Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 17

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo XVII: La Iglesia y la Universidad

La Libertad de Enseñanza.—»El Corresponsal».—Católico ante todo.—El Ti­tulariado.—Adioses al Colegio «Estanislao».—El Motín en la Sorbona.—El curso del señor Lenormant.

1843-1845

Los años de 1843 y los siguientes evocan el recuerdo de la rebe­lión de los católicos de Francia en favor de la reivindicación de la libertad de enseñanza, contra el monopolio universitario. Acabamos de ver a Ozanam espantarse «del recrudecimiento de las malas doc­trinas», y de los favores y las distinciones otorgados a los que, en la universidad, destilaban su veneno en su enseñanza oral o escrita. En París, cerca de él, en el Colegio de Francia, crecía la popularidad de las cátedras de los señores Quinet y Michelet, armados contra la Iglesia con el formidable poderío de pasión y de imaginación con que fascinaban a la juventud: fascinación de la mirada de la ser­piente y la irisación de sus colores, al refulgente sol de ese siglo.

El joven profesor no se limitaba a gemir. Escribe al señor Du­fieux, el 5 de junio de 1843: «Hago todos mis esfuerzos, que son sin duda demasiado débiles, para librar, junto con el señor Le­normant, el señor Coeur, profesor de elocuencia sagrada y algunos otros, una lucha vigorosa contra la enseñanza de los profesores del Colegio de Francia. Mientras el señor Quinet y el señor Miche­let atacaban al catolicismo bajo el nombre de jesuitismo, traté de defender, en tres lecciones consecutivas, al Papado, a los Religiosos a la Obediencia monástica1. Lo hice ante un auditorio muy nume­roso, compuesto de ese mismo público que la víspera se entusiasmaba y aplaudía otras cosas. Sin embargo, no hubo tumulto; y, en mis subsecuentes lecciones, no perderé la oportunidad, que encon­traré a menudo, de establecer la enseñanza, los beneficios, los pro­digios de la Iglesia».

Entregaba inmediatamente a la publicidad estas valientes lec­ciones. «Leed El, Corresponsal —escribe a sus dos hermanos—. En­contraréis el análisis de una dé mis clases sobre los monjes: es una respuesta a los ataques de los señores profesores del Colegio de Francia».

Por aquel mismo tiempo, el joven maestro comunicaba al señor Teófilo Foisset, principal inspirador del Corresponsal, su «intención de concursar para el Discurso sobre Voltaire», que la Academia francesa había propuesto para el concurso. «Toda la religión de Francia procede todavía de Voltaire —escribe—; y no conozco mayor enemigo de Voltaire que la historia».

Ozanam había entrado en particular amistad con el señor Fois-set, cuyo nombre aparéce aquí por primera vez, por el interme­diario de El Corresponsal. Con el señor de Montalembert y el se­ñor Wilson como director, Foisset acababa de reanudar en esta revista la obra defensiva interrumpida desde 1831. Ozanam que acababa de visitarlo en su finca de Bligny, Côte-d’Or, lo describe «rodeado de su piadosa y cariñosa familia, querido de todo el mundo, uniendo a sus laboriosas funciones de magistrado el cui­dado de múltiples buenas obras y el cultivo de las letras. Era en todas partes, en ese lugar; el modelo de la vida digna y de la pa­triarcal sencillez de los magistrados del siglo XVII». Allí, unidos por la fe y el corazón, esos dos cristianos habían rezado juntos, el uno por el otro, en la intimidad de la misma capilla doméstica, a donde los había llevado juntos un inolvidable paseo nocturno por el jardín iluminado con antorchas; pero lo que los atraía mutua­mente era una misma moderación de carácter que los mantenía igualmente alejados, de los excesos de los partidos y que daba a los ojos de. Ozanam un gran precio a los consejos y al ejemplo res­pecto de los cuales escribía: «Es usted un hombre de buen conse­jo a la par que un hombre de acción. Más que nunca quizá, la in­tervención de usted va a ser necesaria, al iniciarse una .campaña peligrosa para los intereses de los católicos».

Esa campaña, en efecto, acababa de empezar con estruendo, en octubre de 1843, en el manifiesto del señor de Montalembert sobre El deber de los católicos en la cuestión de la libertad de ense­ñanza.

Ahora bien, ese documento de arrebatadora vehemencia pro­nunciaba el nombre del profesor Ozanam como una excepción en la universidad. «Sí, en verdad, hay en el seno de la universidad, desde el Colegio de Francia y la Sorbona hasta los directores de las escuelas gratuitas, un pequeño húmero de corazones rectos y honrados, de hombres que tienen algo más que el talento, la fe y que, como el señor Lenormant y el señor Ozanam, protestan, por la franqueza de su cristianismo y la solidez de su ciencia contra los escándalos de la enseñanza de sus colegas. Mas ¿esos hombres forman acaso la mayoría en los establecimientos universitarios? ¿Es­tán de acuerdo con sus colegas? …» etc., etc.

Esa cita de su nombre, opuesto al de la generalidad de los pro­fesores, podía crear un peligro para el señor Ozanam; y el juicio­so Foisset se creyó obligado a comunicársela, antes de que se pu­blicara en El Corresponsal. La respuesta de Ozanam, el 21 de oc­tubre, tan firme y caballerosa como circunspecta y modesta, es la siguiente: «Señor y querido amigo, quiero desde ahora darle las gracias por la amable comunicación que me transmite. Sin em­bargo, no puedo disimularle que me deja perplejo. Me hubiera gustado no saber de antemano que mi nombre figura en ese fo­lleto del señor de Montalembert. Existe, sin duda, un honor pe­ligroso en ser citado como una excepción a una regla injuriosa; pero es un honor, y sería cobarde mandar borrar la cita. Oficial­mente, no puedo aceptar ni rehusar el elogio; y debo permane­cer ajeno a él». No intervino, pues; y se mantuvo el nombre. Otra carta dio las gracias: «Le agradezco que haya conservado mi nombre en el folleto». Se necesitaba valor para escribirlo.

Mas, al entregarse él mismo, Ozanam protesta contra la acu­sación de irreligión presentada en el folleto contrá la generalidad del profesorado universitario: «Si tiene usted plenos poderes pa­ra breves correcciones, pido una al respecto, no por mi propio in­terés, sino en aras de la verdad. La verdad es la siguiente: No es cierto que los católicos se encuentren en la universidad reduci- dos a un pequeño número de excepciones; constituyen —y el arzo­bispo de,Lyon acaba de declarar que son muchos— constituyen, como casi siempre en las funciones públicas, una considerable mi-noria… No es cierto tampoco que el señor Lenormant y el señor Ozanam protesten contra la enseñanza de sus colegas de la Sorbona, que no hay que confundir con los del Colegio de Francia». Oza­nam limita a dos, en las Facultades, el número de los heterodoxos agresivos. Cita contra ellos al señor Saint-Marc Girardin, «que combate por ideas verdaderas, morales, cristianas».

«Y además —dice— no protestamos luego porque no teníamos motivo para hacerlo. Profesamos altamente nuestra fe, refutamos los sistemas contrarios, esforzándonos por cumplir cristianamente con nuestro oficio de profesores, y por servir a Dios sirviendo a los buenos estudios; pero no tratamos de introducir en la Facultad de París una división que no existía, de establecer dos bandos, de li­brar batallas. Y creo que importa mucho al bien de la juventud que no se haga tal cosa. Importa que nuestros cqlegas no conside­ren nuestras lecciones como provocaciones que piden una respues­ta; y que, si varios son ajenos a la fe, no se les convierta en enemi­gos».

El Padre Lacordaire, en la reseña que le dedicó, juzgó exacta­mente la dolorosa posición de Ozanam en la Sorbona, y la noble- za y la sabiduría de su conducta en esa circunstancia. «En este conflicto entre la Iglesia y la universidad —escribe— Ozanam, por la posición que le venía de Dios, era de todos nosotros el que se hallaba en la situación más dolorosa. Ardiente católico, devoto amigo de las libertades sociales, en particular de las libertades de conciencia, no podía, sin embargo, ignorar que pertenecía al cuer­po que detentaba el monopolio de la enseñanza. ¿Sería preciso romper con ese cuerpo que lo había recibido tan joven y- lo ha­bía colmado de honores? ¿Sería preciso, permaneciendo en él, tomar una parte activa y necesariamente importante en la guerra que se le hacía? En el primer caso, Ozanam abdicaba su cátedra: ¿podía aconsejársele tal cesa? En el segundo, provocaba su desti­tución: ¿Era posible aconsejárselo también? Y sin embargo, el profesor cristiano, Ozanam, podía separarse de nosotros?

«Ozanam conservó su cátedra: era el puesto que le correspon­día cuando la verdad estaba amenazada. No atacó expresamente el cuerpo al cual pertenecía: era su deber de colega y de hombre agradecido; pero siguió completamente solidarizado con los que defendían de todo corazón la causa de la libertad de enseñanza.

«Ninguno de los lazos que lo unían con los jefes y los soldados sufrió menoscabo. Participaba y siguió participando en todas las asambleas, en todas las obras, en todas las inspiraciones de ese tiempo. Así pues, ningún movimiento de desconfianza o frialdad vino a disminuir el lugar elevado que ocupaba entre nosotros. Con­servó a la par el afecto de los católicos y la estimación del cuerpo de que era miembro; y, fuera de los dos bandos, la simpatía de esa muchedumbre móvil y vaga que es el público y que, tarde o temprano, da el fallo decisivo».

Cuando en la Cámara de los Pares, Montalembert acaba de de­fender brillantemente la causa de la enseñanza católica, Ozanam no es el último en aplaudirlo: «Quiero decirle mi alegría y mi frater­nal orgullo de cristiano. Reconocí el acento de San Gregorio VII, de San Anselmo, de San Bernardo, en esa voz que defendía las li­bertades de la Iglesia, las libertades más antiguas y sin embargo las más jóvenes e imperecederas».

Mas, por encima de esa gran voz laica, Ozanam pide que se es­cuche ante todo la voz de la Iglesia en la persona de sus jefes: «Es para mí una dicha ver que la controversia sale de la miserable po­lémica de los insultos y de las personalidades y que la elevan a su verdadera altura el señor de Montalembert ante todo, y, después de él, los señores de Carné, de Vatimesnil, el Padre de Ravignan, nuestros señores obispos y en particular las memorias de los arzo­bispos de Lyon y de París. He ahí los representantes legítimos de nuestros derechos, los que nunca corremos el riesgo de tener que desconocer».

Con ellos, pues, El Corresponsal deberá mantenerse, sin debili­dad, en la verdad plena y en el derecho íntegro. Es el deber de la ortodoxia no ablandarse: «No considero como un peligró-menor que la dureza la blandura que cedería algo de la seguridad del dogma en la discusión, o de los derechos de la Iglesia».

Un asunto de orden privado se negociaba entonces, sumamente importante para su felicidad, pues colmaba de dicha a su esposa. Lo refiere así al señor Foisset el domingo de Quasimodo de 1844: «En medio de mis trabajos habituales del colegio Estanislao y de la Fa­cultad de Letras, he tenido que seguir las tramitaciones de un asun­to cuyo resultado sería llevar a mi suegro al puesto de jefe de divi­sión en el ministerio de instrucción pública y de unirnos con la fa­milia de mi mujer. Hace tres meses que di los primeros pasos; y aunque la cosa ya esté resuelta, todavía no tenemos la firma». r. Quién la mantenía en suspenso? Era la época en que el partido católico combatía con ardor el proyecto de ley antiliberal del mi­nistro Villemain sobre la instrucción pública. «Juzgad -añade Oza­nam— si en medio de las circunstancias actuales es cómodo ir a hacer la corte y exponerse a conversaciones sobre puntos difíciles en que la conciencia no permite ceder un ápice». No hará, pues, su corte; no se expondrá a esas conversaciones. Su conciencia no ce­derá nada. No hay que olvidar que el joven cristiano que habla­ba y actuaba con esa soberbia independencia frente al poder y a la opinión, no era entonces más que un simple profesor suplente, es decir a la merced de la administración universitaria y revocable ad nutum. En fin, se obtuvo por otro conducto la firma. En abril del siguiente año, 1845, el señor Soulacroix fue a tomar posesión de su alto puesto y a vivir en París. Su división era la de la conta­bilidad. Le daba poca participación o ninguna en la dirección de ~la enseñanza o en la selección del personal docente.

Así las cosas, se produjo un acontecimiento que vino a cambiar del todo el porvenir de Ozanam. El mes de octubre de ese año de 1844, murió de improviso, a la edad de 72 años, el señor Fauriel, titular de esa cátedra de literatura en que Ozanam lo suplía bri­llantemente. Ozanam lamentó su muerte: «Tenía en él —escribe al señor Foisset— un patrón benévolo que me prestaba su ilustra­ción, cuya bondad me aseguraba una suplencia perpetua en la cátedra donde sus achaques no le permitían presentarse. El afecto que sentía por mí constituía mi seguridad. Esa muerte fue para mí como un rayo. Murió acaso demasiado pronto para su pobre alma que no tuvo tiempo de reconocerse ; demasiado pronto para la ciencia a la que no hubiera tardado en dar trabajos considera­bles que ahora se encontrarán perdidos2;demasiado pronto para mí que tenía necesidad de sus consejos y de su protección».

Considero como una obra maestra la reseña que Ozanam dedi­có al señor Fauriel, obra maestra y homenaje de ciencia elocuen­te, de respetuosa admiración y delicada gratitud. Mas, al mismo tiempo, el cristiano no quiere terminar esas bellas páginas sin fe­licitar al sabio por haber sabido inclinar su rica inteligencia ante el misterio de las causas, de la primera Causa. Termina con estas líneas: «Este gran espíritu, que sabía tantas cosas, sabía también resolverse a ignorar. Tenía por máxima que no conocemos el prin­cipio de nada. Sabía humillarse ante los misteriosos linderos que encontraba a la entrada, y a la salida de todas sus investigaciones. De ahí provenía la reserva y la modestia que mostraba en sus char­las en que encontraba uno a veces tanta luz y siempre tanta bon­dad. Un día, el que escribe estas líneas lo consultaba sobre un pun­to de historia que trataba de explicar por las leyes usuales de los asuntos humanos: `Voy quizás a sorprenderlo—le repuso el se­ñor Fauriel—; pero me parece que no le concede usted suficiente lugar a la Providencia’.»

«Y ahora é qué va a ser de mî?» se preguntaba en sus cartas el joven suplente de la víspera. Ozanam creía «que, después de cua­tro años de una enseñanza cuyo éxito superó todas sus esperanzas, y a la que lo había sacrificado todo, hasta un poco de su salud, no habiendo tenido más que relaciones benévolas con todo el mundo, no lo iban a eliminar para dar sin más su cátedra a otra persona». Sabía, además, que «la Facultad tenía la misma opinión y que la mayoría de sus miembros estaba dispuesta a presentarlo al minis­tro en primera línea, aplazando únicamente su nombramiento de titular hasta la época de la reapertura de clases».

Otra opinión fundada en la juventud de ese candidato de trein­ta años de edad, en su falta de título científico, en su reciente en­trada en la Universidad, proponía, para darle tiempo de hacer méritos, que se prolongara la vacancia durante el año siguiente conservándole esa misma enseñanza, pero únicamente con el tí­tulo transitorio de encargado de los cursos.

Mas lo transitorio, lo amovible era la espada de Damocles; y si no amenazaba a la simpática persona de Ozanam, no ocurría lo mismo con su filosofía cuyo éxito en la Sorbona ofuscaba e irri­taba sordamente a los volterianos del Siglo y del Constitucional, lo mismo que a los energúmenos del Colegio de Francia y de la Uni­versidad. Demasiado apoyo encontraba en el señor Villemain, a quien la oposición de los católicos a su proyecto de ley escolar exas­peraba hasta volverlo loco, cosa que ocurrió poco después. En esa ansiedad ¿qué pensaba Ozanam?

Una carta suya nos lo indica: «Nada sacrificaré ni de mis deberes de estado por imprudencia, ni de mis deberes de cristia- no por pusilanimidad». Y añade el cristiano: «Lo que pido a Dios es que El mismo tome la dirección de este delicado asunto. Des­pués de todo, quizás sea útil a mi salvación que yo no tenga éxito; y en tal caso, pido únicamente firmeza, resignación y paz de cora­zón. La resignación a todo, aun a lo precario, y a la incertidum­bre, puesto que Dios la ha puesto en todas las cosas, en la vida, en la muerte, en la salud, en la fortuna; y que ha querido hacernos vivir en la más terrible de todas las dudas: verbigracia, en la de saber si somos dignos de amor a sus ojos».

El señor Cousin, dividido entre su afecto a ese joven maestro y su partido político, imaginó el siguiente subterfugio, al parecer con buena intención: se ofrecía al señor Ampère, con carácter de titular, la cátedra de literatura extranjera; y el señor Ozanam, su íntimo amigo, seguiría siendo, como en el pasado, profesor suplente, lo cual facilitaría los viajes del primero. Afortunada y halaga­dora para el titular, la combinación distaba mucho de serlo para el suplente: seguía viviendo en lo precario y lo revocable. Juan jacobo Ampère no vaciló; se negó rotundamente. Hizo algo más. Aprovechó la oportunidad para apoyar la titularización de su ami­go con todo el peso de su sufragio científico y todo el ardor de su afecto.

La presentación del candidato por el Consejo académico fue unánime como lo había sido la de la Facultad. El Consejo dio su conformidad; pero el señor Villemain parecía dudar en pronunciar la palabra final. Por orden suya, el anuncio del curso se pu­blicó en blanco para darle tiempo de reflexionar. Fue preciso que el señor Le Clerc pusiera en este asunto un celo y una firmeza poco ordinarios para arrancar literalmente la firma del ministro. «En fin, es cosa hecha —escribe Ozanam el 23 de noviembre de 1844—. Terminó ayer, cuando presté juramento entre las manos del deca­no. Es hoy asunto oficial que anuncian a mis amigos todos los ór­ganos de la publicidad».

Esta noticia era al mismo tiempo un agradecimiento. Lo diri­gía a Ampère; ¡y en qué términos exquisitos! «Bien sabía por ex­periencia —escribe— que necesita uno a sus amigos en la adver­sidad; pero no sabía que también los necesitamos en la dicha.. . Es justo que goce usted un poco de lo que ha hecho, usted que, des­pués de Dios, es el autor de toda esta prosperidad. Usted que me ha acogido como un hermano en la casa de su santo y glorioso pa­dre; que me ha. puesto en el camino y me ha llevado por una serie de pruebas, gradualmente, hasta esta cátedra, que sólo ocupo porque el hombre que era verdaderamente digno de ella no quiso acep­tarla».

Ampère salía de viaje a Egipto. Y Ozanam quería que «en esa larga navegación del Nilo, el recuerdo de su buena acción estuviera en él como una de esas bendiciones infinitamente dulces que Dios difunde sobre las almas bellas».

A partir de ese momento y de estos acontecimientos que forma­ban un nuevo vínculo entre Ozanam y Ampère, su amistad más estrecha se convirtió en una verdadera fraternidad. Se dedicaban ambos a los mismos estudios. En tanto que Ozanam preparaba la Historia de la Civilización cristiana en los tiempos bárbaros, Am­père acababa de publicar, en 1840, la Historia Literaria de Fran­cia hasta el siglo XII: ¿no iban a chocar, o cuando menos a estor­barse, estando tan cerca? Pero no caminaban por los mismos sen­deros. Por lo cual decía Ampère sonriendo: «Le tomé a usted a los letrados y a los hombres de Estado; pero no se alarme: le de­jé a los misioneros y a los santos». No por eso dejaba de ser cierto que, en el estudio de las mismas épocas, tenían hábitos literarios parecidos; por lo cual decía uno de sus contemporáneos: «Cuan­do los leo, no estoy seguro de que la frase empezada por uno no haya sido terminada por el otro».

Se habían dado las gracias al amigo; se había bendecido al cie­lo: «Dios —escribía Ozanam a Lallier—, en su misericordiosa ca­ridad, quiso hacerme más fácil el cumplimiento de. mis deberes, porque sabe que soy débil; y sin duda también para prepararme, con un momento de dicha, a las pruebas del futuro».

A esta humildad corresponde sin embargo el justo orgullo cris­tiano, que se percata de que ese triple sufragio de la Facultad, del Consejo académico, del Consejo real no le costó ni sacrificio de ideas, ni compromiso de conciencia. «Sabréis con gusto que no se exigió de mi parte ningún avance, ninguna concesión, ninguna re­serva. Me aceptaron como soy, sin insinuarme, como hubieran po­dido, que fuera más prudente en mi enseñanza; sin siquiera exigir que escribiera, conforme al uso, una carta de candidatura, por te­mor de que pareciera que me ponían condiciones». Es que lo co­nocían bien. Y es que en tal forma se honraban a sí mismos.

Cuando, en esos mismos días, el colegio Estanislao se enteró de esa promoción, la primera impresión fue la siguiente, expresada por el señor Caro. «Pareció a cada uno de nosotros que este nom­bramiento era nuestro tanto como suyo, y que subíamos todos jun­to con él a esa vieja cátedra tan valientemente conquistada: sus triunfos eran nuestros. Mas cuando se supo que, según los regla­mentas universitarios, Ozanam, ahora profesor titular, tenía que renunciar a su enseñanza en el colegio, la aflicción fue grande. Los alumnos redactaron un oficio al señor Villemain, suplicándole que, por excepción, les dejara a su maestro preferido. Al mismo tiempo, el 10 de diciembre, se encargó a uno de ellos que informara al se­ñor Ozanam de esa extraña solicitud, expresándole su profundo pesar. Esa carta decía:

«Señor, no podríamos expresarle con qué dolorosa sorpresa ‘reci­bimos ayer la primera noticia de la desgracia que nos amenaza. Los que no están con usted sino desde hace algunos meses; los que des­pués de un año de sus clases habían esperado escucharlas mucho tiempo; los que, en fin, tienen que emprender otros estudios al sa­lii de la retórica, todos se han sentido igualmente afligidos y he re­cibido la triste misión de manifestarle este dolor universal.

«Sin embargo, quizás no se ha perdido toda esperanza, y nos atre­vemos a suplicarle que tome por su cuenta nuestra causa, para con­servarnos, si es posible, al maestro a quien tanto hemos amado. Si las ocupaciones de la enseñanza secundaria son más laboriosas que otras, crea bien, Señor, que en ninguna parte sus cuidados queda­rán pagados con una gratitud más viva y duradera.

«En todo caso, cualquiera que sea la decisión del señor Ministro, jamás olvidaremos los favores que desde hace dos años venimos re­cibiendo de usted, nosotros y nuestros condiscípulos. Sírvase reci­bir aquí nuestra gratitud más sincera; y disculpar la indiscreción de esta solicitud en consideración del afecto que le profesan todos los discípulos de Estanislao».

No consiguieron a su maestro. El señor Villemain tenía otras preocupaciones. Unos días después, Francia supo que su ministro de la Instrucción Pública se había vuelto loco. Los jesuítas lo obse­den y lo persiguen para perderlo. Los ve en todas partes, hasta en los adoquines de la calle: «1 Los jesuítas! ¡Los jesuitas!»

La guerra a los jesuítas estaba, pues, a la orden del día en el Consejo del gobierno, en el Parlamento y en el Colegio de Fran­cia: Villemain, Cousin, Thiers, Dupin, Isambert, lo mismo que Quinet y Michelet.,

Ahora bien, Ozanam escogió esos mismos días para que los es­tudiantes escucharan por iniciativa suya al Padre de Ravignan en una asamblea general de San Vicente de Paul: «Asistí a esa memo­rable reunión —escribe Léonce Curnier—. Tengo aún ante los ojos la actitud llena de dignidad del R. Padre de Ravignan; y la expresión inspirada, el seráfico resplandor de su rostro cuando, al fin de una arenga destinada a exhortarnos incansablemente al servi­cio de los pobres, exclamaba mostrándonos el cielo: `i Descansa­remos allá!’ No era la voz de un hombre la que oíamos: era la de un ángel. Jamás experimenté en el mismo grado el poder del ta­lento realzado por la santidad».

Y Ozanam escribe, después del retiro pascual predicado por el santo religioso: «A pesar de todo lo que se hace para extraviar a la juventud, la manera como acoge la palabra católica es una ma­ravilla».

Había motines contra esa misma palabra en la inmediata proxi­midad de Ozanam. En aquel mismo tiempo, la Sorbona fue teatro de desórdenes que tenemos que recordar, para mostrar la intrépi­da y serena figura de Ozanam erguirse en defensa de la verdad, para proteger la libertad.

Su popularidad era la mejor defensa de su cátedra. No es que no hubiese vislumbrado que rondaban en torno suyo veleidades de contradicción tímida y vergonzante. Un día, por ejemplo, pudo observarse que, en la cartelera exterior de la Facultad, después del nombre de Ozanam, las palabras: «Curso de Literatura ex­tranjera» se habían sustituido a mano por éstas: Curso de Teolo­gía. Le avisaron a Ozanam, cuando entraba en la sala. Sólo son­rió. Dio su clase hasta el final, sin decir palabra sobre esa imper­tinencia anónima. En el momento de bajar de su cátedra, sólo di­jo, desdeñosamente, pero con dignidad: «Señores, no tengo el ho­nor de ser teólogo; pero tengo la dicha de ser cristiano: la de creer, con la ambición de poner toda mi alma, todo mi corazón y todas mis fuerzas al servicio de la verdad». Aplausos venidos de todos los bancos acogieron esa clara y sencilla profesión de fe.

Refieren también que, en otra ocasión, se observaron y reconocie­ron, dispersas en la sala, figuras insólitas que cambiaban entre sí irónicas señales, que parecían concertarse y esperar ‘el momento propicio para un escándalo. Ese momento no llegó. «Estábamos allí —refiere Dufieux—. La sala estaba atestada, y la muchedum­bre se agolpaba hasta en los pasillos: se esperaba que ocurriera algo. Ozanam, con el ojo ardiente, pero sereno, entró en lo «vivo del tema: la Iglesia, sus instituciones, sus obras, sus Papas, sus monjes, sus santos. Yo asistí a esa clase y oía decir en torno mío que era imposible ser más elocuente. Jamás el maestro nos había arre­batado como ese día. La sala se desplomaba bajo los aplausos; y debo decirlo: los conjurados aplaudían más fuerte que los demás. Los había desarmado!»

Acabamos de oír a Montalembert, en su manifiesto a los cató­licos, señalar al lado de Ozanam, entre los raros profesores cris­tianos de la Sorbona, al señor Carlos Lenormant, suplente del se­ñor Guizot en la cátedra de historia. Hacía tres años que impar­tía con distinción y éxito una enseñanza que, tras el respeto por las cosas santas, dejaba traslucir cierto escepticismo respecto a ellas. Mas llegó un día en que la verdad del Evangelio se reveló a su espíritu, elevado por naturaleza; y la profesión pública de su fe se impuso inmediatamente a su conciencia de hombre honra­do. Los oyentes de la Sorbona pudieron leer entonces esta valiente carta suya: «Había llegado, en mi curso de historia, a los orí­genes de la religión cristiana. Hasta entonces, sólo había mirado los hechos del cristianismo con los ojos perezosos y distraídos del hombre de mundo. En lo sucesivo, tuve que remontarme a las fuentes y discutir las pruebas con la atención, la gravedad que me imponía un deber público. El efecto de este trabajo fue lento, pero seguro. A medida que avanzaba, en mi tarea, sentía debilitarse, borrarse las prevenciones irreligiosas que debía a mi educación y a mi época. De la frialdad, no tardé en pasar al respeto. El respe­to me llevó a la fe: era cristiano, y quise contribur a formar cris­tianos».

Precisamente contra ese proselitismo estalló la tormenta. Los mismos hombres cuyo celo se había estrellado contra la populari­dad de Ozanam, se desquitaron atacando a ese cristiano reciente a quien apodaron el Convertido de la Sorbona. Los tribunos del colegio de Francia, los señores Michelet y Quinet, lanzaron sola­padamente sus bandas de forajidos contra esa cátedra ahora de­dicada al servicio de la verdad; y los cursos del señor Lenormant, antaño muy escuchados, se convirtieron en escenario de tumulto impío y de salvajes violencias.

Estamos a fines de 1845. Ozanam anuncia a Lallier que ha reanudado sus cursos; pero al mismo tiempo le participa las in­quietudes que le inspira la estruendosa oposición hecha a su cole­ga. «Vi de cerca esos motines y puedo asegurarle que no se trata de una sublevación de las escuelas. Es un asunto organizado sin pasión, pero con un indigno cálculo, en las oficinas de algunos dia­rios revolucionarios. Como esa gente pone en ello toda la obstina­ción de un plan concertado; y el gobierno toda la debilidad que suele mostrar cuando se trata de proteger las creencias, hay mo­tivos para temer que se reanuden las violencias. Y, aunque no hu­biera más que unos sesenta escandalosos, si vuelven diez veces, lo­grarán que se cierren los cursos. Cuando menos no será sin enér­gicas protestas; pues la juventud cristiana se ha mostrado más firme que de costumbre en este asunto que tendrá cuando menos la utilidad de apretar las filas y foguear los corazones».

Al ver «una enseñanza tan honorable y tan benéfica amenaza­da por semejantes intrigas y traicionada por la blandura de los de­fensores del orden», Ozanam desahoga su pena: «¡Ah! Amigo mío ¡cuánto mal se comete en el mundo debido a la inconsecuen­cia y la timidez de la gente de bien! En cuanto a mí, haré todos mis esfuerzos para que no se separe mi causa de la del señor Le­normant. Mientras haya disturbios en sus clases, no dejaré de asis­tir a ellas; emplearé toda mi influencia con cierto número de jó­venes para reclutar oyentes. Los cursos se reanudarán el jueves 8 de enero».

El jueves 8 de enero, estaba allí Ozanam. En el preciso momen­to en que apareció el señor Lenormant, saludó su regreso una an­danada de gritos insensatos. Hizo el intento de hablar: le respon­dieron silbidos. Ozanam, no pudiendo contenerse, se levanta, se sube sobre su banco y, de pie, permanece algún tiempo callado, contemplando ese desenfrenado estrépito con una mirada de des­precio y compasión. Ante esa gallarda actitud, se alza de varios bancos una salva de aplausos. Reprimiendo con un ademán las aclamaciones que se dirigían a él, Ozanam recuerda a los agita­dores «esa libertad de la que tanto caso hacen para ellos mismos, suplicándoles que la respeten en la conciencia de los demás». Se hizo el silencio. El efecto de esas palabras fue permitir al profesor proseguir o mejor dicho empezar su lección, que pudo terminar casi sin interrupción.

Este armisticio podía ser el principio de la paz. Mas la autori­dad universitaria cedió ante la violencia. Y al día siguiente se su­po que el curso quedaba cerrado por orden del gobierno.

El señor Lenormant presentó su renuncia, para hacerse cargo de la dirección del Corresponsal, donde volveremos a encontrarlo.

  1. Véase Civilización cristiana en el siglo V, XIIa. Lección.
  2. Estos trabajos considerables, muy especialmente esperados por Ozanam, se pu­blicaron después de la muerte del autor: Historia de la Epopeya caballeresca en la Edad Media. Historia de la poesía provenzal, en tres volúmenes, 1846. Dante y los orígenes de la poesía y de la literatura italianas, dos vol. in-8, 1846.

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