Federico Ozanam (por Mons. Baunard): Capítulo 09

Francisco Javier Fernández ChentoFederico OzanamLeave a Comment

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Autor: Monseñor Baunard · Traductor: Salvador Echavarría. · Año publicación original: 1911 (Francia), 1963 (México).
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Capítulo IX: Lyon y París. Doctorado en Derecho

«Dos cancilleres de Inglaterra».—La organización de las conferencias.—El doc­torado en Derecho.—Perplejidad.—Adioses a París.—Muerte del señor Am­pére.

1835-1836

El período que va de los primeros meses de las vacaciones de 1835 a las de 1836, al que llegamos ahora, comprende el último año de los estudios jurídicos de Ozanam, coronados por el doctorado en derecho. Ese año se divide entre Lyon y París; Lyon donde sus va­caciones en familia vieron nacer un gran trabajo: Dos cancille­res de Inglaterra; París en que su celo se dedica, junto con Lallier, a formular los estatutos de la Sociedad de San Vicente de Paúl. Luego, al llegar el verano, asistimos a los adioses del joven doctor en París, y de allí a su salida para Lyon donde iniciará una carre­ra que teme, durante un tiempo que todavía no puede medir.

En la actualidad, a mediados de agosto de 1835, acabamos de ver a Ozanam a punto de ir a Lyon para reunirse con su madre que lo espera para curarse. Este viaje, que se hacía entonces en dos días y una noche, se señaló por un incidente y se realizó en una compañía que proporcionó a su carácter una oportunidad de afir­marse viril y cristianamente.

En la misma diligencia que él, habían subido un alemán, su mu­jer y sus hijos, con destino a Macon, y por lo tanto destinados fa­talmente a ser sus compañeros de viaje casi hasta el final. En cier­ta parada, habiéndose asomado una hermosa joven al umbral’ de una casa, el alemán, interpelando al joven sentado frente a él, lo provocó diciendo groserías chapurreadas en mal francés. En tres palabras enérgicas, Federico, creyéndose insultado, le impuso si­lencio. Al llegar la noche el hombre volvió a tratar el mismo tema, esta vez en alemán, mofándose impunemente con su gente de la casta necedad del joven francés. Ozanam parecía dormitar en su rincón; pero lo había comprendido todo. Preparó su réplica y es­peró que amaneciera; cuando clareó, mirando al hombre de hito en hito, le disparó dos o tres frases escogidas que significaban en buen alemán que en Francia un hombre que se respeta no dice semejantes cosas en diligencia y que un padre de familia debería avergonzarse de hablar así delante de su mujer y de sus hijos.

Estupefacción, confusión del padre; luego miramientos, demos­traciones de estimación. No fue todo. En Mácon, donde todo el mundo se apeaba, el alemán suplicó al estudiante que aceptara un refresco. Era la mañana de la Asunción, Ozanam le dio las gra­cias: iba en ayunas a la iglesia vecina para comulgar en la misa por la fiesta de su madre. Otra especie de asombro se produjo cuan­do un pequeño limpiabotas italiano se acercó y Ozanam se puso a conversar con el niño extranjero en el idioma de su país. Ese joven hidalgo francés hablaba, pues, tres idiomas.

Hay doce leguas de Mácon a Lyon. Por falta de diligencia, ese día, haciendo el camino en parte a pie, en parte en un carricoche que encontró en su camino, Federico no llegó a su casa, en la calle Pisay, sino a las ocho de la noche: «Toda la familia reunida para el santo de mi madre se afligía de mi retraso. Padre, madre, her­manos, primos, primas, todos estaban allí: ya se imaginará usted la alegría del primer abrazo».

La señora de Ozanam, bastante aliviada de su padecimiento, conservaba aún huellas inquietantes; extremada sensibilidad, au­mento de actividad febril en las buenas obras: en resumen, una virtud y una bondad angelicales en lucha constante con un orga­nismo enfermizo y nervioso. «Tengo muchas preocupaciones en reserva para el invierno próximo —escribe Federico a Lallier—. Querido amigo, si tiene usted dos lugares que darme en sus ora­ciones, déle uno a mi madre y otro a mí. Si sólo tiene uno, que sea para mi madre. Rezar por ella es rezar por mí. A su conserva­ción en este mundo está ligada quizás mi salvación en el otro».

La ciudad de Lyon, que en las vacaciones anteriores Ozanam había encontrado sangrando todavía de las heridas de la insurrec­ción de 1834, no presentaba mejor aspecto cuando regresó de París en agosto de 1835. La amenaza del cólera cerníase sobre todas las cabezas. «Avanzando hacia nuestras puertas —escribe el 23 de septiembre— la plaga ha subido por el Ródano hasta quince leguas de nuestra ciudad, empujando a su paso muchedumbres de fugiti­vos cuyos relatos venían a aumentar el terror de nuestra población impresionable y ardiente. En tanto que unos brutos se preparaban a responder a la invasión del mal con motines y violencias, una po­blación religiosa acudía a Nuestra Señora de Fourviére y se arro­dillaba al aire libre en el atrio de la Iglesia para cantar cánticos de dolor».

Añade ahora: «En fin, Dios ha glorificado por segunda vez a su Santa Madre y consolado a nuestra pobre ciudad; una segunda vez, la mano que amenazaba golpear se abrió para bendecir. El nom­bre de Nuestra Señora de Fourviére ya no provoca una sonrisa en los labios del impío que no puede dejar de pensar que tal vez debe su vida a su protección».

Todo el tiempo de las vacaciones se resintió de ese estado de co­sas. «El temor al cólera ha helado los espíritus —escribe a París—. Vive uno aislado y salvaje: ni cenas de amigos, ni paseos de cam­po». Ozanam se consoló primero con un viaje que era también una peregrinación a grandes y santos lugares; luego, el resto del tiem­po, con un trabajo de estudio y de composición del que iba a salir su primer escrito de historia y literatura religiosas: tales fueron sus vacaciones de 1835.

El único acontecimiento notable fue, pues, una excursión en el Delfinado, en que visitó los lugares más bellos con su hermano sa­cerdote, «su ángel de la guardia», como lo llama. Culminó en la ascensión de la Cartuja y la estancia de dos días y una noche en el gran monasterio. Paso por alto las entusiastas descripciones que hace de «esas alturas sin medida y esos abismos sin fondo», huellas y vestigios de las gigantescas convulsiones en que su espíritu en­cuentra un símbolo mayor aún que el espectáculo mismo: «Espan­toso desorden y magnífico levantamiento para alcanzar el cielo; esfuerzos impotentes, pero siempre renovados: ¿ No es la imagen del alma humana y de la vida?»

¿ Qué ha visto, pues, en ese desierto? «Una naturaleza que no podría describir y hombres que no, podría imitar. ¿ Qué le enseñó él monasterid? Sesenta y ocho monjes colocados por encima de los pensamientos y de los deseos como por encima de las moradas de los mortales. . . Un nido solitario en que almas santas, al amparo de las alas de la religión, crecen en el silencio para volar al cielo».

Allí, en fin, por encima de las cosas y los hombres, logra escu­char la voz de la oración redentora. «Asistí a los maitines cantados a las once de la noche en su solitaria capilla. Oí ese concierto de sesenta voces inocentes, y pensé en todos los crímenes que se co­meten en esa hora en nuestras grandes ciudades. Me pregunté si verdaderamente habría bastante expiación para borrar tanta impureza; y recordé a los justos en presencia de los cuales Dios hu­biera concedido la salvación a Sodoma. Regresé, pues, con el corazón lleno de esperanza, y con un recuerdo que perdurará y podrá tal vez servirme de aliento en los días aciagos. Acaso brote de todo esto alguna inspiración virtuosa que un día me volverá mejor».

Después de esos quince días de viaje, Ozanam ya no abandonó a su madre aún doliente. Como él mismo lo refiere, a su lado, ante sus ojos, escribió el gran ensayo moral, histórico y crítico intitulado: Dos Cancilleres de Inglaterra, que mandó publicar sucesivamente en artículos separados en la Revista Europea mientras conseguía más amplia difusión bajo otra forma que sería la revelación del obrero mediante su primera obra grande. A este respecto, merece toda nuestra atención.

Así pues, a raíz de su licencia y en vísperas de su doctorado en derecho, las letras se adueñaban de él por completo; pero no las letras por sí mismas, sino las letras dedicadas a demostrar la tras­cendencia moral del cristianismo en la conciencia humana. Si ese hermoso trabajo de historia no es todavía más que el ensayo de un elocuente erudito, es ya la obra de un poderoso apologista, que justifica la acción superior de la religión por el contraste de dos retratos que se iluminan uno a otro para hacer resaltar en tal for­ma la evidencia de una tesis. Es un punto de la tesis según la cual el cristianismo es el centro desde el que todo irradia en el arte, la historia, las letras, la ciencia, impregnadas de lo divino. De esto da testimonio en la siguiente página de la introducción, una de las más bellas que hayan salido de su pluma:

«Nosotros que nacimos en el seno de la Iglesia —escribe— y a quienes alimentó con sus enseñanzas, tenemos siempre y en todas partes presente su recuerdo. Queremos a la humanidad con amor filial; pero en ella queremos sobre todo a la Iglesia, por quien todo lo que la humanidad encierra de puro, se engrandece y se depura más aún. Nos complacemos en penetrar en las regiones de la cien­cia; pero llegamos siempre a alguna de esas verdades religiosas que nos habían mostrado ya cuando éramos niños. Detenemos la mi­rada sobre los monumentos levantados por la mano de los hombres, a través de los siglos; pero siempre encontramos en sus cimientos alguna medalla en que se ve acuñada la efigie divina. No podemos respirar el aire del mundo sin que en él se mezcle algo del perfume de nuestros templos. En medio de la algazara de los sistemas que chocan unos con otros y de las voluntades que se combaten, nues­tros oídos conservan como una remota resonancia de los cantos sa­grados. Y cuando nos sentamos al pie de la estatua de los gran­des hombres, nuestros pensamientos, tomando un camino para ellos familiar, nos llevan, sin saberlo, nosotros, a los altares de nuestros santos».

En estas disposiciones de espíritu y de corazón estaba Ozanam cuando, según cuenta, en el curso de algunos estudios históricos, llegado al umbral del siglo XVII, se encontró cara a cara con uno de los más poderosos genios que hayan engendrado los tiempos mo­dernos: Bacon de Berulam, canciller de Inglaterra, bajo Isabel y Jacobo I. Mas este espíritu de primer orden sólo ofrece un carácter degradado hasta la abyección, esclavo de su propia fortuna, que lo precipita en abismos de ignominia que sonrojan a la historia. Oza­nam retrocede y penetrando en la Edad Media en que su espíritu ha elegido su morada, encuentra en ella otro canciller de Inglaterra bajo Enrique II, Tomás Becket, arzobispo de Canterbury. Este es un hombre de corte, transformado por la religión y la gracia del episcopado en un hombre de Dios, fiel hasta el heroísmo y sublime hasta el martirio. En esos dos personajes, Ozanam ha visto la re­presentación del principio racionalista y del principio cristiano: aquí, la razón elevada a su poder más alto de intuición; allá, la fe sufriendo su prueba más dura por obra de la persecución. Se dijo entonces: «Mediremos al uno con el otro, al grande hombre y al santo, para saber en cuál de los dos se eleva más alto y se corona de mayor gloria la naturaleza humana. Habremos experimentado, así cuál de los dos principias, la filosofía y la religión, es más fe­cundo en virtud y en grandeza». Tal es el trofeo que se propone elevar a la gloria del Evangelio ese joven recluta de apenas veinti­dós años de edad.

Las dificultades que había presentado y las investigaciones eru­ditas que había exigido ese estudio paralelo al historiador concienzudo representaron para Ozanam una labor tan ardua que al re­cordarla más tarde, todavía se queja en sus cartas. Nos habla tam­bién de la ternura que le servía de descanso para sus fatigas: «Hubo días enteros de oscuridad —escribe— en que, no pudiendo escri­bir una sola línea, pasé largas horas con mi madre y mi hermano menor, ocupado en niñerías y en olvidar así mi difícil oficio de escritor».

Encontraba otro refugio cerca de otra madre, la Virgen popular de Fourviére en que el gran mártir de Inglaterra tenía también su culto: «Fui dos veces a Fourviére y me arrodillé ante el altar de Santo Tomás de Canterbury; y le pedí, con el escaso fervor de que soy capaz, que me asistiera en un trabajo emprendido para gloria suya». En efecto, el santo proscrito, en la época de sus desgracias, había vivido en Lyon, de la que escribió en una carta: «He oído decir que a orillas del Sa6ne, los hombres son más libres que en otras partes. Iré allí a pie con uno de mis familiares. Quizás al ver nuestra aflicción, se compadecerán de nosotros y nos darán lo ne­cesario para vivir, hasta que nos visite el Señor».

En fin, este bello estudio termina con las’ siguientes líneas: «Y ahora tenéis ante vosotros dos grandes figuras. El racionalismo for­mó a una, el catolicismo a la otra. A vosotros corresponde ver a cuál de las dos queréis entregar vuestra alma». Todo termina en la siguiente oración, estrofa a la inmortalidad del héroe inmolado en aras del derecho cristiano: «Desde hace seiscientos años, cien millones de católicos cultivan con respeto y amor el recuerdo de ese obispo de otra época. Y cuando, en las súplicas solemnes, repe­timos la larga letanía de nuestros santos, entonces ¡oh Tomás de Canterbury! os invocamos también y os saludamos con el nombre más bello que exista en lenguaje humano: ¡os saludamos como Mártir!»

Cuando, en la primavera del siguiente año, el señor de Coux, antiguo redactor de la Revista Europea, presentó en volumen ese primer libro de su joven colaborador, se abstuvo al principio de elogiar demasiado a una persona tan allegada a él: «Pero —aña­de— tenemos derecho de decir que se encontrarán aquí concien­zudos estudios, una instrucción sacada de las fuentes y un profundo sentimiento de la verdad cristana. Es bastante, creemos, para ase­gurar todas las simpatías del público selecto a quien nos dirigimos, al joven escritor que quiere dedicarse a la grave y laboriosa tarea de defensor de la religión, y que empeña en el servicio de la causa católica todo cuanto tiene de alma y de talento».

Eran más elogios de los que deseaba Ozanam. Cuando, termi­nada su obra, la contempló, le pareció pequeña, en comparación con una obra de caridad que, cerca de él, realizaba por aquel en­tonces Pablo de, la Perriére; y se dijo a si mismo, confuso, que una buena acción vale más que un buen libro. Escribió entonces: «Mientras yo me arrastraba a lo largo de esas pobres páginas, de la Perriére terminaba una iglesia en el arrabal en que vive y la ha mandado bendecir. Procuró en tal forma el beneficio de la ins­trucción religiosa y del santo sacrificio a setecientas almas que lo colman ahora de bendiciones. ¡Cuánto más valen los actos que las palabras y qué vergüenza tengo de mi papel de escritorzuelo que además desempeño tan mal! Pero al fin y al cabo espero que este trabajo no será completamente estéril. No en vano habré con­templado de tan cerca a un santo tan grande, y habré, bajado, en cierto modo, hasta sus entrañas. Espero que el recuerdo que haya traído no me resultará inútil en los combates de la vida».

Después de cuatro meses y medio de largas, pero laboriosas va­caciones, Ozanam anunció su regreso a París en estas líneas diri­gidas a de La Noue, el 23 de noviembre de 1835: «Salgo dentro de ocho días. Este año será el último de mi estancia. Y mi tiempo quedará todo él ocupado por las pruebas que tendré que pasar para recibir los grados de doctor en derecho y de doctor en le­tras. . . No viviremos, sin embargo, ajenos uno a otro. Cuento para ello con el genio de la amistad. Adiós, querido poeta ; acuérdese usted de mí en sus pensamientos, en sus sueños y en sus oraciones».

Lo que lo llevaba a París era sin duda el trabajo y la redacción de su tesis de doctorado jurídico; pero era sobre todo su obra por excelencia: la obra de caridad que declaraba superior a la misma ciencia en carta reciente.

Para trabajar mejor en su tesis, había deseado vivir ese último año de 1835-1836, al lado de Lallier, secretario general de la So­ciedad de San Vicente de Paúl, como había vivido el año anterior con Le Taillandier; quien por aquel entonces había regresado ya a Ruán. Así se lo escribió el 16 de noviembre: «Me propongo toda­vía ir a Lyon del 25 de este mes al 3 del mes entrante. Cuando esté en París, tendré que comprar muebles. Usted debe de estar en la misma situación. ¿No podríamos alquilar un pequeño apartamento juntos? Espéreme para hacerlo, si puede. La soledad sería fatal para mi sosiego: mi imaginación me devora. Cuando estoy solo, siempre me parece que algún demonio está a mi vera. Con amigos cristianos siento inmediatamente el cumplimiento de la pro­mesa de Aquel que se comprometió a estar en cualquier lugar en que se reunieran en su nombre. Viviríamos como dos hermanos. Yo le suplicaría que mortificara mi indomable amor propio; jun­tos, trataríamos de ser mejores. Combinaríamos nuestras obras de caridad; maduraríamos nuestros proyectos de trabajo; nos daría­mos ánimo en nuestros momentos de depresión. Nos consolaríamos en nuestras tristezas».

Desde que habían aprendido a conocerse mejor, Ozanam y La­llier habían congeniado cada vez mejor. Muchas cosas los acer­caban uno a otro. El padre de Lallier era médico en joigny. Uno de sus tíos era presidente del tribunal en la misma ciudad; otro tío sacerdote, profesor en el mismo lugar, luego superior del colegio real de Orléans, después canónigo y vicario general de Sens, había conquistado fama de humanista en la universidad así como de administrador episcopable en el clero. Francisco, su sobrino, era, como Ozanam, un cristiano cabal. Dos amigos suyos, Lamache y de la Perriére, han dado de él el siguiente testimonio: «Ozanam era la iniciativa ardiente, la ciencia precoz, la franqueza conquis­tadora y comedida, la seducción de los grandes pensamientos y de los sentimientos elevados. Era con mucho entre nosotros primus in-ter pares. Lallier era sú ayudante: fuerte inteligencia, profunda bondad, gran sentido común, más razón que imaginación, más so­lidez que brillo; reservado, casi frío, pero ardiente corazón y, en la intimidad, rebosante de ternura; severo como un magistrado, con una llaneza sencilla y afectuosa que le valió entre nosotros el nom­bre de el Tío Lallier»1.

Ozanam llegó a no poder prescindir de él, queriendo en todo ser aprobado por él, amado por él. La misma carta lo confiesa humildemente: «¡Qué egoísta soy! Usted sabe cuántas veces en París, platicando con usted, mendigaba, por decirlo así, elogios, provo­cando esas pruebas de amistad con que me ha colmado usted. Una noche, por ejemplo, me dijo que rezaba nominativamente por mí. Y desde aquel día no han salido de mi corazón esas palabras. . .»

«Combinaremos juntos nuestras obras de caridad», acababa de escribir Ozanam. Era una hora solemne para la Sociedad de San Vicente de Paúl. Las cuatro conferencias de París, Saint-Etienne­du-Mont, San Sulpicio, Saint-Philippe-du-Roule, Nuestra Señora de Buena Nueva eran otras tantas tierras en plena producción. Además la obra rebasaba París. Ya vimos al señor Léonce Curnier fundarla en Nimes. El joven pintor Janmot la había llevado a Ro­ma, donde se le unió Claudius Lavergne. El propio Ozanam había arrojado la primera semilla en ese suelo lionés donde pronto la veremos brotar en medio de las espinas y dar bellos frutos. Ya se podía presentir el universal florecimiento en las principales ciuda­des de Francia donde lo importaban, al regresar, los jóvenes estu­diantes cristianos, miembros de las Conferencias de París. Había llegado la hora de ligarlas a todas entre sí en lo que Ozanam lla­maba una confederación fraternal, que tuviera su’ reglamento, su ley, al mismo tiempo que conservara su hogar central y familiar en París, de donde había salido.

Ese reglamento era obra piadosa y juiciosa del señor Bailly y de Lallier que le habían consagrado su tiempo durante las vacaciones de 1835. El señor Bailly lo comunicó a los cofrades en la primera Asamblea general, celebrada el 21 de febrero de 1836. Tuvo buen cuidado de recordar que ese reglamento,, formado, no con teorías preconcebidas sino con experiencias adquiridas, se había concer­tado entre los miembros de las conferencias, antes de su división en secciones. Las consideraciones preliminares, escritas por él, pe­netradas del espíritu de humildad, de unión, de caridad que debe animar a los cofrades entre sí, lo mismo que del sentimiento de sus deberes hacia las autoridades eclesiásticas, están tomadas todas ellas de las palabras y de los escritos de San Vicente de Paúl. El verdadero legislador de la Sociedad de San Vicente de Paúl es el propio San Vicente.

El reglamentó propiamente dicho, redactado por Lallier, secre­tario general, lleva en el Manual de la sociedad la fecha de diciem­bre de 1835, exactamente la del regreso de Ozanam a París, donde volvió a ocupar su lugar cerca de su amigo. Su mano no se ve cla­ramente en ninguna parte; pero ¿ podía su espíritu permanecer ajeno a esas reglas? Se inicia con las siguientes líneas: «He aquí, por fin, el comienzo de organización escrita que anhelábamos, etc. . .» Termina con éstas: «¡Animo, pues! Reunidos o separados, de cerca o de lejos, amémonos; querámonos y sirvamos a los pobres. Queramos a esta pequeña Sociedad que nos ha permitido conocernos mutuamente, que nos ha puesto en el camino de una vida más caritativa y más cristiana. Amemos nuestros usos, amemos nuestras reglas: si las observamos fielmente, creamos que nos guardarán y que guardarán nuestra obra. ‘Se hace tanto mal —decía un santo sacerdote—: hagamos un poco de bien’. ¡Oh! ¡cuánto nos felicita­remos de no haber dejado pasar inútiles los días de nuestra juven­tud! La juventud es un campo que es preciso cosechar; miremos en torno nuestro, recojamos, recojamos con cuidado las espigas que se hallan a nuestros pies. Esa gavilla será para nosotros una pro­visión que durará la vida entera, pues la habrá bendecido el Señor».

Las cartas impresas de Ozanam, para el año de 1836, son muy raras: sólo hay tres. El mismo se disculpa por el doble trabajo de ese último año decisivo, y declara que está tan agobiado que casi desespera de poder realizar la tarea que se impuso. «El tiempo se me va y me traiciona. Ya no me queda para satisfacer a la vez los deberes del estudio y de la amistad».

De ese año escribirá más tarde él mismo a su hermano menor: «Empieza, pues, a conocer, mi pobre amigo, las asperezas del ofi­cio de joven. Antaño era la guerra, hoy son los exámenes. A buen seguro, hay períodos de trabajo que bien valen por una campaña. En 1836-1837, trabajé durante cinco meses regularmente diez ho­ras diarias, sin contar los cursos, y catorce y quince horas el último mes. Se requiere mucha prudencia para que no se quebrante la salud; pero poco a poco se acostumbra el organismo». Esa pru­dencia ¿ acaso la tuvo jamás Ozanam para sí mismo?

El 30 de abril de 1836, Ozanam sostuvo honorablemente sus dos tesis de doctorado en derecho cuyos temas eran: para el derecho romano, De Interdictis; para el derecho francés, De, la Prescrip­ción, con el fin de adquirir. Raros eran entonces los estudiantes en derecho que llevaban sus estudios hasta el doctorado, que en aque­lla época no les confería otra prerrogativa que la capacidad de la enseñanza superior en una facultad. Ozanam había de aprovechar dicha ventaja un día.

Poco se alegró de ese éxito. Lo que de costumbre, para otros, es como poner el pie en el estribo, fue para él una soga alrededor del cuello. Doctor en derecho, pertenecía en lo sucesivo y definiti­vamente a la barra, al Palacio de justicia, a la carrera que recha­zaba. Por ella, tendría que renunciar sin esperanza a la profesión literaria, al apostolado de las letras; a esas Bellas Letras que habían sido la novia de su infancia y de su juventud, a las que había dado tantas prendas de su amor y que le habían proporcionado tan no­bles y santas alegrías: ¡escribir para Dios, hablar para Dios! A mi entender, el período que siguió inmediatamente al doctorado en derecho es una de las horas más dolorosas en la vida de Ozanam.

Su regreso a Lyon lo aterroriza: «Voy, pues, a dejar París; pero ¿ qué haré en Lyon? Querrán que litigue. ¿ Voy a limitarme a la estrecha ‘esfera del foro? Sería duro para mí. Querido amigo ¿ esta aversión que siento por’ la abogacía será orgullo? ¿Y este amor por los altos estudios, será vocación? ¿ Será inspiración venida de arri­ba o tentación de abajo? ¿Todo lo que he escrito y hecho desde hace cinco años, será razón, será locura?»

Lo pregunta humildemente a Dios, como un hijo: «¡Oh mi que­rido amigo, rece usted para que Dios responda a todas estas pre­guntas que diariamente le dirijo! Me parece que estoy resignado a hacer su voluntad, por humilde que sea el papel y dolorosa la mi­sión que me depare. Mas ¡que esta voluntad me sea conocida! .¡Que ya no viva, como desde hace cinco años, dividido contra mi mismo, es decir débil, impotente, inútil.»

Otras veces, se acusa. Es doctor, ciertamente; pero ¿ es tan doc­to como hubiera podido y debido serlo? Será abogado, jurista, ju­risconsulto; pero ¿ lo será en el lugar en que hubiera debido colo­carse? «¡Ah! —confiesa en esa hora— si hubiese consagrado al estudio exclusivo del derecho las facultades que Dios me ha dado y los cinco años de estancia en París que me han concedido mis padres, hubiera podido adquirir en la barra un lugar que ahora ya no espero alcanzar. Todas estas reflexiones me agitan y me ator­mentan; y la necesidad en que voy a encontrarme de tomar una posición definitiva, me agobia. Tengo miedo de causar muchas pe­nas a mis queridos padres; ¡y sin embargo usted sabe que merecen ser amados!»

En cuanto a pactar con las letras haciendo de ellas, no su pro­fesión, sino su recreo, no se puede pensar en ello: «No —protesta—, mi naturaleza, espíritu y corazón, se niega a esa división. La pasión que las letras han encendido en mí exige toda mi vida y se adueña de toda mi alma. Y así, estoy colocado en la alternativa de renunciar a una u otra carrera, no pudiendo seguirlas ambas. Pero ¿ có­mo resolverme a decir un eterno adiós a las letras, esas amigas tan severas que me hacen pagarían caro su familiaridad?»

Luego, si tenía miedo de Lyon, añoraba a París. En vez de salir de viaje inmediatamente después de su doctorado en derecho per­maneció allí hasta las vacaciones. Era el primer lugar para el trabajo de la preparación del doctorado en letras, única solución posible en ese cruel callejón sin salida. Estaba atado, además, por toda clase de lazos de religión, de amistad y de caridad. Así lo había escrito anteriormente: «Sin duda, aspiro a encontrarme de nuevo con mis padres. Me parece que me necesitan; siento que los necesito yo. Y sin embargo será duro, será cruel para mí dejar el lugar de mi destierro, decir adiós a quienes me lo han hecho tan grato y renunciar a esas reuniones fraternales que nada podrá sustituir».

Eran las reuniones de la Sociedad de San Vicente de Paúl, sus fiestas, sus peregrinaciones, como ésta de Nanterre a la que convo­có de nuevo, el 11 de junio, a uno de ellos, Gustavo de La Noue, que vivía en Auteuil: «Iré a verlo dentro de unos días. Mientras, el domingo próximo, a una legua y media de su casa, una tropa compuesta toda ella de sus amigos, se reunirá para ir en cortejo a la procesión de Nanterre. Venga usted a unirse con ellos, mi que­rido de La Noue. Venga a pasar con nosotros unos ratos de fe y de„ amor. Venga a arrojar las flores y el incienso de sus pensamientos al paso del Dios salvador».

Lallier les haría falta: «Usted sabe —le escribe— que será muy duro para mí privarme de usted, este año. Recorramos a menudo la distancia en pensamiento: escribámonos, aconsejémonos, pres­témonos mutuo sostén. Creo que debe usted necesitarlo, puesto que es usted hombre; pero yo lo necesito más aúna Adiós, mi querido La­llier. Ojalá vuelva a verlo pronto».

Vivía también en esta ciudad uno de sus maestros más queridos y venerados que lo tenía encadenado. El más grande y el más tierno desapareció por aquel entonces. La víspera del día en que dirigió a de La Noue esa graciosa y religiosa nota, el 10 de junio, expiraba, en Marsella, el hombre a quien Ozanam llamaba su segundo pa­dre, el ilustre Andrés María Ampére, a la edad de sesenta años.

El consuelo de Ozanam había sido prestar hasta el fin a ese gran hombre la asistencia de su pluma, como lo demuestra esta afec­tuosa carta del 10 de septiembre de 1835: «Mi querido y excelente amigo —le escribía Ampére— dónde encontraré palabras para ex­presar toda mi gratitud por su artículo al que concedo un valor inestimable? Esta gratitud durará tanto como mi vida».

La muerte del gran cristiano había sido valiosa ante Dios. A quienes se informaban de su salud, respondía: «¡Mi salud! ¡mi salud! No se trata de eso. En esta hora, sólo hay que pensar en las verdades eternas». Ozanam depositó sobre la tumba de este pa­ternal amigo un homenaje que lo era ante todo para la religión que lo había hecho tan bueno y al mismo tiempo tan grande. «Era hermoso ver de cerca lo que el cristianismo había podido hacer en el interior de su gran alma: esa admirable sencillez, pudor del ge­nio que lo sabía todo y se ignoraba a sí mismo: esa caridad tan amena y tan comunicativa; esa benevolencia que daba a todos, pero sobre todo a los jóvenes. . .» Y Ozariam lo llamaba por última vez su segundo padre.

Lo lloró mucho tiempo, asociado íntimamente al dolor de su hi­jo, como se lo recordaba un ario después: «Señor y amigo, recuerdo un día en que vino usted a visitarme en mi pequeño cuarto. Ambos teníamos lágrimas en los ojos. Yo le decía a usted que tenía prisa de regresar con mi familia para aprovechar todas las horas que Dios concediera a mis ancianos padres. El ejemplo de su desgra­cia me inclinaba a pensar con terror en la posibilidad de una des­gracia semejante».

En Lyon, cerca de ellos, volvemos a encontrar a Federico a fi­nes de julio de 1836. Lyon recobraba, por espacio de cuatro años, la posesión de su hijo. Durante esa estancia, a menudo volverá la mirada hacia ese dulce «destierro de París», que le había dado, decía, los cinco años más hermosos y felices de su vida. Unos dos años después, trazaba el siguiente cuadro recapitulativo y encanta­dor en una carta a Lallier del 17 de mayo de 1838: «No se ima­gina usted, querido amigo, qué indecible encanto tienen para mí todas esas humildes escenas de nuestra vida de estudiantes, cuando las recuerdo en la penumbra del pasado que las idealiza. Las reu­niones vespertinas en las conferencias del señor Gerbet, que tenían un poco el prestigio del misterio y en las cuales nos conocimos por primera vez. ‘Esas luchas históricas, filosóficas de la conferencia a las que llevábamos un entusiasmo de tan buena ley, en que ponía­mos de tan buena gana en común todos los éxitos. Las pequeñas asambleas de caridad de la calle del Petit-Bourbon-Saint-Sulpice, la primera de las cuales se celebró en mayo a pesar de lo que diga Lamache, y yo insisto en ello. ,Y aquella famosa velada en que asis­timos a los adioses de la Academia de San Jacinto y regresamos, sin descansar, a redactar la petición a Monseñor de Duelen. Y esa visita improvisada en que fuimos a casa del arzobispo temblando y sostuvimos un asalto tan rudo del que salimos muy conmovidos. Y los principios de Lacordaire en Estanislao; y sus triunfos en Nuestra Señora, que eran un poco los nuestros. Y la redacción de la Revista Europea en la sala del señor Bailly. Y las vicisitudes de la Sociedad de San Vicente de Paúl: esa famosa sesión del último día de di­ciembre de 1834 en que se discutió la división, en que Le Taillan­dier lloraba, en que La Perriére y yo nos tratamos con tanta aspe­reza, y en que todo terminó con un abrazó más amistoso que nunca, deseándonos un año feliz al día siguiente. Y junto con esto, las ce­nas de navidad, las procesiones de Corpus; las rosas silvestres que florecían tan bellas en el camino de Nanterre; las reliquias de San Vicente de Paúl llevadas a cuestas a Clichy. Y -también, el inter­cambio de tantos servicios; nuestro corazón tantas veces desaho­gado entre hermanos: los consejos, los ejemplos; el llanto secreto derramado al pie .de los altares cuando rezábamos juntos; en fin, hasta los paseos en torno de las lilas del Luxemburgo, o en la plaza de Saint-Etienne-du-Mont, cuando el claro de luna dibujaba tan bien los tres grandes edificios.

«Todo esto, querido amigo mío, se convierte para mí en el fondo del cuadro de mis pensamientos; todo esto arroja una luz suave y un poco triste sobre mi actual existencia. Del mismo modo, la historia, al alejarse,, se convierte en poesíá. También yo tengo mi Edad de oro, mis tiempos heroicos y legendarios. Mas lo que es y sigue siendo verdadero, lo que ha arrojado raíces más profundas, no sólo en mi imaginación, sino en mi corazón, son los afectos for­mados durante este período de mi vida. . . Adquiero diariamente mayor seguridad de ello, cuando llega alguna carta de vosotros, alguna noticia de Lamache, de Le Taillandier, de Pessonneaux o de otros amigos. Esto me permite olvidar las inquietudes del tiem­po actual: Y si no fuera ridículo emplear esta expresión a los veinti­cinco años de edad, diría que me rejuvenece».

Asimismo y acaso mejor, escribía a Le Taillandier desde el 21 de agosto de 1837: «¡Amigo mío, ojalá cada uno de nosotros al envejecer en años, envejezca también en amistad, en piedad, en celo para el bien! Ojalá nuestra vida entera transcurra bajo el pa­trocinio de aquellos a quienes dedicamos nuestra juventud: Vi­cente de Paul, la Virgen María y jesucristo Nuestro Salvador. Adiós, lo querré siempre con cariño».

  1. V. sobre el señor Presidente Francisco Lallier: La Semana Religiosa de Sens y de Auxerre, t. XXIV, año de 1887. Reseña biográfica en siete artículos, p. 39 a p. 153. E informe del señor Julliot a la Asamblea general de San Vicente de Paúl de Sens, domingo de Ramos de 1887

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