Espiritualidad bíblica: 4. Espiritualidad del Reino

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Albert Nolan, O.P. .
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4. Espiritualidad del Reino

Jesús estaba repleto del Espíritu Santo. Mas que nadie, él nos revela lo que es vivir enteramente en el Espíritu, llevar una verdadera vida espiritual. Jesús era más que un profeta porque mientras que los profetas estaban parcialmente movidos por el Espíritu, Jesús se identificaba totalmente en su propio ser, con el Espíritu de Dios. Esto quiere decir que los SENTIMIENTOS de Jesús eran siempre exactamente iguales a los sentimientos de Dios; todas las preocupaciones de Jesús, sus actitudes, luchas y valores eran un reflejo perfecto de las preocupaciones, actitudes, luchas y valores de Dios. Por eso decimos que Jesús es divino, que es el Hijo de Dios.

Si queremos participar de los sentimientos de Dios con respecto de cualquier cosa, podemos mirar hacia Jesús y ver lo que siente respecto de tales cosas, y confrontar nuestros sentimientos, preocupaciones o valores con los de él. He aquí el porqué todos los escritores espirituales dicen que la vida espiritual es una simple cuestión de IMITAR A JESUS, (SEGUIR A JESUS).

Ya vimos la compasión, el amor de Jesús y la forma como profundizó el sentido de justicia. Podríamos continuar, y reflexionar sobre su ira e indignación, su manera de criticar y enfrentar a los fariseos y los ricos, su actitud en relación a la política, al sufrimiento y a la muerte, las curaciones que realizó, y así sucesivamente. Esto, sin embargo, nos llevaría mucho más allá de los límites de este pequeño libro. Con todo, hay dos cuestiones sobre Jesús que debemos examinar con mucho cuidado, si queremos entender algo respecto de lo que significa espiritualidad bíblica. Ellas son: el mensaje profético de Jesús (la Buena Nueva del Reino) y sus valores. Vamos a analizar la primera en este capítulo y la otra en el capítulo siguiente.

l. LA BUENA NUEVA DEL REINO

El mensaje de Jesús tenía la misma estructura triple del mensaje de todos los profetas. Hacía una llamada al cambio o METANOIA, prevenía al pueblo sobre el JUICIO de Dios sino cambiaban, y prometía la SALVACION de Dios si cambiaban. La diferencia estaba en que Jesús daba más énfasis a la salvación que al juicio (y es por eso que su mensaje es llamado Evangelio de la Buena Nueva). Y, más importante que esto, mientras que los profetas hablaban sobre la salvación parcial o temporal, Jesús hablaba de la salvación TOTAL Y ETERNA. El símbolo que Jesús usó para hablar de esa salvación total y perenne fue el Reino de Dios.

Hoy día los estudiosos de la Biblia, casi sin excepción, concuerdan en que el tema central de la predicación de Jesús era el Reino de Dios. Directa o indirectamente siempre estaba hablando sobre el Reino, y los propios evangelistas resumen toda la predicación de Jesús en estas palabras: «Conviértanse». «El Reino de Dios está próximo». La esencia del mensaje de Jesús era la proximidad del Reino de Dios. Para él, el Reino estaba realmente muy próximo y era muy querido. El juzgaba todo en base a la venida del Reino; lo pregonaba, luchaba por él, rezaba por él, lo esperaba, vivió por él y murió por él. Y finalmente resucitó de entre los muertos para que el Reino de Dios pudiese venir.

Como son diferentes hoy muchos de los cristianos. Para nosotros, la venida del Reino de Dios es algo muy distante y remoto, algo totalmente irrelevante con relación a aquello por lo que vivimos, rezamos, luchamos y tal vez morimos. Tendemos a pensar en el Reino como algo que pertenece a un futuro lejanísimo y de hecho lo usamos como sinónimo de ese futuro: decimos que algo se va a prolongar o atrasar «hasta que venga el Reino».

Esta es la medida de nuestro alejamiento de los sentimientos, actitudes, luchas y preocupaciones de Jesucristo. Ninguna de las tentativas de profundizar nuestra vida espiritual o de imitar a Jesús podrá ser completa y eficaz sin algún entendimiento de aquello que significaba para él el Reino de Dios.

¿QUE ES EL REINO?

La esencia del mensaje de Jesús no es sólo amor, compasión y justicia. Jesús no nos presentó simplemente una nueva moral o un nuevo código de conducta. Jesús profetizó la venida de un reino en el que el amor, la justicia, la compasión y todos los valores de Dios serían concreta y totalmente realizados. Profetizó un mundo en el que Dios sería el Supremo Señor. Nuestras tentativas de amar, sentir compasión y justicia tienen sentido en referencia a ese Reino prometido.

El Reino no es pues simplemente la Iglesia, ni tampoco es simplemente el cielo. La Iglesia es la comunidad de creyentes peregrinos, que viven, luchan y esperan la venida del Reino. Pero la Iglesia en sí no es el Reino. Y el cielo es una forma de describir la felicidad de las almas que esperan por la venida del Reino y por la resurrección de sus cuerpos.

El mismo Reino es un ACONTECIMIENTO FUTURO. Algo que Dios nos promete. Algo por lo cual aún estamos esperando y luchando. Es la transformación futura de este mundo en otro mundo, un nuevo mundo, el mundo que viene.

Es difícil imaginar como será ese mundo futuro. «Los ojos no vieron, los oídos no oyeron, ni entró en el corazón (imaginación) del hombre. . .» como dice San Pablo. El Reino será CUALITATIVAMENTE diferente del mundo, tal como lo experimentamos ahora, y por eso muchas veces concebimos al Reino como un mundo de cuento de hadas, muy lejano y remoto, sin relación con nuestras preocupaciones y sentimientos cotidianos.

De hecho, sin embargo, el Reino es el DESTINO de la raza humana. Fue para él que Dios nos hizo, y es lo que hace la vida digna de ser vivida. Es el acontecimiento futuro que puede dar sentido y propósito a todos nuestros esfuerzos.

El Reino es el retrato, la imagen, el símbolo, propuesto por Jesús, de la salvación en que creemos. Se refiere al gran acto salvífico de Dios. Todos los actos salvíficos de Dios, en el pasado y en el presente, señalan el gran acto final de liberación que Dios nos prometió. Hay naturalmente otros símbolos de ese gran acto final de liberación: la nueva era, el otro mundo, la vida eterna, la segunda venida, el último día, el juicio final y la resurrección de los muertos; pero Jesús prefirió hablar del Reino de Dios.

TENIENDO LA EXPERIENCIA DE QUE EL REINO ESTA PROXIMO

La conversión por la que todos debemos pasar, si quisiéramos profundizar nuestra vida espiritual, es una conversión, un volverse en dirección al Reino de Dios. El Reino debe volverse la más importante realidad de nuestra vida, debe volverse el acontecimiento o futuro que nos determina y que define el sentido total de nuestra existencia aquí y ahora. Si pudiéramos aprender a unir con el Reino cada cosa que hacemos o decimos, y si intentáramos comprender todo lo que acontece en el mundo en términos del Reino, entonces nuestra vida sería transformada y la cualidad de todo lo que hacemos cambiaría. Es lo que los autores espirituales quieren decir cuando afirman que deberíamos vivir «SUB SPECIE AETERNITATIS» (bajo cierta forma de eternidad).

Pero, ¿cómo haremos esto?. Leyendo los signos de los tiempos, aprendiendo a criticar al mundo en que vivimos, llegando a tener la experiencia de que este mundo actual es IRREAL, INHUMANO, SIN AMOR y totalmente FALSO. El Reino es lo opuesto de todo lo que está errado y es falso en nuestro mundo. En tanto no estemos perfectamente conscientes de cuan errado está el mundo y de qué es exactamente lo que está errado en él, nunca valoraremos realmente la necesidad urgente del Reino de Dios, Reino de Justicia y Paz.

Además de eso, cuando en espíritu de oración, intentamos leer los signos de los tiempos, comenzamos también a descubrir las SIMIENTES del Reino de Dios tal y como se manifiestan en medio de toda la podredumbre. El Reino es básicamente un acontecimiento futuro, pero podemos encontrar en nosotros mismos y en el mundo de hoy, algunas simientes del Reino, algunas señales del Reino, algunas realizaciones parciales del Reino. El Espíritu de Dios está actuando en medio de toda la falsedad y la crueldad. Encontraremos valores del Reino vividos por algunas personas, y encontraremos el Reino dentro del corazón de los que realmente creen en él y esperan en él.

El Reino puede, gradualmente, volverse en una realidad para nosotros, una realidad que domina nuestras vidas y preocupaciones, como sucedió con Jesús.

EL REINO Y LA SALVACION SOCIAL

El Reino es una imagen social, se refiere a una sociedad salvada y libre, la futura comunidad de Dios, la comunión con los santos. Al escoger una imagen social como el Reino para describir la salvación. Jesús aclara que él no concibe la salvación como una forma individualista y aislada de felicidad, sino como una nueva sociedad salvada. Ser salvo es formar parte de una comunidad. O, en otras palabras, lo que necesita ser salvado no son meramente las almas individuales, sino todo el mundo: cuerpo y alma, individuo y sociedad, seres humanos y todas las cosas creadas. Volveremos más adelante sobre este asunto.

Una espiritualidad individualista ve el acontecimiento futuro como la salvación de mi alma individual, en el cielo, después de mi muerte. La espiritualidad del Reino ve el acontecimiento futuro como la salvación del mundo en el último día, después de la muerte de este mundo con toda su perversidad. La espiritualidad individualista se basa en una preocupación egoísta con la propia salvación. La espiritualidad del Reino se basa en la preocupación con la salvación de todo el mundo.

2. LA SALVACION VISTA COMO LIBERACION

Cada época tiene su propia forma de expresión, y su concepto propio de aquello que el pueblo necesitaba por encima de todo y por lo que debería estar luchando. En la época del Nuevo Testamento, muchos pueblos, especialmente los gentiles, estaban en búsqueda de algo que ellos llamaban SALVACION (por ej. las religiones basadas en el misterio); en la Edad Media, se describía la meta final de los seres humanos como la FELICIDAD (bien-aventuranza); en otros tiempos, la necesidad máxima fue designada de varios modos: REDENCION, PERDON, SABIDURIA, PROGRESO, JUSTICIA, DESARROLLO, etc. Hoy, para un número cada vez mayor de personas, el ideal y el destino de la raza humana es concebido como INDEPENDENCIA o LIBERACION.

Liberación es un término que ya fue usado en la antigüedad, Buda propone sus ideas religiosas como medio de liberación. Y en varios lugares de la Biblia podemos encontrar referencia a independencia, libertad y liberación, como algo que Dios da a su pueblo. Hoy, algunos pueblos todavía luchan por la salvación, la redención, el desarrollo, etc., pero en cada era o cultura hay generalmente un término predominante para expresar el ideal humano; y hoy ese término es liberación.

En el área política, tenemos movimientos de liberación y ejércitos de liberación. en el campo económico tenemos la lucha de los obreros por la liberación. En el campo de la psicología, del condicionamiento social y del crecimiento personal nos esforzamos por volvernos personas liberadas. Algunos luchan para liberarse de sentimientos de inferioridad (concientización del negro), otros por la liberación sexual. Y por último, pero de no menor importancia, viene la liberación de la mujer, la necesidad que sienten las mujeres de liberarse de la dominación masculina.

No hay ninguna razón para que no describamos la salvación que Jesús nos trae como liberación. En realidad, para la mayoría de las personas hoy tiene mucho más sentido llamarla liberación, que salvación o redención. Pero, si optamos por decir que Jesús es nuestro liberador, aquel que trae una liberación verdadera y genuina, entonces tenemos que explicar como es que esa verdadera liberación está relacionada con la liberación política, económica, racial, personal y de la mujer. ¿Es liberación simbolizada por el Reino de Dios totalmente diferente de todas esas otras formas de liberación, o está de cierta forma, íntimamente relacionada con ellas?.

La respuesta es que el Reino de Dios o la liberación divina es trascendente, lo que la hace diferente, en dos sentidos, de todas las otras formas de liberación:

a) La liberación trascendente es TOTAL, mientras que son parciales todas las otras formas de liberación;

b) La liberación trascendente es considerada como una gracia o una dádiva de Dios y no simplemente como una realización humana.

a) LIBERACION TOTAL

En Jesús, Dios nos ofrece una liberación total, la liberación de la persona toda, la liberación de todo y de cualquier cosa que nos esclavice. Si esto es cierto, la liberación divina INCLUYE la liberación política, la liberación del negro y de la mujer, la liberación psicológica y cualquier otra forma de liberación que se pueda imaginar. En otras palabras, la liberación divina no es otra forma de liberación, paralela a todas esas formas; la liberación divina son TODAS esas formas de liberación juntas además de cualquier otra que pueda surgir en el futuro o cualquier otra de la cual todavía no tengamos conciencia. El ideal del Reino de Dios es el ideal de una liberación completa, total y perenne, una liberación que incluye, y por lo tanto, trasciende a todas las otras formas de liberación.

PECADO

La razón por la cual la liberación del Reino de Dios es total o trascendente, mientras que las otras formas son parciales e incompletas, es que Jesús va al fondo de la cuestión, él ataca la causa fundamental de todas las formas de dominación, de opresión y de esclavitud. Y la raíz de todas las formas de no-liberación es el PECADO. Todas las formas de sujeción, desde la esclavitud institucionalizada del pasado hasta la dominación política del presente, o cualquier forma posible de opresión en el futuro, no son más que una consecuencia del pecado.

Uno de los más lamentables malentendidos del pasado reciente, una de las razones más significativas por la cual la liberación cristiana ha parecido irrelevante, es que, con excesiva frecuencia, los cristianos hablaban sobre la liberación del pecado pero se olvidaban de la igualmente necesaria liberación de las consecuencias del pecado en el mundo. El resultado fue que, mientras los cristianos hablaban sólo sobre la liberación de pecado, otros tuvieron que organizar movimientos para liberar al pueblo de las consecuencias del pecado, tales como estructuras injustas, opresión política, dominación masculina, pobreza, hambre, etc.

Lo que necesitamos descubrir, para nosotros mismos, es la relación muy íntima entre EL PECADO Y LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO. Pecado, decimos nosotros, es una ofensa a Dios. Esto es correcto. Debemos, sin embargo, recordar que nuestros pecados no pueden hacer mal al mismo Dios. Nuestros pecados nos hacen mal a nosotros, al mismo pecador y a otras personas, y esto es lo que ofende a Dios. Un pecado es cualquier acto que perjudica a las personas, a la propia persona que lo comete y a otros. Este mal o sufrimiento, que es la consecuencia de cada uno y de todos los pecados (incluido el pecado original de Adán y Eva), puede perdurar por siglos, puede continuar por mucho tiempo después que el pecado fue cometido.

Hay tres cosas muy importantes a observar aquí.

a) El pecado de una persona o de un grupo de personas puede tener consecuencias perjudiciales para muchas otras personas que no son, ellas mismas, culpables del pecado. Así, hay millones de personas en el mundo, hoy, que sufren hambre, pobreza, opresión, etc., por causa de la avaricia, del egoísmo y de la injusticia de otras personas. Millones de personas necesitan ser liberadas, no sólo de sus propios pecados, sino de los pecados de aquellos que las oprimen, o mejor, de las consecuencias de los pecados de otros.

b) Otra cosa importante a observar es que hay dos clases de pecados – pecados de acción y pecados de omisión. Millones de personas en el mundo, hoy sufren no sólo por causa de actos pecaminosos practicados por otros, sino también por causa de los pecados de omisión de aquellos que podrían hacer algo pero que escogen no hacer nada. Los pecados por omisión también tienen consecuencias devastadoramente perjudiciales para el pueblo.

c) Y, finalmente, al evaluar la gravedad de un pecado, necesitamos distinguir entre la proporción de culpa y la proporción del mal causado. Por un lado, un pecado puede ser muy grave en razón del tremendo mal que causa a millones de personas, mientras que el pecador, por falta de conocimiento total o del total consentimiento, sólo es levemente culpable. Mientras que por otra parte, un pecador puede ser totalmente culpable por practicar, consciente y deliberadamente, un acto, pero el hecho no es serio o grave, porque el pecado causa muy poco daño a cualquier otra persona. Una de las peores perversiones de la espiritualidad, en los últimos siglos, consiste en haberse concentrado casi exclusivamente en el grado de culpa individual envuelta en el pecado, y haber ignorado la mayor o menor gravedad del mal causado al pueblo. Algunos cristianos se vuelven verdaderamente neuróticos sobre su culpa en relación a actos que no tienen consecuencia alguna, mientras que no se preocupan por su participación en cualquier otra cosa que causa un perjuicio incalculable a millones de personas. Hay algo aquí que está decididamente fuera de perspectiva. Una vida espiritual saludable debe abarcar no sólo una preocupación con la culpa del pecado, sino también con las consecuencias del pecado.

LIBERACION TOTAL EN LA BIBLIA

A través de toda la Biblia, Dios es presentado liberando su pueblo del pecado y de las consecuencias del pecado. De hecho el primer gran acto de liberación de Dios fue liberar a los hebreos de la opresión y de la esclavitud en Egipto. En este caso, el pueblo judío está siendo liberado no de sus propios pecados, sino de los pecados de los egipcios que los estaban oprimiendo y explotando. Más tarde, leemos que Dios los libera de la opresión de los cananeos, de los filisteos, de los babilonios y de otros grandes poderes imperiales.

Jesús trae el perdón o liberación del pecado y de la culpa, pero él se preocupa también en liberar a los «pecadores» de las cargas que les son impuestas por los pecados de hipocresía de los fariseos. Hay también una preocupación en liberar al pobre de los pecados del rico y en liberar a los cuerpos dolientes de las molestias y otros defectos que los afligen. Estos últimos podrían ser considerados como consecuencia del pecado original, aunque fuera preciso tomar en cuenta, también, los pecados sociales de la sociedad, pero la Biblia no hace distinción entre pecado original, pecado social y pecado individual. Cualquier pecado es visto como un todo, y todo sufrimiento es considerado, de una forma o de otra como consecuencia del pecado.

La liberación que viene con el Reino incluye la resurrección del cuerpo. Un cuerpo resucitado y glorificado es un cuerpo que fue liberado de todas las consecuencias del pecado desde Adán.

En San Pablo encontramos no solamente el perdón del pecado, sino también la liberación de la Ley de la muerte. La Ley, o mejor, el legalismo es considerado como una consecuencia del pecado, y la muerte es el último de nuestros enemigos, el fruto del pecado. Más aún, según San Pablo, «…nosotros gemimos interiormente, suspirando por la redención de nuestro cuerpo» (Rom 8, 23). Y finalmente la liberación se vuelve cósmica cuando Pablo habla de todo el mundo material que gime, en la ansiosa expectativa y esperanza de verse libre de su esclavitud (Rom 8, 12-23). La liberación del mundo material está considerada aquí como dependiente de la completa realización de la liberación humana, porque la esclavitud o no-libertad del cosmos es considerada como una consecuencia del pecado del hombre y de su falta de libertad.

Nada pues, puede ser excluido del deseo de Dios de salvar y liberar. Todas las cosas deber ser redimidas, transformadas y liberadas. Todas las relaciones personales, políticas, sociales, económicas y aún incluso nuestras relaciones con las cosas materiales que usamos, explotamos y transformamos en bienes manufacturados, tienen que ser cambiadas y transformadas. No hay ningún límite para la liberación que Dios nos promete en Jesús. El Reino de Dios representa una liberación trascendentalmente total.

b) UN DON DIVINO

Volvamos ahora a la segunda característica de la liberación trascendente, o sea, ella es un don divino: Y tenemos que enfrentar aquí uno de los más misteriosos de todos los misterios de nuestra fe: la relación entre la acción de Dios y nuestra libertad, entre predestinación y libre albedrío, entre gracia y liberación. Tomás de Aquino nos presenta la paradoja total de ese misterio cuando nos dice que no se trata de algo que es hecho EN PARTE, por Dios y EN PARTE por seres humanos, sino algo que es hecho TOTALMENTE por Dios y TOTALMENTE por seres humanos. La formulación más práctica que encontré de ese misterio fue la de la Santa Teresita de Lisieux: ella decía que deberíamos actuar como si todo dependiese de nosotros y después creer que todos nuestros éxitos provienen de Dios.

Consecuentemente, cuando decimos que alguna cosa es un don de Dios, no estamos excluyendo el hecho misterioso de que es al mismo tiempo obra de hombres y mujeres, el resultado del esfuerzo humano. Cuando alguien peca, actúa solo, sin Dios, pero si una persona practica el bien, entonces aquella persona y Dios son, juntos responsables de ese bien.

Ese es el misterio y para nosotros es difícil mantener juntos, en equilibrio, las dos partes (acción de Dios y acción humana). En todas las épocas hubo cristianos que caían en la herejía de dar énfasis a una de las dos partes en detrimento de la otra, o descuidando la otra. Y ahora nosotros no somos ninguna excepción. Con bastante frecuencia sucumbimos a la tentación de ver la acción de Dios mientras ignoramos el esfuerzo humano o de reconocer el esfuerzo humano e ignorar la participación de Dios.

Permítanme que les presente algunos ejemplos concretos y espero relevantes:

a) Cuando hablamos de la salvación divina o de la venida del Reino de Dios, podemos dar tanto énfasis en el hecho de ser esta obra de Dios y de que proviene TOTALMENTE de Dios, que somos guiados a olvidar que la salvación divina es también una realización humana, algo que depende también totalmente del esfuerzo humano. El Reino vendrá por causa de Dios y por causa de los hombres. La salvación viene de Dios y mientras tanto, debemos «realizar nuestra salvación», o para usar la fórmula de Santa Teresita, debemos actuar como si todo dependiese de nosotros mientras creemos que todo el éxito que obtengamos será un don de Dios. En consecuencia, nunca podemos sentarnos a ESPERAR que Dios nos traiga la salvación, o quedarnos esperando que Dios nos traiga su Reino, o esperar que Dios traiga la liberación total (o aún parcial) de la raza humana. NOSOTROS estamos involucrados, NOSOTROS tenemos que hacer el esfuerzo, NOSOTROS tenemos que encontrar los medios y modos de actuar, y entonces confiar que Dios dará, a su modo, éxito a nuestros esfuerzos. No hay nada tan inútil como quedarse sentado y esperar que Dios haga todo solo.

b) Pero a veces nos ponemos en el otro extremo. Cuando alguien hace un esfuerzo, por imperfecto que sea, y tiene algún éxito aunque sea limitado, nos olvidamos que Dios está involucrado en ese suceso. Cuando las personas luchan por la liberación, aunque sea por una liberación parcial, y cuando consiguen obtener algún nivel de liberación genuina, Dios está involucrado, lo que ellas consiguen es un don de Dios y podemos decir que ese acontecimiento fue realmente un acto SALVIFICO DE DIOS.

Casi todos los teólogos actuales concordarían en que los actos de salvación o liberación de Dios no suceden sólo en los tiempos bíblicos, ni que los actos salvíficos de Dios pueden ser restringidos a la Iglesia y sus sacramentos. Dios actúa fuera de los movimientos políticos, de los movimientos de liberación, de los movimientos obreros o cualquier otra clase de movimientos. Dios se sirve de líderes extraños a la Iglesia, líderes ateos, líderes comunistas o cualquier otro líder que pueda servir a sus propósitos de traer algún nivel de liberación a la humanidad sufriente. Del mismo modo como él usó una vez a los babilonios para castigar a los judíos y después a Ciro, a los Persas, para salvarlos, así hoy está usando los esfuerzos del pueblo para realizar una cierta medida de liberación. Dios no puede esperar que los cristianos se sacudan. El Espíritu Santo sopla donde quiere. Y Dios, como dice San Agustín, puede hasta escribir derecho con líneas torcidas.

Reconocer que los acontecimientos históricos humanos son actos salvíficos de Dios o dones de Dios, es reconocer en ellos el elemento de trascendencia. Van sobrepasando las formas usuales de esclavitud y dependencia, van sobrepasando las limitaciones usuales de la actividad humana y están abriendo nuevas perspectivas para el futuro. Toda libertad genuina es trascendente y viene de Dios, aunque todavía sólo sea una realización parcial del Reino.

La trascendencia es difícil de entender. Es parte del misterio de Dios. Digamos solamente que cuanto más experiencia de libertad tengamos, tanto más comprenderemos y experimentaremos la trascendencia, y cuanto más experiencia tengamos de trascendencia, más comprenderemos y tendremos experiencia de Dios.

RESUMIENDO

La espiritualidad bíblica es la espiritualidad del Reino. Ser movido y motivado por el Espíritu de Jesús es ser movido y motivado por una preocupación totalmente polarizada por la venida del Reino de Dios. Cuando dejamos que el Espíritu de Dios actúe en nosotros, adquirimos una visión crítica del mundo en que vivimos, pasado y presente, y comenzamos a luchar, a esperar y ansiar por el mundo futuro de Dios, el mundo de justicia, amor y libertad.

El Espíritu de Dios es un espíritu de libertad. Cualquier forma de espiritualidad que sea opresiva, estrecha y restrictiva no proviene del Espíritu de Dios. Una vida espiritual verdadera es una lucha continua y diaria por independencia y liberación.

El mensaje del Evangelio es un mensaje de libertad. Evangelizar el mundo es transmitir a otros ese mensaje de libertad, porque es la salvación nuestra y de ellos. Cualquier otra forma así llamada «espiritualidad» que nos lleve a luchar solamente por nuestra propia libertad, salvación o autorealización, es una perversión del mensaje evangélico. El Espíritu de Dios nos induce a trabajar incesantemente por nuestra propia libertad y por la libertad de otros.

Es el Espíritu de Dios el que nos va a abrir los ojos cuando intentemos leer los signos de los tiempos, para que veamos todo acontecimiento verdaderamente liberador como una señal de la acción de Dios, una realización parcial del Reino, y una gracia o don de Dios.

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