II En la calle Ulm
Capítulo V: Del sillón al Grupo Tala
El Sillon de la calle Ulm
Cuando en 1933 el reverendo padre Bessières, S.J., publicó una obra titulada L’Apôtre de Normale supérieure, Pierre Poyet, se ganó la reprimenda del boletín Intertala:
No se trata aquí del protomártir de Uganda: la Escuela normal es un medio en el que no ha cesado de resonar el Evangelio, sus alumnos están por lo general incluso bautizados. Y si nos ponemos a hablar de santidad, hablemos de santidad, pero que no se escriba el Apóstol, allí donde no ha existido fundación cristiana, sobre todo allá donde numerosas almas se han dedicado y, así lo esperamos, no dejarán nunca de dedicarse a la salvación de sus hermanos266.
Para convencerse de esta permanencia católica, no hay más que citar las amistades o relaciones normalistas de Portal, desde Baudrillert (promoción de 1878) hasta Wilbois (1893) pasando por Goyau (1888) y Le Roy (1892). Si la Escuela no tenía ni capellán ni capilla, los creyentes ni fueron nunca molestados. En el momento de la separación de las Iglesias y del Estado, su biblioteca ofrecía un espectáculo que fue famoso: al lado de Lucien Herr, que examinaba los catálogos de todo el mundo –era un militante católico- un sillonista, Dominique Anziani, el cacique de la promoción del 1919, quien guardaba el fichero.
En cuanto a la administración, era de lo manos sectario que se pueda imaginar. De 1904 a 1919, Ernest Lavisse gobernó los lugares con tanta tolerancia que no se le veía nunca. Dejó libre a este hombre que fue Paul Dupuy, su secretario, o mejor el Secretario en Sí, como se le llamaba, organizar la única república anarquista que haya conocido un éxito duradero. Su esclavina verde, se decía, remplazaba a la bandera negra. También los alumnos disponían de sí mismos, seguían los cursos que les interesaban, trabajaban o salían a su voluntad, recibían a los amigos o a los conferenciantes que querían. Los católicos se beneficiaban igual que los demás de este liberalismo. Pero si su presencia y su libertad de acción no se discutieron nunca, se negaron durante largo tiempo a organizarse.
En un número del boletín de Intertala, Jacques Chevalier hizo remontar el origen del grupo a la promoción de 1900, cuando Legendre, Hazard, Masson y él mismo se reunieron para trabajar con el abate Boyreau, el Sr. Pouget y Portal. Cuando en 1906 se les unieron Lachièze-Rey, Coutan y Collomp y juntos participaron con regularidad en las reuniones del Cherche-Midi, entonces «el grupo tala comenzó a existir como grupo267». Es cierto que , de 1906 a 1908, las sesiones de trabajo del domingo por la mañana crearon en los católicos de la Escuela una tradición portaliana. Pero todo se interrumpió en 1908, con la destitución del lazarista, su destierro de seis meses fuera de París, la desaparición de la Revue catholique des Églises. Varios normalistas se mantuvieron contacto, pero a título individual. Hasta 1912 no decidieron los talas encontrarse en el 14 de la calle Grenelle para profundizar en sus conocimientos teológicos y reflexionar sobre su fe. De 1908 a 1912, se necesitó un descanso: Fue el Sillon el que lo proporcionó.
El año mismo en que se volvieron a unir a Portal, Pierre Lachièze-Rey y Édouard Coutan fundaron con Dominique Anziani una sección del Sillon que agrupó hasta 1910 a una media docena de militantes activos. Compensando su escaso número con su ardor, desempeñaron un importante papel no sólo en el Barrio latino sino en la totalidad de un movimiento que, bajo el impuso de Marc Sangnier, iba tomando el aspecto de un partido político. Fue sin embargo entre los normalistas que formaron la sección de la Calle Ulm o manifestaron simpatías sillonistas donde se reclutaron los fundadores del grupo de 1912, que fue cualquier cosa menos una asociación política. Entre estos tala que pasaron de Sangnier a Portal, destacan tres nombres, los de Philippe Borrell, de Pierre Poyet y de Gabriel Béra.
Philippe Borrell (promoción de 1909) fue el filósofo del grupo, también su hijo terrible, lleno de ataques de humor y furor, imprevisible y seductor. Este católico no juraba más que por Kant y Spinoza, proclamaba diestro y siniestro la excelencia de los Propos de Alain pero también la santidad de Pierre Poyet, amigo suyo y maestro. Nacido en 1887 cerca de Limoges, Poyet había perdido la fe durante su adolescencia. El abate Desgranges, animador del Sillon lemosín, le trajo al catolicismo. Preparó la Escuela en Santa Genoveva, fue admitido en 1906, y, como todos sus camaradas, comenzó por hacer un año de servicio militar como de segunda clase. Las semanas que precedieron a su entrada en la calle Ulm, en 1907, se señalan con la ruptura del Sillon limosina con el de París. Poyet siguió al abate Desgranges y a los demócratas del centro; fue pues como disidente como entró en contacto con Coutan, Lachièze-Rey, Anziani. Esta circunstancia le llevó a defender un punto de vista nuevo desde el origen del grupo de 1912: los católicos de la Escuela deben dejar a un lado sus querellas políticas para encontrarse en un terreno estrictamente religioso. Si fracasó en resolver las divergencias políticas mayores, logró agrupar a sus amigos sengneristas y disidentes en una especie de monasterio laico: reuniones de estudios religiosos, examen de conciencia practicado en común, comunión frecuente y oración diaria en la capilla de las hermanas de la Adoración Reparadora (sí, en la que André Frossard encontró a Dios), visitas a los pobres, conferencias de la tarde en las escuelas primarias. Pero había de ser Poyet quien formara el equipo restringido del que salió, en 1912, el grupo tala. Dejó la escuela en 1910 y se marchó a su segundo año de servicio militar, después, en el colegio de Sarlat, donde enseñó matemáticas, se preparó para el noviciado de la Compañía de Jesús. Pero siguió estando presente por medio de su «hermano Philippe». Borrell entró en efecto en la fundación Thiers, lo que le permitió continuar en contacto estrecho con la calle Ulm y responder de una tarea importante hasta 1914 en la vida del grupo.
Gabriel Béra era el hombre de Portal, y su antiguo alumno. En un principio había pensado en hacerse sacerdote y había preparado una licenciatura en letras en el seminario San Vicente de Paúl. Cambió de orientación después del servicio militar; al empezar el curso de 1908, se inscribió en primero superior y entró en la Escuela después tan sólo de un año de preparación. No vivió allá nunca; sólo venía a trabajar y a ver a sus amigos que le devolvían a menudo sus visitas en su pequeño apartamento del 34, calle Lacépède. Se casó en 1910. Muy pronto padre de familia, adoptó el aspecto de mayor, de moderador, de prudente, de árbitro entre sus camaradas menos metidos en la vida. No dejó nunca la amistad con Portal, que tomó a uno de sus hermanos de pensión en el 14 de la calle Grenelle. Habiendo reconstruido el lazarista desde 1909 un grupo de estudios religiosos, Béra iba con regularidad, acompañado a veces de uno de sus camaradas de Escuela. Portal disponía de otro medio para mantener el contacto: los archicubos, los antiguos alumnos normalistas como Le Toa, Chevalier, Lachièze-Rey que estuvieron muy cerca de sus jóvenes camaradas y les hablaron delo que habían hecho en el cuadro del seminario San Vicente de Paúl, de la Sociedad de estudios religiosos, de la Revista.
No era fácil de ser estudiante sillonista. Maldito de la Acción francesa que los asimilaba a los francmasones, los discípulos de Marc Sangnier fueron expulsados en 1909 de la Federación de estudiantes republicanos, la organización de izquierda que disputaba el Barrio latino a los vendedores callejeros del rey. Sólo les faltaba ya ser condenados por la Iglesia, lo que sucedió el 25 de agosto de 1910. No se trató, en cuanto a lo esencial, de un conflicto entre el liberalismo y la intransigencia. Mucho sillonistas habrían podido adoptar sin duda la divisa de Pío X, omnia instaurare in Christo, restablecerlo todo en Cristo. Pero el papa no quiso aceptar lo que se podría llamar la intransigencia anticlerical del Sillon, su autonomía con relación a la jerarquía; tampoco quiso aceptar su apertura a los protestantes y a los agnósticos. Guardián de un catolicismo íntegro, el Soberano Pontífice consideraba que la acción social era también una acción religiosa en la que los fieles no podían, a no ser por imperativos graves, comprometerse con heterodoxos. Distinguió también en el Sillon lo que ya existía sin duda en un comienzo, una tendencia al modernismo; modernismo social, primeramente, es decir esfuerzo por dirigir la sociedad sin tener en cuenta la doctrina de la iglesia, y acomodándose prácticamente a la exclusión social de Dios; modernismo científico también: el ejemplo de la calle Ulm muestra que la sospeche era fundada; la escuela normal fue uno de estos lugares –pero bastante raros, sin duda- en los que los sillonistas se sintieron tentados a la vez por el socialismo y por Édouard Le Roy.
Pío X no quería destruir el Sillon, sino llevarlo a su fuente intransigente, purificarle de sus infiltraciones modernistas, restaurarlo en un confesionalismo estricto, devolverlo a la obediencia debida a las autoridades legítimas. Prescribió pues a los sillonistas que se colocaran por diócesis bajo la dirección de los obispos y dieran a sus secciones el calificativo de católica. La mayor parte de los militantes se negaron a la vez a someterse y a rebelarse. Fue el caso de los sillonistas de la calle Ulm. Continuaron siendo hijos sumisos de la Iglesia. Pero antes que prestar adhesión a un Sillon católico en el que no vieron otra cosa que un instrumento de preservación clerical, prefirieron abandonar su compromiso social y replegarse por completo a la fórmula del grupo de estudios religiosos. En el cuadro de la Escuela, no se ocuparon pues más que de mantener el pequeño monasterio laico formado por Pierre Poyet, pero fomentando su aspecto intelectual.
Siguiendo el consejo de su archicubo Édouard Le Roy, a quien conocía bien, Philippe Borrell propuso a sus camaradas adoptar como dirección general la teología, y confrontar las soluciones metafísicas que propone con las exigencias de una filosofía más moderna que la escolástica, trasladar si fuera posible las tesis fundamentales a un lenguaje mejor adaptado al estado de espíritu contemporáneo.
Obtuvo la adhesión de siete camaradas, entre ellos de Gabriel Béra y de dos nuevos que se unieron a Portal convirtiéndose en amigos muy queridos: Pierre Pascal y Gustave Veerkamp. Los ocho intrépidos se reunieron cada semana para trabajar según un método puesto al día por Borrell siguiendo los consejos de Le Roy: se trataba de comentar y discutir un capítulo del manual de teología de Tanquerey. Le Roy les había dicho que de todos los manuales, era el menos malo. Ellos pensaron más bien que constituía un piadoso ultraje a la inteligencia, y lo desgarraron sin piedad. Las relaciones que redactaron y los informes de sus discusiones muestran que el modernismo teológico gozaba de muy buena salud en la calle Ulm, tres años después de la encíclica Pascendi, y se llevaba bien con la influencia sillonista. Pero cuando se tuvo que hacer el balance de la experiencia, en junio de 1911, todos estuvieron de acuerdo en calificarla de decepcionante. Durante un año, habían disputado y se habían peleado para nada. «Se habría dicho de abogados pleiteando sin expediente e inventando a su talante los hechos que les servían de argumentos268». Tuvieron la lucidez de reconocer que no estaban armados para debatir teología, y se pusieron a probar otra fórmula. Y entonces el maestro de obras fue Veerkamp.
Holandés de origen, físico de formación, era «un poco menos charlatán que los otros y más práctico269». Sabía callarse, escuchar, y presentar a su debido tiempo una moción de síntesis. Manejaba tanto mejor a sus camaradas cuento menos pretendía imponer su punto de vista. Y es que se interesaba son duda en la filosofía religiosa y en las cuestiones dogmáticas, pero sin hacer de ellas el centro de sus preocupaciones. Por gusto, era un político, fiel a los ideales del Sillon, y quizás un poco más lejos. En marzo de 1913 también, cuando los elementos reaccionarios de la Escuela (aquellos al menos que se tenían por reaccionarios) le acusaban de ser socialista y antipatriota, escribía a un camarada a quien respetaba:
[los] verdaderos socialistas […]. No sentiría ninguna repugnancia, si descubro que por una vez tienen razón, en asociarme a gente por otro lado separados de mí: pongo el triunfo de una idea por encima de las cuestiones personales.Y esta idea era el pacifismo:
¿Crees que el pueblo alemán desea una nueva derrota francesa, y que el pueblo francés desea una revancha que los Alsacianos mismos nos piden que no intentemos, ni esperemos siquiera? ¿No crees tú que todos los desdichados que crea una mala organización social, tanto en Alemania como en Francia, no son ante todo, como decía uno de ellos, de la patria de los que tienen hambre?
Si Veerkamp no era un espectador sin compromiso, fue de los que afirmaron, después de Poyet, que el grupo tala no debía ser una capilla, que había que reunir a todos los alumnos católicos de la Escuela en el terreno religioso, y, para ello, templar el ardor crítico de las reuniones, dejar paso a la formación antes de la demolición, pensar menos en reconciliar la religión con el pensamiento moderno que en adquirir las bases necesarias que permitirían a cada uno, una vez salidos de la calle Ulm, dar testimonio en su oficio a favor de la verdad cristiana.
El Círculo es estudios religiosos
A fin de poner al día con toda serenidad «una organización un poco más apropiada a las exigencias de un gran número de alumnos católicos y a las divergencias que pudieran existir entre ellos270», decidieron tener un retiro cerrado de tres días, el primer retiro normalista. Cuando se quiso escoger un local y a un director, Béra propuso a Portal y la casa de estudios del 14 de la calle Grenelle. Le Roy puso a Borrell en contacto con Portal; el muy impetuoso juzgó que Portal era tan discreto como se podía ser, y se colocó del lado de la propuesta de Béra; Veerkamp siguió el movimiento. El retiro unió a seis normalistas del 27 al 29 de octubre de 1911.
Por casualidad, o por desconfianza [escribe Veerkamp], no hubo en este retiro más que la fracción avanzada de los católicos que había en la Escuela.
Fracción avanzada, tanto en el plano político como teológico, ya que estos dos términos, por una vez, coincidían.
No es suficiente decir que Portal estuvo discreto. Abrió el retiro con una misa, después habló sobre lo que se puede leer en el informe delas sesiones y que explica cómo se convirtió en el animador del grupo católico de la calle Ulm: el abate Portal «se informa del programa del retiro y lo aprueba». No tomó parte en los debates; pero a petición de los seis tuvo a bien darles dos conferencias sobre la oración y la eucaristía, seguidas de una conversación. El sábado 28, antes de comer, distribuyó ejemplares de L’Abbé Gustave Morel:
La lectura es tenida por tan edificante [dice el informe] y por tan apropiada al objeto del retiro que se propone al abate Portal colocarla en lugar de las Confesiones de san Agustín. [Y en eso consistieron sus únicas intervenciones].
Los ejercitantes se dedicaron sobre todo a definir el objetivo del Círculo de estudios religiosos –este es el nombre que quisieron dar al grupo tala nueva fórmula. No se trataba ya de preparar la suma teológica del siglo XX, sino de «tomar conciencia de su propia vida religiosa para ser capaz de propagarla271». Declaración previa como definieron los estatutos a los estudios profanos como una preparación al apostolado. Sin renunciar inmediatamente a la revisión crítica del manual de Tanquerey, los seis decidieron que el Círculo invitaría a gente competente que no vendría a dar un curso sino a responder durante una hora o dos a las preguntas que se les quisiera plantear. La primera quincena de noviembre transcurrió en reunir a los antiguos que no habían venido a la calle Grenelle y a los alumnos que acababan de pasar las pruebas de recepción.
Entre los «reclutados» de 1911, varios se revelaron francamente hostiles a las ideas de Le Roy, y la reunió de la apertura fue «un tanto tormentosa». A Borrell que proponía continuar la crítica de Tanquerey, un nuevo, de Ardêche, Louis Bouzol, el alumno más joven de su promoción, objetó «que antes de criticar la teología clásica, sería conveniente conocerla». Hubo todavía tres sesiones sobre (o mejor contra) Tanquerey, pero cuando se trató de abordar el «problema histórico de la Iglesia), la controversia se hizo del todo insoportable. No era ya una especie de juego entre gentes de una misma tendencia, sino un conflicto entre los «críticos» y los que querían sencillamente aprenderse el manual. Para evitar que el Círculo, que no comprendía ya más que una fracción de la Escuela, estallara en dos clanes hostiles,
Renunciamos a los resúmenes de teología y a las discusiones, para organizar conferencias de especialistas que escuchábamos como alumnos deseosos de instruirse272.
Si el Círculo de 1911 quiso ser menos crítico que el grupo de 1910, menos charlatán, mejor dispuesto a recibir una enseñanza, no por ello se mostró neutro, permaneció ligado a una tendencia, y esta tendencia no fue ni social ni integrista. El Círculo de estudios religiosos se mantuvo tan alejado de la intransigencia conquistadora, al estilo de León XIII, como de la intransigencia defensiva, al estilo de Pío X. Al ver la lista de los conferenciantes invitados, aparece como una resurrección, en un marco normalista, de la Sociedad de estudios religiosos de 1905.
Llegaron a hablar a los normalistas Édouard Le Roy, Laberthonnière, Hemmer, Boudinhon, Portal y también Louis Canet, administrador de Tyrrell, íntimo de Loisy y de Laberthonnière, que preparaba entonces la agregaduría de gramática; el abate Jean Rousselot, director del laboratorio de fonética experimental del Colegio de Francia, que explicó cómo Loisy y Tyrrell habían sabido mostrar «la importancia del papel social y sicológico de la religión»; el abate Wherlé, corresponsal de Maurice Blondel y de von Hügel, el único con Le Roy que fue antiguo normalista. La defensa religiosa ni estuvo representada más que por el abate Bernard Gaudeau, director de la publicación anti-modernista La Foi catholique, pero que supo distinguir en Loisy al filósofo y al exégeta útil.
Los conferenciantes trataron del dogma, de la Historia de la Iglesia, de modernismo, del conocimiento religioso, de las ideas de Blondel –»Blondel era en efecto uno de nuestros autores favoritos273″. A propuesta del presidente Béra (pues Béra presidía el Círculo), Portal habló del anglicanismo. Dio su conferencia en el domicilio de Béra, pero varios testimonios atestiguan que otras conferencias tuvieron lugar por la tarde, después de cenar en un cuarto de alumno. A nadie de la administración o de entre los alumnos incrédulos le chocó ver sotanas entrar en la Escuela.
Los miembros del Círculo redactaron también un programa de lectura que dibuja su retrato intelectual. En él se ve los Essais de morale et de critique de Renan, Dogme et critique de Le Roy, Le Christianisme à la croisée des chemins de Tyrrell, L’Action de Blondel, L’ Évangile et l’Église así como Autour d’un petit livre de Loisy, Bergson (título sin precisar), Catholicisme et critique de Desjardins, La Catholicisme et la vie de l’Esprit de Fonsegrive, Prolégomènes, Critique de la raison pratique et Métaphysique des moeurs de Kant así como la Morale de Kant de Delbos.
Los de 1912
La fórmula funcionó hasta finales del año escolar . En la apertura de 1912 los antiguos estuvieron de acuerdo en conservarla. Un hacho inesperado les obligó sin embargo a retocarla. El Círculo de 1911 era «viejo», con tres alumnos de primer año y dos de segundo para ocho venerables que llegaban al término de sus estudios. Desde la marcha de Poyet, en dos años, tan sólo cinco nuevos. Pero catorce en 1912. El Círculo pasó de trece a veintiún miembros. Fue el final del pequeño cenáculo dominado por los fundadores y los antiguos. La mayoría recaía en adelante en las nuevas adquisiciones . Entre ellos, diez
«reclutados» que no sabían nada de Pierre Poyet y no tenían más que quince o dieciséis años cuando el Sillon cayó. No parece que esta abundancia de efectivos resulte de un crecimiento de la población cristiana de la Escuela. En el informe que redactó sobre este problema, Veerkamp habla de una renovación y no de un aumento de la tribu tala. No es el número de los alumnos nuevos católicos el que le parece sorprendente, sino el número de los que se interesan lo suficiente en el estudio de las cuestiones religiosas para adherirse al Círculo.
En el curso de una conversación que mantuvo con Portal a primero de noviembre de 1912, trató de explicar el fenómeno integrando la escuela normal en una evolución general.
Convine con él en que los temas sociales que desde la época del Sillon agitaban a la juventud y habían suplantado de alguna manera a los temas apologéticos habían dado lugar a su vez a preocupaciones intelectuales y que el movimiento católico en la Escuela tomaba, si bien bajo formas diversas, esta dirección. Añadí que había recibido últimamente la visita de politécnicos católicos que habían venido a preguntarme bajo qué forma se pensaba en la Escuela que se presentaba el movimiento católico, para confiarme a fin de cuentas que ellos mismos se encontraban preocupados más por los temas intelectuales que por los temas sociales.
Pero en qué medida se puede identificar la evolución de la Escuela normal con la de las grandes escuelas científicas y militares? En qué medida este relativo desapego por las cuestiones sociales y este primado de las preocupaciones intelectuales van acompañados entre los ulmienses de un sesgo derechista o de un resurgir tomista, para citar dos fenómenos que no van necesariamente unidos, pero a los que los estudios de la época prestan mucha atención? Veerkamp se planteó la cuestión, procedió según su propia investigación cuyos resultados entregó a principios de 1913 a un sacerdote de sus amigos, el abate Bardy. Llegó a distinguir cuatro categorías de tala. La menos importante se componía de los «católicos de extrema derecha», de los «clericales violentos», de los «elementos propiamente hablando reaccionarios», de los «afiliados a la Acción francesa». Todavía existían los católicos sociales, perdiendo influencia sin duda, pero que mantenían viva una tradición que prosperó de nuevo después de la guerra. Estaban por fin los individualistas que se preocupaban tan poco de las obras como de los estudios religiosos. Seguían fieles a lo que les había enseñado el catecismo de perseverancia. Estas tres categorías no frecuentaban el Círculo, que lograba sus adeptos sobre todo en el cuarto grupo, el de los discípulos «de Le Roy y de Laberthonnière»,
[los tala que] consideran un deber primordial «pensar su fe» para poder vivirla, y parten para ello de consideraciones apologéticas: su preocupación, en la observación de este precepto esencial de ser «testigos de Cristo», es sobre todo ponerse al alcance de los incrédulos a quienes quieren atraer a su fe hablándoles un lenguaje que puedan entender; es por supuesto el lenguaje de la filosofía del día: de ahí el objeto de sus indagaciones, expresar el dogma por el lenguaje filosófico sin perder de vista su significación tradicional.Fue pues este cuarta categoría la que proporcionó los miembros activos del Círculo de estudios religiosos, cuyo desarrollo significa en primer lugar que había cada vez más normalistas preocupados por «pensar su fe» para ser capaces de enseñársela a los incrédulos. Misioneros, sí, pero que se preocupaban menos de ir al pueblo que de ganarse ante todo al mundo en el que vivían, el de los profesores y de los intelectuales.
Por eso este repliegue de la acción hacia los estudios religiosos, como lo diagnosticó Veerkamp al final de 1912, no tuvo nada de antimoderno. La derecha nacionalista no ganó en ello más que el catolicismo integral, aunque los miembros del Círculo pudieron mantener relaciones cordiales con el otro grupo estructurado de la Escuela, los socialistas unificados.
Constituían en apariencia dos grupos irreductibles, pero en la realidad, profundas simpatías unían a menudo a tal socialista con tal católico, y se daba el caso que un socialista o un católico cayera simpático a todo el grupo opuesto274.
En sus indagaciones, Veerkamp precisa que si los miembros de la S.F.I.O. y los del Círculo de estudios no se peleaban era ante todo porque se movían en «terrenos esencialmente diferentes»: los miembros del Círculo no desviaban de su catolicismo ningún proyecto socio-político, fuera progresista o reaccionario, no defendían en nombre de su fe o de la doctrina dela Iglesia ningún sistema global de reforma o de reeducación social. En una palabra, no eran intransigentes. Bajo la influencia de Le Roy o de Laberthonnière su proyecto misionero se inspiraba en los principios «liberales» que se habían formulado ya en 1909 en el manifiesto de la Sociedad de estudios religiosos. Podían profesar ideas sillonistas o de Jaurès, como Veerkamp, pero a título individual, sin comprometer al Círculo ni a la doctrina cristiana ni, qué decir tiene, a la autoridad del magisterio católico. Y como «las dos agrupaciones» no se encontraban «en ningún terreno» sus relaciones fueron «más bien cordiales». Según Veerkamp, «uno de los mayores obstáculos para un acercamiento en principio deseable [fue] los modales que afectan los miembros del Partido»: eran desaliñados! Mientras que los miembros del Círculo iban «de burgueses».
Los de 1912 no respondían pues a la imagen clásica de una juventud de orden y deportes, nacionalista, animada de una fe sencilla y dócil, que busca en la Iglesia una seguridad intelectual que la Sorbona habría sido incapaz de darles. Eran republicanos, más bien anticlericales , cerca de la izquierda por su pacifismo y su reformismo, pero apartados de la acción social por la intransigencia de una Iglesia que no admitía que se ocuparan de reformar el mundo sin un control de la jerarquía. Como no se sentían por ello menos animados por un evidente menester de apostolado, lo trasladaban al medio universitario donde eran llamados a hacer carrera. No sorprende que una veintena de jóvenes católicos de este tipo se hayan encontrado en la calle Ulm. Antes incluso de entrar en la Escuela, habían tomado una decisión, la de enseñar en la Universidad del Estado, y esta decisión no predispone a los rigores del catolicismo total.
Pero ¿por qué 1912? ¿Por qué se manifestaron más numerosos ese año? No se puede invocar la acción de Portal; fue el aumento de efectivos lo que provocó su intervención, y no al revés. Supo sacar partido del movimiento, él no lo provocó. No se puede uno contentar con invocar, como lo hizo Louis Rouzic275, la influencia de Félix Ravaisson, de Jules Lachelier, de Henri Poincaré, de Émile Boutroux, de Bergson o incluso de Le Roy que eran sin duda leídos en las clases preparatorias pero, que se sepa, no esperaron a 1912 para ser oídos. Se podría decir otro tanto de los conversos célebres, con excepción de Péguy, del normalista Péguy cuya conversión no comenzó a conocerse hasta 1910. Más cercana tal vez la influencia de los de menos de treinta años; ellos contribuyeron a crear en la juventud estudiantil un clima que permitió a los católicos afirmarse como tales sin pasar por apagavelas. Así André Lafon, François Mauriac y sus amigos de los Cahiers de l’amitié de France. Recordemos que Mauriac, que publicó Les Mains jointes en 1909 y Adieu à l’adolescence en 1911, fue muy amigo de Philippe Borrell, a quien evoca en sus Mémoires intérieures: «Escolar robusto con un rostro construido como el del joven Claudel».
Pero si no se puede excluir la influencia de los maestros, parece que la situación política haya jugado un papel determinante Los tala de 1912 no conocieron las grandes traumatismos. Tenían once o doce años en el momento de la separación. Sobre todo, fueron tal vez los primeros normalistas que no vivieron las crisis y la disolución del Sillon. Al contrario de sus mayores inmediatos, no estaban marcados de cicatrices. Por parte de la República, se afirmaban y comprometían en un periodo de paz política, bajo un ministro Poincaré que no dejó el recuerdo de un laicismo muy feroz. Veerkamp no se hacía ilusiones. En un informe redactado para sus camaradas, escribe a propósito de los efectivos del Círculo: «Si volvieran los tiempos del combismo, las estadísticas habrían cambiado sin duda». Dicho de otra forma, Veerkamp pensaba que en un clima de persecución antirreligiosa, cantidad de tala habrían seguido «encerrados en su catolicismo», como él dice, y no habrían pensado en manifestar un ardor misionero que hubiera puesto en peligro su carrera. Y en efecto uno se puede preguntar en qué medida la evolución de un régimen que pasa en siete años de Combes a Poincaré no ha ejercido tanta influencia como el prestigio de Claudel o de Bergson sobre alumnos que eran funcionarios y se preparaban para un oficio de funcionario.
El Círculo en Portal
El aumento de los efectivos convenció a todo el mundo de que había que «establecer algo duradero» y, sin abandonar las conferencias de especialistas, completarlas mediante una «dirección continua»276. Pero cuando se trata de tomar una decisión, los debates se acaloraron. Como los anticlericales más duros descartaban la idea de someterse a un consejero eclesiástico o de seguir un curso de teología, Veerkamp se fue a pedir consejo a Portal, con quien trataba a menudo desde el retiro de octubre de 1911.
[Y Portal] dio a entender que deseaba vivamente que su casa se convirtiera, a ejemplo de ciertas casas inglesas, en un lugar de reuniones entre jóvenes interesados por las cuestiones religiosas y eclesiásticas.Y propuso que el Círculo se reuniera en su casa, con el fin de seguir un curso de teología que duraría tres años y sería dirigido por un solo profesor. Las conferencias de especialistas tendrían también lugar en la calle Grenelle y serían reforzadas por conferencias espirituales. Sólo quedaba que se aceptara el proyecto.
Al cabo de nuevos debates, el principio pareció bueno; pero los tala se engancharon antes de designar al sacerdote afortunado que tendría el honor de acogerlos. También hubo naturalmente un contra-proyecto jesuita. Pierre Poyet había preparado la Escuela en Santa Genoveva, había descubierto los Execices de san Ignacio con ocasión de un retiro en Clamart, en 1910; después del servicio militar, había entrado en el colegio de Sarlat para enseñar matemáticas, y a la vez prepararse al noviciado de la Compañía. Por medio de Borrell, propuso a sus camaradas reunirse en casa de los Bons Pères. Sombríos e independientes los tala olfatearon la idea con cautela luego la rechazaron, por miedo a «un dominio de la orden misma sobre el grupo».
La noticia de que se creaba una organización católica en la Escuela normal comenzó a hacer gran ruido entre el clero parisiense. El Señor abate Courbe, párroco de Saint-Jacques-du-Haut-Pas, ofreció un salón. Los tala no aceptaron; el Círculo no debía ceder al patronato intelectual. Louis Bouzol evocó la personalidad brillante de su director espiritual, el abate Picard, vicario en la iglesia de la Madeleine, capellán en Louis-le-Grand, quien impartía en su domicilio de la calle de Furstenberg un curso de ciencia religiosa siguiendo las ideas del abate de Tourville; pero los tala no tenían la menor intención de entrar en la escuela del abate de Tourville y no querían ningún capellán. Se habló del abate Paulet, quien recibía en su círculo de Saint-Honoré-d’Eylau a estudiantes de buenas familias y a alumnos del liceo Jason-de-Sally para hablarles de Claudel, de Isadora Duncan y de Teresa de Ávila. Pero los tala no eran estudiantes de buenas familias.
Y ganó Portal porque era lazarista, y los lazaristas no asustaban; no olían a reacción, no se metían en política, no se les atribuía ni poder oculto, ni ambición de dominio. Portal llevaba mucho tiempo en relación con normalistas, gente desconfiada pero también de tradición; y existía también una tradición portaliana en la Escuela. Portal disponía del patronato prestigioso de Le Roy y de Laberthonnière, y sabían que pensaba como ellos. Sobre todo, era discreto. Dio a entender que no quería ser capellán. Béra informó simplemente a sus camaradas que el padre Portal ofrecía al grupo católico el libre uso de su domicilio particular, y rogaba a los tala que consideraran su casa como la casa de un amigo.







