Espíritu de Jesús, espíritu de la Familia Vicenciana

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Autor: Antonino Orcajo .
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El Espíritu de Jesús es el Espí­ritu Santo, Señor y dador de vida, trasmitido a los cristianos por la participación en la misión sacerdotal de Jesucristo. Pero se en­tiende también por espíritu de Jesús un talante o estilo de vida que le distingue de los maestros de la Ley. Jesús encarna el nuevo sentido de espíritu, recogido en las bienaventuranzas, fuerza revulsiva del Reino, fermento de la Nueva Humanidad.

«De ese talante espiritual, comenta J. Sobrino, pudiera decir­se que es sublime, pero idealista; más aún, tendente a la aliena­ción otra vez… Es, sí, un ideal; no alcanzable, por tanto, en ple­nitud. Pero por eso mismo lo denominamos talante espiritual; no porque «espiritual» signifique aquí pura interioridad, en oposi­ción a historia, sino porque es fruto y expresión del espíritu; y es el espíritu el que una y otra vez propone el ideal sin dejarnos pactar con lo fáctico. Tampoco es alienante ese talante espiritual si acompaña a la espiritualidad fundamental, si talante y espiritualidad surgen de, se encarnan en y configuran la liberación».

Vicente de Paúl traduce e interpreta el espíritu de las bienaventuranzas en forma de virtudes o consejos evangélicos. Las virtudes que él nombra como características del evangelizador de los pobres contienen la utopía hacia la cual han de tender constante­mente los seguidores de Jesús.

I. El Espíritu de Jesus, contrario al espíritu del mundo

Lo más destacable del espíritu de Jesús es su oposición al espíritu del mundo, no como humanidad, sino como orden so­cial, enemigo de Dios y quebrantador del pobre. El espíritu del mundo, conocido como hambre de dinero, de poder y de placer (cf. I Jn 2,1 6), se opone radicalmente a los ideales protagoniza­dos por Jesús. Frente a la ideología del mundo, Jesús propone su proyecto alegre y liberador; no importa que el mundo lo atro­pelle y lo odie; si Jesús venció al mundo, también los cristianos que realizan las obras debidas lo vencerán. Lo urgente, por aho­ra, es que:

«Cada uno tienda a asemejarse a nuestro Señor, a apartarse de las máximas del mundo, a sentir con afecto y en la prácti­ca los ejemplos del Hijo de Dios, que se hizo hombre como nosotros, para que nosotros no sólo fuéramos salvados, sino también salvadores como él, a saber, cooperadores con él en la salvación de las almas».

La semejanza con el Hijo de Dios, aquí subrayada, no es lite­ral, sino psicológica, semejanza producida en nosotros por el es­píritu de las bienaventuranzas, Estas «constituyen la perfección del misionero»; «sin ellas no seremos más que misioneros en pintura».

II. La Familia Vicenciana tiene su propio espíritu

La razón teológica que explica el epígrafe se fundamenta en la autoría divina de las obras vicencianas. Dios concede a cada familia espiritual un espíritu adecuado a la misión que se le encomienda,en la Iglesia y en el mundo; dota igualmente a esa comu­nidad de gracias particulares, sin privar a sus miembros de la per­sonalidad y cualidades propias.

Asegurar que la familia vicenciana tiene un espíritu propio no equivale a negar que otras comunidades estén desprovistas del su­yo. Aunque todos los cristianos gozan del espíritu de Jesús, cada congregación disfruta de uno particular en función del ministerio, lo que constituye su distintivo, su santo y seña. Tal espíritu confi­gura la identidad e índole de la vocación y misión de los cristia­nos.

El espíritu propio de las comunidades vicencianas, sean laica­les o pertenezcan a Sociedades de Vida Apostólica, bien se dedi­quen a ministerios o servicios distintos, está marcado con el mis­mo sello de las bienaventuranzas. Dicho espíritu o talante se vive y expresa a través de las virtudes escogidas por el Fundador. Las Señoras de la Caridad practican sobre todo la humildad, la senci­llez y la caridad. Las Hijas de la Caridad tienen esas mismas virtudes como características de la Compañía: «Hay que saber que el espíritu de vuestra Compañía —les decía san Vicente—consiste en tres cosas: amar a nuestro Señor y servirle con espíri­tu de humildad y de sencillez». Y a sus compañeros de la Mi­sión les explicaba:

«Entre las máximas evangélicas, ya que son muchas en nú­mero he escogido especialmente las que son más propias del misionero. ¿Cuáles son? Siempre he creído y pensado que eran la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortifica­ción y el celo».

En el siglo XIX, Federico Ozanam se inspirará en Vicente de Paúl para asignar a las Conferencias el mismo talante o es­tilo espiritual. Otro tanto distinguirá a la Asociación de Hijas de María (hoy Juventudes Marianas Vicencianas) y a la Aso­ciación de la Medalla Milagrosa. Juan Pablo II ha puesto de manifiesto la pervivencia del Santo cuando afirma:

«La voca­ción de este genial iniciador de la acción caritativa y social ilumina todavía hoy la senda de sus hijos e hijas, de los segla­res que viven de su espíritu, de los jóvenes que buscan en la clave de una vida útil y radicalmente gastada en el don de sí mismos».

Que el número de virtudes escogidas sean cinco o tres, poco importa; lo que cuenta es entrar en los sentimientos de Jesús, pura obrar como él y con su mismo espíritu. Como aclara A. Dodin:

«Las máximas evangélicas son condensaciones de la vida de Cristo. No tienen fuerza por sí mismas; son solamente la expre­sión del dinamismo de Jesús, que se manifiesta por ellas y en ellas. Nuestro Señor, y no tal sentencia evangélica, es la regla de la Misión».

III. Justificación del espíritu propio

Todos los fundadores tratan de custodiar y defender ante sus compañeros de comunidad el carisma del Espíritu, otorgado pa­ra la edificación común del Cuerpo de Cristo. Es lo que hizo san Vicente con todos los llamados y elegidos para prolongar la mi­sión y caridad de Jesucristo en la tierra. La justificación del es­píritu propio de la familia vicenciana obedece al fin para el cual nació: la evangelización o servicio de los pobres, al estilo de Je­sús el Mesías, ungido por el Espíritu para anunciar la Buena Noticia a los pobres. El distintivo del espíritu ha de acompañar y vivirse a la vez en los otros elementos constitutivos de la vo­cación: en la entrega o don de sí mismo a Dios y en la vida fra­terna.

La entrega a Dios es fruto ante todo del bautismo, por el que quedamos consagrados a El para siempre. Los votos ratifican esa donación y pertenencia que hemos hecho de nosotros mismos al Señor para servirle en la persona de los pobres con un espíritu li­bre y liberador.

La vida fraterna se funda en el espíritu de caridad de Jesucris­to con sus discípulos: «Otra unión que no esté cimentada en la sangre de este divino Salvador, no puede subsistir. Por tanto, —sigue diciendo el Fundador de la Misión— tenéis que estar uni­dos entre vosotros en Jesucristo, por Jesucristo y para Jesucristo. El espíritu de Jesucristo es un espíritu de unión y de paz. ¿Cómo podríais atraer a las almas a Jesucristo si no estuvieseis unidos entre vosotros y con él mismo? De ninguna manera».

Vicente de Paúl añade cuatro razones, sacadas del Evangelio y de la experiencia, para animar a los seguidores de Jesús a reves­tirse de las virtudes específicas del evangelizador de los pobres.

a) Origen divino de las virtudes apostólicas

Jesús practicó primero y enseñó después esas virtudes; las promulgó en el Monte de las bienaventuranzas. Las enseñanzas de Jesús expresan la voluntad del Padre, la Ley Nueva, la Alianza Nueva, según la cual los evangelizadores han de ajustar su con­ducta. El nuevo estatuto de santidad procede del Hijo de Dios, en­viado para proclamar solemnemente y para siempre la Noticia di­chosa de la salvación; sólo él puede pronunciar este mensaje por­que es «el Dios de las virtudes».

b) Su santidad

Santas por naturaleza, las virtudes hacen santos a los que las practican. En efecto, «rompen con los lazos de las cosas terrenas y estrechan la unión con Dios», objetivo final del Sermón del Monte. El espíritu de Jesús sencillo, humilde, manso y cari­tativo transforma al cristiano de pecador en justo, de esclavo en libre. Esas virtudes crean precisamente «la índole propia y el esti­lo particular de santificación y de apostolado hasta formar una tradición típica en las comunidades y en los individuos». El ejercicio de las mismas virtudes específicas origina la semejanza de santidad psicológica con Jesús de Nazaret.

c) Su utilidad

La utilidad de las virtudes apostólicas se mide por los efectos que producen: la libertad y la felicidad. La libertad consiste en verse desatado de toda traba y esclavitud. Esta libertad «hay que comprarla a cualquier precio, carece de leyes, vuela por doquier y se encuentra ampliamente en la la práctica de los consejos evan­gélicos». La libertad con que habló y obró Jesús como Me­sías caracteriza también la vida de sus seguidores. Por lo demás, nuestra vocación cristiana consiste en la libertad: «no en la liber­tad para que se aproveche la carne; al contrario, para ser esclavos unos de otros por el amor» (Gal 5,13).

La felicidad es un estado en el que sitúa Jesús a los que prac­tican las bienaventuranzas. Los llama dichosos, porque se ven li­bres de las preocupaciones y trabajos del mundo. Disfrutan de la felicidad no basada en el dinero y en el poder, sino en las promesas de Cristo; la experimentan aquí y ahora, pero tendrá su constatación en la vida eterna. En la vida presente no está exenta de persecuciones ni de luchas: «Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros… El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a voso­tros» (Jn 15,18-20). Alertados por este aviso del Maestro, los apóstoles «marchaban contentos de la presencia del Sanedrín por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch 5,41). Después de los apóstoles, ningún cristiano fiel se ha visto libre de pruebas.

d) Su finalidad

Las virtudes traducen el celo del apóstol, y «si no activan, no son virtudes» (16). Dicha actividad comprende una triple dimen­sión espiritual, comunitaria y evangelizadora, que genera la unión con Dios, con los hermanos de comunidad y con los pobres a los que hay que llevar el mensaje liberador.

Pablo VI ha destacado las mismas virtudes y el mismo espí­ritu que, en otro tiempo, defendió san Vicente de Paúl para los evangelizadores: «El mundo exige y espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, especial­mente para los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, despego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infe­cunda».

IV. Significado de las virtudes que definen el espíritu vicenciano

Tres comparaciones sirven para explicar el significado espiri­tual y apostólico de las virtudes específicas del evangelizador.

a) «Las facultades del alma»

Sin el espíritu de las virtudes arriba mencionadas, el evangelizador no sabe qué hacer ni cómo obrar; le falta la gracia del discernimiento para actuar como Jesús, para pensar y hablar  como él. El buen uso de las facultades del alma dignifica a la persona humana, pero su deterioro indica la vejez y desgaste de la misma persona.

«En el cultivo y en la práctica de esas virtudes, la Misión ha de empeñarse muy cuidadosamente, pues son como las potencias del alma de la Congregación entera, y deben animar las acciones de todos nosotros».

b) «El alma y vida del cuerpo»

Una comunidad cristiana, sin espíritu ardiente, es como un cuerpo exánime, sin vida: pronto languidece y muere. Por el con­trario, el espíritu la mantiene en vigor y en acción, la renueva ca­da día.

«Mientras reine en vosotras —predicaba san Vicente a las Hijas de la Caridad— la humildad, la sencillez y la caridad, se podrá decir: «Todavía vive la Compañía de la Caridad». Pero cuando dejen de verse esas virtudes, se podrá decir: «La pobre Caridad ha muerto». Lo mismo que el alma es la vida del cuerpo, el día en que la caridad, la humildad y la sencillez dejen de verse, la pobre Caridad estará muerta; sí, estará muerta».

c) «Las cinco limpísimas piedras de David»

Aunque el revestimiento del espíritu de Jesús suponga una ta­rea de por vida, sin embargo el ejercicio de las virtudes habrá que potenciarlo, pues de ellas va a depender el acercamiento y con­versión de los pecadores al Evangelio. Ellas poseen una fuerza irresistible, ofrecen un testimonio más convincente que la simple palabra. Por eso, «hay que verlas como a las cinco limpísimas piedras de Da­vid con las que venceremos en el nombre del Señor y de tui solo golpe al infernal Goliat, y someteremos al servicio de Dios a los filisteos, es decir, a los pecadores».

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