Experiencia de gratuidad

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: José Riol, C.M. · Year of first publication: 1999 · Source: Informativo Provincial de las HH.CC. de Pamplona.
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«Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10, 8).

La expresión, «don total para el servicio», dicha y vivida en profundidad, forma parte de nuestro propio ser, envuelve toda nuestra vida. Es la manifestación más clara de todo lo que queremos y debemos ser. Porque toda nuestra vida está fundada para ser «don total». La expresión sencilla y dinámica de San Vicente, «totalmente entregadas a Dios para el servicio de los pobres», dice lo que constituye la unidad de vida de toda Hija de la Caridad. Las primeras líneas de las Reglas Comunes: «Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad para honrar a Nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de caridad», nos están indicando qué es lo primordial de nuestra vida, «vida con y para el Señor», vida en la que Cristo sea el centro. Y si Cristo es el centro, es el inspirador de una existencia enteramente dedicada a anunciar su amor, a dar testimonio de su amor; de lo contrario no se es Hija de la Caridad, para eso las llama y las reúne el Señor.

Nuestras vidas se desenvuelven bajo el signo de la libre iniciativa de Dios, Dios interviene el primero; nos ha escogido, nos ha elegido, nos ha marcado con una singular vocación de servicio y amor; por amor y por pura gracia de Dios. Desde los comienzos manifiesta Dios para con nosotros una generosidad sobre toda medida. Sus promesas para con nosotros delinean un porvenir maravilloso. Las expresiones con que Dios se dirige a los que ha elegido manifiestan este don de Dios, esta gracia de Dios, esta acción gratuita de Dios hacia nosotros: «gratis lo recibisteis, dadlo gratis» (Mt,10,8), «Dios nos ha dado todo gratuitamente en Jesucristo» (Rm 8,33), «sin pagar os rescataré» (Is 52, 3), «al sediento, yo le daré a beber gratis de la fuente de agua viva» (Ap.21, 6), «por favor de Dios soy lo que soy» (1Cor 15,10), «de su plenitud todos nosotros recibimos, ante todo un amor que responde a su amor» (Jn 1,16). Dios, pues, nos colma de sus dones y nos hace extraordinariamente fecundos.

Toda la revelación cristiana es anuncio de gratuidad, es un largo mensaje de gratuidad, es decir, de lo que no nos es debido, exigido, reclamado, sino dado gratuitamente por amor, por un don de amor y de misericordia. La gratuidad reclama «lo gratis» y «la gracia» como un don inesperado, sorprendente, que tomando nuestra vida la hace partícipe de la misma vida divina con una abundancia de dones que nos acompaña hasta la vida eterna.

Somos conscientes que nuestras vidas se fundan en el don de Dios, en su gracia, como favor absolutamente gratuito y personal por parte de Dios, que sale a nuestro encuentro. Es un don que nos lleva a entender la vida como un himno de acción de gracias a Dios, pero que además comunica a toda nuestra vida toda la belleza y toda la alegría que puede caber en la existencia de un ser humano. Al menos una belleza y una alegría que son de más calidad y más consistencia que las que el ser humano puede encontrar en sí mismo.

Al construir nuestra vida desde Dios y para Dios en el servicio, tiene mucho que ver con agradecer, con atraer, con saber sonreír, saber perdonar, saber entender nuestra realidad y la de todos los que nos rodean, saber amar… y todo por el hecho de sabernos amados por Dios.

La venida de Jesucristo muestra hasta dónde puede llegar la generosidad divina: hasta darnos a su propio Hijo. La fuente de este gesto inaudito es una mezcla de ternura, de fidelidad y de misericordia, por la que se definía Dios. En Cristo nos han venido la gracia y la verdad, hemos visto y hemos conocido a Dios en su Hijo único. Así como hemos conocido que Dios es amor así, al ver a Jesucristo, conocernos que su acción es gracia, es don, es gratuidad.

Lo que redobla la gratuidad de nuestra elección son las condiciones concretas en que se ha efectuado. Dios escoge a un enemigo, agracia a un condenado: «Cuando todavía éramos desvalidos… pecadores… enemigos de Dios, impotentes para arrancarnos del pecado, fuimos reconciliados con Dios mediante la muerte de su Hijo» (Rm 5, 6-10). Y la gracia de Dios no se contenta con salvarnos de la muerte mediante un gesto de perdón, sino que muestra una generosidad que rebasa todos los límites. Donde había proliferado el pecado, sobreabunda la gracia. La gracia abre sin reservas la riqueza inagotable de la generosidad divina y la prodiga sin medida. Una vez que Dios ha entregado por nosotros a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará todas las gracias?

Descubrimos que la gracia de Dios, el don de Dios, esta liberalidad y generosidad de Dios, es la fuente de todos nuestros gestos, nuestro actuar y obrar, hallamos ante el hermano pobre y necesitado la actitud exacta, el compromiso serio y renovado en cada instante para la acción, el servicio, el orgullo auténtico que nos hace no jactarnos de poseer cosa alguna, sino de haber recibido todo por la gracia y generosidad de Dios. Desde la gracia y generosidad sin límites de Dios, logramos ser más fielmente nosotros mismos.

La gratuidad reclama el don y nosotros somos todo don. Vivimos, respirarnos de él, y por eso la gratuidad nos envuelve enteramente como signo y túnica de mayor nobleza, como el sentido más alto de la vida. Su realización plena y perfecta proviene del «más allá» y de lo «alto» de un ser infinito que no puede sino amar gratuitamente.

Por eso le necesitamos para anunciar al mundo lo gratuito, nosotros que sabemos no poseer nada que no nos haya sido dado y que conocemos el don de Dios. Por otra parte la gratuidad nos ha hecho capaces de ser a nuestra vez don hasta dar la vida y aún perderla por la transformación que obra en nosotros el don de Dios que nos ha rodeado de aquel estupendo canto de gratitud, por lo que pasamos por el mundo como cantores de la gracia y por consiguiente de la vida que restituye el don.

Nosotros no anunciamos ni experimentamos la gratuidad de Dios y nuestro propósito de ser don para todos cuando andamos en solitario y cuando pensamos sólo en nuestra propia salvación. Nosotros que hemos salido de un estremecedor misterio de gratuidad, hemos encontrado la alegría del don pero no para poseerla dentro de nosotros mismos, en una soledad que no nos inquiete. Muy al contrario, nuestra alegría perdura si es gozo y don para todos, porque Dios quiere «santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo» (L G. 9). Juntos fuimos llenos del don divino, juntos lo llevamos y lo anunciamos a todo el mundo. Es aquí donde tiene lugar la civilización del amor proclamada por Pablo VI, donde precisamente se manifiesta la gratuidad del amor infinito que se comunica por participación por medio de la caridad.

En nuestro mundo, ¿vemos posible una civilización del amor, basada en la gratuidad? ¿No lo vemos como un sueño utópico? Para nuestro mundo no puede ser más que así. Pero para nosotros, a quienes recomendó Jesucristo ser sal y luz, para extender, con palabras y con la vida, el don de Dios, se nos manda vivir como testigos y profetas de unas realidades que superan lo humano y lo tangible y debemos hacer posible una humanidad nueva, sabiendo que lo viejo ha pasado y que existe algo nuevo. Tenemos que aceptar y vivir las palabras de Cristo: «Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, le pedirías tú a él y él te daría agua viva» (Jn 4, 10).

Hay una insaciable sed de esta agua viva entre millones y millones de hombres; por eso nosotros debemos llevar siempre escrito en nuestras vidas el elogio de la gratuidad y tenemos la obligación de comunicarla como la noticia más capaz de transformar nuestro mundo, ser don de Dios porque Dios nos lo ha dado y porque hay más dicha aún en dar que en recibir.

Sin la elección gratuita de Dios no es posible comprender nada del designio y de la voluntad de Dios acerca de nosotros. Pero nosotros pecadores fácilmente desconfiamos de Dios y envidiosos del hermano, nos resistimos a aceptar la gracia y la generosidad de Dios: nos quejamos de ella cuando otro la disfruta y cuando somos nosotros mismos los agraciados, nos hacemos fuertes como si se tratase de un valor que sólo depende de nosotros mismos, de nuestros propios méritos.

Con frecuencia queremos pasar a Dios y a los hermanos factura por lo que hacemos. Nos sabemos fundados en la gratuidad, queremos vivir desde la gratuidad y, sin embargo, constantemente y, aunque muchas veces sea inconscientemente, bajamos a los niveles mercantilistas en los que se basa el mundo. Cambiamos efectivamente el ser «don total para el servicio» por el «tanto haces, tanto vales». Nos es difícil entender y vivir sin que se tengan en cuenta nuestros méritos y lo que nos esforzamos y sacrificamos. En nuestro vivir de cada día nos basamos más en las pautas que nos presenta la sociedad, que en las pautas del Evangelio de Jesús.

A veces las circunstancias parecen contradecir las promesas que Dios nos hace: somos débiles, nos sentimos muy limitados en muchos aspectos. Nos parece imposible llevar a buen término la obra que Dios ha puesto en nuestras manos. No sabemos qué hacer con el don de Dios. Dios concede a Israel la victoria sobre los madianitas con trescientos hombres y sin tener que pelear; y no con los treinta y dos mil que Gedeón había reclutado. Así resalta todavía mejor la gratuidad de las promesas divinas. Nuestro porvenir nuestra vida, depende completamente del poder y de la bondad de Dios. Así podemos manifestar en nuestra vida el don de Dios; hemos sido elegidos sin mérito precedente. Todo lo que se nos pide es una fe y confianza atenta e intrépida, una acogida sin resistencia otorgada al designio de Dios.

Por eso resulta sorprendente encontrar personas de fe, personas consagradas viviendo una existencia gris y desangelada. Entendemos que no es porque realicemos una labor callada, humilde y de poco reconocimiento social. Lo importante no es la labor concreta que podamos desempeñar, sino el aire que nos envuelve. A veces parecemos tristes, desesperanzados, cabizbajos, apesadumbrados. Se diría que arrastramos una gran desventura, un peso insondable que nos atraganta la vida. ¿Es que no hemos descubierto al Señor de la Vida? ¿Acaso no hemos experimentado su perdón y su consuelo? Podemos ser excelentes cumplidores de normas y eficaces gestores de instituciones; en suma, magníficos burócratas de la caridad o de «lo de Dios», pero parece como si hubiéramos dejado de alimentarnos de la enjundia del Evangelio.

¿En qué se puede notar que vivimos desde la gratuidad, desde el don de Dios, desde la gracia? ¿Podemos decir que de alguna manera ha entrado la mano de Dios en nuestra vida: en nuestra trayectoria personal, en nuestro trabajo y el modo de realizarlo, en nuestras relaciones y círculo de amistades, en nuestros juicios…? Una vida sin novedad en su hondura, aun en la fidelidad cotidiana a una misma ocupación y comunidad, difícilmente parece compatible con los zarandeos y movimientos a que Dios somete a sus elegidos, según el testimonio de la Escritura. Si, en conjunto, va acrecentándose en mí un fondo de alegría y de paz, me sentiré perteneciendo a Dios por encima de lo que haga, con mis éxitos y mis fracasos.

Para comunicar a otros la abundancia de vida como don, gracia, gratuidad, tenemos ante todo que obtenerla nosotros. No puedo comunicar la sonrisa si a mi no me sale de dentro. No puedo hablar de la alegría si no la siento. No puedo sentarme con mis hermanas en oración, si la oración no llena mi alma. El Evangelio de la gracia, de la gratuidad, nos impone el deber, urgente y bienhechor de fomentarla primero en nosotros mismos lo más posible, para así transmitirla a los demás.

Me he consagrado a Dios para recibirlo todo de él y darlo todo desde él. Quiero llevar la abundancia de vida a un mundo anémico. ¿Qué puedo hacer si el primer anémico soy yo? El testimonio necesita que yo sea testigo. No puedo dar mi sangre si estoy desnutrido. No puedo comunicar la plenitud de vida si yo vivo a medias el don de Dios. Para comunicar a otros la abundancia de vida, tenemos, ante todo, que obtenerla nosotros. Y eso es lo que precisamente nos dicen: que vivimos a medias, porque no nos apoyamos totalmente en Dios; que no rendimos, que no florecemos, que no vibramos, que no usamos a fondo nuestras facultades porque no vivimos plenamente desde la fe; que no alcanzamos el nivel de vida en pensamiento, sentimiento, en trato, en entrega, en gracia y en acción. No damos la talla y el mundo se queda enano.

En ejercicios, retiros, encuentros y en la oración, hablamos, pensamos, planteamos y preguntamos y nos esforzamos por hacer algo que nos devuelva la fe viva, al Evangelio su fuerza, a la oración su alegría, a nuestra consagración todo su atractivo. Y todo está bien y todo vale y todo cuenta; pero el esfuerzo principal en todos esos esfuerzos ha de ser el de levantar el nivel de vida evangélica en nosotros mismos, el reconquistar, en cuanto podamos, la plenitud de la gracia, el renovar en nuestra vida diaria el vivo palpitar de la presencia de Cristo en nosotros. Dios, dijo Jesús, «no es Dios de muertos, sino de vivos». A mayor vida en nosotros, más presencia de Dios. Sacramento secreto de evangelio eficaz.

¿Qué capacidad tengo yo de gratuidad? ¿Mi talante es de persona que vive plenamente la gratuidad? La persona que está marcada por esta experiencia de ser querida gratuitamente, sabe vivir esta realidad, se le ve y se le nota. Es persona receptiva, tiene anchura de alma. Sabe salir de si misma, de sus campos de dominio, es flexible, moldeable, siempre abierta a los otros, siempre dispuesta a escuchar, a valorar las ideas de los otros; no ve a las otras personas como amenaza, sino como promesa de crecimiento y de bien.

La experiencia de gratuidad lleva a vivir desde la gratuidad, con talante contemplativo y siempre abiertos a la sorpresa y a la acción de gracias porque valora y aprecia muy positivamente lo que se recibe de Dios y de los demás. Por eso el agradecimiento es su rasgo más característico. Todo les parece bien. Por el contrario, la persona que fundamenta su vida en las virtudes propias, en sus cualidades, todo le parece poco.

¿Puedo asegurar que mi vida se caracteriza por estar fundada sobre la gratuidad? ¿Tengo experiencia del amor gratuito de Dios en mí? O por el contrario: ¿Ando herido, lleno de sospechas, de miedos, de recelos? ¿Tengo capacidad para dejarme querer, para aceptar el amor de los demás? Que me ame el que no quiero que me quiera y de la forma que él quiera. Estar agradecido a todos y ser sensible a su amor. San Bernardo dice: «Porque somos amados, amamos». Lo primero es la experiencia de ser queridos gratuitamente.

Cuando Juan Pablo II fue elegido papa, al saludar al mundo cristiano nos recomendaba: «No tengáis miedo». Quería lanzarnos a realizar la obra de Dios, sin miedos ni complejos; quería que recordáramos las palabras de Cristo a sus discípulos: «no temáis». A veces tenernos miedo, nos da miedo la generosidad, recibirla y entregarla. Tenernos presente aquel dicho: «les das la mano y te toman el brazo»; no sólo el brazo, te quieren por entero. Es lo que Dios quiere que hagamos, que seamos «don total» de verdad, que nos demos por entero, que no nos reservemos nada para nosotros, que no tengamos miedo. La generosidad sin medida que hemos recibido de Dios y que se nos manifiesta en Jesucristo, la vivimos en comunidad, con los pobres y hacia el mundo entero. Soy don de Dios para mi comunidad y para los pobres. San Vicente insistía que éramos dichosos por realizar la misma obra de Dios, por ser prolongación de su ternura para los más necesitados de la tierra; esto, sabemos, es vivir desde Dios y con las pautas del Evangelio.

Necesitamos aprender a rezar con nuestras vidas el himno que en Semana Santa decimos en la Hora Intermedia:

«No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera».

Aprendamos a vivir así y estaremos en la línea de la gratuidad divina.

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