Capítulo XII: L’Ere Nouvelle
¿Por qué me desgarras? ¿No existe en ti espíritu de piedad alguna? Ya debiera
ser tu mano más piadosa, si fuéramos nosotros almas de serpientes.
Dante (Inf. cap. XIII, 35)
1.— Artículos de Ozanam
De la misma manera que la Sociedad de San Vicente de Paúl se acercaba al pobre para aliviarle sus miserias, l’Ere Nouvelle se dirigía a la caridad para provocarla y animarla. Ozanam consagraba a estos artículos la mayor parte del tiempo que le dejaban libre los exámenes de Bachillerato que tenían lugar en aquellos momentos. En diez días, entregó cinco artículos, que tuvieron la mejor acogida. Solamente en las calles de París se vendieron ocho mil ejemplares. En aquellos artículos, que una popularidad inesperada propagaba por los arrabales, se dirigía Ozanam a los insurrectos desarmados con un lenguaje que, sin irritarlos, no les ahorraba ninguna verdad, mostrándoles al mismo tiempo los grandes culpables que los habían engañado.
La gente de orden alabó la firmeza de su palabra, encontrando en ella el eco de un corazón ardiente, sinceramente apasionado por los intereses del pueblo.
En un artículo publicado el 24 de septiembre, dio rienda suelta Ozanam a todos los sentimientos que embargaban su corazón de patriota y de cristiano. No se encontraba en ese artículo ninguna expresión académica, ni se encontraba la menor huella de literatura. Dijo las cosas más sublimes en el más sencillo de los lenguajes y, por consiguiente, el más elocuente y el más bello. Ozanam relata allí minuciosamente lo que sus ojos contemplaron en la mansión del pobre. Y lo relata para todos aquéllos que tienen o desean tener ese conocimiento del pobre que él mismo había adquirido a fuerza de tratar con él. Se dirige especialmente a los sacerdotes, a los ricos y a los representantes del pueblo. Y les habla especialmente en ese artículo de un enemigo que, lejos de estar vencido, lejos de estar anonadado, se levanta, por el contrario, más temible y más amenazador que nunca: la miseria.
2.— Miseria, sus causas y remedios
La miseria de 267.000 obreros de Paris que están sin trabajo y particularmente la miseria del Distrito XII, que fue uno de los lugares donde la insurrección se mostró más activa. Ozanam describe el horror y el dolor que reinan en ese barrio. Pero da cuenta también de la virtud que allí se esconde, del cristianismo, tal vez inconsciente, pero real, que allí se puede descubrir. Lágrimas de admiración y de dolor arrancó al público la lectura de estas páginas.
Después de describir con realidad aflictiva aquellos cuadros de miseria, pasó Ozanam a puntualizar las causas de semejante infortunio: Causas morales, cuya preservación y remedio se encontrarían en la reforma de las costumbres, reforma lograda más eficazmente con la educación que con la legislación. Educación cristiana, confiada a esos institutos religiosos donde el hijo del pueblo aprende algo más que a deletrear las sílabas de un diario, algo más que a tiznar con carbón, sobre las paredes, las órdenes del día, según su criterio.
Luego incluye, en esos proyectos de reformas, la creación de escuelas para adultos. Escuelas de aprendizaje y escuelas de artes y oficios. Incluye también las bibliotecas para el pueblo, los ejercicios militares, las sociedades de emulación y de asistencia mutua. Pero lo que Ozanam quiere ante todo, es convencer a los cristianos de buena voluntad que no han satisfecho su obligación de caridad para con los obreros sin trabajo, porque han votado la suma de 6.000.000 de francos en su favor, y que no les está permitido olvidarse de la miseria pública, de esa miseria pública que no abandona nunca a los pobres miserables.
Lamentamos no poder dar aquí más que una apagada idea de ese cuadro magistral presentado por Ozanam, sin que nos sea dado manifestar el color, la emoción, el resplandor y el movimiento, en fin, todo lo grande y poderoso que encierra ese artículo; todo lo que encierra de verdad y de vida. Lamentamos más aún el no poseer del artículo que al anterior sigue, sino únicamente su nombre: De la asistencia que humilla y de la que honra. Y tristemente, nos pasa lo mismo con este otro: De la limosna.
Sabemos, sí, que en todos ellos el punto de vista sobrenatural domina todo: «El pobre es un ser que intercede por el rico, por lo tanto devuelve más de lo que recibe. Si sabemos dar en nombre de Dios y si el pobre sabe pedir por nosotros, habrá, en ese caso, reciprocidad de servicios. Esa familia indigente a quien hayamos socorrido, habrá pagado su deuda en demasía cuando aquel anciano, aquella madre piadosa y aquellos pequeñuelos hayan pronunciado nuestro nombre ante el trono del Altísimo.»
3.— El pobre es un sacerdote
En otra parte, dice así: «El pobre es un sacerdote. Su miseria, sus sudores y su sangre, son en realidad el sacrificio expiatorio y satisfactorio que contribuye a la redención de la Humanidad, y la limosna que, agradecida, le ofrece nuestra religión, no es más que los honorarios que le debemos, honorarios iguales a aquellos que presentamos al sacerdote, besándole la mano, en señal de gratitud.»
Dar el nombre de artículos a semejantes trabajos, es no darles el título que en realidad les conviene. Son, más bien, una serie de estudios por los cuales va pasando sucesivamente toda la doctrina de la economía cristiana. Pero una doctrina vivificada por la elocuencia e iluminada por una luz de tal fe, que la hace semejante a las páginas del Evangelio.
4.— Ozanam y la doctrina del bien social
El último de esos ensayos que se encuentra en las Obras Completas, es un estudio filosófico e histórico sobre Los orígenes del socialismo. Asunto éste de primordial interés para Ozanam. Así, al principio de este trabajo, declara con energía que se puede defender la causa del proletario, que se puede consagrar la vida a aliviar las miserias del necesitado y que se puede proseguir con ahínco la abolición del pauperismo, sin que para esto sea necesario solidarizarse con esas predicaciones que han sabido tan sólo desencadenar tempestades en el mundo y que tienen todavía ensombrecido el cielo con negros nubarrones.
A las doctrinas funestas del socialismo falaz, opone Ozanam las eficaces doctrinas practicadas por la Iglesia y restablece la base sagrada de la ciencia social.
Ozanam filósofo, demuestra que desde Platón hasta Muncer y Jean de Leyde, todas las teorías sociales han resultado tan sólo una utopía, engendradoras de violencias y de desórdenes.
Ozanam historiador, hacer ver, por el contrario, todo lo que la Iglesia ha hecho por el mantenimiento y el respeto de la propiedad por un lado, y por el otro, para la organización del trabajo, asentada ésta en la doble base de la justicia y de la caridad cristiana.
Ozanam teólogo, si es que nos atrevemos a llamarlo con este nombre, deduce como una consecuencia natural, el principio siguiente: «En la sociedad cristiana están los intereses del cielo tan estrechamente ligados a los de la tierra, que nunca se ha podido tocar ninguno de sus dogmas, sin conmover hasta su base sus instituciones temporales: «Dogma de la caída del hombre y de su redención por el sacrificio y por el sufrimiento. Dogma de la vida futura, sanción y complemento de la vida presente, la cual dirige al mismo tiempo que consuela por medio de la esperanza.» Tal es la doble clave de esos grandes problemas, sobre los cuales dice: «Para resolverlos, precisa, sobre todo, contar con el Cristianismo que nunca ha cesado de rechazar con igual firmeza los errores socialistas y las pasiones egoístas; con el Cristianismo, único capaz de realizar el ideal de la fraternidad, sin inmolar la libertad; con el Cristianismo, único capaz de empeñarse en procurar al hombre su mayor felicidad sobre la tierra, sin arrancarle el don sagrado de la resignación, panacea la más segura de sus dolores y última palabra de una vida que ha de terminar.»
Prácticamente, dice también Ozanam que «la ciencia del bien social y de las reformas bienhechoras no se aprende tanto inclinado sobre los libros o sentado al pie de la tribuna política, que subiendo los pisos de la casa del pobre, sentándose a su cabecera, sufriendo del frío que él sufre y compenetrándose con el secreto de su corazón desolado y de su conciencia arruinada. Solamente cuando se ha estudiado al pobre así, en su casa, en la escuela, en el hospital, en el taller, en las ciudades, en los campos y en todas las condiciones donde Dios lo colocó, solamente entonces, armados con todos los elementos de tan formidable problema, empezamos a comprenderlo y podemos pensar en resolverlo.»
Hubo entre los jóvenes socios de las Conferencias algunos que se dejaron fascinar por prestigiosas utopías. A éstos les opuso Ozanam su experiencia y sus recuerdos de estudiante: «Os dirán —les decía— y ya os lo dicen cada día: ¿Hasta cuándo pertenecéis a esas asociaciones católicas que practican la caridad del vaso de agua? ¿Qué podréis hacer, en medio de hombres que tan sólo saben aliviar la miseria, sin secar las fuentes de donde ella mana?
¿Por qué no venís más bien a sentaros entre nosotros y a formar parte de estas audaces reuniones donde el esfuerzo es para arrancar el mal de raíz y de un solo golpe, para regenerar el mundo y para rehabilitar a los desheredados?… Semejante lenguaje no es nuevo para nosotros. Es el mismo que oímos hace quince años, cuando así nos arengaban los sansimonianos y los falansterianos, al fundar nosotros, con número exiguo, las Conferencias de San Vicente de Paúl. ¡Líbrenos Dios de glorificamos por nuestras obras! Pero cuando comparamos lo que hubiéramos hecho en las líneas de los que así nos infligían sus reproches, y las necesidades que hemos socorrido, las lágrimas que hemos secado, las uniones que hemos legitimado y los niños que hemos educado, tal vez los crímenes que hemos evitado y las discordias que hemos apaciguado, ¡ah!, no podemos sentir remordimiento por la elección que Dios nos inspiró. Escoged de la misma manera, señores, y dentro de quince años no os arrepentiréis de haberlo hecho.»
Hasta aquí l’Ere Nouvelle, periódico de pacificación social por medio del cristianismo, no había encontrado oposición alguna en las filas de los católicos. Movidos por ese imperioso interés de la defensa social, sus jefes se aliaron provisionalmente con la República conservadora, esperando todo de un Gobierno que, amando la justicia, practicase la caridad.
5.— Ozanam y la democracia
Ozanam, sin embargo, si aceptó la República, no fue por condescendencia. Ni la aceptó, como sus compañeros, como un régimen de transición. No. El la aceptó por convicción. Para él, la República no fue un expediente, fue una solución. Tal vez ni siquiera la había deseado, pero la acogió como una enviada de la Providencia, con razones cuya precisión podría propugnarse, pero cuya religión y nobleza habría siempre que aceptar.
Esas razones, las encontraba en el pasado y las tenía en la punta de los dedos en esa historia de la civilización dé los bárbaros por el Cristianismo, que había sido el tema de sus estudios profesionales y el objeto de sus enseñanzas. El veía en la Edad Media un movimiento continuo hacia la emancipación que le hacía decir: «Lo que he aprendido en la Historia me da derecho a creer que la democracia es el término natural del progreso político y que Dios conduce al mundo hacia ella.» A su parecer, la Iglesia era la engendradora de esa obra de manumisión. La Iglesia, que puso en los labios del obispo Remigio las palabras que dijo al jefe de los bárbaros: «Quema lo que adoraste y adora lo que quemaste».
Al asemejar los bárbaros de la antigüedad con las masas ignorantes y groseras del presente, no pasa Ozanam por alto los vicios aborrecibles que en esas masas reinan, y no sin temor, observa sus violencias. Pero, por otra parte, les reconoce un caudal de viriles energías que permite confiar en ellas como en el elemento vital y regenerador de la raza. Esa esperanza podría convertirse en realidad el día en que esas fuerzas todavía brutas, cayesen domadas y disciplinadas bajo la ley de Cristo Redentor. Perfección del Universo que logrará su progreso por medio del Evangelio.
Habría mucho que discutir sobre tal semejanza y también sobre semejantes conclusiones. Pero, mientras no hubiera fruto que permitiera calificar el árbol, la armonía con que los católicos acogían la República se debía, en gran manera, a esas ideas cuyos ecos resonaban por todas partes, gracias a l’Ere Nouvelle. Tristemente los acontecimientos se encargaron de anular todo esfuerzo y de cambiar la opinión pública. Desde ese momento, por más energías que desplegara Ozanam para prestar un sentido pacífico y cristiano a las palabras de igualdad y de fraternidad, la mayoría del público no veía en ellas prácticamente sino el sinónimo de demagogia, de comunismo, de socialismo y de anarquismo. Y todo eso lo veía con el mayor espanto.
Ese espanto reinaba en toda Europa, que se sentía apresada fuertemente por las garras de la revolución.
6.— Dificultades
Puede decirse que todos estos acontecimientos, son los que dan el toque de entrada a las decepciones y a los dolores en el alma de Federico Ozanam. La empresa de armonía de todos los Partidos bajo la bandera de la República, intentada por l’Ere Nouvelle, se convirtió en señal de contradicción. Llegó a temerse que la religión, cuyo heraldo se proclamaba el periódico, sufriese algún descrédito por él, dirigido y redactado como estaba por notables eclesiásticos.
7.— Retirada del P. Lacordaire de la redacción de l’Ere Nouvelle
Debido a estas circunstancias, juzgó el P. Lacordaire que la prudencia le imponía renunciar a la dirección y a la responsabilidad del periódico. El 21 de agosto de 1848, anunció el P. Lacordaire su resolución —que era un sacrificio— a Ozanam. Reconoce, antes de retirarse, que ellos no han trabajado en vano y que han dado el ejemplo de una Prensa verdaderamente cristiana, es decir: honrada, imparcial y caritativa. Reconoce que han contribuido a fomentar la unión de los espíritus alrededor de la Iglesia, en uno de los momentos más peligrosos de la Historia. En una carta a Mme. Swetchine, le dice que su retirada obedece tan sólo a una medida de prudencia, pero nunca a una retractación. En efecto, el P. Lacordaire se retiró del periódico, pero conservándole todo su afecto.
8.— Incomprensión de Montalembert
No pasó lo mismo con Montalembert, quien sólo veía una ilusión beata y peligrosa en el impulso tal vez demasiado generoso que arrastraba a l’Ere Nouvelle hacia la democracia. En la misma democracia veía tan sólo el advenimiento del despotismo del número, junto con la relajación de los caracteres y de las voluntades. Hora dolorosa fue, sin duda, para Ozanam aquélla en que vio a Montalembert aliarse, aunque sólo fuera momentáneamente, con l’Univers para derribar el humilde baluarte que, a pesar de todo, enarbolaba también el estandarte de la Cruz.
El terror causado por la revolución, cuya presencia destruía todo o cuya amenaza paralizaba todo, había preparado de antemano el lecho al despotismo. Ozanam, dado su amor ardiente por la independencia y la dignidad de la Iglesia, temía más que ninguno ese despotismo que avanzaba. A la luz de la Historia, había visto que siempre esos poderes absolutos se dieron a la tarea de avasallar a la Iglesia con el fin de anexionársela. «Son primero —dice él en una de las más bellas páginas de su juventud—, son primero los emperadores de Oriente quienes quisieron convertir la Iglesia en un patriarcado sometido a su autocracia. Luego son los bárbaros quienes la invitan a unirse a ellos para consumar el saqueo del viejo imperio romano. Luego, son los grandes señores feudales que intentan cubrirla con una coraza de hierro. Después, son los reyes los que la invitan a tomar asiento en aquellos parlamentos que ellos gobiernan con la fusta v la espuela. Y, finalmente, son los modernos fundadores de las constituciones representati- vas, quienes se dignan concederle un banco en medio de sus Cámaras, pero que se indignan porque Ella no se presta al mecanismo estrecho de su administración, y también porque no enarbola sobre sus basílicas seculares, sus efímeras banderas. Porque la Iglesia nunca quiso ser ni imperial, ni bárbara, ni feudal, ni realista, ni liberal. Porque Ella es algo más que todo eso: …es católica. Siempre ha sido en vano que, cual nuevos pretendientes de Penelope, al verla sola en el mundo, pretendieron ellos seducirla para reinar en su nombre, ofreciéndole, con ese fin, riquezas y poder. La Esposa inmortal ha sabido rechazar siempre semejantes nupcias.»
La situación se fue haciendo cada día más difícil. Difícil para todos, intolerable para l’Ere Nouvelle. En vano el P. Lacordaire y Foisset se esforzaban con su palabra autorizada para aplacar los ánimos. Foisset se creyó en el deber de intervenir y de amonestar a Luois Veuillot, quien, desde las columnas del l’Univers atacaba con furia. Veuillot ofreció moderarse, por respeto a Foisset, a quien respetaba como a un padre. Más difícil resultaba convencer a Montalembert de que l’Ere Nouvelle podía haber cometido sus errores, podía merecer sus críticas, pero en manera alguna justificaba eso el desprecio que él se complacía en manifestar «para ese puñado de periodistas que se empeñan, como decía él, en mantener un Gobierno sin mérito y que el país repudia».
Ozanam guardaba silencio. Tal vez juzgó era su deber envainar la espada ante el querido y gran amigo a quien no podía retirar su afecto. Pero su sufrimiento fue grande.
El confusionismo llegó a tal punto, que el 9 de abril de 1849, anunció l’Ere Nouvelle que clausuraba su imprenta. Así terminó aquel gran esfuerzo por llevar a cabo una obra que nunca fue un negocio.
9.— Ozanam herido, pero no vencido
Ozanam cayó herido, pero no vencido. Antes bien, se felicitaba al abandonar el terreno militante de la política y encontrarse de nuevo en la paz serena de sus estudios, de donde espera no volver a salir, sino para correr a donde lo necesite el pobre, para correr donde lo lleve aquella orden que nunca dejará de oírse en el correr de los tiempos: «Evangelizare pauperibus». Obra ésta más necesaria y eficaz que toda reacción extrema. Obra que habrá de destruir todas las prevenciones y todos los odios populares, siempre que logre tener en su seno miembros que se consagren sin medida al alivio de los que sufren.
El 2 de diciembre de 1851, ya no existía la República. Había cedido su puesto, no a la monarquía absolutista, sino al Imperio autocrático.







