Experiencia espiritual de santa Luisa y espiritualidad vicenciana (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: .
Tiempo de lectura estimado:
  1. LUISA DE MARILLAC EN LAS FUENTES DE LA ESPI­RITUALIDAD VICENCIANA

El Concilio Vaticano II urgió a todas las comunidades a encontrar en el seguimiento de Jesucristo y en las fuentes propias de su espiritualidad el dinamismo de renovación que la Iglesia y los nuevos tiempos precisaban.

Esta urgencia ha sido concretada y precisada en documentos de la Iglesia dirigidos a los diversos institutos y comunidades en los años posteriores al Concilio Vaticano II hasta nuestros días:

Así la Instrucción «Mutuae Relationes»: «El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu transmitida a sus discípulos para ser por ellos vivida, custodia­da, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el cuerpo de Cristo en crecimiento perenne… El carácter caris­mático de todo instituto requiere tanto por parte del Fundador, cuanto por parte de los discípulos, el verificar continuamente la propia fidelidad al Señor, la docilidad a su Espíritu, la atención inteligente a las circunstancias y a los signos de los tiempos… nuestro tiempo exige de una manera especial esta autenticidad carismática, viva e ingeniosa en sus invenciones’.

Y la Exhortación Apostólica «Vita Consecrata»: «Se invita a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy… en plena docilidad a la inspiración divina y al discernimiento eclesial. …la garantía de toda renovación que pretenda ser fiel a la ins­piración originaria está en la búsqueda de la conformación cada vez más plena con el Señor… En la dimensión del carisma convergen todos los demás aspectos de la formación, como en un una síntesis que requiere una reflexión continua sobre la propia consagración en sus diversas vertientes, tanto la apostólica, como la ascética y mística. Esto exige de cada miembro el estu­dio asiduo del espíritu del Instituto al que pertenece, de su his­toria y su misión».

Cuando hablamos, pues, de la importancia de conocer a santa Luisa y de acercarnos con seriedad y profundidad a sus escritos, no estamos pretendiendo acogernos a una moda, o a un plantea­miento que pueda gozar de cierta simpatía en nuestras comuni­dades. Estamos, más bien, respondiendo a una llamada que tiene que ver con la identidad, con la fidelidad. Estamos tratando de beber en las fuentes de la espiritualidad vicenciana.

La argumentación presentada por el Hermano Ducourneau para convencer a sus compañeros de la necesidad de recoger y ordenar las palabras del señor Vicente, podrían ayudarnos a nos­otros también en relación con los escritos de santa Luisa: «La mejor herencia de los padres es la buena instrucción que dejan a sus hijos… Si las obras que el Padre Vicente ha hecho son obras de Dios, como parece, es preciso que Dios le haya dado su espíritu para realizarlas y mantenerlas; por consiguiente, los consejos y enseñanzas utilizadas para ello hemos de tenerlos como divinos y recogerlos como un maná del cielo… Quizás diga alguno que el Padre Vicente no dice nada que no pueda verse en los libros. Respondo que quizá sea verdad. Pero sabemos que, para alimentar bien a los niños, lo mejor es la leche de su pro­pia madre y que las cariñosas enseñanzas de su padre hacen más impresión en sus almas que las de los maestros, debido al cari­ño y al afecto natural que Dios ha impreso en toda clase de per­sonas hacia aquellos que los engendraron. Además, es difícil encontrar en los libros las hermosas ideas y los buenos senti­mientos que recibimos de las charlas de este caritativo padre, ya que nos las da según nuestras necesidades y nuestras obligacio­nes, que son muy diferentes de las otras compañías que han escrito lo que les corresponde a ellas…”.

La Iglesia, al aprobar un carisma, está garantizándonos que es «don del Espíritu para la construcción del Cuerpo de Cristo”. La Iglesia aprueba el carisma vicenciano y las instituciones en que se hace visible.

La Iglesia, al reconocer la santidad de quienes han sido elegi­dos por el Espíritu Santo para dar forma a una nueva familia espiritual, nos los propone como referencia fundacional y nos invita a recurrir a ellos como fuente permanente de inspiración y renovación.

San Vicente y santa Luisa son así fuente de esta familia espi­ritual, y su experiencia está llamada a ser por nosotros profundi­zada, actualizada, recreada.

Como anotara José María Román, cuando Vicente y Luisa se conocen y comienzan a colaborar, «la espiritualidad vicenciana no estaba aún completamente elaborada. Pero el descubrimien­to esencial sí estaba hecho. La visión de Cristo en el pobre, la comprensión de la misión mesiánica como evangelización de los pobres de palabra y de obra y la necesaria reforma de la Iglesia por la formación de los sacerdotes eran convicciones o, mejor, ideas fuerza irreversiblemente adquiridas por Vicente desde las experiencias de Folleville y Chátillon en 1617 y la de Montmi-rail-Marchais en 1621. Había encontrado además o estaba a punto de encontrar los cauces concretos por que debería discu­rrir su esfuerzo transformador: las caridades, fundadas en 1617 y la Congregación de la Misión, en avanzado trance de gesta­ción y a punto de nacer como institución en el próximo de 1625».

Me atrevo a decir que hoy estamos en condiciones de asegu­rar (hasta donde alcanzan nuestras investigaciones) que lo que llamamos espiritualidad vicenciana se ha ido consolidando en la mutua comprensión y colaboración de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac.

En la presentación de la biografía de santa Luisa escrita por el P. Dirvin, escribía el Cardenal Terence Cook: «El gran corazón y original genio de esta mujer quedan eclipsados por la figura de quien fue su amigo, guía y colaborador: es lamentable. Cierto, ella no lo juzgaría así. La historia, en todo caso, no tolera bien el propio ocultamiento, cuando atañe a logros excepcionales”.

¿No estaremos exagerando? ¿No querremos ahora pasar al extremo opuesto y, por reacción, atribuir a santa Luisa lo que corresponde a san Vicente?

Las Hijas de la Caridad han sabido encontrar, a mi modo de ver, el camino justo en ocasión de la revisión de sus Constitucio­nes en la Asamblea general de 2003. Algunos postulados llega­dos a la Asamblea planteaban hasta el cambio de nombre de la Compañía, para que reflejara mejor el papel de santa Luisa de Marillac y no figurara únicamente como la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. La Compañía, sin embargo, entendió que no se trataba de escribir el nombre de Luisa de Marillac donde figuraba el de Vicente de Paúl; lo verdaderamente importante era recuperar la frescura y vitalidad de las intuiciones de Luisa de Marillac en la vida de la Compa­ñía. Todo lo demás podría ser sólo un brindis al sol.

En esa misma dirección, no me gustaría dejar la impresión de estar proponiendo que la Familia Vicenciana dejara de llamarse Vicenciana para introducir un término que hiciera referencia también a Luisa de Marillac.

No se trata de cambiar de nombre, se trata de descubrir, de poner de relieve, de tomar en consideración la fuente que para la Familia Vicenciana representa la experiencia de Luisa de Marillac como verdadera fundadora.

Jaime Corera, recogiendo una feliz expresión de san Ireneo, habla de las dos manos del Padre: Vicente y Luisa, las dos manos del único carisma que estamos llamados a profundizar, actuali­zar, expresar.

Seguramente, las Hermanas admitirán con benevolencia esta propuesta. Pero, ¿podrán admitirla también los demás miembros de la Familia Vicenciana? Confío en que éste pueda ser uno de los frutos de las celebraciones de este 350 aniversario de la muerte de san Vicente de Paúl y de santa Luisa de Marillac, fundadores los dos de la Familia Vicenciana.

Permítanme, pues, formular sencillamente mi reflexión y sin­tetizar mi aportación a este tema:

Entiendo por carisma vicenciano el don del Espíritu sus­citado por Dios en su Iglesia en las personas de Vicente de Paúl y de Luisa de Marillac; don del Espíritu compartido por sus seguidores y seguidoras que en las diversas insti­tuciones y asociaciones surgidas bajo su inspiración, se esfuerzan por vivir, custodiar, profundizar y desarrollar constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.

Aunque la palabra vicenciano procede etimológicamente del nombre propio Vicente (Vincentius), no creo que pueda referirse a la única personalidad de Vicente de Paúl la peculiaridad del carisma vicenciano. Éste no se entien­de sin la original aportación de Luisa de Marillac. Cuanto más estudiamos la relación entre Vicente de Paúl y Luisa de Marillac, más difícil resulta atribuir a uno solo las ins­piraciones del que conocemos como carisma vicenciano.

La configuración del carisma vicenciano no corresponde en exclusiva a la época de los Fundadores. El carisma es una realidad dinámica, que va recreándose en cada época, que va profundizándose y enriqueciéndose perma­nentemente con la vitalidad de las respuestas de cada una de las personas, comunidades y asociaciones en fidelidad al Espíritu. Por lo que, en seguimiento de Jesucristo, a par­tir de las fuentes fundacionales, deberá ser constantemente recreado, actualizado y en nuevas formas expresado y vivenciado.

Corpus Delgado

CEME 2010

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *