En respuesta a tu llamada: Comunidad penitente (2)

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Felipe Manzanal, C.M. · Año publicación original: 1973.
Tiempo de lectura estimado:

 

COMUNIDAD PENITENTE

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

Creo en el perdón de los pecados… No se puede poner en tela de juicio el poder divino de remitir el pecado, ya sea directamente, ya por medio de su Iglesia. El Evangelio no deja lugar a dudas. «Hijo, tus pecados te son perdonados», dice Jesús al paralítico en S. Marcos-2-5. «Tus pecados quedan perdonados», afirma categóricamente dirigién­dose a la Magdalena en S. Lucas-7-47. «Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» (Mateo-18-15.) «Corno mi Padre me envió así os envío yo a vosotros». Dicho esto sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» (Juan -20-21.)

¿Quién puede perdonar los pecados si no sólo Dios? La observa­ción de los fariseos no tiene vuelta de hoja dentro de su postura de re­chazo de Cristo. Pero sentada la premisa de su condición divina, ¿quién si no El —podríamos añadir— puede otorgar también a una cria­tura la facultad de perdonar en su nombre? Dar un origen humano al sacramento de la Penitencia es un calumnioso infundio escupido al ros­tro de la Iglesia que es innecesario refutar porque se deshace por sí mismo. Cierto que las ciencias antropológicas nos hablan del sicoaná­lisis, de una confesión humana liberadora de tensiones y estados conflic­tivos. Cierto también que el sacramento proyecta su influencia tera­péutica sobre las extensas áreas del siquismo y llega con sus sedantes secuelas hasta las oscuras zonas del subconsciente. Pero pertenece en exclusiva a las relaciones del hombre con Dios, gira únicamente alrededor de la culpa y de la gracia, dos conceptos que caen bajo el dominio privativo de la fe.

No es, pues, un instrumento que utiliza la Iglesia para apoderarse de las conciencias, señorear la sociedad y cobrar ascendiente temporal para utilizarle en provecho propio. No es una tiranía cruel que ella ejerce sobre los espíritus para someterlos mejor a su autoridad. No es un castigo insufrible que impone por pecados de poca monta, de ningu­na trascendencia social. No es una carga insoportable que hay que sacu­dir como algo que está por encima de las fuerzas humanas. No es un tipo peculiar de esclavitud moral, ni la humillación de una derrota, ni la vergüenza de un crimen descubierto, ni la angustia de un asedio espiritual, ni la tortura de una checa, ni la asfixia de un interrogatorio policíaco, ni la acusación fiscal de un tribunal de justicia. Se ha acusado a la confesión de causar terror en las conciencias. Algunos cristianos, efectivamente, la miran con pánico, como un instrumento de tortura. Se acercan a confesarse con miedo, se acusan con nerviosismo, se alejan de ella con desazón. La confesión deposita siempre en el fondo de su espíritu un sentimiento morboso de angustia, desata en ellos una co­rriente turbia de escrúpulos, manías y obsesiones. Pero esto ocurre sola­mente con sujetos deformados doctrinalmente, con personas predispues­tas a la neurosis. Los cristianos teológicamente formados y sicoló­gicamente equilibrados sólo sacan de este pozo evangélico el agua que apaga su sed de alegría, de paz y de armonía.

Es, sin duda, un sacramento que fecunda «la semilla de esto que tengo de arcilla, de esto que tengo de Dios». En él aparece mucho mejor que en un espejo, con toda nitidez, reflejada la imagen de la bondad de de Dios. Cristo vuelve a estar entre nosotros por este medio. Su miseri­cordia tiene, hoy como ayer, las mismas palabras, expresiones, gestos y resonancias. Las puertas d_el Reino se abren de par en par con esta llave de oro. El Bautismo nos dio por vez primera la vida de Dios; la Confirmación la consolida; la Eucaristía la incrementa; la Penitencia la restaura, si se pierde y la intensifica, si se conserva. Borra de la concien­cia aquel No insolente y desgarrado que el pecado supuso y estampa en ella el júbilo de un Sí cuajado de promesas. Es la auténtica panacea de donde los bautizados se surten de las medicinas necesarias para curar sus llagas morales; es una segunda tabla de salvación, un bote salvavidas para evitar el naufragio, un segundo bautismo, ru porque nos devuelve lo que nos dio el primero, si la culpa nos lo arrebató, ya porque es un medio divino, excepcional, privilegiado para traducir en realida­des concretas las promesas nacidas del bautismo de agua. Es una autó­gena indicada para soldar la alianza con Cristo rota por el pecado. Es la más adecuada expresión externa de la penitencia interna, el cauce más apto para que afluya la corriente de la conversión, la más eficaz manifestación del arrepentimiento, la más alta culminación de la contrición perfecta y uno de los ritos más significativos de la recon­ciliación fraternal.

Es el sacramento de la infinita misericordia de Dios con el hombre. Hay que admitir que nuestra conducta para con Dios resulta absurda y trágica. Hemos sido admitidos de limosna a su amistad. Hemos fran­queado las puertas de su intimidad en calidad de hijos. En un momento de locura lo olvidamos todo, abusamos de su liberalidad, rompemos con El y huimos de su casa en busca de libertad. Hemos repetido mil veces la loca aventura del Paraíso, pero dejando en mantillas a la primera culpa. Hemos derribado barreras y hemos saltado obstáculos que Adán no soñó. A la luz de la fe el hecho del pecado es absurdo. «Quien ha nacido de Dios no puede ya cometer pecado; la semilla divina perma­nece en él y no puede pecar porque ha nacido de Dios. Sabemos que no peca, pues se guarda a sí mismo y el maligno no le toca.» (Juan La-5-18.) Para los antiguos cristianos y para los convertidos modernos el pecado resulta incomprensible. Pero nosotros hemos cruzado las fronteras de la lógica y hemos corrido desatinadamente por el mundo de la sinrazón.

Claro que la respuesta divina a la locura humana está también desprovista de toda lógica. De nuestra lógica, por supuesto. El casti­go, la venganza, la justicia implacable parecerían plausibles y razona­bles a cualquiera de nosotros. Pero no al corazón de Dios cuyos pensa­mientos son distintos de nuestros pensamientos, cuyos caminos son misericordia y bondad, como asegura Isaías. No es de extrañar. Nunca han entendido de lógica y de justicia el corazón de un padre y el de una madre, sobre todo. Desde luego, no lo ha querido entender el co­razón de Dios.

El ha tomado la iniciativa de nuevo. Siempre tiene que ser El el primero que se baja, se humilla, llama y torna a llamar. Le ofrece al pecador nuevos recursos y oportunidades. Si le fallan, no desiste, con­tinúa persiguiéndole, como el cazador a su presa, hasta alcanzarle. Y en­tonces pone á su alcance la confesión sin pedir a cambio nada o casi nada. «¿Qué tengo yo que mi amistad procuras…?» Le preguntaba, asombrado, Lope de Vega.

Pero hay que dejar bien claro que Dios no hubiera cometido nin­guna injusticia abandonando al hombre en su caída. Podía haberle exi­gido largas y costosas penitencias antes de devolverle su amistad trai­cionada. Podía haberle reclamado una confesión pública como condi­ción de su perdón. Podía haber señalado un límite en el número o en la calidad de los pecados después del cual no estaría dispuesto a transi­gir. Dios, sin asomos de crueldad, sin visos de injusticia, sin puntas ni ribetes de arbitrariedad, podía haber hecho lo que hubiera querido con el hombre traidor a sus compromisos sin que éste tuviera de qué que­jarse ni alegar ningún derecho.

Nada de esto hace. Sencillamente pone en sus manos el medio más fácil para recomponer su vida divina tronchada al filo del pecado y reanudar las relaciones de amistad y de filiación con El. Es escalofrian­te establecer el parangón entre la conducta de Dios y la del hombre. La de Dios estremece por lo que supone de amor, de bondad, de ternura y de misericordia. La del hombre, por lo que tiene de ruín, de mezquina y de estúpida. La confesión es el gran don del Padre de las misericor­dias al hijo, pródigo en rebeldías. Por eso resulta inexplicable, el miedo, el recelo, la repugnancia que sienten hacia ella, incluso las per­sonas consagradas. La aplazan indefinidamente. La rehuyen solapada­mente. La escamotean sutilmente. La orillan disimuladamente. La susti­tuyen por otras formas penitenciales que, con todo y ser legítimas, no tienen la etiqueta sacramental que ésta presenta. Parecen haberse olvi­dado de que la confesión es la gran revelación del corazón de Dios y que con ella ha subrayado y ha rubricado con su firma una famosa frase bíblica lapidaria y subyugante: «nadie hay tan padre como El…»

Dios era libre para instituir o no este sacramento. Esto es eviden­te, pero conviene recordarlo. Respecto de este punto existe una curiosa ilusión. Por haber nacido en la Iglesia católica nos parece la cosa más na­tural del mundo, algo así como una parte integrante y necesaria de nues­tra religión. Nos parecemos a los niños nacidos en la opulencia que consideran el lujo como una cosa debida y natural. Los desheredadOs de la fortuna con qué ansias desean tanto bienestar. La literatura nos ofrece una larga lista de autores no católicos que no se avergüenzan de sacar al sol su pena por no disponer de este tesoro humano y divino en el que les hubiera gustado creer. Nosotros hemos nacido en el pala­cio de las riquezas de Dios. Su abundancia nos deja indiferentes. A ve­ces pienso que El ha sido un manirroto, un derrochador, malgastando su amor en un sacramento del que no íbamos a hacer el menor caso. Para colmo no ha puesto condiciones de tiempo, de número, de lugar y de ministro para recibirle. Ha reducido al mínimum los procedimien­tos. Ha suprimido casi todos los trámites de tasas, aduanas y fiscaliza­ciones a nuestra sucia mercancía. Quiere que todo dependa de la inten­sidad de nuestra fe, del volumen de nuestro amor y del grado de nues­tra generosidad.

Dios ha sido pródigo en esta institución. Se ha mostrado verdade­ramente espléndido, largo y munífico. Todo lo perdona por su medio. Algunos herejes limitaron el poder sacramental. La Iglesia les cerró siempre la boca con esta consoladora afirmación: para todo pecado hay perdón, para toda culpa hay misericordia, para toda caída hay peni­tencia. Perdona completamente. Dios cuando perdona, olvida. Jamás echará en cara al pecador su pecado. No sólo le perdona el castigo, sino que le exime de toda culpabilidad, algo inaudito en los códigos de la justicia humana, un imposible hecho realidad, porque Dios ha puesto en juego, como en la creación, su omnipotencia. De un reo hace un hombre honrado; de un culpable, un inocente; de una pizarra, un cris­tal; ‘de un poco de estiércol, un diamante. Perdona siempre. No siete, sino setenta veces siete. Aunque sabe que vamos a reincidir, que rom­peremos al día siguiente aquel pacto como un trozo de papel. Sólo pre­cisa constatar nuestra sinceridad en el momento de la absolución. Nin­gún otro es capaz de hacer alarde de tal magnanimidad. La Sangre de Cristo ha corrido mil veces sobre nuestras heridas curándolas incan­sablemente. Su paciencia con nosotros no reconoce límites. Hasta tal punto la tenemos conocida que en ocasiones su prontitud y su facilidad para perdonar entran en nuestros cálcúlos para cometer el pecado de nuevo. Villanamente traficamos con la bondad divina. Especulamos con ella, como un hijo de familia que se propusiera este plan: voy a hacer llorar a mi padre. No me atrevería a disgustarle si me tratara con se­veridad, pero lo tengo bien conocido, sé que me perdonará…

Dios nos da toda clase de facilidades para confesarnos. La confesión es secreta. Siempre lo fue. La penitencia fue pública en la iglesia primi­tiva. La acusación pública quedaba al arbitrio de cada penitente. La declaración de los pecados se hace sin testigos por más que hayamos ul­trajado descaradamente a toda la humanidad.

La confesión se hace a un hombre, no a un ángel. ¿Habrían com­prendido los ángeles nuestros pecados carnales? El sacerdote nos inspi­ra una confianza más natural. Tiene motivos personales para ser indul­gente y comprensivo. Es un «ministro capaz de condolerse de aquellos que ignoran y yerran, como quien se halla igualmente rodeado de mise­rias». En defmitiva, un pecador es perdonado por otro pecador.

La confesión se hace a un sólo hombre. Dios no obliga a descu­brir nuestros pecados a todo el mundo, como parecería lógico dada la dimensión cósmica que tienen. No se puede imaginar nada más dulce y caritativo. Y, sin embargo, el hombre encuentra dura esta ley. Es una de las razones que alega para rebelarse contra la confesión. Negar­se a declarar los pecados al sacerdote porque es un hombre como los de­más es una actitud irracional. Lo lógico, lo justo, lo sincero, pienso yo, sería pregonarlos a los cuatro vientos, notificándoselos a todos los hombres porque a todos hemos afrentado y engañado con nuestras se­cretas villanías.

La confesión se hace a un hombre elegido por nosotros. Nadie puede imponernos un ministro concreto. Tenemos opción a elegir a aquel que más nos guste o más confianza nos inspire. Los mismos confe­sores ordinarios de las religiosas no deben ver con malos ojos que ellas acudan a otros sacerdotes. Sería una forma repugnante de despotismo. La confesión o la dirección espiritual no es un coto cerrado de cuyas puertas sólo ellos poseen la llave.

La confesión está defendida por un macizo valladar. La Iglesia la ha salvaguardado con el sello del silencio. La obligación del secreto sacramental puede resumirse en esta breve fórmula: no se puede decir nunca, nada, a nadie. Nunca, ni después de la muerte del penitente. Nada, de lo que esté relacionado con los pecados, ni con las virtudes o los asuntos indiferentes. A nadie, ni siquiera para evitar una catás­trofe, si no media el permiso del interesado.

La confesión va seguida de una satisfacción o penitencia adecuada a la mayor o menor gravedad de los pecados. Suele ser sencilla, fácil de cumplir. Los tiempos de las duras y dilatadas obras penitenciales quedaron muy atrás. En todo caso no sería muy gallardo ni muy hon­rado quejarse del rigor de una penitencia, si se piensa en ese infinito mis­terio de iniquidad que ts el pecado y si se tienen en cuenta las cargas y los censos que la Iglesia imponía por cada uno de los pecados que hoy cometemos con la facilidad de quien bebe un vaso de agua.

Es el sacramento de la reconciliación del hombre con Dios. Dios sigue llamando insistentemente a cada cristiano para que vuelva a El. «Yo te llamé con tu propio nombre porque eres mío», asegura por me­dio de Isaías. Es una llamada en la que se trasluce la fidelidad inagota­ble de su amor. El abismo de nuestra miseria se abre al abismo de su misericordia. El hijo pródigo, desde lejos, ve una mano paternal que se agita en el aire en gesto de invitación, oye el ‘timbre de una’ oz amiga que pronuncia su nombre. No tiene más que una sola actitud, una res­puesta pronta y decidida: me levantaré e iré a mi Padre. No puede va­cilar sin exponerse a una reprobación eterna: «Os llamé y rehusásteis; moriréis en vuestro pecado.»

Es la reconciliación del hombre con Cristo. «Yo soy el Camino», afirma El mismo categóricamente. En efecto, es el camino de vuelta al Padre. En el sacramento de la Penitencia nos encontramos con El, nos da el abrazo del perdón y nos entrega a su Padre. El pecado ha dejado una deuda que saldar, pero El ya la pagó por nosotros. Nosotros hace­mos lo poco que falta: apropiárnosla. El sacramento realiza esta operación de trasvase y asimilación. El mismo Cristo preside’ este tri­bunal. Por eso todos los juicios que en él se celebran son juicios de amor. Es el pecado el que sale siempre condenado, nunca el pecador. Y todo cuanto se perdona en este juicio individual queda cancelado para el juicio universal, para el gran día de la rendición de cuentas.

Es la reconciliación del hombre con la Iglesia. El bautizado cuando se alía con el pecado es infiel a la Iglesia de la que es miembro. Ofende a la Iglesia, a todo el cuerpo y a cada una de sus partes. Es un foco infeccioso, canceroso y dañino dentro del organismo místico. Desdora la belleza de la Esposa de Cristo. Este ultraje exige una reparación. Es necesaria la presencia del pecador ante el ministro de la Iglesia es­carnecida para reconciliarse con ella, para solicitar y obtener el perdón. La confesión no es, por consiguiente, un acto privado, aunque así pa­rezca indicarlo’ el rito externo. Es una celebración pública, solemne y oficial. Es la renovación de una alianza con todo el pueblo de Dios, la inserción de un hijo infiel en el seno de la familia cristiana. Es una justa reparación de los agravios hechos a toda la comunidad. Antigua­mente, aunque la acusación había sido secreta, la incorporación a la asamblea se realizaba a la Vista de todos los creyentes dando a la cere­monia un aire de sagrada solemnidad. Este carácter comunitario está oculto hoy bajo el hermetismo de unas rúbricas que nada dejan traslu­cir. Por lo mismo sería de desear que el penitente no buscara afanosa­mente la soledad o la obscuridad para confesarse. Que los hermanos se den cuenta, que le vean pedir perdón, que sepan que está reconcilián­dose con ellos en la persona del ministro sagrado.

Es una reconciliación del hombre consigo mismo. Todo pecado gravita sobre la conciencia humana ahogándola, abrumándola. Es un torcedor que está agazapado entre las sombras, una alimaña salvaje que hace sentir sus dentelladas. El remordimiento sigue al pecado como la sombra al cuerpo. El pecado hace miserables a los pueblos y a los individuos. Por ello la absolución tiene toda la poesía de un amanecer. Cuando penetran en los oídos aquellas divinas palabras: vete en paz, no vuelvas a pecar… se repliega la marea de la angustia y renace de sus cenizas el ave zul de la alegría. ¿Cómo dicen que es dura la confesión? Yo juraría que nada en la tierra hay más dulce. Después de unos instan­tes turbadores surge la calma gozosa de una nueva conciencia. El cora­zón se siente ingrávido y aletea como una mariposa. Hay que leer las autobiografías de los grandes conversos para convencerse. Todos coinciden en lo mismo: son testigos de una paz inefable que estrenan, como un vestido nupcial, de unas lágrimas serenas y suaves que hume­decen las últimas palabras litúrgicas del sacramento.

Tengo que hacer una aclaración. No pretendo engañar a nadie. La verdad nos hace libres. Y la verdad es ésta. Hoy no hay más que una for­ma sacramental de la penitencia. Hubo un tiempo, sin embargo, en que los cristianos expresaban sacramentalmente su arrepentimiento de múltiples maneras. Existían las líneas generales de las que ha ido per­filándose el esquema penitencial de hoy. Pero, repito, había otros esque­mas penitenciales que tenían también carácter sacramental. La uni­ficación y centralinción de Occidente contribuyeron a unificar la li­turgia. Esto quiere decir que la Iglesia podría alumbrar otras estructuras sacramentales distintas de las que están en vigor para reconciliar al hombre con Cristo y con ella misma. Por otra parte la confesión no tiene tampoco el monopolio o la exclusiva del perdón divino de los pe­cados. Este puede llegar a nosotros por otros cauces. La necesidad y la urgencia de la conversión cristiana pueden impulsamos a seguir otras rutas abiertas en la Iglesia. La confesión no agota toda la epifanía misericordiosa de Dios. Cristo ha dicho: cuanto desatéis sobre la tierra será desatado en el cielo… Pero de aquí no se sigue que todos los pe­cados del mundo tengan precisamente que ser desatados por el sacerdo­cio ministerial directamente como requisito indispensable para entrar en el Reino. Lo que ocurre es que nosotros, los católicos, tenemos una ley. Según esta ley tenernos que someter al «poder de las llaves» todos los pecados mortales, aunque hayamos obtenido su remisión por otros medios extrasacramentales.

Hay que tener en cuenta, así mismo, la resolución tridentina rela­tiva a la confesión de los pecados graves y conscientes como condición necesaria para participar en la Eucaristía. A ella debemos atenernos estrictamente hasta tanto que el Magisterio la modifique. Está en estu­dio una interpretación más suave del decreto conciliar. Aparte de esto es preciso dejar muy claro que la confesión es de todo punto inservible si no va precedida, acompañada y seguida de una sincera conversión interior. Esta conversión, ya lo hemos dicho, puede adoptar otras expresiones externas, algunas de las cuales fueron en otro tiempo sacramentales y hoy no. El acceso a la confesión no es siempre fácil para todos. Hay casos de excepción en que la Iglesia la dispensa. En el cristianismo primitivo los relapsos eran admitidos en la comunión de la asamblea litúrgica sin que se les exigiera otra cosa que haber hecho una penitencia privada durante un tiempo prudencial. Hoy por hoy es preciso atenerse a la vigente disciplina por un serio imperativo de la conciencia y por la obediencia debida al Magisterio. En el futuro, opi­nan muchos teólogos, habrá notables variaciones en la práctica penitencial, pero conservando estos dos elementos fundamentales: la conversión interior y unos signos externos —los que sean— que ex­presen públicamente la recondiliación comunitaria.

Nadie puede poner en duda que la confesión actual contiene estos dos elementos. Son imperfectos sus ritos, son poco claros, es verdad; pero los que se inventen para reemplazarlos también lo serán necesaria­mente. Ninguna expresión humana puede contener y manifestar adecua­damente una realidad divina. Olvidamos que los sacramentos son ma­teria de fe y no de inteligencia. Esta sólo desempeña una función ancilar. Ningún invento humano puede sustituir .a la confesión. No suprime las formas penitenciales que el Espíritu siga inspirando en la Iglesia, pero se coloca a la cabeza de todas ellas por su cuna, su pervivencia y su carácter. Todo cristiano con auténtico espíritu de penitencia acudirá a la confesión para expresarlo, como a un medio, normal, eficiente y su­perior a todos. La confesión es causa y efecto de la conversión. Da la Medida de la penitencia.

Para una persona consagrada viene a ser como el motor con que realiza su marcha ascendente y el termómetro que marca su tempera­tura espiritual. Está en la misma línea de las grandes fuerzas ascensio­nales que ella emplea, como la oración, la Eucaristía, los retiros anua­les, etc. Es un factor decisivo de su vida vocacional. Espaciarla dema­siado es sencillamente una práctica suicida. Cierto que hay que revisar sus ritos actuales por poco expresivos, como se ha indicado ya, pero ésta es una cuestión que mira solamente a la fachada, al ropaje, a lo accidental del asunto. El contenido sacramental está ahí desde hace veinte siglos. Oculto tras unos signos cristalinos y unas rúbricas enig­máticas, permanece invariable. El buen paño en el arca se vende. El buen vino no necesita bandera. De ese misterio, como de un taller, sale la palanca capaz de remover el mundo del pecado.

LA PENITENCIA, PRIMER REQUISITO SACRAMENTAL

El sacramento no puede fructificar si no dispone de un terreno bien preparado. No funciona automáticamente. Presupone un clima espiritual adecuado. La actitud penitencial precede a la confesión como la bala al disparo, la explosión al ruido, la semilla al fruto. Las perso­nas que van a aligerarse de la carga de sus pecados necesitan crear anticipadamente unas condiciones internas de amor y de arrepenti­miento que den eficacia y validez a la absolución de la Iglesia. En la antigua praxis penitencial esta preparación duraba semanas, meses y hasta años. Las personas que en la actualidad se confiesan por devo­ción sólo precisan intensificar previamente su dinámica espiritual. La verdadera penitencia es el esfuerzo habitual del creyente para no vivir desde sí mismo, sino desde Dios, desde Cristo y desde su Iglesia. Es de­cir, ‘desde la fe, desde la esperanza y desde la caridad.

Desde la fe. Creer es reconocer a Dios como único absoluto y a uno mismo como a un ser relativo y, por tanto, precario, pobre, insufi­ciente, incapaz, deficiente y pecador. El hombre sólo es absoluto en su penuria radical, moral y ontológica. Sólo es absoluto en su pecado. Si dice que no tiene pecado se engaña, deja a Dios mentiroso, no se sitúa en la verdad, no cree en Dios verdadero. Lo que no es fe es peca­do. Y como nuestra fé’es incompleta siempre, siempre hay pecado en nosotros. Y aunque vaya creciendo y purificándose nunca será perfec­ta, nunca dejaremos de ser pecado.

Desde la esperanza. Esperar es reconocer la infinita cantidad de cosas que no hemos alcanzado ni asimilado. Consiste en ver lo que aún no somos, más que lo que somos, en considerar lo mucho que nos falta para ser exactamente Cristo. Es trabajar inagotablemente para conse­guirlo recortada y gratuitamente. Nuestro esfuerzo es una condición, pero no una valuación. No podemos apoyarnos en nosotros porque ca­recemos de todo, sino en Cristo; en El vamos renaciendo, resurgiendo; creciendo.

Desde el amor. Por un lado lo que no es amor es pecado. Por otro, el amor pleno no lo alcanzaremos en esta etapa de la existencia.

Aquí nunca llegaremos a vivirlo perfectamente. Siempre quedan distan­cias, ausencias, olvidos, ignorancias, reservas en la entrega. Nunca estamos abiertos por entero ni presentes del todo a Dios y a nuestros her­manos. Reconocer que no amamos suficientemente, sentirlo, tratar de superarlo forma parte de nuestro amor que, si es sincero, es penitente y arrepentido. Confesar lo mucho que aún le falta a nuestro amor, vernos necesitados del perdónde Dios y de los hombres es indispen­sable para permanecer en el amor, es el único modo de crecer en él porque es parte esencial de él.

Conversión. Penitencia y conversión son dos palabras que se pro­nuncian indistintamente, pero no son sinónimas. Al concepto de peniten­cia el vocablo conversión le quita su aspecto ceñudo y desabrido, le despo­ja de su apariencia negativa y le añade la idea de actividad y dinamis­mo. De las dos palabras hebreas equivalentes, una de ellas —naham­equivale a aspirar fuertemente y suspirar profundamente, expresa los mil matices de un amor doliente, como vergüenza, consuelo, compa­sión… mientras la otra —sub– se refiere a un movimiento de vaivén, de ida y vuelta, de alejamiento y retomo. De las dos palabras griegas que traducen las anteriores, la primera es metanoeo, verbo que significa cambiar de mente, de planes, de propósitos, retractarse, desdecirse, arrepentirse; al paso que la otra —e putrefb– coincide con estas o pare­cidas ideas: volver, regresar, tornar de un acuerdo anterior, reconciliar­se con un enemigo…

La conversión supone haber cobrado conciencia plena del pecado. Conciencia del pecado universal en el que venimos y estamos envueltos como el feto en la matriz. Conciencia del pecado individual que se ha hecho una misma cosa con nosotros, tan adherido al hombre como su misma piel. El ser humano se encuentra paralizado ante esta trágica realidad. Sólo Dios le puede arrancar de ella. Lo único que es capaz de hacer es cooperar con Dios, como sugiere Isaías: Si te vuelves a mí, yo te haré volver y podrás seguir en mi servicio. Pero sólo para Dios es po­sible hacer que el, hombre dé una vuelta total de 180 grados. Es la vuelta que tiene que dar el barro humano a la rueda del Alfarero para que Este la amase, la moldee, la configure a su gusto y saque una vasija distinta, nueva, reciente. Es decir, un hombre con una sangres un cora­zón y una vida hechos a imagen y semejanza de Dios. La conversión no puede ser otra cosa que el recorrido inverso del camino del pecado. El pecado sólo fue posible por el desconocimiento personal, experimen­tal del Ser divino. Por lo tanto: «ésta es la vida eterna (la conversión), que te conozcan a ti, Padre, y a quien has enviado, Jesucristo». (Juan 17-3). Conocer a Dios; convencerse —vivirlo— de que sólo es amor; de que no puede ser otra cosa que amor, bondad y caridad; de que nada seremos, sino somos lo mismo; serlo efectivamente e irradiarlo por los cuatro costados… ¿qué otra cosa puede significar la conversión? Ahora bien, la confesión ocupa el centro de este proceso, está en la mi­tad del camino de vuelta. Es una sensibilización del perdón que nos otorgan Dios y la Iglesia. Es en este sacramento donde los pecadores «conocen», mejor que en ninguno otro lugar de un modo inmediato, aunque imperceptible por los sentidos, la anchura, la altura y la profun­didad del amor de Cristo. ¿No medimos también la grandeza de un hombre por la generosidad de su perdón?

El arrepentimiento. Es también una palabra que se suele identi­ficar con la de penitencia, pero le suministra un ligero matiz. Acentúa la nota grave, hace resaltar la pena que el pecado produce, hace hin­capié en la pesadumbre que origina el olvido egoísta del Padre celes­tial. Es la contrapartida del placer y de la satisfacción personal que todo pecado produce. El pecador arrepentido de verdad tiene un pesar hon­do, no sólo de haber obrado mal, sino de ser malo en todo su conjunto, desde la raíz hasta la última ramificación de su ser. Inmediatamente brotará el deseo de ser redimido, transformado por el Ser que es bueno esencialmente. Este deseo está vinculado explícita o implícitamente con los sacramentos que son los medios que El pone a su alcance para verificarlo. Si se requiere el bautismo, —al menos, de deseo—, para pertenecer a su Iglesia, se necesita el sacramento de la penitencia, al menos, de deseo también, para reincorporarse a ella después del pe­cado. El arrepentimiento es cristocéntrico y sacramental. Quiero decir que es un encuentro con Cristo por medio del sacramento. De esta li­turgia penitencial emanará una poderosa corriente de conversión. Cuan­do leemos la historia de la conversión de los pueblos antiguos y modernos advertimos que la chispa religiosa que la ha provocado ha sido la cele­bración de los misterios. La evangelización se ha hecho por medio de los sacramentos y en dependencia de los mismos. Conviene dejar bien sen­tado este principio pastoral: la conversión en todos sus grados parte de los sacramentos como de su fuente propia y se encamina a ellos como a su cauce natural.

La contrición. Es una denominación viva y plástica de la peniten­cia. El término se refiere a la necesidad de que el orgullo, causa del pecado, sea machacado, pulverizado, triturado. De la soberbia hecha polvo sale radiante la verdad de la humildad. Y de la humildad nace el dolor, la detestación del pecado, el propósito de la enmienda que es una voluntad retadora de seguir en pie sin doblar y de erguirse si se ha quebrado.

Este dolor que produce la contrición es el mismo que sintió Cristo ante la monstruosidad de la culpa humana y de la ofensa inferida a su Padre con ella. Es un dolor del espíritu que el cuerpo puede también compartir. Casi todos los sentimientos del espíritu tienen reflejo en la parte sensitiva, corporal del hombre. Los fenómenos del pecado y de la gracia repercuten en muchas ocasiones en la sensibilidad. En ciertos procesos de la conversión el grado y la forma de estos sentimientos re­flejos dependen de la sicología peculiar y del estado de ánimo del peni­tente. No hay oposición ninguna entre la pena del alma y la del corazón. Por el contrario las dos componen una pena humana y divina, un do­lor completo, total, a causa de la unidad personal del hombre. La con­trición no es un acto árido de la voluntad, sino también del corazón, sede del amor integral. La Magdalena baña con sus lágrimas los pies de Cristo. San Pedro «salió fuera y lloró amargamente». San Pablo está tres días sin comer, abrumado por la pena. No importan las mani­festaciones de la vida emotiva con tal que sean espontáneas, prudentes, mesuradas.

La detestación del pecado y el aborrecimiento de la maldad come­tida son frutos del dolor. Este sentimiento es una sentencia de muerte que el mismo pecador pronuncia sobre su vida pecadora. Con esta sen­tencia se une a la que el Padre fulminó contra el pecado y que Cristo tomó sobre sí en el madero de la cruz. Con ella se une también a la que Cristo, juez de vivos y muertos, dictará sobre los impenitentes en el último día. Pero el veredicto del pecador contra sí mismo se cuaja de flores y esperanzas. El no será el leño seco del que habla Jesús en el ca­mino del Calvario. Es tan sólo el leño verde al que hoy se aplica el hie­rro para que mañana, al amanecer, se llene de frutos y de pájaros.

El propósito de la enmienda es así mismo una consecuencia de la contrición. Le da a ésta autenticidad y fecundidad. El propósito ha de recaer, más que sobre los actos pecaminosos, sobre las causas y raí­ces de los mismos, sobre las actitudes y tendencias, más que sobre las caídas y los fallos periódicos. Una vida interior mediocre provoca un diluvio de faltas de todo tipo. Es inútil combatirlas si no se ciega la fuente de donde manan. Es ridículo, por citar otro ejemplo, acusarse numéricamente de las desobediencias, si no se extirpa el resentimiento contra la autoridad. Los pecados de impureza seguirán eslabonán­dose mientras esté en carne viva, sin afrontarlo ni resolverlo, el pro­blema de una afectividad mal enfocada o de una sexualidad mal enten­dida. Es ocioso matar la araña sin destruir la tela, atajar una enferme­dad contentándose con aplicar pomadas a la piel. Existe un número no pequeño de personas consagradas que se acusan minuciosamente de sus pecados externos sin haber intentado asimilar siquiera los criterios evangélicos contenidos en las bienaventuranzas. ¿No es absurdo estar quebrantando éstas habitualmente y acusarse de los pecados veniales cometidos contra los mandamientos?

Penitencia… conversión… arrepentimiento… contrición… Dis­tintas palabras para expresar una misma realidad. Una disposición, una actitud interior del penitente que debe preexistir a la declaración y absolución de los pecados. No es un preludio del sacramento; es una parte integrante de él. Es el sacramento mismo. Es su alma, su arma­zón, su savia vital. La razón está en que todo sacramento consta de un signo y de un contenido. El contenido existe antes que el signo. El signo lo exterioriza. En nuestro caso el contenido son los actos del penitente entre los que la penitencia ocupa un puesto aventajado y preeminente. Por lo tanto, si la celebración penitencial es una decla­ración exterior de la conversión interior, si ésta no se ha producido con antelación, el sacramento se convierte en un rito vacío e inútil, en una fórmula profana y hasta sacrílega. Tiene que preceder un serio esfuer­zo de reforma, de enmienda, de revisión, de reajuste, so pena de que el sacramento resulte la expresión de algo vano e inexistente. Dicho esfuer­zo debe cobrar mayor intensidad en los momentos previos a la celebra­ción litúrgica que es el rito que sella, confirma, da eficacia y plenitud a la conversión.

LA CONFESION, SEGUNDO REQUISITO SACRAMENTAL

La acusación de las culpas personales es un acto esencial de la ver­dadera conversión. Implícitamente es necesaria para la recepción del bautismo. Para este bautismo laborioso que es el sacramento de la Peni­tencia la Iglesia exige una confesión detallada y explícita. Su materia son todos los pecados mortales cometidos después del bautismo y no per­donados directamente. Se trata de una ley divina positiva. La ley ecle­siástica sólo precisa ciertos detalles. El pecador ha quedado al margen de la Iglesia. Ha quedado excomulgado en el sentido teologal de la palabra, no en el sentido jurídico. Los. Padres insisten en los efectos anticomunitarios del pecado preferentemente. Las antiguas penitencias apuntaban a subsanar los males sociales que de él se habían derivado. Si el pecador ha ofendido a la iglesia es lógico que haga ante ella su confesión para que le reintegre en su seno. El retorno a Dios no se efectúa sin el retomo a la comunidad en la que depositó la salvación. Confesarse ante la Iglesia es una garantía de la sincera confesión, ante Dios. Si no nos confesamos ante la Iglesia a quien vemos, cómo vamos a confesarnos ante Dios a quien no vemos? Las leyes divinas, .por otra, parte, están de acuerdo con las , leyes de la sicología. Todo crimen contra la sociedad provoca una perturbación en el siquismo humano, una herida moral que no se cura hasta que no se repare de algún modo el desorden que la originó. No es de extrañar que la ciencia materialista haya tenido que reemplazar al confesor por el sicólogo, la confesión sa­cramental por la confesión sicoanalítica.

Si al pecado concurrieron tanto el cuerpo como el alma está. puesto en razón que en su remedio intervengan también los dos elemen­tos integrantes del hombre. Y esto, se ve más claro todavía si el pecado ha tenido resonancias comunitarias. Ya hemos visto que todo peca-. do las tiene. Pero hay pecados que son más antisociales que otros. La liturgia es una función social por definición. Que la confesión se articula en la liturgia cristiana nadie hay que lo ponga en duda, pues­to que es un signo sacramental. Por lo mismo cae bajo la acción de Cristo, sumo sacerdote. El interviene personalmente en la acción ecle­sial. No es, pues, la confesión un mero recuerdo de las culpas pasadas ordenado al perdón de las mismas , sino que tiene la categoría de un acto de culto, de un himno de alabanza a la majestad divina por el cual reco­nocemos compungidos los derechos de su justicia y proclamamos agra­decidos su misericordia.

Para estudiar el fin de la confesión conviene distinguir entre sacramento de la Penitencia y perdón de los pecados. Los fieles confunden a menudo los dos conceptos. La gran mayoría ha desvirtuado el signo sacramental convirtiéndolo en un mero requisito preparatorio de la participación eucarística.

Puede darse la celebración de la penitencia sin que tenga lugar el perdón de los pecados en un sentido estricto. Puede haber sacramento sin perdón y perdón sin sacramento. Puedo aducir dos ejemplos. El primero es la confesión por devoción que la Iglesia no sólo da por válida, sino por conveniente y aconsejable, pese a carecer de materia próxima e inmediata, porque los pecados graves están cancelados en anteriores confesiones y los pecados veniales se van remitiendo al ritmo piadoso de la vida cristiana. Sólo queda el pecado genérico, profundo, univer­sal cuyos brotes afloran inadvertidamente. Otro ejemplo nos lo brinda la disciplina actual de la Iglesia. Me refiero a esa clase de penitentes que confiesan los pecados mortales borrados solamente por la contri­ción perfecta después de la cual han tomado parte en el ágape eucarís­tico. En efecto, la legislación vigente obliga a confesar los pecados graves que el dolor hizo desaparecer con toda seguridad, pero que no se pudieron someter al «poder de las llaves» porque un serio obstáculo lo impidió. Aunque la subsiguiente comunión selló el perdón de Dios, la ley ordena someter dichos pecados al tribunal de la penitencia. En ambos casos se recibe el sacramento, pero no se obtiene el perdón propia­mente dicho.

Pero también puede ocurrir al revés, es decir, que exista el per­dón sin recibir el sacramento. Algo de esto he dicho ya, pero quiero in­sistir. Puede obtenerse el perdón de los pecados sin la celebración de la Penitencia. En la moderna ordenación de la disciplina eclesiástica no sucede ciertamente, pero en la antigüedad cristiana era muy frecuen­te. Los primeros creyentes eran parcos en celebrar la penitencia sacra-mentalmente y pródigos en verificarla privada y colectivamente. Sólo una vez en la vida se sometían a la dureza de la penitencia pública en­tonces en uso. Los reincidentes, en general, acudían a los ministros de la Iglesia para saber qué clase de penitencia tenían que cumplir por las culpas cometidas. Una vez terminadas privadamente las obras peni­tenciales mandadas, se unían sin más a la comunión de los fieles. Los cristianos que tenían conocimiento de la penitencia que correspondía a cada pecado se las arreglaban por sí mismos. También es verdad cjue en un gran número de iglesias locales era costumbre, terminada la pe­nitencia en privado, presentarse de nuevo a los sacerdotes para reincor­porarse a la Iglesia por su medio. Pero esta práctica no se universalizó hasta finales del siglo VII o principios del VIII. San Crisóstomo, San Jerónimo, San Agustín, etc., aconsejaban abiertamente a los relapsos abstenerse por algún tiempo de la comunión, ejercitarse en determina­das obras penitenciales y participar de nuevo en la Eucaristía.

La celebración del sacramento sin el perdón de los pecados; el perdón de los pecados sin la celebración del sacramento. Esto quiere decir que la confesión incluye, claro está, la remisión de las faltas, pero al propio tiempo desborda y sobrepasa el poder de perdonar. Algo que da sentido y justifica su celebración aún cuando no haya conciencia de pecado. Algo que nos va a permitir quitarle toda apariencia de enve­jecimiento y darle un estilo más juvenil, pleno y expresivo. Algo que le va a hacer más atrayente y le va a granjear el afecto y la simpatía que ha perdido entre los fieles.

¿Cuál es, pues, la finalidad del rito sacramental? Si tuviera que resumirla en breves palabras diría que el objetivo de la confesión es:

1.° Encarnar y expresar en un signo litúrgico la propia conver­sión, ese tránsito laborioso y progresivo del reino del pecado al Reino de la gracia. Si elpecado obstaculiza la conversión queda eliminado. De lo contrario, la da solidez y profundidad.

2.° Sublimar dicha conversión siempre pobre, pequeña e insufi­ciente insertándola en el misterio pascual de Cristo, primogénito entre los hermanos, que ha muerto al mundo y vive para el Padre, que ha pa­sado del reino del pecado al Reino de la filiación, que es, en fin, causa, modelo y término de toda conversión.

Ya se ve cómo esta finalidad es siempre posible, siempre necesa­ria, siempre conveniente, tanto si el pecado es una historia pasada como si es una desgracia presente. En todo caso los cristianos encontrarán en la confesión una riqueza y unos valores que sin ella no se les daría.

He aludido al precepto hoy vigente de confesar los pecados mor­tales no perdonados por la absolución ministerial como condición in­dispensable para recibir la Eucaristía. Prescindo de las largas discusio­nes habidas en Trento entre los Padres conciliares antes de la redacción de este decreto. El canon 856 del actual Código de Derecho Canónico permite en algún caso la comunión sin la confesión previa. Lo mismo se vuelve a repetir en la reciente instrucción «Eucharisticum Myste­rium» en el que parece insinuarse la posibilidad de que se suavice o al menos se matice un poco el rigor de esta ley. La opinión de muchos teólogos ladea la báscula en el sentido de la mitigación. Me atrevo a vaticinarla para un futuro no muy lejano, pero tampoco muy inmediato.

Desde entonces hasta ahora no se han puesto de acuerdo los teólogos sobre si el citado decreto conciliar es una formulación solem­ne de la ley divina o se trata solamente de una disposición eclesiástica. El tema no carece de importancia, por las graves implicaciones pastora­les que entraña. Comulgar con relativa frecuencia es de precepto di­vino. La Iglesia ha precisado el mínimum de un año y ha preceptuado la comunión pascual. Es algo parecido al precepto dominical de oír misa. La ley divina urge dar a Dios a menudo culto comunitario. La Iglesia ha determinado el tiempo y ha señalado los días festivos para cumplir esa obligación. Son dos ejemplos con que quiero ilustrar este comentario. ¿Es voluntad de Dios que el cristiano consciente de estar en pecado mortal se confiese antes de comulgar? Entonces nunca podría recibir la Eucaristía sin haber pasado antes por el tribunal de la Peni­tencia. ¿Es solamente una ley eclesiástica? Entonces es ésta la que tiene que ceder cuando se halle en conflicto con la ley de Dios que ordena comulgar de vez en cuando y la confesión sea imposible o simplemente difícil. Según esto, en las zonas escasas de sacerdotes, los catequistas, los misioneros y misioneras podrían administrar la sagrada comunión a los fieles después de haberlos exitado a una contrición perfecta.

Lo que sí parece una ley defmitoria es la que el mismo Concilio tridentino promulga para obligar a los cristianos a declarar sus pecados mortales no perdonados detallando el número y la especie. Hoy no se niega el carácter dogmático que quisieron • dar los Padres a este de­creto. Pero se le enfoca desde un punto de vista que ellos desconocieron.’ Ellos cimentaron esta resolución en la función de juez que desempeña el sacerdote derivada de Cristo. Todo juez para sentenciar con justicia debe conocer el caso con sus pelos y señales, como vulgarmente se dice. Pero sabemos que hay dos clases de jueces: los que ordinariamente ven y juzgan las causas, y los administrativos: Un jefe de estado es un juez también. Ahora bien un jefe de estado puede conceder indulto particular o amnistía general, aunque no posea un conocimiento minu­cioso y detallado de los delitos en cuestión.

Desde el punto de vista objetivo, de pecado leve a pecado grave se asciende sin solución de continuidad. La diferencia, por lo tanto, es tan sólo de grados. Pero desde el punto de vista subjetivo hay una dife­rencia esencial entre un pecado leve o venial y un pecado, grave o mor­tal. Puede suceder que lo que es objetivamente grave no sea mortal, pero lo que sea subjetivamente grave siempre será mortal. No son los pecados objetivamente graves los que privan de la comunión sin la confesión previa, sino los que sean graves en la. conciencia de la perso­na interesada. La antigua práctica penitencial de la Iglesia distinguía entre los «crímenes» (apostasía, adulterio, derramamiento de san­gre…) que excluían al culpable de la comunidad y los demás pecados graves internos y externos que no excluían de suyo de la asamblea li­túrgica. Los primeros estaban sometidos a la penitencia pública, pero no los segundos. Estos se regían por las normas de la penitencia pri­vada sujeta a los usos flexibles .y oscilantes de las iglesias locales.

La teología y la pastoral no han ido siempre de acuerdo en rela­ción con la integridad de la confesión. Y hoy menos que nunca. Todos admitimos la integridad material, pero como una aspiración, como un ideal, como un desiderátum al que debe apuntar el confesor; como una meta que debe encontrarse en el ápice de las intenciones del peni­tente. Pero, aunque son todos —somos todos— los que aspiran o deben aspirar, son pocos los que llegan a alcanzar el objetivo. Hay personas muy versadas en teología moral que están por lo mismo más obligadas que nadie a hacer una acusación acomodada al alto grado de su for­mación religiosa. Pero la masa se mueve en unos niveles muy bajos de cultura. No es posible esperar, ni sería justo exigir de’ los menos ins­truidos, un relato minucioso de su culpabilidad moral. De hecho a cada uno sólo se le puede pedir lo que puede dar, según sus conoci­mientos. Para el pueblo sencillo una regla sencilla: una buena y sincera voluntad de hacer lo que buenamente pueda contando con la ayuda del confesor y poniendo a contribución su leal saber y entender. El precepto de la integridad material ha de interpretarse conforme a las posibilidades humanas, teniendo en cuenta los demás actos de la conversión que suplirán las explicables deficiencias. Es peligroso dar a un precepto como éste una importancia desproporcionada. Esta es la razón del positivismo jurídico en el que se ha debatido la ciencia moral du­rante siglos. Se ha desarrollado una casuística muy discutible, se ha fo­mentado un rigorismo muy equívoco, mientras las ideas fundamentales de la Creación, de la Redención y de la Gracia insensiblemente iban siendo relegadas a la lectura aconsejable de la ascética.

LA SATISFACCION, TERCER REQUISITO SACRAMENTAL

La contrición sincera supone en el penitente una voluntad de reparación. El mal que se ha hecho, los derechos de Dios y de la Iglesia conculcados, los perjuicios morales y espirituales causados a la comu­nidad humana exigen una satisfacción. El dolor íntimo subsiguiente al pecado ya constituye de por sí un principio de desagravio e indemniza­ción. Los otros actos penitenciales también suponen y expresan lo mismo. El examen de conciencia es un ejercicio ingrato y mortifi­cante. El acercamiento a la sede penitencial es un buen revulsivo del orgullo humano. La vergüenza de la acusación arguye en el reo una actitud humilde y rendida. Con la penitencia impuesta por el confesor queda en parte liquidada la deuda del pecado. Digo en parte porque la tarea expiatoria ha de continuar ininterrumpidamente en el aguante paciente y sereno de los sufrimientos que la vida depare.

El cumplimiento de la penitencia forma parte esencial del signo sacramental. Contiene y expresa la conversión personal, pero en íntima relación con los otros dos actos. Confesión y sacramento no se identifican. La confesión no es más que uno de los actos penitencia­les. El sacramento termina con el último acto de penitencia impuesto por el confesor. Como se ve, puede durar horas y días enteros. Antigua­mente duraba meses y años. Empezaba con la presencia del pecador ante el ministro de la Iglesia y acababa al ser admitido a la participa­ción de la Eucaristía.

Estas obras taxativamente prescritas por el confesor no son la médula de la conversión. Son más bien su maduración, sus frutos sazonados, «los frutos dignos de penitencia» de que habla el Evangelio. El árbol tiene que existir antes que los frutos, pero si éstos faltan hay que concluir que en su raíz la conversión no fue auténtica. No son la penitencia, pero son su manifestación normal. Son tanto más im­prescindibles cuanto más profunda es la metanoia. La Iglesia primi­tiva se mostró siempre inexorable con estas obras exteriores, no porque pasara por alto la conversión interior, sino porque las consideraba como una reparación del escándalo público, como un restablecimiento de la justicia social, como una indemnización de los daños causados en su edificio espiritual. Creía también que así se ahondaba más en la con­trición del corazón por la influencia decisiva que tienen sobre el espí­ritu las acciones corporales, tanto si son buenas como si no lo son.

En la actualidad la penitencia sacramental ha quedado reducida a la mínima expresión. Los actos mandados son casi irrisorios de puro simples. Dan la impresión de ser como una de esas recetas que extien­den los médicos para salir del paso airosamente, cumplir el expediente, y dar al paciente un alivio más sicológico que efectivo. Los confesores no se fían de sus penitentes y los tratan como a niños imponiéndoles unas penitencias ridículas por su pequeñez y uniformidad. El mismo tipo de comprimidos para toda clase de enfermos. Lo peor de todo es que los cristianos de hoy no soportarían otro sistema más serio. Por­que, aunque son adultos en la edad, son niños en la fe; aunque son gi­gantes en el pecado, son pigmeos en la conciencia; aunque son valien­tes en la huida, son cobardes en el retorno; aunque son fuertes y pro­fundos en la perversión, son débiles y superficiales en la conversión.

Hay muchos teorizantes de la vuelta al primitivo cristianismo. Yo creería en su sinceridad si incluyeran en el elenco de los valores recu­perables la práctica de la penitencia. Yo transigiría en que suprimie­ran la confesión porque los antiguos no la celebraban como nosotros, con tal que aceptaran la disciplina penitencial entonces en boga, por la misma razón. Tendrían que empezar por dar carpetazo a casi todas las invenciones ingeniosas en materia de diversión. A renglón seguido vendría, junto a una acusada restricción alimenticia en cantidad y cali­dad, un notable aumento de la oración y del trabajo. Porque ésta era efectivamente la estremecedora condición de los viejos penitentes. Si estaban en la lista de los penitentes públicos tenían que formar un grupo aparte dentro de la asamblea en la que sólo al principio participaban; después eran excluidos del lugar de reunión cuyas puertas se cerraban a sus espaldas. Si no eran oficialmente públicos pecadores, ellos mismos se abstenían de la comunión dentro del acto litúrgico; fuera de él te­nían que consumir el tiempo reglamentario en aquellas penitencias, duras, rigurosas, casi inhumanas para nuestra moderna sensibilidad. Unos y otros no eran admitidos a la comunión hasta no haber dado feliz remate a tan severo régimen de vida. Hoy, unas prácticas livianas realizadas cómodamente en el espacio de unos minutos, es lo que nos queda de aquellos tiempos de cristianismo auténtico. Restos arqueoló­gicos de un pasado glorioso. Además, todo se lleva a cabo secretamente sin que aparezca por ninguna parte señal alguna de satisfacción comuni­taria, como ha sido de ley en la Iglesia durante una buena etapa de su historia secular.

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA, AYER

Ante todo conviene notar que para las primeras comunidades cristianas el perdón de los pecados no era un acto instantáneo, automá­tico, sino un dilatado proceso comparable a la curación de una enfer­medad grave, larga y dolorosa. Al pecado se le tomaba muy en serio. En la lucha personal entablada contra él tenía que intervenir la Iglesia entera orando, llorando, ayudando a los penitentes. Lo que interesaba, más que los pecados aislados y clasificables, era la situación del peca­dor, el grado de su enraizamiento en el pecado y sus repercusiones co­munitarias.

En consecuencia, los elementos esenciales del sacramento no tenían en la antigüedad el mismo orden de importancia y la misma je­rarquía de valores que hoy. El punto de mayor atención era la peniten­cia exterior. Esta era excepcional, única, irrepetible para los pecadores reos de públicos y graves desórdenes. En un principio éstos no eran frecuentes. La conversión en la edad adulta y el fervor primitivo excluían el pecado grave como fenómeno frecuente. Claro que las epístolas de San Pablo no nos dan alguna vez una impresión muy ideal y optimista de aquellas comunidades. El cristiano que incurría en el pecado de escán­dalo descubría, a juicio de la Iglesia, la ineficacia de su bautismo, se hacía miembro indigno del cuerpo eclesial y debía ser segregado de la comunidad hasta que diera pruebas fehacientes de arrepentimiento. Eran los obispos y sacerdotes los que juzgaban, por el número y calidad de sus «crímenes», si un determinado creyente debía o no figurar en la lista oficial de los penitentes públicos. En todo caso, una larga pe­nitencia y una larga privación de la Eucaristía eran las consecuencias indefectibles de una conducta lamentable y desedificante.

El extremado rigor de esta disciplina primigenia, sus desagra­dables corolarios sociales, sus penosos resultados familiares, el número creciente, la calidad menguante y la conversión masiva del Imperio que diluyó el fervor original, fueron parte para que se ablandara la-se­veridad de la penitencia pública hasta que, en la baja Edad Media su ejercicio se sometió al dictamen de la responsabilidad personal.

La acusación de los pecados tenía entonces una importancia se­cundaria. Los pecados o eran públicos o se hacían públicos ante la asamblea a causa de la intensidad de la fe primitiva. La confesión pú­blica era frecuente, pero no obligatoria. A medida que la Iglesia se fue alejando de los tiempos apostólicos se fue enrareciendo hasta desaparecer del todo barrida por los decretos de los Pastores en vista de los graves incidentes que provocaba. El Papa San León, en el si­glo V, considera contraria a la tradición la lectura pública de los peca­dos que el penitente ha comunicado secretamente al sacerdote. «Es suficiente, dice, la confesión que se hace a Dios y luego al sacerdote. Así serán más los que acudan a la penitencia, si no se notifican los pe­cados al pueblo.»

La confesión pública, mientras existió, cumplía una función de reconocimiento, de reparación y de aceptación de la propia culpabili­dad. Fue un índice revelador de la sinceridad y profundidad en que se vivía la fe.

La confesión secreta siempre se consideró realizada ante toda la Iglesia, aunque se hiciera delante de un solo representante suyo. En un principio . fue poco frecuente porque la penitencia pública o privada que en ella se solía preceptuar era muy rígida y no daba mucho pie a la reiteración. Se cargaba más el acento en el poder perdonador que tiene el sacramento que en la virtud de profundizar la conversión que ha descubierto una posterior evolución doctrinal.

Por otra parte, a los ojos de los investigadores no aparece hoy muy clara la distinción entre la acción estrictamente sacramental y las otras celebraciones penitenciales a las que tan frecuentemente se en­tregaban los cristianos de los primeros siglos. Generalmente se proce­día de este modo: el bautizado culpable de pecados notorios que de­seaba la paz de la conciencia, buscaba ante todo la paz de la Iglesia. Confesaba sus faltas al obispo o al sacerdote. Estos consultaban las ta­rifas penitenciales decretadas en los sínodos y concilios y le impo­nían la penitencia establecida conforme a la gravedad de sus pecados. Transcurrido el tiempo señalado y cumplida la penitencia volvían a recibirle para declararle perdonado e incorporarle a la familia cris­tiana por medio de la participación eucarística.

Ya se ve que existía una notable diferencia de criterio y una marcada separación de tiempo entre la confesión y la absolución. Hoy esas distinciones son prácticamente inexistentes. Hemos montado el sacramento sobre un esquema válido, pero diferente. El viejo esquema era: confesión-penitencia-perdón. Mientras el nuevo es: confesión­absolución-penitencia. Al cristiano de entonces se le decía: No se te dará la absolución si no cumples las obras penitenciales una por una. Al cristiano de hoy se le dice: no se te dará la absolución si no confiesás tus pecados uno por uno. Los dos sistemas no son mejores ni peores; son diferentes. Son los ritos sacramentales que cambian, evolucionan, pierden o ganan importancia según las necesidades de los tiempos e investigaciones de los teólogos. Pero tanto en aquellos métodos ya ju­bilados como en éstos de nuevo cuño está un peligro al acecho: el automatismo, la rutina, la concepción superficial del pecado y de la conversión trivializados y minimizados por la frecuencia y la facili­dad del perdón.

La Edad Media asiste a una diversa valoración de las prácticas sacramentales. La disciplina penitencial pública cae en desuso por obra y gracia de su rigidez, mientras la penitencia privada y personal comienza a universalizarse por arte de aquellas nutridas avanzadillas de misioneros celtas que evangelizan la Europa central y occidental. En esta etapa la penitencia privada no difiere sustancialmente la forma primitiva. El único resto que quedaba de la antigua legislación con sello de publicidad era la temporal abstención eucarística. El ayuno era una forma penitencial muy generalizada. El espacio de tiempo entre la acusación y la absolución se fue reduciendo lentamente lo que contri­buyó a que el sacramento se fuera convirtiendo en un ejercicio usual. Fue precisamente en este período cuando la confesión por devo­ción inició sus primeros pasos en la Iglesia de Dios. Donde con más fuerza prendió fue entre los grupos de cristianos más comprometidos’ como los que vivían en los cenobios. En este aspecto hay una nota cu­riosa y altamente significativa. A los pecadores que abrazaban la vida monacal, incluso antes de esta etapa, desde el comienzo del monaquis­mo, se les impartía la absolución sin imponerles penitencia alguna ni pública ni privada por considerar a la vida consagrada como el mejor medio de conversión imaginable, el instrumento más a propósito para dar a la vida cristiana una absoluta dimensión penitencial.

Surgen inevitablemente las dificultades, los contrastes, los abusos. Los libros penitenciales, insustituibles para los confesores en la aplica­ción de las penitencias, se hacen exageradamente reiterativos, forma­listas y minuciosos. El sistema de conmutación de penas a base de in­tensificarlas o de sustituirlas por otras de caridad y de limosnas se prestan a discriminaciones a favor de los poderosos. El tener que dilatar la absolución hasta haber hecho efectivas las obras penitenciales reviste, muchos inconvenientes de orden práctico y redundan en daño, a veces insuperable, del penitente. Esta última fue la causa por la que, a partir del siglo X. se inicia el uso de conceder la reconciliación y el perdón inmediatamente después de la acusación, presupuesta la voluntad del penitente de cumplir las obras de satisfacción en la pri­mera oportunidad. De este modo la confesión comienza a relevar a la penitencia de su puesto de primera categoría. Y así también el penitente se responsabiliza más en lo tocante a la nueva lucha contra el pecado y al esfuerzo personal por realizar su propia conversión.

El Concilio de Letrán de 1215 y el de Trento de 1545 imponen la confesión anual y fomentan la confesión frecuente. El pueblo cristia­no adquiere una nueva mentalidad. El sacramento de la penitencia ya no es, como antaño, un instrumento excepcional en el proceso de la conversión, sino una práctica regular y común. La liturgia penitencial ha perdido en solemnidad y expresión comunitaria, pero ha ganado en profundidad y eficacia terapéutica. La segregación de los pecadores iba derivando hacia el formulismo y el legalismo y se hallaba en pugna con las nuevas ideas sociales. La forma privada de la penitencia pone más de relieve la necesidad de la purificación interior, influye en el desarrollo del sentido moral y hace girar el sacramento sobre el eje de la sinceridad y espontaneidad personales.

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA, HOY

La crisis penitencial ha vuelto a producirse en nuestros días. Ni es la primera ni será la última. Las mareas periódicas alcanzan a to­dos los sectores de la liturgia. El movimiento pendular a todos los efec­tos es constante en la historia de la Iglesia. A la moderna praxis peni­tencial le han nacido reparos, objeciones, problemas. Los optimistas juran que saldrá boyante del atasco. Los derrotistas, los agoreros de siempre, temerosos de caer en el vacío, se aferran tenazmente al pa­sado. La mejor actitud es tratar de descubrir los fallos del sistema e in­tentar subsanarlos en• la medida de lo posible. He aquí los principales reparos que se disparan desde una y otra parte contra la actual prácti­ca penitencial:

1.° La forma actual de confesarse favorece el sentido casuístico del pecado. Existen listas minuciosas, extensos catálogos, índices de­tallados de pecados. Parece que todo consiste en saber manejar la tabla de sumar. La enumeración, el examen, el recuento, la atomización de las faltas constituye la preocupación y hasta la obsesión de los peni­tentes…

Algo de verdad hay en esta acusación. Ha desaparecido el hondo sentido del pecado. Yo creo que antes que el número de los pecados está «el pecado», que forma parte de nuestro ser. La confesión debiera atacar a la raíz en lugar de andarse por las ramas.

2.° Relega el pecado a lo estrictamente íntimo y personal, elu­diendo así las responsabilidades comunitarias y sociales de los propios actos. Algunos tachan de hipócritas las confesiones en las que sólo se pretende la propia salvación, en las que sólo se tiene en cuenta la di­mensión vertical del pecado, del perdón y de la gracia…

No les falta razón a los que miran con recelo las confesiones exce­sivamente individualistas de algunos de nuestros penitentes. Tal vez nos hayamos corrido hacia el extremo contrario de las primitivas ce­lebraciones penitenciales en las que primaba el afán de restablecer las relaciones fraternales rotas por el pecado.

3.° La confesión actual desconoce el concepto bíblico del pecado tan amplio y tan matizado. El Nuevo Testamento tiene un rico voca­bulario para designarle. Emplea nada menos que diez términos dis­tintos del léxico griego: Hamartía = pérdida de Dios; anomía = vio­lación de la ley; asebeía = impiedad; parábasis = invasión de un de­recho; adikía = injusticia; pseudos = mentira; scotos = obscuridad…

Hemos retenido los primeros significados que se refieren a Dios y hemos ignorado los restantes que son más en número y que se refieren al prójimo. Esto es verdad. Pero sustituir la palabra pecado por la de injusticia, como algunos propugnan es ir demasiado lejos. A no ser que se dé a este vocablo todo su alcance bíblico.

4.° Ha desplazado el centro del decálogo situándolo en el terreno de lo sexual. Para muchos el pecado ha sido durante mucho tiempo el abuso sexual. Se diría que el sexo era ya de suyo pecado…

También creo yo que el tema sexual ha sido la obsesión de confe­sores y penitentes. Era el único y el principal pecado, el que se ;cometía contra el sexto mandamiento. Muchos tenían esa deformación óptica. El caso es que mientras en la etapa educativa y en la vida social el tema vivía como oculto tras la verja del silencio y de la ignorancia, en el con­fesonario todo giraba en torno suyo.

5.° La confesión frecuente ha anulado prácticamente las demás formas penitenciales. Para la mayor parte de los cristianos devotos ha sido la única manera de practicar la penitencia…

Efectivamente, en los grupos llamados piadosos la asiduidad al sacramento ha absorbido todas las variantes penitenciales de la vida cris­tiana empobreciéndola lamentablemente.

6.° La confesión como acto de devoción es esencialmente facul­tativa. Sus frutos sólo maduran en un clima de libertad y espontaneidad. Pero sucede que en los internados, en las comunidades y en algunas piadosas agrupaciones seglares ha sido materia de reglamentación disciplinar, un acto jurídico, impuesto, exigido con cierta periodicidad, a fecha fija…

Sí, son muchos los que piensan que convertir este ejercicio de de­voción en acto comunitario en el que cada cual tiene que pasar por el confesor obligatoriamente es atentar contra la esencia misma del sacra­mento, es extralimitar las exigencias de la vida común e impedir que cada uno de sus componentes pueda vivirlo con la necesaria libertad de iniciativa y de actuación personal.

7.° Se ha deformado la conciencia y se ha falseado el sacramento montándole sobre este trípode: pecado-perdón-gracia, en lugár de estri­barlo en las realidades teologales: fe-esperanza-caridad…

De acuerdo. El primer esquema es teológicamente pobre, moral­mente individualista, sicológicamente inestable. El segundo, en cam­bio, garantiza el desarrollo de un hondo crecimiento en Dios, de una vida fusionada en la de Cristo y de un encuentro eficaz con los hermanos.

8.° Se ha partido de una necesidad sicológica; de una especie de an­gustia morbosa de confesar los pecados; de tensiones, inquietudes y con­flictos no afrontados normalmente o digeridos pésimamente; de un ex­ceso de preocupación producida por las sensaciones, impulsos y tenden­cias de las zonas del sexo; siempre obscuras, nunca clarificadas; de una sed casi física de alivio, de desahogo, de confidencia, hecha la cual se produce una paz sedante, una especie de liberación…

Rechazo abiertamente este reparo dirigido a la confesión. Lo ad­mito en personas de mentalidad enfermiza, pero de los casos patológi­cos no se puede deducir honradamente una acusación general. La con­fesión es un don que Dios ha hecho al hombre integral, alma y cuerpo, vida intelectiva y emotiva, teología en vías de evolución y sicología en trance de ebullición. El pecado, el perdón y la gracia tienen implicacio­nes síquicas, no sólo espirituales. El bautizado busca necesariamente una doble respuesta a las necesidades de su fe y de su vida emocional. Pretender de la confesión un resultado químicamente teologal, fuera de ser una pura entelequia, es también caer o en un cándoroso angelismo o en una redomada hipocresía. Claro que utilizarla como medio de dis­frutar de una excelente salud síquica es así mismo degradarla, profa­narla y naturalizarla, convirtiéndola en un simple método freudiano.

La confesión es un manantial tan humano como divino. Sus aguas sal­tan hasta el penitente entreveradas y ambivalentes.

9.° Se han hecho materia de confesión ciertos actos que no la constituyen de por sí: transgresiones meramente disciplinares, incum­plimientos de normas higiénicas y educativas, faltas de urbanidad, ne­gligencias en lo tocante a simples consejos y orientaciones, a usos y cos­tumbres…

Sí, entre personas consagradas se ha infantilizado un tanto el sacramento. Se ha tomado como pecado lo que no es. En cambio no se le ha atacado allí donde permanecía agazapado. Se han confesado las menudencias y se han olvidado las actitudes torcidas. En una palabra, se ha banalizado la culpa, se ha superficializado el perdón y se ha tri­vializado la gracia.

10.° Se han llegado a manejar unos ritos en los que apenas se percibe el signo sacramental. Los fieles no los comprenden, no viven a través de ellos la última fmalidad del sacramento que es la conver­sión a Dios y la gradual inserción en la comunidad del pueblo de Dios…

Algo hay de cierto en esta objeción. Las rúbricas hoy en uso no parecen las más aptas para expresar el hondo sentido sacramental. A los católicos modernos muy poco o nada les dicen las múltiples disposi­ciones legales que rodean la celebración. El confesonario induce a creer que se trata de un asunto a ventilar entre dos personas aisla­das. La rejilla despersonaliza y enfría. El diálogo no tiene la mayoría de las veces calor de humanidad. Las aglomeraciones obligan a ganar la partida al tiempo, más que al pecado. Las viejas fórmulas latinas eran extrañas y cabalísticas. Las nuevas, más inteligibles, pero todavía inexpresivas. La idea imperante es de que la confesión es una formalidad previa a la comunión. Falta casi totalmente la expresión externa de su sentido comunitario.

Decir que a causa de estas formas deficientes la confesión no ha dado a la Iglesia una ubérrima y larga cosecha de frutos de salvación sería injusto y calumnioso. La abundancia de los dones del Espíritu fluye por ella con independencia de la buena o mala calidad de los ins­trumentos que canalizan la gracia. La historia lo demuestra con el argu­mento irrefutable de los hechos. Pero no se puede negar que las deformaciones de que hemos hablado y otras que hemos omitido desvían a los fieles del sacramento y empobrecen la vida penitencial de la Iglesia.

Tales formas obscuras e inexpresivas están sentenciadas. Caerán como pétalos secos para dejar ver con mayor claridad el contenido íntimo y medular. Todo empeño en superarlas merece óptimas califi­caciones. Pero la superación comporta un grave riesgo: el abandono del sacramento. Un abandono paulatino y parcial, pero inevitable. To­dos aquellos que consciente o inconscientemente hayan identificado la confesión con sus ritos cambiantes, al caducar éstos para dar paso a otros más actuales, abandonarán aquélla decepcionados, sin ánimo de buscar algo que la sustituya. Y éste es el peligro que acecha ocultaniénte detrás de la crisis penitencial que hoy está planteada. El desgaste natu­ral de las formas secundarias exige superarlas, transformarlas, reem­plazarlas por otras más a tono con los tiempos y las necesidades, pero no abandonarlas, sin más, dejando al albur el meollo que envuelven.

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA, MAÑANA

Si fuéramos capaces de fijarnos en lo fundamental y de no cargar tanto el acento en lo accesorio comprenderíamos y viviríamos mejor la penitencia sacramental. La más importante no es cumplir un rito ex­terno, aunque también sea necesario, sino cumplirlo de modo que sea la expresión viva de una conversión sincera. La penitencia no puede cam­biar porque es algo esencial al Evangelio, una condición irreemplaza­ble de salvación. Pero puede cambiar el modo de celebrarla, como ha sucedido a lo largo de la historia de la Iglesia, porque es una materia accidental al mensaje de Cristo que ella, según su prudencia, puede de­terminar. Supuestas estas ideas básicas, podemos decir que lo funda­mental e intangible es:

1.° El sentido del pecado como una respuesta negativa dada al amor, como una lesión de los derechos de Dios, como una ruptura de relaciones con El, con Cristo y con la Iglesia.

2.° La conversión sincera entendida como un amor que crece y se renueva, como una restauración o mejora de actitudes con respecto a Dios y a la comunidad fraterna.

3.° La manifestación externa de dicha conversión hecha pública o secretamente ante la Iglesia representada en el segundo caso por sus ministerios, como signo visible de una contrición invisible, pero cierta.

4.° El perdón que Dios concede por Cristo a través de la reconci­liación con la Iglesia.

5.° El desarrollo o crecimiento del amor divino y de la caridad fra­terna del penitente.

6.° El compromiso o propósito de luchar contra el mal moral, el pecado, ya personal ya comunitario, como quehacer perenne de la vida cristiana.

Los aspectos secundarios de la penitencia sacramental son los si­guientes:

1.0. Entender el pecado como una transgresión material de la ley jurídica; interpretarle al estilo de una infracción del código de la circu­lación.

2.° El sentimiento natural que a menudo produce el arrepentimien­to, como la vergüenza, la emoción o las lágrimas.

3.° La forma externa de manifestar la conversión interna, es de­cir, los ritos y las rúbricas que la preceden, la acompañan y la siguen. 4.° La meticulosa y exacta declaración de todos los pecados.

5.° El lugar donde se celebra la penitencia.

6.° Las cualidades del ministro representante de la Iglesia.

7.° La fórmula que emplea para la absolución.

8.° Cumplir la penitencia por el mero hecho de estar mandada y para recuperar la tranquilidad.

9.° El modo de expresar la propia culpabilidad.

10.° Confesarse por Pascua simplemente por mimetismo, por ser un precepto de la Iglesia y no por ser una exigencia de la fe.

El sacramento de la penitencia sigue y seguirá siendo el sacra­mento de la reconciliación divina y humana; el tribunal cuyo juez juz­ga, pero no condena; la institución que tiene abierta permanentemente una amnistía general para todos sus miembros; la oficina que funcio­na de día y de noche para despachar la gracia del indulto a los reos que la solicitan; la sucursal de la misericordia donde se perdona todo, se perdona siempre y se perdona completamente.

Es la Iglesia la que concede el perdón divino. En la actual economía es inútil confesarse con Dios si no se hace con la Iglesia. Es más, hoy está en circulación, como moneda corriente, la doctrina de que la reconciliación con la Iglesia es el fruto propio, directo e inmediato de la absolución sacramental. La paz de Dios no se da sino en la paz de la Iglesia. El perdón de la Iglesia es el título exigitivo de la gracia de Dios. Aunque parezca revolucionaria esta doctrina, entronca sin embargo, con la primitiva práctica penitencial. La razón es que el pecado nos excluye de la Iglesia que es el sacramento de Dios y la extensión histó­rica de Cristo, la manifestación terrestre de la misericordia divina. Por lo tanto, no es posible obtener el perdón si no es de acuerdo con las normas disciplinares establecidas por la Iglesia. No basta que los lepro­sos se consideren limpios; tienen que presentarse a los sacerdotes. Va­riará con los tiempos la disciplina penitencial; lo que permanecerá inalterable será este principio: Es inconcebible el perdón interno de Dios sin el perdón externo de la Iglesia.

La confesión por devoción es un tesoro que la Iglesia primitiva no conoció. La mina existía, estaba allí, pero inexplorada, oculta en la ne­bulosa imprecisa del misterio cristiano. Si es válida y legítima la evolu­ción homogénea del dogma también lo es el desarrollo de la liturgia, de la ascética y de la moral. La Iglesia descubrió esta riqueza poco a poco. Se puede asegurar que está en explotación desde el siglo X y con resul­tados fabulosos. Algunos católicos de nuestro tiempo la abandonan alegando que los primeros fieles no la practicaban. Pero si este argu­mento es válido tendrían que tirar también por la borda el culto maria­no y la preocupación por la justicia social entonces prácticamente ine­xistente. Si es razonable que abandonemos lo que ellos no practicaron también lo sería que tomásemos las costumbres que ellos adoptaron. Por ejemplo, las rigurosas y duraderas obras penitenciales. Pero la Igle­sia está atenta al entorno social. Y si declara inviables y da de baja algunos usos antiguos, es para sustituirlos por otros nuevos más en ar­monía con la cultura de los pueblos. Además la Iglesia no puede ju­bilar la confesión devocional porque entonces se vería también en la necesidad de liquidar la confesión obligatoria. El simple hecho de acer­carse al tribunal de la penitencia sería deshonroso e infamante para un cristiano, pues diría a los cuatro vientos de la publicidad el estado de gravedad de su conciencia.

Se acusa a la confesión frecuente de rutinarismo y de ineficacia con respecto a los malos hábitos e inclinaciones del penitente. Pero lo mismo puede ocurrir con la comunión fracuente. Y a nadie se le ha pa­sado por las mientes desaconsejarla por ello. El defecto radica en la per­sona, no en el sacramento. «Arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué…» La Iglesia valora la confesión de los pecados veniales. Estima que tiene una profunda razón de ser porque está inspirada en la necesidad de una constante purificación y en la obligación de atender a la obra escalonada de la conversión personal. Este es un objetivo vital e ineludible del sacramento, aunque indirecto y subsidiario. Limi­tarle al perdón de los pecados sería tener de él una visión parcial y uni­lateral. Si al principio se aplicó a casos excepcionales, hoy se emplea como medio de santificación de uso común y frecuente. A este cambio de perspectiva no es ajeno el sesgo que el Espíritu, siempre presente en la Iglesia, le ha querido imprimir de acuerdo con las necesidades y vicisi­tudes de los tiempos al paso de los cuales es preciso caminar.

Pero el caso es que los efectos de la confesión frecuente no quedan confinados en el círculo de la conciencia individual, sino que alcanzan a las últimas fronteras del pueblo de Dios. Toda la cristiandad se dete­riora diariamente por obra del pecado. Es una erosión espiritual, un desgaste continuo, pero subsanable merced al esfuerzo de perfección, de renovación y de elevación de cada cristiano. La confesión por pura devoción proyecta sus energías renovadoras por toda la geografía ecu­ménica, pasando así a ser un signo visible de la voluntad purificadora de Dios para con la estirpe santa y elegida que de El nació. El fin total y último del sacramento es sostener la caridad que merma con el pecado y crece con la gracia de cada uno de los hijos de Dios los cuales en esta acción litúrgica atacan al pecado desde su raíz hasta sus últimas conse­cuencias. Y, aunque los pecados veniales pueden omitirse sin culpa en la confesión y expiarse por otros medios, siempre será éste el signo supremo en el que culminan todos los dispositivos penitenciales de la Iglesia.

Confesión privada. Aunque ninguna lo es, la llamo así para dis­tinguirla de su celebración comunitaria. Es esta última la que desata hoy las trompas épicas de la literatura pastoralista. Pero sólo los ciegos voluntarios, los modernos iconoclastas, los hombres alérgicos al pasado se hallan incapacitados para medir las innegables ventajas de la con­fesión privada. Nació, vivió y morirá con la Iglesia militante. Cierto género .de pecados no puede darse a la voracidad de ningún público por bueno que sea. Por su misma naturaleza los pecados secretos recla­man una secreta acusación.

La confesión privada crea un clima de diálogo serenó, íntimo y fraternal entre el penitente y el confesor. Favorece la confianza y la apertura sincera de la conciencia. Suministra al sacerdote un conoci­miento más preciso de las causas del mal y le aplica una terapéutica más adecuada. Le otorga una mayor libertad y facilidad para manejar todos los resortes sicológicos en orden a la corrección y enmienda de los pecados. Dispone de un clima apropiado para darle una acogida cordial. Es el único medio para que pueda desempeñar con holgura sus funciones de padre, de hermano, de amigo, de médico y de juez. Pro­porciona al penitente un amplio margen para prepararse tanto remota como próximamente a fin de aportar a la acción litúrgica la necesaria piedad subjetiva con la cual participa en el sacramento de una manera más activa, personal y responsable.

Sin embargo, no tenemos puesta en los ojos una venda que nos im­pida ver los inconvenientes. A la confesión privada le falta la lectura inmediata de la palabra de Dios de la que brota como respuesta la deci­sión de convertirse. Apenas se percibe el sacramento como signo visi­ble. El bisbiseo por ambas partes le oculta aún más. Mucho menos apa­rece el carácter comunitario y eclesial, rasgo típico que tuvo durante si­glos su celebración. Hoy, no obstante, la inmediata participación euca­rística llena cumplidamente esta laguna. Para algunos esta forma pri­vada contribuye a la proliferación de posturas narcisistas e individua­listas, al brote de los escrúpulos, a actitudes de paternalismo y de domi­nio, al fomento de relaciones bipersonales que pueden resultar ambi­guas. Es ciertamente un acto de culto, pero no presenta ese talante. La claridad del signo brilla por su ausencia.

Pero no quiero dejar de apuntar que todas estas desventajas y otras de mayor bulto se encuentran en el sistema nuevecito y flamante que ciertos clérigos se han sacado de la manga. Celebran el sacramento en el despacho o en el recibidor. Lo cual nada tendría de repro­chable, si no adoptaran actitudes de compadres y camaradas, si no intercalaran risas, chistes y frases de buen humor, y si no barajaran otros temas banales para hacer más ameno el diálogo. No faltan quiénes lo celebran en los paseos públicos, por los parques y avenidas de la ciu­dad, mientras fuman un cigarrillo, comentan los incidentes callejeros y se solazan viendo el desfile de las parejas enamoradas y el brillo multi­color de los anuncios…

Celebración comunitaria. Está aprobada y regulada por el episco­pado católico de todos los países. Prácticamente está hoy difundida por toda la Iglesia. No pretende ser un sustitutivo de la confesión priva­da. Es un tanteo, una experiencia, unas nuevas fórmulas que valorizan un poco más el sentido bíblico, eclesial y comunitario de la penitencia. La confesión privada sigue siendo la práctica normal y corriente, obli­gatoria u optativa, según los casos. Desde luego, la celebración colec­tiva no viene ni a desahuciarla ni a relevarla. Tampoco es una vuelta a la antigua disciplina penitencial. Sólo apunta a una diana común: el perdón. Por lo demás en nada se parecen. Un abismo de tiempo, de cul­tura y de hábitos mentales las separan. Esta última modalidad es una respuesta que quieren dar algunas iglesias locales al requerimiento del Concilio Vaticano II: «El rito y las formas de la Penitencia serán revi­sadas de manera que expresen más claramente la naturaleza y los efec­tos del sacramento.» En efecto, la celebración comunitaria ofrece estas ventajas pastorales:

1.a Posibilita a los fieles la comprensión de que este sacramento, como todos los restantes, es un signo de fe que brota de la palabra de Dios proclamada durante esta liturgia.

2.a Se hace en ella más perceptible la presencia real de Cristo per­donando a los pecadores, compadeciéndose de la multitud.

3.a Contribuye a descubrir la resonancia eclesial del pecado y por tanto la dimensión comunitaria del sacramento.

4.a Permite hacer más explícito el papel intercesor y mediador de la comunidad que ayuda al penitente con su ejemplo, oración y caridad.

5.a Valoriza y desarrolla la estructura litúrgica penitencial que en la confesión privada queda como obscurecida e inadvertida por estar excesivamente simplificada y celebrarse a veces con demasiada preci­pitación.

6.a Sirve adecuadamente para vivir el espíritu de los tiempos litúrgicos, particularmente de aquellos que de por sí tienen mayor acento penitencial, como el Adviento, la Cuaresma y las vigilias de las princi­pales fiestas.

Pero si miramos el reverso de la medalla, podemos observar los peligros del sistema:

1.° La preparaCión íntima, subjetiva de cada miembro de la asam­blea suele ser muy deficiente y a veces completamente nula.

2.° El individuo tiene la impresión de ser comparsa, no protago­nista del acto. Se siente como un número perdido en la totalidad.

3.° El sentimiento de culpabilidad se diluye entre la masa y puede resultar difuso y superficial.

4.0 La Palabra proclamada no tiene «garra» personal. Se reparte entre todos y cada uno se la aplica de forma epidérmica.

5.° La música y el canto poseen un embrujo excitante y unificante, pero también facilitan la evasión a la imaginación volandera.

6.° La reflexión, la meditación, la concentración mental quedan reducidas al mínimum.

7.° Algunos presidentes de la asamblea suprimen los compases de silencio colgándoles la etiqueta de egoístas; como si el encuentro con

Cristo en la intimidad del pensamiento fuera un obstáculo para ver a los hermanos en las personas que asisten a la reunión, cuando sucede pre­cisamente todo lo contrario.

Existen, que yo sepa, seis tipos de celebraciones penitenciales. Voy a mencionarlas tan sólo añadiendo un ligero comentario. El crite-

rio que doy sobre cada una de ellas no alude a la variedad de módulos que se han introducido, sino a su conexión con el sacramento, pues mientras unas le enmarcan, otras le excluyen.

Tipo A. Celebraciones que engloban la acusación secreta de los pecados y la absolución individual. Es un procedimiento legítimo y váli-

do. No se aparta un ápice de la actual disciplina penitencial. Al contrario, la sensibiliza y clarifica notablemente. Por otra parte, evita el peligro, hoy bastante inminente, de que, la paraliturgia desplace a la liturgia sacramental propiamente dicha.

Tipo B. Celebraciones que envuelven la acusación privada perso­nal y la absolución pública dada simultáneamente por todos los sacerdo­tes que han oído las confesiones de sus penitentes. Tampoco ofrece notables reparos. La fórmula absolutoria recae sobre una materia con­creta e individual, conocida y juzgada anteriormente por separado. Se descarta, por consiguiente, la absolución única dada por el presidente de la asamblea a los penitentes que se han confesado con distintos sa­cerdotes. Este tipo de absolución única y general, hoy por hoy, sólo es permitido por la Iglesia en casos de grave y urgente necesidad, aun­que se- espera que autorice y lo extienda a unas coyunturas menos apre­miantes.

Tipo C. Celebraciones en las que sólo tiene lugar la acusación pública de los pecados hecha por cada uno de los miembros de la reunión a los cuales se imparte después la absolución única en sentido plural. Es un modelo penitencial inadmisible. La Iglesia lo rechaza como esque­ma sacramental y lo califica de ilícito e inválido. La acusación privada y la absolución singular entran en la estructura constitutiva actual del sacramento. Vale la imposición de una penitencia colectiva, pero después que cada confesor haya juzgado en cada caso la oportunidad de prescri­bir al penitente una obra penitencial conforme a su situación peculiar o remitirle sin más a la penitencia general que se aplique en público. Vale también una acusación pública, pero moderada y discreta de pe­cados o actitudes que no causen escándalo o produzcan un asombro ex­cesivo; mas, si se pretende administrar el sacramento, debe ir inevita­blemente precedida o seguida de la acusación secreta dándose a conti­nuación la absolución simultánea o sucesivamente, pero siempre una a cada uno.

Tipo D. Celebraciones en las que el presidente de la asamblea im­parte una «absolución general» después de una acusación pública y dis­creta de los componentes del grupo o tras una unánime y colectiva sú­plica de perdón. Vale como acción eminentemente penitencial, pero no es una celebración estrictamente sacramental. La absolución que se da es semejante a la que se recita en el acto penitencial de la Misa. O a aquella que se concedía y se concede aún en los capítulos de faltas de las comunidades religiosas. No es un sacramento, sino un sacramen­tal. Participa en mayor o menor grado de ese gran sacramento de Cris­to que es la Iglesia. Perdona los pecados veniales. Ahonda el espíritu de penitencia. Vigoriza la combatividad de la voluntad. Mengua la virulencia de los instintos. Hace subir el nivel de la vida divina en los partici­pantes de la oración común.

Tipo E. Celebraciones no presididas por el sacerdocio ministerial en las que el presidente religioso o seglar otorga a los asistentes al acto una «absolución general» en forma deprecativa, precedida o no de la acusación pública, singular o genérica. Se da por descontado que no se trata de ningún sacramento. Se puede colocar casi en el mismo plano de las celebraciones del tipo D. Es aconsejable siempre. Está investida de gran utilidad y eficacia. También participa de algún modo del gran sacramento de la Iglesia. Ocupa un lugar de privilegio entre las obras penitenciales que puede realizar el cristiano. Cuando la confesión devo­cional se ve impedida u obstaculizada las personas piadosas encuentran consuelo, remedio y suplencia en las celebraciones tipo D y E.

Tipo F. Celebraciones penitenciales eucarísticas. La Misa tiene un carácter eminentemente penitencial. Este es un hecho que pasa casi desapercibido. El sacrificio eucarístico es un sacramento que perdona y reconcilia con Dios y con la Iglesia. La razón es porque celebra, ac­tualiza y nos integra en la misma reconciliación que Cristo realizó por nosotros en la cruz. En la Misa nos alcanza aquella «sangre que fue derramada por todos los hombres para el perdón de los pecados».

Nos encontramos aquí con una paradoja gigantesca. Por una parte es de fe que la Eucaristía perdona por sí misma y directamente todos los pecados posibles. Por ora, una tradición de veinte siglos prescribe inexorablemente, como condición para recibirla, un mínimum de lim­pieza moral: la carencia de todo pecado mortal consciente. Muchos piden a la Iglesia del siglo XX la solución de este enigma aparentemente con­tradictorio, pues lo que afirma el dogma, la pastoral lo pasa por alto. So­lución difícil, pues las dos cosas, la fe y la praxis, arrancan de los tiempos apostólicos.

En la Misa existen momentos claramente penitenciales: el acto penitencial del principio, la recitación del padrenuestro, el rito de la paz y el acto de humildad que precede a la comunión. Estos momentos penitenciales no se pueden separar del sacramento de la Penitencia. Están orientados hacia él como a su culminación. Los dos sacramentos, como todos, se complementan, se interfieren, se benefician. No hay prioridad ni subordinación entre ellos. Marchan paralelamente para encontrarse en un objetivo común. Algunos pastores los simultanean en un solo acto litúrgico. No es frecuente, pero tampoco es reprochable. Sobre todo tratándose de grupos homogéneos y comprometidos. Pero conviene recordar que, dentro del marco eucarístico, sólo dos celebra­ciones sacramentales de la Penitencia son posibles: la del tipo A y la del tipo B. La celebración no sacramental tipo D ya va inserta en la misma liturgia eucarística. La doble celebración, si se lleva a cabo, se preludia con una adecuada catequesis sobre la estrecha conexión que existe entre los dos sacramentos. Así se obtendrán unos buenos divi­dendos de este doble capital infinitamente rentable.

Ningún sacramento ha cambiado tantas veces su vestido ritual como el de la Penitencia. Desde la infancia del cristianismo en que toda la fuerza del signo se ponía en las obras penitenciales hasta nuestros días en que todo el énfasis se carga en la confesión, la Iglesia ha he­cho girar la aguja sobre numerosos cuadrantes de su esfera litúrgica. Pero aún no ha terminado de tejer el telar de sus innovaciones. Sabe­mos que hoy tiene centrado su empeño en la obra de adaptación y de reforma. Puede y debe hacerla. Aferrarse a sus viejos moldes sería perder el tren de la salvación. Se está notando un receso alarmante en el pueblo cristiano con respecto al sacramento que nos ocupa. Una de las causas —no ciertamente la única— puede ser la inactualidad de sus ritos. Pero tampoco hay que forjarse muchas ilusiones sobre las próximas renovaciones de las formas litúrgicas sacramentales. No es posible tener unos ritos perfectos, claros, diáfanos. Ni la Iglesia per­sigue tal finalidad. Todos los ritos imaginables, por el hecho de ser sig­nos, tienen que resultar siempre obscuros, deficientes e inadecuados. Un signo sacramental es como una pequeña y frágil vasija de barro in­capaz de contener toda el agua del mar. Y, sin embargo, no sabemos cómo, pero lo contiene. La Iglesia puede hacer mucho para dar a estos ritos más claridad. Pese a su buena voluntad, chocará contra el muro de su limitación humana. El resto sólo es obra de nuestra fe. Los ritos están en función de un fin. Esto es lo importante. En consecuencia deben expresar lo mejor posible la conversión, la efectividad del bautismo, la conversión a Dios, la paz con la Iglesia y la comunión con los her­manos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *