Conferencia dada por el P. Bernad, capellán de la A. C. O. en Montpellier, en la capilla de la Casa Madre de la Congregación de la Misión el 20 de mayo con ocasión de la velada portaliana.
«Todos nosotros compartimos —escribía el P. Portal el 27 de noviembre de 1895— ideas de tolerancia y libertad desconocidas de nuestros padres y hoy generalizadas… Un período de transición sucede a épocas de discordia y anatema… No es la posibilidad de la Unión el sueño de un alma piadosa, sino la conclusión lógica de una inteligencia que evalúa cada cosa de manera imparcial. Parece, pues, cierto el éxito final. En cuanto a la época, las circunstancias y buena voluntad decidirán…».
Este editorial, que tenía el aire de un manifiesto, daba el tono, desde el primer número, a la Revue Anglo-Romaine. Habida cuenta de este texto, me ceñiré a Portal, hombre de su tiempo. Puede que sea esa la mejor manera de que nos emplacemos nosotros, los que vivimos en 1976 y nos hallamos en este punto determinado. Eso nos evitará el que urjamos en exceso a los precursores, sobre todo cuando éstos acaban de salir del olvido. Tendríamos la conciencia tranquila si nos contentáramos con observar que nuestros antecesores lo dijeron e hicieron todo, cuando en realidad se les enterró lamentablemente vivos.
Portal se sintió, de acuerdo con su expresión misma, arrastrado por los acontecimientos. Y sólo retrocediendo «pudo comprender mejor la acción del buen Dios en las circunstancias». «No soy —decía— ni místico ni soñador, y me reí al oír hablar por primera vez de misión providencial. Hoy no me río ya…».
Este positivo cevenés y discípulo realista de San Vicente de Paúl se situó sencillamente en el período de los preparativos —no restaba luego sino desaparecer. En suma, Fernand Portal forma parte de esos tipos que se delatan como ejemplares con respecto a la historia: ni reiteran el pasado ni penetran en el porvenir, sino que son ante todo testigos de su tiempo, o si se prefiere, son verdaderamente audaces y ambiciosos según el Evangelio.
El abate Calvet, tan alejado de rodear a su antiguo superior y amigo de una aureola, insiste en sus Memorias en «las ventanas» que el P. Portal mantenía «abiertas a un horizonte muy vasto». «Fiado de los seres generosos —subraya maliciosamente Calvet—, ávido de renovación, escuchaba el P. Portal las voces innovadoras, no las juzgaba peligrosas, y tenía a veces la satisfacción de hallar en ellas acentos que iluminaban el problema de la unión de las Iglesias…». «Decía con frecuencia el P. Portal que era preciso abrir muchas ventanas; las abrimos todas; el viento entraba ciertos días con tal fuerza, que barría nuestra personalidad».
¿Por qué una escucha tan atenta a las voces del exterior? El Espíritu de Dios guía y acompaña a las Iglesias por los caminos del encuentro. Pero, ¿dónde hallar esos caminos de encuentro, sino en aquéllos por los que caminan los hombres? Los caminos de la Unión van conectados a los de la humanidad.
Cada corriente, en efecto, «ejerce una influencia muy grande sobre la manera de concebir las verdades religiosas…, la enseñanza del Evangelio tiene repercusiones sociales…, las transformaciones de la sociedad piden y ocasionan cambios en la Iglesia». Y, sin pertenecer a grupo alguno filosófico o socio-político, Portal, contrario a picar en todo y averso al dilettantismo, preferirá estar envuelto en—, cercano a—, en estrecha relación con—… No banalizamos las cuestiones ecuménicas al acercaron a él de esta suerte. Mas iluminando un aspecto inédito de las concepciones portalianas, devolvemos las cuestiones ecuménicas a su raíz etimológica —ecumene es toda la tierra real— y evangélica —que todos sean uno, Jn 17:22.
I.—DOS VOCES QUE LOS MODERNISTAS COMPRENDEN BIEN: CIENCIA E HISTORIA
1. El P. Portal y el ideal científico
En 1890 publica Ernest Renan su antiguo manifiesto: El Porvenir de la Ciencia. Una grave contienda contrapone a Iglesia y Ciencia, sobre todo después del caso Galileo (1633). Y puesto que este debate apasiona al Anglicanismo, principalmente desde las teorías de Darwin sobre la evolución de las especias, la Anglo-Romaine salta al ruedo, por ejemplo, a propósito de las reyertas entre la Universidad de Oxford y la Asociación Británica para el progreso de las Ciencias.
Se requisa a Alfred Loisy, cuyos libritos rojos gozan de mucha estima en Inglaterra; tras su expulsión del Instituto Católico de París queda congelado en un pensionado religioso de Neuilly. Es el P. Portal quien contribuye al relanzamiento de un exégeta al que se juzga peligroso: «Es una imagen muy hermosa de sabio y de sacerdote… Le he rogado que se nos una… Me imagino que hasta obtendrá una ventaja personal». Y el que encarna al más caracterizado modernismo no rehusará la ganga de poseer una tribuna:
«El acuerdo entre fe y ciencia no tiene lugar en base a una fórmula invariable. El conocimiento de la revelación hace progresos, pero no sin vínculos con los de ciencia».
«La religión, que es obra de Dios, es también en un sentido obra del hombre. Es eterna porque es divina; es progresiva porque es humana… Los relatos bíblicos que atañen a la primitiva historia de la humanidad son, bajo muchos aspectos, evaluaciones teológicas del asunto, más que datos materialmente históricos. La verdad que contienen es más ideal que real».
El P. Portal tuvo ocasión de invitar a De Lapparent, Breuil y Teilhard de Chardin para que diesen conferencias a los normalistas. Se atenía demasiado al riguroso respeto por la autonomía de la inteligencia humana como para confundir el plano religioso con el del conocimiento científico (cf. Marcel Légaut, Unité des Chrétiens, núm. 22, página 16).
«So pretexto de alcanzar un ideal sobrenatural hemos perdido el ideal humano… Hemos hecho progresar inmensamente a la humanidad, y ésta avanza hoy sin nosotros. Eso es cierto en cuanto al ideal científico…, pues no queremos la ciencia por ella misma, porque el progreso material no nos parece bueno en sí mismo. Se estima que somos enemigos del progreso».
La ciencia es, pues, un dominio preciso, que encierra un método y unas perspectivas. El ideal científico, por lo demás, entraba en las aspiraciones liberadoras de los socialistas de la época, muy frecuentemente con una mentalidad antirreligiosa y anticlerical. Querer la ciencia por la ciencia…, admirar la belleza del progreso material… La actitud es tanto más interesante de observar, cuanto que estas palabras llegan tras un pareado con los grandes vocablos de libertad, igualdad y fraternidad, «que nosotros enseñamos al mundo», pero que ahora «no sabemos ya… pronunciar», sobre todo la palabra igualdad.
2. El P. Portal y el sentido de la Historia
Cuando tiene lugar el encuentro con Lord Halifax en Madera, Fernand Portal vacila, pues lo ignora todo sobre el Anglicanismo. Pero no está tan desguarnecido, cuando «los pocos estudios históricos» sobre el siglo XIX que había hecho «habíanle procurado un profundo amor a la Iglesia y un deseo muy ardiente de servirla».
La tradición de rasgos evangélicos a la que se avoca es la de Vicente de Paúl, el reformador católico y servidor de los pobres y de las clases populares, y la de Lamainnais, cuya rebeldía no comparte, pero a quien reconoce una gran influencia. Este último dio lugar a que la Iglesia comenzara a desprenderse del poder político; al instante los sacerdotes, «haciéndose más libres, llegaban a ser también más católicos, más aptos, para comprender a los de fuera» (1907).
Portal invita a todos los hermanos cristianos, católicos o no, a los estudios históricos, sobre todo de los primeros siglos de la Iglesia, como a «una cita común». No es cuestión de saber quién tiene o no razón, sino de delimitar bien los «hechos históricos, posiblemente susceptibles de varias interpretaciones, donde la política humana ha jugado sin duda un papel demasiado grande, pero donde la verdadera fe jamás ha naufragado». «Evitemos», por consiguiente, «hacer obligatorio lo que no es esencial, y la blanca luz de Cristo se descompondrá libremente en el prisma humano».
No miraba el P. Portal a la Historia como frío arqueólogo, sino como testigo, como profeta, en cuanto que éste es uno que descifra, en medio de las realidades y movimientos humanos, el plan de Dios en acción. «Somos nosotros los católicos quienes no estamos listos para la unión. Roma vive en un mundo artificial…, nada le ha enseñado la Historia. Allí no se sabe Historia».
Este lazarista, sin pizca de intelectual trascendente, sabía historia, captaba el sentido y los prospectos del paso de los hombres por el tiempo. Las separaciones entre cristianos tenían motivos históricos que podían remitir a razones providenciales: «las barreras han permitido conservar reservas de energía que cada una de las grandes comuniones podrá aportar en todo su fuerza para constituir un hermoso mundo cristiano…!».
No se proponía Portal ni un vago sincretismo, ni una fea uniformidad, sino una unidad de plenitud. La comprensión de los dinamismos de la Historia le suministró la visión de las realidades ecuménicas, a un tiempo vastas, precisas y de un largo alcance.
II.—DOS VECES QUE INVIERTEN LAS MENTALIDADES
1. El P. Portal y los movimientos sociales
En Inglaterra, en Bélgica, en Francia, en Rusia…, se despliegan la agitación popular, el movimiento obrero y la avanzada socialista. La correspondencia de Lord Halifax y de Portal son testigos de ello.
Al ponerse en contacto con el Anglicanismo, el P. Portal se familiarizó con las aspiraciones socialistas de ciertos grupos eclesiásticos de la High Church que acogerán al Labour Party. La Revue Catholique des Eglises sigue este movimiento. Y algunos papeles del fichero del P. Portal dan cuenta de cómo éste busca un posible puente entre socialismo y cristianismo. Además, los círculos eslavófilos progresistas, en su visión apocalíptica del fin de una sociedad zarista degenerada y de una iglesia rusa estancada, miraban al socialismo, en su intento de poner cada cosa en su lugar.
«La Iglesia constituye precisamente el género de interprovincialismo o de internacionalismo que la tierra, las razas exigen. El colectivismo, la ciencia social, esos hijos ingratos del cristianismo, ¿quién no verá al instante que han allanado el camino real por el que pasará la Iglesia? Bastará una adaptación mutua para llegar al entendimiento…».
Desde 1907 y sobre todo después de la expulsión del Séminaire Universitaire, Portal se comprometió a servir en el barrio popular de Javel con las Da- mes de l’Union, dedicadas tanto a la reconciliación de las Iglesias como a la de las clases populares. He aquí algunas de las exhortaciones que dirigía a estas señoras:
«No son mendigos de quienes se trata, sino pobres que se oponen a los ricos, pueblo… San Vicente se consagró al pueblo; cuando habla de los pobres, no muestra ternura alguna hacia los mendigos… Este es el gran ejemplo que nos da Nuestro Señor. Se hizo pueblo también él. Se encarnó como obrero. Cuando la Iglesia se separa del pueblo, uno la ve ir participando en los males de las revoluciones. Cuando la Iglesia se alía con los ricos y favorece determinadas cosas, tiene las cuentas arregladas: pagará» (1907).
«Lo que deseo retengáis es que la obra se lleva a cabo para el pueblo y que éste es el objeto propio de vuestra misión. Tenéis también que ocuparos de los pobres, el desecho del pueblo, pero hay que tener a la vista el pueblo mismo. Si en las familias de vuestros niños, sea debido a la unión o a los sindicatos, hay algo más de bienestar, eso no quiere decir que aquéllas hayan cambiado de clase» (marzo de 1922, Características de la Obra).
«Cuando nos ocupamos de pobres separados de nosotros, de socialistas y de comunistas, no creemos que entre ellos hay sólo ladrones y asesinos; hay almas con un ideal, que tienen la sensación de trabajar por el bien de la humanidad; el medio de llegar a ellos es mostrarles que nuestra propia aspiración es la misma: no emplea los mismos medios, pero tiene los mismos resultados. Así les alcanzaríamos…» (10 de marzo de 1926, Sed imitadoras de Dios).
2. El P. Portal en la reyerta política
El hijo de Laroque gozaba luchando. La Campagne Anglo-Romaine, con vistas a unas conversaciones en Roma y Canterbury, tiene todos los visos de una campaña de opinión y de una campaña bélica. Los adversarios: los católicos ingleses, los guardianes del Santo Oficio… y los aliados que traicionan o dan malos pasos. Portal tenía el sentido de la estrategia, frente por frente de los grupos de influencia y de las fuerzas contrarias. Y como buen campesino y buen cazador, no se aventuraba a ciegas, sino que medía el terreno por el que caminaba. El sectarismo le horrorizaba en todo caso. Temerá siempre enfeudarse a un partido.
La vecindad de los católicos sociales, como G. Goyau y H. Lorin…, le enfadaba en cierta manera. Aparecían con demasiada claridad como agentes pontificios para la adhesión de los católicos franceses a la República. Uno corría el riesgo de «comprometer la acción, asociándola demasiado íntimamente a personas envueltas en combinaciones…».
Y fue la cuestión de la separación entre Iglesia y Estado, cual se le presentó en el anglocatolicismo de la High Church, lo que le llevó a entrar resueltamente en la reyerta. La Iglesia libre en el Estado libre, ideal del Movimiento de Oxford, constituía una cuestión política. También una cuestión religiosa, pues condicionaba el libre testimonio de la evangelización y la veracidad de las relaciones ecuménicas. En París se establecieron entre católicos y protestantes, con vistas a reunirse interconfesionalmente para orar y, al mismo tiempo reflexionar, al objeto de intentar conjuntamente la independización de la Iglesia según unas condiciones aceptables.
Y ante la intransigencia de los radicales de un lado, y de los conservadores del otro, calificados ambos de políticos que jamás pierden una buena ocasión de pescar en agua turbia, la Revue Catholique des Eglises orienta el voto de sus lectores hacia el lado de los socialistas, como Jaurés y Briand, al ver que estos últimos han atenuado el proyecto del padrecito Combes.
En el Senado, el relator de la Ley citará las posiciones abiertas de la Revue Catholique des Eglises, con gran extrañeza de los senadores católicos de derechas, que gritarán: «—¿Qué es eso…?» «—¿Quién es el firmante del artículo…?» «—¿Dónde viene publicado…?». Y el relator refunfuñará: «¿Desconocen ustedes la R. C. E.?» (22).
Y cuando los soviets asuman el poder en Rusia, el P. Portal optará por que los cristianos franceses sean testigos cerca de los ortodoxos de un comienzo de experiencia de fe vivida bajo un régimen de Separación.
* * *
Una vez tomada la precaución de no triunfalizar demasiado un prestigio de pionero que el P. Portal sería el primero en rechazar, es bastante necesario resolverse a confirmar la novedad de las actitudes e iniciativas portalianas. Fue uno de los mejores expertos del Vaticano II, que él presintió y vivió por anticipado. A manera de comprobación, basta tomar los fragmentos de ese concilio: el Derecho sobre el Ecumenismo, sobre el Apostolado de los Laicos, sobre la Libertad Religiosa, sobre la Vida Religiosa, sobre el Ministerio y Vida de los Sacerdotes, sobre la Iglesia en el Mundo Actual…, e ilustrarlos con dichos y hechos pastorales del P. Portal. Los acercamientos son significativos: no engañan.
Un solo ejemplo: el artículo 44 de la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual responde a algunas líneas escritas en 1907, que antes citamos:
«La filosofía ejerce una influencia muy grande sobre la manera de concebir las verdades religiosas…, la enseñanza del Evangelio tiene repercusiones sociales, y las transformaciones de la sociedad piden y ocasionan cambios en la Iglesia…».
Retengamos unas palabras portalianas muy simples:
- «Hay que ser de la Iglesia en todo tiempo…
- Ha de ser uno de su tiempo para vivir de la Iglesia…» (1908).







