Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 14

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo XIV: El matrimonio

Bélgica y las orillas del Rin.—El Matrimonio cristiano.—Preludios y noviaz­go.—¿Lyon o París?—Las bodas.—Viaje de bodas.—Sicilia y Roma.

1841

El deseo de Ozanam, a raíz de este último combate, habría sido regresar inmediatamente a Lyon para festejar su éxito con sus her­manos y sus amigos y sobre todo para poner el laurel a los pies de una persona con quien lo ligaba ya una grata amistad que se había convertido en una dulce esperanza.

Sin embargo, por otra parte, tenía que suplir sin tardanza la cátedra del señor Fauriel para un curso sobre literatura alemana en la Edad Media, empezando con los Nibelungos y el Libro de los Héroes.

Tal era el tema aconsejado por el señor Ampére y convenido con el señor Fauriel. Mas, para désarrollar como poeta y localizar como testigo esa dramática epopeya de allende el Rin ¿ no conve­nía que cuando menos hubiera visitado su escenario? Sus escrúpu­los de profesor novato lo decidieron a hacer una rápida excursión a las orillas del Rin. «Era, como dice, un caso de conciencia literaria»; pero ¿no era más bien, se pregunta él, una coquetería de amor propio que le permitirá decir a sus oyentes: Señores, todo esto lo he visto? «Del mismo modo que, cuando era niño, mojaba la pun­ta de los dedos para poder responder a mi madre, sin mentir: ¡Me lavé!» Salió de viaje, lleno de tristeza por no regresar direc­tamente a Lyon en uno de esos momentos en que «la necesidad de expansión rebosaba de su corazón».

«Hice pues el gran esfuerzo que exigía el deber y me precipité a París en coche, con dirección a Bruselas. Entonces la naturaleza superó mis fuerzas; durante más de veinticuatro horas, fui presa de un acceso de negra tristeza, al pensar en los vivos goces que sacrificaba».

El sexto día de su viaje, en una parada en Maguncia, aprove­chando los largos atardeceres de octubre, Ozanam empezó el re­lato epistolar de sus impresiones para Lallier. Son las de un pere­grino más aún que las de un jurista o de un literato.

Noto en primer lugar sus conceptos sobre Bélgica, ese «reino recién nacido, esa miniatura de nación, ese imperio liliputiense», del que sonríe primero, pero que lo sorprende después por su ac­tividad, cuyas instituciones y prosperidad admira y del que dice por fin: «Colocada entre Francia, Alemania e Inglaterra, la Bél­gica católica está allí como una lección y como un ejemplo; en esto es verdaderamente una potencia europea, una potencia moral».

En particular observo sus descripciones de Lovaina, «la Sor-bona de los Países Bajos»: según recordará el lector, el joven es­tudiante de París había saludado y aun defendido su nacimiento. «Puesta de nuevo en posesión de su antigua gloria por los obispos belgas, dotada de cuarenta cátedras, de una biblioteca de 130,000 volúmenes, de tres colegios, la Universidad de Lovaina me ha mos­trado cómo la Iglesia, cuando es dueña de sí misma, sabe poner el patriotismo al servicio de la fe. En ninguna parte he visto amar tan francamente tres cosas: la ortodoxia, la libertad y la ilustración».

Después de unas horas pasadas en Aquisgrán, Colonia retuvo más tiempo a Ozanam. Habiendo elogiado a sus celebridades an­tiguas, saluda a una más reciente en la heroica persona de Mon­señor Droste de Wishering, todavía prisionero de Prusia por aquel entonces. «Vi el trono archiepiscopal vacío, pero la Iglesia llena. Esa Iglesia viuda, con sus ojivas radiantes en medio de los escom­bros, se me antojó la Andrómaca antigua, sonriendo entre sus lágrimas».

En Santa Ursula, sólo dice de la maravillosa leyenda de las once mil vírgenes: «Cuéntelas quien sienta el valor de hacerlo. En cuan­to a mí, considero el hecho histórico de la virgen mártir. Me arrodillo al pie de su tumba. Y en cuanto al número de sus com­pañeras, sólo sé que encontró más vírgenes en el cielo de las que tenía a su alrededor en la tierra».

Esa apasionada visita a los monumentos sagrados exalta su ad­miración. Se complace en yecordar que esas maravillas de arte se deben a los germanos del siglo VIII al XI, que doscientos cincuen­ta años de cristianismo habían iniciado en los más delicados y sublimes misterios de la verdadera belleza.

Se adivina que el profesor de mañana concede amplio lugar al teatro de las epopeyas germánicas y francas. Visitó Xanten, patria de Sigfrido, Worms donde Crimilda crecía a la sombra de sus hermanos. Los Nibelungos, la epopeya carolingia y el ciclo del San­to Grial se encuentran frente a frente. Mitos más antiguos han poblado de elfos y de enanos la colina de Lourdes y las cavernas de Kedrick. Así se localizan en su espíritu recuerdos bárbaros que evo­cará en su cátedra.

El peregrino se complace luego en bajar a la Edad Media, po­blada de santos y leyendas inscritas en las ruinas de los burgos y de los monasterios: «En todo ese trecho, el río corre bajo un cielo católico. Los santos patrones de los navegantes, San Pedro, San Nicolás, la bienaventurada María tienen sus imágenes en estas ori­llas; la cruz remata las cúspides de los vecinos montes. . . Nuestro rápido recorrido apenas nos permitía saludar esas apariciones del pasado; sin embargo, les he prometido no olvidarlas. No hay rin­cón de mi ruta de Bruselas hasta aquí en que no se hayan prendido mis afectos; ni un solo adiós que no me haya costado trabajo». No fue más que una mirada, es cierto, pero quizá le prestará buen ser­vicio a su regreso; y se compara agradablemente al joven Calígula, que, habiendo avanzado hasta el Rin, recogió allí unos guijarros, y volvió para recibir los honores del triunfo en Roma que por eso le dio el apodo de Germánico.

«Volveré a Lyon por Estrasburgo —decía al final de su larga carta a Lallier— y, después de cinco semanas de negocios y de trabajo, volveré a París para instalarme allí y convertirme en ve­cino de usted». El principal asunto que iba a resolver en Lyon era definitivamente el de la elección de una vida desde hacía mucho suspendida a la voluntad de Dios. Esta se había hecho conocer por marcas interiores y exteriores que es preciso recordar en primer lugar.

Viviendo por entero de la vida intelectual y sostenido por la gracia de una abundante vida espiritual, Ozanam se había mucho tiempo prohibido a sí mismo pensar en el matrimonio. En 1835, el estudiante de veintidós años sólo se mofa de alguno de sus com­pañeros «que se prepara —dice— a encender las antorchas del himeneo con algunos billetes de cien mil francos. . . Para fortificar­me contra el contagio del ejemplo y templarme en el amor de la soledad y de la libertad, acabo de hacer, con mi hermano, una pe­regrinación a la Gran Cartuja».

«El alma muy pura de Ozanam —escribe el señor Caro— con­servó toda su vida una especie de sentimiento caballeroso y tierno por las mujeres. Sentía particular aversión por las conversaciones y los escritos demasiado libres que profanan la idea de ese sexo y envilecen el amor. Apenas podía sufrir aun la verdad histórica cuando daba testimonio de las flaquezas de alguna mujer ilustre. Recuerdo a menudo su encantador desconcierto a propósito de las discretas alusiones de Bossuet en la oración fúnebre de la duquesa de Orléans. Su casta imaginación no se atrevía a ir tan lejos como el pensamiento del sacerdote».

Sin embargo, el anuncio que le hizo uno de sus amigos de su próximo enlace no tardó en colocarlo a él mismo frente a la perspec­tiva de ese sagrado vínculo.

Así lo considera, en efecto, en la siguiente carta de tan alta ins­piración y de tan religiosa elevación: «En cuanto a mí, amigo mío, aunque mi edad sea la de las pasiones, apenas si éstas me han rozado. Mi corazón no ha sentido hasta ahora otros afectos que los de la sangre y la amistad. Sin embargo, me parece que experimento, desde algún tiempo, los síntomas precursores de otro orden de sentimientos, y tengo miedo. Siento en mí un gran vacío que no llenan ni la amistad ni el estudio; ignoro lo que podría colmarlo. ¿ Será Dios? ¿ Será una criatura? Si es una criatura, ruego que se presente tarde, cuando yo sea digno de ella. Ruego que traiga con­sigo lo que se requiere de encantos exteriores para no dejar lugar a ningún pesar; pero ruego sobre todo que traiga, en un alma exce­lente, una gran virtud; que valga mucho más que yo; que me atrai­ga hacia arriba; que sea generosa, porque a menudo soy pusilá­nime; que sea ferviente, porque soy tibio en las cosas de Dios; que sea compasiva, en fin, para que no tenga que sonrojarme delante de ella de mi inferioridad. Tales son mis deseos y mis ensueños; pero como os lo he dicho, nada me parece más impenetrable que mi propio porvenir».

Es el concepto justo del ideal del matrimonio, sereno, alto y hu­milde a la vez. Dos años más tarde, el 5 de octubre de 1837, el ideal de la vida religiosa que había surgido ante él había opacado por algún tiempo el de la vida conyugal. «No es que tenga que desconfiar de los arranques de mi corazón —escribe modestamente el 5 de octubre de 1837—; pero siento que existe también una vir­ginidad viril que no carece de honor y de encanto». El matrimonio lo aterroriza. La perpetuidad de un compromiso con una criatura humana, por perfecta que sea, le parece una abdicación. Cuando asiste a una boda, no puede reprimir las lágrimas. Y se necesita nada menos que el pensamiento de la Santísima Virgen y el de su santa madre para hacerle perdonar a las hijas de Eva la confisca­ción de nuestra libertad, que realizan al robarnos el corazón.

«Esto no significa —explica a Lallier, su amigo, que entonces era novio— que pretenda yo predicar un celibato eterno. Sólo su­plico que llegue tarde la mujer que Dios me destina para que ten­ga tiempo de hacerme digno de ella». Añade: «Quisiera que se esperara para la unión conyugal la época en que el espíritu se ha desarrollado, en que el carácter ha alcanzado su madurez y en que se ha creado cada cual a sí mismo algún derecho a los deleites de la familia por las labores de la soledad».

Y esas labores ¿ cuáles son? Aquí, respondiendo con vehemente candor al amigo que entonces se encontraba sin madre y sin hogar: «Dios y la ciencia, la caridad y el estudio ¿no bastan acaso para encantar vuestro dolor y ocupar vuestra juventud? ¿ La sociedad es acaso tan feliz, la religión tan honrada, la juventud cristiana tan numerosa y tan activa para que tenga usted derecho, con los ta­lentos y las dotes que Dios le ha otorgado, de retirarse ya, como un obrero cansado que ha sostenido el peso del día y del calor? ¿Desespera usted de la regeneración del país, de la transformación de las ideas? ¿O bien desespera de usted mismo, es decir de Dios, que lo ha creado, redimido, santificadd?»

Lallier se casó a fines de 1838. El austero Ozanam no se lo tomó en cuenta, lejos de eso. Sus felicitaciones de Año Nuevo fueron las siguientes, para los recién casados: «Me había usted dado, para Navidad, una cita a la que no he faltado. Recé a ese Dios miseri­cordioso que me visitaba en medio de las ruinas de mi propia fa­milia y le supliqué que visitara también el joven hogar en que se forma la suya, para estar con vosotros como estuvo con José y María, y bendecir la primera esperanza de su unión».

Cuando se haya realizado esa esperanza en una cuna, Ozanam le dará una sonrisa, en una página llena de gracia: «¡Dichoso el primogénito de un matrimonio precoz! ¡Dichoso el padre a quien fue concedido el inefable consuelo de ver renacer su juventud bajo los rasgos de la infancia, bajo la persona de un hijo!» Y da la bienvenida «al angelito cuya presencia santifica la casa, hace la virtud más amable, y la vida más ligera».

Más aún; llegó el día, y por cierto muy próximo, en que, inver­tidos los papeles, le tocó a Ozanam pedir a la experiencia de La­llier una consulta en regla sobre ese gran asunto del matrimonio. «Navidad de 1839: es grande mi perplejidad. Por todos lados me hablan de matrimonio. No conozco la materia lo bastante para tomar una resolución. Deme usted un consejo. Usted sabe cuáles son las cargas y los consuelos de este estado. Usted sabe cuál es el carácter y los antecedentes de quien viene a consultarlo. Dígale, por favor, su opinión con la misma franqueza que él tuvo antaño con usted».

Si de todos lados, en aquella época le hablaban de matrimo­nio, es porque de todos lados veían su aislamiento, del que se per­cibía por lo demás una queja en cada una de sus cartas. Se le veía y él mismo se describía solitario y aburrido en ese hogar do­méstico en que, al volver de litigar y de dar sus clases, el huérfano sensible no encontraba ya más que la humilde y prosaica compañía de la anciana Guigui, que recordaba sin cesar a los ausentes, pero sin sustituirlos. Ozanam escribe: «Ya empiezo a conocer esa enfer­medad que usted ha sufrido tanto, el tedio. Pida por mí al soberano guardián de las almas que me salve de los peligros del aislamiento, que me ilumine para conocer sus designios sobre mí y me conceda energía para realizarlos. Hágase su voluntad en la tierra como en el cielo, es decir con fe y con amor».

Pero la vida en el matrimonio ¿ es acaso incompatible con una vida de buenas obras? Esa prevención extraña que antaño objeta­ba a Lallier había desaparecido de su espíritu al observar jóvenes parejas lionesas cuyos jefes seguían siendo las columnas más firmes de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Así lo escribe a Pesson­neaux: «Las almas un poco generosas, introducidas en el matri­monio, no dejan por eso de asociarse entre sí para ese noble ser­vicio. Por ejemplo, vemos con beneplácito a Arthaud, Chaurand y otros perseverar en sus antiguos afectos. No están perdidos ni para los pobres, ni para la gran obra de la regeneración francesa».

Asimismo, había alegado a Lallier, para que aplazara el matri­monio, la obligación de merecer por los trabajos de una juventud estudiosa y solitaria la felicidad de una unión a la que tendrían títulos, si no derechos. Ahora bien, Ozanam era entonces un joven de veintiséis años de edad. Era dos veces doctor, brillante agregado de la facultad de París, en posesión de la cátedra de derecho co­mercial en Lyon y mañana sería suplente de una cátedra de lite­ratura en la Sorbona. Y al mismo tiempo trabajos, obras, las amis­tades más altas y un nombre aún superior a todos esos títulos. La joven que Dios le destinaba podía serle presentada por Su divina mano.

Ozanam no hizo avance alguno. En vano, según leemos en sus cartas de abril de 1840, sus parientes y amigos, para sustraerlo a la soledad, lo convidaban a sus íntimas reuniones familiares, «las únicas que le convienen», como dice él mismo. Declara «que tiene prisa de ver terminarse la temporada de fiestas, para abrir paso a las austeras costumbres de la cuaresma». No se niega, sin embargo, a participar en las alegrías nupciales de sus amigos. Llevó al ma­trimonio de Le Taillandier y al de Dufieux sus felicitaciones her­mosamente redactadas. Llevó al de Chaurand su presencia, su cor­dialidad, aun bonitos versos festivos, «los últimos versos de su di­funta inspiración poética, por lo que siente —dice— algo de esa debilidad que acompaña a la paternidad de los ancianos». Pero en toda reunión se mantiene sistemáticamente apartado de «las se­ñoritas», como las designaba en conjunto, desalentando así los pro­pósitos secretos, pero transparentes de sus madres. «Estoy libre —dice el 21 de junio de 1840—, libre con la más entera libertad, pero una libertad a veces incómoda, pues me expone a solicitudes y especulaciones matrimoniales, que me hacen los avances más comprometedores».

Sin embargo, la Providencia, que ama a los corazones puros y rectos y que toma en su mano soberana la dirección de su déstino, encaminaba a Ozanam, sin que él lo supiera, hacia el suyo.

El Padre Noirot jamás había variado en su opinión de que Oza­nam no había nacido para el estado religioso. Pero, no queriendo intervenir directamente en el íntimo refugio de ese carácter libre y digno, esperaba que él lo interrogara. Entonces su respuesta era invariablemente la siguiente: «¡Cásese, amigo mío, cásese!» Y hasta llevaba secretamente en la mente el nombre de alguna joven de buena familia que le parecía la más indicada para ser la esposa de su más querido discípulo. En cuanto a una entrevista, Federico no la habría aceptado. El sacerdote concertó un encuentro en apa­riencia fortuito. La Providencia hizo lo demás.

Ozanam tenía relaciones rutinarias con el rector de la acade­mia de Lyon, el señor Soulacroix, su jefe inmediato. Un día que fue de visita a su casa, acompañado por el padre Noirot, éste, al pasar por la sala presentó, como por casualidad, a la señora Sou­lacroix un joven profesor de derecho, el señor Federico Ozanam, con quien cambió unas cuantas palabras de cortesía. En la misma pieza, sentada frente a la ventana, una joven daba sus cuidados más cariñosos a un joven inválido que, según se adivinaba, era su hermano. Lo sostenía, lo alegraba, lo alentaba a tal punto ocupada únicamente de él, que no concedió la menor atención al visitante desconocido; pero él sí la había observado. Del cuarto vecino a donde lo introdujeron, seguía admirando, por la puerta entornada, el grupo fraternal de la joven graciosamente inclinada sobre su querido enfermo: «¡Qué linda hermana y qué hermano tan di­choso! ¡Cómo lo quiere!» No apartaba de ella la vista. Acababa de aparecérsele la viva y encantadora imagen de la caridad.

La joven a quien acababa de entrever gracias al Padre Noirot no le era completamente desconocida. Sabía, como lo sabía todo el mundo en Lyon, que el señor Soulacroix, su padre, había diri­gido él mismo su educación y que había adornado su espíritu con todos los conocimientos estéticos en que se le reconocía como un excelente maestro. La madre, mujer de un mérito superior, de trato afable y de sencilla distinción la había iniciado en los tra­bajos útiles y en las artes de aficionados que forman hogares serios y hacen la vida amable. La muchacha poseía, según decían, un talento musical poco común, con el cual agradaba mucho. Sobre todo, la enriquecían esos tesoros de abnegación y delicadeza que la piedad pone en el corazón de las mujeres cristianas para dicha de los esposos y salvación de los hijos.

La fugaz visión que había hecho envidiar a Ozanam la dicha de ser amado por una hermana tan dulce, se completó con visitas cada vez menos raras a su rector, por motivos de negocios que iban surgiendo oportunamente. ¿Recordaba a Dante y a Beatriz? Que ese ensueño poético pudiera transformarse en realidad, era cosa que ni siquiera se le ocurría.

Otro pensaba precisamente en ello. El padre Noirot, que vivía en gran intimidad con el señor Soulacroix, lo había sondeado al respecto; y no había encontrado al padre de familia renuente a la perspectiva de un matrimonio entre su hija y el joven profesor a quien estimaba tanto.

Esa estimación y esa amistad se habían manifestado por toda clase de atenciones administrativas, con el fin de que ese joven doctor, orgullo y esperanza de la Academia de Lyon, mejorara su situación, ya que había conseguido que se aumentara su sueldo de 3,000 a 4,000 francos. No era sino un principio.

El asunto de la sucesión a la cátedra de literatura extranjera de Quinet se trató en la misma época, bajo los mismos auspicios y con iguales propósitos. «No por eso es menos cierto —nos dice el Padre Ozanam— que cuando el Padre Noirot vino a comuni­car a mi hermano la anuencia de su rector a un proyecto de matrimonio, Federico no podía creer en tal ventura, a tal punto se consideraba inferior a su elección: estaba como aturdido de dicha».

En esos días lo llamó de improviso el señor Cousin para que participara en el concurso de agregación. Ozanam tuvo que dedi­car todo su tiempo a la preparación inmediata de un examen cu­yas consecuencias estaban naturalmente ligadas a las de ese nue­vo proyecto, más grave, aunque menos urgente. Se resolvió que la celebración del matrimonio se aplazaría hasta conocer el resul­tado del combate cuyo galardón constituiría.

En efecto, un mes después que el brillante agregado, de regre­so de su viaje a las orillas del Rhin, se trasladó a Lyon, una carta dirigida a Lallier el 6 de diciembre, le participa el compromiso y su alegría: «Querido amigo, este asunto tan cruel de mi vocación, tanto tiempo incierto, se resolvió de repente. En tanto que la Pro­videncia me lleva al resbaloso terreno de la capital, parece poner a mi lado un angel de la guardia para consolar mi soledad. Salgo por seis meses dejando pactada una alianza que habrá de cele­brarse a mi regreso a esta ciudad».

El hermano mayor ha referido en sus pormenores la presenta­ción que él mismo hizo oficialmente de Federico a sus suegros. Lo recibieron como un hijo esperado y querido. «Después de una con­versación de mutuas felicitaciones, íbamos a. retirarnos cuando el señor Soulacroix, rebosante de júbilo, tomó las manos de los dos futuros esposos, las enlazó una con otra entre las suyas, como pa­ra anudar en tal forma ese lazo que la Iglesia había de consagrar después». El señor Soulacroix, gran hombre de bien, era un cris­tiano convencido y declarado; no temía, en un tiempo aciago y en un puesto difícil, cubrir con su alta protección las escuelas cris­tianas. –

Sin embargo, la cuestión de la residencia se planteó para la futura pareja, cuestión angustiosa, urgente, entre Lyon y París. La solución fue magnánima, y el honor corresponde a la valiente novia.

El nuevo ministro de la instrucción pública, el señor Villemain, que había sucedido a Cousin, era amigo íntimo del rector de Lyon. Al enterarse de los proyectos de matrimonio de Ozanam con la hi­ja de Soulacroix, cumpliendo además con la promesa de su antece­sor, creyó realizar los deseos de todos al ofrecerle la cátedra de lite­ratura extranjera, vacante a la sazón por la promoción de Quinet al Colegio de Francia. Era, con la cátedra de derecho comercial, un ingreso de cerca de quince mil francos, y además la inamovilidad. Sobre todo, en Lyon, tenían a su favor la familia de ambos esposos, los amigos, la consideración adquirida, la seguridad hasta el fin de la carrera. En cambio, París sólo les ofrecía un puesto de profe­sor suplente, con un sueldo modesto, una posición precaria, una vida a base de estrecheces, acaso la penuria. Por otra parte, París representaba el teatro de la gran acción católica, el campo de ba­talla de la defensa religiosa, la obra de la verdad por realizar, la obra de caridad que era preciso proseguir, la obra de la restaura­ción del reino de Dios en la filosofía, en la historia, en las letras, en la sociedad; obra inaugurada con ocho años de su joven exis­tencia, obra a la que lo llamaban Dios y sus amigos…

Ozanam rezó mucho en esos días. Escribe: «Habrá que hacer dolorosos sacrificios; hay separaciones crueles; hay dificultades de negocios y de intereses: es más que suficiente para espantar a un espíritu de mediocre energía. Sería afortunado que esa conciencia de mi debilidad me obligara a alzar la vista hacia Aquel que da la fuerza. Hasta ahora, le he pedido que me ilumine para conocer su voluntad. Hoy, le pido que me dé valor para realizarla».

Fue a consultar a su futuro suegro, que naturalmente abogaba por que permaneciera en Lyon. Abandonar Lyon para ir a París era dejar lo seguro para ir en busca de lo dudoso, cambiar la di­cha y la paz por la pena y la inseguridad. ¿ Qué padre de familia hubiera querido dar su aprobación a tan terrible aventura?

Ozanam defendió la causa de París con argumentos especiales que generalmente suelen entender los suegros: la promoción más rápida de su carrera, las altas influencias favorables y seguras: el señor Ampére lo garantizaba. Además, recursos únicos en el mun­do para sus estudios; un auditorio de juventud que en nincruna otra parte podía encontrarse; en fin, un porvenir en que, Dios mediante, el trabajo le permitiría encontrar la independencia en el honor. El señor Soulacroix se dejó convencer. Ese buen pa­dre comprendió que el heroísmo tiene también sus derechos en es­te mundo. Además, sentía una confianza ilimitada en el talento y la energía del joven sabio; pero ¿ era acaso su papel enviar a su hija al sacrificio?

Ozanam recurrió directamente a la joven. Fue una hora paté­tica. Concienzudamente le expuso la situación tal como era. Cla­ro que podían permanecer, él y ella, en Lyon, en el seno de su fa­milia, de su holgura, de su felicidad, de su tranquilidad. Todo se los aconsejaba como la decisión más cuerda, y era su derecho. Mas para él, era renunciar a lo que consideraba más bello en su tarea providencial, la razón de ser de sus trabajos y de su exis­tencia. Era abdicar la noble misión que soñaba realizar con ella, sostenido por ella, en una condición modesta al principio y en una vida de olvido de sí mismo y de sacrificios, pero compartida con ella. ¿ Era pedir demasiado? ¿Tendría bastante confianza en sí misma y en él, con el favor de Dios, para aceptar esos primeros principios, sufrir un poco, tener paciencia y esperar?

A esa pregunta, la novia respondió poniendo su mano en la de Federico y diciendo: «¡Tengo confianza en usted!»

La pluma que refiere esta escena la describió, según parece, ba­jo el dictado de la propia señora de Ozanam.

Así terminaron esas vacaciones amenizadas con visitas, conver­saciones y una serie de fiestas musicales ofrecidas por la señora de Soulacroix a una élite de la sociedad y en que su hija era la reina. Ozanam estaba encantado.

Había llegado diciembre; la apertui-a de los cursos de la Sor-bona exigía que el joven suplente regresara a París. No tenía tiem­po de preparar y celebrar su boda. Era preciso posponerla hasta el fin del año académico, es decir esperar unos siete u ocho meses.

Fue preciso separarse. París, para el novio, se convertía en lu­gar de destierro. Es el nombre que le da en una carta del 6 de diciembre, dirigida a Lallier a quien llama «el mejor amigo del mundo»: «Después de seis semanas llenas de grandes aconteci­mientos, tengo que regresar a París para empezar mi carrera en el peligroso escenario de la Sorbona. Me encomiendo a sus ora­ciones. Dios me conserve, durante este destierro de seis meses, a la joven que El mismo parece haberme elegido y cuya sonrisa es el primer rayo de felicidad que ilumina mi vida desde la muerte de mi pobre padre. ¡Estoy muy enamorado! No lo oculto, aunque a veces me dan ganas de reírme de mí mismo. Creía que tenía más temple en el corazón».

Ozanam no volvió a Lyon sino durante las vacaciones de Pas­cuas, por un período de quince días que fueron el preludio a la vez triste y dulce de la felicidad que le esperaba en las vacaciones de verano. Desde el mes de diciembre, una correspondencia inin­terrumpida acercaba a esos dos seres todavía separados por el tiem­po y la distancia. Esa correspondencia íntima, de un interés y de una importancia por lo demás desiguales, sigue siendo hasta la fecha, juiciosamente, propiedad inédita y reservada de, la familia. Si ésta nos hubiera permitido tomar algunas líneas de esas treinta cartas que tuvimos en nuestras manos, hubiéramos escogido aque­llas en que Ozanam agradece a su novia que lo haya sostenido con sus oraciones y sus méritos en los días en que, dos veces por sema­na, el profesor afrontaba el fuego de la batalla; también aquellas en que le pedía que se asociara, cuando menos de corazón, a sus obras de caridad, como los mejores beneficios y adquisiciones de su próxima comunidad; sobre todo aquellas en que se imponía co­mo un deber de conciencia mostrarse tal como era, con más defec­tos que cualidades, a la que no debía unirse con él sino con pleno conocimiento de causa:

«Señorita, ahora no puede usted forjarse ilusiones sobre mi per­sona. Me ha visto, me conoce; y tal como me conoce, me ha acep­tado. No desespera usted de que algún día sea mejor. Ha creído en mí, debido a las estimables amistades que me rodeaban; en consideración a la memoria dejada por mis padres; debido tam­bién a la herencia de creencias y costumbres que ellos me transmi­tieron y que gracias a la Providencia he conservado. Pues bien, su fe sostendrá la mía. Empezaré a creer que yo también puedo ser bueno, puesto que me quiere otra persona, fuera de mí mismo. Y cuando tenga dudas respecto a mi carrera, turbación en mi con­ciencia, temores por mi porvenir, cobraré confianza pensando en us­ted. Reflexionaré que si Dios, en su justicia, pOdía dejarme abando­nado a mi ceguera y a mi ruina, no podía permitir en su bondad de padre, que una joven llena de inocencia y de pureza, de recti­tud y cariño, se engañara en su confianza y se extraviara al caer en mis manos».

El 23 de junio de 1841, el señor Antonio Federico Ozanam, de veintiocho años de edad, se casó con la señorita María Josefina Amelia Soulacroix, que tenía veintiuno.

Todo lo dice, ocho días después, en esta carta fechada en el castillo de Vernay, el 28 de junio de 1841: «El miércoles pasado, a las diez de la mañana, en la iglesia de San Nizier, su amigo es­taba de rodillas ante el altar en que celebraba la misa su herma­no mayor, y en que su hermano menor respondía a las oraciones litúrgicas. A su lado, habría usted visto a una joven blanca y vela­da, piadosa como un ángel y ya, como me permite decírselo, afec­tuosa con usted como una amiga. Más dichosa que yo, la rodea­ban sus padres. Y sin embargo, toda la familia que el cielo me ha dejado se había dado cita en la Iglesia; mis antiguos compañeros, mis hermanos de San Vicente de Paúl llenaban el coro y poblaban la nave. En cuanto a mí, estaba embelesado. Apenas lograba re­primir gruesas, pero deliciosas lágrimas; y sentía bajar sobre mí la bendición divina con las palabras consagradas».

Escribe a Lallier y a Pessonneaux, a quienes hubiese querido presentar a su encantadora esposa: «Todo el mundo la quiere… Me abandono a mi felicidad, Ya no cuento los momentos y las ho­ras. El correr del tiempo ya no existe para mí. ¿ Qué me importa el porvenir? La dicha está en el presente, es la eternidad. Com­prendo el cielo. Ayúdeme a ser bueno y agradecido».

Dirigió una carta parecida unos días después, el 29, al señor Ampére. . . «Me siento iluminado con una dicha interior. Pensé en usted en medio de los amigos presentes al pie del altar… Y a cada instante pronuncio su nombre, junto con el de su venerado padre, en mis conversaciones con mi nueva familia. . . En verdad, casi siento que estoy a mano con usted cuando oigo vuestro elogio en esos labios tan queridos de los que una sola palabra me es­tremece».

Después de semejante acontecimiento, tenemos que mencionar una estancia de un mes de los dos esposos en las / aguas termales de Allevard, para el tratamiento de una laringitis de la que el profesor quedó aliviado aunque no curado. Mas el verdadero via­je de bodas fue el de Nápoles y Sicilia, terminado y coronado por diez días en Roma. «Desde el primero hasta el último fue como un sueño encantado», refieren las cartas de Ozanam.

Según parece, se habían preguntado poco antes de salir de via­je si no iban a disminuir notablemente la reserva destinada a los gastos de su instalación en París. Ozanam había insistido: ¿qué podía ofrecer a su joven esposa que fuese más amable y durade­ro que el recuerdo de esas orillas de las dos Sicilias, vistas con sus ojos de artista y explicado con sus labios de esposo, de historia­dor, de cristiano y de poeta?

El cuadro que traza en las cartas dirigidas a sus dos hermanos, a sus suegros y a Lallier es bello. Las dos antigüedades pagana y cristiana se afrontan allí entre incomparables paisajes y escenas familiares en que la esposa hace siempre el mejor papel.

La peregrinación terminó, pues, en Roma. El 5 de noviembre, Ozanam saludó la cúpula de San Pedro de la que dice: «La cú­pula de San Pedro es la diadema del papado suspendida entre la tierra y el cielo. Desde los mares que bañan la costa de Italia, se divisá de paso ese domo colosal. Otras veces, desde las colinas vecinas, se ve el sol ponerse dtras de él: emblema admirable de esa institución que vemos perdurar erguida e inmutable, en tan­to que nosotros pasamos sobre las olas del tiempo, y que seguirá irguiéndose hasta el ocaso del último sol de la humanidad».

El Papa Gregorio XVI lo recibió como un padre y los hizo sentar a ambos cerca de él: «Sentaos allí: sois mis hijos, deje­mos un momento la etiqueta y charlemos un poco». Hablaron mucho de Dante: «Jamás olvidaremos la hora solemne en que el Sumo Pontífice, después de habernos invitado „a sentarnos y charlado largamente con Amelia y conmigo, extendió sus manos veneradas y bendijo, junto con nosotros, a nuestra familia ausente».

Ozanam encontró en Roma a algunos de sus amigos, al Padre Gerbet, que había ido a estudiar la Roma cristiana, para escribir su obra del mismo título, a Cazales que iba a recibir las órdenes. Hizo grandes y sabias relaciones eclesiásticas y laicas. Recuerda la patriarcal acogida del cardenal Pacca. Habló de orientalismo con el cardenal Mezzofante «de quien los antiguos —dice— habrían hecho un dios, y de quien Dios hará sin duda un santo».

Y termina así: «Sobre todo, no impunemente se arrodilla uno ante las tumbas de los Santos Apóstoles, ni reza una pareja de recién casados ante la sencilla losa que cubre los restos de San Pedro. No en vano, al bajar a las catacumbas, se hunde uno, por decirlo así, en las propias entrañas de la Roma cristiana. Siento una nueva vida circular en mi pensamiento; y mis ideas, un tanto agotadas por un brote prematuro reanimarse, extenderse y rever­decer».

Después de una breve estancia en Florencia, el 28 de noviembre, los viajeros tocaron «Marsella y se detuvieron un día en Nimes donde el señor Curnier les ofreció una fiesta que él mismo ha con­tado. El poeta Reboul llevó su presencia y sus versos. Lyon sólo detuvo a los esposos el tiempo necesario para los últimos prepara­tivos y los adioses. En diciembre, estaban en París.

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