Federico Ozanam según su correspondencia (32)

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Pativilca · Año publicación original: 1957.
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Capítulo XXXII: Su recuerdo

Calló. Y los ángeles de súbito cantaron: En Ti, Señor, confié…
Dante (Purg. cap. 30, 82-83)

Ozanam había escrito en su testamento: «No os dejéis convencer por los que os digan: está en el cielo. Rogad siempre por aquél que os amó mucho, pero que fue un gran pecador.» Aun cuando el moribundo se expresaba así, no fue esa la opinión de los que lo conocieron. Seguros de su salvación estaban todos y hacia el cielo se elevaban, para buscarlo, los ojos de sus discípulos y de sus amigos.

1.— Diversos testimonios

El mismo día de los funerales, ante sus despojos depositados provisionalmente en una sala subterránea de San Sulpicio, el decano de la Facultad de Letras se creyó en el deber de saludar en Ozanam como si estuviese ya en el cielo. Veamos cómo se expresó: «Nuestro consuelo es figurarnos que nos dice con el poeta italiano: No me lloréis, la muerte es el principio de la inmortalidad y, cuando pareció que mis ojos se cerraban, era únicamente que se abrían ante la luz eterna.»

«Podríamos también decir —continúa el decano— que gozó de la felicidad en esta vida transitoria, pero no fue aquí, sino más alto, donde Federico Ozanam puso su esperanza y sólo allí recibirá su recompensa».

El conde de la Villemarque cuenta su dolor y la consternación de toda su familia, al recibir el golpe de la fatal noticia: «Lo único que pude hacer fue pasarle el periódico a mi mujer, quien se puso a sollozar, junto conmigo. Yo tenía para él el afecto de un hermano y lo admiraba como a un maestro» (Keransker, 16 de septiembre de 1853).

Son innumerables lar cartas recibidas en esos días, y en todas ellas, sus amigos se lo imaginaban ya en el cielo. «Consagró su vida a la verdad, a la fe y a la caridad», dice uno. Y otro: «Los años de su existencia fueron de una labor tal, que bien puede decirse que fueron dos las vidas que en una vivió.»

León Curnier, dice: «No puedo pensar en Federico sin sentir la necesidad de invocarlo. Lo mismo ahora que durante su vida, aparece ante mi vista siempre rodeado por una brillante aureola de santidad. Me parece verlo en el cielo, al lado de San Vicente de Paúl, del que fue discípulo fidelísimo y, cuando me arrodillo ante un altar, me parece ver su imagen adornando ese altar.»

Sacerdotes eminentes escribieron a la señora Ozanam, dando testimonio del altísimo concepto en que lo tenían. Montalembert expresa su dolor por esa muerte con tiernas y consoladoras palabras, donde se traduce no sólo el afecto que le profesaba, sino también la gran admiración que por él sentía. El P. Perreyve deja escapar ante su tumba gritos de dolor, que son también gritos de entusiasmo y de invocación. Poco después, el mismo P. Perreyve, al pasar por Marsella, visitó la habitación donde Ozanam expiró y allí, de rodillas, oró durante largo tiempo.

He aquí las líneas que, desde Roma, envió un santo religioso de la Compañía de Jesús, el P. Philippe, de Villefort: «Fue un hombre justo en el sentido de la Sagrada Escritura, cuando lo dice de aquellos que pasaron su vida haciendo el bien. Bien le cuadra el título de justo al que, en tan corto tiempo, consumó carrera tan larga y santa.»

En la Asamblea general de la Sociedad de San Vicente de Paúl, se abstuvo su presidente, Adolfo Baudon, de pronunciar el panegírico de su primer fundador, ya que todo elogio hubiera sido contrario tanto a la tradición como al espíritu de la Sociedad. Se abstuvo de hacer el panegírico, pero no sin declarar que creía así respetar el ideal de humildad que Ozanam había siempre deseado para su Obra, y creyendo que de esa manera presentaba a su fundador el más grande homenaje que le pudiera tributar.

Tres meses después, en la Asamblea del 8 de diciembre, Cornudet, su presidente, pronunció un discurso, lleno de fe, en el cual pondera en su justo valer las virtudes de Ozanam, al mismo tiempo que llora la orfandad de la Sociedad, que perdió con él su más seguro guía y su más perfecto modelo.

Francisco Lallier declara que la muerte de Ozanam cambió completamente el curso de sus ideas y que lo mismo que antes hizo, lo hizo después, pero de manera diferente.

En una sesión solemne de la Academia Francesa, Guizot, a pesar de ser protestante, olvidando las repetidas veces que Ozanam lo combatió, se detiene, respetuoso y emocionado, ante aquél a quien así califica: «Modelo del hombre de Letras cristiano, amigo ardiente de la ciencia y firme campeón de la fe, sometido con dulzura a los rudos golpes con que la muerte lo abordara, arrebatándole las más puras alegrías de la vida a aquél que, si ciertamente estaba tan apto para gozar del cielo, lo estaba también para gozar aquí abajo de la gloria».

Cuando, en 1866, se lanzaron al público las cartas de Ozanam, se dejó oír con más fuerza este mismo concierto, pero esta vez tenía un acento más religioso aún. Mgr. Platier, obispo de Nimes, saluda en él «al ángel de la caridad, al atleta de la fe» y lo llama santo. El Cardenal de Burdeos admira

«el resplandor que despedía aquel astro de santidad, que acababa de ocultarse a los ojos de los vivos».

2.— Breve de Pío IX

Pero antes de repetir lo dicho por los príncipes de la Iglesia, hubiéramos debido inclinarnos y recoger la palabra de consuelo y de esperanza, con que el Soberano Pontífice Pío IX, recordando a su amado hijo de 1847, se dirigió a la joven viuda, su amada hija en Jesucristo, en un Breve del 19 de noviembre de 1853: «Al tener conocimiento de la muerte prematura de vuestro insigne esposo, tenemos una profunda tristeza y vuestra carta que recibimos el 20 de octubre pasado, vino a renovar Nuestro dolor. Pero justamente todo lo que Nos recordáis del celo y de la abnegación de vuestro querido difunto por Nuestra santa religión, Nos reafirma en la esperanza de su salvación. No por eso dejamos, sin embargo, de socorrerlo con Nuestras oraciones a los pies del Señor de las misericordias.»

3.— Extranjeros ante la tumba de Ozanam

Muchas veces se ven en París a extranjeros ilustres, obispos, personajes eclesiásticos o seglares, que solicitan el favor de visitar la sepultura del fundador de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Vienen unos de América: Estados Unidos, Canadá, Argentina, México, Venezuela y de todas las partes del mundo. Algunos colocan flores al pie de su modesto monumento. Otros ofrecen una limosna para el sostenimiento de su tumba. Y lo que todos recuerdan y ninguno olvida de esa peregrinación, son las palabras que sobre el mármol han leído y que son las mismas que dijeran los ángeles a las angustiadas mujeres que buscaban el cadáver de Cristo: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?

Ozanam, al abandonar este mundo, dejó dos obras: su obra literaria y su obra de caridad. ¿Qué resultó de esas dos obras después de su desaparición?

4.— La obra literaria de Ozanam

Su obra literaria, la Historia de la civilización por el cristianismo, obra tan sabiamente elaborada en sus lecciones y tan magníficamente inaugurada por la publicación de su Germania, se vio después fatalmente condenada al descanso por su enfermedad, no quedando de ella, cuando llegó la muerte, más que unos bosquejos formados por sus notas y por sus lecciones tomadas en taquigrafía. Bosquejos muchas veces brillantes, como salidos de aquella pluma privilegiada, cuyos trazos podían causar la envidia de los más hábiles pintores.

Sus amigos, maestros y discípulos, hicieron suya esa obra inconclusa, y unos por amor a la religión, otros por el recuerdo del autor, se esforzaron todos en reconstruir, aunque sólo fuese el pórtico de aquel soberbio monumento, cuyos primeros capítulos habían ya visto la luz en el «Correspondant».

Puede decirse que fue una obra colectiva: Ampère, quien tomó la iniciativa, se encargó de la dirección y realizó la mayor parte de esa labor. Los Padres Noirot y Maret, y los señores Montalembert, Lenormant, Miguet y Henrich, se unieron a Ampère para desempeñar cada uno su parte según la esfera de sus conocimientos.

Un mes después de la muerte de Ozanam, en octubre de 1853, apareció ya el último de sus trabajos: Una peregrinación al país del Cid. Iba precedido de una sentida recomendación del señor Hipólito Rigault.

Esa misma pluma anunciaba, poco después, la próxima publicación de las Obras completas, publicación que, debía efectuarse por deseo de la ciudad de Lyon, que costearía los gastos mediante una suscripción pública, debiendo encargarse de su ejecución las plumas más egregias de la Academia. En efecto, apareció esta obra en 1855, precedida de un prólogo de Ampère, donde explicaba éste el orden de la Historia literaria en tiempo de los bárbaros, según el plan trazado por el mismo Ozanam, partiendo del Siglo V y de su Germania, para terminar con Francisco de Asís y el Dante en el siglo XIII, pasando por una laguna de diez siglos, que quedaron sin explorar. El explorador habla caído en la primera etapa.

El 28 de agosto de 1856, concedió la Academia Francesa a esta obra, así reconstruida, el premio de 3.000 francos que había sido creado por Bordin para premiar una obra de «alta literatura». Bajo ese título, obtuvo ese premio el trabajo de Ozanam, habiendo sida declarado, por mayoría de votos, superior a los demás. Algo insólito y conmovedor resultó la entrega de ese premio a la joven viuda y a la pequeña huérfana del difunto autor.

5.— La figura de Ozanam en la Sorbona

Vemos, pues, a qué altura llegó la gloria literaria de Ozanam. Pero, a pesar de ser grande, por haber introducido por primera vez, en la Sorbona, las afirmaciones católicas, más presente está su figura en la imaginación que sus obras en la memoria, aunque esas obras se siguen citando, después de haber pasado un siglo. Y sirve esa figura de Ozanam en la Sorbona para tranquilizar a los tímidos, que temen hallar en la ciencia un enemigo de la fe o en la fe un obstáculo para la enseñanza, ya que no hay argumento más convincente que la evocación de Ozanam, «modelo de literato cristiano», según la expresión ya dicha de Guizot.

6.— La Obra de Caridad

Pero, por encima de esa gloria literaria, resplandece otra, que es mayor: la que nació en el modesto y oscuro local cedido por M. Bailly para aquella reunión de la primera Conferencia. Sí, repetidas veces, hemos visto comparada la obra literaria de Ozanam a un soberbio edificio, y mil veces se ha comparado su obra de caridad a un árbol fecundo. La primera, trabajo del hombre, quedó interrumpida al faltar el hombre. La segunda, el árbol, la planta que lleva en sí misma el germen de Dios, que Dios en ella colocó, no cesará de crecer cuando ya no esté presente quien la plantó.

Y tanto ha crecido, que el que recorra el primer siglo de su actividad, se quedará asombrado al contemplar el bien eficaz realizado por la Obra en todas sus fases.

Sí, en todas sus fases, porque las obras de la Sociedad de San Vicente de Paúl son innumerables. No lo hemos recalcado suficientemente en este libro. Ya es tiempo de enumerarlas. La enumeración habrá de ser larga:

Al principio, aquellos jóvenes estudiantes, deseosos de practicar el bien, se propusieron tan sólo el visitar al pobre y sólo Dios conoce todo lo que el pobre debe a esas visitas. Pero bien sabido tenemos que, por un fenómeno natural de la caridad, al practicarla, el que da, recibe. Y así, aquellos jóvenes, al entrar en contacto con la miseria, sintieron sus corazones desbordados por nuevos sentimientos, que eclipsaron en mucho las primeras resoluciones.

Sí. Ante un estado social que más bien parece una fábrica de pauperismo, empezó Ozanam primero por rebelarse. Luego se aguzaron sus susceptibilidades de justicia y con una voz de profunda convicción, exclamó:

«¡La limosna no basta!» Y, por eso, desde entonces, comenzó la Sociedad a fundar todo lo que pudiera contribuir a mejorar la condición del infeliz. Y son casas-cunas, y asilos, y patronatos, y casas de adopción y de formación de huérfanos, y de protección para los desamparados. Casas de instrucción para los saboyanos y para los aprendices y para los hijos de los artesanos. Y roperos, y Cajas de Ahorro, y dispensarios, y socorros médicos, y socorros judiciales. Y son círculos y centros de recreo, y premios, y bibliotecas, y catecismos, y salas de lectura. En fin, es una Sociedad que se ocupa de la familia, de la casa, del trabajo, del matrimonio, de los negocios, de los enfermos, de la muerte, del entierro y de todo lo que el pobre necesite.

Y tenemos que continuar la larga lista, ya que no hemos nombrado la Obra de los militares, la de los pobres vergonzantes, la de los presos, la de los viajeros y repatriados, la del secretariado del pobre, la de los aguinaldos del pobre, etc., etc. Y toda obra moral, civilizadora, reguladora. Toda obra que contribuya al beneficio del necesitado.

Sí. La Obra de San Vicente de Paúl, tal como la concibió Ozanam, tal como la fundó, tal como ha funcionado hasta ahora, no es una Obra particular. Es la Obra general de la caridad. La Sociedad de San Vicente de Paúl es la madre inagotablemente fecunda de todas las obras de caridad. El pobre es el objeto de su vida. El pobre, en quien ve a los primogénitos de la Iglesia. El pobre, a quien deberán tratar los que no son pobres con el respeto con que el servidor atiende a su señor, ya que en el pobre debe únicamente ver la figura del Señor de los señores, Jesús, envolviendo así el vicentino la visita al pobre con el emocionante aspecto de una verdadera liturgia.

Y de la misma manera que la Obra de San Vicente de Paúl abraza la universalidad de las obras de caridad, se extiende también por toda la tierra. Ozanam lo predijo así.

7.— Pío IX y las Conferencias

Apenas habían transcurrido quince meses de su muerte, cuando, en diciembre de 1854, habiéndose dirigido a Roma una delegación de cuatrocientos miembros de las Conferencias, con ocasión de las solemnidades de la promulgación del dogma de la Inmaculada Concepción, el presidente general, que formaba parte de la delegación, hizo constar en una memoria presentada a Pío IX, durante la audiencia que concedió a los vicentinos, que en el espacio de veintidós años, la Sociedad había visto surgir 1.532 Conferencias, conformes todas con el espíritu de su glorioso patrono y diseminadas por veintinueve Estados diferentes. Hizo constar también que eran 50.000 el número de familias que esas Conferencias visitaban y asistían y que el presupuesto de la Sociedad que, en el primer año de su vida, fue de 2.500 francos, ascendía, en esa fecha de 1854, a la cantidad de 2.500.000 francos. Dijo también que había Conferencias en Francia, en Bélgica, en Italia, en Inglaterra, Alemania, los Países Bajos… Dijo, en fin, que exceptuando a Rusia, las había en todos los países de Europa.

Y, ante los ojos de Pío IX, asombrado, presentó la admirable organización y el no menos admirable funcionamiento de esa Obra con la variedad de sus servicios. Le enumeró los innumerables frutos de salvación que, por todas partes, cosechaba la Obra, gracias al espíritu que la animaba y debido a su vez a los ejercicios espirituales, que como una hoguera, inflamaba el celo en el corazón de los socios.

Entonces, Pío IX, lleno de entusiasmo, se puso de pie para animar a aquellos nuevos apóstoles de la caridad de Cristo, a continuar realizando la misma misión que a los primeros doce les fuera confiada: Obra de evangelización que habrá de realizar milagros, curando los leprosos, llevando la luz a los ciegos, hablando a los sordos y resucitando a los muertos. Evangelización que habrá de realizarse más por las obras que por la palabra. Veamos cómo terminó el Papa aquella alocución:

«Hijos míos, hijos míos; os consagro caballeros en Jesucristo. El mundo ya no cree en la predicación. Pero todavía cree en la caridad. Marchad y conquistad el mundo por medio del amor al pobre.»

Veintinueve años más tarde, en mayo de 1883, celebró la Sociedad el cincuentenario de su fundación. Señalaremos tan sólo dos hechos, que podrían darnos testimonio del desarrollo alcanzado por la Sociedad en aquella época. El primero, que el Boletín de las Conferencias se editaba ya, para esa fecha, en siete lenguas diferentes: en francés, inglés, alemán, flamenco, italiano, holandés y español. Prueba evidente de que ante la caridad habían desaparecido las fronteras.

El segundo hecho es que el presupuesto de la Obra, que en 1854, era de 2.500.000 francos, había ascendido, en primero de enero de 1883, según el informe que del año anterior se leyó ese día en la Asamblea general, a la respetable suma de 9.000.000 de francos. Prueba también evidente de que la caridad iba invadiendo al mundo.

En la celebración de ese cincuentenario, no estaba presente Ozanam. Pero allí estaban, representándolo y recordándolo, Lallier y Le Taillandier. Muchos de los socios se acercaron a ellos para besarles la mano.

El día de la clausura de estas festividades, presentó el cardenal Guibert el decreto por el cual León XIII declaraba a San Vicente de Paúl patrono de las obras de caridad de la Iglesia católica.

8.— León XIII y las Conferencias

Al año siguiente, en un acto más solemne todavía, proclamó el Santo Padre urbi et orbi la confianza particular que la Iglesia y su Jefe Supremo tenían depositada en la vasta Sociedad de caridad, cuya acción saludable venía a ser como un baluarte contra las doctrinas nefastas de la época. He aquí lo que dice la Encíclica:

«No sabríamos, amados hermanos, pasar en silencio la Sociedad de San Vicente de Paúl, que ha dado ejemplos tan admirables y que tanto ha merecido de las clases proletarias. Suficientemente conocidas son sus obras y el fin que esa Sociedad se propone. Los esfuerzos de sus socios tienden únicamente a la entrega de sus personas al socorro del pobre y del desgraciado, mediante una iniciativa de caridad. Y esto lo efectúan con una admirable sagacidad, al mismo tiempo que con una modestia no menos admirable. Pero mientras más esconde el bien que hace esta Sociedad, resulta cada vez más apta para la práctica de la caridad cristiana y para el alivio de las miserias del hombre». Tales son las palabras con las que el Santo Padre León XIII recomendó al mundo la Obra de las Conferencias de San Vicente de Paúl.

En fecha más reciente, el 11 de abril de 1909, coincidió una peregrinación de las Conferencias de San Vicente de Paúl a Roma con las solemnidades que allí se celebraban por la beatificación de Juana de Arco. Y l’Osservatore Romano, órgano oficioso del Vaticano, no tuvo inconveniente en asociar al nombre de la Beata el nombre de Ozanam, bajo este título colectivo y radiante: «Después de cien años: Juana de Arco, Federico Ozanam».

Y decía l’Osservatore: «No ha sido por fortuita coincidencia el encontrarse ligadas las fiestas de la bienaventurada Juana de Arco con el próximo centenario del nacimiento de Federico Ozanam, uno de los héroes y apóstoles de la caridad en Francia. Un lazo íntimo une las dos solemnidades de esos dos gloriosos hijos de le Iglesia, etc.»

El Boletín de la Sociedad levantó un acta haciendo constar esas sugerencias de l’Osservatore. «Creemos que es la primera vez que nuestro venerado fundador se encuentra puesto en paralelo con un bienaventurado que tiene su puesto en los altares. ¿Podremos ver en eso el presagio de una gloria más alta y más pura que la de la fama terrestre que nadie le regatea?»

9.— Pío X y las Conferencias

Y el 16 de abril de ese mismo año, el mismo Soberano Pontífice Pío X asoció el nombre de Ozanam con el de San Vicente de Paúl, al referirse a una Obra que el Papa estima casi como gemela de la gran familia religiosa que el gran Santo fundara. Su Santidad habló así:

«Vicente de Paúl, cuya fama era ya imperecedera por la Congregación de los venerables Padres de las Misiones y por las incomparables Hijas de la Caridad, sobrevive en nuestros días también por la admirable Institución de las Conferencias, heredera de la fe que ese Santo profesó en la tierra, de su caridad y de su espíritu apostólico. Generación nueva, posteridad inesperada e innumerable que ha llevado a todas partes frutos de bendición. El grano de mostaza, sembrado en 1833 por Ozanam, es hoy un árbol gigantesco que extiende sus ramas por el mundo entero y que se ha convertido en el refugio donde encuentra su amparo el neófito y donde también lo encuentran todas las miserias de la tierra.»

10.— Pío X y Ozanam

Y hubo más. Tenemos todavía otra palabra salida de los mismos labios augustos para declarar, aún con mayor evidencia, el parentesco espiritual que une a los dos apóstoles de la caridad:

Fue por ese mismo tiempo. El Rvdo. Mgr. Blenk, arzobispo de Nueva Orleans, acababa de dar cuenta a Pío X de las obras llevadas a cabo en la diócesis de Luisiana por la Sociedad de San Vicente de Paúl. Entonces exclamó Su Santidad: «¡Oh!, sí; así es como debe manifestarse el espíritu de San Vicente de Paúl y del gran fundador Ozanam. Así es como se conquistará el corazón del pueblo y se le conducirá a Dios.»

Luego, habiéndole pedido el Obispo que rogase para que las Conferencias se extendiesen por todo el mundo: «Esa es mi oración continua —dijo el Santo Padre—. El deseo más ardiente de mi corazón es el ver a la Sociedad de San Vicente de Paúl llevando hasta los confines del mundo el espíritu y la vida de Ozanam, que es la vida del gran apóstol de la caridad, San Vicente de Paúl, la cual es, a su vez, la vida del Divino Salvador»… Recojamos religiosamente esta palabra. Un rayo de luz se escapa de ella… ¿Será el preludio de una aurora?…

Una de las mayores gracias concedidas por Dios a esta Sociedad, fundada por Ozanam sobre la piedra de la ortodoxia, es el haberse conservado siempre firme en su fe a la verdad integral, a través de todas las sendas tortuosas por donde ha tenido que traficar y donde muchos otros espíritus se han descarriado y perdido. Cada vez que Roma ha hablado, ella ha sabido inclinarse reverente, como se inclinó San Vicente de Paúl y como supo inclinarse Ozanam. Sabe, por lo tanto, la Iglesia que puede contar con ella y con ella cuenta.

11.— Necesidad de la Obra de las Conferencias.

Y nunca fue esta Sociedad más necesaria que en esta hora presente, con sus desgracias y desastres que le son peculiares. Porque no hay otra Sociedad que, como ella, responda al grito de nuestras necesidades y de nuestras innumerables desgracias:

¿Es la hora de la lucha de clases, la lucha entre el rico y el pobre? Ella los reconcilia en la justicia y la caridad.

¿Es la hora de la desunión? Ella fomenta la unión. ¿Es la hora del odio?… Sí. Es la hora del odio. Pero es también la hora del amor, ya que el mundo, ahíto de odio, es un hambriento de paz. Y encaja aquí, como en su puesto, la frase inspirada y bellísima en la que el Padre de la Cristiandad recuerda que «la alada mensajera no traerá la paz universal de los individuos ni de las naciones, si no puede cortar y traer consigo el verde ramo de oliva, árbol de unción que, para crecer y dar frutos, requiere el suelo de la caridad» (Pío XII).

Dicen que es la hora de las democracias… Nadie ha hecho por el pueblo lo que la Obra de Ozanam ha hecho y hace. Ella lo conoce. Ella lo comprende mejor que nadie. Ella lo ama como nadie lo amó. Ella se ha acercado a él como nadie más lo ha hecho.

Es la hora de la libertad —dicen otros—. Pues bien, ¿qué queréis?…

¿Obras seglares? Esta lo es. Dicen también que ésta es la hora de la igualdad. Habéis pronunciado la palabra exacta. Las Conferencias de San Vicente de Paúl han consumado la igualdad. Ella se ha bajado hasta el pobre, por la humildad. Y ha elevado al pobre hasta Dios, por la caridad. Es la hora de la fraternidad… Fijaos bien. Esta Obra está compuesta por miembros que se llaman entre sí hermanos, y los hermanos preferidos, entre todos, son los pobres.

Es, finalmente, la hora de la Acción Católica. Es la hora del apostolado. Ninguna acción más eficaz para extender el Reino de Cristo en la tierra que la acción de la caridad. No hay que olvidar que las obras hablan más fuerte que las palabras. Ningún apostolado más eficaz que aquél que con sus obras predica lo que el mismo Cristo ordenó, lo que el mismo Cristo practicó.

Sí. Esta Obra responde a una necesidad material y moral. Pero responde, por encima de todo, a una imperiosa necesidad religiosa: «La religión pura e inmaculada ante Dios —dice el Apóstol Santiago—, es ésta: visitar a los pobres, a los huérfanos y a las viudas en su tribulación, y preservarse de la mancha del siglo. Amar a Dios sobre todas las cosas, ése es el primer Mandamiento. Y amar al prójimo como á sí mismo, ése es el segundo y semejante al primero. Ahí tenéis la ley.»

Y ¿no es ésa la ley, el objeto y el fin de la Sociedad de San Vicente de Paúl? Por lo tanto, coloquémonos en sus filas. Tomemos parte en sus obras. Vayamos a ella, porque ella va al pobre. Porque ella va a Dios. Porque ella conduce a Dios. Porque ella nos hace semejantes a Dios.

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