El Espíritu de Jesús es el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, trasmitido a los cristianos por la participación en la misión sacerdotal de Jesucristo. Pero se entiende también por espíritu de Jesús un talante o estilo de vida que le distingue de los maestros de la Ley. Jesús encarna el nuevo sentido de espíritu, recogido en las bienaventuranzas, fuerza revulsiva del Reino, fermento de la Nueva Humanidad.
«De ese talante espiritual, comenta J. Sobrino, pudiera decirse que es sublime, pero idealista; más aún, tendente a la alienación otra vez… Es, sí, un ideal; no alcanzable, por tanto, en plenitud. Pero por eso mismo lo denominamos talante espiritual; no porque «espiritual» signifique aquí pura interioridad, en oposición a historia, sino porque es fruto y expresión del espíritu; y es el espíritu el que una y otra vez propone el ideal sin dejarnos pactar con lo fáctico. Tampoco es alienante ese talante espiritual si acompaña a la espiritualidad fundamental, si talante y espiritualidad surgen de, se encarnan en y configuran la liberación».
Vicente de Paúl traduce e interpreta el espíritu de las bienaventuranzas en forma de virtudes o consejos evangélicos. Las virtudes que él nombra como características del evangelizador de los pobres contienen la utopía hacia la cual han de tender constantemente los seguidores de Jesús.
I. El Espíritu de Jesus, contrario al espíritu del mundo
Lo más destacable del espíritu de Jesús es su oposición al espíritu del mundo, no como humanidad, sino como orden social, enemigo de Dios y quebrantador del pobre. El espíritu del mundo, conocido como hambre de dinero, de poder y de placer (cf. I Jn 2,1 6), se opone radicalmente a los ideales protagonizados por Jesús. Frente a la ideología del mundo, Jesús propone su proyecto alegre y liberador; no importa que el mundo lo atropelle y lo odie; si Jesús venció al mundo, también los cristianos que realizan las obras debidas lo vencerán. Lo urgente, por ahora, es que:
«Cada uno tienda a asemejarse a nuestro Señor, a apartarse de las máximas del mundo, a sentir con afecto y en la práctica los ejemplos del Hijo de Dios, que se hizo hombre como nosotros, para que nosotros no sólo fuéramos salvados, sino también salvadores como él, a saber, cooperadores con él en la salvación de las almas».
La semejanza con el Hijo de Dios, aquí subrayada, no es literal, sino psicológica, semejanza producida en nosotros por el espíritu de las bienaventuranzas, Estas «constituyen la perfección del misionero»; «sin ellas no seremos más que misioneros en pintura».
II. La Familia Vicenciana tiene su propio espíritu
La razón teológica que explica el epígrafe se fundamenta en la autoría divina de las obras vicencianas. Dios concede a cada familia espiritual un espíritu adecuado a la misión que se le encomienda,en la Iglesia y en el mundo; dota igualmente a esa comunidad de gracias particulares, sin privar a sus miembros de la personalidad y cualidades propias.
Asegurar que la familia vicenciana tiene un espíritu propio no equivale a negar que otras comunidades estén desprovistas del suyo. Aunque todos los cristianos gozan del espíritu de Jesús, cada congregación disfruta de uno particular en función del ministerio, lo que constituye su distintivo, su santo y seña. Tal espíritu configura la identidad e índole de la vocación y misión de los cristianos.
El espíritu propio de las comunidades vicencianas, sean laicales o pertenezcan a Sociedades de Vida Apostólica, bien se dediquen a ministerios o servicios distintos, está marcado con el mismo sello de las bienaventuranzas. Dicho espíritu o talante se vive y expresa a través de las virtudes escogidas por el Fundador. Las Señoras de la Caridad practican sobre todo la humildad, la sencillez y la caridad. Las Hijas de la Caridad tienen esas mismas virtudes como características de la Compañía: «Hay que saber que el espíritu de vuestra Compañía —les decía san Vicente—consiste en tres cosas: amar a nuestro Señor y servirle con espíritu de humildad y de sencillez». Y a sus compañeros de la Misión les explicaba:
«Entre las máximas evangélicas, ya que son muchas en número he escogido especialmente las que son más propias del misionero. ¿Cuáles son? Siempre he creído y pensado que eran la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo».
En el siglo XIX, Federico Ozanam se inspirará en Vicente de Paúl para asignar a las Conferencias el mismo talante o estilo espiritual. Otro tanto distinguirá a la Asociación de Hijas de María (hoy Juventudes Marianas Vicencianas) y a la Asociación de la Medalla Milagrosa. Juan Pablo II ha puesto de manifiesto la pervivencia del Santo cuando afirma:
«La vocación de este genial iniciador de la acción caritativa y social ilumina todavía hoy la senda de sus hijos e hijas, de los seglares que viven de su espíritu, de los jóvenes que buscan en la clave de una vida útil y radicalmente gastada en el don de sí mismos».
Que el número de virtudes escogidas sean cinco o tres, poco importa; lo que cuenta es entrar en los sentimientos de Jesús, pura obrar como él y con su mismo espíritu. Como aclara A. Dodin:
«Las máximas evangélicas son condensaciones de la vida de Cristo. No tienen fuerza por sí mismas; son solamente la expresión del dinamismo de Jesús, que se manifiesta por ellas y en ellas. Nuestro Señor, y no tal sentencia evangélica, es la regla de la Misión».
III. Justificación del espíritu propio
Todos los fundadores tratan de custodiar y defender ante sus compañeros de comunidad el carisma del Espíritu, otorgado para la edificación común del Cuerpo de Cristo. Es lo que hizo san Vicente con todos los llamados y elegidos para prolongar la misión y caridad de Jesucristo en la tierra. La justificación del espíritu propio de la familia vicenciana obedece al fin para el cual nació: la evangelización o servicio de los pobres, al estilo de Jesús el Mesías, ungido por el Espíritu para anunciar la Buena Noticia a los pobres. El distintivo del espíritu ha de acompañar y vivirse a la vez en los otros elementos constitutivos de la vocación: en la entrega o don de sí mismo a Dios y en la vida fraterna.
La entrega a Dios es fruto ante todo del bautismo, por el que quedamos consagrados a El para siempre. Los votos ratifican esa donación y pertenencia que hemos hecho de nosotros mismos al Señor para servirle en la persona de los pobres con un espíritu libre y liberador.
La vida fraterna se funda en el espíritu de caridad de Jesucristo con sus discípulos: «Otra unión que no esté cimentada en la sangre de este divino Salvador, no puede subsistir. Por tanto, —sigue diciendo el Fundador de la Misión— tenéis que estar unidos entre vosotros en Jesucristo, por Jesucristo y para Jesucristo. El espíritu de Jesucristo es un espíritu de unión y de paz. ¿Cómo podríais atraer a las almas a Jesucristo si no estuvieseis unidos entre vosotros y con él mismo? De ninguna manera».
Vicente de Paúl añade cuatro razones, sacadas del Evangelio y de la experiencia, para animar a los seguidores de Jesús a revestirse de las virtudes específicas del evangelizador de los pobres.
a) Origen divino de las virtudes apostólicas
Jesús practicó primero y enseñó después esas virtudes; las promulgó en el Monte de las bienaventuranzas. Las enseñanzas de Jesús expresan la voluntad del Padre, la Ley Nueva, la Alianza Nueva, según la cual los evangelizadores han de ajustar su conducta. El nuevo estatuto de santidad procede del Hijo de Dios, enviado para proclamar solemnemente y para siempre la Noticia dichosa de la salvación; sólo él puede pronunciar este mensaje porque es «el Dios de las virtudes».
b) Su santidad
Santas por naturaleza, las virtudes hacen santos a los que las practican. En efecto, «rompen con los lazos de las cosas terrenas y estrechan la unión con Dios», objetivo final del Sermón del Monte. El espíritu de Jesús sencillo, humilde, manso y caritativo transforma al cristiano de pecador en justo, de esclavo en libre. Esas virtudes crean precisamente «la índole propia y el estilo particular de santificación y de apostolado hasta formar una tradición típica en las comunidades y en los individuos». El ejercicio de las mismas virtudes específicas origina la semejanza de santidad psicológica con Jesús de Nazaret.
c) Su utilidad
La utilidad de las virtudes apostólicas se mide por los efectos que producen: la libertad y la felicidad. La libertad consiste en verse desatado de toda traba y esclavitud. Esta libertad «hay que comprarla a cualquier precio, carece de leyes, vuela por doquier y se encuentra ampliamente en la la práctica de los consejos evangélicos». La libertad con que habló y obró Jesús como Mesías caracteriza también la vida de sus seguidores. Por lo demás, nuestra vocación cristiana consiste en la libertad: «no en la libertad para que se aproveche la carne; al contrario, para ser esclavos unos de otros por el amor» (Gal 5,13).
La felicidad es un estado en el que sitúa Jesús a los que practican las bienaventuranzas. Los llama dichosos, porque se ven libres de las preocupaciones y trabajos del mundo. Disfrutan de la felicidad no basada en el dinero y en el poder, sino en las promesas de Cristo; la experimentan aquí y ahora, pero tendrá su constatación en la vida eterna. En la vida presente no está exenta de persecuciones ni de luchas: «Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros… El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,18-20). Alertados por este aviso del Maestro, los apóstoles «marchaban contentos de la presencia del Sanedrín por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch 5,41). Después de los apóstoles, ningún cristiano fiel se ha visto libre de pruebas.
d) Su finalidad
Las virtudes traducen el celo del apóstol, y «si no activan, no son virtudes» (16). Dicha actividad comprende una triple dimensión espiritual, comunitaria y evangelizadora, que genera la unión con Dios, con los hermanos de comunidad y con los pobres a los que hay que llevar el mensaje liberador.
Pablo VI ha destacado las mismas virtudes y el mismo espíritu que, en otro tiempo, defendió san Vicente de Paúl para los evangelizadores: «El mundo exige y espera de nosotros sencillez de vida, espíritu de oración, caridad para con todos, especialmente para los pequeños y los pobres, obediencia y humildad, despego de sí mismos y renuncia. Sin esta marca de santidad, nuestra palabra difícilmente abrirá brecha en el corazón de los hombres de este tiempo. Corre el riesgo de hacerse vana e infecunda».
IV. Significado de las virtudes que definen el espíritu vicenciano
Tres comparaciones sirven para explicar el significado espiritual y apostólico de las virtudes específicas del evangelizador.
a) «Las facultades del alma»
Sin el espíritu de las virtudes arriba mencionadas, el evangelizador no sabe qué hacer ni cómo obrar; le falta la gracia del discernimiento para actuar como Jesús, para pensar y hablar como él. El buen uso de las facultades del alma dignifica a la persona humana, pero su deterioro indica la vejez y desgaste de la misma persona.
«En el cultivo y en la práctica de esas virtudes, la Misión ha de empeñarse muy cuidadosamente, pues son como las potencias del alma de la Congregación entera, y deben animar las acciones de todos nosotros».
b) «El alma y vida del cuerpo»
Una comunidad cristiana, sin espíritu ardiente, es como un cuerpo exánime, sin vida: pronto languidece y muere. Por el contrario, el espíritu la mantiene en vigor y en acción, la renueva cada día.
«Mientras reine en vosotras —predicaba san Vicente a las Hijas de la Caridad— la humildad, la sencillez y la caridad, se podrá decir: «Todavía vive la Compañía de la Caridad». Pero cuando dejen de verse esas virtudes, se podrá decir: «La pobre Caridad ha muerto». Lo mismo que el alma es la vida del cuerpo, el día en que la caridad, la humildad y la sencillez dejen de verse, la pobre Caridad estará muerta; sí, estará muerta».
c) «Las cinco limpísimas piedras de David»
Aunque el revestimiento del espíritu de Jesús suponga una tarea de por vida, sin embargo el ejercicio de las virtudes habrá que potenciarlo, pues de ellas va a depender el acercamiento y conversión de los pecadores al Evangelio. Ellas poseen una fuerza irresistible, ofrecen un testimonio más convincente que la simple palabra. Por eso, «hay que verlas como a las cinco limpísimas piedras de David con las que venceremos en el nombre del Señor y de tui solo golpe al infernal Goliat, y someteremos al servicio de Dios a los filisteos, es decir, a los pecadores».







