Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 18

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo XVIII: Vida de familia, de trabajo y de caridad

La paternidad.—Labor y felicidad.—La Germania.—El señor Gossin.­Los obreros.

1844-1846

A principios de 1844, Ozanam había tenido la dicha de que se unieran con él en París sus dos hermanos, el sacerdote y el estu­diante, que compartían con él su habitación de la calle de Fleu­rus. El 14 de enero, anunció a Lallier que había mandado llamar a su anciana criada, Guigui. «No podía resolverse, después de se­senta años de servicios —escribe– a dejar .a los hijos de sus amos. Así pues, como usted ve —añade— me traje hasta cierto punto los muros de la casa paterna para volverlos a levantar en París: todos los retratos de familia, algunos viejos muebles de mi abuela: ¡re­liquias que guardan tantos recuerdos! Así repoblamos nuestra exis­tencia antaño un poco solitaria; y nos sentimos más afianzados en nuestro hogar, que no carece de alegría». Un piano de la casa Pleyel contribuía al encanto de ese interior de artistas. Ozanam no era músico; pero tenía el sentimiento y el discernimiento de lo bello en cualquier género, y la señora Ozanam poseía el arte de poner su alma en la música y de llegar al alma de su marido.

Ozanam enumera algunos de los amigos que solía recibir por aquel entonces: los colaboradores en El Corresponsal, Wilson el director, el doctor Gouraud, el conde de Carné, el señor Champagny. Menciona a Foisset. Y a jóvenes escritores: Máximo de Montrond, el barón de Montreuil, Jourdain (Charles de Sainte-Foi), Amadeo Gabourg, el ilustre Cauchy. Ernest Lelièvre, estudiante, los vi­sitaba a veces.

Sobra decir que Ozanam frecuentaba poco la sociedad. Cuando estudiaba en París, Ampère hijo lo había presentado en el célebre salón de Madame Récamier. Asistió a unas cuantas reuniones y luego desapareció totalmente. Como ella se lo reprochara amable­mente, respondió, modesto y juicioso: «Soy demasiado joven, se­ñora, para una sociedad tan sabia y tan seria. Cuando tenga una carrera, dentro de unos seis o siete años, volveré con más frecuen­cia a saludarla, si usted me lo permite». Cuando volvió a París, profesor, ya casado, una de sus primeras visitas fue para la ilus­tre señora de l’Abbaye-aux-Bois «¡Ah! —exclamó ésta al verlo en­trar— ¡qué bien cumplió con su palabra! Hace exactamente sie­te años que me visitó usted por última vez». Ozanam había olvida­do la promesa, pero la había cumplido.

Feliz en su vida de familia, Ozanam aspiraba sin embargo a compartirla con todos los suyos. Por lo cual escribía: «Otros de­seos se agitan en nuestros corazones y sentimos que, pese a todos los cuidados que pone uno en ser feliz en la tierra, Dios se empeña en que sólo en la otra vida encontremos la dicha». Esos otros deseos de afectuosa reunión acababan de realizarse en abril de 1845, con la llegada del señor Soulacroix en el puesto que lo esta­blecía en París con su familia. Una nube negra oscurecía esa feli­cidad perfecta: el estado de invalidez agravada de su hijo Teófilo. Ozanam, como un verdadero hermano, se encargó de distraer el tedio y la inacción de sus largos días inmóviles. Lo inició, aun lo asoció a sus estudios germánicos. «Sabe perfectamente el alemán —escribía al señor León Boré, entonces en Munich—; y Dios, que lo ha privado de tantas cosas, le ha dado una bellísima inteligen­cia. Lo que más necesita es no sentirse inútil en este mundo; y le agradaría dar a conocer a Francia algunos buenos libros extranje­ros: algo así como La Juana de Arco de Guido Goerres, por ejem­plo. Para aumentar aún el favor ¡no podría usted mandarme una lista de algunos libros alemanes de una literatura agradable y sa­na, entre los cuales pudiera escoger uno para traducirlo?»

Ese joven era piadoso. Todo este ambiente familiar era cristia­no. Ozanam declaraba que encontraba en él, para él mismo, ejem­plos de fe y de confianza en Dios que se reprochaba de seguir tan mal. Estando en su casa, en Oullins, escribió antaño: «¡Por qué, a pesar de las gracias con que Dios me colma desde hace algún tiempo, me siento más que nunca lleno de turbación y flaqueza?…

Por qué la movilidad desoladora de mis ideas no me deja el refu­gio y el reposo que otros encuentran ante el crucifijo? ¡Y sin em­bargo, tengo en torno mío tantos ejemplos y tanto aliento! ¡He hecho una experiencia tan afortunada de la solicitud que vela so­bre nosotros! Sin la dulce serenidad que reina en mi hogar, me perdería en medio de las agitaciones exteriores».

A ese hogar, a esa familia, le fue concedida la alegría de las ale­grías. Un día, el 7 de agosto de 1845, Ozanam pudo escribir al se­ñor Foisset: «Después de tantos favores que fijaban mi vocación en este mundo y que ponían fin a la dispersión de mi familia, un nuevo favor ha venido a darme la mayor alegría que probable­mente pueda uno experimentar en este mundo: ¡soy padre!»

Ante esa cuna, le apareció la grandeza sobrenatural de la pa­ternidad, con sus gracias y sus obligaciones:» ¡Ah señor! —excla­ma— ¡Qué momento aquel en que oí el primer vagido de mi hijo! ¡En que vi a esa criaturita, pero criatura inmortal, que Dios ponía en mis manos! ¡Que me traía tantas dulzuras y también tantas obligaciones! … No puedo ver esa suave figura, llena de inocen­cia y pureza, sin encontrar en ella la huella sagrada del Creador, menos borrada que en nosotros. No puedo pensar en esta alma im­perecedera de la que tendré que dar cuentas sin sentirme más pe­netrado de mis deberes. ¿Cómo podría dar lecciones, si no las pon­go. en práctica? Acaso podría Dios valerse de un medio más ama­ble para instruirme, corregirme y dirigirme en el camino del cielo?

«La madre, casi desfallecida, tiene el consuelo de alimentar a su niña. Es un placer muy laborioso, pero muy vivo. Así no perde­mos las primeras sonrisas de nuestro angelito». Y el cristiano añade: «¡Con qué impaciencia vi venir la hora de su bautismo! Le hemos dado el nombre de María que era el de mi madre, pero ante todo en memoria de la celeste Patrona a quien atribuimos es­te feliz nacimiento. Empezaremos su educación al propio tiempo que ella volverá a empezar la nuestra; pues ya advierto que el cielo nos la envía para enseñarnos muchas cosas y para hacernos mejores».

Por razones de amistad, Lallier debía ser padrino de la niña. Desde que anunciaron’ este nacimiento, había ido a París. El cua­dro que vio entonces es el que Ozanam le trazaba después en una carta del 27 de agosto: «No conozco nada más dulce en la tierra que encontrar, al regresar a casa, a mi mujer amada, con mi querida niña entre sus brazos. Soy entonces la tercera figura del grupo; y de buena gana permanecería horas enteras en admiración, si, tarde o temprano, unos gritos no vinieran a recordarme que la po­bre naturaleza humana es muy frágil, que sobre esta cabecita es­tán suspendidos muchos peligros y que no nos son dadas todas’ las alegrías de la paternidad sino para endulzar sus obligaciones».

El agradecimiento al padrino es de una gracia celestial; no po­demos omitirlo: «Permítame usted agradecerle sus buenos deseos para nuestro angelito que le debe un poco sus alas, puesto que los ángeles de la tierra no tienen más que las de la fe y de la caridad que reciben con el sacramento del bautismo… Su nombre será uno de los primeros que aprenderán sus labios, cuando empiece a rezarle a Dios. Siento impaciencia de que llegue pronto ese tiem­po. Me parece que, tan luego como esta pobre criaturita, tan dul­ce e inocente, pueda murmurar una oración, no habrá nada que le pueda negar el cielo».

Unos días después de su nacimiento, Ozanam llevó a su -mujer y a su niña a pasar las vacaciones en Nogent-sur-Marne. Se consi­deraba feliz: «La estancia en el campo me deja ratos libres, des- conocidos para mí desde hace mucho. Estamos unos tres cuartos de hora más allá de Vincennes, en una colina que domina el río Marne. El jardín es grande, el aire muy puro, el tiempo admira­ble. Mi mujer está recuperando rápidamente sus fuerzas y mi ni­ña se desarrolla como una florecita. Es uno de esos momentos de dicha como hay tan pocos en esta vida, y que nos permiten sentir mejor la bondad de la Providencia de Dios».

Queriendo sin duda depositar su regalo de bienvenida en esa cuna, el decano de letras, el señor Le Clerc, eligió esos mismos días para proponer que condecoraran a Ozanam. Ozanam lo supo y, por un sentimiento de generosa delicadeza, fue a suplicar a su decano que aplazara un acto que, a raíz de su precoz titularización y de la elevación de su suegro a una alta función administrativa, parecía acumular sobre su cabeza los honores cívicos después de los favores universitarios. Esa delicadeza fue comprendida; pero el año siguiente, el 4 de mayo de 1846, Ozanam fue nombrado ca­ballero de la Legión de Honor.

Fueron, pues, años felices los que van de 1844 a 1846 y que transcurrieron en la vida de familia y en la vida de estudio. En esa vida hogareña, Ozanam ponía una bella y sencilla poesía que mezclaba a los actos más corrientes para embellecerlos. Por ejemplo, él, tan sobrio que ni siquiera se fijaba en lo que le servían, cuidaba de que los domingos y días de fiesta hubiese en la mesa algo extraordinario; y a menudo él mismo llevaba la sorpresa. Daba gran importancia a un ramo de flores y le gustaba tener siempre uno cerca de él en su escritorio. El 23 de cada mes, que era la fecha en que se había casado, nunca dejaba de ofrecer a su mujer alguna planta elegida por él, y veremos que conservó esa costumbre hasta en vísperas de su muerte. Dije que amaba las artes, y que no había veladas más felices para él que cuando la señora de Ozanam tocaba el piano e interpretaba a los grandes maestros que él comprendía y apreciaba como un poeta.

Tenía que comprar toda esa felicidad a costa de un gran tra­bajo intelectual que le añadíà un suplemento de goce. Las vaca­ciones pasadas en Nogent-sur-Marne fueron laboriosas. Casi todas las horas libres fueron consagradas a la redacción y documenta­ción de «su interminable volumen sobre los Germanos», como él mismo decía.

La reapertura de los cursos de 1846 no aligeró su fardo, ni mu­cho menos. Describía en la siguiente forma su peso abrumador, el 6 de enero, al docto y piadoso séñor León Boré, su corresponsal en Baviera: «Responder a diez cartas urgentes; que están en mi gaveta; recibir a los candidatos del doctorado, de la licencia, del. bachillerato; no despedir con las manos vacías a la gente de la imprenta que viene a apresurarme, y al mismo tiempo dar regu­larmente mi curso: las lecciones del lunes y del sábado son inexo­rables». Luego, el 26 de febrero, escribe a la misma persona: «Es­te año estoy doblemente abrumado de trabajo. Por una parte, doy un curso sobre los orígenes de la literatura inglesa, o mejor dicho sobre la historia de las letras entre los bretones, los irlandeses y los sajones, hasta la conquista normanda. Por la otra, dentro de un mes, verá usted dos artículos míos en El Corresponsal, sobre las leyes de los antiguos germanos, su idioma y . su poesía que habrán de completar el cuadro de la Germania antes de la conquista ro­mana…, etc. Así pues, mi vida es una verdadera batalla para con­quistar palmo a palmo un poco de tiempo dedicado a mis obliga­ciones, mis sociedades, mis obras, mis pobres, mis amigos».

En otro orden dé cosas, no había abandonado su colaboración en los Anales de la Propagación de la Fe. En el informe de mayo de 1845 (t. XVII, p. 161), declara, al principio, que «el interés que toma en esa obra aligera su pena y que su alma se siente mejor y más cerca de Dios». En otra parte, dice que el espectáculo de los mártires de Oceanía le recuerda los de los mártires más cé­lebres de Lyon en el siglo II. «Las mismas escenas se repiten ante nuestros ojos; el pretorio no está cerrado, las hachas están aún sangrientas; las cartas de los misioneros nos permiten asistir a los interrogatorios y a los suplicios de nuestros hermanos. Sentimos la fe despertar más ardiente en,nuestros corazones; y, orgullosos del triunfo de los nuestros, exclamamos también: ¡Somos cristianos!»

La Sociedad de San Vicente de Paul seguía siendo su preocu­pación más frecuente. Desde el 9 de mayo de 1844, el señor Bailly había presentado su renuncia a la presidencia mediante una carta conmovedora que en su calidad de vicepresidentes, los señores Oza­nam y Cordet comunicaron a los cofrades el 11 de junio. Termi­naba con las siguientes palabras: «¡Adiós, señores y queridos co­frades, adiós! Y que este adiós, que no es un acto de separación, nos una más que nunca en jesucristo. Para terminar repito lo que di­je a nuestros cofrades cuando la primera de todas las conferen­cias tuvo que dividirse en secciones debido al número de sus miem­bros: ¡ánimo, señores! Reunidos o separados, de cerca o de lejos, hemos de querernos; amemos Ÿ sirvamos a los pobres. Se comete mucho mal; hagamos ‘ mucho bien».

Cuando, después de ocho días de oraciones al Espíritu Santo y la oblación del santo sacrificio con esa intención, en tres sesiones celebradas el 15, el 18 y el 21 de mayo, el consejo general deliberó sobre la elección de un nuevo presidente, muchas miradas se diri­gieron espontáneamente al señor Ozanam. No había que pensar en ello. El verdadero servicio prestado entonces por él a la So­ciedad fue el de permitirle que atravesara con éxito la crisis deli­cada y penosa provocada por el retiro de su primer presidente. Él y Cornudet hicieron elegir al señor Gossin. Cuando después se le suplicó que aceptara o conservara la vicepresidencia se inclinó. Era todavía el trabajo, si bien más obscuro, de una constante dedi­cación a los intereses `de su querida y pequeña sociedad», como la llamaba. Vicepresidente, constantemente prorrogado en sus fun­ciones, Ozanam no había de abandonarlas sino con la vida.

La circular con que Ozanam presentó en las conferencias al señor Gossin, ex consejero en la Corte real de París, fundador y presidente de la Sociedad de San Francisco Regis, presidente de la Conferencia de San Sulpicio, decía brevemente, respecto a él: «Los pobres conocen su nombre, los católicos lo aman, todas las opiniones lo respetan. Su enérgica madurez —tenía a la sazón cin­cuenta años de edad— afronta todos los trabajos, y su noble cora­zón es capaz de todas las abnegaciones».

Si Lallier, antiguo ayudante del señor Bailly, ya no . estaba en funciones, en cambio, Ozanam no le escribe una carta en que la Sociedad no ocupe el lugar de honor. «Recuerda usted —le dice en agosto de 1845— cuánto lo reprendimos cuando nos trajo, en 1833, al pobre de La Noue, porque con él aumentaba el número de los miembros a nueve? Hoy en día somos aproximadamente nueve mil».

Desde enero de 1844, Lallier había reunido en una modesta ha­bitación, cerca de la puerta de Nuestra Señora, en Sens, la primera conferencia de’ San Vicente de Paul. «Su personal —dice— se componía de dos miembros; las sesiones, durante tres semanas, se emplearon en oraciones, lecturas piadosas y en pedir limosna, mientras se preguntaban dónde encontrarían a un tercer cofrade para formar con su concurso una de esas reuniones que Nuestro Señor ha prometido bendecir y en que se pudiera poner en prác­tica la regla: Tres faciunt capitulum. (Se requieren tres personas para formar un capítulo). Ese cofrade, el tercero en orden de fe­cha, vino por fin a dar a la naciente reunión su vida normal; y el 13 de febrero de 1844, la conferencia de Sens, provista de un presidente, de un secretario tesorero y de un miembro que consti­tuía la asamblea, escribió su primer informe. Cinco meses después, el 26 de julio, la conferencia_ presentaba a su arzobispo 18 miem­bros activos, 17 miembros honorarios, 16 familias pobres visitadas. Había de contar un día hasta cincuenta miembros».

La correspondencia de Ozanam se felicitaba de una dicha más alta: Pío IX acababa de ser nombrado Papa. «A propósito de San Vicente de Paul, sabrá usted que el consejo general escribió una carta a Nuestro Santo Padre Pío IX, para felicitarlo por su glorioso advenimiento, para ofrecerle un ejemplar del manual y pedirle que bendiga nuestras obras. Vuestro servidor la redactó en su más bello latín. Tengo el honor de ser el latinista del consejo, como soy a veces teólogo de la Facultad: espero que quedarán sa­tisfechas mis inclinaciones a la conciliación».

Se le veía también asistir, en aquel tiempo, a la reunión domi­nical de los obreros de la Sociedad de San Francisco Javier en la cripta de San Sulpicio. Era el orador. La palabra que les dirigía, palabra fraternal, palabra improvisada y familiar, no dejaba de ser sumamente seductora; pero su arte principal consistía en ponerse al nivel del obrero para ponerse también a su alcance: «Ami­gos míos —les decía un día—, cada cual tiene su oficio en la tierra. El mío consiste en compulsar viejos libros. Pues bien, en el polvo de las bibliotecas encuentro a veces buenas lecciones envueltas en bellas historias. Dejadme contaros las que encantaban las veladas de nuestros padres».

Entonces, con su gracia natural, refería y comentaba una de esas leyendas irlandesas cuyo escenario reconstruía, cuyos héroes y he­roísmo revivía y que terminaban todos donde todo debe terminar, en las sanciones eternas. «Somos nosotros —explicaba— los que for­jamos nuestro destino desde este mundo, pero sin conocerlo toda­vía, casi del mismo modo como los obreros de los Gobelinos tejen sus tapices. Siguiendo dócilmente el dibujo de un artista descono­cido, se esfuerzan en ajustar sobre el revés de la trama los hilos de diversos colores indicados por él, pero sin ver el resultado de su trabajo. Sólo después, cuando está terminada la obra, pueden ad­mirar esas flores, esos cuadros, esos personajes, esas maravillas de arte que salen de sus manos para ir a adornar las moradas de los reyes. Amigos míos, trabajemos así en la tierra, dóciles y sometidos a la voluntad de Dios sin ver lo que hace, valiéndose de nosotros. Mas El lo ve, lo sabe. El, el artista divino; y cuando, terminada nuestra tarea, nos muestre la obra de toda nuestra vida de labor y de penas, la contemplaremos extáticos y lo bendeciremos por dig­narse aceptar nuestras indignas obras para colocarlas en sus eternas moradas».

En fin, había también la Conferencia literaria del Círculo ca­tólico o mejor dicho del Instituto católico, como se había llamado, desde 1843, a la organización general de las conferencias, que abarcaría en lo sucesivo las ciencias y las artes, así como las letras y el derecho. Las impartían otros tantos grupos de sabios eminen­tes, formados en comités con el fin de hacei competencia a las lec­ciones anticristianas de la enseñanza oficial. El señor Cauchy la había, presentado en los términos siguientes: «Una juventud estu­diosa y cristiana ha deseado que la experiencia de quienes la habían precedido en la carrera pudiera servirle de auxilio. Esperaba que los maestros de la ciencia, hombres de talento comprobado y de conocido apego a la fe católica, no rehusarían ser sus guías. Esa esperanza no será frustrada. Todos los miembros de los dos comi­tés rivalizarán de celo en ese servicio. Todos pedirán, todos han pedido ya a Dios que se digne bendecir trabajos que sólo pueden redundar en su gloria»1.

La literatura estaba representada brillantemente por la lección semanaria de Ozanam. Era en su mano la palanca con que elevaba hacia las cosas grandes el alma de esos cristianos. Estos recuerdan una sesión en que, vibrante de emoción, Ie’s habló así: «Señores, to­dos los días, nuestros amigos, nuestros hermanos se dejan matar co­mo soldados en la tierra de Africa o como misioneros frente a los pa­lacios de los mandarines. Y nosotros entre tanto ¿qué hacemos? ¿Creéis acaso que Dios haya asignado como destino a unos el deber de morir al servicio de la civilización y de la Iglesia, a los otros la facultad de vivir con las manos en los bolsillos o de dormir sobre un lecho de rosas? ¡Ah! Señores, trabajadores de la ciencia, literatos, todos cristianos, mostremos que no somos lo bastante cobardes para creer en un destino que sería una acusación contra Dios que lo habría hecho, y una vergüenza para nosotros que lo aceptaríamos. Preparémonos para mostrar que también nosotros tenemos nues­tros campos de batalla en que a veces se sabe morir».

Ozanam enfermó. No era de sorprender. En agosto de 1846, fue presa de una fiebre perniciosa de la que él mismo confiesa el carácter alarmante: «Tal vez no me hubiera repuesto —escribió después— sin los excelentes cuidados de nuestro amigo común, el doctor Gouraud, y sin la ternura inteligente y valiente de Amelia que me sostuvo singularmente en esa prueba cruel».

«Es cierto —confiesa— que mucho tiempo viví abrumado por ocupaciones sin número a cuyo exceso algunos han atribuido mi enfermedad». ¿Cómo podía no estar de acuerdo con ellos? «En fin, Dios se ha servido dejarme vivir .para que tuviese tiempo de volverme mejor. Hoy,, como para prolongar la advertencia de la en­fermedad, la convalecencia que dura hace un mes me mantiene todavía en un estado de debilidad en que todo ejercicio activo, toda aplicación de espíritu es para mí imposible. Nunca’ he sentido mejor cuán poca cosa es el hombre, y no puedo decirle a qué pun­to me siento humillado al ver que, aunque como y duermo bien, una hora del trabajo más ligero basta para cansar mi cabeza y obligarme al reposo».

Para ese reposo absoluto, e imponiéndole una completa inacción con el fin de apartarlo de los libros y de los hombres, lo habían alejado y encerrado en los bosques de Meudon. Mas las fuerzas no volvían. Ensayaron una estancia de buen aire en las alturas, en Bellevue, cerca de París. Persistió el estado de postración, à tal punto que no podía siquiera bajar para visitar a sus queridos po­bres. Por vía de compensación, compró diariamente una provisión de pan que distribuía a cualquier pobre que llamaba a su puerta, pidiendo a cada uno que rezara mucho por él.

No podía pensar en reanudar su curso. Los médicos prescribie­ron un año de reposo. El reposo, para él, no podía ser la inacción en la inmovilidad. Resolvió emprender un viaje útil y agradable, que dejara al espíritu satisfecho a la par que fortificara el cuerpo. El señor de Salvandy, ministro de la Instrucción Pública, se lo facili­tó al encomendarle una misión de estudios e investigaciones his­tóricas en Italia. Su noble propósito no era tanto darle una oportu­nidad de estudiar como de recobrar la salud. Mas ¿lo entendería así Ozanam y se mostraría tan acomodaticio?

Lo cierto es que, cuando menos, ese medio año en Italia fue, en toda su vida, el que le dejó la huella más fuerte y a la vez más deliciosa. Emprendía ese viaje en condiciones y circunstancias excepcionalmente impresionantes. y felices. Salía de la enferme­dad y se sentía renacer. Lo acompañaban los dos seres a quie­nes más quería: su joven esposa y su niña. Se había formado un nombre, mostraba un título, realizaba una misión que iba a abrir- le todos los santuarios de la ciencia y de las artes. En fin, la hora en que emprendió su viaje era para Europa y en particular para Italia una de las más solemnes de aquel siglo. El peregrino de la historia iba a asistir a uno de esos giros de la vida de las na­ciones en que la aparición de nuevos y brillantes horizontes des­lumbra todas las miradas a la par que las llena de entusiasmo y esperanza; y el alma ardiente y generosa de Ozanam iba a en­tregarse todo él a su tarea.

  1. Esos dos comités eran el comité de Ciencias físicas y médicas, encabezado por Cauchy, y en torno suyo, los señores Binet, Beudant, los doctores Teissier, Cayol, Ré-carnier, Cruvelhier, etc. El comité de Derecho y de Letras, con el señor Pardessus, Bérard de Glajeux, Fontaine d’Orléans, Enrique de Riancey, Federico Lauras. Se les unió después un comité de las Artes, bajo la dirección del señor Raúl Rochette, secre­tario perpetuo de la Academia de Bellas Artes, etc.

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