El Superior Local

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la Misión, Formación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Ignacio Fernández Hermoso de Mendoza, C.M. · Año publicación original: 2001 · Fuente: Anales 2001, tomo 1.
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Para redactar esta conferencia me serví de un método útil en mi caso particular.1 Durante dos jornadas examiné diversas publicaciones referentes a la figura del superior. Comencé ojeando los documentos conciliares, las Constituciones y Estatutos, el derecho de la Iglesia, la exhortación apostólica «Vida Consagrada» y algunos estudios aparecidos en revistas vicencianas. También tuve en cuenta la obra del P. Félix Contassot, C.M.: Saint Vincent de Paul. Guide des Supérieurs, París 1964, y la obra del Superior General, P. A. Fiat, publicada en París el año 1901 con el siguiente título: Manuel des Supérieurs de la Congregation de la Mission. Posteriormente examiné con calma los escritos de San Vicen­te, repasando la mayor parte de los pasajes en los que el santo se refiere al superior local.

Enseguida me percaté de un hecho particular. Esta temática ha interesa­do a los misioneros de la C.M. en todas las épocas. También me di cuenta de que la vida comunitaria y, en consecuencia, el modo de gobernarla había experimentado cambios teóricos y prácticos de cierta consideración. Un de­talle me llamó la atención al acercarme a las enseñanzas de San Vicente sobre el superior local. El Santo Fundador contaba en su haber con una gran experiencia sobre el gobierno de la comunidad. Por otra parte, dejadas a un lado ciertas prácticas y tendencias propias de su época, los criterios de go­bierno y las cualidades del superior, señaladas por San Vicente, gozan de inequívoca actualidad. Nada tiene de extraño que las publicaciones recien­tes hayan recogido en sus páginas gran parte de las indicaciones sobre el su­perior local, diseminadas en las cartas y conferencias del Santo.

Recuerdo un episodio en cierto sentido significativo. La Asamblea Ge­neral de 1998 recibió 65 postulados, enviados por los misioneros y Provin­cias de la C.M. El postulado n.° 61, redactado por mí, pedía a la Asamblea lo siguiente: «Publique el Superior General una guía práctica del superior local». La Asamblea General rechazó con una contundencia inusitada todos los postulados presentados. En consecuencia, tampoco consideró oportuno aprobar el que yo había redactado. Un misionero, experto en dinámicas asambleísticas y con no poca experiencia, aseguró que algunos postulados, a pesar de haber sido rechazados por la Asamblea General, en un próximo futuro darían fruto. Me consta que el P. M. P. Flores ha comenzado a elabo­rar por su cuenta una guía práctica del superior local. Ojalá sea asumida por los Visitadores de las Provincias de España y, esto supuesto, vea pronto la luz.

¿Qué significa la palabra superior?

Es alguien que en un grupo humano se destaca sobre los demás, bien por su valía, bien por su posición social, económica, política, etc., lo que con­lleva cierto prestigio personal. La anterior descripción se aplica al respon­sable de todo tipo de asociaciones cívicas, no así al responsable de una co­munidad religiosa. El oficio de superior religioso se apoya sobre bases di­ferentes. Ostenta una potestad entendida no como poder y dominio sino como servicio, actuando no en favor propio sino en beneficio de los demás, buscando no el prestigio personal sino la animación humilde de la comuni­dad. La comunidad religiosa, la vicenciana en particular, no se rige por meras leyes de convivencia cívica, sino en conformidad con el espíritu de Jesucristo. El superior presta a la comunidad un servicio, siguiendo siempre el lema el Señor: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a ser­vir» (Mt 20,28).

Surgen dificultades

Durante las tres últimas décadas ciertos valores evangélicos y humanos han irrumpido e impregnan la vida comunitaria y, como consecuencia, también la figura del superior. Sin embargo, en algunos ambientes, poco sensi­bles todavía a los cambios sustanciados por el Vaticano II, se acoge con sos­pecha el ejercicio de autoridad. Algunos acentúan ante todo los derechos y la autonomía personal.

Otros, desde el lado opuesto, critican las actuaciones de los superiores, consideradas ineficaces y blandas. Se exige que los demás me respeten y que la toma de decisiones sea siempre y en todo compartida. Pero al mismo tiempo se menosprecia todo lo que suene a regla o deber. Por otra parte, en las comunidades conviven misioneros sensatos con otros afectados por la inmadurez y las flaquezas personales. En definitiva, el debate entre el ser­vicio de autoridad y la obediencia, entre la coherencia y las inconsecuen­cias, prosigue su curso. Estos rasgos recordados, que afectan al oficio de su­perior y a la obediencia, nos indican que en torno al papel del superior co­rren tiempos, no difíciles, pero tampoco del todo bonancibles.

Conviene percatarse de esa realidad, en lo que encierra de positivo y de negativo. Se hace necesario un estilo distinto de gobierno, en gran medida ya asumido por los superiores y comunidades locales de la C.M. En el go­bierno de la comunidad vicenciana han desaparecido hábitos y prácticas propias de épocas pasadas y, al mismo tiempo, se ha visto afectado por un conjunto de valores evangélicos, sociales y culturales.

Jesús y los Doce

Jesús, animando la comunidad de los Doce, es el paradigma perfecto del superior local. Se requiere, pues, que el superior se deje interpelar por las enseñanzas y dinamismos de Jesús y que se abra a su palabra con corazón pobre y humilde. El superior vicenciano procurará revestirse de las actitu­des de Jesucristo en cuanto animador de la comunidad de los Doce, ya que Jesús entre los suyos es el mejor punto de referencia del superior local en cuanto animador de la comunidad. La comunidad de Jesús no lo tuvo fácil, debido a la heterogeneidad, mentalidades, procedencias de los discípulos, temperamentos e incluso edad de los apóstoles. Jesús eligió por propia iniciativa (Mc 3,13) a personas muy diferentes entre sí y con intereses opuestos. Mateo colaboraba con la dominación extranjera. Simón era com­batiente de la resistencia. Pedro y Juan pertenecían a dos generaciones y temperamentos distintos. Los hijos del trueno, Santiago y Juan, cultivaban oscuras pretensiones (Mc 3,17; 10,35 ss; Le 9,49-54). Judas era taimado y egoísta (Jn 6,70; 12,6).

Jesús decidió formar comunidad con esos hombres. ¿Cómo procedió? Se mostró cordial con todos ellos y día a dia fue creando vínculos de amistad. Se preocupó de las personas y así fue consiguiendo que los desconocidos pasaran a ser amigos cercanos: «Os digo amigos, porque os he dado a co­nocer todo lo que aprendí de mi Padre» (Jn 15,15). Por este camino fue con­siguiendo la construcción de un grupo, en el que lo determinante para los Doce fue estar con Jesús y ser sus compañeros.

Jesús conoce las personas y las acepta tal como son. Partía no de lo que los Doce deberían ser sino de lo que eran. No imponía un modelo estándard de hombre comunitario. No los medía a todos por el mismo rasero. Los aceptó en sus diferencias para, a partir de ahí, llevarlos paulatinamente hacia un crecimiento comunitario y fraterno. Pedro hacia las cosas y des­pués las pensaba. Felipe se mostraba tardo para comprender los valores del Reino (Jn 14,5 ss). Pero Jesús los aceptó tal como eran.

Jesús respetó a los discípulos sobre todo cuando éstos pasaban por mo­mentos de crisis. A Tomás, en crisis de fe, no lo abandona en su incredulidad. Al contrario, accede a sus exigencias para sacarle de la duda (Jn 20,24 ss). A Jesús le interesa más salvar la persona que defender la autoridad. Jesús no re­prueba a Pedro tras la triple negación, sino que se dirige a él con una mirada de comprensión y perdón. A los discípulos de Emaús, que dudan del mensa­je de Jesús (Lc 24,19), no los abandona a su soledad y tristeza, sino que les anuncia el nuevo kerigma y enciende sus corazones (Lc 24,32). En suma, Jesús, en múltiples ocasiones, acompaña con tacto y alegría a aquellos que están en crisis. No apura los procesos, respeta el ritmo de cada persona, es­cucha, tiene paciencia y espera la hora. El crecimiento del grupo pasa por esos parámetros.

Jesús ejerce su autoridad con un nuevo criterio y, en particular, con dis­creción. Su estilo de gobierno es enteramente original: «Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan tiránicamente» (Mt 20,25), pero «no ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser el primero entre vosotros, sea vuestro servidor» (Mt 20,26). Jesús, que era el primero en el grupo, se considera servidor. Esa es la gran novedad del liderazgo que Jesús ofrece. Dirá en otra ocasión: «El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir» (Mt 10,45). A base de sembrar a través del ejemplo per­sonal y de sus palabras va conduciendo a sus discípulos hasta la verdad completa. No constriñe ni impone sus criterios. Prefiere esperar y confiar, incluso a sabiendas de la fragilidad de los suyos. Jesús, en lugar de abru­marlos con normas y prohibiciones, les muestra un camino y abre ante ellos una nueva esperanza. Detesta los egoísmos e imperfecciones de los discípulos, pero, en lugar de acosarlos con continuos avisos, prefiere motivarlos para que aspiren a metas más altas. Reserva la reprensión para cuando falla algo esencial, por ejemplo, a propósito de la discusión sobre quién es el mayor (Mt 18,1-5) y cuando manifiestan criterios mundanos sobre el Reino de Dios: «Pedro, tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres» (Mt 16,23). Jesús no gobierna a base de imposicio­nes. Prefiere sembrar y suscitar ideales. La norma que recorre la comuni­dad de Jesús es el amor.

Jesús se sitúa dentro de la comunidad. Entre él y sus discípulos hay dis­tancias considerables en múltiples aspectos. Sin embargo, vive con ellos y como ellos. Recibe ayudas, pero también las prodiga en favor de sus discí­pulos. San Juan nos cuenta que «se puso a lavar los pies de los discípulos» (Jn 13,3-5). Jesús no se coloca por encima de la comunidad, creando dis­tancias y dando lugar a que lo idealicen. Al contrario, comparte todo con ellos y se muestra solidario en todo. No busca privilegios ni crea distancias. Todo lo contrario, reacciona ante los suyos desde la cercanía.

Jesús recuerda a los Doce la pasión que se avecina y les invita a compartir la cruz (Lc 9,22 ss). Cuando los discípulos cuentan con cierta madurez para comprender que la Misión de Jesús no es de prestigio, en ese preciso momen­to Jesús les anuncia que debe «ir a Jerusalén», sufrir mucho (Mt 16,21) y al mismo tiempo anuncia para cada uno de ellos un destino análogo (Jn 15,18-25). De alguna manera viene a decirles que la comunidad, formada por él y sus discípulos, renuncia a los recursos de poder y que, por el contrario, va a concentrar sus esfuerzos en el anuncio libre y gratuito del evangelio, aun a costa de la cruz. El Reino se va a construir, pasando por la cruz. Jesús, a base de estas consignas y ejemplos, va formando a sus discípulos en orden a que asuman la cruz, es decir, una de las dimensiones de la vida cristiana y comu­nitaria.

Jesús crea una comunidad para la Misión. Ante la reiterada tentación de hacer tres tiendas (Mt 17,4), el Señor los prepara para la ausencia: «convie­ne que yo me vaya» (Jn 16,7), para que, abiertos al Espíritu de Pentecostés, se lancen al mundo y actúen con la libertad propia de los discípulos de Cris­to. La comunidad de Jesús ha ido avanzando por un camino de creciente fra­ternidad, pero ésta no es un fin en sí misma, existe para la Misión. Jesús los va preparando de tal modo que un día cada uno de ellos y la comunidad en cuanto tal asuman sus propias responsabilidades en lo concerniente a «pre­dicar la Buena Nueva a toda la humanidad» (Mc 16,16) en Jerusalén y hasta los confines del mundo.

Sirva lo expuesto hasta ahora para poner de relieve la figura de Jesús como animador, como superior y servidor de la comunidad de los Doce. El oficio de superior de la comunidad local vicenciana será auténtico y legítimo en la medida que se inspire en los ejemplos y enseñanzas de Jesu­cristo.

A partir del Vaticano II

El Vaticano II y la documentación posterior han asumido y aplicado grandes valores evangélicos y culturales, referentes al gobierno de la co­munidad religiosa. El decreto Perfectae Caritatis, después de aludir a la obediencia de los religiosos, describe la figura del superior con esta pala­bras: «Los superiores, por su parte dóciles a la voluntad de Dios en el de­sempeño de su cargo, ejerzan su autoridad con espíritu de servicio a los her­manos… Dirijan a sus súbditos como a hijos de Dios y con respeto a la per­sona humana, promoviendo una obediencia voluntaria… Hagan que los her­manos cooperen con obediencia activa y responsable… Los superiores han de escuchar gustosos a los hermanos y promover sus anhelos comunes para bien del Instituto y de la Iglesia, salva, con todo, la autoridad de determinar y ordenar lo que hay que hacer» (PC 14). «Los superiores, en lo que atañe a la orientación de todo el Instituto, deben consultar y oír convenientemen­te a sus hermanos» (PC 4).

Como se ve, en los pasajes citados emergen conceptos novedosos, refe­rentes al oficio del superior: gobiernen con espíritu de servicio, respeten a las personas, promuevan la obediencia voluntaria y activa, escuchen a los hermanos, valoren las justas aspiraciones, consulten y oigan a la comuni­dad, en fin, tomen decisiones cuando convenga.

La ley vigente de la Iglesia recoge fielmente las consignas del Vaticano II referentes a la figura del superior. Como es natural, añade ciertas con­creciones canónicas y deja algunos espacios abiertos a lo que disponga el derecho propio de cada Instituto.

Siguiendo la temática que más nos interesa ahora, me permito recordar dos cánones, el 618 y el 619. Dice el 618: «Ejerzan los superiores con es­píritu de servicio la potestad que han recibido de Dios por el ministerio de la Iglesia. Por tanto, mostrándose dóciles a la voluntad de Dios en el cum­plimiento de su función, gobiernen a sus hermanos como a hijos de Dios, fomenten su obediencia voluntaria, con respeto a la persona humana, escu­chándoles de buena gana y fomenten sus iniciativas para el bien del Institu­to y de la Iglesia, quedando sin embargo siempre a salvo su autoridad de de­cidir y mandar lo que deba hacerse». Como se ve, la legislación para la Igle­sia universal recoge en este canon las indicaciones de la Perfectae Carita­tis, referentes al superior.

El canon 619 sintetiza una serie de criterios de gobierno en línea siempre con las disposiciones conciliares. Pide a los superiores dedicación a su ofi­cio, que la comunidad se asiente sobre la base del amor fraterno, en la que se ame a Dios, en la que se escuche la palabra de Dios y se celebre la liturgia. Corresponde asimismo al superior dar buen ejemplo y valorar las normas y tradiciones del propio Instituto. También pide al superior que ayude a los her­manos en sus necesidades personales, cuide a los enfermos, corrija a los dís­colos, anime a los pusilánimes y, al mismo tiempo, se revista de santa pa­ciencia.

A pesar del tono legal, este canon invita al superior a mostrarse cons­tructivo, animando a la comunidad más que corrigiéndola.

San Vicente

Las enseñanzas de San Vicente sobre el superior local gozan en general de perfecta actualidad. Se inspiran en el evangelio, contienen un alto valor doctrinal y práctico y son a su vez fruto de la experiencia del Santo. San Vi­cente mantuvo frecuentes contactos con los superiores locales a través de cartas personales, visitas, encuentros, consejos, orientaciones y adverten­cias, relacionadas con la figura del superior y el modo de servir a la comu­nidad.

La situación de las comunidades locales, según San Vicente, depende en gran medida del superior.

Jesucristo, paradigma del superior, estuvo revestido de todas las vir­tudes.

El superior debe cultivar las virtudes evangélicas, referentes al gobierno de la comunidad. En esta línea se mueven las consideraciones del santo Fundador sobre la figura del superior. Me permito recoger algunas citas en­tresacadas de los escritos de San Vicente.

Aconseja al P. Gillermo Desdames, superior local, que para servir con acierto a la comunidad se revista de Jesucristo, es decir, de «humildad, man­sedumbre, aguante, paciencia, vigilancia, prudencia y caridad» (ES VIII, 218). Dirá en otra ocasión al P Marcos Coglée, superior de Sedán: «Deje conducir a nuestro Señor y él gobernará todas las cosas en su lugar; pónga­se en sus manos y, siguiendo su ejemplo, obre siempre con humildad, con suavidad, con buena fe» (IV, 117). Al P. A. Durand, nombrado superior de Agde, le ofrece este consejo: «Si un superior está lleno de Dios, impregna­do de las máximas de nuestro Señor, todas sus palabras serán eficaces» (XI, 23). En la conferencia del 28 de marzo de 1659 sobre la mansedumbre dirá: «Como nuestro Señor tiene que ser nuestro modelo, en cualquier condición que sea la nuestra, los superiores tienen que fijarse en cómo gobernó él y regirse por él; gobernaba por amor» (ES XI, 476).

San Vicente, partiendo de su propia interpretación cristológica, formula numerosas conclusiones de carácter espiritual y práctico. El superior se ha de revestir de humildad (ES VI, 558; XI, 59; 231; 238), mansedumbre (11, 302; IV, 75; VII, 197; XI, 60), caridad (V, 401), tolerancia (V, 517), pacien­cia (V, 401, 517; VI, 558; VII, 606), sencillez (VI, 558; XI, 239), fortaleza (VI, 558), amabilidad (VI, 558) y respeto (VIII, 161-162).

Pide a los superiores que den buen ejemplo a los hermanos (II, 301; XI, 60), que amonesten cuando sea necesario (XI, 60), que soporten a los misioneros difíciles (VII, 468; VII, 505), que no aspiren al oficio de superior
508), que pidan perdón de los pecados y errores (VII, 505), que pongan remedio a las faltas de la comunidad porque en caso contrario les serán im­putadas a ellos (XI, 125).

Les dice que compaginen la comprensión con la firmeza (II, 251; 302), que escuchen a los hermanos (II, 302) y que eviten la negligencia en el cum­plimiento de su oficio (XI, 829). Les recuerda que el gobierno será óptimo si el superior está dotado de ciencia, espíritu de gobierno y buen juicio (V, 328; IX, 599; XI, 361). Pide a todos que miren al superior con criterios de fe (IX, 599).

Recuerda a los superiores que los que han tenido cargos resultan difíci­les de gobernar (XI, 361). Considera San Vicente que este oficio se ha de poner gradualmente en manos de quienes acceden al cargo por primera vez (V, 355) y que se ha de nombrar superior a los que huyen de este oficio (IV, 508; V, 537).

Corresponde al superior fomentar la unión y fidelidad al carisma propio (VII, 213), la convivencia en paz y el perdón mutuo (VII, 213). Les exhor­ta finalmente a que revisen las cuentas, tengan en orden el archivo (I, 521; VIIII, 399) y se preocupen también de los bienes temporales (XI, 241).

San Vicente recuerda a los superiores que el gobierno de las almas es ante todo obra de Dios. Por eso mismo el superior ha de recurrir con fre­cuencia a la oración, pidiendo por la comunidad (XI, 237). Aconseja al P Antono Durand que en la comunidad sea «quasi unus ex illis» y que, por el contrario, no intente aparecer como superior.

Constituciones

Las Constituciones actuales en este particular se mantienen fieles a San Vicente, al Vaticano II y a ciertas mutaciones culturales actuales. En buena medida corrigen una concepción un tanto particular del oficio de superior y al mismo tiempo asumen nuevos valores evangélicos y humanos referentes a la figura del superior. El superior anima la vida de la comunidad, contan­do con la participación de los misioneros. La comunidad a su vez valora la función del superior, quien ha de procurar siempre ir con el ejemplo por de­lante de las palabras.

Recuerdan las Constituciones que todos tienen derecho y obligación de participar en el gobierno de la comunidad. Los superiores, cuya autoridad viene de Dios a través de la Iglesia, actuarán siguiendo el ejemplo del Buen Pastor, que no vino a ser servido sino a servir. Toca al superior orientar a la comunidad hacia la consecución del fin propio de la C.M. Al ejercer su ofi­cio, discierna junto con los hermanos entre otros sobre la práctica de la po­breza, suscite la obediencia activa, la corresponsabilidad, el diálogo y la búsqueda en común de la voluntad de Dios. Sea el superior centro de uni­dad y comunión, anime la convivencia y los ministerios; muéstrese solícito del proceso personal de los cohermanos. Escuche las opiniones ajenas, con­sulte y respete a la comunidad.

Compadezca a los hermanos en los momentos dificiles. Practique más la animación que el control, dé más valor a las personas que a las cosas; esti­mule las esperanzas, no los pesimismos. Procure repartir responsabilidades, evitando acapararlo todo por sí mismo. Trate de inspirar confianza más que de abrir sospechas. Sea el superior más padre que jefe. Impulse la santidad de los hermanos. Sea hombre de oración. Busque siempre la voluntad de Dios y no la suya propia. Trate de ser equilibrado y ecuánime en las deci­siones. Procure que el carisma vicenciano se asuma y se viva en todo mo­mento. En fin, ponga en práctica el necesario servicio de autoridad. Eche mano de la exhortación y la corrección fraterna. Procure que los misione­ros compaginen la oración, el trabajo y el descanso. Planifique con tiempo. Favorezca la unidad en la diversidad. Informe a la comunidad de los asun­tos relacionados con la casa, la Provincia y la C.M. Procure que se cumplan las leyes civiles y que la documentación esté en regla.

Como es natural, las Constituciones abarcan otras vertientes referentes a la figura del superior: la correlación entre el mandato y la obediencia, su re­lación con el Visitador, su campo de acción dentro de las Constituciones, las posibles dificultades inherentes al oficio, sus actuaciones contando con el asistente, consejo y ecónomo doméstico; la elaboración del proyecto comu­nitario anual, etc.

Como se ve, la normativa de la C.M. sobre la figura el superior local tiene en cuenta nuevos valores referentes a la parte espiritual y a la jurídica, propias ambas del gobierno tal como hoy lo entiende la C.M.

Firmeza y suavidad

San Vicente tenía ideas claras sobre la figura del superior. Les aconseja­ba que fueran exigentes en cuanto a los fines, pero moderados en cuanto a los medios. Convenía compaginar las exigencias con la comprensión a la hora de activar los medios para conseguir los fines, ante los fallos de las personas.

Escribía al P. Juan Guérin: Procure «mantenerse invariable en el fin y moderado en los medios para llegar a él» (II, 302); «cuando le dije que había que ser invariable en cuanto al fin y moderado en los medios, expuse cuál ha de ser el alma del buen gobierno; si se hace lo uno sin lo otro, se echa todo a perder» (II, 302). En carta a Francisco Dufestel el Santo vuelve a decir algo parecido: sea «firme e invariable en el fin, pero manso y hu­milde en los medios» (II, 250). A Juan Guérin le aconseja que sea «firme en la observancia de las reglas y santas costumbres de la compañía, pero apacible al hacerlas observar» (II, 251). A Pedro Gabel escribe en estos tér­minos: «Hay que ser firme en el fin y suave en los medios, usando más bien de súplicas que de términos que suenen a autoridad o a mandato» (VI, 558).

San Vicente conocía a muchos cohermanos, dotados de una gran gene­rosidad, pero al mismo tiempo expuestos a los fallos e incoherencias. Por eso mismo, contando con una sólida experiencia, el Santo echa mano en re­petidas ocasiones de una regla de oro: conocido el fin de la comunidad, todos los misioneros deben dirigir sus pasos hacia la consecución del mismo, pero, dada la fragilidad humana, corresponde al superior mostrarse comprensivo, para desde ahí ayudar a los hermanos a proseguir el camino.

Inserción de los misioneros jóvenes en la comunidad local

La exhortación apostólica «Vida Consagrada» afronta esta problemática: «Los primeros años de plena inserción en la actividad apostólica represen­tan una fase por sí misma crítica, marcada por el paso de una vida guiada y tutelada a una situación de plena responsabilidad operativa» (VC 70). En los encuentros de provinciales, superiores y formadores se ha reflexionado con frecuencia sobre las dificultades surgidas cuando los cohermanos jóvenes llegan a una comunidad. Se constata por una parte la madurez envidiable de algunos neopresbíteros, muy superior en bastantes casos a la de los sacer­dotes jóvenes de las generaciones precedentes. No obstante, da la impresión de que con cierta frecuencia el encuentro de dos generaciones distintas, la más joven y la de los adultos, resulta por demás dificil. Los superiores no comprenden a los jóvenes y éstos tampoco prodigan la comprensión para con los adultos. Los superiores en ocasiones se sienten desconcertados, sin saber cómo actuar. Llegan incluso a experimentar temor y miedo a la hora de formular una simple observación a un cohermano joven. Los jóvenes, por su parte, tienden en ocasiones a medirlo todo, partiendo de sus propios y exclusivos criterios.

Veamos qué pensaba San Vicente sobre este particular. El Santo experi­mentó dificultades parecidas a las nuestras. Escribía a Luis Rivet: «Lo que más desanima a los nuevos que tienen ganas de trabajar en la virtud es ver a los mayores que no les dan buen ejemplo» (VI, 150). Un cohermano joven necesita el soporte de la comunidad para mantenerse fiel a su vocación. Una comunidad formada por hombres coherentes ampara el crecimiento voca­cional de los cohermanos jóvenes, precisamente en un momento de su vida en sí mismo delicado. Una de las causas por las que algunos cohermanos jó­venes abandonan la comunidad vicenciana y el ministerio sacerdotal es en ocasiones la poca calidad de la comunidad que los recibió. Por el contrario, el buen ejemplo de los cohermanos de una u otra edad les anima a ser con­secuentes e incluso a superar las crisis. Considero que el testimonio de los compañeros de comunidad, empezando por el superior, es determinante. El buen ejemplo en lo concerniente a la vida de oración, vida fraterna, obser­vancia de los votos, espíritu de trabajo y aprecio del carisma vicenciano, convence y arrastra más que mil sermones.

En mi opinión, los superiores deberían hacer un seguimiento de cada co­hermano joven. No tengan reparo en exhortarles, orientarles y animarles. Con cierta frecuencia los misioneros jóvenes tienden a desarrollar mucho unas vertientes de la propia vida, olvidando otras. Esto supuesto, a corto o a medio plazo aparecerá el malestar e incluso la crisis. Dialoguen en parti­cular y díganles con toda franqueza cuanto pueda servirles de orientación y ayuda. El aislamiento al que algunos jóvenes son propensos, debido a las múltiples ocupaciones, ha causado mucho daño. Por otra parte, dada la se­cularización galopante que reina en nuestros ambientes, el cohermano joven de no contar con el apoyo de la comunidad y, en particular, del superior, no es extraño que acuse en la propia piel los impactos. La palabra diálogo ha llenado muchos espacios en estas cuatro últimas décadas. Sin embargo, creo que la falta de diálogo verdadero ha dejado a más de un cohermano joven a la intemperie.

Últimamente se ha dado el caso de algunos cohermanos jóvenes que han atribuido su salida de la comunidad vicenciana a una especie de desplome de ilusiones, a una pérdida de identidad sacerdotal y vicenciana. Suelen sus­tentar la decisión personal de dejar la comunidad en el hecho, según dicen, de no sentirse felices. En mi opinión, la causa verdadera se encuentra en la falta de convicciones teológicas y de una espiritualidad consolidada y arrai­gada en Jesucristo. En estos casos tal vez convenga examinar la calidad de la formación recibida precedentemente: formación teológica, espiritual, vi­cenciana y consiguientemente la sedimentación de la fe.

Insisto un poco más sobre este particular. Algunos cohermanos, pertenecientes a las últimas promociones, poco después de haber dado su palabra al emitir los votos o recibir las órdenes sagradas, dejan todo por motivos poco serios. ¿Cómo se explica este hecho? ¿Dónde se encuentran las ver­daderas causas? Hoy los estudiosos lo atribuyen a la falta de experiencia de fe. Durante las tres décadas posteriores al Vaticano II a veces se daba por supuesta la experiencia de fe de los formandos. Al mismo tiempo se insis­tía con fuerte énfasis en algunas vertientes de la formación: pobres, encar­nación, participación, servicios, etc. Lo malo de estas insistencias es que con relativa frecuencia servían de máscaras para cubrir y disimular la falta de experiencia de Dios y de arraigo personal en Jesucristo. Servían de más­cara para cubrir un vacío.

La experiencia de fe es un don otorgado por Dios. Nos corresponde re­cogerlo y hacerlo fructificar de tal manera que nuestra existencia sea mol­deada y se centre en el Único Absoluto. Esa experiencia de Dios da consis­tencia a la persona, fundamenta la entrega, refuerza la fidelidad y propor­ciona al interesado seguridad y confianza. En una palabra, orienta de modo determinante la propia vida y la vocación particular de cada uno. ¿No habrá que atribuir la inconsistencia vocacional a la falta de experiencia de Dios? ¿En la formación no ha ocupado un puesto privilegiado el incesante vaivén de sentimientos y emociones fáciles, olvidando que lo primero y funda­mental es apoyar la propia vida en Jesucristo? San Vicente tuvo una pro­funda experiencia de Dios. Jesucristo llegó a ser el único modelo de su vida.

Conclusión

Al hablar del superior local siempre se tiene presente el otro término de referencia: la comunidad. En esta reflexión he omitido lo referente a los miembros de la comunidad que junto con el superior forman un totus.

Un cuadro de superiores locales eficientes y entregados de lleno al ejer­cicio de su responsabilidad es sin duda la mayor de las fortunas de una Pro­vincia.

San Vicente, citando a Bérulle, recuerda que «el estado de superior y de director es tan malo, que deja de suyo y por su naturaleza una malicia y una mancha villana y maldita» (XI, 60); «una malicia que infecta el alma y todas las facultades de un hombre, de forma que, fuera del cargo, le cuesta enormemente someter su propio juicio y encuentra defectos en todas las cosas» (XI, 60). Lo que San Vicente no dice es que él fue superior vitalicio. En otra ocasión, el Santo Fundador calificó el deseo de cargos de «espíritu maldito y diabólico» (XI, 61); lo llama «maldita afición» (XI, 61). Afirmaba asimismo el Santo que el oficio de superior se ha de confiar a perso­nas de coraje y energía. Para apoyar este argumento sobre base firme re­cordó a los misioneros que le escuchaban que más vale «que cincuenta cier­vos fueran conducidos por un león que no cincuenta leones por un ciervo» (XI, 803). Y a fin de que los supriores no se desanimaran les prevenía di­ciéndoles que los cargos «tienen sus espinas» (VII, 505). Nosotros sabemos que entre las espinas también crecen las flores y que el superior local en­cuentra su verdadero paradigma no precisamente en el comportamiento del león o del ciervo sino en Jesucristo, el Buen Pastor.

  1. Esta conferencia fue pronunciada por el autor el 14 de febrero de 2000 en la Casa Provincial, C.M., de Barcelona.

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