Emulación recíproca en el pasado. El papel de la imaginación dentro de su propio carácter.
[Lyon, 12 de junio de 1830][1].Mi querido amigo,
Nuestras dos cartas se han cruzado; cuando recibí la tuya, ya era demasiado tarde para poder enviarte tu cuaderno, pero lo tengo aquí debidamente empaquetado.
Quizás has encontrado mi carta de ayer poco de tu agrado. ¿Qué quieres? Tenía que decirte lo que pensaba, pero ahora que te lo he dicho ya no insistiré más, no hablaremos más de eso. Será mejor que espere a que me conozcas, poco a poco, un poco mejor.
Todo lo que me has dicho ayer de tu envidia acerca de mí, todo eso es verdad de la mía acerca de ti. Pero yo llamaría a eso más bien emulación que celos. Siempre te quise mucho, hubiese querido ser el primero, y que tú fueses el primero conmigo, pero no quería quedarme atrás. ¡Incluso me ha sucedido desear que te fuera peor que a mí!… Pero, créeme, olvidemos estos tropiezos recíprocos, para querernos uno al otro todos los días, de ahora en adelante, cada vez más. Nunca más habrá competición entre nosotros.
Yo también he estado, algunas veces, injustamente celoso de mi hermano pequeño (pero nunca de mi hermano mayor), y yo también he sido desconfiado, he tenido contra todos, incluso contra aquellos a los que amaba, desconfianzas abominables que me hacían estremecer de horror, pero que mi desgraciada imaginación perseguía con ardor. ¡Infeliz de mí! ¡Cuántos pensamientos no solamente voluptuosos, sino también execrables, criminales, bárbaros, me han atormentado y me atormentan aún hoy aunque son más espaciados! Mi imaginación los acoge, los persigue, pero luego vuelvo a mí mismo. ¡Tiemblo, me estremezco de horror! He tenido esos pensamientos contra mis padres, mis amigos, contra ti mismo. Me dicen que no son más que violentas tentaciones, que solo mi consentimiento puede volverme culpable, y no sé bien si alguna vez he consentido en ellas. Sé al contrario que, desde hace ocho años que me asaltan, casi siempre (si no siempre) las he rechazado con horror; pero, desgraciadamente, mi imaginación me tiene apresado, a pesar del horror que siento. No obstante, ya empiezan a pasar. ¡Oh! ¡Si supieras cómo me hacen sufrir estos pensamientos! No comprendo tampoco el gusto que siento por las historias de matanzas, y mi imaginación parece complacerse en ellas aunque mi corazón se estremece. ¡Desgraciado! He alimentado demasiado esta imaginación, he alimentado a mi más cruel enemiga. Lucho todo entero contra ella, y ¡cuántas veces me ha vencido! ¡Cuánto me cuesta hacer esta confesión que ya había olvidado! ¿Qué voy a parecer a tus ojos?
No terminaré esta carta sin decirte que, como tú, estoy sin cesar arropado por el cariño y las atenciones de mis excelentes padres; que mi padre, mi buen padre, teniendo medios suficientes para poder retirarse de una profesión muy pesada y tomarse el descanso que necesita, continúa trabajando únicamente para sus hijos. Me falta espacio para escribirte más sobre eso.
Adiós mi querido amigo. Ama también, a pesar de sus grandes defectos, a tu amigo.
A.-F. Ozanam.
Fuente: Archives Laporte (original). • Edición: LFO1, carta 16.
[1] Fecha sugerida por la alusión a «mi carta de ayer».







