El Señor Portal y los suyos (1855-1926) (32)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Régis Ladous · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1985 · Source: Les Éditions du Cerf, Paris.
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Capítulo X: Kiev

Los caminos de Ucrania

De 1909 a 1914, Kiev acogió a Gratieux, Quénet, Vandenhaute, Pascal y Pierre Cras. Durante algunos años, la capital de Ucrania remplazó a Oxford como capital extranjera del portalismo. Había menos Franceses que en Moscú o Petersburgo, menos ruidos, rumores y cotilleos. Y además era el terreno que Gratieux conocía mejor; produjo un efecto de entrenamiento; fue él quien mandó venir a Quénet, y Quénet a su vez mandó venir a Vandenhaute, a Pascal y a Cras. Ucrania era también Vozdvijensk, un puerto donde los portalianos estaban seguros de ser bien recibidos y bien comprendidos. Además, estaba el padre Évrard, capellán de la colonia francesa de Kiev y, a partir de 1912, vicario de la Iglesia polaca de San Nicolás. Aparte de su ministerio, estableció una Sociedad de auxilios mutuos, una casa de familia para las institutrices francesas, una biblioteca, una obra de «comidas económicas», un abrigo para los sin trabajo, ciclos de conferencias, etc., toda una actividad que le puso en relación con el conjunto delas comunidades de Kiev, ucraniana, rusa, bielorrusa, polaca, israelita. Al parecer se vio en serias dificultades con sus Polacos, lo que era una especie de patente de portalismo. En todo caso no trataba de convertir a nadie y simpatizó con las ideas de la calle Grenelle.

El padre Évrard fue el único corresponsal católico de los portalianos en estos parajes. Su interés por Ucrania no debe nada a la influencia de una personalidad poderosa que se ve en toda clase de tareas unionistas: Mons André Szeptickij, arzobispo de Lemberg (Lvov), metrópolis uniata de Galicie. Oficialmente, era el cabeza de la comunidad rutena del Imperio austro-húngaro, o mejor, de los Ucranianos de religión católica y de rito oriental que vivían en el interior de las fronteras de la Doble Monarquía. De hecho su influencia se extendía al conjunto de las comunidades uniatas, incluidas las comunidades renacientes, desde 1905, pero siempre más o menos perseguidas, de la Ucrania rusa, de Bielorrusia, de Moscovia. En 1907, por un acto desconocido incluso de su secretario de Estado, Pío X había colocado a Szeptickij a la cabeza de un exarcado de rito ruso que cubría todo el Imperio de los zares.

Al otro día de la revolución de 1905, Portal no había apreciado bien las obras de Lemberg en territorio ruso: tentativas para ganarse para el uniatismo a los viejos creyentes (ortodoxos disidentes); esfuerzos para reconstruir las Iglesias uniatas incorporadas por la fuerza a la Iglesia ortodoxa durante el siglo XIX. Pero en julio de 1907, Mons Szeptickij recuperó toda la simpatía de Portal presidiendo el primer congreso de Velherad, en Moravia. El congreso, que reunió sobre todo a teólogos católicos eslavos de Austria-Hungría (de rito latino como de rito uniata), estudió los medios de «establecer relaciones de estudios entre Oriente y Occidente», propuso soluciones prácticas («establecer regularmente relaciones sabias entre las universidades académicas y las academias eclesiásticas ortodoxas de Petersburgo, Moscú, Kiev y Kazan») y formuló una base teórica para un acercamiento: el padre Urban, jesuita, afirmó no sólo que todos los bautizados eran Iglesia, sino que pidió que se dejara

de hablar de las conversaciones de los Griegos y de los Rusos; más vale que se tienda de cada parte a que la unidad esencial de la Iglesia universal, oculta a nuestros sentidos, llegue a ser visible por la unión exterior de dos comunidades eclesiásticas que la historia ha dividido, sin que por ello estén separadas con relación a Cristo.

Tales palabras, pronunciadas en presencia de Mons Szeptickij, bajo su presidencia y, se podía imaginar, con su aprobación, encantaron a Portal. Recibió en Cherche-Midi, con motivo de una sesión de trabajo del domingo por la mañana, al padre Charon, sacerdote francés de rito melquita, antiguo profesor en el colegio patriarcal de Beirut, que tenía la reputación de conocer bien el mundo uniata y el pensamiento de Szeptickij. En 1909, debía pasar por otra parte bajo su jusrisdicción, adoptar el rito ruteno y el nombre de Cirilo Korolevskij380. No se sabe lo que dijo el padre Charon, pero a partir de febrero de 1908, Portal mandó enviar la Revue catholique des Églises al metropolitano de Galicie. Pero un año más tarde, Gratieux escribió a Portal para decirle que había leído lo que acababa de publicar el padre Charon, que había un malentendido, que el Franco-Ruteno no era del todo unionista –al menos en el sentido portaliano del término -, que sólo pensaba en llevar a los ortodoxos al redil romano mediante conversiones individuales o pequeños grupos.

Se trata pues de la guerra a Rusia, a la Iglesia rusa como tal. Con ello una perfecta ignorancia de la cuestión rusa, y una no menos perfecta suficiencia en la convicción de que él la conoce como nadie.

En agosto de 1909, Gratieux pronunció en Velherad una conferencia sobre la teología de Khomiakof ante «cerca de doscientos eclesiásticos, casi todos Eslavos austriacos». Se aprovechó del congreso para conocer a Szeptickij, con quien se encontró por segunda vez, en octubre, en Lemberg, después de efectuar un tercer viaje a Rusia. Su informe fue determinante: en Velherad, había visto a demasiados ortodoxos convertidos al catolicismo, a demasiados jesuitas también, y que no compartían las ideas del padre Urban. Sobre todo, las intrigas de Mons Szeptickij levantaban mucha suspicacia, mucha desconfianza, por no decir más, en la gran mayoría de los ortodoxos rusos. Enredarse con Szeptickij era apartarse del mundo ortodoxo. Había que elegir; y se eligió: para los portalianos, la ruta de Kiev no pasó más ni pot Velherad ni por Lemberg. Hubo que esperar a la revolución de 1917 y al cierre de Rusia para volver a enlazar con Velherad; se necesitó la influencia del cardenal Mercier y de dom Lambert Beauduin para volver a encontrar Portal por fin a Szeptickij, pero en 1925.

Fue igualmente para no romper con los ortodoxos por lo que Portal se mantuvo al margen de un recién llegado al campo unionista, el jesuita Michel d’Herbigny, ordenado sacerdote en 1910, profesor en el escolasticado de Enghien, en Bélgica, autor de Un Newman russe, Vladimir Soloviev, que apareció en 1911 y que el lazarista consideró como un largo contrasentido. Cuando d’Herbigny fundó en 1912, al margen de la misión de Enghien, un «seminario ruso» destinado a formar sacerdotes católicos de rito oriental, Portal se fue a ver al corresponsal de un diario ruso en París para explicarle que su grupo no tenía nada que ver en este asunto:

Quisiera llegar a separar en Rusia la acción de mis amigos de la de los jesuitas. Sea por este corresponsal, sea por otros amigos rusos, o tal vez también por Birkbeck. Procuraré lograrlo.

La misión del abate Quénet

De los cinco portalianos que estuvieron en Kiev de 1909 a 1914, el abate Quénet es quien dejó testimonios más abundantes. En las cartas que dirigió a Portal durante dos años, nos es dado descubrir un ejemplo de unionismo practicado, vivido a diario, en medio de los estudiantes y de los profesores de una gran universidad llena de complicaciones administrativas y veleidades represivas de un régimen cada vez menos seguro de sí. Como en tiempos de Morel, Quénet debió solicitar, antes de partir, una autorización especial del Santo Sínodo. El viaje duró tres días, al término de los cuales el abate descubrió con asombro o perplejidad de los Cosacos, el Dniepr, las iglesias de bulbo, el kvas (delicioso) y el caviar (horrible). Acompañado de Gratieux y de Évrard, Kiev le agrada de entrada, se siente poco desorientado y supera con buen humor las dificultades técnicas. Las hay menores como los cocheros borrachos que no saben en absoluto adónde os llevan y os arrastran horas enteras por un «pavés indescriptible». Las hay más molestas, como el clima y los alojamientos de fortuna, esta habitación, pot ejemplo, adornada con encantadores cortinajes verde, rojo, amarillo pero cerrada de «paredes de tablas rellenas (tanto que, debido al frío, me encuentro sentado en mi oficina con el abrigo)», y cubierta de un elegante techo de flores pero «muy rajado y que, a la menor entrada de sol, llora sobre mis libros».

El obstáculo lingüístico es temible. Reclutado a principios de 1909, Quénet desembarca en Kiev en mayo. Durante cuatro meses, emplea de dos a cuatro horas diarias de conversación con un estudiante necesitado de dinero, lee los periódicos, multiplica las visitas. Para noviembre sabe lo suficiente para inscribirse en la universidad, aunque su vocabulario sea inseguro. Estos problemas técnicos no constituyen más que el aperitivo. Kiev es un espantoso nudo de víboras donde se entremezclan todos los antagonismos políticos, religiosos, étnicos de la Santa Rusia. «Tengo la impresión de caminar todo el día en un goteral. Nada para detenerse ni a derecha ni a izquierda y un inevitable aplastamiento siempre posible384». Quénet tiene veinticinco años y aparenta dieciocho, es Rouletabille con el zar; su edad desarma un poco a los desconfiados. A pesar de todo, le cuesta mucho inspirar confianza en sus interlocutores, que ven por todas partes espías y provocadores.

Desde la revolución todas las bocas tienen candados. Hacéis una preguntita, el otro os mira, toma un sorbo de té y sonríe como quien dice: «Ah! ¿Queréis saber mi opinión? Pues bueno, para usted, mi opinión será que no tengo opinión». Yo también, ahora, tomo té, fimo y digo: «Tak, tak, tak, tak».

El medio estudiantil fue el primero en romper el hielo y en acoger al sacerdote francés. Todavía faltaba inscribirse en la universidad. Quénet logró forzar la puerta al cabo de «cuatro días de operaciones con papeles». Su tesón en franquear las trampas administrativas confundió al decano, al pro-rector y al tesorero. Aceptaron sus derechos de inscripción y se los devolvieron, le entregaron una tarjeta de oyente y se la volvieron a quitar… Quénet tuvo que apelar al aval de Paul Boyer, quien envió por expreso un certificado testificando que el Señor abate Quénet era un sacerdote secular francés (y no un jesuita), con permiso regular, inscrito en la Escuela de lenguas orientales vivas y enviado a Kiev por dicha Escuela para perfeccionar sus conocimientos de ruso. En medio de estos líos, el abate fue «invitado» por el príncipe Jevachovitch, miembro del consejo secreto del gobernador general de Kiev. Vio a un alto funcionario solícito y reservado que le interrogó con la mayor educación del mundo sobre su pertenencia a cierta sociedad para la reunión de las Iglesias. «Cree que yo quiero separar la Iglesia del Estado luego convertir la Iglesia ortodoxa al catolicismo, establecer el dominio universal y absoluto del papa386». Quénet-Rouletabille tuvo que encontrar los acentos convenientes para desengañar al príncipe: obtuvo su carnet de oyente y se inscribió en el curso de literatura moderna.

Comenzaron así dos años tan deportivos como curiosos. «Los estudiantes están continuamente revueltos y nunca se está seguro, al acudir por la mañana a la clase, si no se cenará por la noche en la comisaría387». Todo sirve de pretexto para manifestarse o enfrentarse entre reaccionarios, liberales y revolucionarios de toda clase, o bien entre estudiantes y la administración. El escenario es casi siempre el mismo: disputa en la sala de reuniones, disputa en los pasillos, peleas, primeros heridos, irrupción de la policía , interrogatorio, arrestos, reuniones prohibidas, control a la puerta de la universidad, cordones de agentes armados, mítines de protesta, discursos, adopción de mociones, envío de telegramas, llegada del ejército, despliegue de soldados con bayoneta calada, cantos revolucionarios entonados de rodillas, intimaciones, negociaciones, expulsión general, cierre de la universidad con esta consecuencia muy lógica que la agitación llega a la calle. La muerte del presidente de la Duma, la muerte (en la cárcel) del asesino de Plehve, la muerte de Tolstoi sobre todo, provocaron repetidos amotinamientos. Tolstoi era el símbolo del cristianismo sin dogma, sin rito, sin Iglesia y sin milagro, del cristianismo de protesta y de caridad que él predicó. Aunque nadie sintiera ya directamente su acción, en él se apoyaban inconscientemente miles y miles […]. era para muchos una ayuda invisible, una gracia latente, la posibilidad de un recurso. Muchos que no leían ya a Tolstoi, escribían todavía a Tolstoi.

Quénet fue muy bien recibido en este mundo en ebullición; por los profesores, ya en casa(té, pasteles y cigarrillos) como en la universidad (uno se sienta a su lado durante las sesiones de trabajos dirigidos, otro le pregunta en pleno anfiteatro lo que piensa de su curso, el rector le ofrece una cena y lleva una tostada «al primer francés llegado de una universidad francesa para estudiar en una universidad rusa»); por los estudiantes, sobre todo, más abiertos y locuaces que sus maestros. Su primera reacción fue el estupor: «¿Cómo un Francés puede venir a un país koultourni para estudiar en un país ounkoultourni?» Las discusiones empiezan siempre en torno al tema: «¿Cómo encontráis nuestros cursos? No difíciles, eh! Después de París… –O bien: no se conoce a nuestros profesores en París, ¿verdad389?» Pasada la sorpresa, los estudiantes como los profesores se sienten halagados porque un «Parisino» haya venido a verlos, Quénet está de moda, se lo rifan. «Los Rusos quieren matarme, está claro: hace ya seis semanas que no me han dejado cenar en casa. A veces llego a casa a las 2 de la mañana».

¿En que trabajan la mayor parte? En literatura sus maestros son Zola y Maupassant; en filosofía, Renan y los Alemanes, Hegel y su primogenitura; en política, la mayoría son socialistas, naturalmente, pero su socialismo es un comunismo y un igualitarismo de sueño […]. Muchos conservan en el fondo del alma el sueño de la gran ciudad de justicia.

Una cosa es cierta: la Iglesia no los retiene.

Hablo de los jóvenes que se cuestionan y se forman ideas. Es fuera de ella donde encuentran sus principios y a sus maestros.

No hay ni rastro aquí de un renacimiento religioso. «En cambio, la ola del éxodo no hace más que crecer». Este movimiento alcanza además a los campesinos, que insultan a los sacerdotes y profanan las iglesias. En cuanto al mundo obrero, «milita en gran parte en el materialismo y en el anticlericalismo universitario».

Pero entre un gran número de estudiantes, se trata más de un rechazo de la Iglesia que del cristianismo.

Hay gente que no comulgan ya, que no van más a la iglesia y que continúan o hasta se ponen a leer a diario el Evangelio. Es de verdad admirable oír a los estudiantes y a las estudiantes hablar de la religión, de la vida de Cristo. La conversación se desliza con toda naturalidad a estos temas. Se entra en ellos, se sale, se vuelve a entrar con una facilidad que indica que sin verdaderamente temas ordinarios y familiares –26 de enero de 1910.

Es este cristianismo latente, que no excluía el anticlericalismo más vivo, el que mantuvo a Quénet en la convicción que:

Hay en Rusia reservas religiosas tan ricas que su utilización sería una verdadera maravilla. Todo cuanto el Evangelio tiene de impracticable es posible aquí […]. No se invoca aquí nunca en vano el testimonio del Evangelio –30 de julio y 1º de nov. de 1909.

Por desgracia, la Iglesia ortodoxa oficial parece incapaz de responder a estas aspiraciones.

En estas condiciones, dónde anclar una acción unionista? No hay mucho que esperar de los importantes, de los oficiales y de la mayoría de los cuadros, ya se trate del entorno del metropolitano de Kiev, de los superiores de monasterios y de los responsables de la Academia eclesiástica. Toda esta gente son corteses, demasiado corteses. Cuando Quénet llega a penetrar este muro de cortesía, se da cuenta que todo está bloqueado por la cuestión polaca. Es el gran inconveniente de Ucrania: más que en Moscú o en Petersburgo, la confusión del catolicismo y del «polonismo» es total. El príncipe Jevachovitch teme a los polacos, el metropolitano de Kiev teme a los Polacos, los responsables de la Academia eclesiástica teme a los Polacos y miran a Quénet con cierta ironía y compasión cuando trata de demostrarles que los Polacos no resumen el catolicismo. En la cúspide, la cuestión nacional prohíbe todo intercambio interconfesional.

Hay otra razón para evitar lo que Quénet llama la «armadura oficial»: ella representa un sistema que se va a morir.

En su estado presente, la Iglesia greco-rusa […] aparece como una parte del mecanismo administrativo, como uno de los elementos constituyentes de un estado de cosas del que sufre todo el mundo. Sus amigos y sus enemigos la consideran como una especie de gendarmería eclesiástica y en este periodo de historia interior rusa en que estamos –y del que no os voy a hablar más- en uno y otro campo, no existe idea más acreditada. . Así la Iglesia como el régimen envejece cada año diez años –10 de junio de 1909.

¿Qué hacer en estas condiciones? Tres caminos son posibles. Primero un unionismo de base perfectamente informal, que consiste en compartir el Evangelio con los estudiantes, sea los que fueren sus lazos con la ortodoxia oficial. Quénet comenzó en marzo de 1910 con un estudiante a quien no nombra más que como el «poeta decadente»: «Hablamos primero de la manera de meditar. No sabe en absoluto qué es eso. Hicimos juntos un ejercicio de meditación sobre un Evangelio griego! –6 de marzo de 1910». A partir de entonces, Quénet reúne todos los domingos a algunos camaradas; unidos leen y meditan la vida de Cristo.

Segundo camino: tomar contacto con los viejos-creyentes. Quénet designa asó a todas las comunidades ortodoxas que, desde el siglo XVII hasta nuestros días, rompieron con la «armadura oficial».

Para mucha gente el verdadero hogar de la vida religiosa en Rusia es el mundo de los viejos-creyentes. Sabéis que a los ojos de Roma forman una Iglesia con tantos títulos como la Iglesia greco-rusa. Son igualmente reconocidos como Iglesia por las disposiciones legislativas recientemente votadas en su favor por la Duma […]. Su situación me parece actualmente mejor que la de la Iglesia greco-rusa. Hay algo que hacer en este aspecto y no debemos darnos menos a conocer de ellos que de los pravoeslavos –10 de junio de 1909.

Tercer camino: tomar contacto con los miembros de la ortodoxia oficial que, al igual que las gentes de Vozdvijensk, intentan reanimar su Iglesia. Y en esto, Quénet responde a una consigna que Portal de dio antes de partir: mientras que Gratieux mantiene el contacto con los eslavófilos herederos de Khomiakov, él debe explorar el círculo de los amigos de Soloviev así como los ambientes «occidentales» que se inspiran en el pensamiento de Tchaadaev. Portal no quiere elegir, quiere entrar en contacto con todo lo que hay de vivo en los diferentes campos. Gratieux de escribe en 1909: «La palabra reunión no puede ser Soloviev, sino Khomiakov», y afirma con ocasión de una reunión del grupo, en la calle Grenelle, en 1911: «Del punto de vista eslavófilo viene el porvenir393». Pero Portal ignora dónde está el porvenir; cuenta tanto con el intelectual que lee a Duchesne en una traducción rusa como con el hermano de Vozdvijensk que improvisa una liturgia bajo las encinas. Quénet establece contacto con las Sociedades de filosofía religiosa de Kiev, Moscú, y Petersburgo, que traducían y difundían a Soloviev, Duchesne, Le Roy, etc., en relación con la casa de edición La Voie. De regreso a París, entregó en la calle Grenelle un informe positivo: esta corriente no es «modernista», resume casi todo el «movimiento religioso y literario actual» –en el seno de la Iglesia ortodoxa oficial bien entendido. Movimiento «liberal», repuso Gratieux, bueno tal vea para Occidente, pero cuerpo extraño en Rusia –Ibid. En estos casos, Portal se guardaba bien de arbitrar; antes bien atizaba la controversia que venía a airear las atmósfera del pequeño grupo: quería formar un equipo de militantes internacionales, y no una secta.

Liberales de verdad estos Rusos que miraban hacia Occidente? Quénet se mezcló menos con los filósofos del movimiento que con los sociales, verdaderos leonianos que se esforzaban por dar a su Iglesia el gusto por las obras, movimientos de juventud, organizaciones obreras, etc.

Si veis al abate Naudet, podéis decirle que hemos hablado mucho de él en la Sociedad de estudios filosóficos y religiosos. Alguien extrajo de una obra suya dos o tres frases que han tenido una verdadera fortuna. En casa del capellán de los pequeños, la conversación recayó en Fonsegrive cuyo manual de filosofía se emplea en uno de los liceos de Kiev. Decídselo así también a Fonsegrive para que le sirva de consuelo el verse ignorado en nuestros seminarios menores.

Era sobre todo el cura de campaña de Fonsegrive, Yves Le Querdec, quien interesaba a los jóvenes sacerdotes sociales de Kiev como a sus maestros.

Entre éstos destaca la figura del profesor Ekzempliarski, de la Academia eclesiástica. Pierre Pascal, que le conoció en 1911, le califica de «modernista» por la manera cómo rompió ese año con la «armadura»: acusó públicamente a la enseñanza oficial, de la que no quería ya ser cómplice, de «desdibujar a la oposición entre los preceptos del Evangelio y la práctica actual de la sociedad cristiana» y «mostró en Tolstoi a un heredero de la doctrina de san Juan Crisóstomo sobre el valor vital de los mandamientos del cristianismo395». Y con eso fue expulsado de la Academia (equivalente de un seminario mayor francés), pero continuó difundiendo sus ideas por su revista, la influyente Pensée chrétienne.

Ekzempliarski se situaba de hecho en los antípodas del modernismo; su revolución fue la de un admirador de la segunda democracia cristiana, de un intransigente de progreso y de conquista que soñaba con un clero renovado capaz de salir de las sacristías y de restablecer la realeza social de Cristo.

Existe la mayor admiración por León XIII y la encíclica Rerum novarum. Sus preocupaciones no se han dirigido hacia la unión de las Iglesias, sino más bien exclusivamente hacia su propia Iglesia. «No poseemos más que formas, dice, pero ya sin vida». […] Lo que él desearía es que el clero joven, salido de las Academias y en el que tiene gran confianza, se viera libre de entregarse a una triple acción: social, intelectual y religiosa […]. Le he informado sobre nuestros propios grupos. El Sillon le ha interesado en particular.

Si Ekzempliarski no compartía las preocupaciones portalianas, no dejaba por ellos menos de ser una ficha excepcional para la red rusa. En primer lugar porque era «occidental» y social a la vez, lo que le convertía quizás en leoniano retrasado pero tenía al menos la ventaja de orientarlo hacia el catolicismo y hacia Francia.

Quénet se dio cuenta en efecto de que los «Occidentales» que ponían en primer término las preocupaciones científicas miraban más bien hacia el protestantismo y hacia Alemania; no ocultaban el escaso interés que daban a la exégesis y a la historia tal como las desarrollaban los católicos «progresistas» o modernistas franceses. El profesor de origen cristiano de la Academia, por ejemplo, también miembro del grupo «occidental», «ejecuta a nuestros autores en un abrir y cerrar de ojos. Los dos volúmenes de Duchesne del todo elementales […]. Y ya va la segunda vez que se me humilla comparando la ciencia alemana y la ciencia francesa –16 de diciembre de 1909». No pasa lo mismo, en cambio, con Ekzempliarski, quien se interesaba más en la misión en un medio popular que en la redacción del cuarto evangelio. Además no era de los que se pasaban el tiempo gimiendo contra los Polacos o denunciando las intrigas jesuíticas; pensaba ante todo en la reforma de la Iglesia ortodoxa. «No he encontrado todavía a nadie que sufriera tanto por los males de su Iglesia –1º de diciembre de 1909». Y ésa era, según Portal, una de las condiciones del diálogo unionista.

Las visitas de Quénet a Ekzempliarski fueron menudeando. «Es él quien más me impresiona. Con esos ojos que ven mal, el cuidado que tiene en hablar despacio y con claridad, su mirada que se fija de pronto, el movimiento de su fisonomía que se detiene de repente, evoca la idea de una gran bondad y de una gran melancolía –16 de dic. de 1909». poco a poco se pusieron a hablar de la unión de las Iglesias; Ekzempliarski citó de repente la frase del metropolitano Platon, antiguo arzobispo de Kiev: «Vosotros católicos romanos y nosotros católicos griegos no somos en realidad más que una sola Iglesia. La barrera que nos separa en la tierra no llega hasta el cielo». Acabó por revelar a Quénet un hecho que le había guardado oculto por educación: él, Ekzempliarski, había ido a Francia donde se había quedado cuatro meses, y durante ese tiempo no había podido encontrase con nadie; ningún laico, ningún sacerdote quiso interesarse por este Ruso, por sus preguntas, por su admiración sin límites hacia el movimiento leoniano. Todo porque balbuceaba el francés y, sobre todo, porque no pensaba en convertirse. Ese día, vio Quénet con mayor claridad que nunca la utilidad, la necesidad del grupo Portal; no sólo había que entrar en contacto; había que reparar injusticias; había que reparar también algo que pertenecía quizás al honor de la Iglesia católica.

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