Ozanam recuerda acontecimientos de su juventud y analiza los rasgos dominantes de su carácter.
Lyon, 5 de junio de 1830.
Mi querido Materne:
Muchas gracias por tu carta y, más aún, por la confianza que me muestras. Me gustaría creer que no has querido adularme, pero a condición de que, cuando tengas la oportunidad, me comuniques tus juiciosas críticas y me hagas participar de esas obras amables que tu modestia desprecia en demasía, y que guardas en secreto.
En cuanto a lo demás, tus observaciones finales me han movido a darte algunos detalles biográficos acerca de los años vividos hasta este momento y algunos detalles sicológicos sobre mi persona. De no haber sido por esta oportunidad me habría, sin duda, demorado en hacerlo. Y, ¿por qué demorarse más en estrechar los lazos de una amistad que puede llegar a ser tan bella y tan dichosa?
No, mi querido Materne, no son los ratos de diversión agradable vividos a tu lado, ni son las comidas en familia ni las pequeñas reuniones de amigos lo que me reprocho. Lejos de mí ese pensamiento. Creo, como tú, que una diversión moderada es una necesidad, y que los placeres puros de la amistad están permitidos por la Ley de Dios. Más aún, te diré, y sin duda lo sabes ya, que no me atraen los placeres del gran mundo, de modo que lo que he dicho en mi pequeño poema debe verse como una hipérbole y como algo inflado por la imaginación. De hecho, todo eso se puede reducir a esta única idea: que todos los placeres que me he encontrado no me han proporcionado nunca una verdadera felicidad. También es cierto que debo decirte que he visto muchas gentes poco cristianas y muy dadas a los placeres, y que esas gentes no eran felices. Eso es todo.
Ahora quiero darte a conocer lo que he sido hasta ahora. Lee hasta el final, pues al final está lo mejor[1].
Se me ha dicho que cuando era niño yo era muy dulce y muy dócil, y se atribuye eso a la blandura de mi temperamento, pero yo veo en ello otro motivo. Tenía una hermana[2], una hermana a la que quería mucho y que me instruía junto con mi madre, y sus enseñanzas eran tan dulces, tan bien presentadas, tan adaptadas a mi inteligencia infantil, que yo encontraba en ellas un verdadero placer. En resumen, yo creo que entonces era bueno y que, excepto por algunos pecadillos, no me reprocho gran cosa de esos años. A los siete años caí seriamente enfermo. Todo el mundo llegó a pensar que me curé de la enfermedad por milagro. No me faltaron los cuidados. Mis buenos padres no dejaron en ningún momento la cabecera de mi cama durante quince días. Debía de estar delirando cuando se me ocurrió pedir cerveza (N.B.: no me ha gustado nunca desde entonces). Y la cerveza me salvó, y me curé. Seis meses más tarde, mi hermana, mi buena hermana, murió. Sufrí con todos el dolor de su muerte. ¡Cómo sufrí!
Estudié latín y, mientras lo aprendía, fui adquiriendo malicia. De verdad, creo que nunca he sido tan malo como a la edad de 8 años. Sin embargo, los que seguían educándome eran un padre bueno, una madre buena, un hermano bueno[3]. Por entonces yo no tenía amigos fuera de la familia. Me había hecho colérico, obstinado, desobediente; me castigaban y yo me resistía ante el castigo, escribía cartas a mamá para quejarme. Era, en alto grado, perezoso y caprichoso en el comer. Y, desde entonces, comenzaron a brotar en mi cabeza toda clase de malas ideas, que yo intentaba rechazar en vano. Así era yo cuando empecé a ir al colegio a los 9 años y medio. Fui mejorando poco a poco, la emulación me quitó la pereza, quería mucho a mi profesor, me hice amigo de Ballofet[4], excelente persona, tuve algunos éxitos que me dieron ánimos, estudiaba con ardor, pero, al mismo tiempo, empecé a tener orgullo. Por lo demás, también tuve ocasión de intercambiar puñetazos e idioteces, etc., etc. Pero había cambiado mucho.
Las cosas siguieron más o menos igual en el quinto curso, durante el que estuve enfermo mucho tiempo y me vi obligado a pasar un mes en el campo, en casa de una dama excelente, en la que adquirí muchas buenas maneras, que luego perdí enseguida.
Me relajé un poco en el cuarto curso, y en el tercero volví a cobrar ánimos. Hice durante ese curso mi primera comunión. Día de felicidad, ¡que se seque mi mano y mi lengua se pegue al paladar si lo olvido alguna vez![5] Para entonces había cambiado mucho, y era modesto, dulce, dócil y, por desgracia, me hice también un poco escrupuloso.
Tú ya conoces mi vida a partir de esa época, bastará que te diga que, desde entonces, empecé a ser más laborioso y que seguí siendo siempre algo orgulloso e impaciente.
Pero debo entrar con cierto detalle en un periodo penoso de mi vida, periodo que comenzó cuando estaba en Humanidades y que terminó el año pasado. A fuerza de oír hablar de incrédulos y de incredulidad llegué a preguntarme por qué creía yo. Dudaba, mi amigo querido, y, sin embargo, yo quería creer, rechazaba las dudas, leía todos los libros en los que se probaba la verdad de la religión, pero ninguno de los que encontraba me satisfacía plenamente. Creía, durante unos o dos meses, basándome en la autoridad de tal razonamiento; pero surgía una objeción en mi espíritu, y yo seguía dudando. ¡Oh, cómo sufría!, pues yo quería ser religioso. Me puse a leer a Valla[6]. Valla no me satisfizo. Mi fe no era sólida y, sin embargo, yo prefería creer sin razón que dudar, pues dudar me atormentaba mucho.
Empecé la filosofía. La tesis de la certeza me revolvió todo entero. Creí, en algún momento, que podría dudar de mi existencia, pero no pude. Me decidí por fin a creer; poco a poco, todo se fue calmando y hoy mi creer está basado en la autoridad de la idea de causa.
Durante todo ese tiempo mi imaginación trabajaba; a pesar mío, me oprimían pensamientos criminales, licenciosos. Quería rechazarlos, me preocupaban demasiado. Mi respetable confesor me dijo que no me inquietase, pero no podía dejar de hacerlo aunque hoy son menos frecuentes. Me consuelo pensando que esas ideas no son mías, ni me pertenecen. Al menos eso es lo que se me ha dicho y lo que se me sigue diciendo.
Pero tengo que decirte, para no ocultarte nada, que con frecuencia esos pensamientos deslizan en mis pasatiempos algo de sensualidad, que ellos a veces engañan a mi espíritu y a mis ojos. Debo, sin embargo, reconocer que la funesta pasión del amor no se ha enseñoreado aún de mi corazón y que yo no he conocido hasta ahora más que la amistad.
Por lo demás, creo que siempre he tenido bastante buen corazón y que he querido a mis amigos, que he sido habitualmente compasivo con los pobres, agradecido hacia las personas que me hacen el bien, y siempre sin rencor.
En cuanto al mal, lo resumo en cuatro puntos: orgullo, impaciencia, debilidad, meticulosidad.
Orgullo y todo lo que le acompaña: amor a los elogios, dificultad en reconocer mis faltas, a veces un poco de jactancia. En cuanto a la impaciencia, solo se muestra hacia mi hermano pequeño[7], que la pone a prueba muchas veces. Cuando menciono la debilidad quiero decir respeto humano, poca constancia en mantener una resolución tomada antes, etc., y cuando digo escrúpulo, meticulosidad, me refiero a las cosas espirituales y a la exactitud en los escritos. Une a esos defectos el de burlarme con cierta facilidad del prójimo, y ahí tienes mi lado malo.
En cuanto a lo que hay de bueno en mí, aquí lo tienes: un corazón que no me parece perverso; la intención, que es de ordinario buena, pero que cambia a menudo según las circunstancias; un deseo de hacer el bien, que me domina de manera general. Creo poseer las dos cualidades que hacen a un buen francés: patriotismo y lealtad. Amo mucho a mi patria y he sentido siempre horror hacia la doblez, me atengo a mi […][8] y soy muy fiel a los que he […] amado, pero la frialdad que procede de un amigo me atraviesa el alma aunque no me impide amarle siempre. Me gusta […] que me den consejos, pero los quiero amistosos, como los tuyos; me gustarían incluso más severos. Sin embargo, soy propenso a conservar mi libertad y a reservarme el poder adherirme o no a un consejo dado. Creo que soy agradecido y puedo asegurar que guardo bien un secreto. Por lo demás, estoy muy ligado a la religión, sin ser muy piadoso, y es eso lo que hace que pueda ser o parecer algunas veces intolerante. Confieso que me gusta el trabajo, pero me dejo distraer con facilidad. En suma, creo que puedo llegar a ser un hombre muy malo o un hombre muy virtuoso; espero ahora haber tomado una resolución y ser, por lo menos, toda mi vida un buen francés, un buen amigo, un buen cristiano.
Así es tu hombre, te lo he dicho todo, te he abierto mi corazón, me conoces del todo. Ahora puedes saber si quieres seguir manteniendo tu amistad, interrumpirla o estrecharla aún más. Como quiera que sea, te amaré siempre, desearé permanecer siendo tu amigo y serlo cada día más y más.
A.-F. Ozanam.
Si quieres mantener tu amistad, te ruego que no me trates con miramientos, que me des buenos consejos y que jamás me adules: sé franco como yo lo he sido en esta carta, pues te he dado en ella el testimonio de mi conciencia.
Al dorso: Señor A. Materne, en Collonges. • Fuente: Archives Laporte (original). • Ediciones: LFO1, carta 11 — Centenaire, p. 57 (citado con fecha 5 de enero).
[1] Cuento con tu discreción [nota del propio Ozanam].
[2]* Elisabeth Elisa Ozanam (1801-1820).
[3]* Charles-Alphonse Ozanam, su único hermano vivo en aquel entonces (año 1821).
[4] Varias cartas están dirigidas a ese amigo de la infancia.
[5]* Inspirado en Sal 137(136), 5-6.
[6] El padre Joseph Valla es el autor de un manual de Filosofía, que se usaba en las escuelas de la diócesis de Lyon: Institutiones philosophicæ (Instituciones filosóficas). 1782, 5 volúmenes in-12°. Esta obra fue reeditada múltiples veces, hasta 1855.
[7]* Charles Ozanam, de 6 años de edad cuando Federico escribe esta carta.
[8] Los corchetes indican palabras ilegibles.







