La alegría de una amistad mutua. Beneficios de una fe común.
Lyon, 8 de junio de 1830, por la tarde.
Mi querido amigo:
Tu carta, que acabo de recibir, me hizo mucho bien. ¡Qué contento estoy! Si supieras cuánto me costó escribir mi última carta. Me dije: ¡quizás Dios me encuentre indigno de su amistad! Y tenía ganas de borrar alguna línea o de volver a comenzar la carta y de no decirte todo en ella, reservando el resto para alguna otra ocasión. Iba temblando cuando te llevaba la carta y luego me arrepentía de haberla enviado. ¡No creía que me llegara una respuesta! ¿Es esto una declaración de guerra? ¿Una ruptura formal? Mi corazón palpita. ¡He leído las primeras líneas y me siento feliz! Estoy contento de haberlo dicho todo, de no tener nada oculto. Me siento aliviado de una pesada carga. Respiro, amigo mío, estoy contento.
¡Amigo mío! Puedo decirlo con toda la efusión de mi corazón desde el 8 de junio de 1830 a las seis de la tarde. ¡Oh!, es verdad que yo quería que fueras mi amigo, hacía tentativas, exploraba, hacía como el señor Ratón sacando las castañas del fuego[1]. Me decía: «¿Me quiere, se preocupa por mi amistad?» Y esperaba; hoy estoy seguro, seguro. ¡Oh!, «quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum»[2].
Nos querremos durante toda nuestra vida y nuestra bella religión nos dice que nos querremos incluso más allá. ¡Nuestra religión! Necesito decirte algo más sobre eso. Me mantengo fiel a la religión por admiración, por razón, pero, como tú, siento también alguna falta de fervor y de caridad. Sufro mucho por ello, pero mi sabio director me asegura diciéndome que, a mi edad, esas clases de tentación son frecuentes, continuas, que desaparecerán cuando esté hecho. Cuando esté hecho. ¿Y cuándo llegará ese día?
Como te pasa a ti, me sucede con frecuencia ver los sermones, etc., ya desde el punto de vista político, ya desde el punto de vista científico, pero siempre me vigilo y no me permito dar un juicio sobre los otros, sobre todo sobre sus intenciones. Me gustaría ser un hijo sumiso de la Iglesia y trato de imponer silencio a conjeturas temerarias. Espero que al final tendré éxito.
En cuanto a mis deberes de cristiano, me esfuerzo en cumplirlos exactamente, sobre todo la confesión, precisamente porque ella me cuesta más. No podrías imaginar lo que me cuesta confesarme[3]. Mi pereza gime, mi orgullo gruñe, mis escrúpulos se despiertan, sufro. Que Dios me lo tenga en cuenta. Quisiera retrasarla y, cuanto más la retraso, más me cuesta. De modo que tomo el mejor remedio, que es la exactitud, y hasta la repetición de un acto que me pesa tanto menos cuanto menos tengo que decir.
¡Oh! Mi querido amigo, los dos tenemos que soportar una lucha terrible; tenemos mucho que sufrir; unamos nuestras fuerzas, ayudémonos, animémonos, no nos adulemos, digámonos la verdad. Consejos con frecuencia, algunos reproches, pero reproches de amigos. Veamos juntos si no habría algún medio práctico para remediar las contrariedades que experimentamos los dos. Unámonos para ser buenos cristianos, una tal amistad no puede más que ser bendecida de lo alto y un día vendrá en el que, casi al final de la carrera, viajeros felices, nos felicitaremos por haber atravesado todos los escollos, nos alegraremos por una amistad que habrá sido nuestra felicidad en la tierra y que habrá contribuido a serlo incluso en el más allá.
Escríbeme sobre tus opiniones políticas, literarias, etc. Yo te escribiré sobre las mías. Recibiré las tuyas con placer aunque no estemos de acuerdo. Pero, por medio de una exposición clara, podremos pronto saber cuál es el punto en litigio y acabaremos, tal vez, por coincidir. Creo, en verdad, que estamos hechos el uno para el otro. No temamos decirnos toda la verdad. Me arrepiento de haberte ocultado algunas veces lo que pensaba, para dar la impresión de estar de acuerdo contigo.
Envíame, por favor, tus composiciones de poesía, las recibiré con agradecimiento. ¿Qué le importa la opinión a la amistad? La esfera de la amistad está muy por encima de toda opinión.
Adiós, querido Materne. Tu amigo para siempre.
A.-F. Ozanam.
Te prometo mis consejos una vez más, prometamos ambos no molestarnos jamás por los consejos del otro, pidámoslos como algo a lo que se tiene derecho y recibámoslos como favores.
Olvidaba decirte los datos de mi biografía: nacido el 23 de abril de 1813, hice mi primera comunión el 11 de mayo de 1826. Empecé a ser tu amigo verdadero el 8 de junio de 1830. Moriré…
Olvidaba decirte que, con frecuencia, soy melancólico por naturaleza. Hay días en que me siento deprimido, en los que siento necesidad de llorar sin saber por qué. Pero eso son nubes que un amigo disipa enseguida.
Al dorso: Al señor A. Materne, en Lyon. • Fuente: Archives Laporte (original). • Edición: LFO1, carta 13.
[1]* Cf. La fábula Le singe et le chat (El mono y el gato), de Jean de La Fontaine.
[2] «¡Qué bueno y que dulce es habitar juntos los hermanos!» (Sal 133(132), 1). En el margen de la primera página se leen las líneas siguientes, que concuerdan con el pasaje citado: «De las cuatro personas que conocen el fondo de mi alma, tú eres una, y ves en ella, excepto por circunstancias particulares, tan claro como mi confesor. Pues bien, desde este día nos querremos más, nos querremos del todo.»
[3] Lo que sigue hasta «más me cuesta» se ha escrito al margen.







