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Respuesta a las críticas de Materne acerca de un artículo sobre la liberación de los esclavos por el cristianismo1.
Cuires, 12 de septiembre de 1829.
Mi querido amigo:
Mamá acaba de traerme de Lyon la carta que te has dignado escribirme. Nada me sorprende tanto como el recibir una carta de Materne. Empecé a temblar pensando que hubieras sufrido algún accidente, alguna desgracia… Abro tu carta, la leo y quedo agradablemente sorprendido por no encontrar en ella más que los buenos consejos de un buen amigo. Lo único que me ha entristecido es que dieras tantas vueltas para decirme lo que piensas. A los hechos, abogado.
Paso a hablar de la causa: está bien defendida. Pero me siento incomodado por no estar cerca de ti para poder hablar de ella de viva voz. Te diría que pienso como tú, que tal vez se podría interpretar mal mis intenciones que, sin embargo, creo haber expresado con mucha claridad, porque una de las primeras frases contiene estas palabras: «Lloremos por la desgracia de nuestros hermanos oprimidos, lloremos por la crueldad de nuestros hermanos opresores».
Además he señalado con fuerza, como tú mismo me lo has hecho notar, la esclavitud intelectual y moral que va unida a la esclavitud corporal. Esa es una de las ideas dominantes en mi carta. Incluso digo que el cristianismo, al librar a esas gentes de la esclavitud intelectual y moral y al darles la libertad de los hijos de Dios, acabaría por librarles de la servidumbre corporal.
Por ello me he esforzado en señalar la propiedad, sin hacer de ella una excusa para los bárbaros partidarios de la trata de negros, de la que me horrorizo igual que tú.
En cuanto al objeto de esa profecía, creo que se le puede dar la extensión que yo le he atribuido, pues dice un gran autor (creo que se trata de Newton) que las profecías se deben juzgar por lo que ocurra después. Ahora bien, la profecía anunciaba una esclavitud en términos generales, y por ser la esclavitud general y completa en la realidad, me parece que nada contradice lo que le apliqué a ella. Mi aserto se ve reforzado por esta observación que, te ruego, tengas en cuenta: a menudo las predicciones en la Escritura se aplican por igual a los dos órdenes de fenómenos, los físicos y los intelectuales. Por ejemplo, la ruina de Jerusalén y el castigo de los judíos. Al mismo tiempo que fueron perseguidos y dispersados, fueron castigados con ceguera, con endurecimiento de corazón. Es el mismo caso de aquella otra predicción de la Escritura: «con el sudor de tu rostro comerás el pan»2, que se aplica al alimento del alma y también al del cuerpo.
Tal vez todo esto sean palabras inútiles, pues puede que tengas el último número de l’Abeille. Mi artículo aparece o no aparece en ese número. Si aparece, puedes juzgar sin tanta palabrería por mi parte; si no aparece, todos mis razonamientos no sirven de nada, y me someto con gusto al juicio de las personas ilustradas que dirigen esa publicación. Pues, tal como tú me lo has expresado, si ese artículo es, tal vez, contrario a la justicia, a las buenas costumbres, si se puede interpretar mal, preferiría mil veces no haberlo mandado a la imprenta. Lo hubiera retirado para releerlo contigo, si hubiera habido tiempo. Pero ahora, alea iacta est3.
Ahora, permíteme que te diga que me has hecho reír al alabar mi celo por la lectura de la Santa Biblia, al hablarme de mi reputación, de mis numerosos artículos, al comparar mi carta con los sistemas filosóficos más ortodoxos, etc. No estamos ya en los estudios de humanidades, ¿a qué tantas precauciones oratorias para hablar a un amigo? ¿No sabes que aunque me dijeras tonterías las recibiría como pruebas de tu amistad hacia mí y de tu celo por la verdad? Con mayor motivo cuando me haces observaciones tan sabias y tan amistosas. Disputare philosophorum est4. ¿No disputaba Cicerón con Atticus? Si parva licet componere magnis5.
Puedes ver que estamos de acuerdo en un punto: el peligro de una falsa interpretación. Una conversación breve nos pondría rápidamente de acuerdo sobre los otros aspectos. Te agradezco una vez más tus buenos consejos; la próxima vez tendré más cuidado. Escribí ese artículo rápidamente, en media hora, y se lo llevé el mismo día al señor Louet. En adelante voy a releer fríamente los artículos escritos en un momento de calor, y dejaré pasar la noche entre la redacción y la corrección. Mientras tanto, estoy seguro de que recibiré tus advertencias con el mayor afecto, y trataré de aprovecharme de ellas.
Quiero permanecer siempre siendo tu fiel amigo.
A.-F. Ozanam.
Al dorso: Al señor Auguste Materne, Collonges. • Fuente: Archives Laporte (original). • Edición: LFO1, carta 6.
- Dicho artículo apareció en l’Abeille française, en agosto de 1829, con el título Lettre sur la traite des négres (Carta sobre el tráfico de esclavos africanos). Cf. Galopin, nº 26.
- Cf. Gn 3,19.
- «La suerte está echada» es una expresión atribuida por Suetonio a Julio César al cruzar el río Rubicón.
- «Disertar es propio de filósofos».
- «Si se pueden comparar las cosas pequeñas con las grandes» (Virgilio, Las Geórgicas, IV, 176).







