Capítulo XI: Servir a la República
Entre la calle de Sèvres y el Quai d’Orsay
La apertura del unionismo portaliano en los circuitos oficiales no debió gran cosa a las iniciativas pontificias. No era sin duda algo indiferente que Pío X hubiera sido reemplazado, en 1914, por un papa leoniano; Benedicto XV había sido durante unos quince años secretario de Rampolla; nombró sucesivamente a la cabeza de la Secretaría de Estado a dos cardenales que habían dado muestras de benevolencia anteriormente para con Portal, Ferrata luego Gasparri; por fin relanzó a partir de 1917 tentativas unionistas que, por el estilo y el tono, recuerdan las tareas de los años 1890. El cambio de personal asociado al trastorno táctico, el paso de la intransigencia defensiva a una intransigencia de movimiento y la promoción de un lenguaje pacífico mejoraron la posición personal de Portal. Se presentó menos sospechoso, su margen de maniobra se ensanchó, las denuncias de que siempre era víctima se repitieron antes. No por eso dejó de emprender el camino de Roma, ni dejó de volver a ver a Gasparri, ni a encontrase con el nuevo papa. Es verdad que en el Vaticano el relanzamiento unionista se insertó en un contexto sospechoso. Hasta el momento en que el desplome zarista y las derrotas otomanas abrieron la perspectiva de una ofensiva católica no fue cuando Benedicto XV creó la Congregación para la Iglesia oriental. Un estilo leoniano, el rechazo de lo latino, el respeto oficial por las liturgias orientales no ocultaban la voluntad de formar comunidades uniatas, las que existían y las que se trataba de reformar en Rusia y en Ucrania, los puestos avanzados del catolicismo, los pasos desde los cuales la Iglesia romana se lanzaría a la conquista del mundo eslavo y devolvería al rebaño a las ovejas extraviadas. En octubre de 1917, un Instituto pontificio para los estudios orientales se hizo cargo de aportar una base teórica a la reconquista. Nada que pudiera verdaderamente entusiasmar a Portal.
También el único asunto portaliano de origen eclesiástico recibió todas las reservas no sólo de Roma sino por el nuevo superior general de la Congregación de la Misión, el Señor Villete, de breve superiorato entre el Señor Fiat y el Señor Verdier, A principios de 1916, Portal comenzó a recibir referencias interesantes de su colega y antiguo alumno Jules Levecque, que había colaborado en la Revue catholique des Églises y enseñado antes de la guerra en el seminario lazarista de Zeitenlik, cerca de Salónica. Movilizado en el ejército de Oriente, servía de intérprete al general Sarrail. Se aprovechó para reanudar lazos con sus colegas de Zeitenlik. Mantuvo frecuentes conversaciones con el superior, el Señor Lobry, y le unió a un proyecto con el que Portal soñaba hacía tiempo pero que no confiaba que llegara algún día a buen término: introducir a los lazaristas en Rusia. Portal respondió que había que saber tratar las susceptibilidades rusas, formar a hombres libres de toda sospecha, formarlos en una institución laica, la Escuela de las lenguas orientales de Paul Boyer, que no tenía la reputación de ser una jesuitería. El asunto se concretó en 1917, cuando Portal recibió de su amigo de infancia, François Verdier, ya asistente del Señor Villete, el empeño de organizar una colaboración regular entre la Congregación y las Lenguas orientales. El 15 de diciembre, pudo enviar a un diplomático de sus amigos, Robert de Caix, un memorándum donde hacía constar que tres de sus hermanos seguían ya los cursos de la Escuela de la calle de Lille. Los lazaristas, aseguraba en él, servirán de contrapeso a la influencia de la Compañía de Jesús, omnipotente en la nueva Congregación romana para la Iglesia oriental y en el Instituto pontificio para los estudios orientales; ellos sabrán llevar a Rusia «un espíritu muy religioso pero también muy francés».
Amigo de Ferdinand Levé y del profesor Sénart, Robert de Caix conocía a Portal hacía tiempo. Especialista en Rusia y en Oriente, trabajaba desde el inicio de la guerra sobre la propaganda francesa en el extranjero y logró que entraran portalianos, entre ellos el abate Bourguignon, en el equipo del Bulletin de l’amitié française. Con Ernest Denis, creó en julio de 1917 la revista Le Monde slave, que sirvió de tribuna al abate Gratieux. En el Quai d’Orsay, fue de los que permitieron a la red Portal, ignorado de la jerarquía católica, expresarse y actuar en un cuadro laico, oficial u oficioso.
Pierre Pascal
El asunto Levecque-Lobry-Verdier fue en efecto una excepción. Durante la guerra mundial, los más claro de las actividades rusas de Portal no tuvo nada que deber a las iniciativas eclesiásticas. No fue la Iglesia sino el gobierno francés quien supo utilizar a los portalianos, reconocer su competencia, admitir el valor y el trabajo que se había realizado en la calle Grenelle desde 1909. Los tres primeros que sirvieron fueron Vandenhaute agregado a la base rusa de Laval, Bourguignon, utilizado por la propaganda, y sobre todo el lugarteniente Pierre Pascal, puesto en abril de 1916 a disposición del agregado militar a la embajada de Francia en Rusia. Desde su primera expedición de 1911, Pascal había seguido muy próximo a Portal. En una carta de 1915 le recuerda las «dulces y edificantes tardes que pasé con mis camaradas bajo vuestra dirección […]. Yo os lo agradezco397». En la correspondencia que tuvo con la calle Grenelle después de su llegada a Petrogrado, se revela ante todo como un observador atento de la disgregación del Estado y de la sociedad rusos. En carta de 6 de diciembre de 1916, anuncia la inminencia de la insurrección. En 1917, simpatizó pronto con todos los que, sin discriminación de partido, tomaban la revolución de febrero como una etapa. En el arrebato de octubre, no vio en el primer momento sino «ascetismo» y «misticismo». Esta simpatía no le fue óbice para seguir siendo un católico ferviente. En el seno de la misión militar francesa, funcionó como una especie de agregado cultural encargado de la propaganda francesa en medio cristiano.
Después de la caída del zarismo, pidió a Portal que le enviara libros, folletos, revistas. Portal empaquetaba los encargos y los llevaba al servicio de información del ministerio de la Guerra, que trasmitía sin pestañear un material muy poco laico: publicaciones de la Sociedad Gratry, por ejemplo, grupo católico de inscripción pacifista, o también literatura sillonista y «sangnerista». Pascal no predicaba evidentemente el derrotismo sino que quería explicar a los cristianos de Rusia las razones cristianas de proseguir una guerra que iba a fundar, en la ruina de los imperialismos alemán y zarista, una paz duradera, la seguridad colectiva, el arbitraje de conflictos internacionales, el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos.
Se afirmó también como un unionista militante, muy portaliano en su voluntad de trabajar en un acercamiento a largo plazo, una evolución en profundidad de las mentalidades, una convergencia de las Iglesias que deben profundizar su personalidad propia para tomar conciencia de su complementariedad e intercambiar sus riquezas. En esta perspectiva, que excluyo como prematura toda negociación entre Iglesias y hasta todo contacto directo entre jerarquías, en esta intención pidió a Portal que le enviara una colección completa de la Revue catholique des Églises, las obras de Jean-Adam Möhler, y obras sobre la separación de las Iglesias y del Estado en Francia: se trataba de ayudar a los ortodoxos a negociar la separación de su propia Iglesia con el nuevo Estado ruso. No senos escapa que las preocupaciones de Pascal sobrepasaban las de una misión militar clásica.
Muy portaliano también su interés por los ortodoxos que pensaban en servirse de las circunstancias para reformar su Iglesia, y antes que nada a los discípulos de Soloviev agrupados en torno a las ediciones La Voie; se relacionó con Berdiaef, entonces muy anti-romano, y también con Vladimir Ern, que murió en mayo de 1917 a la edad de treinta y cinco años después de publicar dos estudios sobre Gioberti y Rosmini. Se interesó también por la Pensée chrétienne de Ekzempliarski, que no se le ocurrió calificar de órgano modernista, sino «reformista», progresivo, abierto». Más que nunca, Ekzempliarski encarnaba la ortodoxia tal como los portalianos habrían querido que evolucionara. Pascal afirmó en cambio la originalidad de su posición cuando quiso convencer a Portal del valor y de la utilidad para la causa de la unión de los uniatas rusos, o, si se prefiere, de los católicos rusos de rito oriental.
Los Rusos unidos de Petrogrado acogieron la revolución de febrero como una liberación.
En los días confusos del principio, vi llegar a mi casa a dos sacerdotes rusos católicos con escarapelas rojas bien a la vista en sus hombros399.
La comunidad de Petrogrado dependía del metropolitano Szeptickij; había caído en manos delos zaristas que le habían encerrado en un convento ortodoxo; la revolución de febrero le liberó. Pascal se sintió entonces en el deber de visitarlo. Lo encontró instalado en Petrogrado, en el liceo Sainte-Catherine.
De cuerpo enorme, barba roja, una cara de bondad y de inteligencia a lo Soloviev. Ningún signo de su dignidad: sotana negra recogida con un cinturón de cuero, como un simple monje. Bajo el punto de vista religioso, se felicita por los sucesos: ha caído un muro. Los fieles están libres400.
¿Cómo no iba sentirse seducido Pascal? Pensó que los uniatas podrían jugar un papel de intermediario en el diálogo ortodoxos-católicos, y asegurar también la misión de recoger las lamas errantes que el abata Quénet, siete años antes, asignaba a los viejos creyentes.
Portal no quiso entender nada. Pascal le escribe en abril de 1917:
Me parece, a juzgar por vuestra última carta, que no esperáis mucho en la Iglesia uniata, sino más en una reforma de la Iglesia cismática misma.
Exacto, aparte de esto Portal no se contentaba con desesperar de la Iglesia uniata; deseaba su desaparición o al menos que no se desarrollase. En carta sin fecha dirigida a Pascal, escribe:
No se les deja a los Orientales más que sus ritos. Lo mismo pasa con los uniatas que son para todos los demás una contradicción viva de toda la historia de la Antigüedad y del Oriente. La situación disminuida de los uniatas aleja a los ortodoxos de Roma.
El abate Gratieux, que desembarcó en Petrogrado el 16 de mayo de 1917 y entró enseguida en contacto con Pascal, era también de este parecer. Ya el 23 de mayo escribió a Portal que los Rusos unidos constituían un pequeño rebaño que puede en efecto tener un valor simbólico; pero no creo que haya en ellos un gran porvenir. Mañana o más tarde, los jesuitas de apoderarán de la cosa, y ya no será interesante.
Detrás de los unitas se perfilaban la Congregación oriental, pero también el Collegium slávicum de una estrella ascendente del unionismo romano, el futuro patrón de la máquina rusa de la Santa Sede, el padre Michel d’Herbigny, S.J.
Gratieux no ocultó su sentimiento a Pascal.
El abate tiene poca fe en la utilidad de la Iglesia uniata: todo ha sido una habilidad de los jesuitas, una astucia política […]. No se hará la unión, dice, más que mediante una expansión de la disciplina romana (participación de los laicos, mayor independencia otorgada a los obispos, en una palabra, una especie de regreso a la antigua disciplina). […] Hoy, dice, no se puede naturalmente predicar esto, sería ir contra el fin; sólo se han de entablar amistades, dar a conocer la Iglesia católica, conocer la Iglesia ortodoxa… Eso es harto suficiente.
Reactivo poderoso, el fenómeno uniata revalorizado por Pierre Pascal provocó en Portal y Gratieux un movimiento de rechazo que demuestra la permanencia de los principales temas portalianos en 1917. La caída de los cuadros políticos y sociales sobre los que se apoyaba tradicionalmente la Iglesia ortodoxa rusa no incitó a Portal de ninguna manera a volver al esquema leoniano de táctica transigente y de estrategia intransigente. En la calle Grenelle, se pensaba siempre que la unidad cristiana pasaba por la reforma (o la «reformación», como lo escribe Pascal) de todas las Iglesias, comprendida la Iglesia romana.
La misión del abate Gratieux
A excepción de la cuestión uniata, Gratieux y Pascal se entendieron muy bien y compartieron una misma admiración por las virtudes del pueblo ruso. Inmerso de pronto en Petrogrado en delirio y su «inimaginable confusión de ideas, de congresos, de comités, de resoluciones403», el abate se sintió feliz de engancharse al lugarteniente que observaba la ciudad hacía un año. Al principio de la guerra, Albert Gratieux había sido nombrado capellán en la 40ª división de infantería. Aprovechaba todos y cada uno de sus permisos para contactar con Portal, quien se lo llevaba a hablar a los niños de las obras y patronatos donde se empleaba –en particular aquel patronato de las hermanas de Reuilly de donde iban a salir, en 1919, los Equipos sociales. Gratieux era el alumno favorito, el discípulo; el único en todo caso que trabajaba con Portal hacía ya veinte años, sin interrupción. La guerra le había arrancado del presbiterio rural donde preparaba, despacio pero sin pausa, su tesis sobre Khomiakov y el movimiento eslavófilo. Sus pruebas no le habían amargado ni asqueado; estaba preparado a hacer lo que Portal quisiera, a condición de que nada fuera contra la autoridad. Y la autoridad, en 1917, era el ministro de la Guerra, que no se preocupaba por la lista negra del obispo de Châlons.
Las cartas que Pascal enviaba de Petrogrado habían convencido a Portal del interés por enviar a Rusia a alguien que no perteneciera a la misión militar, sino que procediera directamente del Quai d’Orsay; le sería más fácil desplazarse, establecer contactos, y sobre todo localizar miras unionistas. Pero había que presentar las cosas de suerte que Asuntos exteriores lo consideraran como algo propio. A finales de 1916, el gobierno francés comenzó a preocuparse seriamente por la solidez de la alianza rusa y se propuso reforzar sus servicios de propaganda. Los componentes eslavizantes eran raros, la Unión sagrada había vuelto a las sotanas: Portal juzgó que los tiempos habían llegado de ir a preguntar a Robert de Caix si no era «oportuno que, entre los obreros de la propaganda francesa, no hubiera allí representantes de la idea religiosa […] para dar testimonio del resurgir de la Francia cristiana, particularmente en el frente404». A finales de 1916 y principios de 1917, Robert de Caix presentó la idea al secretario general del Quai d’Orsay, Philippe Bertholet, quien la aprobó: Alberti Gratieux fue liberado y destinado a título provisional al servicio de propaganda rusa del ministerio. La revolución de febrero no discutió el destino, sino que confirmó más bien su utilidad.
La misión duró tres meses y medio y se dividió en tres periodos: Petrogrado primero, después Ucrania, y Moscú. En todas partes Gratieux multiplicó las visitas, redactó artículos, predicó en las iglesias o capillas francesas y pronunció conferencias. Conferenciaba, predicaba, visitaba cuando se enteró que en el frente suroeste el general Broussilov acababa de lanzar una ofensiva victoriosa: en todas partes los Austro-Húngaros retrocedían. Allí se jugaba verdaderamente la suerte de Rusia. Antes de llegar al frente, se detuvo en Kiev, para ver al profesor Ekzempliarski y a los periodistas. Le había impresionado la incapacidad de la propaganda francesa «que no iba más allá de los temas burgueses de la prensa liberal», dejaba al pueblo completamente indiferente y «llegaba apenas a algunos intelectuales de la retaguardia405». Quería lanzar un diario que volviera a los grandes temas nepluyevianos de un socialismo cristiano y eslavófilo: batirse por Rusia, sí, pero una Rusia regenerada en la línea de su genio propio y no sobre el modelo de la república radical francesa. El soldado ruso, estaba claro, no sentía deseos de morir por la Declaración de los derechos del hombre o una nueva constitución. Había que hablarle de la tierra y de la organización del trabajo.
El 21 de julio, Gratieux se presentó en el cuartel general de Broussilov después pasó a Bukovine, en los territorios austriacos ocupados por las tropas rusas, a punto para asistir al fracaso de la ofensiva. La noticia del desastre le alcanzó en Tchernovtsky, de donde se marchó el 30 en un vagón cargado de fugitivos. Por seis días, fue arrastrado al desastre. Ya no había por qué hacerse ilusiones: militarmente, Rusia no existía ya. Volvió a Petrogrado más decidido que nunca a lanzar el diario de la revolución cristiana, eslavófila y nepluyeviana. Se sinceró con Pascal.
Harían falta diez millones, un hombre de confianza en Kiev y libre de actuar.
Pascal, que conocía el frente por haber ido a arengar a las tropas, se mostró escéptico.
Le dije que esto no sería el remedio; sería demasiado poco contra sentimientos tan profundos como los del soldado ruso, que no quiere la guerra y que quiere la libertad.
El nuevo embajador de Francia, Noulens (llegó a Petrogrado el 15 de julio) detestaba todo lo que olía a la revolución y alimentaba además sentimientos anticlericales: Pensó «que una sotana caería mal en Kiev –Ibid. P. 206» y que era indeseable una estancia prolongada del abate Gratieux en Rusia. Enterado de que pronto debería regresar a Francia, el abate corrió a Moscú para asistir al concilio de la Iglesia ortodoxa rusa, el primer concilio después de más de doscientos años.
Con ocasión de su viaje de regreso de Ucrania a Petrogrado, había podido asistir a la sesión de apertura, el 15 de agosto, en la plaza Roja. Al asunto no le había faltado rapidez. Pero cuando volvió a Moscú, el 25 de agosto, el impulso había decaído otra vez. En la indiferencia general, «el concilio amenazaba con convertirse en reunión parlamentaria407». Gratieux asistió a varias sesiones de trabajo, se vio con Dmitri Khomiakov, los Troubetskoi (Grégoire y Eugène), el capellán de la cofradía de Vozdvijensk (Alexandre Sekoundov). De regreso a Petrogrado, el 11 de setiembre, resumió así su opinión: «El concilio se parece a un parlamento. Está presidido por dos viejos prelados sentados como figuras de iconos y dando la impresión de estar extrañados de encontrarse allí408». El fin de un mundo más que el principio de una nueva era. Primeros de octubre, Gratieux se embarcó en un transporte de tropas en Arkhangelsk que llevaba a Francia a mil doscientos soldados checos.
En el reportaje que redactó para el Quai d’Orsay, no oculta el desagrado que le ha inspirado la clase dirigente rusa – incluida la inteligentsia:
Es absolutamente incapaz de desempeñar el menor papel para dirigir a as masas […]. El pueblo no le da el menor crédito. Sólo se escucha a si mismo. Sigue una crítica muy severa de los medios cadetes, del centro constitucional demócrata, que Gratieux condena a las papeleras de la historia. No conviene ya apoyarse en estos representantes de un orden que se muere y que merece morir. En cuanto al clero ortodoxo (juzgado «complemento nulo» en una conversación con Pascal).
Tampoco constituye una fuerza social capaz de luchar con la revolución […]. Las cuestiones eclesiásticas dejan al gran público en la más perfecta indiferencia. Los sacerdotes con quienes he tenido trato me parecían todos igualmente confusos, desprovistos de ideas y de acción frente a los nuevos problemas. [Este informe se redactó antes de la revolución de octubre].
En el artículo que entregó al Monde slave de febrero-marzo de 1918, Gratieux propone varias explicaciones a este sorprendente divorcio entre el pueblo por un lado, el clero, la inteligentsia y las clases dirigentes por otro. Insiste en particular en la larga subordinación de la Iglesia
[a] un poder despótico [y a] una burocracia tiránica […]. La religión y sus ministros se ven como los instrumentos de una policía espiritual.Pero al término de su trabajo, Gratieux el eslavófilo lo reduce todo al pecado del occidentalismo. Al occidentalizarse bajo la presión del poder los cuadros de la nación se ocuparon del pueblo y no supieron comprender ni «los intereses más vitales de la Patria» ni el ideal que, a pesar de todo, anima a la revolución. Contra una «inteligentsia que la despreció y traicionó durante dos siglos» viene a desatarse la «multitud». La revolución no es ni un accidente ni un movimiento puramente destructor. Para que ni se convierta en la catástrofe sino en la «salvación de Rusia», conviene que se reconcilien por fin «el pueblo ruso y si inteligencia». La reconciliación no es imposible, la esperanza existe; es cristiana y eslavófila. La Iglesia ortodoxa volverá a ser «la gran fuerza moral y social que puede y debe ser» si acepta la libertad, si se adapta al «periodo democrático en que Rusia, y no ella sola, parece haber entrado definitivamente»; si ella repudia estos frutos envenenados de Occidente, la «tradición centralizadora» y la «abstracción jurídica»; si admite la «presencia y la acción de los laicos»; si se define no por la autoridad sino por la comunión; si se abre al espíritu, doukh; si define «su vida espiritual no por las palabras de culto y de religión, sino por la palabra de fe». Desde un punto de mira unionista, esta fanfarria en honor del Sr. Nepluyef expresa un doble rechazo: negativa a valorar el modelo romano, negativa a identificar la revolución con el Anticristo. De ahí una notable atrofia del tema del regreso, y la negativa a todo acercamiento de las Iglesias que se fundaría en la constitución de un frente anti-bolchevique.
Agentes de Clemenceau
Gratieux volvió a París el 8 de noviembre de 1917. Ocho días después, Clemenceau reemplazaba a Painlevé a la cabeza del gobierno. El 15 de diciembre, el gobierno de los soviets firmaba con Alemania un convenio de armisticio. El 20 de diciembre, Robert de Caix señalaba a Portal que Clemenceau no tenía intención de romper con Lenín, sino reforzar al contrario la embajada y las diferentes misiones francesas en Petrogrado.
Sopla un viento de iniciativa en lo que toca a Rusia, algo tarde sin duda, pero ha habido que esperar a la partida del Sr. Ribot, y se podrá sacar provecho de unas cuantas cosas.
En primer lugar impedir que el armisticio germano-soviético se transforme en tratado de paz. Ante todo, obligar cueste lo que cueste a los Alemanes a mantener efectivos importantes en el frente oriental. En semejantes circunstancias fue como el grupo Portal fue llamado a organizar una misión de propaganda en Francia y en Rusia. La idea se le atribuyó a Albert Thomas, al comandante François-Marsal, y tal vez al lugarteniente-coronel Langlois.
Encargado de asegurar el enlace entre la misión militar en Petrogrado y el ministerio de la Guerra en París, Langlois era uno de los más firmes partidarios de una negociación con el poder soviético. «La guerra al Boche, única consigna […]. Es al Boche a quien hacemos la guerra; debemos ponerlo todo en acción contra él, hasta a los bolcheviques […]. El único de entre todos los partidos rusos, el bolchevismo está en condiciones de oponer a las pretensiones de los imperios centrales algunas resistencias». Urge pues «realizar nuestro acercamiento al Gobierno de los comisarios del pueblo». Langlois proponía el envío inmediato de un «lanzador de asuntos» provisto de credenciales ilimitadas pero también de un equipo de buenos especialistas en Rusia411. Para reunir este equipo, se dirigió a dos expertos, entre los cuales a Paul Boyer, director de la Escuela de lenguas orientales vivas, amigo íntimo de Portal, el mismo que permitió al lazarista formar, a partir de 1909, su «grupo de Kiev».
Segunda intervención: la de Alberti Thomas. Diputado socialista S.F.I.O. desde 1910, ministro de las Armas de diciembre de 1916 a setiembre de 1917, se había dirigido a Petrogrado para alentar al gobierno Karenski a proseguir la guerra. Allí había encontrado a Gratieux y le había reservado una «muy amable acogida». Porque ya había oído hablar de él. Con Albert Thomas, nos volvemos a encontrar en efecto con la red de las amistades normalistas. Antiguo alumno de la calle Ulm, había seguido en contacto con Paul Hazard y Jacques Chevalier. A su regreso a Francia, Gratieux le había enviado un informe que le interesó lo suficiente para expresar a Jacques Chevalier el deseo de verse con el Señor Portal. Chevalier transmitió el mensaje y Thomas recibió a Portal el 22 de enero de 1918; le habló en confianza de la política del gobierno francés y le aconsejó ir a ver a Clemenceau. El 27 de enero reiteró a su consejo en una carta en la que trata a Portal de «querido señor»:
Vi el otro día al Sr. Clemenceau. Le hablé del sacerdote de quien vos mismo me habíais dicho, que ha estudiado en Kiev y conoce bien Ucrania. Se ha propuesto enviarlo allá. Deberíais pedir audiencia al Sr. Clemenceau que me prometió recibiros.
No se trataba aún más que de enviar a Quénet a enterarse de las influencias austriacas que se producían en Ucrania por medio de Mons Szeptickij y de sus comunidades uniatas.
Fue entonces cuando intervino un tercer personaje, que sirvió de enlace entre la calle Grenelle y la calle Saint-Dominique: el comandante François-Marsal, agregado al gabinete militar del presidente del Consejo, y amigo de Henri Lorin. Él también conocía al grupo Portal y apreciaba la competencia de sus eslavizantes. Fue él quien transmitió la petición de audiencia y presentó a Portal ante Clemenceau. Al salir de la entrevista, el 8 de febrero, Portal escribió a su hermana María, confidente de las grandes ocasiones:
El Tigre no me ha comido. Creo que hasta nos hemos comprendido muy bien […]. Es cuestión de organizar en este momento una misión con Lutaud, antes gobernador de Argelia, como cabeza. Clemenceau quería saber cuántos hombres tenía yo que pudieran ir a Rusia, quería informes sobre ellos y lo que podrían realizar allá […]. Mañana Clemenceau recibirá a uno de mis abates y manda venir del frente al que será sin duda de los primeros enviados.
Se trata respectivamente de Gratieux y de Quénet. Tres veces herido, citado en la orden del ejército, decorado de la Legión de honor, Quénet había sido hecho prisionero en Verdun y había pasado dieciséis meses en un campo de prisioneros antes de ser canjeado. «Ése, me dijo Clemenceau, es un buen expediente». Y al proponer Portal otros nombres, el Tigre añadió: «Creo que os los tomaría todos».
Conclusión de Portal cuyo sobrino, Marcel, acababa de recibir la cruz de guerra: «Fíjate, querida María, que tienes un hermano y un hijo estupendos».
Al día siguiente fue el turno de Gratieux –ya capellán militar- de ser recibido por el presidente del Consejo. Le encontró alerta, lleno de bondad, un tanto divertido quizás al verse rodeado de pronto de tantas sotanas. Gratieux se quejó de la insuficiencia de la acción francesa en Rusia. «Me respondió que estaba decidido a actuar, que iba a enviar una misión bastante importante, y que quería colocar, junto al jefe de la misión, a hombres capaces de orientarle por el buen camino». Gratieux objetó que tal vez otros estaban mejor cualificados. Clemenceau barrió la objeción: no buscaba a especialistas en materia militar o económica, sino a gente que conocía la «mentalidad rusa». Gratieux le expuso entonces brevemente lo que él llamó el «profetismo» o el «mesianismo» rusos:
Ese sentimiento por el que este pueblo se cree destinado a descubrir al mundo, y a darle, al precio mismo de su existencia y de su honor, una vida nueva, y no sé qué felicidad de Tierra prometida.
Era exactamente el género de lenguaje que esperaba Clemenceau: nada de cifras ni estadísticas, sino mucha simpatía y un esfuerzo por comprender. En eso consistió la memoria que Gratieux puso en manos del presidente:
¿Ni es el momento de dar a conocer el temperamento ruso de una manera equitativa y hasta simpática? […] Los Rusos […] se sentirán con toda seguridad impresionados al ver a Francia estudiar con interés y simpatía su pensamiento y su ideal.
Así cuando se les haya pasado la «fiebre por la anarquía» y se pongan a «reconstruir y reorganizar» el país, se volverán con mayor agrado hacia Francia que hacia Alemania. Clemenceau acompañó a Gratieux hasta la puerta de su oficina:
Sr. Cura, quizás nosotros no tengamos del todo las mismas creencias, pero tenemos el mismo ideal. Pronto recibirá noticias mías.
François-Marsal pidió a Portal una nota sobre los efectivos y los fines de la misión y le autorizó a poner al corriente a Lord Halifax y a su amigo Sir Samuel Hoare, con el fin de que, si los Ingleses decidían enviar una misión similar, «nuestros enviados no se ignoraran y pudieran ejercer una acción paralela413». Después Portal salió para Saboya, en las Corbières, a ocuparse del orfanato cuya apertura estaba prevista para el mes de marzo. El 27 de febrero, recibió un telegrama del gobernador militar de Lyon rogándole regresar inmediatamente a París. El 3 de marzo. El 3 de marzo, acompañado de Gratieux y de Quénet, se presentaba en el ministerio de la Guerra. «Subíamos los tres en posición recta la gran escalera de piedra que conducía al gabinete del ministro». Clemenceau había convocado a Pichon, ministro de Asuntos exteriores, Loucheur, al ministro de Obras públicas, y a Lutaud, que debía conducir la misión a Rusia. Clemenceau expuso rápidamente la situación: «El principio mismo de la misión estaba admitido. El Sr. Lutaud no podía realizar allá sino buen trabajo, ayudado de los capellanes cuya competencia era indiscutible414». Se formó una oficina. Quénet fue nombrado secretario y Portal recibió una orden de misión:
El presidente del Consejo, ministro de la Guerra, confía al Sr. abate Portal, Fernand, director de la Casa de estudios, 14 de la calle Grenelle, la misión de organizar y dirigir un grupo de estudios que tengan por objeto trabajar por la difusión en Rusia de las ideas útiles a Francia y dar a conocer en Francia las ideas rusas que sean de interés francés seguir y estudiar. Están puestos a la disposición del Sr. abate Portal: los Sres. Gratieux […], Quénet […], Vandenhaute […]. La actuación de la misión se traducirá en conferencias, artículos de periódicos y de revistas, traducciones, etc., que se difundirán tanto en Rusia como en Francia. El Sr. abate Portal recibirá todas las instrucciones útiles del presidente del Consejo, ministro de la Guerra, y le dirigirá con el sello de su gabinete civil propuestas, informes y reportajes […].
Cuando oyó la noticia, el profesor Sénart no se tenía de risa: «Lutaud escoltado por dos vicarios generales!» Y es que el antiguo gobernador de Argelia ) y prefecto del Ródano) tenía una reputación de anticlerical terco. Verdad es que el anticlericalismo no andaba muy de moda cuando el Consejo superior de guerra recibía de la misión militar en Rusia telegramas como éste, con fecha del 12 de marzo de 1918:
La Iglesia ortodoxa representa en este momento una fuerza moral real en cuanto liberada del poder civil y con la posibilidad de organizarse y vivir su propia vida […]. Constato que el papel de la Iglesia rusa en la vida política actual no es nada despreciable.
Y al reclamar el envío a Rusia de gente cualificada para entrar en contacto con los ortodoxos.
Pero si el anticlericalismo parecía cosa pasada, el antipapismo, eso, era algo obligado. Los portalianos no fueron llamados sino en cuanto se afirmaban, en el plano político y diplomático, completamente independientes del Vaticano y de los católicos uniatas en el feudo de Szeptickij. Un informe del Quai d’Orsay del 20 de junio de 1918 recapitula así todas las quejas de Francia contra Benedicto XV y el unionismo romano:
No sólo se propone la propaganda católica germanófila en Italia y Francia una obra derrotista, sino que Alemania con ayuda del Vaticano persigue el plan de someter al clero ruso, para mejor utilizarlo en su servicio. El Vaticano intente la unión de la Iglesia ortodoxa y de la Iglesia católica romana. Se advierte actualmente en Rusia una viva actividad de los sacerdotes católicos que se esfuerzan en persuadir a la aristocracia rusa para que cambien de religión.
El informe culpa al diario uniata Parole de Vérité y a las maniobras del brazo derecho de Szeptickij en Rusia, «el exarca de la Iglesia rusa católica, arcipreste Léonid Fedoroff», presentado como agente de Roma y del Kaiser. Nadie habría pensado en buscar la colaboración de Portal si la diferencia entre el unionismo romano y el unionismo portaliano no hubiera sido evidente.
La firma del tratado de paz entre Alemania y la Rusia soviética no interrumpió los preparativos. El 5 de marzo, los Aliados renovaron su ofrecimiento de ayuda técnica y financiera, con la esperanza de que el Congreso pan-ruso de los soviets se negara a ratificar el tratado de Brest-Litovsk. En el seno de la misión militar francesa en Rusia, Pierre Pascal no era un excéntrico al desear una negociación con los bolcheviques. En un informe del 6 de marzo, por ejemplo, el comandante Aublet, miembro de la misión, expresa la inquietud dominante entre los militares por mantener a toda costa un frente oriental, o al menos una situación lo bastante insegura para que el mando alemán se vea obligado a dejar al Este unas sesenta divisiones: «Si queremos luchar contra el Boche, hay que apoyar al bolchevique […]. Si nos proponemos sacar algo de Rusia, nos hemos de servir del bolchevique, y debemos hablar con él». Si Clemenceau pensaba en formar un cuerpo expedicionario interaliado a Siberia, no excluía que esta expedición fuera organizada con el consentimiento del poder soviético. Hasta mayo, Lenín pareció inclinado a admitir una colaboración de hecho con la Entente y se declaró pronto, en todo caso, a discutir sobre las modalidades de la intervención siberiana.
La orden de misión que había recibido de Clemenceau no subordinaba a Portal al prefecto Lutaud. Portal mismo era jefe de una misión de apoyo y de consejo; no necesitaba esperar a que la «caravana Lutaud», según se decía, llegara a Rusia para comenzar a trabajar. Empleó el mes de marzo en proporcionar informaciones al director de la propaganda francesa en Berna, el Sr. Haguenin, en mandar redactar a sus colaboradores notas para Clemenceau y artículos para los periódicos franceses y rusos, en completar por fin el personal de la misión Lutaud. Sin embargo los diplomáticos de carrera manifestaban cada vez con mayor claridad su hostilidad. Mientras trabajaban los portalianos, la misión Lutaud se organizó sobre un fondo de rivalidad entre el Quai d’Orsay y la calle Saint-Dominique. La actitud de Noulens, embajador de Francia en Rusia, el mismo que había expulsado casi a Gratieux, era prueba de un doble rechazo profesional y político. Noulens comenzó a preocuparse por la influencia creciente de los militares y otros «aficionados» en las relaciones franco-rusas; en un telegrama del 22 de diciembre de 1917, «gestión entre sus manos dirección acción sobre todo referente Rusia». Luego su preocupación adquirió, a principios de 1918, un sesgo del todo político: le entró miedo de que los proyectos de misión o de negociación con los bolcheviques llevasen consigo un reconocimiento de facto del gobierno soviético. Esta perspectiva le pareció mucho más grave que el traspaso eventual de quinientos mil alemanes del frente oriental al frente occidental. Desde el 1º de marzo, reclamaba una intervención militar contra los soviets y no cesó, desde entonces, de afirmar que «no podemos, ni por la paz, ni por la guerra, esperar nada de los maximalistas (bolcheviques)».
Desde su punto de vista, sus temores estaban perfectamente fundados. El 24 de marzo, el lugarteniente-coronel Langlois pedía a Clemenceau que apartara a los diplomáticos, y primero a Noulens, de todo lo que tenía que ver con las relaciones franco-soviéticas; si él precisaba que la misión proyectada no debía «constituir una Embajada, sino un órgano de trabajo encargado de misión y de estudios especiales», no preveía menos que estos estudios «proporcionarán a la Embajada, cuando llegue el momento de crearla, todos los elementos de una acción rápida y fructuosa». Estaba claro que para los militares el mantenimiento de varias decenas de divisiones austro-alemanas en el Este bien merecía que se reconociera, a plazo fijo, al nuevo régimen.
La correspondencia de Portal y los apuntes que tomó al salir de sus entrevistas con François-Marsal evocan el vacío que se produce, de marzo a mayo de 1918, entre el ministerio de Asuntos exteriores por un lado, y por otro el ministerio de la Guerra y el gabinete militar del presidente del Consejo. El 9de mayo, Portal anota que la hostilidad del Quai d’Orsay contra la misión Lutaud se expresa en adelante en la prensa. El mismo día, en efecto, un artículo del Journal des débats fustiga «a esta inmensa caravana reclutada entre los borradores y los incompetentes mandados por un alto funcionario a quien se han prometido compensaciones. Esta combinación es loca». La suerte de la «caravana» se jugó el 20 de junio, cuando el gobierno francés anunció que la Legión checa, formada de antiguos prisioneros liberados de los campos rusos y que acababan de entrar en lucha contra los bolcheviques, debía ser el «foco» en torno al cual se agruparían los «elementos siberianos y cosacos partidarios del restablecimiento del orden». El 23, François-Marsal notificó a Portal que la misión Lutaud quedaba disuelta.
Noulens triunfó y se atribuyó todo el mérito de este cambio de rumbo. Un informe sumario del 1º de octubre de 1918 y destinado al ministerio de Asuntos exteriores precisa que fue debido «a su petición insistente» el que «el gobierno ha detenido la misión Lutaud». Argumento esencial: «Ni esfuerzos financieros ni ayuda moral podrán determinar un resurgir de Rusia […]. Solamente del exterior pueden llegar la salvación y la reunificación de Rusia». Cuando el 5 de agosto los Aliados desembarcaron en Arkhangelsk, rechazaron a las autoridades soviéticas de la región. Por primera vez una intervención occidental no tenía solamente por finalidad plantar a las fuerzas alemanas todavía cantonadas en el Este, sino también destruir el régimen bolchevique.
Entonces llegaron las tribulaciones de los portalianos. Pierre Pascal pasó al campo soviético y participó en la creación de la sección francesa del partido S.D. bolchevique ruso. En cuanto a Portal, que disponía de su propia orden de misión, ni fue detenido por la disolución de la caravana Lutaud. Quénet y Gratieux partieron a pesar de todo; pero para un destino muy distinto y dentro un contexto diferente de los que se habían planeado en el punto de partida. Y Portal los vio partir «sin entusiasmo. El momento había pasado, se percataba de ello415». En diciembre de 1918, al término de un viaje de dos meses, Quénet y Gratieux se incorporaron en Vladivostok a la misión del general Janin. Quénet se vio presidente de la Comisión internacional de inspección de los ferrocarriles del Oussouri, después agregado al estado mayor del ejército polaco en Novo-Nikolayevsk, luego adjunto del coronel Le Magnen, encargado de la organización de los «cuerpos alógenos» serbios, rumanos y letones. En una carta a Portal, no pierde la esperanza de entrar en un gobierno provisional en algún lugar del Turquestán… En cuanto a Gratieux, se incorporó en Omsk al estado mayor del general Janin y del alto comisario Régnault. Allí, recibió misión de ir a inspeccionar a los Franceses que se batían(?) en Tcheliabinsk, Perm y Ekaterinenburgo. Fue el primer francés, se dice, en penetrar en la casa Ipatiev. Así resumió su experiencia siberiana:
Las tergiversaciones y las moratorias, las medidas parciales no podían conducir a nada. Los Checos se cansaron; los Rusos no pudieron organizarse; el frente se desmoronó y los bolchevistas, los únicos en mostrar decisión, se fortificaron contra los vanos esfuerzos y estériles tentativas dirigidas contra ellos416.
El 30de marzo de 1919, Quénet escribe a Portal, desde Novo-Nikolayevsk: «Veo por vuestra carta que os disgusta que me haya marchado. Espero poder anunciaros pronto mi regreso». Cuando su grado fue desmovilizado, los dos abates pidieron volver a Francia.
Portal oficial
Estos contratiempos no alejaron a Portal de los ministerios. A partir de entonces se le conocía como «ese abate que se ocupa de las cosas orientales». El 19 de junio de 1918, el director de Enseñanza superior le nombró miembro de un comité de estudios encargado «de examinar las posibilidades dela creación de una Universidad francesa en Teherán, y de preparar en general todas las medidas susceptibles de desarrollar la influencia intelectual de Francia en Persia». En 1919, por mediación de Robert de Caix, se convirtió en una especie de consultor ante el comité del Asia francesa y del alto comisariato francés en Siria para todas las cuestiones referentes a las escuelas. Se recordaba que era lazarista y que los lazaristas trabajaban desde hacia tiempo en estos parajes. En 1920, fue Louis Canet quien le pidió que se pusiera en comunicación con los Sres. Marx y Giraudoux, de la oficina de obras francesas en el extranjero: se trataba de seleccionar profesores para la Universidad católica de Lublin. Portal pido asó colocar a algunos de sus amigos, entre los cuales el abate Paul Bourguignon, uno de los «topos» de los años 1909-1914. Intervenciones de este tipo dieron a Portal una reputación de sacerdote bien introducido, a quien no se dudaba en dirigirse, por ejemplo, para conseguir una visa un tanto exótica.
Pero a partir de 1920, este Portal de gabinete, de comité y de comisión se disoció del todo del Portal unionista. Ya que de parte de la ortodoxia, el tiempo de las grandes maniobras había concluido. Le había llegado la hora al unionismo de base, a los coloquios discretos, a los equipos restringidos. Nada de política ni diplomacia. Después de un periodo eslavo, el portalismo de aparato entraba en una nueva fase anglicana, iniciada a partir de 1919 en el viaje triunfal del cardenal Mercier a los Estados Unidos. Este cambio de dirección no significa se haya arrepentido nunca de haber trabajado para Clemenceau. Que el presidente del Consejo hubiera recurrido a él indicaba que el gobierno volvía a descubrir la utilidad de los entramados católicos en los Asuntos exteriores. El episodio es significativo de la vuelta de los católicos, en cuanto tales, a las relaciones que mantiene Francia con el resto del mundo. Con otros muchos los portalianos preparan, a su modo, el restablecimiento de una embajada de Francia ante la Santa Sede.







