Consejos sobre la elección de estado.
Lyon, 11 de junio de 1830.
Mi querido amigo:
Nuestro paseo de ayer fue tan corto que no te dije la mitad de las cosas que te quería decir; no te he dicho una de las cosas más importantes de las que yo quería hablarte.
Amigo mío, te he prometido mis consejos y te los debo, te los debo sobre todo para el gran asunto que te ocupa ahora: la elección de un estado. Cree que es nuestra amistad la que me dicta todo lo que te voy a decir, pero cree también que la amistad es indulgente, digamos mejor que es justa, y que no me sentiré mal si no encuentras mis razones convincentes.
Tú dudas entre el comercio y la enseñanza, pero te inclinas más por el comercio. Lo creo, pues estás rodeado de negociantes virtuosos, tus padres siguen esa carrera, estás en situación de sopesar las ventajas e inconvenientes de esa carrera. Además, esa carrera te acercará más a tu padre, y esperas viajar. ¡Cómo debe tentarte todo eso!
Pero te aseguro que, de todas las personas que conozco y que te conocen, ninguna aprueba el deseo que tienes de entrar en el mundo del comercio; y entre ellas hay personas que conocen el comercio y otras que lo conocen demasiado. No creo que yo tenga la indiscreción de publicar a son de trompeta tus proyectos, tus incertidumbres. Pero cuando se me pregunta qué es lo que piensas hacer, me veo obligado a decir que dudas entre la enseñanza y el comercio y entonces me responden: «¡El señor Materne!, ¿el comercio? Ni en sueños. ¿Para qué le servirán sus estudios precedentes? ¿Para qué tanto griego y latín? ¿Qué hará con ellos? O se ocupará de la literatura y olvidará sus negocios, o si quiere ocuparse de sus negocios, tendrá que dejar su literatura y su filosofía. Nadie puede servir a dos señores: el comercio ocupa mucho tiempo, apenas le deja libre para sí mismo el domingo, y el domingo se debe a Dios, a su familia y a sus amigos, ¿de dónde se podrá sacar el tiempo para ocuparse de su literatura? Todos los negociantes que quieren ocuparse de ella hacen mal sus negocios. Además, si el señor Materne triunfara en el mundo de los grandes negocios, si fuera como un Frére-Jean[1], etc., que se ocupa solamente de los negocios en grande, y deja a los demás el cuidado de los detalles. Pero para eso hace falta una fortuna inmensa. ¿Entraría él en el negocio del señor Frére-Jean? Pero este señor tiene hijos que le sucederán. El señor Materne nunca dejaría de ser un subalterno.
»¿Qué hará entonces? Si quiere seguir con el comercio de las sedas, tendrá que trabajar dos años en un taller, o bien tendrá, en cualquier caso, que permanecer una larga temporada en alguna casa. Entonces no tendrá un instante para pensar en Virgilio y en Lamartine, estará realmente encadenado al trabajo más ingrato, rodeado de jóvenes, casi todos anti-religiosos, muy poco prudentes, muy poco instruidos. Tendrá que vivir una vida totalmente material, él, para quien la filosofía es una delicia.
»Él se convertirá en un viajante al cabo de 4 ó 5 años. Pero un viaje de negocios está bien lejos de ser un viaje científico: hay que pasar rápidamente por allí donde uno desearía detenerse, hay que detenerse en lugares poco interesantes (según me comentan aquellos que lo han probado). Se espera encontrar placer y uno no encuentra más que dificultades, fatigas y a menudo enfermedades cuando uno tiene un temperamento delicado.
»En fin, ya es el jefe de la casa comercial, y ahora los negocios, las especulaciones, las empresas peligrosas, etc. O uno se resigna a vegetar toda su vida o, si se aspira a un horizonte más amplio, hay que arriesgar mucho. Hay que lanzarse al mundo de las especulaciones y no volver a dormir tranquilo. Uno es responsable del futuro de sus hijos. Para triunfar hay que ser intrigante, saber establecer relaciones lejanas, hay que estar preparado para ir en cualquier momento a París o a San Petersburgo, hay que ser infatigable, hay que gozar de una salud extremadamente fuerte, finalmente ¡hay que desconfiar, desconfiar! Y este es el arte que deberá aprender un buen hombre joven, lleno de ciencia y virtud»; esto es lo me comentan a diario.
«Si, por el contrario, él entra en el mundo de la enseñanza —me dicen—, sus estudios futuros serán una prolongación, la continuación natural de sus estudios pasados. El régimen de la École normale[2] es muy suave. Él encontrará en esta carrera muy poco tiempo de trabajo obligatorio (4 horas diarias), mucho tiempo libre para el estudio, una sociedad de gentes sabias, de buenos nombramientos fijos, la esperanza de avanzar siempre, de llegar a ser profesor en la facultad de París, miembro de la Cámara, rector de la Universidad, etc., la seguridad de una jubilación si quiere descansar; finalmente, una gran libertad de opinión puesto que, a pesar de sus opiniones, el señor Royer-Collard ha hecho su carrera en la enseñanza pública, como Guizot y Cousin, etc. Él no tendrá nada que arriesgar, nada que perder, todo por esperar. Su vida estará rodeada de placeres literarios y científicos. Ello no excluirá sus placeres de familia. Podrá disfrutar del placer de ser padre. Su vejez podrá pasarla en el retiro y en el bienestar, en medio del consuelo de la literatura y la filosofía.»
Otros me dicen: «¿Por qué no se dedica él a la abogacía? Por timidez, pero el hábito, el ejercicio la reducen a sus justos límites. Allí encontraría también la literatura y la filosofía. El Derecho es muy hermoso, visto como ciencia; y las funciones del abogado virtuoso son santas e independientes. Política, derechos civiles, administración, todo eso entra en su esfera y el llegar a ser diputado es la corona de su integridad y su elocuencia. El señor Materne —añade alguien— tiene medios y grandes medios. Está dotado de un gran amor al trabajo y las funciones de abogado y profesor son menos cansadas que las de comerciante para quien tiene un pecho sano.»
Esto es lo que me dicen, mi querido Materne, lo que me repiten a diario Noirot, Nouseilles, Falconnet, mi padre, madre, etc. Te aseguro que cada uno de los que me han hablado de tus proyectos no aprueba que te metas en el mundo del comercio, ni siquiera alguno de nuestros viejos camaradas: Balloffet, Fortoul, Huchard, Bachet, etc. Esto es lo que me dicen y ¿qué quieres que yo haga? Me cuesta decírtelo, temo aumentar tus incertidumbres y tus sufrimientos, temo aparentar querer influir en tus determinaciones, tengo miedo de desagradarte. Pero tengo miedo, por otro lado, de no ayudarte, con todo mi poder, de ser culpable por no decirte con franqueza todo lo que pienso, en un momento en el que se decide tu futuro.
Así que me armo de coraje y pienso que el más hermoso sacrificio que uno puede hacer por un amigo es decirle lo que piensa, aun a riesgo de desagradarle. Te aseguro que yo, conociéndote, pienso como el resto y te aconsejo la enseñanza o la abogacía. Si eliges esta última opción, iríamos el año próximo juntos a casa de un abogado, iríamos luego inmediatamente a París… ¡qué felices seríamos!
No terminaré sin decirte que conozco mucho a un señor que entró joven en el comercio, joven, rico, lleno de esperanza, de una probidad infatigable, que trabajaba para sí mismo. Pues bien ha perdido toda su fortuna; su joven esposa y él se han visto reducidos a la nada aunque su coraje le creó recursos. Ese señor abrazó otra carrera en la que ha prosperado, y ahora es feliz. Y él repite una y otra vez: «Jamás metería a uno de mis hijos en el comercio». Eso es todo, pero has de saber sobre todo que cualquiera que sea la profesión que elijas, no me enfadaré, desearé que seas feliz. Yo seré siempre tu amigo. Tú te quejas de no tener hermanos, yo me quejo de no tener uno de mi edad aunque tengo dos a los que quiero mucho. Sabremos contentarnos, seamos hermanos, hermanos adoptivos por la amistad, hermanos por nuestros sentimientos, hermanos para siempre.
A.-F. Ozanam.
P.S. Si lo deseas, comunica a tu padre estas reflexiones.
Fuente: Archives Laporte (original). • Edición: LFO1, carta 15.
[1] La familia Frère-Jean tenía en Lyon una fundición de cañones.
[2]* La misión original de la École normale era la de formar profesores. La primera École normale fue creada el 30 de octubre de 1794, en París, por la Convención revolucionaria.







