En la escuela de María Inmaculada, Sierva y Madre

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

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Author: Anne Prévost, H.C. · Year of first publication: 2014 · Source: Ecos de la Compañía.
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Introducción

our-mother-mary-inmaculateUna de las 7 últimas palabras de Jesús en la Cruz que forman parte de su testamento espiritual, es: “Ahí tienes a tu madre”, una palabra extraordinaria que Jesús dice al discípulo amado, es decir a la Iglesia. Jesús confía la Iglesia a su madre y su madre a la Iglesia y el uno para el otro, ya no existirán más uno sin el otro. María no es, por lo tanto, alguien aparte, está en la Iglesia y no hay Iglesia sin María. No nos preguntemos si Dios lo hubiera podido hacer de otro modo. La teología no es una invención sobre posibilidades, sino que trata de comprender lo que Dios ha hecho, tal como lo ha hecho y como lo ha hecho. Por eso necesitamos del Espíritu Santo para comprender el misterio de María.

En su testamento espiritual, santa Luisa da una última recomendación: « Pidan mucho a la Santísima Virgen que ella sea su única Madre». Como Juan, el discípulo amado, nuestros Fundadores tuvieron con María una relación viva. Santa Luisa veía en la Virgen María lo que es una Hija de la Caridad realizada. Así, enseñará a las primeras Hermanas a tener igualmente una relación filial con María (cf. C. 52c, 2º punto), a acogerla realmente en su casa y en su corazón.

Sabemos que los Fundadores, al contemplar el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, subrayaron 3 rasgos particulares de Cristo: adorador del Padre, servidor de su designio de amor y evangelizador de los pobres” (C. 8a). Podemos decir también que los Fundadores reconocieron en la persona de María, las mismas características. La C. 15 b dice así: “Los Fundadores inculcaron a las Hijas de la Caridad el amor y la imitación de la Virgen, y las invitan a contemplar en ella a: la Inmaculada, la sierva y la Madre de Dios.

  • Como Cristo adorador del Padre, María Inmaculada, totalmente abierta al Espíritu es la única criatura humana que es totalmente adoradora del Padre por excelencia”.
  • Como Cristo servidor de los designios de amor de Padre, María es la única criatura humana que es enteramente sierva de los designios del Padre”, es la mujer cuya voluntad está por entero dirigida a la voluntad de Dios, a su designio de amor sobre la humanidad.
  • Como Cristo evangelizador de los pobres, la Madre de Dios es también la Madre de los hombres, la esperanza de los pequeños, “la primera evangelizadora de los pobres”.

En esta primera intervención, veremos estos tres rasgos de la persona de la Virgen María, contempladas por nuestros Fundadores. Si contemplamos a María, es porque ella nos conduce a Jesús, y nos lo permite encontrar. En ella y a través suyo, podemos descubrir los secretos de Dios. Ella que es la más cercana de Dios y por eso, la más cercana a nosotros, nos permite descubrir lo que es esencial en nuestra humanidad, ella nos permite contemplar nuestro futuro.

En un segundo tiempo, recorreremos estos tres rasgos de la persona de María, a la luz de las apariciones de 1830. Y para terminar, veremos en qué y cómo la Virgen María puede ayudarnos en nuestra vida de cada día.

Lo que les propongo, es una mirada a partir de mi fe, de mis convicciones y que interpreto en función de mi experiencia. Ustedes quédense con lo que les impresione, lo que les atañe. A ustedes les corresponde aprovecharlo si lo juzgan útil. Lo importante es dejarnos trabajar por dentro, porque el misterio de la Virgen María está ahí para alimentar nuestra vida diaria.

Algunas cuestiones referentes a la virgen María

1) Hoy, oímos muchas cosas sobre el tema de María: ¿es un ser de excepción en nuestra humanidad? ¿Está por encima de la Iglesia o por debajo de Cristo?

Habitualmente, vemos a Dios, vemos a Cristo y…a María la vemos al lado, como una rueda de recambio que nos presta un servicio. Cuando intentamos darle un cierto lugar, se tiene la impresión de que Jesús no es todo para nosotras, ya que hay una parte reservada a María. Existe el riesgo de que veamos en María simplemente una especie de devoción que podría incluso, si fuese exagerada, llegar a ser supersticiosa…y entonces, sentimos una especie de malestar interior: “¿Tengo derecho a estar tan unida a ella?” y al reflexionar nos decimos: “si exagero, es preciso que me dirija a Jesús y dejaré a María de lado”.

Cuando yo era niña, había entendido que Jesús era más grande que María, entonces, cuando rezaba una decena del rosario, yo decía 1 Ave María y 10 “Padre nuestro”, pensando que se habían equivocado al explicármelo y para mí, era justo dar a cada uno lo que se le debía según su grandeza. Luego, ciertamente, comprendí que no se trataba de dar el 80% a uno y el 20% al otro, porque uno no excluye al otro.

2) Ocurre también que ciertas personas dicen: “¡yo, rezo al Espíritu Santo y esto me basta, no necesito a María!”. Claro está que cada uno tiene derecho a creer lo que siente. Sin embargo, tengo que ver lo que dice la Palabra de Dios y preguntarme quien es la referencia en mi vida: ¿es mi idea lo que siento o es la Palabra de Dios? Y cuando lo que se siente es diferente de la Palabra de Dios, el Señor nos invita a estar en obediencia a lo que no experimentamos. En lo que se refiere a la Virgen María, es Dios quien la escogió, es el Espíritu Santo quien “desposó” a María; no somos nosotros los que lo hemos decidido, es Dios. Y si sentimos otra cosa, debemos preguntarnos para saber quién es primero en nuestra vida: ¡Dios o nosotros!

3) Dios podía arreglárselas sin la Virgen María, pero no quiso. Dios quiso una madre para su Hijo. Y desde toda la eternidad, el Padre ve a su Hijo como el Hijo de María y le gusta reconocer en María a la “la madre de su Hijo”. En el acontecimiento de la Encarnación, Cristo y María están indisolublemente asociados. Es en el corazón de María, en el seno de María, en las entrañas de María donde Dios y el hombre se encuentran para no hacer más que uno en Jesús

Al comienzo de su evangelio, san Mateo precisa que los magos, al entrar en el establo, ven “al niño y a su madre” (Mt 2, 11) pero se prosternan ante el Niño, y no ante María, una manera de subrayar que el centro del misterio es el niño Jesús, Dios hecho hombre. Sin embargo el evangelista subraya que la madre está ahí, mientras que no menciona a José. Al escribir para judíos, Mateo, judío también, explicita que María es una criatura totalmente asociada al misterio de la Encarnación. Esta Palabra de Dios, revelada por Mateo, sitúa el lugar indispensable de María en el misterio de la Encarnación. Separar a Cristo de su madre significaría separar la divinidad de Jesús de su humanidad.

El Concilio Vaticano II resituó bien el lugar de María en el misterio de Cristo y de la Iglesia. María no está en la periferia del misterio cristiano, tampoco es un escalón intermediario entre Jesús y nosotros, encuentra en el centro del misterio de Cristo y de la Iglesia. Por supuesto, el centro de nuestra fe es Jesús; todo el resto está en relación con Él. Pero María es el camino por el que Jesús, el Hijo de Dios, ha llegado hasta nosotros.

No hay pues dos misterios, el de María y el del Verbo encarnado, no hay más que el misterio de Dios que nos da a su Hijo por María. Y María se encuentra en la unión del misterio de la Salvación: es la que abre la puerta a Dios. En la persona de María, Dios ha encontrado una “puerta de entrada” para encarnarse en nuestra humanidad. Y podemos decir que los tres rasgos de María, contemplados por nuestros fundadores, son la puerta de entrada del misterio de la Encarnación redentora. María fue concebida inmaculada para que pudiera ser la Sierva obediente al Proyecto del Padre y para que Dios, por ella, pudiera nacer como un hijo de los hombres. El 8 de diciembre dispone al 25 de marzo y el 25 marzo conduce al 25 de diciembre. Estos tres rasgos de la Virgen María son indisociables y se articulan entre ellos.

I – María Inmaculada

“Adoradora del Padre”,
centrada en Dios
porque está descentrada de sí misma.

Introducción

Desde la creación del mundo, Dios escogió a María para ser la Madre de Dios y desde el primer instante de su concepción, la llenó de su gracia para que pudiese cumplir su vocación especial.

No imaginemos que María Inmaculada no tuvo necesidad de ser salvada; al contrario, ella es “la salvada” por excelencia. Sumergida en el perdón de Dios antes mismo de haber pecado, es la primera criatura salvada por adelantado, es la creación nueva que bebe del manantial de la Cruz, es el primer fruto del Perdón de Dios, que precede su existencia, es el fruto perfecto, la única persona que está en el interior del misterio de la Cruz y que es modelada en ella.

La Inmaculada Concepción no es pues una excepción en la universalidad de la Salvación. Sin el misterio de la Cruz, la Inmaculada Concepción es incomprensible: “La sangre de Cristo la redime, pero ella es la fuente” (Himno del oficio de lecturas del 8 de diciembre).

La gracia de la Inmaculada

En el mes sexto el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea… a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» (Lc 1, 26-28).

El día de la Anunciación, el Ángel Gabriel no saluda a María por su nombre habitual, sino que le da uno nuevo: “llena de gracia”, nombre que expresa su identidad en el Reino de Dios.

1 – ¿Qué nos revela este nombre “Llena de Gracia”?

a) Este nombre “Llena de Gracia” revela en primer lugar quién es Dios.  

Como criatura, María “llena de gracia” nos enseña quién es Dios. Decir “llena de gracia”, es decir “llena de Dios”…pues, Dios reconoce que Él llena a María de su gracia.

A este nombre “llena de gracia”, está asociada otra afirmación el Señor está contigo”, subrayando así la identidad de Dios que es: “de estar con”. “Estar con” forma parte del ser de Dios. El deseo de Dios, es pues estar con los hombres y llenarles de su gracia. En el libro de los Proverbios (8v. 31), está escrito: “mis delicias es estar con los hijos de los hombres”. Dios, que es la Plenitud, encuentra su gozo, sus delicias en permanecer entre nosotros, en habitar en nosotros. Y el seno de la Virgen María es el lugar por excelencia de la morada de Dios.

En efecto, es Dios quien lo hace todo, quien da todo, María no ocupa el lugar de Dios, no añade nada a Dios, pero el Señor la escoge. No podemos imaginar este misterio de Dios, ni comprenderlo, ni sentirlo, pero Dios desea permanecer en el interior de la Virgen María y hacer en ella una morada para Él. Hemos de tomar conciencia de la mirada que Dios ha puesto sobre esta mujer, sobre la Virgen María y meditar la elección de Dios.

Así la Inmaculada Concepción nos revela que, por parte de Dios todo es don: Dios se da, se da gratuitamente, eternamente. Incluso allí donde es rechazado, Dios no cesa de darse; sin desanimarse por los rechazos de sus criaturas, el don de Dios se convierte entonces en Perdón y este Perdón brota permanentemente del corazón de Dios y no se deja detener por nada. María Inmaculada es el primer fruto que ha precedido su existencia; ella da testimonio de que el Perdón de Dios no es simplemente como una reforma, sino como una creación nueva.

b) El nombre “Llena de gracia” dice también quién es María.

Ya lo hemos dicho: todo lo que María es, le viene de Dios; todo lo que María es, lo es por gracia. Pero Dios que se da, no se da en el vacío, hay que acogerlo. Entonces, por parte de Dios, la gracia se ofrece siempre, pero lo que se le pide a la criatura es acoger. En María, se dan juntos “Dios que se entrega y “la criatura que dice si a Dios”. Por su sí, la Inmaculada es la que está por entero del lado de la acogida, es acogida plena del don de Dios, desde el comienzo hasta el final. Porque María está totalmente dispuesta a acoger la gracia de Dios es por lo que podemos decir de ella que es verdaderamente “adoradora del Padre”.

2 – La Gracia de La Inmaculada se ofrece a todos

Cuando miramos a María Inmaculada, tendemos a decir: “¡Ella, ella tiene suerte! Y, nosotros, ¿por qué no?” ¿Por qué ha sido escogida María? Porque Dios lo ha querido, porque Dios la ha escogido, no hay otras explicaciones. Si hubiese razones, no sería la elección de Dios, no sería el camino de Dios. Además, el Evangelio no nos dice que María buscó o pidió a Dios algo (Está claro que antes de ser concebida, no pudo hacer muchos esfuerzos). El ángel solamente le dice: “Has encontrado gracia ante Dios”, así pues María encontró a Dios sin pedirle nada. Pero, aceptó acoger la gratuidad del don y dejar hacer a Dios.

Nosotras, queremos escuchar a Dios a condición de que él nos de las razones, queremos verificar todo por nosotras mismas. Si Dios hubiese dado todas las razones a Adán y Eva, tal vez hubiesen obedecido, pero habrían obedecido a las razones, no habrían obedecido a Dios. Sin embargo, Dios no les pide más que una condición: la de fiarse de Dios. A nosotras nos resulta difícil fiarnos porque razonamos siempre según la lógica del pecado original. El pecado, la sospecha, nos encierran en nosotros mismos y reduce nuestra confianza.

Pero Dios no deja de ofrecernos su gracia.

María Inmaculada no es un ser de excepción, al contrario, es la regla de existencia según Dios, es la criatura más humana, sin ningún repliegue sobre sí misma. Somos nosotros la excepción, somos nosotros los que no dejamos hacer y no permitimos a Dios pasar a través nuestro.

Para ver que esta gracia de la Inmaculada no está reservada a seres de excepción, hay que pasar las páginas del Evangelio de san Lucas. El evangelista dice claramente que la gracia hecha a María es para todos. En efecto, en el primer capítulo del Evangelio de Lucas, la Virgen María oye la palabra “El Señor está contigo” y, más adelante, el capítulo 19 es especialmente evocador.

Lucas habla de un receptor de impuestos: Zaqueo. Este hombre es de pequeña talla pero también de pequeña moralidad, no está bien visto por sus vecinos, es un pecador público, está lejos de ser inmaculado tanto en su concepción, como en su profesión. Para Zaqueo, Dios está muy alto en las nubes, muy lejos, incluso muy lejos de sus hojas de impuestos: Dios no tiene nada que ver con su vida diaria. Pero Zaqueo quiere escuchar a ese predicador ambulante que pasa por su ciudad de Jericó. No quiere estar en primera fila por miedo a recibir una pedrada perdida, ni en la última porque no podría ni verle ni oírle. Así pues, encuentra el lugar ideal para ver sin ser visto: las ramas de un sicomoro. Pero lo que no esperaba es que el predicador se detuviera al pie de su árbol.

Si al pie de su árbol Zaqueo hubiera tenido, no a Jesús, sino a Juan Bautista, qué es lo que habría escuchado: “¡Zaqueo, baja rápido, porque si no bajas, el árbol será cortado, echado al fuego y tú con él!”. Pero al pie del árbol, no está Juan Bautista el profeta, sino el mismo Hijo de Dios que quiere encontrar a Zaqueo. Así, nuestro Dios no viene para darnos una lección desde lo alto de su tribuna, nuestro Dios está abajo, al pie del árbol, y hay que inclinarse sobre Él. Zaqueo descubre a Dios a sus pies: Dios está allí, más bajo que él. Y ¿qué dice el Hijo de Dios a este pecador de Zaqueo? Lo mismo que el Ángel Gabriel había dicho de parte de Dios a María, la toda pura: “El Señor está contigo”. Jesús le dice: “hoy, vengo a tu casa”, es decir “¡hoy, el Señor viene a tu casa!” . Es lo mismo. Dios se da gratuitamente, no hay condición previa. Lo que es particularmente evidente respecto a María, es también cierto para Zaqueo.

Y Zaqueo, también dice sí a Dios. Acogiendo la mirada y la palabra de Jesús, es esto lo que resulta: Zaqueo está divinizado, se convierte en amor, amor divino, ya no calcula: “doy la mitad de mis bienes a los pobres y si he robado a alguien, le devuelvo cuatro veces más”. No solo es una conversión moral, es una conversión al Amor.

II – María, sierva

“Sierva de los designios del Amor del Padre”

Introduccion

No es porque María es inmaculada por lo que hay que imaginarla como una semi-diosa, la Virgen María es una mujer de nuestra tierra muy concreta, no hay que ponerla aparte, sino le quitaríamos toda su función. No es porque está llena de gracia desde su concepción, por lo que esté dispensada de vivir y creer. María “Inmaculada” es también “la Sierva del Señor”, la que cree y busca el querer del Padre.

María, sierva

Para contemplar a María “Sierva de los designios de amor del Padre” es necesario en primer lugar, contemplar la fe de María. Es preciso seguirla en su camino de obediencia hasta el pie de la Cruz. La actitud de la V. María entre la Anunciación y Pentecostés es un modelo de fe. Lo que es increíble, no es en principio que haya llevado en su seno al Verbo de Dios, sino que haya creído en la Palabra de Dios, incluso si no entendía todo.

  • En la boca de Dios, María es la “llena de gracia”, es decir, una mujer verdaderamente humana, en absoluto replegada en ella misma.
  • Pero la Virgen María, ella, se proclama la “sierva del Señor”. Y en la boca de los hombres, María es “la primera creyente”, la creyente por excelencia. Es Isabel quien le dice esta bienaventuranza: “Dichosa la que ha creído”. Literalmente quiere decir: “dichosa la creyente”. La definición de María, como lo proclama su anciana prima, es la de ser la creyente, que pertenece por entero a Dios.

1 – La Fe de María  

Desde el comienzo de su vida, María vive al ritmo de la fe; su camino es como el nuestro: un camino de fe. Juan Pablo II emplea sencillamente esta expresión La primera en la peregrinación de la fe”: María es la primera creyente, no lo es de manera cronológica, lo es de modo habitual, porque es su ser mismo, es la “sierva del Señor”. Pero María va todavía mucho más lejos cuando dice: “Que se haga en mi según su palabra”, es decir, “que actué según su palabra”, ella precisa lo que vive interiormente: una sierva no se abandona a su señor, pero María va hasta abandonarse totalmente en Dios, va hasta el final de la verdad de su ser, de por lo que ha sido hecha, corresponde totalmente a la gracia.

Al decir, “que se haga en mi según su palabra”, utiliza el mismo verbo que Dios en la creación del hombre: “¡hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza!” (Gn 1, 26). Así, abandonándose totalmente a Dios, María acepta dejarse modelar por El, dejarse remodelar por El.

Así, ser “creyente”, para la Virgen María, es comprometerse, es adherirse a la voluntad de Dios con un “sí” perfecto. María nos muestra que la fe no es ni una opinión (como cuando decimos: creo que mañana hará bueno), ni una adhesión intelectual sino que es un acto del don de sí, un pleno compromiso de ella misma.

En los Evangelios, podemos seguir su camino de fe. La vida de la Virgen María no transcurre sin problemas. Después del día de la Anunciación, María, con certeza, no se esperaba lo que iba a ocurrir: dar a luz a su hijo en un establo, tener que exiliarse en Egipto, perder a su hijo de 12 años en Jerusalén, ir en su búsqueda, no entender su reacción: “¿Acaso no sabías que tenía que ocuparme de las cosas de mi Padre?”, luego esperar en Nazaret años y años para que las promesas del Ángel Gabriel se realizasen y por último, estar al pie de la Cruz. Está claro que María no entendía la voluntad de Dios, sin embargo la acepta, la medita, se deja crear en la fe día tras día. El “si” de la Sierva del Señor no es el sí de un día, implica la orientación de su vida entera según Dios y ratifica por adelantado, todas las elecciones de Jesús, desde Belén hasta la Cruz. Primera discípula, ella sigue a Jesús hasta el final, continúa creyendo al precio de una fe que, humanamente, desgarra sus entrañas.

2 – La Kénosis de Maria

Hay que contemplar a la sierva del Señor al pie de la cruz: allí, podemos contemplar el manantial y el secreto de su misterio. En medio de la angustia y del miedo ante el horror de la muerte de su hijo, María no es más que una ofrenda de sí misma, vaciada de ella misma. Al pie de la Cruz, comprendemos lo que podía significar el nuevo nombre: “llena de gracia” dado por el Ángel Gabriel. María es “llena de gracia” porque está “vaciada de sí misma”, “vacía de todo el resto”.

Al pie de la Cruz, María está vacía de sí misma, no solo de todo lo que ella misma ya ha ofrecido a Dios (su proyecto de vida, su reputación, etc) sino también de lo que Dios le ha dado: su Hijo. Al pie de la Cruz, María es, por excelencia, “la sierva de los designios de amor del Padre”.

Para captar bien toda la profundidad, hay que contemplar la kenosis de Jesús. Kenosis es la expresión griega que significa “vaciarse”. En su carta a los Filipenses, San Pablo dice: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte” .Para hacerse igual a los hombres, Jesús se vacía de su poder divino que, sin embargo, podía revindicar.

Y la Virgen María, como todo discípulo, debe seguir este mismo movimiento de despojamiento. Toda la función de María consiste en eso: seguir a Cristo en este despojarse. Al pie de la Cruz, María no ha revindicado como una víctima para aprovechar el ser la madre del Mesías, no reivindica nada, acoge el don de Dios y por eso, se deja vaciar de toda pretensión de existir por sí misma o bien para poner la mano sobre el don de Dios, ella continúa hasta abandonar lo que Dios le ha dado.

En su encíclica Redemptoris Mater (n° 18), Juan Pablo II comenta la kénosis de Maria ; no duda en decir que ella es la kénosis más profunda, la más cruel que haya podido vivirse en la historia de la humanidad. En la Anunciación, el Ángel Gabriel habló de Jesús a María en estos términos: “El será grande… el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin… será llamado Hijo de Dios» Se trata de la promesa mesiánica hecha a David y a su descendencia para siempre (2 Samuel 7, 1-17) como lo cantará María en el Magnificat en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.

Ahora, al pie de la cruz, María es testigo, humanamente hablando, de un total desmentido de estas palabras. Las promesas del Ángel están completamente invertidas, todo lo que María pudo comprender el día de la Anunciación se realiza a la letra, pero ¡de modo tan sorprendente! Sí, Jesús es elevado por encima de los hombres, coronado, revestido de un manto de púrpura como los reyes, pero hay que admitir que este manto rojo es un objeto de burla; su corona, una corona de espinas; el cetro, un cetro de caña; y su trono, el horror de esta cruz.

Sin embargo, la madre de Jesús “está allí”, no dice nada, no hace nada, pero está allí. Contra toda apariencia, María cree en el cumplimiento de las promesas de Dios transmitidas por el Ángel en la Anunciación, su presencia es la respuesta activa de su fe.

Entre Jesús y María existe una comunión física, pero esta está fundamentada en una comunión espiritual que constituye entre María y Jesús un “nosotros” único, de una infinita profundidad. María no forma más que uno con su Hijo, los dos hacen uno para la salvación del mundo. Al pie de la Cruz, la sierva del Señor dice como al comienzo: “hágase en mi según tu palabra”.

“Dichosa la que ha creído” La bienaventuranza de María es retomada al final del Evangelio de san Juan cuando Jesús dice a Tomás: “Dichosos los que creen sin haber visto”, es decir, “Dichosos los creyentes, aun sin haber visto”. Tomás el discípulo que titubea y duda, debe mirar a María, le creyente, debe asentarse en la fe de María. A través de Tomás, es toda la Iglesia la que debe situarse en la fe de María.

III – María, madre

“Evangelizadora de los pobres”

Introduccion

Para María, ser madre de Dios no es una simple función, es el secreto de su vida. Su ser se identifica con su misión: si María es la “la madre de Jesús”, es porque es la “sierva” perfectamente obediente al proyecto del Padre sobre la humanidad. Y si es este corazón perfectamente disponible, es porque su persona es Inmaculada. María es concebida sin pecado para acoger y transmitir el Don de Dios, el Hijo de Dios. Acogiendo el ser mismo de Dios, puede comunicarlo al mundo; en ella, no se encuentra más que a Dios.

Releamos este misterio tal como se nos presenta en el Evangelio: ¿qué ocurre a partir del momento en qué María se proclama la “sierva del Señor”? Después de haber recibido la visita de Dios por el Ángel Gabriel, María inmediatamente se siente impulsada hacia los caminos de los hombres para compartir lo que ha recibido, parte deprisa hacia las montañas de Judea. María lleva en ella la vida de Dios y esta presencia en el fondo de su corazón dará todo su peso a la visita.

En el momento en que ella oye el saludo de María, Isabel recibe la Paz de Dios que provoca en ella un doble efecto beneficioso: su corazón está lleno de la plenitud del Espíritu y Juan Bautista se estremece en su seno: “en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 41). Así, gracias a la proximidad de María, se le concedió el Espíritu del que Juan Bautista debía estar lleno (cf. Lc 1, 15). Es pues a través de María como Dios comunica su Espíritu a Isabel y al hijo que lleva en ella.

La visita de María va a desplegar un verdadero contagio del Espíritu Santo: después del niño y la madre, es el padre, Zacarías quien lleno del Espíritu Santo, profetizará (Lc 1, 64) y por último, es todo el entorno, el temor invadió a todos sus vecinos que bendijeron al Señor” (Lc 1, 65). Así, María de la Visitación es el primer modelo de una evangelización en la que el Espíritu Santo es el primer actor.

Profundicemos en la gestión evangelizadora de la Virgen María a través de su misión particular de Madre de Dios. Esta palabra “Madre” nos es familiar, tal vez demasiado familiar, y corremos el riesgo de no apreciar toda su riqueza.

Recuerdo relativo al misterio de la Maternidad Divina de María

1 – La maternidad divina de María, es en primer lugar, el misterio de la que trajo al mundo el Hijo de Dios, la que dio a luz a Jesús a su vida humana. Ella es la “Madre de Dios”.

2 – Pero, hay más. La maternidad divina de María se muestra por su maternidad espiritual. En la Cruz, Jesús confía a su madre la misión de engendrar a “sus hermanos” a la vida de Dios. La “madre de Jesús” de convierte en la “madre de los discípulos”. Y esta maternidad espiritual de María no termina en el tiempo, hoy continúa todavía.

Cada evangelista tiene su manera propia de hablar de María. Juan posee la suya. Hay parentesco entre los evangelios y principalmente entre el evangelio de Lucas y el de Juan. Pero Juan profundiza la reflexión de los otros evangelios, es el que ofrece el significado espiritual de la maternidad de María. ¿Por qué? Porque al pie de la Cruz, el discípulo amado oyó la palabra de Jesús:  Ahí tienes a tu madre. Y desde ese instante el discípulo acogió a maría con él: es decir “en su casa”, pero también “en su corazón”. María forma parte de la intimidad de Juan. Desde entonces, se comprende mejor por qué, en su Evangelio, María tiene un lugar muy significativo.

Les propongo reflexionar en el misterio de la maternidad divina de María a la luz de la C.14. dice así:

“… La Compañía une servicio y presencia, recordando al Señor que revelaba el Amor del Padre” en la edición de 1983, las dos palabras servicio y presencia estaban escritas en negrita, lo que ponía de relieve estas dos palabras importantes. El orden de estas dos palabras subraya que un servicio, realizado sin una presencia de calidad es incompleto. Al contrario, cuando se viven bien, “revelan el amor del Padre” y permiten “mostrar el rostro de Dios” (cf. C. 14).

En su Evangelio, Juan pone especialmente de relieve la manera como María “une servicio y presencia”.

LA MADRE DE JESUS   (El servicio de María)

* En su Evangelio, Juan no tiene más que una palabra para designar a María: “la madre de Jesús”. A María no se la llama por su nombre de estado civil, pues aparentemente, para Juan, ella no tiene nombre propio. ¿Por qué?

Juan quiere decirnos que María es solo “la madre de Jesús”: ella es solo esto, es solo “madre”, es siempre con relación a Jesús, por ella misma no es nada, no existe más que para dar la vida de Dios, es la madre por excelencia, es la madre para todo su ser, no simplemente en el momento en que un niño sale de sus entrañas, sino que es la “madre de Jesús” desde el comienzo hasta el final.

* La Iglesia, ha proclamado a María “Madre de Dios”. No vemos precisamente el título de Madre de Dios en los Evangelios. Sin embargo, en la boca de su prima Isabel durante la Visitación, brota la expresión “la madre de mi Señor” (Lc 1, 43). El título de “Señor”, pertenece a Dios y se atribuye a Jesús después de su resurrección. Por lo tanto, incluso si el vocablo de Madre de Dios no está en las Escrituras, el contenido está ahí y la fe de la Iglesia lo ha asumido y explicitado: María forma uno con su Hijo, como Él, lo forma con el Padre.

LA MADRE DE JESÚS ESTABA ALLÍ”  (LA PRESENCIA DE MARÍA)

Además de su misión maternal, Juan subraya otra calidad de la persona de María. Es algo que no se define pero que se constata: la presencia. “La madre de Jesús…estaba allí”. En el Evangelio de Juan, María interviene en dos episodios particularmente importantes para el ministerio de Jesús:

  • primero en Cana: “la madre de Jesús estaba allí”, es decir en el comienzo del primer signo de Jesús que debe cumplir para manifestar la irrupción del Reino de Dios. Juan nos presenta el apostolado de la Virgen María: es ella la que permite a Jesús ir más lejos y mostrar su gloria.
  • Luego  en la Cruz: “junto a la cruz de Jesús estaba su madre”, es decir, durante el cumplimiento de la misión de su Hijo, cuando Jesús puede decir: “todo está cumplido”.

Así, María está en el comienzo del ministerio de Jesús y está en su cumplimiento, está al comienzo y está al final, ella lo incluye. Esto significa que, incluso si Juan no habla de ello, esto basta. Ella está allí, a lo largo del Evangelio, acompaña a Jesús en todo momento. Ciertamente, como todas las cosas profundas, la presencia no es mensurable, ni en volumen, ni en peso y no se le puede encerrar en una formula.

Así, en el Evangelio de Juan, María “está allí” donde Dios se da, esto quiere decir que la presencia de María es mucho más que una simple cuestión de orden físico, no es sencillamente estar allí, sentada o de pie.

Para comprender la fuerza de la expresión “la madre de Jesús estaba allí,”, hay que volver al nombre que le da el Ángel Gabriel: “llena de gracia” es decir, “vacía de todo el resto”. Llena de gracia, María es el corazón donde Dios se da. En ella, Dios está presente en plenitud. “llena de la presencia de Dios”, María está plenamente allí, presente, porque a través suyo, es Dios quien se hace presente. Allí donde está, María transmite la Presencia de Dios. Se puede decir que “la superabundancia de la gracia en María”, comunica “la Presencia de Dios en superabundancia”.

¡No nos equivoquemos de sentido cuando hablamos de “Presencia de Dios en superabundancia”!

  • Sabemos bien que hay personas que son “omnipresentes”, se las ve por todas partes; otras tienen una presencia que impone, otras tratan de seducir, de atraer a ellas… Y nosotras, buscamos tan a menudo acaparar a los demás, ya sea dominándolos, o envolviéndolos para que estén a nuestra merced. Está claro que estas diferentes presencias no tienen nada que ver con la manera de ser de Dios.
  • Dios es respetuoso hasta el infinito. Su presencia es plenitud, desbordamiento de amor, Dios da todo, Él se da por entero pero Dios no puede poseer nada, se libra a nuestra libertad sin imponer nunca, sin dominar nunca. No obliga, no amenaza, no viene a vernos nunca con la dinamita para abrir a la fuerza nuestros corazones. Sin embargo, cuando un corazón se abre, Dios se da en abundancia y le llena de su gracia.
  • La presencia de María refleja la Presencia de Dios. La “madre de Jesús” es humilde y discreta, delicada y respetuosa. En Cana, María no atrae a las personas a ella, sino que manifiesta atención a sus necesidades. Es una presencia que inspira confianza y orienta hacia Jesús. Una presencia como esta, cambia todo porque no hay en ella ni una huella de repliegue sobre sí misma.

Conclusión

Por esta única expresión, “¡la madre de Jesús estaba allí!”, Juan ilustra magníficamente cómo María unió su servicio y Presencia, cómo es evangelizadora. Totalmente entregada a Dios, María realiza perfectamente su misión maternal y su presencia “permite transparentar a Dios”.

En la segunda intervención, continuaremos la meditación de este misterio de la maternidad divina de María a la luz de las Apariciones de 1830. Luego, veremos en qué y cómo la virgen María, nuestra Madre, puede ayudarnos en nuestra vocación de Hija de la Caridad.

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