Federico Ozanam según su correspondencia (23)

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

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Author: Pativilca · Year of first publication: 1957.
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Capítulo XXIII: Fe y tolerancia

Si necesario fuese cometer la injusticia o padecerla, escogería más bien padecerla que cometerla.
De Socrates (en la Gorgia de Platón)

Ozanam fue un hombre de fe. Oigamos lo que de él dijo J. J. Ampère: «Lo que Ozanam colocó por encima de todo en el mundo, lo que le hizo emprender profundos estudios y escribir obras grandes y sabias, lo que llenó su voz de elocuencia, lo que le impulsó a realizar infinidad de actos buenos, lo que marcó con un sello inefable todas sus palabras y cada una de sus acciones, fue su gran fe católica. Aquella fe católica, dueña y soberana de toda su vida.»

1.— Ortodoxia de Ozanam

Ya hemos visto cuán sagrada fue siempre para él la ortodoxia, la recta creencia, cuyo nombre se encuentra en cada línea de sus cartas y disertaciones, ya sea en las clases que daba a sus discípulos en la Sorbona, como en los discursos que dirigía a sus consocios de las Conferencias. Esa ortodoxia que para él debe presidir toda asociación; la ortodoxia, cuyos fieles, doctores, héroes y mártires celebra con entusiasmo; la ortodoxia ante la cual todo otro interés debe desaparecer, sin que ella pueda ser sacrificada a ninguno. «La ortodoxia cristiana —dijo él un día a los árbitros de su destino—, la ortodoxia cristiana vale para mí más que la misma vida y amo y sirvo a la Iglesia católica romana con todo mi corazón.» A ella, a sus jefes y a sus ministros consulta y sigue. Y dispuesto estuvo siempre a quemar sus páginas más elocuentes, antes que ofender a la Iglesia, por una sílaba de sus labios o por un rasgo de su pluma.

«Ni traidores ni cobardes —decía él—. La fe católica es lo que es y de esa fe no podemos ni negar ni rebajar nada, ni por complacencia ni por cobardía. Pero, entre todos los peligros, el mayor sería el de la desidia que nos arrastrase a ceder en algo sobre la severidad del dogma en las discusiones, o ceder en algo de los derechos de la Iglesia, en lo que a ella se refiere.»

2.— Su tolerancia

A esta estricta y necesaria intransigencia doctrinal, se unía en Ozanam una gran tolerancia apostólica, tolerancia que es uno de los rasgos característicos de su carácter. El P. Lacordaire supo cincelarnos esta característica con derroches de elocuencia. Ampère, a quien le tocó disfrutar en sí mismo de esa benéfica cualidad, nos la describe con términos más sencillos: «La tolerancia de Ozanam no tenía nada de común con la debilidad, antes bien provenía de una amplitud de miras que le hacía reconocer méritos, aun fuera de su campo de combate. Provenía de un conocimiento íntimo de los hombres, a quienes siempre lograría desarmar una paciencia dulce y discreta. Provenía de una imitación conmovedora de Nuestro Señor, quien nunca rompió la caña encorvada, ni apagó la lámpara que humeaba todavía».

Ampère tenía razón. La tolerancia de Ozanam no provenía tan sólo de su natural bondad. Era el fruto de la gracia del Evangelio que en él residía. Era el suave resplandor de la luz de su fe y el resultado de la condescendencia cristiana de su caridad.

3.— Su piedad

Otro escritor de la misma escuela, Hipólito Rigault , atribuye esa tolerancia también a la piedad de Ozanam, piedad que siempre le edificó, y a su ortodoxia que siempre admiró: «Yo quisiera —dice ese escritor— insistir sobre el carácter de aquella piedad que se ganaba todos los corazones. Yo quisiera mostrar en él al cristiano indulgente con el prójimo y severo consigo mismo. Al cristiano, inclinado a las ideas generosas, defensor y modelo de tolerancia, pero inquebrantable en la línea de la ortodoxia que, desde temprana edad, se supo trazar.»

Esa bondad indulgente de Ozanam lo acompañaba en todas las costumbres de su vida: de su vida privada, de su vida de caridad y de su vida pública, como apologista y como defensor de la fe.

En su habitual trato con los socios de las Conferencias o con sus colegas o con las visitas que hacía o recibía, fuesen de la condición que fuesen, demostraba siempre aquella cordialidad definida y recomendada por San Francisco de Sales.

En sus juicios sobre los demás, siempre predominaba la misericordia, no prestándose con facilidad a formular semejantes juicios y encontrando más discreto el reservar ese papel a Dios, que es quien posee la clave de todo secreto.

4.— Los protestantes

En el ejercicio de la caridad no rehusó nunca el concurso de los disidentes, los cuales, conocedores de su generosidad, solían ponerse a su disposición. Ozanam aceptaba su ayuda y les prestaba la suya, teniendo para con ellos una delicadeza tal vez aún mayor.

Ozanam no cesó nunca de combatir el protestantismo pero, al elegirlo los protestantes como mediador entre ellos y los pobres, encuentran en Ozanam un servidor fiel y abnegado. Cuenta el P. H. Perreyve que, habiendo recogido un joven pastor protestante una suma de dinero entre sus correligionarios, decidió confiar esta suma a alguna asociación católica de caridad, para que fuese distribuida entre los pobres. Ozanam aceptó la suma con agradecimiento y emocionado y feliz la presentó a la Conferencia, participando a los socios de qué manos la había recibido. Uno de los miembros hizo en pocas palabras el elogio de la tolerancia en materia de religión. Luego, como hombre práctico, propuso dedicar ese subsidio extraordinario en primer lugar en socorro de los pobres católicos, después de lo cual se podría dar lo que sobrase a los pobres disidentes, olvidándose de agregar a su discurso la frase natural: si acaso sobra.

Mientras nuestro orador expresaba de esa manera su opinión, se pintaba sobre el rostro de Ozanam la emoción y el asombro, al mismo tiempo que, por el estremecimiento de la mano con que se alisaba sus largos cabellos, se podía adivinar fácilmente que ya su corazón no sabía dominar su impaciencia. Y esta impaciencia estalló: «Señores —dijo—, si esta proposición prevalece, si no queda definido que nosotros socorremos a los pobres sin distinción de culto, entonces iré inmediatamente a devolver a los protestantes el dinero que me confiaron y les diré: ¡Tomadlo! No merecíamos vuestra confianza». No fue preciso someter el asunto a votación, agrega el P. Perreyve.

Sobre todo, al demostrar o defender la verdad la palabra o por la pluma, aquel hombre, que poseía a fe intransigente, demostraba también poseer una caridad conquistadora. Los fuertes son dulces, dijo Platón. Y porque era fuerte en su fe, Ozanam tenía la dulzura de aquéllos de quienes dijo el Señor que poseerían la tierra.

Por eso, aquel manso reprobaba los procedimientos irritantes en toda polémica encarnizada, no sólo porque semejantes procedimientos hieren, sino también porque alejan los espíritus, en vez de atraerlos. Y él había manifestado claramente su criterio sobre ese particular, en la conferencia que diera, años atrás, sobre los deberes literarios del cristiano. Y recordaba siempre con especial complacencia cómo, al afirmar aquella noche que la controversia cristiana había de ser sin excepción respetuosa y compasiva hacia los que dudan, los que niegan y los que buscan, el Arzobispo había dado mayor fuerza a su palabra, al ponerse en pie y hablar a su vez en nombre del Dios de paz.

No sólo reprueba Ozanam los procedimientos irritantes en los demás, sino que se esfuerza él mismo por presentar ejemplo de lo contrario. «Uno de los mayores consuelos de mi vida —dirá él al declinar de su carrera—es la certeza que tengo de no haber insultado nunca a nadie y de no haber irritado nunca a nadie a pesar de haber defendido siempre la verdad con energía.»

5.— Libertad, fraternidad, igualdad

Con esas disposiciones de caridad conciliadora, no duda Ozanam en declararse partidario de los principios del 89, en tanto y en cuanto eran esos principios compatibles con el Evangelio. Era partidario de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad en las que veía partículas de ese todo que es la ley del amor y a las que consideraba como a tres hijas nacidas a la sombra de la Cruz del Redentor del mundo y alimentadas con su sangre. El las mostraba en sus lecciones como adoptadas por la Iglesia y entronizadas por Ella en el seno de sus sociedades cristianas de los primeros siglos cuya historia había trazado él, y entronizadas por la Iglesia, catorce siglos antes de la Revolución francesa, la cual se apoderó de sus nombres pero deformando al mismo tiempo su sentido, por la aplicación que de ellos hizo. Y Ozanam se esforzaba en transformar los espíritus para que, tanto teórica como prácticamente, las obras de la sociedad contemporánea ostentasen el sello original y sagrado de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Semejantes ideas, que tenían su fuente en la magnanimidad de un gran corazón, no fueron comprendidas por todos. Muchos las interpretaron mal, llegando en su error hasta a imputar a Ozanam el profesor, ideas avanzadas más allá de lo que la Iglesia permite.

6.— Ozanam, León XIII y Pío XI

Sí. Tuvo ideas avanzadas. Pero no avanzadas en doctrina. Avanzadas para su tiempo, ya que Ozanam tan sólo templó el arpa de cuyas cuerdas debían arrancar las manos poderosas de León XIII y Pío XI aquellos acordes de justicia y caridad que habrán de revolucionar al mundo, convirtiendo en realidad las esperanzas de Ozanam.

7.— Ozanam y el liberalismo

El liberalismo de Ozanam, a base de fe y de celo, fomentado por su ardiente caridad, lo inclinaba a interpretar todo como fruto de la misericordia de Dios. Misericordia que juzgaba derramada con mayor abundancia sobre los que trabajan y sufren, es decir, sobre la mayoría de los mortales. Movido también por su caridad, rechazaba ese espíritu que pretende acaparar la verdad, dividir en vez de unir, que presenta la misma verdad bajo aspectos sombríos, en vez de presentarla sonriente, y que eleva entre los hombres de buena voluntad barreras infranqueables que se elevan hasta el cielo.

Así terminaba Ozanam, en junio de 1850, uno de sus artículos publicados en el «Correspondant», con un paralelo «entre las dos escuelas que, en nuestros días, han querido servir a Dios con la pluma. Valiéndose la una de las más osadas paradojas y de las tesis más rebatibles, parece proponerse como su fin contradecir el espíritu moderno. Presenta la verdad a los hombres, pero no por el lado que pueda convencerlos, sino por aquél que los rechaza. No se esfuerza por atraer a los incrédulos, sino que parece luchar para amotinar las pasiones de los creyentes.»

«La otra escuela —continúa Ozanam—, tiene por objeto buscar en el corazón humano todas las cuerdas secretas que puedan apegarlo al cristianismo, despertar en él el amor por la verdad, por el bien y por lo bello, mostrándole, en seguida, en la fe revelada, el ideal de esas tres grandes cosas a las que toda alma aspira.» Luego prosigue Ozanam hasta terminar felicitando a los que debiendo escoger entre la poesía de la cólera y la del amor, se deciden por esta última.

8.— Ozanam, ultrajado por Luis Veuillot

Estas líneas, que forman parte insignificante de un artículo bibliográfico, recibieron el 3 de julio una réplica larga y virulenta. Réplica editada en «l’Univers» con gran aparato y por el mayor de sus maestros. El artículo no estaba firmado. Pero no hacía falta la firma. La garra del león se veía bien clara. Tal vez Luis Veuillot hubiera tenido derecho a quejarse por la severidad del primer paralelo. Nadie discute el derecho de defensa. Pero el mal estuvo en que el ardiente polemista hizo degenerar en personal una cuestión que tan sólo era de principios y de procederes.

Fue doblemente doloroso el espectáculo que sufrió en aquellos momentos. Doloroso el ver ultrajada de aquella manera la figura de aquel gran señor de la pluma y la palabra. Doloroso, el ver la figura tan altivamente cristiana de Ozanam, lo mismo que su escuela, abrumada bajo el peso de imputaciones que, desnaturalizando sus generosas intenciones, lo acusan cruelmente de cobarde deserción, de mórbida complacencia, de tímidos silencios, de adulaciones interesadas, de componendas, de claudicaciones y hasta de complicidades. Y todo eso en cuatro o cinco columnas, en las que el nombre del apóstol se ve entregado a la ironía más ultrajante… La pluma se resiste a continuar.

Pero, por otro lado, no es menos doloroso el ver a un gran cristiano, armado con un magnífico talento, notable por sus servicios, volver contra un hermano de igual batalla, los dardos abrasados de una cólera que le hizo perder el sentido de la verdad y de la justicia. Luis Veuillot, ¿no lloraría alguna vez, al releer semejantes páginas?…

Herido en lo que le era más precioso: su carácter, su conciencia, su dignidad y hasta su fe, experimentó Ozanam un vivo dolor y la herida tardó mucho en sanar. Este sufrimiento aumentó mucho cuando supo, por carta de Dufieux, la turbación y la inquietud que aquel articulo había producido tanto en él como en todos los amigos de Lyon. ¿No habían contado ellos siempre con él y con su gran talento para consolar los dolores de la Iglesia, herida por tantos otros hombres ilustres que la abandonaron y hasta renegaron de ella?

La respuesta de Ozanam lleva la fecha del 14 de julio. Es una respuesta quejosa y humilde, pero también fuerte y digna. Palpita en ella la más pura sangre del más puro honor que se escapa del corazón de aquel caballero sin reproche, traspasado por uno de los de su misma causa.

9.— Generoso perdón

Así contestó Ozanam a sus amigos de Lyon. Y, a los que lo atacaron, ¿qué respuesta dio? Muchos le aconsejaron que se defendiese. Tenía derecho a ello. Preparó su respuesta, rechazando todas aquellas imputaciones que para muchos podían convertirse en motivo de escándalo.

Pero, desconfiando del amargo dolor que siente un alma ofendida en aquello que le es más caro, quiso, antes de publicar su refutación, pedir consejo al señor Cornudet, entonces consejero de Estado. Este le escuchó, lo comprendió y al fin le dijo: «Amigo mío, Vd. es cristiano. Perdone. Su silencio, mejor que sus Palabras, darán testimonio de su fe.» Ozanam inmediatamente rompió el papel y lo tiró al fuego.

Cuando tres meses después, Mgr. Sibour, arzobispo de París, se vio obligado a censurar a «l’Univers», entre las adhesiones que por ello recibió el Prelado de varios de sus diocesanos, no se halló la de Ozanam. El seguía guardando silencio.

En la biografía que de Ozanam hace su hermano, nos dice éste que todas esas preocupaciones, cayendo en aquella alma tan recta y delicada repercutieron con fuerza en la salud que ya tenía tan quebrantada por el rudo trabajar de los últimos años.

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