El servicio espiritual ejercido por los laicos

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Bernardo KOCH · Year of first publication: 1992 · Source: Ecos de la Compañía, 1992.
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Quizá nos hayamos preguntado ya alguna vez: «¿Por qué servir a los Po­bres?» ¿Por compasión? ¿Para tratar de hacerlos felices? Sí, sin duda… «Pero ¿cómo?» ¿Colmándolos de goces o de objetos inútiles, de imágenes y de ruido? ¿Dónde se halla su mayor felicidad, su verdadera felicidad? ¿No se halla a la vez en el hecho de amar y de ser amados, y esto, eternamente? Si es para desapare­cer en la nada, no merece la pena… La verdadera dicha de los hombres es saber que Dios los ama y que los ama por siempre.

Así lo había comprendido Vicente de Paúl, quien, el 30 de mayo de 1659, a sus 78 años, exclamaba:

«Hemos sido escogidos por Dios como instrumentos de su caridad in­mensa y paternal, que desea reinar y ensancharse en las almas…

«Nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia, ni sólo a una diócesis, sino por toda la tierra; ¿para qué? Para abrasar los corazones de todos los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla con su amor .. Es cierto que yo he sido enviado no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar. No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo.

«He de amar a mi prójimo como imagen de Dios y objeto de su amor, y obrar de manera que a su vez los hombres amen a su Creador, que los conoce y reconoce como a hermanos, que los ha salvado, para que con una caridad mutua también ellos se amen entre sí por amor de Dios que los ha amado hasta el punto de entregar por ellos a la muerte a su único Hijo…» (C. XII, 262; Síg. XI/4, p. 553-54).

En estas líneas tenemos el resumen de todo lo esencial del contenido de la evangelización: desvelar a los hombres el amor infinito de Dios… e invi­tarles a que entren en él…

Se mutila el pensamiento y la acción de Vicente de Paúl si se los limita a la ayuda material o si se cree que reserva la evangelización a los Sacerdotes y los cuidados corporales a las Hermanas y a los laicos… Vamos a ver cómo a unos y otros encarga el servicio espiritual, tanto como el servicio corporal. Luego ve­remos cómo propone a las Hermanas y a otros seglares que practiquen el servi­cio espiritual. Pero previamente desarrollaremos las convicciones teológicas que fundamentan dichas proposiciones.

 

A – LOS FUNDAMENTOS TEOLOGICOS

Las convicciones que sustenta Vicente de Paúl sobre la misión de los laicos en la Iglesia se fundamentan en la teología, en criterios de fe.

«San Pablo dice que por el bautismo nos revestimos de Jesucristo» (C. XII, 224; Síg. XI/4, 522). Y después San Vicente saca las consecuencias.

Todos los bautizados forman el Cuerpo Místico de Jesucristo: «Todos los hombres componen un cuerpo místico; todos somos miembros unos de otros» (C. XII, 271; Síg. XI/4, 560).

Están, pues, llamados a vivir de su vida y a continuar su misión, cada uno según su condición.

— La vocación a la perfección. Vicente de Paúl inculca esta vocación a la perfección a las Señoras o Damas de la Caridad:

«Dichas Señoras, tanto las «oficiales» como las demás, se esforzarán por adqui­rir la perfección cristiana que requiere su condición…» (Reglamento de las Da­mas del Hospital General de París, 1660, n. 14, C. XIII, 827; Síg. X, 967). Y se lo repite a las Hijas de la Caridad: «¿Pensáis que sólo los religiosos y las religio­sas tienen que aspirar a la perfección? ¡Oh, Hermanas mías! Todos los cristianos están obligados a ella, y vosotras más aún que las religiosas…» (C. X, 143; Conf. esp. n. 1425). Y también, por supuesto, los Misioneros: «Si nos preguntasen:

¿Por qué está usted en la Misión? Habría que reconocer que es Dios el que la ha hecho, para que trabajáramos en ella, primero en nuestra perfección; segun­do, en la salvación de los pobres; y tercero, en el servicio a los sacerdotes…»

(C. XII, 75; Síg. XI/3, 383).

Vocaciones a diversas misiones, según las necesidades de la Iglesia: «La vocación es una llamada de Dios para hacer una cosa. La vocación de los após­toles fue la llamada de Dios para plantar la fe en toda la tierra; la vocación de los religiosos es una llamada de Dios a la práctica de las reglas de la religión (es decir, de su congregación); la vocación de los casados es una llamada de Dios para servirle en la formación de una familia y en la educación de los hijos; y la vocación de una Hija de la Caridad es la llamada de Dios… para servirle en todos los quehaceres que son propios de esta clase de vida, a los que El per­mitirá se las dedique…» (C. IX, 354; Conf. esp. n. 588). Vicente insiste con fre­cuencia en el hecho de que las Hijas de la Caridad no son religiosas, sino seglares, «muchachas» entregadas al servicio espiritual y corporal de los pobres, como las Señoras de la Caridad.

Aquí es donde toman raíz las diversas misiones de los laicos, espe­cialmente de las mujeres, en la Iglesia.

• En todo esto, los bautizados son sacerdotes en Cristo, miembros de Cristo Sacerdote. Vicente no se sirve de las expresiones «sacerdocio bautismal» o «sa­cerdocio común de los fieles», a las que ha devuelto su primitivo valor el Concilio Vaticano II, pero vive de la doctrina que las mismas representan. El acto esen­cial del sacerdocio es el de la ofrenda. Ahora bien, como lo recuerda San Pablo, todo bautizado debe ofrecerse a sí mismo como víctima viva, santa y agra­dable a Dios (Rm. 12, 1). Sin cesar, y tanto dirigiéndose a las Señoras como a las Hijas de la Caridad, del mismo modo que a los Misioneros, San Vicente repi­te: «ofrezcámonos a Dios… consagrémonos…», y presenta el Servicio a los Po­bres como un culto que se ofrece a Dios: «honrar a Nuestro Señor Jesucristo en la persona de los Pobres», les dice con frecuencia a las Hijas de la Caridad (por ejemplo en X, 122-23; Conf. esp. n. 1391). Y a las Señoras: «…Todas adora­rán a Nuestro Seño. r; al entrar en la capilla del Hospital, le ofrecerán el servicio que le van a rendir…» (Reglamento de las Damas del Hospital de París, n. 8, C. XIII, 826; Síg. X, 966). Se trata de la más pura doctrina de la Escritura y de la Tradición, que desenvuelve Santo Tomás: «Tales servicios prestados al prójimo, eh tanto en cuanto se ofrecen a Dios, reciben el nombre de sacrificios, según Hebreos, 13, 16: «De la beneficencia y de la mutua asistencia no os olvidéis, que en tales sacrificios se complace Dios»» (Suma Teológica, 2a, 2ae, q. 188, art. 2).

Esta ofrenda culmina en la Eucaristía con el ofrecimiento del sacrificio de Cristo: «No es solamente el sacerdote el que ofrece el Santo Sacrificio, sino todos los que asisten a él…», les dice a las Hijas de la Caridad el 31 de julio de 1634 (C. IX, 5; Conf. esp. n. 11).

Resumamos ahora las convicciones de Vicente de Paúl en cuanto a la mi­sión de los laicos en la Iglesia:

1)   Están llamados a la perfección, según su estado, lo mismo que los religiosos y los sacerdotes.

2)   Están llamados a participar en el servicio espiritual a los Pobres, tanto como en el corporal.

3)   Las mujeres están llamadas, al igual que los hombres.

4)   Y este servicio se hace con espíritu de ofrenda que culmina en la Eucaristía.

5)   Los sacerdotes ordenados son los animadores y consejeros espirituales, los catequistas oficiales, los dispensadores de los sacramentos, los que consa­gran la Eucaristía.

6)   Los Obispos y el Papa son los representantes más cualificados de Cristo-Cabeza.
Vamos a desarrollar sólo la participación en el servicio espiritual.

Este desarrollo rápido podrá mostrarnos toda la dimensión mística, sacerdo­tal y eucarística que toma en Vicente de Paúl el servicio espiritual y corporal a los pobres. Añadamos que no se trata de nada abstracto, que él no se detiene y contenta con bonitas especulaciones ajenas a la vida. San Vicente expresa tam­bién sus convicciones bajando a las aplicaciones concretas, a los diferentes cometidos que incumben a los seglares, hombres y mujeres y que les es dado desempeñar. Esto es lo que vamos a tratar de detallar un poco.

 

B – EL CUIDADO DE LAS ALMAS ES TODAVÍA MAS URGENTE
QUE EL DE LOS CUERPOS

por parte de las Hermanas y otros laicos

 

Ya era éste el pensamiento de Santo Tomás (Suma Teol. 2a 2ae, q. 188, art. 4). A lo largo de los años, Vicente de Paúl no deja de insistir en ello, dirigiéndose a las Hijas de la Caridad. Por ejemplo, el 22 de enero de 1646:

«¿Creéis, hijas mías, que Dios espera de vosotras solamente que les llevéis a sus pobres un trozo de pan, un poco de carne y de sopa y algunos remedios? Ni mucho menos, no ha sido ése su designio al escogeros para el servicio que le rendís en la persona de los pobres. El espera de vosotras que miréis por sus necesidades espirituales, tanto como por las corporales. Necesitan el maná espiritual, necesitan el espíritu de Dios…» (C. IX, 239; Conf. esp. n. 392).

El 11 de noviembre de 1657:

«Porque mirad, mis queridas Hermanas, es muy importante asistir a los pobres corporalmente, pero la verdad es que no ha sido nunca ese el plan de Nues­tro Señor al hacer vuestra Compañía: cuidar solamente a los cuerpos, porque no faltarán personas para ello. La intención de Nuestro Señor es que asistáis a las almas de los pobres enfermos, y por eso tenéis que reflexionar dentro de vosotras mismas: «…si no tengo otra intención más que la de asistir al cuerpo, ¡ay! eso es poco; no hay nadie, cualquiera que sea, que no haga otro tanto’ Un turco, un idólatra, puede asistir al cuerpo. Por eso Nuestro Se­ñor no tenía ningún motivo para instituir una Compañía solamente con esa finalidad, ya que la naturaleza obliga suficientemente a ello. Pero no pasa lo mismo con el alma. No todos pueden ayudarles en eso, y Dios os ha escogido principalmente para que les deis las instrucciones necesarias para su salvación. Reflexionadlo en vosotras mismas…» (C. X, 333; Conf. esp. n. 1760).

Este texto es iluminador, no sólo para una teología de los ministerios de los laicos y de las mujeres, sino también por lo que se refiere a su concepto de la naturaleza; sin duda, cree en el pecado original, pero podemos ver que de ello no surge desprecio a la naturaleza; cree en los valores naturales y en una ayuda mutua natural. Texto muy iluminador para nuestros días en que el aspecto servi­cio corporal no atrae ya tanto las vocaciones puesto que puede ejercerse sin de­jar la vida seglar y en el matrimonio. Quizá se había hecho demasiado hincapié en ese aspecto del servicio desde hacía ciento setenta años…

Esa insistencia de Vicente la encontramos también con fuerza cuando se diri­ge a las Cofradías de la Caridad, por ejemplo en el Reglamento de mujeres de M ont mira il:

«Pensarán con frecuencia que para ser buenas sirvientas de los pobres, es preci­so asistirles espiritual y corporalmente y tener tierna compasión de su miseria…» (C. XIII, 473-4, Síg. X, 618).

Vicente sabe, por otra parte, que no está haciendo una completa innovación, pues otros le han precedido, pero sólo tratándose de hombres. En 1636, a las Señoras de la Caridad del Hospital General de París, les explica:

«… (A las «oficialas») les ha parecido oportuno designar a trece o catorce de las más asiduas y piadosas a fin de que se dediquen de dos en dos cada día a hacer todo lo posible para preparar solamente a las mujeres enfermas a la confesión general, ya que Dios ha querido disponer de unos cuantos hombres de piedad y debidamente preparados para trabajar con los hombres e inducirles a que ha­gan dicha confesión general…» (C. XIII, 763; Síg. X, 901).

Se trata aquí de una iniciativa de la Compañía del Santísimo Sacramento, que data de 1632: la de enviar todos los lunes al Hospital General a dos de sus miem­bros, un seglar que preparaba a los enfermos para hacer la confesión y un sacer­dote que los confesaba. Tenemos que añadir a esto que Vicente formaba parte de dicha Compañía del Santísimo Sacramento y que es muy posible que tuviera gran parte en esta iniciativa.

 

C- CÓMO CUMPLIR EL SERVICIO ESPIRITUAL

CÓMO EVANGELIZAR

Vicente de Paúl está profundamente convencido de la necesidad capital de instruir a la gente, de catequizarla. En su concepto, la salvación eterna y la unión con Dios consisten en el amor. Pero el amor necesita del conocimiento. Es preci­so conocer al menos los grandes «misterios» de un Dios que es vida de relación y de amor: Trinidad (relaciones y amor en lo íntimo del mismo Dios), Encarna­ción (relaciones y amor de Dios hacia el hombre), Redención (integración de los hombres en la relación y el amor de Dios). Tal es el contenido de la fórmula ad­mitida por cierto número de teólogos: «las verdades necesarias para la salvación»,

1. Catequizar en sentido amplio: La evangelización empieza a través del trato y de los cuidados dirigidos al cuerpo

• Por la irradiación de la bondad y con breves palabras salidas del corazón.

La razón es muy sencilla: ¿Qué significado tendría anunciar a los pobres que Dios los ama si nosotros no somos bondadosos con ellos? El 16 de abril de 1640, Vicente de Paúl les dice a las Señoras:

«Hacéis ver y sentir la bondad de Dios a través de la vuestra a esas pobres gen­tes, y hacéis así que lo glorifiquen; por eso es por lo que os recomienda que visitéis a los pobres: ut glorificent Patrem vestrum (para que glorifiquen a vues­tro Padre)» (C. XIII, 781, n. 2; Síg. X, 924, n. ,2).

Y una vez más a las Hijas de la Caridad, el 11 de noviembre de 1657:

«…estáis destinadas a representar la bondad de Dios ante estos pobres enfer­mos…» (C. X, 332; Conf. esp. n. 1759).

Vicente no deja de insistir en ello tanto dirigiéndose a los Misioneros como a las Hermanas. Contentémonos con uno de sus párrafos más bellos, en la con­ferencia del 11 de noviembre de 1657, a las Hijas de la Caridad:

«…Vuestro principal empleo, después del amor de Dios y del deseo de hace- ros agradables a su divina Majestad, tiene que ser servir a los pobres enfermos con mucha dulzura y cordialidad, compadeciéndoos de su mal y escuchan­do sus pequeñas quejas, como tiene que hacerlo una buena madre, por­que ellos os miran como a sus madres nutricias y como a personas enviadas por Dios para asistirles. Por eso estáis destinadas a representar la bondad de Dios ante esos pobres enfermos…

«Hay que decirles siempre alguna cosa para llevarlos a Dios. No decir mu­chas cosas a la vez, sino ir poco a poco dándoles la instrucción que necesitan, lo mismo que a los niños de pecho que sólo se les da de mamar un poco cada vez. Pues bien, vuestros enfermos son como niños en la devoción, aunque sean personas mayores. Una buena palabra que salga del corazón y se diga con el debido espíritu será suficiente para llevarles a Dios. Si esa palabra está llena de espíritu, logrará lo que se pretende… Un alma buena de verdad, que ama mu­cho a Nuestro Señor y a la Santísima Virgen, que no mira ninguna otra cosa en cuanto hace más que agradar a Jesucristo, es como una llama de amor que penetra en el corazón de aquellos a quienes habla. Pues bien, esa buena palabra que tenéis que decirles debe tender a excitarles a la paciencia, o a hacer una buena confesión, o a bien morir, o a vivir como es debido si recobran la sa­lud y a enseñarles las cosas necesarias para la salvación…

«Quizá me diga alguna: «Señor, tenemos que atender a treinta enfermos; ¿cómo llevarles a cada uno su porción e instruirles?». Mis queridas Hermanas, responderé a eso que habrá que decirles al menos una buena palabra, de pasa­da, algunas frases de Nuestro Señor, procurando elevarse hasta Dios para tomar del corazón de Nuestro Señor algunas palabras de consuelo… y así decirle alguna cosa según las necesidades que veamos en él…

«Y para lograr que esto resulte útil, tenéis que llenaros del espíritu de Nues­tro Señor, de modo que todos vean que lo amáis y que intentáis hacerle amar… Las que están llenas de Dios hablarán con afecto, porque llevan a Dios en su corazón, y lo que salga de ese corazón será como un poco de fue­go que penetre en el del enfermo, será como un bálsamo que lo llena todo con su aroma…» (C. X, 332-35; Conf. esp. nn. 1759-60-61).

En el Reglamento de 1660, se lo repetirá a las Señoras de la Caridad del Hos­pital General:

«Las que hayan sido destinadas a distribuirles la colación… (aprovecharán) la oca­sión para consolar a los enfermos con alguna palabra edificante apropiada a sus necesidades…» (C. XIII, 826, 7, 2.°; Síg. X, 966, 7, 2.°).

¿Qué más se puede decir? Podemos desprender, a la vez: la intención, la fina­lidad, que debemos tener muy claras: la de abrir a esas personas las puertas de la eternidad de Dios; la motivación, lo que nos anima: un amor de Dios y del prójimo que tenemos ante nosotros, muy vivo; las modalidades, los medios con los que nos recomienda que seamos muy flexibles: saber «ver», saber apreciar las necesidades, las oportunidades.

Cuando sea posible, instruir a la persona, hacerle una lectura En el Reglamento de la primera Caridad, en 1617, Vicente de Paúl lo preveía así:

«…convendrá que lean de vez en cuando algún libro devoto en presencia de los que sean capaces de sacar algún provecho de ello; les exhortarán a soportar la enfermedad con paciencia, por amor de Dios…» (C. XIII, 429; Síg. X, 579).

Pero esto no debió de tener demasiado éxito, ya que no se vuelve a mencio­nar en ninguno de los Reglamentos de las Caridades que siguieron establecién­dose. En adelante, no se trata más que de hablarles de palabra. Sin duda, los pobres eran más receptivos a la palabra viva, la entendían mejor.

Conversar amistosamente con la gente, partiendo de sus intereses

Ya en 1629, el Reglamento de la Caridad de la Parroquia de San Salvador, de París, a la que acababa de llegar, precisamente, Margarita Naseau, puntualiza lo siguiente:

«En cuanto a la visita de los pobres enfermos, es muy útil para su salvación y para la nuestra, ya que en esta visita se puede instruir a los padres, a las ma‑

dres, a sus hijos y oír lo que ellos nos dicen, lo cual es muy provechoso para su conversión, animándoles a que se confiesen y comulguen todos los meses, a que vivan en paz en la familia, e instruirles como buenos cristianos…» (C. XIII, 626; Síg. X, 667).

Es cierto que hoy en día no empezaríamos tan pronto la exhortación cristia­na. Pero quedémonos, al menos, con la actualidad del enfoque dado a la cues­tión. Sólo cambia que hoy hacemos durar más el preámbulo…

Veintisiete años después, en la conferencia del 17 de noviembre de 1656, a los Misioneros, acerca del deber de catequizar a los pobres, encontramos un pa­saje elocuente:

«Señores y Hermanos míos: será siempre un acto de mucha caridad por nuestra parte, si instruimos a esas pobres personas, sean quienes fueren, y no debemos desaprovechar ocasión alguna de hacer lo que podemos.

«Por la gracia de Dios, sé de algunos en la Compañía que no faltan casi nunca en esto, a no ser que se vean impedidos por alguna cosa. No sé si en la portería se cumple esto bien; me parece que allí no van tan bien las cosas como antes; temo que los dos Hermanos encargados de la portería se han descuidado un po­co en esto. Puede ser que se deba a que los dos son nuevos y no saben cómo se suele hacer

«En la granja, no sé si se observa, y si el Hermano que está allí se cuida de ver si nuestros criados están suficientemente instruidos, si les habla a cada uno en particular, de vez en cuando, acerca de estas cosas, imitando a Nues­tro Señor cuando fue a sentarse en la piedra que había junto al pozo, desde donde empezó a instruir a aquella mujer pidiéndole agua. «Mujer, dame de beber», le dijo (Jn. 4, 7).

«Así se puede ir preguntando a uno, después a otro: «¿Qué hay?, ¿qué tal esos caballos? ¿Cómo va esto? ¿Cómo va aquello? ¿Y usted, qué tal?». Y así empezar por algo semejante, para pasar luego a nuestro intento» (C. XI, 382-3; Síg. IX/3, 267-8).

Nos encontramos siempre con flexibilidad, sentido de lo real y de lo posible, inquietud de adaptación y respeto por lo que viven las personas… Partir de lo que les interesa, atreverse a pedirles algo…

Si hay niños, dirigirse a ellos: es tanto más provechoso para los padres

En este aspecto, Vicente revela ser un excelente psicólogo y pedagogo. En mayo de 1658, explica de la siguiente manera a las Hermanas enviadas a Ussel, cuál ha de ser su tarea:

«¿Hay algo mayor que eso? ¡Dar a conocer la grandeza de Dios, su bondad, el amor que tiene a las criaturas, y eso enseñándoles los misterios de la fe y partir de ese conocimiento para llevarlos a su amor! ¿Hay algo más grande que eso? ¡Qué felices seréis, hijas mías, si con vuestras sencillas enseñanzas, al servir a vuestros enfermos, podéis contribuir a la salvación de algún alma!…

«Hijas mías, no hay que dirigirse de inmediato a los enfermos, ni a los pa­dres, ni a las madres, sino preguntar a los niños en su presencia, ense­ñándoles con claridad los principales misterios de la fe…» (C. X, 476; Conf. esp. n. 1970).

Encontramos de nuevo el objetivo, lo esencial de la evangelización: dar a co­nocer a la gente el amor inmenso que Dios les tiene… Y al mismo tiempo, la flexibilidad y de manera especial el respeto: no correr el riesgo de humillar a los padres poniendo al descubierto su ignorancia. En cambio, al ver el interés de­mostrado hacia sus hijos, sentirán satisfacción.

Sobre este punto, Vicente redactará una Regla para las Hermanas de las Pa­rroquias, la regla novena, que explicará el 11 de noviembre de 1659:

«Si la ayuda espiritual que dan a un enfermo puede extenderse a las otras personas que están en la misma habitación, tratarán de hacerlo con la debida discre­ción; esto es fácil principalmente cuando hay niños, porque preguntándo­les sobre los principales misterios de nuestra santa fe o recomendándoles sus deberes, los padres y madres y otras personas que estén presentes podrán apro­vecharse de esta instrucción, sin que puedan advertir que lo que se dice es en parte para ellos… «Y diciéndoles pocas cosas a la vez, al mismo tiempo se las decís a sus padres y a sus madres. Sé de algunas Señoras que así lo ha­cían y con mucho provecho para esas pobres gentes. Y creo que lo siguen haciendo»» (C. X, 672; Conf. esp. n. 22881.

Observemos una vez más la insistencia en la discreción y en el hecho de decir pocas palabras. Además, Vicente indica aquí las fuentes: sabe enriquecerse con todo lo bueno que ve hacer. Por supuesto, no es la única vez que ha visto y ha admirado las cualidades de las Señoras… y la calidad del trabajo que desempeñan.

Pero ese trabajo, ese ministerio, debe llegar a ser una verdadera catequesis, una verdadera enseñanza.

2. Catequizar en el pleno sentido de la palabra

Vicente de Paúl habrá de recomendar siempre, tanto a las Señoras como a las Hijas de la Caridad y a los laicos de su Congregación (los Hermanos) que enseñen a los pobres, que les den una catequesis en toda ocasión, partien­do de las circunstancias que se presenten y de sus centros de interés.

En abril de 1633, la Señora Goussault, Dama de la Caridad, ha hecho la cate­quesis de adultos en la iglesia de Artenay, con ocasión de un viaje para visitar los hospitales de provincias. Veamos los párrafos de su carta que se refieren a nuestro tema:

«Al día siguiente fui a pernoctar a Artenay, donde tuve el catecismo de adul­tos en la iglesia, como creo haberle dicho; después fui a comer a Orleans… era jueves…».

Al jueves siguiente estuvo en Saumur y el domingo siguiente, en Angers, desde donde escribe:

«El domingo fui a vísperas a un convento, en donde, contra mi costumbre, estu­ve dos horas ante el Santísimo Sacramento, y allí se me ocurrió el pensamiento de cómo podría hablar del catecismo a estas señoritas* de aquí, que me imagi­naba lo necesitarían bastante. Me decidí a ir a los pobres, a las granjas, a donde las llevé, y les pregunté a los niños, que estaban bastante bien instruidos. Hay un buen eclesiástico que se ocupa mucho de ellos.

«Padre, esto resultó tan perfecto, que la Señorita Le Févre, que está casada con un consejero y tiene cuatro hijos, me dijo, a la vuelta, lo que le había gustado y que ella no sabía casi nada de todo ello, y añadió: «Bien se ve que ama usted a los pobres y que se encuentra entre ellos con toda la alegría de su corazón. Parecía usted dos veces más hermosa cuando les hablaba»

«Padre, es admirable que Dios me dé el atrevimiento de hablar delante de su sacerdote y por lo menos de unas cien personas que me escuchaban y que luego me llenaron de alabanzas; incluso aquel buen sacerdote me dijo que se estimaría muy feliz de poder acabar sus días a mi lado, sin sueldo ni recom­pensa, sino solamente oyendo las palabras que saldrían de mi boca. Tales fueron sus propios términos.

«Pues bien, Padre, es a usted a quien escribo, con la confianza de que alabará a Dios y lo amará por su misericordia infinita. El me ha concedido, en Saumur y aquí, gracias que no le puedo decir, a pesar de mi enorme infidelidad; todo esto tiene que arrebatarme de amor hacia El. Padre, pídale que humille mi orgu­llo por el medio que El quiera. Estoy dispuesta a perderlo todo y a dejarlo todo, prefiriendo la humildad a todos los consuelos y bienes. El ejemplo de mi Salva­dor es muy poderoso, El que dejó el seno de su Padre para venir a practicar esa humildad en la pobreza y el anonadamiento.

«Pero volvamos al hecho del catecismo. Y es que, desde entonces, esas buenas señoritas vienen a hacer oración conmigo y les doy el tema de la oración, pe­ro principalmente una que es soltera. La he encontrado muy conmovida, casi podría decir que está ya ganada. Hay una buena mujer devota que vino a verme y me dijo que, si yo estuviera aquí un año, convertiría a toda la ciudad. Le asegu­ro que me hizo reír mucho. Dos cosas les gustan aquí: que no tengo trazas de reformada, sino que me río de buena gana, y que voy a la parroquia…» (C. I, 192-93-95; Síg. I, 247-48).

Más adelante, el 17 de noviembre de 1656, Vicente de Paúl señala un lími­te: le parece que enseñar en las iglesias es tarea reservada a los Obispos y Sa­cerdotes. «Los Hermanos no deben enseñar ni catequizar en la iglesia; no, no conviene» (C. XI, 384; Síg. IX/3, 268). Observemos que no dice que esté prohi­bido, sino sólo que no es conveniente, oportuno… ¿Quiere decir que chocaría a la gente? No lo concreta. Y tampoco es seguro que ésta sea su postura definitiva.

Pero lo que añade es claro: «Fuera de esto, deben hacerlo en toda oca­sión». Es obvio: «deben enseñar y catequizar en todas las ocasiones». Y lo mis­mo les dice a las Hijas de la Caridad y a las Señoras de la Caridad.

Hemos visto cómo recomendaba a las Señoras del Hospital General de París, en 1636, el acompañamiento espiritual que debían ofrecer a sus enfermos y la preparación de las mujeres a la confesión general (cf. C. XIII, 763; Síg. X, 901).

Con bastante frecuencia ha dado detalles de los métodos para hacer tal ca­tequesis. El dispositivo previsto en el Hospital General de París permanece en vi­gor: de las catorce previstas para este servicio, cada tres meses, «dos cada día irán a instruir a las mujeres enfermas en las verdades cristianas necesarias para la salvación, las prepararán para que hagan una confesión general de toda su vida…» dice el Reglamento de 1660 (C. XIII, 763, 7, 1.°; Síg. X, 966).

Por su parte, Santa Luisa trabaja en la elaboración de un breve cate­cismo, del que conservamos el manuscrito y que en la edición española de «Cartas y Escritos» ocupa unas diez páginas (de la 703 a la 713).

Ahora bien: ¿puede uno ponerse así, sin más, a enseñar? Está claro que es necesaria una formación para ello.

• Formarse

Seguramente, Vicente de Paúl —o alguno de sus co-hermanos— dieron al­gunas conferencias o charlas a las Señoras y a las Hijas de la Caridad. Pero Vi­cente les recomendaba especialmente que se formaran entre ellas.

— Lo primero, mediante intercambios:

El 16 de marzo de 1659, a lo largo de una amplia comunicación, Vicente de Paúl explica a las Hermanas el método de enseñanza que se utilizaba en los Se­minarios, lo que hasta hace poco se llamaba trabajo de grupo o métodos acti­vos, y ahora más bien se designa como «seminarios», «trabajos dirigidos», etc. Vamos a citar la aplicación que les propone:

«…pues bien, el mejor medio para que os capacitéis vosotras para instruir a los pobres, es tener el catecismo entre vosotras mismas. Por eso es necesario que os ejercitéis en esto todo el tiempo que podáis y que observéis esta costum­bre de ahora en adelante. Que haya una que haga las preguntas y otra que con­teste y que esto se haga en presencia de la Superiora…» (C. X, 625; Conf. esp. n. 2214).

Y también por el estudio como tal:

Ya en 1617 invitaba a las primeras Señoras de la Caridad a que se instruye­ran en los caminos espirituales: las reuniones de la Cofradía, todos los meses, tendrán esa finalidad entre otras (cf. C. XIII, 430; Síg. X, 580). Pero, además, cada una deberá cuidar de formarse personalmente, mediante la lectura y la ora­ción mental: «Las que sepan leer, leerán todos los días, pausada y atentamente, un capí­tulo del libro del Señor Obispo de Ginebra titulado Introducción a la vida devota, y elevarán de vez en cuando su espíritu a Dios» (C. XIII, 435; Síg. X, 584).

Pero para catequizar, hay que ir más allá. ¿Serán necesarios buenos libros? Sor Turgis había hecho esta pregunta, en 1648, a Luisa de Marillac, que le había respondido con cierta timidez, el 6 de marzo, prometiéndole que habla­ría de ello al Señor Vicente. Durante el Consejo de las Hijas de la Caridad del 22 de marzo siguiente, se dirigió, pues, a Vicente en este sentido y ahora nos es posible leer de nuevo un texto tan importante*:

«Padre, Sor Turgis me pidió últimamente un catecismo: le enviamos uno. A ella le pareció que era poco extenso y nos pidió que le enviáramos otro. Mandamos a pedirle al Señor Lamberto que nos enviara uno y él nos envió el de Belarmi­no, diciéndole a la Hermana a la que se lo entregó que se trataba de un catecismo muy elevado y que era solamente para los párrocos. Pues bien, como es menes­ter que no nos las demos de muy eruditas, tuve la idea de no mandárselo; volvió ella a urgirme… y le dije solamente que no hiciera más que leerlo, porque leyen­do del libro no parece cosa nuestra, no es como aprendérselo de memoria y reci­tarlo.

«A lo que nuestro venerado Padre respondió: Señorita, no hay catecismo me­jor que el de Belarmino; si todas nuestras Hermanas lo supieran y enseñaran, no enseñarían más que lo que deben enseñar, ya que les toca a ellas ins­truir a los demás, y sabrían lo que los párrocos deben saber… sería con­veniente que se les leyera a nuestras Hermanas y que usted misma se lo explicara, a fin de que todas lo aprendiesen y profundizasen en él para ense­ñarlo, porque ya que es preciso que ellas enseñen, es preciso también que se­pan, y no podrán aprender nada más sólido que lo que hay en ese libro» (C. XIII, 664-65; Síg. X, 792-93).

Vicente tenía fórmulas verdaderamente tajantes en su claridad.

 

CONCLUSION

Estas páginas se habían propuesto mostrarnos, a partir de la realidad, cómo aquellos franceses del s. XVII, seglares hombres y mujeres, al igual que los sacer­dotes formaban parte en el trabajo de la viña del Señor, en ese ayudar a que cir­culase la vida divina por el Cuerpo Místico de Cristo. Ciertamente, no tenemos que avergonzarnos de nuestros Fundadores, pero sí nos incumbe actualizar su celo.

Estas páginas podrían ayudarnos a reavivar en nosotros la fe en la vida eterna y en nuestro destino sobrenatural. Acaso nuestras actividades en el mundo so­cial, tan necesarias hoy en día, pudieran hacernos olvidar que nuestra vida no se limita a las dimensiones terrenas ni al tiempo que hemos de pasar en la tierra, sino que ya desde ahora tenemos en nosotros la vida de Dios —»la vida eterna es que te conozcan a ti, verdadero Dios y a tu enviado, Jesucristo» (Jn. 17, 3) y que todos juntos estamos llamados a vivir en el Cielo en la intimi­dad de Dios.

¡Ojalá estuviéramos tan apasionados como San Vicente, a sus setenta y ocho años, por la búsqueda del Reino de Dios! Escuchémosle el 21 de febrero de 1659:

«Busquemos, pues, hermanos míos. ¿El qué? Busquemos la gloria de Dios, bus­qugmos el reino de Jesucristo… No basta con obrar de modo que Dios reine en nosotros, buscando así su reino y su justicia, sino que además es preciso que deseemos y procuremos que el reino de Dios se extienda por doquier, que Dios reine en todas las almas… que su justicia sea buscada e imitada por todos con una vida santa, y que así sea El perfectamente glorificado en el tiempo y en la eternidad» (C. XII, 132, 137-138; Síg. XI/3, 430, 435).

Observemos cómo la justicia tiene, a los ojos de San Vicente, tanto valor co­mo la Caridad.

Y tendremos en cuenta las palabras de aliento que da a sus co-hermanos el 17 de noviembre de 1656:

«La Sagrada Escritura dice (Daniel, 12, 3) que los que enseñan a los demás las cosas útiles y necesarias para su salvación, brillarán como estrellas en la vida eterna» (C. XI, 383; Síg. XI/3, 268).

Y estas otras a las Hijas de la Caridad, el 13 de febrero de 1646:

«…los pobres asistidos por ella serán sus intercesores delante de Dios; acu­dirán en montón a su encuentro; dirán al buen Dos: «Dios mío, ésta es la que nos asistió por tu amor; Dios mío, ésta es la que nos enseñó a conocerte… Dios mío, ésta es la que me enseñó a esperar que había un Dios en tres Perso­nas; yo no lo sabía. Dios mío, ésta es la que me enseñó a esperar en ti, ésta es la que me enseñó tus bondades por medio de las suyas»» (C. IX, 253; Conf. esp. n. 416).

 

 

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