Federico Ozanam según su correspondencia (02)

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Pativilca · Año publicación original: 1957.
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Capítulo II: París, acción católica

Por eso en su adolescencia se distinguió siempre entre sus iguales.
Corn. Nepote (Atico I)

1.— Aislamiento

La primera impresión que causó París a Ozanam fue dolorosa. Y no podía ser de otra manera, ya que en aquel ambiente en que se encontraba, si se ocupaban de Dios, era para perseguirle. O no lo perseguían, para no ocuparse de El. Por lo tanto, le asqueaba París y suspiraba por su familia y por la vida de Lyon, sobre todo, cuando volvía a casa para codearse con los de aquella pensión que no eran, como decía él, «ni cristianos ni turcos», y donde todo le parecía repugnante.

2.— Ampére

Pero la Providencia de Dios permitió que este contraste entre la lozanía de sus esperanzas y la fealdad de la realidad se viese aminorado por el encuentro que tuvo en esos días con un científico ilustre, Andrés María Ampère, quien, viéndole acechado por los mismos peligros y expuesto a las mismas debilidades que él en otro tiempo tuvo que pasar, pensó en protegerlo de tales amenazas. A tal fin se constituyó Ampère tutor y confidente de aquel muchacho. Le ofreció, además, en su propio hogar, una habitación para que la ocupara mientras durase la ausencia de su hijo, que estudiaba en Alemania.

Era Ampére el mayor científico, no sólo de su país, sino también de su siglo. Ampére, con la generosidad que le era característica, puso a disposición de Ozanam las fuentes de instrucción que estaban a su alcance. Le facilitó la entrada en el Instituto Científico de París, en el cual era él considerado como príncipe del saber. Y lo presentó él mismo en la Biblioteca Mazarine. Más tarde, reconocerá con admiración Ozanam la inagotable bondad de este hombre erudito, que se daba sin medida a todos y muy singularmente a los jóvenes, para los que tenía un corazón de padre.

3.— Montalembert, Ballanche, Sainte- Beuve, Víctor Hugo

Preocupado por todo lo que pudiera convenir a su joven huésped, le facilita la amistad con el Conde de Montalembert, en cuyos salones se congregaba la élite intelectual de París. Ahí pudo tratar Ozanam a Ballanche, a quien tenía por un hombre sabio, honrado y cristiano; a poetas como Alfred de Vigny; filósofos como Eckstem, y hasta a Sainte-Beuve, quien en su deseo de explotar todos los mundos, quiso entonces explotar el mundo católico. Se veían allí adversarios intelectuales como Lherminier, algunos soñadores quejumbrosos de la miseria del pobre como Considerant, y aun alguna vez pudo Ozanam conversar con Víctor Hugo.

Solían durar esas interesantísimas tertulias hasta la medianoche y, a menudo, era el tema palpitante de ellas la miseria del pueblo, tema éste lleno de dolor por la injusticia presente, y lleno de temor por lo que incubaba para el futuro.

Montalembert, con su gracia exquisita y su instructiva conversación, hacía las delicias de estas reuniones. Con la integridad de sus convicciones, se esforzaba en imprimirles un sello de catolicismo, lo que obtuvo, en parte, aunque no lo consiguiese por completo. Por ser la miseria del pueblo el tema palpitante de esas conversaciones, y siendo el problema social la preocupación principal de los que allí se congregaban, ¿en quién pensar sino en Jesucristo, primer Legislador de la fraternidad humana?, y ¿a quién acudir sino a la Iglesia, la gran defensora del derecho del débil, la gran propugnadora de la justicia en la tierra?

De esas reuniones salía Ozanam con el corazón ardiente de amor a Dios y la voluntad firme de servirlo. Salía de ellas cada vez más convencido de que si quería, si debía hacer algo de provecho durante su paso por la tierra, no podía perder tiempo. Era preciso comenzar.

4.— Sociedad «de Bonnes Etudes»

Por eso aceptó la participación que se le exigió, dando su nombre y sus actividades a la sociedad «de Bonnes Etudes», dirigida por un gran hombre, amante del bien, profesor de Filosofía, M. Bailly de Surgy. De esta sociedad puede decirse que tan sólo quedaban sus ruinas cuando Ozanam fue admitido en ella. Su idea, su proyecto, y el proyecto de M. Bailly, era transformarla en una conferencia de Historia para jóvenes, en la que se estudiasen todos los sistemas; abierta a todas las opiniones…, en la que dominase y dirimiese la religión católica. Realizando este plan, vería Ozanam convertido en realidad el ideal acariciado desde su salida del colegio.

Se inauguró esta conferencia el 1 de diciembre de 1832, ocupando la presidencia M. Bailly y una de las vicepresidencias Ozanam.

Ahí tenemos, en pocos rasgos, la vida que llevaba Federico Ozanam durante sus primeros años en París. Su tiempo, dedicado a la ciencia y al catolicismo. Su corazón, lleno de bellos ideales, que revelaban su pureza de intención. Cualidades que trajo de la casa paterna, ciertamente. Pero, si queremos ser justos, debemos convenir en que él supo conservarlas y fortificarlas en el ambiente poco propicio de Paris. Tenemos también que reconocer que, si más tarde logró sacar de esas cualidades fruto tan sazonado, fue en gran parte gracias al ejemplo cotidiano que le ofrecía aquel santo, en cuya casa se albergó. Y también gracias a la dirección de un humilde sacerdote, cuyo nombre no hemos pronunciado todavía. Analicemos estas dos figuras, empezando por la más ilustre de las dos.

5.— Santidad de Ampére

Andrés María Ampére no solamente fue para Ozanam un segundo padre, sino también el modelo de la más genuina piedad y de la más ardiente fe que tuvo continuamente ante los ojos. ¿Cómo no habrían de acrisolarse las virtudes de Ozanam ante aquel hombre que, cuando el mundo entero se inclinaba ante su ciencia, no titubeaba un momento en reconocer su nada ante la Omnipotencia divina? Aquel hombre que, mientras escribía su libro sobre las leyes generales del Universo, libro esperado por muchos con anhelo impaciente, interrumpía muchas veces el trabajo para desahogar su corazón en el corazón del joven estudiante cuyas cualidades habían sabido conquistar el aprecio y la confianza del gran sabio. Y aquellas confidencias eran a menudo arranques de entusiasmo, eran gritos de admiración que escapaban del pecho del científico, asombrado del poder del Creador sobre esas mismas leyes de cuyo estudio se ocupaba. ¡Cuántas veces lo vio Ozanam con la cabeza metida entre las manos —aquella cabeza tan cargada de honores y tan repleta de ciencia—, exclamar entusiasmado: «¡Qué grande es Dios, Ozanam!, ¡qué grande es Dios!»

Se le veía a menudo ir a adorar en su templo a ese Dios del Universo. Ozanam nos cuenta cómo, un día que se encontraba él solo, triste y abatido, entró en la iglesia De Saint Etienne du Mont, buscando un consuelo para su turbado corazón. La iglesia estaba casi desierta y silenciosa. Aquí y allá, algunas mujeres rezaban. Más lejos, en un rincón, se destacaba la silueta de un hombre de rodillas, absorto en su oración. Silueta que por algún motivo impresionó a Ozanam quien, interesado, se acercó y reconoció a Ampére, el sabio, postrado humildemente ante el Santísimo. Ozanam lo contempló, en silencio y, en silencio, se retiró. Pero en su corazón emocionado, sintió más vivo el calor de la fe y brilló más fuerte la llama del amor.

Cuando sobrevino la espantosa epidemia del cólera, Ozanam no quiso abandonar a Ampére, que estaba solo en París. Grande fue el número de víctimas. Muchos morían a poco de verse atacados por el terrible mal. A este respecto, nos cuenta Ozanam cómo Ampére, temeroso de que le sucediese lo mismo, tomaba sus precauciones y daba sus consejos, por si llegaba el momento. Precauciones que se reducían a recomendarle que, ante todo, le llamase al confesor y después al médico. Así respetaba las jerarquías este sabio, valorando más alto el alma que el cuerpo.

6.— Un director santo

Al lado de este nombre ilustre, hay que colocar otro mucho más modesto, pero que fue, sin embargo, el de un gran forjador de caracteres.

Este nombre debe figurar en primera línea, como guía de Federico Ozanam en esos cinco años de su vida de estudiante: el P. Marduel, humilde sacerdote de avanzada edad, que vivía en una modesta habitación, cerca de Notre Dame, donde supieron encontrarlo innumerables personas de las más diferentes condiciones, las cuales, agobiadas por el peso de la vida, acudían allí a buscar paz para su espíritu y luz para su inteligencia. En aquella puerta llamaban obispos y sacerdotes, personalidades de Francia y grandes señores, médicos, estudiantes y obreros, sin que ninguno saliera herido por sus desdenes, ni pudiera erguirse por sus preferencias. Allí toda diferencia era nula y toda jerarquía sin efecto. Allí el grande y el pequeño, el joven y el anciano, el sabio y el ignorante, gozaban de la misma indulgencia. Todos disfrutaban del mismo manjar. Manjar maravillosamente multiplicado y sabiamente distribuido. ¡Cada uno tenía su parte y cada uno la tenía entera! Es que aquel corazón, a fuerza de mirar a Dios, había copiado en sí mismo algo del mismo Dios. Un amigo fiel, que nunca dio una piedra a quien le pidió pan. Un amigo bondadoso que sabía suavizar todo sufrimiento y dolor.

¡Caridad ardiente que infundía seguridad, consuelo, fortaleza y aliento. Todo eso encontró Ozanam en el guía que la Providencia le deparara.

Como tierra fértil supo corresponder Ozanam a los carismas del Señor. Y así vemos a este joven de veinte años, solo en París, cosechando laureles que pregonan bien alto su ardor en el estudio y encontrando siempre tiempo cada día para dedicarlo con largueza a la meditación y a la oración, sin las cuales no podría soportar las luchas tan duras que en aquellos tiempos tenían que batir los católicos en Francia. Luchas que él no rehuiría, sino muy al contrario, ya que la integridad de su carácter le mostraba como un deber el defender la verdad y el no descansar hasta verla acatada por todos.

Desde su llegada a París, comprendió Ozanam que la tarea habría de ser dura. Pero su acrisolada virtud no se atemorizaba ante las dificultades. Eran más bien acicate que aumentaban sus bríos. Eran estímulo que lo incitaban al combate.

Ya hemos visto cómo se animaba su fe y cómo se fortificaba su voluntad en las reuniones de Montalembert. Ya hemos visto cómo se prestó gustoso a colaborar con M. Bailly, quien se empeñaba en atraer a los jóvenes estudiantes más aventajados de París, ofreciéndoles una sala de lectura y de conferencias, periódicos y libros, junto con los buenos consejos y la dirección de un padre.

Entre esos jóvenes empieza ya a distinguirse aquél a quien le tocó ser siempre el primero entre sus semejantes, por el gran atractivo que emanaba de su gran corazón y de su preclara inteligencia tan elocuentemente revelada por su fácil palabra. En efecto, sin que él mismo se diera cuenta de ello, y sin que en ello pusiese el menor interés, iba convirtiéndose poco a poco Ozanam en el compañero a quien se escucha, el modelo a quien se imita y el guía a quien se sigue.

Ozanam no tenía ni el prestigio de la belleza, ni ese aire de gran señor que tanta autoridad concede. Pálido, con la palidez característica de su región, el ardor de su juventud se traicionaba tan sólo por el fulgor de sus ojos, cuyas miradas eran de fuego, conservando el resto de su fisonomía una expresión de dulzura. Sobre su frente noble caía un mechón de su cabellera negra, larga y abundante, que le daba un aire un poco salvaje. Puede muy bien decirse que el atractivo que emanaba de su persona y el prestigio de que gozaba entre sus compañeros, eran tan sólo debido al perfume de sus virtudes, a las dotes de su espíritu y a la elocuencia de su palabra. Pero había algo más: se traslucía en todos sus actos la voluntad firme de consagrarse sin reservas a su fe, a su Patria, al servicio del bien, al futuro del Cristianismo. Sinceramente humilde, nunca se ponía en evidencia. Pero los demás sabían descubrir sus ideales y, al descubrirlos, nacía en ellos, junto con el respeto, el deseo de imitarlo. Así conquistó la adhesión de sus primeros amigos en París.

7.— Los amigos

Veamos lo que nos cuenta uno de ellos: «Asistíamos un día al curso de Arqueología oriental que daba, en el Colegio de Francia, el profesor Letronne, geógrafo, egiptólogo y cronologista, la antorcha más alta, por entonces, en esa materia. Dicho profesor se esforzaba en demoler lo que él llamaba desdeñosamente «la leyenda del Génesis». Ozanam, silencioso, pero impaciente, manifestaba su oposición por repetidos movimientos de cabeza que tenían un claro significado. Todo esto lo reparó otro estudiante que pensaba como él, el cual, al salir del curso, lo buscó afanoso para manifestarle su simpatía ante su actitud. Ese día no lo encontró. Pero pronto debían volverse a ver. Y no una vez, sino muchas. Y hasta la muerte.

El mismo Lallier —pues era él—, nos relata cómo entablaron amistad: «Al salir de la Escuela de Derecho, se formaba siempre un círculo de jóvenes, entre los cuales se distinguía uno, a quien todos escuchaban. Movido por la curiosidad de saber quién era ese gallo sin espuelas (palabras textuales), me acerqué y conocí a Ozanam. Desde entonces, recorrimos juntos muchas calles de París.»

Sabemos de otro que, entre los asistentes a las clases de Derecho, había reparado en Ozanam, sintiéndose atraído hacia él por su actitud atenta, por su aire inteligente y por sus maneras cultas. Un día se lo tropezó al salir de la iglesia de Saint Etienne du Mont y, asombrado, exclamó: «¿Cómo? ¡Ud. es católico! Yo lo creía tan alejado de todo eso». Ese joven era de Goy. Desde ese día fueron compañeros. Y así, fueron muchos los que se sumaron a aquella juventud repleta de ideales superiores, deseosa de hacer el bien. Unidos entre sí por los nexos del nacimiento, de la educación y de la profesión. Unidos, unidos entre sí, ante todo, por el nexo de las convicciones. Todos aspiraban al mismo fin. Ozanam pensaba que había sonado ya la hora de agruparse bajo una misma bandera, la bandera de los defensores de la religión ante la irreligión audaz y triunfante.

Urgía hacerlo. Violento era el ataque de los contrarios. El anticristianismo hacía de las suyas en la Prensa, en la escuela y en la tribuna, amparados por las doctrinas llamadas liberales. Era la impiedad que, disfrazada con el manto de la libertad, iba sembrando ruinas por todas partes. Y en la vanguardia se encontraba la Universidad, ejerciendo sus represalias contra la Iglesia para desquitarse de la moderación que tuvo que usar durante la Restauración. La Sorbona y el Colegio de Francia eran particularmente agresivos. Y contra esto se rebelaban Ozanam y sus amigos, jóvenes católicos cuyas mentes no estaban descarriadas. Y esos jóvenes salían de aquellos centros de ilustración con el corazón destrozado y el espíritu abatido. No olvidemos que éstos eran los menos entre los más. El desaliento reinaba en todas partes, hasta en el Consejo de la Iglesia de Francia.

Ahora bien, entre el silencio de unos y la mentira de los otros, ¿qué podría hacer este puñado de jóvenes, que tenían contra sí a los maestros de la ciencia y de la elocuencia, secundados por el favor de los poderosos y de las muchedumbres? ¿Dejar decir?… ¿Dejar pasar?… Aquellas jóvenes voluntades pletóricas de virilidad no podían consentir en eso. ¿Escribir en los periódicos?… Esos periódicos no serían leídos. Resolvieron ellos entonces usar para la lucha las mismas armas del contrario. Resolvieron oponer la palabra a la palabra. La palabra, frente a frente, sobre el mismo terreno, ante el mismo auditorio. Auditorio por el cual se harían escuchar, perdonar, aceptar, a fuerza de valor, a fuerza de razón y también a fuerza de respeto. Auditorio que terminarían por sumarlo a su causa, en nombre de la verdad y en nombre también de la libertad.

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