Es indispensable, si se quiere descubrir el carácter original y la vitalidad prodigiosa de la existencia vicenciana, deshacerse de una mentalidad que hace de Vicente de Paúl un ser invariable en el espacio y en el tiempo. Esta mentalidad, que se prolonga desde hace más de tres siglos, se origina y se alimenta en la lectura de la biografía de Vicente de Paúl escrita por Luis Abe-lly, apoyada por un «prelado virtuoso», cuya admiración por el equilibrio del «gran anciano» de Saint-Lazare le hizo exclamar un día: «el señor Vicente es siempre el señor Vicente», y coreada por la voz unánime de sus contemporáneos: Vicente de Paúl no cambia. La iglesia, que ha recogido el eco del clamor de estas voces, le ha confirmado al invitar a los fieles a invocar: «Sancte Vincenti senex a puero, ora pro nobis» (san Vicente de Paúl, anciano desde niño, ruega por nosotros). El análisis de los textos referentes a Vicente de Paúl comprueba, por el contrario, que en la trayectoria de su vida hay un cambio capital de orientación y de perspectiva. El crecimiento humano-cristiano de su existencia se desarrolla al ritmo de los acontecimientos imprevistos e imprevisibles. Digamos que es, como la mayoría de los humanos, un convertido y añadamos que evolucionó mucho a lo largo de su vida.
Del enclaustramiento en sí mismo a la abertura a los demás
De 1581 a 1617 Vicente de Paúl se enclaustra cada día más en sí mismo, a pesar de correr la aventura en busca de la fortuna. Para un campesino, hijo de campesinos, Dios es ante todo el Dios que hace florecer la naturaleza y madurar el grano y los frutos a su tiempo. Dueño y Señor de todo lo que acontece en el mundo, puede proveer de bienes al hombre que se lo suplica, hacer presagiar en el «infortunio presente» la fortuna futura. Si este Dios no busca transformar la vida del joven Vicente ni utilizarla, éste piensa poder utilizarle y ponerle a su servicio. Dios no es para Vicente de Paúl en esta época el «totalmente Otro» que interpela a su «deseo», sino un objeto, capaz de poder satisfacer la voracidad de su «necesidad», cristalizada en este caso en la obtención de un «honrado beneficio». Desde el hambre de quien vive en carencia, Vicente pugna por salir de sí en busca, sin saberlo, de su propia identidad, de su propia vocación.
Del buscador de sus negocios al buscador de los negocios de Dios
En el itinerario de la búsqueda de su deseo para descubrir el sentido de Dios, Vicente de Paúl se siente impulsado a salir de sí mismo. Conocemos el momento crucial, en que se interroga sobre la autenticidad de su vida, y el movimiento clave por el que, a pesar de sus dudas interiores (1613-1617), revela su decisión «firme e inviolable» de «dar su vida» a Díos para «el servicio de los pobres», de comprometerse con Dios en el servicio de los pobres. La realización interior y el servicio al mundo solo adquieren sentido, cuando están inscritos en la trayectoria que orienta la actividad del hombre hacia la dirección dinámica del plan de Dios en ella. Todo compromiso es una opción por la que el hombre anuncia su proyecto de vida y expresa una esperanza. El día que Vicente de Paúl rompe la losa, que le sepulta en sí mismo, y se abre a Dios, Dios inunda su ser con una luz nueva. «El Dios de Abrahán, de Isaac, de Jacob…, el Dios de Jesucristo… no se encuentra más que por los caminos enseñados en el evangelio», exclama Pascal en la noche del 23 de noviembre del año de gracia de 1654. El día que Vicente de Paúl se compromete con Dios para servirle en la persona de los pobres, encuentra al «Dios vivo y verdadero»; descubre el evangelio de quien, ungido por el Espíritu, fue enviado a los pobres para proclamar un año de gracia del Señor. A partir de este día, Vicente de Paúl comienza a ser «otro hombre». Dios cambia a este buscador de sus negocios en el realizador de los asuntos de Dios.
La voluntad de Dios no se manifiesta más que lenta y progresivamente a quienes arriesgan, a pesar de las incertidumbres y de las dificultades, comprometer la suya seriamente en la inteligencia y en el amor. Entre 1617 y 1621 Vicente de Paúl lucha denodadamente por descubrir esta voluntad de Dios. Si no puede entonces vislumbrar las etapas del camino, que debe recorrer, sabe, al menos, en qué dirección Dios le impulsa. Este caminar será unas veces duro, otras violento, con frecuencia conflictivo, siempre, sin embargo, será recorrido para descubrir y realizar la voluntad de Dios.
Esta búsqueda tensa le lleva a aislarse y le conduce a la melancolía. La señora de Gondi se preocupa por esta actitud. Sin duda en este tiempo reflexiona en las consignas transmitidas por Bérulle acerca de la abnegación, exigida por la encarnación de Jesucristo y por la pobreza del hombre: «El hombre por sí mismo no tiene derecho más que a la nada, al pecado, al infierno… es decir, a la nada de todas las maneras». «Dios nos ha dado a su Hijo único, que es la vida; es necesario que estemos en él y él en nosotros, que vivamos en él y él en nosotros, que seamos de él y no de nosotros». «Estamos salvados por el camino del sacrificio, también debemos ser santificados por una forma de sacrificio, que nos santifica a nosotros mismos en Dios». Dos sermones de Vicente de Paúl en esta época nos indican este estado de alma, en el que se debate ansiosamente por despojarse de todo lo que no es Dios: «tan grande es la miseria del hombre… que se deja llevar fácilmente por sus malas inclinaciones y por su sentido corrompido y depravado». «No somos más que gusanos… un soplo, un saco repleto de basura y una cueva de mil malos pensamientos». Período de crisis, de lucha, durante el cual el alma busca denodadamente abrirse al buen agrado de Dios.
Durante el retiro que hace en Soissons en 1621, Vicente busca otro clima interior y para creárselo reflexiona en la doctrina de Francisco de Sales. Durante las misiones que da en las tierras de los Gondi, acompañado de otros sacerdotes, el «impulso de la naturaleza le asalta». «La continua preocupación de espíritu, confesará el 1 de abril de 1642 al padre Codoing, me hizo desconfiar de que la cosa no viniera de la naturaleza o del espíritu maligno e… hice un retiro en Soissons, con el fin de que agradara a Dios hacer desaparecer de mi espíritu el agrado y la preocupación que sentía por este asunto. Le agradó a Dios escucharme, de manera que, por su misericordia, hizo desaparecer de mí lo uno y lo otro y permitió que cayese en las disposiciones contrarias». Comprende, mejor, siente, que Dios obra suavemente.
El trato con los pobres del campo, la convivencia con los sacerdotes que le acompañan en las misiones, le llevan a cambiar de actitud en su comportamiento. La tensión excesiva, el «humor seco» que le invade, pueden ser un obstáculo para «consolar y dar confianza» a quienes se le acercan. Está preocupado por lo que más tarde calificará de «rostro serio, triste, repulsivo».
«Me dirigí a Dios y le rogué con insistencia que me diera un espíritu dulce y benigno. Y por la gracia de nuestro Señor, con un poco de cuidado que he tenido en reprimir los ardores de la naturaleza, he hecho desaparecer un poco mi humor negro».
En esta época Vicente encuentra el equilibrio interior en su existencia. Después del retiro de Soissons su caminar se esclarece. Nombrado en 1622 superior-director de las Salesas de París y elegido director de la madre J. F. de Chantal, evoluciona en el sentido salesiano del Tratado del amor de Dios, que llega a conocer profundamente. Sin embargo, su sensibilidad, su vocación particular, su gracia, le conducen en otra dirección y orientan pronto su caminar a través del desprendimiento.
En 1623, con ocasión de un viaje para misionar en las galeras de Burdeos, Vicente va a ver a sus parientes. Después de la visita se siente «durante tres meses» preocupado por el deseo de ayudar a sus hermanos. Esta preocupación invade continuamente su espíritu. Pide a Dios que le libere de esta tentación. Al sentirse liberado, quiere entrar «en la escuela de Jesucristo» a través del desprendimiento. De esta manera podrá apoyarse más en Dios y compartir más con los pobres, «ya que un eclesiástico que tiene algo, declara a su familia, se lo debe a los pobres».
Abnegación y desprendimiento, requeridos para descubrir y realizar las exigencias de la voluntad de Dios, orientan de 1625 a 1632 la evolución interior de Vicente. Junto al «santo y sabio señor Duval» intenta ver más claro. A través de las palabras de su director termina por encontrar en 1625 la orientación decisiva de su existencia, de acuerdo con el buen agrado de Dios. Las cartas escritas a Luisa de Marillac entre 1628 y 1630 nos revelan que Vicente evoluciona en la purificación del sentimiento. Para conseguirlo, se ejercita en el desprendimiento, que une a la voluntad de Dios.
Luisa de Marillac se preocupa excesivamente por su hijo. Esta preocupación llega a «inquietar su espíritu». Vicente le recomienda que se «entregue totalmente al querer y no querer de nuestro Señor». El 19 de febrero de 1630 insiste: tiene que trabajar ante Dios para desprenderse «de la excesiva ternura» por su hijo, «porque sólo sirve para turbarle el espíritu y le priva de la tranquilidad que nuestro Señor quiere que tenga en su corazón, y del desprendimiento del afecto de todo lo que no es él. Hágalo, pues, se lo suplico… puesto que Dios no quiere de ninguna manera que usted se interese» por su hijo, «a no ser de modo dependiente y suave».
Sin rechazar la espiritualidad de Francisco de Sales, Vicente de Paúl pasa muy pronto del «amor afectivo» al «amor efectivo». Abelly, sin olvidar señalar la práctica de su biografiado, de «no pararse en las apariencias» sino de ir al fondo de las cosas, y la riqueza afectiva de su «corazón compasivo», nos informa de una máxima profundamente arraigada en el interior de su biografiado: el «amor afectivo» es estéril, si no pasa a ser efectivo. Esta convicción se fundamenta en una consigna comunicada a Vicente de Paúl: «Totum opus nostrum in operatione consistit (Todo nuestro quehacer consiste en la acción). Repetía con frecuencia estas palabras y decía haberlas aprendido de un gran servidor de Dios, quien, al encontrarse en su lecho de muerte, como le pidiera alguna palabra de edificación, le respondió, que veía claramente en esta hora que lo que algunas personas juzgaban ser contemplación, arrebatos, éxtasis… movimientos agónicos, visiones deíficas, no eran más que humo… Ello provenía de la curiosidad engañosa o de los resortes naturales y de un espíritu con cierta tendencia y facilidad para el bien. Sin embargo, la señal cierta del amor a Dios es la acción buena y perfecta».
A través de rupturas, lentamente, el caminar de Vicente se esclarece y arraiga. Entre sus 32 y 36 años se ve impulsado a cambiar el objetivo de su vida. Progresivamente adquiere su «prudencia» que le permitirá descubrir con lucidez y energía los disfraces de la «naturaleza engañosa» y desenmascarar a los mejores enemigos que invaden su interior. En su edad madura, con gran discernimiento de espíritu y sin ninguna concesión, expulsará sin hisopos y sin convulsiones los «demonios familiares» que habitan en el interior del hombre. En contraposición y en su lugar, introducirá el deseo de no buscar más que a Dios» y probará este deseo de amor a Dios con actos»’. La adaptación flexible a todas las exigencias y manifestaciones de la voluntad de Dios será la única señal cierta de la autenticidad del amor. Por eso Vicente denuncia sin componendas todas las ilusiones del amor propio alimentadas por la naturaleza: las buenas resoluciones, los grandes sentimientos, las inclinaciones de las personas a querer disfrutar continuamente de éxtasis y visiones deíficas, el desprecio por la actividad exterior, provocada por la comodidad y la pereza, la repetición de actos para sentirse sumergido en las consolaciones y en la presencia de Dios, donde el amor propio y el demonio salen ganando, el retiro para buscar una contemplación que aísle del apostolado, del ejercicio de la caridad’. Todo esto no es más que «humo», si no se encuentra en ello la preocupación de buscar y de realizar el plan de Dios y el amor al prójimo.
Estas convicciones, experimentadas en el don a Dios para servirle en la persona de los pobres, permitirán a Vicente de Paúl descubrir las llamadas que Dios le transmitía a través de los acontecimientos. La abertura constante a la miseria humana movilizará su sensibilidad y su espíritu y le permitirá ampliar progresivamente su campo de acción y formular una doctrina.
«Un espacio para el deseo»
El análisis de la experiencia de la voluntad de Dios en Vicente de Paúl verifica la existencia de una ruptura inicial, en la que comienza su re-creación y en la que se apoya todo el desarrollo posterior de su nueva existencia. Este desarrollo se realiza a través de un movimiento que le conduce a Dios como al «fin para el cual somos creados», a Dios en el cual «vivimos y nos movemos y existimos» (Hech 17, 28), es el medio para él de volver de la particularidad de los conocimientos y de la actividad religiosa a su imperceptible, incomprensible principio y término: la voluntad de Dios.
La problemática «filosófica» del «fin» y de los «medios» en Vicente de Paúl, como en el Enchiridion de Erasmo y en el Libro de los ejercicios de Ignacio de Loyola, aspira a relativizar y a rectificar los «medios» con relación al «fin»: invariable en el fin, flexible hasta la extrema severidad en los medios, es la norma de la pedagogía de Dios en la que se inspira la pedagogía vicenciana. En realidad, es una táctica moral que intenta favorecer la «indiferencia» en orden a una revisión de los medios elegidos para llegar al fin; un criterio que aspira a permitir el «discernimiento de espíritus» y a evitar encerrarse en las ilusiones y en las obsesiones; una problemática que tiene por función abrir un espacio libre donde el deseo fundamental del hombre pueda articularse y expresarse. Solamente entonces le será posible articular el deseo —el querer profundo y genuino del hombre— en los términos limitados y provisionales de una decisión. Volver al «fin para el cual somos creados», volver al «principio» en el cual «vivimos y nos movemos y existimos», es confesar un deseo fundamental extraño, extranjero al ideal o a los proyectos que se forjaba. Es aceptar escuchar los rumores del océano inmenso del mundo, es experimentar la presencia del «Otro» que «inquieta y hace vivir», es abrirse con docilidad al «Extraño», al «Extranjero» que viene y aceptarle con gratitud, creer en él. Es una manera, en definitiva, de hacerse vulnerable, después de haberse despojado de la armadura humana, a la presencia activa y benéfica de Dios.
Los «lugares» de la manifestación del «deseo»
La originalidad de la vivencia de la fe cristiana para Vicente de Paúl no tiene más que una aspiración: «vaciarse de sí mismo para llenarse de Dios». Por eso hay que entrar en el movimiento del «anonadamiento» de Cristo, «alzarse» hasta la voluntad del Hijo de Dios «para conocer la altura, la profundidad y la anchura» de las exigencias de la realización de la voluntad divina, «que nos lleva a Dios, que nos llena de Dios». En razón de este doble movimiento, la «gracia santificante» impulsa a «no obrar nunca movidos por nuestro interés o fantasía, sino a acostumbrarnos a hacer en todo la voluntad de Dios, que hace incesantemente agradables a Dios, a la acción y a la persona… Esta es la gracia santificante que es menester pedir, poseer y ejercitar; de otra manera todo está perdido» 46. Sólo «el desprendimiento total de sí mismo» permite al hombre abrirse a esta «gracia de Dios» y ésta animará su espíritu y le llevará a buscar y a realizar continuamente la voluntad de Dios.
La enseñanza vicenciana, al mismo tiempo que permite verificar la trayectoria de la experiencia de Vicente de Paúl —descubrir los «lugares» a través de los cuales se manifiesta su deseo— proporciona los puntos de referencia, el espacio abierto donde el hombre puede acoger, descubrir y unirse a la voluntad de Dios. Señalemos los más significativos:
Humildad
La humildad es el primer punto de referencia para descubrir la trayectoria vicenciana de la experiencia de la voluntad de Dios, el primer espacio abierto donde Vicente de Paúl acoge, descubre y se une a la voluntad de Dios. Esta virtud, que Jesús de Nazaret «grabó particularmente en su corazón», dice relación a las perfecciones de Dios, al movimiento de la encarnación y de la redención del Hijo de Dios, a la pobreza radical de la criatura y del hombre pecador. Al mismo tiempo crea en el espíritu humano una disponibilidad ante las exigencias de Dios y ante la miseria de los hombres. Polo de atracción, centro de unidad, «la humildad atrae y conserva todas las virtudes». Propietaria de todo desprendimiento, «impide (al hombre) pretender ninguna estima de nadie, a no ser de Dios», y le evita caer en la ilusión, «en la locura» que induce a «preferir la estima del mundo a la de (Dios), la sombra al cuerpo, la mentira a la verdad». «Las personas que practican esta virtud divina… están siempre contentas y su alegría salta hasta su rostro, porque el Espíritu santo, que habita en ellas, las colma de paz, de tal manera que nada es capaz de perturbarlas…».
Este clima de paz, de alegría, de desprendimiento crea el espacio libre donde Vicente de Paúl —y quienes le escuchan—, puede anonadarse ante Dios, vaciarse de sí mismo y permitir a la presencia benéfica de Dios introducirse y actuar en él: «La humildad consiste en anonadarse ante Dios y en destruirse a sí mismo para instaurar a Dios en su corazón… La humildad hace que (la persona) se anonade, a fin de que no sea más que Dios quien aparezca y a quien sea dada la gloria. La humildad… dice siempre: ¡el honor y la gloria únicamente para Dios, que es el ser de los seres!. Ella imprime estos sentimientos en los espíritus: ‘Renuncio al honor, renuncio a la gloria, renuncio, en fin, a todo lo que pueda proporcionarme alguna apariencia; porque ¡desdichadamente, no soy más que polvo y corrupción!; sólo Vos, Dios mío, debéis reinar; y si aconteciere que hubiera alguna cosa en mí que no estuviera en Vos, ¡oh, Dios mío!, me despojaría con complacencia para dárosla y anonadarme en mi centro… Por la humildad nos anonadamos y establecemos a Dios ser soberano…». En otro lugar afirma: «Por la humildad somos un holocausto para Dios, a quien debemos todo honor y en cuya presencia debemos anonadarnos… para que tome posesión de nosotros». El «relieve» y la «fuerza» de esta virtud hacen al hombre «agradable a Dios» y le impulsan a allegarse a Dios para no hacer más que un mismo espíritu con él.
La mística del anonadamiento es para Vicente de Paúl, como para los místicos renano-flamencos, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús y Benito de Canfeld, el medio de llegar a la autenticidad de la comunión con Dios. Hay que aceptar ser débil, vulnerable, para vivir la fe cristiana como una «experiencia de fragilidad». Entonces Dios penetra en el hombre y le transforma: «Creedme, señores y hermanos, creedme, es una máxima infalible de Jesucristo, que os he anunciado con frecuencia de su parte, desde el momento que un corazón se vacía de sí mismo, Dios lo llena, Dios lo habita y actúa en él; es el deseo de la humildad lo que nos vacía de nosotros mismos, es la humildad, la santa humildad; y entonces no seremos nosotros quienes actuaremos, sino Dios en nosotros, y todo irá bien». No se puede ir a Dios «desnudo», pero tampoco «vestido», solamente se puede acercarse a él despojado, desprendido: «Acuérdese, escribe Vicente de Paúl el 1 de mayo de 1635 al padre Portail, que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo y debemos morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo. Nuestra vida debe estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo. Para morir como Jesucristo, es necesario vivir como Jesucristo». Vicente de Paúl jamás olvidará el contenido de esta carta.
Una precisión se impone: la mística del anonadamiento en Vicente de Paúl se realiza a través de la mística de la caridad. Este anonadamiento se realiza a través de las exigencias concretas de la continuación de la misión de Cristo’. Sólo en este clima se puede comprender la exclamación de Vicente de Paúl: «¡Cómo, señores, quisiéramos permanecer en el mundo sin agradar a Dios y sin procurarle su mayor gloria!»
Sencillez
La sencillez es el segundo punto de referencia para descubrir el itinerario de la vivencia de la fe cristiana de Vicente de Paúl, el segundo espacio abierto donde su deseo fundamental se expresa para abrirse y unirse «al buen agrado de Dios». Esta virtud, que Jesús de Nazaret transparenta en su persona, anuncia en sus palabras, verifica en sus acciones admirables, no obstante ser la «sabiduría eterna», imanta la atención y maravilla al espíritu de Vicente. Al mismo tiempo le permite acceder a Dios y a los hombres: «La sencillez es una virtud admirable». «La virtud, pues, de la sencillez, la sencillez, ¡ah, qué maravilla!». «¡Ah, la sencillez! que no tiene otro objetivo más que a Dios, que dice negación de todo otro motivo fuera de Dios y de lo que aparece». «Los misioneros deben tener esta virtud (la sencillez) porque su vida está dedicada a ejercer actos de caridad con Dios y con el prójimo y a uno y a otro hay que ir sencillamente». «¡Jesús, Dios mío!, escribe al padre Francisco du Coudray el 6 de noviembre de 1634, ¿tendré que reconocer con pena que he dicho o hecho algo respecto a usted en contra de la santa sencillez? ¡Dios me guarde, padre, de obrar así con ninguna persona! Es la virtud que más aprecio y en la que pongo más atención en mi conducta, según creo; y, si me es permitido decirlo, diría que en ella he realizado algunos progresos, por la misericordia de Dios». «La sencillez no tiene otra mira que Dios en las acciones y palabras». «La sencillez equivale a la verdad o pureza de intención… hace que nuestros actos de virtud tiendan directamente a Dios». «La sencillez en las palabras… (lleva) a hablar buenamente, con intención pura de agradar a Dios». «La sencillez en las acciones… hace obrar buena, rectamente y siempre mirando a Dios…». «No puedo soportar», confiesa Vicente, que se «testimonie una cosa y se intente otra». Tan grande y tan intensa es su estima por ella, que no duda llamarla su evangelio: «Dios me da una estima tan grande de la sencillez, que la llamo mi evangelio. Tengo la devoción especial y el consuelo de decir las cosas como son».
Para «hacerse agradables a Dios», para «alzarse» hasta Dios, que le crea y le re-crea continuamente, Vicente «arraiga en su corazón» el deseo genuino de parecer lo que es. Pero sabe que no es posible acceder a semejante purificación, a semejante transparencia, si no es por el anonadamiento: «El afecto por parecer lo que somos (es decir, la sencillez), ¿ha arraigado en nuestros corazones? Pidamos a Dios esta gracia para anonadarnos». «Abajémonos y miremos únicamente a Dios en nuestras acciones». Se requiere, en consecuencia, «darse a Dios para hacerse agradable a sus ojos por esta virtud de la sencillez», porque «Dios es muy sencillo, o mejor, la sencillez y donde se encuentra la sencillez, allí está Dios». «Dios es un espíritu de sencillez». «Dios es un ser sencillo que no recibe ningún otro ser, una esencia soberana e infinita que no admite ninguna agregación; es un ser puro que jamás sufre alteración». Es menester al mismo tiempo dejarse iluminar por el espíritu de Cristo, «espíritu recto y sencillo», entrar en este espíritu; entonces «la sencillez ayudará mucho a estudiar, a discernir las ilusiones del demonio», permitirá «resolver las cosas humanas por las divinas y no las divinas por las humanas» y hará entrar en el movimiento de Cristo para realizar la voluntad del Padre.
Este clima de luz, de transparencia, crea el espacio abierto donde Vicente de Paúl puede purificar de toda escoria sus intenciones, palabras y acciones: «La sencillez consiste en hacer todas las cosas por amor de Dios, sin tener ningún otro fin, en todas las acciones, más que su gloria… La sencillez consiste en hacerlo todo por amor de Dios, rechazando toda mezcla, porque la sencillez dice negación de toda composición. Por eso, como en Dios no hay ninguna composición, decimos que es un acto puro y muy sencillo. Es menester, pues, desterrar toda mezcla para no tener a la vista más que a Dios». Semejante purificación destierra la «peste» de la «doblez», que aísla de Dios y de los hombres, y expulsa el «veneno» que emponzoña y corrompe toda relación con ellos «. Al mismo tiempo permite al espíritu de Vicente abrirse al «buen agrado de Dios», a «encontrar a Dios»: «¿Sabéis, hermanas, dónde habita nuestro Señor? En los sencillos». «El Hijo de Dios quiere corazones sencillos y humildes y cuando los ha encontrado… le parece maravilloso residir en ellos. Alardea en la sagrada escritura de que sus delicias están en conversar con los pequeños. Sí, Hermanas, el agrado de Dios, la alegría de Dios, el contento de Dios, si es permitido hablar así, consiste en estar con los humildes y sencillos que permanecen en el conocimiento de su nadería». ¡Admirables palabras de Jesucristo que manifiestan claramente que no es en los Louvres ni en las moradas de los príncipes donde Dios encuentra sus delicias. Lo dice en un lugar de la Escritura: Padre, te alabo, y te doy gracias, por haber ocultado tus misterios a los grandes del mundo y por haberlos manifestado a los sencillos (cf. Mt 11, 25; Lc 10, 2122). Comentando este texto a los misioneros afirma: «Reconozco, Padre -y te doy gracias por ello-, que la doctrina que he aprendido de vuestra divina majestad y que propago entre los hombres, sólo es conocida por los sencillos y permitís que los sabios del mundo no la comprendan, se la habéis ocultado, si no las palabras, al menos el espíritu».
Campesino, hijo de campesinos, a pesar de frecuentar la corte y las residencias de príncipes y poderosos de este mundo, Vicente sabe por fe y por experiencia que «Dios hace abundar en los sencillos las gracias que rechaza a los ricos y a los sabios de este mundo». Si «Dios sustrae la penetración de las verdades cristianas a los sabios y entendidos del mundo… se las concede al pueblo sencillo, a la gente sencilla». A los sencillos y solamente a ellos, Dios los ilumina y les concede la gracia de «enriquecerlos con una fe viva» que les permite «creer, tocar, saborear las palabras de vida» en medio de sus carencias y aflicciones. De ahí proviene su «sumisión» a la voluntad de Dios, que los conduce a aceptar «paciente», «serena», «invariablemente» el buen agrado de Dios.
Semejante insistencia y preocupación por la sencillez provienen en Vicente de Paúl de la contemplación de Jesús de Nazaret, sencillo, humilde, sometido continuamente a la voluntad del Padre, de ese Cristo campesino, que este otro campesino, Vicente de Paúl, adora e «imagina». El y solamente él le permite hacer aparecer a la «dama» sencillez en la corte, pasearse por sus pasillos y hacerse «admirar allí por todos», a pesar de la extrañeza que inspira y la ironía que provoca. El y solamente él le permite introducirla en el púlpito de la capilla de la Corte, no para «cantar aires de deleite» en medio de personas refinadas, fácilmente aburridas y con frecuencia volubles, sino para «predicar en la fe» y hacer «brillar» en ella la «verdad de los misterios», la voluntad del Padre, oculta desde los siglos en Dios y manifestada en el misterio de Cristo (cf. Ef 3, 8-12).
Indiferencia
La indiferencia es el tercer punto de referencia para percibir el crecimiento humano y cristiano de Vicente de Paúl, el tercer espacio abierto donde todo su ser busca «someterse perfectamente a las órdenes de la Providencia», y «atraer a Dios» hasta él. Sólo entonces «Dios le llevará de la mano» y «se servirá de él para hacer las cosas que le son agradables»: «Roguémosle (a Dios), hermanos, que nos conceda la gracia de permanecer en este estado (de indiferencia), para estar siempre bajo la dirección de Dios, que nos lleve de la mano y que nos conduzca ante su majestad». «¿Qué hace quien está sometido perfectamente a las órdenes de la Providencia?… ¿Qué hago cuando me abandono de esta manera? Atraigo a Dios a mí, porque no he tenido voluntad… Me he abandonado a la más mínima indicación de vuestra voluntad… y por eso, Señor, os habéis servido de mí para las cosas que os han sido agradables». Para comprender que la indiferencia es el espacio abierto, donde puede girar en todo momento al ritmo acompasado del movimiento de Dios, la trayectoria que le conduce a la unión con Dios, le es suficiente contemplar el caminar del Hijo de Dios: «Pero el Hijo de Dios ¿en qué tiene interés? ¿Sabéis cómo estaba sometido a la voluntad de su Padre? Hace suya la comparación utilizada por el profeta-rey: Ut jumentum factus sum apud te (Sal 72, 23). Así soy, dice nuestro Señor, para manifestarnos cómo estaba disponible para todo lo que Dios quería de él. ¡Oh, qué disponibilidad!, ¡oh, qué abandono! ¿qué le sucedió? Et ego semper te-cum (Sal 72, 23). Estuvo siempre con Dios. Porque he hecho vuestra voluntad, Señor, y nunca la mía, habéis estado conmigo».
Esta indiferencia no es apatía, repliegue en sí mismo, expresión de hastío, cansancio de vivir, incapacidad de afrontarse, de soportarse a sí mismo y de admitir que el «otro» sea diferente de uno mismo, olvido o rechazo del movimiento de la historia que con frecuencia nos sobrepasa, nos paraliza y nos fosiliza. Esta indiferencia, por el contrario, otorga «la libertad de los hijos de Dios»; proporciona la flexibilidad y los medios para buscar el Reino de Dios y su justicia; moviliza todo el ser del hombre para liberarle de todo lo que le aprisiona y le reprime: «No es solamente una virtud; de alguna manera… es un estado; pero es menester que esta virtud sea activa en él y que, por ella, el corazón se desprenda de las cosas que le tienen cautivo… Donde está nuestro amor, allí está nuestro corazón; no puede salir de allí, ni subir más arriba… no puede ir ni a derecha ni a izquierda; se encuentra parado». Fuente de inspiración y de abertura, «atrae la gracia que se quiere comunicar a los demás». «Origen de todas las virtudes y muerte de todos los vicios» conduce a quienes la practican «al grado más alto de la perfección». Promotora, animadora de acción -y no de agitación-modela el ser del hombre y le infunde el «deseo» de adquirir «la disposición flexible» ante la realidad, «el valor» de enfrentarse al riesgo, «la firmeza» en medio del combate: «Lo único que deseo, Dios mío, exclama Vicente de Paúl, es la disposición flexible que dais a los animales, el valor de sufrir que otorgáis a los hombres de guerra y la firmeza que éstos tienen por el orden militar… Se trata de trabajar en la indiferencia desprendiéndonos de nuestro razonamiento, de nuestra voluntad, de nuestras inclinaciones y de todo lo que no es Dios; es una virtud activa y, si no actúa, no es virtud».
El hecho de poder desencadenar semejante dinamismo de vida, de crear semejante clima de liberación y de abertura, proviene de que la indiferencia vicenciana se arraiga en el «amor perfecto» y participa de la naturaleza del «fuego» que «ilumina», «calienta» y «purifica». «Es menester que la indiferencia libere a la persona cautiva; sólo esta virtud nos arranca de la tiranía de los sentidos y de las criaturas… Debemos darnos a Dios para intentar adquirirla, si no queremos ser esclavos de nosotros mismos».
«Es necesario que la indiferencia participe necesariamente de la naturaleza del amor perfecto, ya que es una actividad amorosa que impulsa al corazón hacia todo lo mejor y destruye todo lo que se lo impide, a semejanza del fuego, que no sólo tiende a su centro, sino que consume todo lo que le retiene. Del mismo modo, hermanos míos, si la indiferencia los despega de la tierra, vuestros corazones estarán totalmente inflamados en la práctica de la voluntad de Dios. Cuando cesen de amar otra cosa, necesariamente estarán colmados del amor de Dios».
Esta abertura y esta liberación, esta flexibilidad y esta energía de vida, no se pueden conseguir más que a un precio, declara Vicente de Paúl: el desprendimiento de sí mismo. Entonces, solo entonces, la indiferencia hace acceder a la obediencia a la voluntad del Padre, donde el hombre encuentra su transformación, su salvación: «El medio para obtener de Dios esta indiferencia, es la mortificación continua exterior e interior… a fin de cortar en seco, de cortar una y otra vez por lo sano todo lo que nos aprisiona, a fin de desprendernos de todas las criaturas… De esta manera, de esclavos que somos de nosotros mismos y de las cosas que amamos fuera de Dios, llegaremos a la libertad de sus hijos, no estaremos sometidos más que a la voluntad del Padre celeste». Este totalmente desprendido sabe perfectamente que no es posible adquirir semejante transformación, si no es a través de una disponibilidad constante, de una flexibilidad vital, de una escucha y de una abertura continuas a las intervenciones «las más extrañas y las menos esperadas de Dios» en la vida, de un desprendimiento total de sí mismo a imitación de Cristo, del «gran apóstol», Pablo, de Abrahán, «corifeo de los verdaderamente obedientes y perfectamente desprendidos». «Hay pocos, declara Vicente de Paúl, que no tengan su Isaac muy querido; pero es menester desprenderse de él, es necesario vaciar nuestro corazón de cualquier otro amor que no sea el de Dios y de toda otra voluntad que la de la obediencia» a Dios.
Quienes consienten a esta cooperación mortificadora y vivificadora, «entran en la verdadera libertad de los hijos de Dios» y gozan de una paz y de una liberación insospechadas. Dejemos la palabra a Vicente de Paúl:
¿No veis, hermanos, los resultados maravillosos de quienes se encuentran en esta indiferencia? Sólo dependen de Dios y Dios los guía. Los veréis mañana, esta semana, todo el año y toda la vida en paz, en ardor y en tendencia continua hacia Dios y siempre difundiendo en las almas los dulces y saludables efectos de las operaciones de Dios en ellos. Y si comparáis a los indiferentes, con quienes no lo son en absoluto, veréis por una parte sus maneras de proceder totalmente resplandecientes de luz y siempre fecundas en frutos; no hay más que progresos en su persona, fuerza en sus palabras, bendición en sus empresas, gracia en sus consejos y suave olor en sus acciones. Et in voluntate deduxiste me; me habéis guiado, Señor, por el camino de vuestra voluntad. Veréis, por otra parte, a esas personas fijadas en su satisfacción que sólo tienen pensamientos terrenos, discursos de esclavos y obras muertas. La diferencia, pues, que existe entre unos y otros, proviene de que éstos se unen a las criaturas y aquéllos se apartan de ellas, de que la naturaleza actúa en las almas vulgares y la gracia en las que se elevan hasta Dios y sólo respiran su voluntad… ¡Bendito sea nuestro Señor! Porque tuvo este espíritu de sumisión y de indiferencia, tuvo a su Padre con él, que le guió de la mano en el camino de su voluntad y que le colmó y le cubrió con el resplandor de su gloria.
En otro lugar añade: Los hombres indiferentes están por encima de toda ley; son de una categoría distinta de los demás, y, a la manera de los cuerpos gloriosos pasan por todas partes, van por cualquier sitio, nada les impide ni les retrasa. ¡Oh, Salvador, qué felices seríamos si estuviéramos tan desprendidos como… vos, Señor, que os habéis comparado con un jumento, a fin de apropiaros la mayor flexibilidad que se pueda imaginar! ¡Concedednos, al menos, la gracia de participar en esta disposición, os lo suplicamos, libertador nuestro…! No entrará nada, que nos pueda desviar de ejecutar todo lo que ordenéis. Cuando lo realicemos, nos conduciréis de la mano, nos haréis realizar vuestra voluntad….
Ahora podremos comprender con mayor precisión y profundidad a este perfecto indiferente, que «es totalmente de Dios, para quien Dios lo es todo y el resto no le es nada».
Mortificación
La mortificación es el cuarto punto de referencia para seguir el itinerario de la fe y de la experiencia vicencianas, el espacio abierto donde el ser genuinamente cristiano de Vicente de Paúl intenta continuamente «despojarse del hombre viejo» y «revestirse del hombre nuevo». De esta manera podrá «hacerse agradable» a Dios, conformar su voluntad con la divina y «tener un deseo continuo de hacer siempre», a imitación de Jesucristo, las cosas que agradan al Padre.
Este «deseo» está suscitado y sostenido por una persona viva, Jesucristo, regla de la vida y de la acción de Vicente de Paúl. El imanta, «ilumina y anima» su espíritu. Pero el Cristo de la contemplación vicenciana es el hijo de Dios encarnado en la historia, para realizar perfectamente la voluntad salvífica del Padre en beneficio de los hombres. El amor del Padre y la miseria de los hombres le conducen al «anonadamiento» de la encarnación, al suplicio infame de la muerte de cruz. «Las dos grandes virtudes» que caracterizan el espíritu de Jesucristo —«la religión en relación al Padre y la caridad en orden a los hombres»— le impulsan a darse al Padre y a oponerse profundamente a «las pulsiones de muerte», que invaden al ser humano, al mundo, que según san Juan, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, soberbia de la vida. La vida de Jesús de Nazaret para Vicente de Paúl está orientada por una actitud fundamental de anonadamiento, de desprendimiento, de abnegación. El «espíritu de caridad perfecta», que anima su vida y expresa el amor del Hijo al Padre, se manifiesta en orden a los hombres por el anonadamiento de la encarnación, de la pasión redentora, a través de todas las «operaciones interiores y exteriores» de la vida terrestre de Cristo. En esta perspectiva Vicente de Paúl vive y al mismo tiempo proclama indefectible e irrevocablemente: «Para continuar la misión de Cristo es necesario revestirse de su espíritu»; para continuar «los empleos de Jesucristo es necesario vaciarse de sí mismo» y «revestirse de Jesucristo». Revestirse de Cristo, obedecer a su espíritu, exigen un esfuerzo constante de disponibilidad, que sólo se adquiere por una abnegación continua. En realidad, la descripción, que Vicente de Paúl hace de este espíritu, es una evocación de los grandes textos de la espiritualidad de san Pablo relativa a la vida y a la muerte misteriosas del cristiano realizadas en el bautismo. Esta vida por Cristo y en Cristo «está oculta con Cristo en Dios» (Col 3, 3). No obstante, reclama la muerte a sí mismo. Sin este renunciamiento, que vacía a un ser de sí mismo, no se puede verdaderamente vivir en Cristo, ser su discípulo, ni «obrar en él y por él»: «Cuando establecemos en nosotros la mortificación… establecemos a Jesucristo y podemos decir entonces: ‘ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí’ (Gál 2, 20)».
El trabajo primordial que Vicente de Paúl propone a su existencia, a cada existencia cristiana, es clara: «vaciarse de sí mismo», «despojarse del hombre viejo», ofrecerse a Cristo que se da al Padre en la entrega a los hombres: «¿Qué habéis hecho durante toda vuestra vida, Señor mío, sino combatir continuamente al mundo, a la carne y al diablo? ¿Hacíais alguna vez vuestra voluntad, teníais en cuenta vuestro razonamiento, escuchabais alguna vez a la sensualidad? No, nunca; en vos no había más que una continua mortificación y una renuncia absoluta en todas las cosas… Señores, tengamos delante de los ojos este ejemplo y no perdamos nunca de vista la mortificación de nuestro Señor, ya que estamos obligados, para seguirle, a mortificarnos como él. Formemos nuestros afectos sobre los suyos, a fin de que sus pasos sean la regla de los nuestros en el camino de la perfección… Trabajemos en ello, hermanos míos, con ardor y fidelidad, con amor y paciencia». Entonces «viviremos de la vida» de Jesucristo 136. «Estemos ciertos que no seremos verdaderos cristianos hasta que no estemos dispuestos a perderlo todo y a dar, incluso, nuestra vida por amor y para gloria de Jesucristo; decidámonos como el santo apóstol a elegir antes los tormentos y la muerte que ser separados de la caridad de este divino Salvador».
Este trabajo de larga duración requiere una docilidad total y una cooperación penosa y fructuosa por parte del hombre. Vicente la compara a la realizada por un «buen viñador… siempre con el cuchillo preparado y con frecuencia en la mano para cortar todas las superfluidades, al mismo tiempo que las percibe, a fin de que la fuerza de la savia de la cepa llegue hasta los sarmientos que deben producir frutos…». Entonces, «Dios, que es el dueño de la viña, después de haber quitado de las almas todo lo inútil y toda la maleza, nos concederá permanecer en nuestro Señor, como sarmientos que producen fruto, a fin de producir aún más».
Paradójicamente, en el cristianismo, «lo propio de la mortificación, declara Vicente de Paúl, es otorgar la tranquilidad al alma, de tal manera que siempre se encuentra contenta con lo que le acontece y no pide ni rechaza nada… ¿no os parece maravilloso estar provistos de una virtud que hace que no queramos otra cosa más que la voluntad de Dios?». «Es necesario», en consecuencia, «decidirse a mortificar toda voluntad, cuando no está en conformidad con la de Dios», para vivir de la vida de Dios: «Renunciar a sí mismo.., es renunciar a su juicio, a su voluntad… ¡Qué vida, señores, renunciar totalmente a sí mismo por el amor de Dios… ajustarse al juicio que Dios hace de las cosas!». Por ello esta exclamación se convierte en súplica: «Si agradara a su divina bondad concedernos la gracia de hacer siempre la voluntad de Dios… seríamos entonces dignos de pertenecer a su escuela; pero mientras gocemos de nuestra voluntad, ¡oh, Señor mío! no tendremos ninguna preparación para seguiros, ni mérito en llevar nuestras penas, ni tendremos parte con vosotros. Sólo la tendremos si renunciamos verdaderamente a nuestra propia voluntad por amor de Dios».
El fin de imitar a Cristo y la razón de oponerse a «la naturaleza engañadora», para entrar profundamente en la «nada capaz de Dios», son claros para Vicente de Paúl: Jesucristo «renuncia a sí mismo… va hasta la muerte para realizar la voluntad del Padre». Como él «debemos desprendernos de todo lo que no es Dios y unirnos al prójimo por caridad para unirnos a Dios por Jesucristo» ‘44. De esta manera a través de la unión con los hombres nos uniremos con Cristo y a través de la unión con Cristo nos uniremos con Dios.
La espiritualidad de Vicente. de Paúl está imantada por dos polos atrayentes: la imitación de Jesucristo y la conformidad con la voluntad de Dios. Abelly lo constató con precisión y densidad en 1664. Esta doble imantación sólo adquiere sentido inscrita en una relación dinámica, en función de la trayectoria de Vicente de Paúl, que permite el desarrollo de su experiencia, de la que ella organiza la explicación, al mismo tiempo que comprueba y verifica una doctrina. En un intento por querer unir esta doble inmantación diríamos: la fuerza inmantadora que polariza la experiencia y la doctrina vicencianas, el centro, el lugar, donde esta doble inmantación converge, es la voluntad salvífica de Dios, que Jesucristo realiza a través de su encarnación en la historia; o si
se prefiere, Jesucristo, que se encarna en la historia para realizar la voluntad salvífica de Dios. Hasta 1635 el caminar de la vida y del pensamiento vicencianos giran en torno a la voluntad de Dios. A partir de esta fecha, Vicente insiste psicológica y doctrinalmente en hacer presente y activo en él y en los otros al Cristo joánico, paulino y lucano, sin prescindir en ningún momento, sin embargo, de su deseo constante de descubrir y de unirse a la misteriosa voluntad de Dios.
El fundador de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad declara una y otra vez que Jesucristo nos enseñó a través de sus acciones y palabras. Es preciso señalar que los interesante para él no es tanto tal o cual acción, tal o cual palabra evangélica, sino la persona de Cristo. Acciones y palabras, relatadas en el evangelio, mucho más que un conjunto de proposiciones, de enunciados doctrinales y un catálogo de signos, de actividades benéficas, que confirman una doctrina, son para él la expresión de una persona viva, de una regla iluminadora de pensamiento, de una actividad productora y animadora de vida, de una comunión con un «misterio» de amor, «escondido desde siglos en Dios, creador de todas las cosas» y revelado en Cristo (cf. Ef 3, 8-12). Sólo a través de la «incalculable riqueza» de la persona de Cristo se puede interpretar la enseñanza evangélica. Sencilla y contundentemente Vicente de Paúl declara: «la regla de la Misión es Cristo». Semejante indicación es tanto más inspiradora cuanto que las «máximas evangélicas» —el mensaje evangélico— son el eje sobre el que giran la doctrina y la praxis de la misión y de la caridad, de la vida cristiana.
Los puntos de referencia de la trayectoria de la experiencia vicenciana nos han descubierto el deseo de Vicente de Paúl de abrir su pensamiento y su vida —el pensamiento y la vida de los demás— a las «máximas evangélicas». Para obtenerlo, se persuade y persuade de que Jesucristo es su autor y de que él mismo las practicó: «El primer motivo o razón que tenemos de darnos a Dios para practicar las máximas evangélicas, es a causa de su autor, que es nuestro Señor Jesucristo, quien, habiendo venido del cielo a la tierra para anunciar la voluntad de Dios, su Padre, y enseñar a los hombres lo que era menester hacer para serle lo más agradable, les hizo saber que era la práctica de las máximas evangélicas.
«El segundo (motivo) es que él… observó siempre las máximas evangélicas. Ello constituyó su fin, su gloria y su honor y así inferimos que, nuestra intención, al no deber ser otra cosa distinta que seguir a nuestro Señor y hacernos totalmente semejantes a él, esta sola razón es capaz de impulsarnos a la práctica de los consejos evangélicos».
«De los cinco primeros artículos, que hemos recorrido hasta ahora (de las Reglas), el primero trata de las máximas evangélicas, en las que la Compañía se debe introducir y se ha dicho cómo es necesario darse a Dios para alimentarse con esta ambrosía del cielo, para vivir de la manera que vivió nuestro Señor, y cómo debemos orientar nuestras conductas hacia él y ajustarlas a las suyas: de esta manera conformamos nuestra vida a la vida del autor de esta doctrina admirable, que él mismo practicó el primero». Por eso «para juzgar con exactitud de las cosas y servirse perfectamente de la prudencia, es menester formar nuestro juicio de acuerdo con las máximas cristianas, siempre seguras, y no según las máximas engañosas del mundo… Para servirnos perfectamente de nuestro espíritu y de nuestra razón debemos tener por regla inviolable juzgar en todo como juzgó nuestro Señor, pero digo siempre y en todo… es una regla real».
El fundamento de esta búsqueda, de esta abertura, es el esquema de un desprendimiento y se apoya en un postulado de la fe cristiana: descubrir y realizar la voluntad de Dios. A través del recorrido de los puntos de referencia de las máximas evangélicas, Vicente intenta liberar al hombre de la alienación de los ídolos -poder, saber, riquezas- conducirle a la libertad cristiana de los hijos de Dios, hacerle «encontrar el espíritu de nuestro Señor… y todo lo que se precisa para hacerse obrero digno de su evangelio». Entonces «realizará las obras del evangelio», producirá «los frutos del evangelio», como quiere Cristo, «y no los ruidos del mundo», se liberará de «entregarse a la tiranía del público». La serie y el desarrollo de las diversas máximas evangélicas no organizan verdades, sino operaciones. Por eso permiten «unirse a Jesucristo y responder a los designios» de Dios, glorificar al Padre continuando la misión de Cristo, y «elevarse incesantemente de virtud en virtud». Entonces, solamente entonces, el hombre cristiano construirá con las piedras de las máximas evangélicas «el edificio del cristianismo» m, será semejante al hombre sensato del evangelio y estará seguro de edificar sobre «roca inamovible» «un edificio permanente», que nada ni nadie podrá atacar, resquebrajar, ni destruir: «Quien dice doctrina de Jesucristo, dice una roca inamovible, dice verdades eternas, a quienes siguen infaliblemente sus efectos, de manera que antes se hundirían los cielos de que no se cumpliera la doctrina de Jesucristo».
La referencia constante a las máximas evangélicas permite a Vicente de Paúl encontrar el sentido, que proporciona los criterios de elección relativos a las exigencias evangélicas: el anonadamiento, la imitación de Cristo, la unión con la voluntad de Dios: «¿Qué es la santidad? Es el desprendimiento y el alejamiento de las cosas de la tierra y al mismo tiempo la estima por Dios y la unión con la voluntad divina. En esto, me parece, consiste la santidad. Y ¿qué nos aleja tanto de la tierra y nos une al cielo como las máximas evangélicas?… Decir que una persona practica las máximas evangélicas, es decir que está en la santidad». En otro lugar añade: «La perfección no consiste en el éxtasis, sino en cumplir perfectamente la voluntad de Dios». «El hombre más perfecto será aquel cuya voluntad esté más en conformidad con la voluntad de Dios, de manera que la perfección consiste en unir de tal manera nuestra voluntad con la voluntad de Dios, que la suya y la nuestra no tengan, propiamente hablando, más que un mismo querer y no querer; y quien más sobresalga en este punto será más perfecto». «Jesucristo exige renunciarse a sí mismo… para llegar a la perfección (cf. Mt 16, 24)… Pero, os pregunto: ¿quién renuncia más a sí mismo sino quien nunca hace su voluntad y siempre la de Dios? Y si la Escritura afirma: quien se allega a Dios se hace un mismo espíritu con él (1 Cor 6, 16), os pregunto ¿quién se adhiere más a Dios sino quien hace siempre la voluntad de Dios y nunca la suya, quien no quiere ni desea otra cosa sino lo que Dios quiere o no quiere?». «En consecuencia es menester concluir necesariamente que ningún hombre está tan perfectamente unido a Dios y no tiene un mismo espíritu con él, como quien hace lo que acabo de decir». «Nuestro Señor… desea que hagamos siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios… con la mayor perfección posible». El mismo «nos dio ejemplo, él, que solo vino a la tierra para cumplir la voluntad de Dios, su Padre, realizando la obra de nuestra salvación. Su agrado era hacer la voluntad de Dios, su Padre». La conclusión se desprende y el deseo de Vicente se manifiesta: «Si queremos, podemos hacer siempre la voluntad del Padre. ¡Oh, qué dicha, qué dicha, el hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios! ¿No es hacer lo que vino a hacer en la tierra el Hijo de Dios…? El Hijo de Dios vino para evangelizar a los pobres; nosotros, señores, ¿no somos enviados para hacer lo mismo? Sí, los misioneros son enviados para evangelizar a los pobres, ¡oh, qué felicidad! hacer en la tierra lo mismo que hizo nuestro Señor».
Ahora podemos comprender mejor cómo y por qué la experiencia es capital en la vida de Vicente de Paúl, su fuerza. El peor Vicente, ese que «habla alto y secamente», que utiliza la ironía cortante para hacer desaparecer, si fuera posible, al adversario excesivamente presuntuoso, como sucedió con el gran Arnauld, no puede hacernos olvidar al mejor Vicente, a aquel que escribe al padre Portail el 1 de mayo de 1635: «no se cree a un hombre por ser muy sabio sino porque le estimamos y le queremos… Ha sido necesario que Jesucristo haya prevenido con su gracia a todos a quienes ha querido que crean en él. Hagamos lo que queramos; nadie creerá en nosotros si no les testimoniamos compasión y amor». Para ello se requiere una gran bondad, reflejo de un Dios «fiel y misericordioso», sorprendente y comprometido en la historia de los hombres y haber accedido a un horizonte interior de libertad, como lo consiguió Vicente de Paúl en medio de un cuerpo social y eclesial colocados en un terreno uniformista, legalista, represivo, totalitario.







