Felipe Miruki (1829-1898)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1898 · Source: Anales Españoles. Tomo VI..
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Biografias PaúlesLa pérdida de tan virtuoso Sacerdote como el Sr. Fe­lipe Miruki ha causado muy honda impresión en los áni­mos de todos los que le conocían. La más hermosa flor de nuestro prado espiritual, y podemos decir la que exhalaba el más suave olor de Jesucristo— ¡ay, qué pena! —nos ha sido arrebatada cruelmente. Desde que hemos sido aban­donados por este excelente Misionero, ha aflojado también el ardor por los trabajos que habíamos emprendido por la gloria de Dios; hemos caído en la más profunda tristeza, viéndonos privados de tanto bien; es porque, como se dice vulgarmente, flores como esta no suelen nacer todas las primaveras.

I

El Sr. Felipe Miruki nació en Possen, capital de la Po­lonia Mayor, en el año de 1829, de padres muy piadosos y honrados. Su padre se había establecido en una buena za­patería en la misma ciudad, en la calle llamada de los Zapa­teros. La casa en que nació nuestro hermano es todavía muy célebre, por una estatua milagrosa de la Virgen Madre de Dios colocada en el exterior del edificio, a cuya interce­sión poderosa el mismo debe su conservación; pues al ter­minar el siglo pasado se declaró en la ciudad un horroroso incendio, que bien pronto redujo a cenizas todo el barrio; pero la dicha casa, a pesar de hallarse en medio de las llamas y rodeada de ruinas, quedó intacta por un verdadero milagro.

Ardía día y noche, delante de la sagrada imagen, una lámpara, según asegura un compañero de juventud del se­ñor Miruki; todavía sigue esa costumbre; y por las tardes, desde la calle, se oía el canto del oficio de la Virgen: eran supadre, su madre y todos los obreros, que celebraban con ganta emulación las glorias de la Madre de Dios. Probablemente también el joven Felipe unía su débil voz a la de los demás miembros de la familia.

La madre del Sr. Miruki era una mujer verdaderamente piadosa y animada de un fervoroso espíritu de fe; y por fleto a ella, después de Dios, es a quien debió el Sr. Miruki la tierna piedad que conservó durante toda su vida. ¡Cuán­tas veces no se veía a la Sra. Miruki tomar por la mano a su pequeño Felipe para acariciarle tiernamente como a su hijo único, conducirle a la iglesia y allí, arrodillado, ense­ñarle a orar! Doquiera se celebrase alguna peregrinación piadosa, no sólo en la ciudad, sino también en las cerca­nías, y sobre todo en Uwinsk, donde todos los años se so­lemnizaba la fiesta del santo Patrón, esta piadosa madre de familia acudía siempre, llevando consigo a su hijo. En esta edad era para él de mucho contento servir en la igle­sia y ayudar a la santa Misa.

Tan pronto como se hizo mayorcito, pensaron sus piado­sos padres en consagrarle a Dios, y con este intento le en­viaron a estudiar al Colegio de Santa María Magdalena, donde bien pronto se distinguió entre sus condiscípulos por su disposición y por su piedad, correspondiendo perfecta­mente a las intenciones de sus padres. Durante sus estudios se aplicó a sus asignaturas con mucho ahínco; de suerte que, al terminar el estudio de Humanidades, pudo hacer un examen general muy brillante, dando muestras de su sin­gular capacidad. Conservó en todo este tiempo todas sus buenas cualidades, y sus condiscípulos aseguran que siem­pre fue de conducta irreprensible y de constante y sólida piedad. Si disponía de algún tiempo libre, lo consagraba en la iglesia a la conversación con Dios Nuestro Señor.

Acabados sus estudios clásicos, entró el Sr. Miruki en el Seminario mayor de Possen, que estaba gobernado por sa­bios y virtuosos profesores. Bajo tales maestros se forma­ron aquellos intrépidos y constantes Sacerdotes que más tarde debían combatir en la triste lucha del Kulturkampf. El Sr. Miruki no era ciertamente el último en ella, pues bri­llaba por su mérito y por su virtud, por lo cual llamó la atención del Ilmo. Sr. Przyluski.

Ordenado Sacerdote en 1854, fue en seguida nombrado Vicario de la Catedral de Possen, y el Arzobispo le tomó por su Secretario. Correspondió el Sr. Miruki a tan mani­fiesta confianza con una grande veneración y adhesión sincera hacia la persona de su respetable Prelado. Así, al cargo de Vicario juntaba el de Secretario de Cámara; pero no conservó por mucho tiempo el primero, pues habiendo sabido que un Sacerdote joven no tenía colocación, según le aseguraba un amigo suyo, le cedió el beneficio de Vicario <le la Catedral, procupándose poco por la mitad de los emolumentos que perdía.

Dos años después fue nombrado por el Arzobispo Cura de Grazboszewo, una de las mejores parroquias del Arzo­bispado; pero no permaneció en ella sino tres días, porque no se creía digno, ni con virtud ni fuerzas suficientes. Fue, pues, a presentarse al Arzobispo, y arrojado a sus pies le suplicó que le levantase aquella carga de Cura y le diera otro ministerio. Aceptó el Arzobispo su petición, confirién­dole el cargo de Penitenciario de la Catedral de Possen. To­dos admiraron el celo con que desempeñó este cargo, y le elogiaron mucho. Veíasele a todas horas del día en el confesonario esperando a los pecadores y reconciliándolos con Dios. Durante este tiempo fue cuando se aplicó a la predicación, en la cual, aunque al principio parecía muy tímido, le escuchaban con gusto los oyentes, pues veían en él un hombre piadoso y profundamente convencido de lo que enseñaba a los demás.

II

Sin embargo, la gracia de Dios inclinaba al Sr. Miruki a abrazar un estado de vida más perfecto; pero ¿cuál sería la religión donde debía acogerse para cumplir los desig­nios de Dios? Esto es lo que no le fue posible conocer al pronto de una manera clara y precisa. Movido del llama­miento divino, después de haber pasado cuatro años en cargos y empleos seculares, entró, a los 29 años, en la Congregación del Oratorio, en el convento de Jama Gora, en Gostyn: era esta Congregación en aquel tiempo la más conocida y más numerosa en el Arzobispado de Gnesen y Possen. Pero no tardó Dios en manifestarle que no era aquel el lugar donde le llamaba, porque después de algunos meses de permanencia en el convento de Gostyn cayó en una grave enfermedad: en consecuencia, dejó aquella Congregación y se retiró al Hospital de Possen. Fa­tigado por los padecimientos de mal de piedra, hubiera, sin duda, sucumbido, a no ser por la solicitud maternal de las Hijas de la Caridad.

El trato con nuestras Hermanas era lo que le había de conducir a la familia de San Vicente. La Congregación era entonces muy poco conocida en el Arzobispado de Posen-Gnesen, pues los Misioneros tuvieron que salir del territorio cuando el Gobierno prusiano expulsó a las Con­gregaciones religiosas en 1836. Desde esta época no había en Possen sino un Misionero, el Sr. Grendzniski, que había quedado en calidad de confesor de las Hijas de la Cari­dad. Después de la muerte de este respetable Sacerdote, en 1858, fue cuando por la diligencia de Sor Isabel Micielska se erigió la nueva casa de Misión. En un principio tenía sólo dos Misioneros, uno de los cuales era el Sr. Ramoki, por medio del cual vino el Sr. Miruki en conocimiento de nuestra Congregación. Lleno de admiración, en vista de las muchas virtudes que todos los días notaba en aquel santo Misionero, y no menos conmovido por la abnegación y celo de las Hijas de la Caridad, movido de los ejemplos de los miembros de ambas familias de San Vicente, se resolvió a entrar en ella.

Pasó al Seminario interno en París, edificando por su mucho fervor a todos sus hermanos. Si hubiéramos podido preguntar a los que por entonces le trataron sobre su pro­greso espiritual y ejemplos de virtud que dio durante este tiempo, seguramente que hubieran hecho grandes elogios que nos le hubieran dado bien a conocer. En este tiempo de prueba fue cuando aprendió a amar las Reglas y la vida común. Allí se convenció de que un Seminario bien pasado, puede él solo dar suficiente conocimiento para saber dispo­ner y ordenar todas sus ocupaciones conforme a las Reglas y obligaciones de su vocación. Su mira principal era ser, no sólo un buen Sacerdote, sino también un buen Misionero.

La gracia de la vocación suministra siempre los medios más aptos para los empleos a que se ordena, pero es menester saber, y sobre todo querer practicados. Esto es lo que supo hacer el Sr. Miruki. Cualesquiera que fuesen sus ocupaciones, nunca faltaba a los ejercicios de piedad, no queriendo, en manera alguna, separarse del orden común. En todas sus acciones tenía como única guía la santa Regla. Era muy misericordioso y compasivo, por lo que daba mucho dinero para obras piadosas, pero siempre con permiso del Superior; en una palabra: todos sus pasos estaban gobernados por las reglas de su vocación.

De París fue enviado por el Sr. Etienne, entonces Supe­rior General, a Possen, en el año 1860, donde se dedicó a confesar los enfermos del Hospital y a las Hijas de la Ca­ridad. Más tarde, en 1863, cuando la casa de Possen fue ce­rrada por algún tiempo, pasó a Culm, donde se ocupaba en enseñar el Catecismo a los niños que había en el asilo go­bernado por las Hermanas, confesarlas y hacer misiones en diferentes puntos; tales fueron sus ocupaciones hasta 1866.

Por este tiempo se fundó una casa de Misioneros en Lemberg, siendo nombrado Superior el Sr. Miruki, que hacía poco había sido destinado a la Provincia de Cracovia, Pero no tuvo mucho tiempo aquel cargo de Superior de la casa de San Casimiro; pues aunque tenía muy buenas y raras dotes, él, sin embargo, creía que le faltaba la ciencia necesaria para gobernar a los demás. Al cabo, pues, de un año, fue relevado de este oficio y puesto de Capellán del Hospital de Santa María Magdalena de esta ciudad. Ejerció este ministerio durante algunos años, hasta que en 1872 vino de Culm el Sr. Bimka para sustituirle, pues la casa de Culm había sido cerrada por el Gobierno prusiano. Con este motivo, el Sr. Miruki tomó de nuevo el camino de Cracovia.

Desde esta época, durante veinte años consecutivos, se entregó con ardor a toda clase de trabajos. Lemberg, Cracovia y Possen fueron alternativamente el teatro de su ministerio apostólico, haciendo durante este tiempo imponderables bienes a las dos familias de San Vicente. Trabajar en misiones, dar ejercicios; visitar a Possen, Culm y la Si­lesia prusiana, como director de las Hijas de la Caridad; predicar en la iglesia de San Vicente de Klapurz y ejercer más tarde el empleo de Director y Subdirector del Semi­nario mayor de Stradón, en Cracovia; confesar las Her­manas en todas sus casas; catequizar todos los domingos y días festivos a los niños que frecuentaban las iglesias de las Hermanas, tales fueron sus ocupaciones durante el resto de su carrera apostólica. En todas partes, y siempre que la re­ducida y naciente Provincia necesitaba de su ayuda, sin va­cilar acudía a su llamamiento. En una palabra; el Sr. Miruki era como un valiente soldado sobre la brecha; siempre pronto a ejecutar las menores indicaciones de sus superio­res, siempre dispuesto a correr donde la obediencia le des­tinase. Pero lo que sobre todo es digno de notar, es la faci­lidad con que pasaba de una cosa d. otra, sin la menor alte­ración de espíritu, con la más santa indiferencia, y esto hasta el fin de sus días.

Mas lo que más caracteriza su vida sacerdotal y en lo que se ocupó principalmente es, sin duda alguna, la predi­cación; ese ministerio que es el más propio de la vocación del misionero. La palabra era el instrumento más precioso que usaba este siervo de Dios para hacer bien en las almas. Mas para que sus labios fuesen digno instrumento de la palabra de Dios, los conservaba con mucho cuidado puro, y santos. El Sr. Miruki predicó en misiones mientras se lo permitió su salud; predicó ejercicios; y ¿quién podrá cal­cular los muchos que dio a las Hijas de la Caridad, a diver­sas Congregaciones religiosas, a los Sacerdotes seculares, a los estudiantes y a los presos? Predicó en un sinnúmero de iglesias, y por última vez en la de los Dominicos de Cracovia, durante la octava de Nuestra Señora del Santí­simo Rosario.

Este Misionero tenía un modo de expresarse del todo original, y que le era muy particular. Juntaba a una me­moria feliz gran facilidad de expresión, no menos que pro­fundo conocimiento de las cosas espirituales que había sa­cado de la lectura de libros piadosos. Se complacía, sobre todo, en citar las palabras de los Santos, y usaba con fre­cuencia de comparaciones.

En los primeros años de su vida apostólica fue muy tí­mido para predicar; pero más tarde lo hacía con gran sol­tura. No necesitaba mucho tiempo para prepararse, pues toda su vida era una constante preparación. El silencio, el recogimiento interior continuo, la lectura asidua de libros espirituales y la oración frecuente, le suministraban abun­dante materia. Le escuchaban con gusto, con edificación y, sobre todo, con fruto. Su mirada penetrante, su rostro expresivo, donde se reflejaban los buenos sentimientos de su corazón, no contribuían poco a producir tan buenos re­sultados. Tan marcadas señales de su aspecto no le hicie­ron siempre bien. Sabemos, en efecto, que debiendo el se­ñor Miruki entrar en Prusia como Director de las Hijas de la Caridad, disfrazábase de seglar para andar con seguridad y substraerse a la vigilancia suspicaz de los agentes de poli­cía de Prusia; pero su continente noble y grave, que se acomodaba poco a una vida y vestido seglar, le hacía fre­cuentemente traición, pues notaban no pocas veces que era un Sacerdote de incógnito. Así es que se conservan un gran número de anécdotas sobre las formas con que se disfrazaba, y sobre las aventuras que le sucedieron durante sus viajes por dicho Reino.

En cuanto a su vida privada, el Sr. Miruki era de salud débil; por esto era callado, pausado y suave por natura­leza; aunque hablaba poco, su conversación, sin embargo, era jovial; le agradaban las bromas delicadas, y así las usaba mezclándolas de una gracia admirable cuando ocu­rrían en su presencia. En lo demás del tiempo se conser­vaba grave y recogido, como si su espíritu estuviese ocupado en la oración.

Entre todos los dones sobrenaturales con que Dios había enriquecido su espíritu, el que brillaba más particularmente y más llamaba la atención de todos cuantos le trataban, era la verdadera santidad, que consiste en el horror al pe cado, y en el dominio de la gracia en el corazón de una persona.

El temor de Dios, que había nacido en su corazón desde joven, guiaba felizmente todos los pasos de su vida. En todas sus acciones obraba acompañado de un santo temor de ofender a Dios, siendo este temor santo como un velo detrás del cual se movía, hablaba y trabajaba. Este temor nacía, sin duda, de la gracia del Espíritu Santo, que le advertía en todas las ocasiones que no pecase; por lo que, a primera vista, parecía intranquilo y tímido. Durante su juventud fue escrupuloso, pero más tarde se corrigió mu­cho a las personas poco experimentadas en el camino de la virtud ha podido parecer que el Sr. Miruki estaba can­sado de sí mismo; pero, en verdad, este santo Sacerdote era muy dichoso, capaz de dirigirse y dirigir a los demás, gracias a sus grandes luces.

Este temor de ofender a Dios, es preciso confesar que era para él un raro tesoro. El Sr. Miruki jamás consentía en decir la menor mentira, aun cuando fuese por broma; jamás decía las cosas de otra manera sino según las pensaba; en su conversación no faltaba a nadie, y si tal vez le parecía que se había portado con poca caridad, pedía humilde­mente perdón; si rezaba el Oficio divino, se esforzaba en hacerlo con el mayor recogimiento; he aquí lo que obser­vábamos todos los días en él; he aquí hasta dónde llegaba su delicadeza de conciencia.

A esta santidad de vida unía una tierna piedad: para todos era de mucha edificación el verle orar. Tenía una devoción muy particular hacia la Sagrada Pasión de Nues­tro Señor; así es que se le veía frecuentemente arrodillado delante del altar de Jesús crucificado que tenemos en nues­tra iglesia de Kleparz. Visitaba con mucha frecuencia al prisionero del Tabernáculo, y celebraba el santo Sacrificio con un recogimiento que excitaba a mucha devoción. Aun­que saliese de casa y se hallase entre el barullo, nada podía sacarle de su recogimiento interior.

El Sr. Miruki, aunque, como hemos dicho, era de com­plexión débil, era, sin embargo, de mucha actividad; y nos era tanto más necesario, cuanto más sentíamos la influen­cia de sus ejemplos y el olor de sus virtudes. Pero desgraciadamente era ya llegada la hora de su triste separación. Dios había ya juzgado que su fiel siervo había cumplido la misión y que ya estaba maduro para el Cielo. Así es que pronto se le llevó. Pero quiso al mismo tiempo purificarle más y más con los padecimientos y hacerle participante de su Pasión, a que tanta devoción había profesado, envián­dole una muy dolorosa enfermedad que se le llevó en poco tiempo, lleno ya de méritos. Durante su enfermedad no exhaló la menor queja, resignándose gustoso a padecer.

Habiendo sabido el Sr. Miruki que su muerte se acer­e isba, no se afligió por ello, antes bien se conformó con la voluntad de Dios. Pasó los últimos días de su enfermedad en el hospital de Heldow, que estaba al cuidado de las Hijas de la Caridad. A medida que se acercaba el mo­mento del último trance, el Sr. Miruki se unía más y más con Dios, y el 9 de Marzo, a las siete de la tarde, voló su alma santa al Cielo. Su cuerpo fue transportado a nuestra casa central de Kleparz, donde estuvo expuesto en la ca­pilla del Catecismo. El viernes, después de la vigilia so­lemne, fue conducido al cementerio: acudió mucha gente, la cual acompañó el cadáver hasta la sepultura, dando así un nuevo testimonio de la virtud y caridad del Sr. Miruki.

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