Federico Ozanam según su correspondencia (25)

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

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Author: Pativilca · Year of first publication: 1957.
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Capítulo XXV: Descanso. Bretaña. Inglaterra. Publicación de las obras. Las Conferencias en Inglaterra.

Hay en el Cielo una gentil Señora que se conduele del trance en que te pongo.
Dante (Inf. , cap. II, 94)

1.— Bretaña

El débil organismo de Ozanam no se había repuesto de la crisis sufrida en 1846. El trabajo, las amarguras y las luchas, consumaron su ruina. Los mismos médicos que le habían prescrito el año anterior reposo absoluto, lejos de las bibliotecas, le imponen de nuevo tres meses enteros de reposo absoluto, a la orilla del mar. Y a Bretaña se dirige en compañía de su esposa y de su hijita, para disfrutar allí de los consuelos de la religión, del espectáculo de una imponente naturaleza y de las delicias de la amistad que con ternura les abría los brazos.

Se fueron, primero, a Saint Gildas de Ruiz, y allí llegó Ozanam a sentirse casi bien, logrando disfrutar de esos momentos de felicidad tan difíciles de obtener sobre la tierra. Luego, deteniéndose un poco en cada lugar que podía ofrecerles algún interés, continuaron su viaje hasta el castillo de Truscat, donde los esperaba el conde de Francheville, con quien estaban ligados por los lazos de la más estrecha amistad. En esos días pudo Ozanam, aceptando la invitación de Río, visitar la isla de Artz, el día de la fiesta patronal del lugar. Era Río aquel joven insurrecto que combatiera fuertemente contra Napoleón durante los cien días y que por ello mereció ser condecorado por los Borbones. Era también Río el cantor apasionado de las maravillas del arte cristiano, y era el gran amigo de Montalemnert y, en otro tiempo, había sido profesor de Albert de la Ferronays, cuya fe, que desfalleció en un momento de su vida, supo caldear al rescoldo de la suya propia, durante un viaje a Roma.

A fines de septiembre, se despidió Ozanam, con su familia, de su amigo de Francheville, para dirigirse al castillo de Kerbertrand, desde donde lo llamaba otro amigo ilustre, el vizconde de la Villemarque. Pasaron allí días inolvidables cerca de la hospitalaria y distinguida familia del autor de Los Bardos y de las Leyendas célticas. Los dos amigos disfrutaron durante largas horas del intercambio mutuo de los tesoros de conocimientos que ambos poseían.

No seguiremos a Ozanam en todas sus correrías. Al sentirse mejor, aprovechaba sus fuerzas para admirar aquello que la Naturaleza le brindaba y, sobre todo, para estudiar los restos de tradición que, por todas partes, se encontraban en aquellas tierras de Duguesclin y de Anne de Bretagne.

Allí encontró Ozanam (¿dónde no se encontrarían hoy en día?) las Conferencias de San Vicente de Paúl. Fue en Morlaiz, donde fueron acogidos los viajeros por los miembros de la Obra con las muestras del mayor afecto, llegando uno de ellos hasta a instarlos para que se hospedasen en su propia casa, no teniendo con ellos más relación que la que procedía de las Conferencias.

El reposo del espíritu, el fuerte ejercicio y el aire saludable del mar, mostraban su eficacia, y la señora veía también, con gran satisfacción, los progresos de su marido, en cuyas mejillas se veían unos colores que antes no había. Así, pues, contentos y satisfechos, emprendieron el regreso por la vía de Nantes.

2.— Publicación de las obras

Ya más tranquilo por el estado de su salud, juzgó Ozanam que había llegado el momento de emprender la publicación, en capítulos y en volúmenes, de los dos últimos años de su enseñanza, 1849-1850, cuyas primicias habían aparecido ya en el «Correspondant». La codificación de semejante obra, exigía la revisión y más aún, exigía también una refundición casi total, lo cual significaba un trabajo que aterraba al escritor.

Ávido de perfección, descontento siempre de sí mismo, Ozanam tenía además —ya lo hemos dicho—, bastante dificultad para la composición literaria. Testimonio claro de ello lo tenemos en la letra de sus manuscritos: letra atormentada, desigual, muchas veces corregida. Se agregaba ahora a todo esto las intermitencias de una enfermedad cuyas recaídas arrancaban la pluma de su mano y paralizaban su inspiración. Angustiado, se preguntaba a menudo Ozanam si tendría fuerzas para cargar con el fardo de las Letras en los tiempos bárbaros. Y con dolor se preguntaba también si valdría la pena escribir para agregar unas hojas más a todas aquéllas que diariamente el viento barre de nuestros jardines y de la memoria de los hombres.

3.— Hora difícil para todo autor

Había sonado para Ozanam esa hora que todo autor ha conocido, la hora en la que el escritor, perplejo, tiene que entregar en manos del público su obra, muchas veces corregida y nunca terminada. Obra, esta vez, en la que el autor trabajaba más por el honor de la verdad que por el honor de su nombre.

En la duda en que se encontraba Ozanam, no sólo sobre su trabajo sino también sobre él mismo, buscó la ayuda y el consejo de aquél en quien él confiaba más que en ningún otro: Ampère fue ese hombre lleno de autoridad y de bondad. Y el consejo le llegó, no de Berlín, donde Ozanam lo creía, sino de Roma, donde aquel nómada se encontraba. Y el consejo fue un consejo categórico de que la obra se realizase tal cual estaba. «Usted habrá hecho su labor y Dios hará lo demás». Tales fueron las palabras con las que aquel amigo confortó a su amigo.

4.— Prólogo del siglo V

Pasó Ozanam bastante bien el otoño y el invierno de 1850, sintiéndose con fuerzas para recomenzar sus clases de la Sorbona. El prólogo de la historia de La Civilización en tiempo de los Bárbaros, lleva la fecha de la primavera de 1851. Puede decirse, sin temor de exagerar, que esas páginas preliminares son una obra de arte de la elocuencia, si es cierto que la elocuencia es el eco de un alma grande.

Proyecto de una historia de la civilización en tiempo de les bárbaros. Tal fue el título con que Ozanam encabezó su prólogo. Veamos cómo realiza tal designio:

«Me pongo a escribir la historia literaria de la Edad Media, desde el siglo V hasta fines del siglo XIII. Pero en la historia de las Letras, lo que estudio, sobre todo, es la historia de la civilización, de la que las Letras son las flores. Y en la civilización, lo que percibo, ante todo, es la obra del Cristianismo. Todo el objeto de mi libro es, por lo tanto, demostrar cómo supo el Cristianismo sacar de las ruinas romanas y de las tribus acampadas sobre esas ruinas, una sociedad nueva, capaz de poseer la verdad, de practicar el bien y de descubrir la verdadera belleza.»

Luego nos explica Ozanam cómo brotó en su mente el proyecto de esa obra portentosa. Nos dice que tal idea tuvo su fuente en la fe de sus padres y en la de su hermana. En la fe de su infancia que, oscurecida por un instante, vaciló, y luego fue afianzada por la mano de un maestro, que era un sacerdote. «Desde entonces creí —nos dice él— con una fe firme y, agradecido por semejante beneficio, prometí a Dios consagrar mis días servicio de esa verdad que me había asegurado la paz.»

Vemos, por lo tanto, cómo ese trabajo fue el resultado de una promesa hecha a Dios y hecha a los hombres. Fue algo así como una misión de lo alto que, desde su juventud, quiso él aceptar y que, también desde su juventud, ejercitó.

Desde entonces han pasado veinte años —prosigue Ozanam— y a medida que he vivido, la fe mejor comprendida me ha ido apareciendo cada vez de más alto valor. He comprendido mejor lo que vale en los grandes dolores y en los grandes peligros. También he sentido una compasión mayor por los que no la poseen. Al mismo tiempo, la Providencia, cuya economía admiro, permitió que yo estudiase la Religión, el Derecho y las Letras, tres materias tan necesarias en mi labor.»

Sabe Ozanam que tendrá que refutar la ciencia negativa y hostil. Lo sabe y de su pluma brotan estos bellos acentos:

5.— Gibbon

«El historiador Gibbon visitó Roma en los días de su juventud. Una tarde, con la mente llena de recuerdos, vagaba entre las ruinas del Capitolio. De repente, oye unos cantos de iglesia y de las puertas de la basílica de «Ara Coeli» ve salir una larga procesión de franciscanos, quienes barrían con sus sandalias aquel suelo en otro tiempo atravesado por tantos triunfos. Fue entonces cuando la indignación lo inspiró y bajo el influjo de esa indignación pensó en vengar la antigüedad ultrajada por la barbarie cristiana, y concibió la historia de la decadencia del Imperio Romano.

«Yo también. —prosigue Ozanam—, yo también he visto a los religiosos de «Ara Coeli» pisar los viejos suelos de Júpiter Capitolino y me he alegrado, porque he visto en ellos algo así como una victoria del amor sobre la fuerza, y resolví escribir la historia de esa época del progreso que el filósofo inglés llama de la decadencia: La historia de la civilización entre los bárbaros, la historia del pensamiento, atravesando las olas de la invasión y salvando con su poder los restos del imperio de las Letras.»

Pero Gibbon no ha muerto todavía. «Su tesis —continúa Ozanam— es la tesis de gran parte de Alemania. Es la tesis de todas esas escuelas sensuales que acusan al Cristianismo de haber ahogado el desenvolvimiento legítimo de la Humanidad, al oprimir la carne y al aplazar para una vida futura la felicidad que era preciso descubrir en la tierra. Y al destruir ese mundo encantado en el que Grecia divinizó la fuerza, la riqueza y el placer, para sustituirlo por un mundo triste en el que la humildad, la pobreza y la castidad velan al pie de una Cruz.» Es el paganismo eterno, inmutable en nuestra naturaleza caída, paganismo que no puede llamarse nunca progreso, porque, por el contrario, es el retroceso a la antigua barbarie.

Así sigue Ozanam en esas páginas maestras que no nos cansaríamos de citar. En una de ellas, refiriéndose a Dante, dice: «Era el gran jubileo del año 1300, Viernes Santo. Había llegado Dante, como él dice, a la mitad del camino de la vida y comienza su peregrinación al infierno, al purgatorio y al paraíso. En el umbral de la carrera, las fuerzas lo traicionan, pero tres mujeres benditas velan sobre él desde el cielo: la. Virgen María, Santa Lucía y Beatriz. Virgilio dirigía sus pasos y, confiado en ese guía, el poeta penetra valerosamente en la tenebrosa senda. ¡Ah! —dice Ozanam—, yo no poseo un alma tan grande como la de Dante, pero sí poseo una fe tan profunda como la suya. Lo mismo que él, en la madurez de la vida, acabo de ver el año santo, ese año santo que divide este siglo tempestuoso y fecundo, el año jubilar que renueva las conciencias católicas. Como él, voy a emprender la peregrinación a los tres estadios que se extienden desde la sombrías invasiones hasta Carlomagno, y desde Carlomagno hasta los esplendores religiosos del siglo XIII. Dante, mejor que Virgilio, será mi compañero hasta el fin de mi camino, hasta esas alturas de la Edad Media, donde él dejó su puesto señalado. Tres mujeres benditas me asistirán, con él: la Virgen María, mi madre y mi hermana, ya que la que para mí representa a Beatriz, me la ha dejado Dios en la tierra para que su mirada me sostenga, su sonrisa me conforte y pueda demostrarme así, bajo su imagen más conmovedora, el poder del amor cristiano, cuyas obras voy a relatar.» Pone fin Ozanam a su prólogo, imitando al viejo Alighieri, y termina como él terminó su Paraíso, poniendo el libro bajo la protección de Dios, bendecido por todos los siglos.

Tal es el fin del prólogo, con el nombre del Altísimo inscrito en el frontón del alto pórtico. Pero, ¿logrará Ozanam poner la última piedra de ese edificio que prepara?

6-7.— Jean Jacques Ampère. Sceaux

En esos días, llegó a Francia, para una corta temporada, su gran amigo Jean Jacques Ampère, quien compartía su tiempo entre la Academia de París y la casa de Sceaux, donde se encontraba Ozanam y donde se hospedaba Ampère desde el lunes hasta el jueves. Preciosa sociedad ésta para ambos amigos, quienes se dieron a la revisión de los capítulos que no habían sido entregados al público. Ozanam le presentó primero Los poetas franciscanos, aquel hijo perdido en las colecciones del «Correspondant». Luego le presentó el Quinto siglo que Ozanam creía no poder terminar sin Ampère y cuyo éxito ante el público dependía también —según Ozanam— de Ampère.

No tuvo igual suerte su segunda obra y la más importante de todas. Ya tenía preparado el prólogo y las cinco lecciones preliminares estaban revisadas y reformadas. Este trabajo, según juicio de Ampère, forma uno de los trozos más elevados y acabados que salieron de la pluma de ese autor.

De las dieciséis lecciones siguientes, tenía tan sólo Ozanam copias tomadas en taquigrafía y completadas con sus notas, pero había que retocar, redactar y refundir. Y esto resultaba un trabajo superior a las fuerzas de Ozanam y a los días de vida que le quedaban. Además, Ampère debía ausentarse pronto para un viaje transoceánico, y el mismo Ozanam tendría que pasar el resto de sus vacaciones a la orilla del mar. Así que abandonó Sceaux por un mes, y las obras que había que retocar se quedaron allí. Pendent opera interrupta… ¡Si al menos, algún día se pudieran continuar!

Fue Dieppe el lugar escogido por Ozanam para pasar el mes de agosto, y a Dieppe se dirigió Ampère para despedirse de sus amigos, antes de embarcar para Inglaterra, adonde lo llevaba el deseo de asistir a la Exposición del Palacio de Cristal. Pero una vez en Dieppe, pareció Ampère ansioso de retardar, aunque tan sólo fuera por pocos días, aquel doloroso adiós a su amigo, adiós que en las actuales circunstancias le era particularmente penoso. Para lograr esto, convenció a Ozanam de la utilidad que encerraría para él, profesor de Literatura, visitar la patria de Shakespeare. Y Ozanam se dejó convencer y juntos se embarcaron los dos amigos para la costa vecina. Pero, ya veremos, cómo una vez en Inglaterra, fueron distintos los motivos de estudio y de admiración que ocuparon la mente de estos dos intelectuales durante su permanencia allí.

8.— Inglaterra

El mismo Ampère nos dice que Ozanam se entusiasmaba menos que él ante las maravillas de la industria y que, en Inglaterra, sus espíritus no marchaban tan al unísono como cuando trabajaban sobre el Dante y los Niebelungen. «Mientras yo no me cansaba de admirar el Palacio de Cristal, él, con su corazón tan superior al mío, prefería dedicar su tiempo a visitar los sótanos habitados por los pobres católicos de Irlanda. De allí regresaba con la emoción pintada en el rostro y creo que también con el bolsillo más liviano que cuando entraba.»

9.— Las Conferencias de Inglaterra

En efecto, tuvo Ozanam ocasión de ver de cerca el pauperismo y la miseria que, en aquellos tiempos oprimían al pobre en Inglaterra. Pero pudo experimentar, al mismo tiempo, con emoción, el consuelo que recibían esos pobres por medio de las Conferencias de San Vicente de Paúl que en Inglaterra trabajaban. Acompañado por un miembro inglés de esa Conferencia, pudo Ozanam visitar los suburbios donde se apiñaban los obreros irlandeses. Allí le fue dado admirar la caridad cristiana que, por medio de los vicentinos, llevaba la limosna a esos tugurios donde gime el infortunio. Admiró y, sobre todo, comprendió el esfuerzo requerido por aquellos cofrades ingleses para vencer sus prejuicios y resolverse a apretar la mano de aquellos mendigos, en aquel país aristocrático donde el contacto con el indigente es algo que mancha y compromete. Prejuicios de nacionalidad y de nacimiento que, vencidos por aquellos héroes de la caridad, lograban realizar un bien que no es fácil medir. Ozanam se sintió feliz, entre aquellos socios de las Conferencias de San Vicente de Paúl.

Fue también motivo de admiración para Ozanam el respeto a la ley que observó en el pueblo inglés. Y también lo fue el gran amor que aquel pueblo profesa a su país. En cuanto al Palacio de Cristal, no habría de ser en ese edificio frágil y efímero donde fuera a buscar Ozanam el secreto de la grandeza británica. Allí encuentra demasiados objetos de lujo para los ricos y demasiados objetos de envidia para los pobres, demasiado incentivo a las necesidades ficticias y demasiada monotonía y uniformidad en ese espectáculo mundial que pasaba sin cesar ante la vista objetos siempre similares. Y Ozanam, después de contemplar aquella síntesis del poder humano, se asombra de que el hombre pueda tan poco, de que el último esfuerzo de su genio se reduzca a entretejer el oro sobre la seda o a mezclar flores de esmeraldas con flores de diamantes. Al salir de allí, se recreaba su espíritu con la contemplación del verde césped de los parques y de los grupos de árboles seculares y de las ovejas que pastaban a su sombra y de todo lo que no fuese hecho por la mano del hombre.

De regreso a Dieppe, se dedicó Ozanam con ahínco a fomentar en ese lugar la caridad, por medio de una Conferencia de San Vicente de Paúl que allí trabajaba. Esta recordó siempre las palabras ardientes con que Ozanam los urgía para que socorriesen a los pobres. Veinte años después, un panadero de aquel lugar repetía, todavía emocionado, aquellas palabras llenas de unción.

10.— Fundación en Sceaux

En octubre lo encontramos de nuevo en Sceaux. Allí no estaban fundadas las Conferencias y Ozanam se ocupó de fundar una. Pero cuando hubo reclutado los miembros, se encontró con que en aquel lugar no había pobres indigentes. «No importa —dijo Ozanam—, la asistencia material es tan sólo el fin secundario de la Obra. La santificación de las almas es el fin principal. Esa será nuestra labor aquí.»

Puede decirse que esta Conferencia fue su mayor consuelo durante los últimos días de aquellas vacaciones. Las fuerzas no volvían. Trabajaba un poco, pero muy lentamente. «Sin embargo —escribía él a Ampère—, encuentro dulzura y suavidad en este reposo del campo, en este retiro de Sceaux, de donde ya se van las hojas, pero donde se queda la paz.»

Esa paz tenía su razón de ser en el alma de aquel justo, en sus virtudes morales y cristianas, que hacían tan bella su vida íntima: vida de familia, vida de amistad y vida de caridad.

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