hayan cambia­do de clase» (marzo de 1922, Ca­racterísticas de la Obra).

«Cuando nos ocupamos de po­bres separados de nosotros, de socialistas y de comunistas, no creemos que entre ellos hay sólo ladrones y asesinos; hay almas con un ideal, que tienen la sen­sación de trabajar por el bien de la humanidad; el medio de lle­gar a ellos es mostrarles que nuestra propia aspiración es la misma: no emplea los mismos medios, pero tiene los mismos resultados. Así les alcanzaría­mos…» (10 de marzo de 1926, Sed imitadoras de Dios).

 

2. El P. Portal en la reyerta política

El hijo de Laroque gozaba luchando. La Campagne Anglo-Romaine, con vis­tas a unas conversaciones en Roma y Canterbury, tiene todos los visos de una campaña de opinión y de una cam­paña bélica. Los adversarios: los cató­licos ingleses, los guardianes del Santo Oficio… y los aliados que traicionan o dan malos pasos. Portal tenía el sentido de la estrategia, frente por frente de los grupos de influencia y de las fuerzas contrarias. Y como buen campesino y buen cazador, no se aven­turaba a ciegas, sino que medía el te­rreno por el que caminaba. El secta­rismo le horrorizaba en todo caso. Te­merá siempre enfeudarse a un partido.

La vecindad de los católicos socia­les, como G. Goyau y H. Lorin…, le en­fadaba en cierta manera. Aparecían con demasiada claridad como agentes pon­tificios para la adhesión de los católi­cos franceses a la República. Uno co­rría el riesgo de «comprometer la acción, asociándola demasiado íntima­mente a personas envueltas en combi­naciones…».

Y fue la cuestión de la separación entre Iglesia y Estado, cual se le pre­sentó en el anglocatolicismo de la High Church, lo que le llevó a entrar resuel­tamente en la reyerta. La Iglesia libre en el Estado libre, ideal del Movimien­to de Oxford, constituía una cuestión política. También una cuestión religio­sa, pues condicionaba el libre testimo­nio de la evangelización y la veracidad de las relaciones ecuménicas. En París se establecieron entre católicos y pro­testantes, con vistas a reunirse inter­confesionalmente para orar y, al mis­mo tiempo reflexionar, al objeto de intentar conjuntamente la independi­zación de la Iglesia según unas condi­ciones aceptables.

Y ante la intransigencia de los radica­les de un lado, y de los conservadores del otro, calificados ambos de políticos que jamás pierden una buena oca­sión de pescar en agua turbia, la Revue Catholique des Eglises orienta el voto de sus lectores hacia el lado de los so­cialistas, como Jaurés y Briand, al ver que estos últimos han atenuado el pro­yecto del padrecito Combes.

En el Senado, el relator de la Ley citará las posiciones abiertas de la Revue Catholique des Eglises, con gran extrañeza de los senadores católicos de derechas, que gritarán: «—¿Qué es eso…?» «—¿Quién es el firmante del artículo…?» «—¿Dónde viene publica­do…?». Y el relator refunfuñará: «¿Des­conocen ustedes la R. C. E.?» (22).

Y cuando los soviets asuman el poder en Rusia, el P. Portal optará por que los cristianos franceses sean testigos cerca de los ortodoxos de un comienzo de experiencia de fe vivida bajo un régimen de Separación.

* * *

Una vez tomada la precaución de no triunfalizar demasiado un prestigio de pionero que el P. Portal sería el prime­ro en rechazar, es bastante necesario resolverse a confirmar la novedad de las actitudes e iniciativas portalianas. Fue uno de los mejores expertos del Vaticano II, que él presintió y vivió por anticipado. A manera de comproba­ción, basta tomar los fragmentos de ese concilio: el Derecho sobre el Ecu­menismo, sobre el Apostolado de los Laicos, sobre la Libertad Religiosa, so­bre la Vida Religiosa, sobre el Ministe­rio y Vida de los Sacerdotes, sobre la Iglesia en el Mundo Actual…, e ilustrarlos con dichos y hechos pastorales del P. Portal. Los acercamientos son sig­nificativos: no engañan.

Un solo ejemplo: el artículo 44 de la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual responde a algunas líneas escritas en 1907, que antes ci­tamos:

«La filosofía ejerce una influen­cia muy grande sobre la manera de concebir las verdades religio­sas…, la enseñanza del Evangelio tiene repercusiones sociales, y las transformaciones de la sociedad piden y ocasionan cambios en la Iglesia…».

Retengamos unas palabras portalia­nas muy simples:

  • «Hay que ser de la Iglesia en todo tiempo…
  • Ha de ser uno de su tiempo pa­ra vivir de la Iglesia…» (1908).

 

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