El Señor Portal y los suyos (1855-1926) (08)

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Author: Régis Ladous · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1985 · Source: Les Éditions du Cerf, Paris.
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Capítulo V: La campaña angloromana

Adiós a Cahors

Hasta junio de 1895 Portal había trasmitido al Vaticano cantidad de informaciones, de memorias, de documentos diversos provenientes del secretariado de Lord Halifax; había suscitado trabajos que habían renovado la cuestión del sacerdocio en la Iglesia de Inglaterra; había conducido con la ayuda de Tavernier, Naudet y de Loth una «campaña de generalidades» para uso de los lectores de L’Univers y de La Vérité. Para actuar más libremente y con más eficacia, pensaba él, consiguió en la segunda mitad de 1895 liberarse de sus tarea pedagógicas, ser destinado en París, fundar una Asociación católica para la reunión de la Iglesia anglicana y lanzar dos publicaciones, un Bulletin para la asociación y un semanario especializado, la Revue anglo-romaine.

Si conocieseis mi entorno [escribía doce años después a Mme Gallice], supieseis hasta qué punto nuestra Congregación tiene miedo al ruido, a la publicidad, juzgaríais como yo que de verdad, entre todas las cosas sorprendentes de mi historia, la más sorprendente es todavía que mis Superiores me hayan permitido hacer todo esto.

Para vencer su reticencia hubo de apelar a Roma. El Señor Fiat no se doblegó hasta después de leer un mensaje en el que el cardenal Rampolla expresaba la voluntad de León XIII de ver a Portal «ocuparse más directamente todavía de todo lo que respecta a esta gran asunto».

El lazarista abandonó su provincia como quien deja un hospital o una casa de convalecencia. Llevaba un año soñando con este momento.

En Cahors, he hecho las maletas, y me he despedido. Nada echaré de menos, pero no podré a buen seguro dejar de pensar en este seminario tan tranquilo donde he trabajado un poco, pero también sufrido un poco.

Adiós sin calor. Jean Calvet, que fue alumno suyo, nos ha dejado un juicio severo sobre su profesorado:

Sus lecciones de moral eran corrientes […]. No sabía enseñar con método […]. El manual [Vincent] no le interesaba. Nos dictaba largos apuntes que nos aburrían porque nos faltaba iniciación y él mismo, pedagogo mediocre, no nos indicaba su alcance.

Apreciación asombrosa si se piensa que, más tarde, Portal reunió junto a él a los alumnos católicos de la Escuela normal superior de la calle de Ulm. En Cahors, fue mediocre por aburrimiento, un aburrimiento tan profundo que sus alumnos se daban cuenta: «Este profesor que cumplía por deber con su oficio de profesor…».

Y no porque les ocultara sus preocupaciones. Al contrario, él les hablaba con frecuencia de Inglaterra. Pero estas digresiones que suspendían el dictado de la lección para gran alivio de los seminaristas y los halagaban al introducirlos en el secreto de un asunto exótico, le parecían un respiro secundario. Se esforzaba por reprimir las cuestiones que se presentaban en abundancia. Después de la visita de Lord Halifax, el seminario se asimiló por algún tiempo a una colmena enfurecida.

Cuántas preguntas, durante los recreos, sobre la buena fe de los ortodoxos y de los cismáticos se nacieron de estos encuentros. Ello contribuía a la expansión de la mente y a la conclusión que a nuestro manual le faltaba aire […] ¿Por qué no aplicar a la ciencia sagrada los métodos que nos servían para el estudio de las literaturas clásicas y de la historia de la Antigüedad? Yo me abrí con timidez al padre Portal quien me dijo que en teoría era de mi parecer, pero que, en la práctica, en los seminarios, había que contentarse con el método catequístico, quedando reservado a la Universidad el método científico. Creo que subestimaba el valor de sus alumnos que habrían sido capaces de un trabajo más denso y más realista.

En 1895, Portal abandonó sin pesar un hoyo que él mismo había cavado.

En París, para qué

Ya lo tenemos en París, sin saber qué hacer en el «desorden perfecto» de una «celdilla», en el número, calle de Sèvres. Era libre, en cuanto lo podía ser un lazarista bajo la mirada inquieta de su superior general. Libre, para qué. Se trataba primero, según la profecía del cardenal Newman y el ejemplo dado no hacía mucho por Dupanloup y Darboy, de relevar a los católicos ingleses, interlocutores naturales pero ausentes del unionismo anglicano. Él ya lo escribía en 1892: París era una excepcional caja de resonancia, y la Iglesia galicana gozaba en ultramar de cierto prestigio. Pero en 1895, él tenía pruebas; lo que se había dicho y escrito en Francia, desde que Dalbus y Duchesne habían lanzado el movimiento, no se había quedado sin eco en Inglaterra. Ahora había que ordenar las reacciones favorables, multiplicarlas, difundirlas, crear en sus autores una clara conciencia del fin que se perseguía: en el mundo anglicano, animar a los unionistas, darles a quién hablar, hacerles conoce el buen catolicismo, el de León XIII y del abate Duchesne; en el mundo católico, vulgarizar la idea de la unión, dar a conocer el anglicanismo, el del arzobispo de York y el de Lord Halifax. A la espera de una carta Ad Anglicanos, preparar la futura conferencia sobre las ordenaciones, reunir los materiales, poner en contacto a los especialistas de los dos bandos.

Todo ello lo explicó Portal en su boletín y en su revista. Pero sería inútil buscar, en sus escritos, una reflexión teórica, una elaboración de tipo teológico o eclesiológico. El paso del artesano al unionismo profesional no ha bastado para sustituir al lazarista por un pensador de la unidad. «En 1894-1896, yo no me metí en teorías ni tuve necesidad de ello». Intermediario y publicista, no quiso ningún otro papel. Algunos años más tarde, de vuelta a París al término de un exilio en Niza, sonreía cuando una buena alma cuchicheaba:

El abate Portal a fracasado porque le faltaba teología. [Pues claro, respondía él]. La cuestión es una cuestión teológica, pero yo nunca he pensado en hacer la unión de las Iglesias […]. No, mi pensamiento, es que conviene lograr un acercamiento, ponernos en contacto para conocernos, y el día en que seamos amigos, en que nos queramos, podremos hablar de cosas teológicas. En aquel momento yo ya no estaré allí y habrá con toda probabilidad teólogos para tratar de estas cuestiones.

Intransigencia romana, socialismo y burguesía

Así, en el Bulletin y la Revue anglo-romaine, se limitó a algunas fórmulas sumarias para definir el plan de la empresa, es decir la «unidad cristiana» (fórmula más bien anglicana)o la «unión de las Iglesias» (fórmula más bien romana). En cambio, como buen activista, le gustaba explicar lo que hacía necesaria la unión en este siglo de vencida. No «porqué unirse», sino «porqué unirse en 1895». Y en esto era inagotable, desarrollando y precisando la visión leoniana de una lucha suprema inminente, de un drama sagrado cuyo último acto ya llega.

Nos encontramos ante un giro de la historia. Se anuncian tiempos nuevos para la sociedad y para la Iglesia. A los ojos de los obreros del mundo futuro, destructores de todo cuanto existe, la obra de Cristo ya se ha pasado. Para los cabezas del socialismo como para los impíos de toda laya, las luchas contra los obstáculos del momento son juegos de niños. La batalle, la gran batalle se librará, en el momento supremo, contra la Iglesia única enemiga temida. Sería infantil no querer ver el peligro, querer hacerse ilusiones sobre la gravedad de las luchas que vienen. Serán largas y violentas. Y ya, antes de que se entre a fondo en la campaña, es una cuestión de prudencia reunir a todas las fuerzas cristianas […]. De esta forma cumpliríamos con nuestro deber de cristiano precavido que desea enrolar para el buen combate a los más soldados posibles.

En este vocabulario militar que tanto le gusta y que caracteriza bien, a la vez, su temperamento y la época, Portal no duda en designar claramente al adversario. En Ad Anglos, llama a la unidad contra la modernidad. Portal es más explícito. El adversario es el socialismo. En el Boletín y la Revista, algunos de sus colaboradores prefieren denunciar la anarquía o a Satán; son variaciones sobre el mismo tema. Es preciso unirse para resistir a los «enemigos de la religión y de la sociedad».

Lo que no equivale a decir que el unionismo sea una expresión conservadora. No se trata de defender a la sociedad burguesa salida de la Revolución de 1879, cuya destrucción sólo será un «juego de niños» para los nuevos Bárbaros. Se combatirá entre las ruinas. Los cristianos, codo con codo, desbaratarán los planes socialistas y reconstruirán una sociedad nueva, una sociedad cristiana que conquistará el mundo. Portal, leoniano y misionero, pone menos el acento en la defensa que en el contraataque y la victoria. Hay que organizar una «verdadera cruzada», «unir todas las energías cristianas» para «constituir una de esas fuerzas irresistibles capaces de superar todos los obstáculos», de «difundir el reino de Nuestro Señor» y de «convertir a los paganos». Inglaterra unida a Roma significaría la conquista del mundo para la fe cristiana» y el «triunfo de la Iglesia». Portal puso su obra bajo el patrocinio de santa Teresa de Ávila, quien, haciendo frente a la «espantosa tormenta del protestantismo, cuyos tristes efectos todavía estamos viendo», supo «inclinar todas las fuerzas del Carmelo naciente hacia la conquista de las almas».

La Revue anglo-ramaine

Para contribuir a esta empresa de salvación social, Portal hubiera podido acogerse a una de las instituciones existentes, asociaciones, institutos, confraternidades, revistas especializadas. Pero desde 1893, al menos, afirmaba su preferencia por una organización autónoma, y una revista de la que sería el patrón, una revista redactada en francés que llevaría por título la Unión de las Iglesias y por fin inmediato dar a conocer a las diferentes comuniones. Su procedimiento único sería la exposición, eliminándose toda controversia.

En julio de 1895, dejó el asunto a punto con el Sr. Levé, técnico competente, y pidió a Lord Halifax que le buscara colaboradores anglicanos; ellos escribirían no sólo sobre su Iglesia sino también sobre las Rusas. De gran interés, la mirada anglicana sobre la ortodoxia. Y él reclutaría a Duchesne, Boudinhon, Gasparri y a lazaristas, gente muy aficionada a los asuntos de Oriente. Habría también corresponsales en Alemania y en Italia, en Portugal, en España, etc. Vasto proyecto que debió plegar velas. La concurrencia era dura en el unionismo, y había que tener cuidado de no pisar un territorio ya concedido. El cisma de Oriente era el feudo del padre Charmetant, director de las Obras de Oriente y de la Revue de la Terre sainte. Alguien importante, Charmetant, protegido por el cardenal Rampolla. Pues qué vamos a hacer, «no podemos entrar en ese territorio, ni por asomos». De donde este título extraño, que no satisfizo a nadie: Revue anglo-romaine. «Si no hay otra cosa», precisó Portal.

El primer número salió el sábado 7 de diciembre de 1895. Y la aventura comenzó: Durante un año, cada semana, Portal entregó sus 48 páginas, formato in-cuarto, en una cubierta gris llevando el sello del monasterio de Canterbury. En total, quince números y 2.448 páginas. Portal era ala vez el gerente, el director de publicación, el redactor en jefe y el principal cronista. El Sr. Levé puso su imprenta, su experiencia profesional así como a uno de los redactores del Monde, Courcelle, llamado Vivian, que hizo de secretario de redacción. Para empezar, Lord Halifax dio 500 libras esterlinas, 12 500 francos oro, o se la mitad del presupuesto anual previsto por Portal, debiéndose abonar el resto por 500 suscriptores a 25 francos. Portal encontró pronto a 500 abonados en Francia, Inglaterra, Alemania, Italia y los Estados Unidos, pero aseguró un servicio gratuito de forma que en setiembre de 1896 Halifax tuvo que añadir 100 libras más.

Fundada en una base técnica y financiera cómoda, aprobada por eminencias bien establecidas como Bourret, llevada pot la ola de interés de la que se beneficiaba el unionismo gracias a las iniciativas de León XIII, nada tiene de extraño que la Revue anglo-romaine haya conocido unos principios fáciles. Lo que sorprende, es el ritmo adoptado, la entrega semanal, las 2 500 páginas reunidas en un año, realización del todo anormal para una publicación de este género, una revista muy especializada que aspiraba a un alto nivel científico, sin nada que ver con un boletín devoto o una revista pintoresca. Portal se daba prisa, trabajaba como apremiado por el tiempo. Porque aparte de los ánimos oficiales, tenía conciencia de estar en una situación precaria.

Estamos preparando el primer número de la Revue […]. Hasta no hemos tenido la menor dificultad. Eso ya llegará.

Cada semana, le podía llegar la prohibición del Señor Fiat, que tenía horror al ruido, del arzobispo de París, que no quería habérselas con su colega de Westminster, o también del Vaticano. Y no es que Portal creyera posible una desautorización procedente de León XIII: sino que el Santo Padre tenía ochenta y cinco años, y de una mes a otro se podía encontrar con un nuevo papa de quien no se sabía si sería un León XIII o un Pío X. Por fin, en setiembre de 1895, Vaughan había anunciado una noticia sorprendente: siempre con prisas, siempre solícito, al parecer, por «ver resultados», León XIII había decidido reunir en los plazos más breves una comisión especial de información sobre las ordenaciones anglicanas. Resultaba urgente publicar trabajos y documentos que, colocados a la vista de los comisarios, inclinarían sus conclusiones en un sentido favorable.

Un ritmo semanal a la vista de una decisión inminente: eso es lo que da a la Revista ese cariz de hoja de actualidad, febril, apresurada, en la que las tijeras y el tarro de cola reemplazan a veces a las contribuciones originales. Pero al lado de una crónica abundante, de gruesos cuadernos documentales, de una rúbrica «libros y revistas», los artículos de fondo restituyen al conjunto un aire de seriedad y de erudición, y transportan al lector del tiempo breve de las grandes maniobras diplomáticas y de las campañas de opinión a la serenidad intemporal de los periódicos sabios y de las obras de referencia.

Portal publicó 73 artículos de longitud variable: tres páginas para los más cortos, 137 páginas distribuidas en nueve entregas para el más largo, el estudio de Loisy sobre «Renan, historiador de Israel». La mayoría de estas contribuciones originales trata del anglicanismo y justifica así el título de la revista; una veintena fueron redactadas por anglicanos; ahí está el éxito menos cuestionable de Portal: con cortesía, católicos y anglicanos estudiaron juntos lo que los acercaba y lo que los dividía, y no de una forma estática, en dos series de exposiciones paralelas, sino dentro de un verdadero diálogo en el curso del cual se aclararon las posiciones y se precisó el vocabulario. Además de Lord Halifax, el arzobispo de York y el Dr Sanday, profesor de teología en la universidad de Oxford, de quienes la Revista reproduce discursos, conferencias, artículos, doce anglicanos aportaron su colaboración. Entre todos, el reverendo T. A. Lacey ocupa un lugar aparte.

Thomas Alexander Lacey

Antiguo de Oxford, profesor de Cambridge, párroco de campaña, miembro del consejo de la English Church Union y capellán de una sociedad de ayuda a las prostitutas, era un personaje de caracteres acentuados. Gran lector de Rabelais, gran jugador de golf, adepto del velocípedo, apasionado por la cría de las gallinas y de otros volátiles comestibles, se sentía desolado cuando las rosas de su admirable jardín «crecían muy descoloridas, masticadas, arrugadas, podridas, decaídas y luego se hundían deshonradas en el barro». Polemista temido, espíritu independiente, causó más de un desasosiego a Lord Halifax que se inclinaba sin embargo ante su belicosidad, su erudición y su maestría de la lengua latina (León XIII le admiraba mucho en esto). Fue casi el redactor en jefe adjunto de la Revista, y capitaneó en Inglaterra lo que Portal llamaba el «segundo gabinete de redacción». El solo firmó seis artículos, reclutó a la mayor parte de os otros once colaboradores anglicanos, centralizó sus trabajos y proporcionó a los diferentes titulares de la Revista la documentación necesaria. Muy francófilo («¿Por qué el Buen Dios me hizo nacer inglés?»), intimó pronto con Portal, firmando con un «de vos, mi corazón» misivas espirituales y desencantadas.

Portal y el primer asunto Loisy

Si vemos a hora a los colaboradores católicos, es evidente que la Revue anglo-romaine es esencialmente una revista anglofrancesa, con un solo católico inglés (Austin Richardson), un Belga (el padre Dummermuth, O.P.), un Alemán (el Dr Paulus, de Munich) y dos Italianos (Mons Gasparri y el cardenal Segna). Los sacerdotes constituyen las tres cuartas partes del efectivo (21 de 27); se trata sobre todo de hombres de estudios, enseñantes y tesistas; pocos teólogos, pero un fuerte contingente de canonistas, de historiadores, y de exégetas que manejan con mayor o menor atrevimiento la crítica histórica y bíblica. Con una excepción, todos estudiaron o enseñaron en la universidad de Lovaina o en el Instituto católico de París. En este grupo, Loisy ocupa una posición particular, y en primer lugar porque él fue, con mucho, el colaborador más fecundo de la Revista. Además de las 137 páginas de su «Renan, historiador de Israel», entregó un estudio en dos veces sobre «La confesión de Pedro y la promesa de Jesús». Él solito, se lleva como el 15 % de la superficie total dedicada a los artículos por los 51 números de la Revue.

Con Loisy, Portal mostró por primera vez un rasgo de carácter que le debía costar muy caro: le gustaba ayudar a la gente que estimaba, y a quienes creía injustamente condenados. En 1895, Loisy atravesaba días difíciles. Tres años antes, había sido expulsado del Instituto católico, donde enseñaba, entre otras cosas, sagrada Escritura y exégesis. En el curso que impartía sobre la cuestión bíblica y la inspiración divina de las Escrituras, se trataba menos de saber si la Biblia contenía errores que de descubrir lo que contenía de verdad. Sus amigos, entre los que estaba Mons d’Hulst, rector del Instituto católico, veían en la aplicación del método crítico un acto de fe y un medio de responder a las necesidades de los tiempos presentes: Loisy tomaba de manos de los racionalistas el instrumento que habían forjado y probaba que permitía distinguir en los textos sagrados lo que era auténticamente revelado de las presentaciones e interpretaciones históricas y contingentes que de ello se habían hecho en el correr de los siglos. Aplicada con prudencia, y de acuerdo con el magisterio católico, la crítica bíblica podía pues servir no sólo para defender a la Iglesia sino para llevar el contraataque al terreno del adversario.

No todo el mundo compartía el optimismo de Mons d’Hulst; la mayoría de los obispos protectores del Instituto católico, animados por el Señor Icard, superior general de la Compañía de San Sulpicio, denunciaban en Loisy in espíritu laico que tendía a fundar la exégesis en una autonomía radical respecto de la autoridad de la Iglesia, un espíritu subversivo que llegaba hasta discutir todas las verdades contenidas en la Escritura. El 15 de noviembre de1893, pese a los esfuerzos de Mons d’Hulst, Loisy fue depuesto de sus funciones. Algunos días después, León XIII publicaba la encíclica Providentissimus; culpaba en ella a los partidarios de una «nueva ciencia libre» que cuestionaba la «verdad de los libros divinos», y le oponía la «ciencia antigua y verdadera que la Iglesia recibió de Cristo por los apóstoles». El inevitable tandeo Lorin-Goyau se interpuso ante el cardenal Rampolla para que Loisy conservara al menos la enseñanza de las lenguas orientales. Todo fue inútil. A principios de 1894, Loisy estaba de capellán de un pensionado de muchachas en Neuilly. Aún seguía allí cuando en 1895 Portal fue a visitarle.

En aquella época [escribe Portal en las notas que dedicó a este asunto], se veía en él a un iniciador y restaurador de los estudios bíblicos como en Duchesne iniciador y restaurador de los estudios históricos, y al verle expuesto a ciertas animosidades le atraía la simpatía de todos aquellos que se interesaban en la renovación de los estudios en el clero francés. Cuando se trató de organizar la Revue anglo-romaine y asegurarle colaboradores, yo pensaba naturalmente en Loisy […]. Informé a Lord Halifax sobre mis primeras impresiones. Yo había visto un bello rostro de sabio y de sacerdotes de rasgos distinguidos, llenos de inteligencia y de finura. La cara magra ligeramente coloreada llevaba la huella de una delicadeza enfermiza que daba al abate Loisy el aspecto de un piadoso y austero eclesiástico. A primera vista parecía reservado y algo distante, su conversación cargada de ironía sin demasiada amargura manifiesta. Portal sabía que corría un riesgo.

Él estaba seguro de que el nombre y los trabajos del abate Loisy no iban a pasar sin presentar dificultades para un periódico cuya existencia se anunciaba muy agitada. En aquel momento ninguna revista católica le quería.

Pero el lazarista tenía buenas y varias razones para pedir a Loisy.

Quería en primer lugar convidar a católicos y a anglicanos a una «cita en común, como en los tiempos primitivos», anteriores a los grandes cismas. Para eso necesitaba a aquél a quien tenía por el primer exégeta de Francia. Luego quería hacer de su revista una vitrina, una especie de exposición semanal de la Iglesia de Francia:

Quería, por razón de los ingleses sobre todo, rodearme de miembros del clero que dieran honor a la Iglesia, en particular en exégesis y en historia.

Tercera razón:

Esperaba contribuir al salvamento de un hombre de quien muchos creían que había sido arrojado por la borda con demasiada precipitación. Compartía este deseo con muchos más. Puedo citar al Sr. F. Levé y a algunos de sus amigos que con este mismo propósito trataron de hacerle entrar en el Instituto [de Francia]. Algunos meses más tarde, hallándome yo en Roma, hice una gestión movido pot el mismo sentimiento. El barón von Hügel se interesó siempre mucho por la suerte de abate Loisy.

«Puesto que veis a menudo al cardenal Rampolla, me dijo un día, pedidle entonces que el abate Loisy pueda volver al Instituto católico no como profesor de sagrada Escritura sino con otro título, como profesor de sánscrito, por ejemplo». Di ese paso en la primera ocasión.

«El abate Loisy, ¿quién es? me preguntó el cardenal. –Pues ese profesor de sagrada Escritura…

– Ah, ese profesor racionalista». El cardenal cortó en seco y la conversación cambió de tema.

Portal no dejó por ello de figurar en el campo loisista. Y después de esta conversación comenzó a publicar «Renan, historiador de Israel».

Desvío de precursor

Es cierto que no se había comprometido en la aventura de la Revue anglo-romaine sin una sólida cobertura. Dos meses antes de lanzar la revista, había fundado una organización muy clásica, muy tranquilizadora, estrictamente reservada a los católicos romanos, la Asociación católica para la reunión de la Iglesia anglicana, cuyo Bulletin, al parecer un doble anodino de la Revista, empezó a publicarse en octubre de 1895. El plan no podía llevar más aprobaciones. Se trataba de responder a la llamada hecha por León XIII y de organizar oraciones en las parroquias, los seminarios, las congregaciones, los conventos, los centros de peregrinación, «con el fin de que la Isla de los santos vuelva a su madre». La idea no era nueva y Portal pudo apelar a un patrocinio conocido, el de George «Ignace» Spencer, quien organizó en Francia a partir de 1838 una cruzada de oración por la conversión de los Ingleses.

El fin principal de nuestra Asociación [aseguró Portal] es volver a esta cruzada, organizar y asegurar la continuidad de las oraciones hechas a favor de las Iglesias, en particular por Inglaterra.

Se ha visto ya que Spencer se había visto animado por el futuro León XIII desde 1844; su acción, citada como ejemplo en Ad Anglos, no se había olvidado y varios lugares de culto, como la basílica menor de Nuestra Señora de las Victorias, mantenían desde hace unos cincuenta años ina «obra de oración por Inglaterra». En la diócesis de Lyon, estaba todavía en uso, según mandamiento del cardenal Bonald, ofrecer la comunión del jueves por la conversión de los anglicanos. Portal se presentó como un conciliador, llegado a culminar laobra del gran antepasado venerado. Spencer, quien oró toda su vida por la conversión individual de los desdichados herejes, se habría sorprendido no poco de verse así recuperado.

Este desvío de precursor hizo maravillas. Entre las Hijas de la caridad, las carmelitas, las religiosas de la Visitación, las religiosas de la Sagrada Familia, las benedictinas, las hermanas de Marie-Joseph, las Hijas de Santa Teresa, las Adoratrices, las religiosas de la Misericordia, las Damas de Nevers, las religiosas del Sagrado Corazón, las Hijas de Nuestra Señora, las religiosas de la Presentación, en las parroquias y archicofradías, como la de Nuestra Señora Consuelo de los Afligidos o la de Nuestra Señora de las Victorias, en los seminarios menores, los pensionados, los seminarios mayores dirigidos por los lazaristas y los sulpicianos, las oraciones especiales indulgenciadas, las misas de comunidad, las misas especiales, las oraciones antes de la misa, las intenciones particulares, las comuniones generales o individuales, las adoraciones y bendiciones del Santísimo Sacramento, los viacrucis, las novenas, las decenas del rosario, los rosarios completos, las lecturas espirituales, las meditaciones, las devociones privadas, los sacrificios y los actos meritorios se ordenaron por la reunión de la Iglesia anglicana o el regreso de las ovejas extraviadas, la unión en corporación o la conversión de los herejes, a escoger.

Incensado por el suplemento del domingo de La Croix, bendecido por el cardenal Bourret, el obispo de Montpellier, el obispo de Cahors, el obispo de Arras, el Arzobispo de Aix-en-Provence, y el arzobispo de Cambrai, Portal se convirtió en el viajero encargado de la idea de la unión, la unión tal y como él la entendía. Entre noviembre de 1895 y marzo de 1896, se desplazó mucho, sobre todo por la región parisiense y el Norte, que no conocía bien, pero donde le encargaron de las confesiones extraordinarias, es decir cada tres meses, de las Hijas de la Caridad. En todos los lugares a donde iba, donde podía reunir a los seminaristas, a los sacerdotes y lo que él llamaba «laicos instruidos», daba una conferencia o predicaba sobre la unión. Con pretexto de la Asociación y por medio de los lazaristas, de los sulpicianos, de las congregaciones femeninas, y de ciertos miembros del clero secular, como el párroco de Nuestra Señora de Buena Noticia o el de Nuestra Señora de las Victorias, difundió por toda Francia, pero sobre todo en París, en el Norte (seminario mayor de Cambrai, Instituto católico de Lille) y en el Midi que iba de Cahors a Niza pasando por Montpellier, Arles y Aix-en-Provence, la Revue anglo-romaine, una Notice sur Lord Halifax, una traducción francesa del discurso de Bristol, y, por supuesto, el Bulletin.

Anodino el Bulletin? Sí, si se le compara con la Revue. Pero curiosísimo, de todas formas. Junto a relatos edificantes, exhortaciones piadosas, intervenciones sobrenaturales (una madre, muerta hacía diez años, viene a llamar al timbre de la casa de un buen párroco de Londres, etc.), se verán informaciones sobre la Iglesia de Inglaterra así como un buen número de artículos sacados de la Revue, entre los cuales el estudio de Loisy sobre la confesión de Pedro. Distribuir a Loisy en los seminarios mayores con la bendición de los superiores generales de la Congregación de la Misión y de San Sulpicio, no era tan gordo como parece. Además todo andaba un poco loco en este asunto, ya que llevó a Portal a manifestar su desacuerdo con las decisiones más formales del magisterio. Desacuerdo grave, puesto que traduce el antagonismo de la tesis romana de la unión de las Iglesias y de la tesis anglicana de la reunión de la Iglesia.

Portal entre la unión de las Iglesias y la reunión de la Iglesia

Se sabe que dos rescriptos del Santo Oficio habían condenado treinta años atrás, a la A.P.U.C., sociedad unionista en la que anglicanos y católicos se juntaban para orar. En setiembre de 1894, Portal había intentado en vano conseguir el levantamiento de esta condena. Algunos meses más tarde, Ad Anglos recomendaba a los católicos solos una oración especial dirigida a la Virgen y enriquecida con indulgencias. Al fundar una asociación de oraciones estrictamente reservada a sus correligionarios, Portal se había conformado pues a las decisiones del Santo Oficio y a las instrucciones pontificias. Pero no se resignaba, no quería de modo alguno atenerse a un movimiento unilateral, una sociedad de católicos que piden por sus hermanos separados. La Asociación no debía ser más que una etapa, un medio de preparar a los papistas a pedir por los anglicanos, en toda reciprocidad, reconociendo cada uno sin reserva el valor del otro y de su oración, oración convergente de cristianos pertenecientes al mismo cuerpo y pidiendo que se manifieste por fin una unidad ya existente.

A principios de 1896, Portal pensó que las mentes habían progresado lo suficiente y sometió al cardenal Rampolla el proyecto de una verdadera liturgia unionista:

La Asociación católica para la reunión de la Iglesia anglicana celebraría una fiesta en el mes de mayo, el lunes de Pentecostés probablemente. A esta fiesta, se invitaría a las asociaciones de la English Church Union, y a la Asociación por la unión de la cristiandad (A.P.U.C.). La fiesta sería religiosa, con misa, vísperas y homilía.

Una misa común, enseguida, la última etapa antes de la intercomunión. Se acabó el tiempo de las ambigüedades, de la cruzada de oración en la que se oraba juntos por la unión de las Iglesias y la conversión de los herejes. Portal quería clarificarlo todo reuniendo a anglicanos y a católicos en torno a la misma cátedra y, sobre todo, ante el mismo altar. Para asegurarse de se adelantaba bien al papa en una vanguardia atrevida pero aprobada, propuso a León XIII que diera a la manifestación un carácter oficial.

Portal entre los católicos intransigentes y los católicos liberales

Esta audacia nueva le había llegado por el recibimiento que el París católico acababa de reservar a Lord Halifax. Del 27 de febrero al 3 de marzo de 1896, alojado por el Señor Fiat en el apartamento episcopal del 95 de la calle de Sèvres, escoltado por todo un París radiante, el presidente de la E.C.U. celebró una serie de conferencias que movilizaron a miembros del Instituto de Francia, conducidos por el duque de Broglie; lo esencial de la prensa católica, con los directores de L’Univers, de La Vérité, del Monde, de La Quinzaine, del Correspondant, así como varios asuncionistas de La Croix y el padre Tournebize, de los Études; una fuerte delegación del Instituto católico, encabezada por Mons d’Hulst; Ollé-Laprune, de la Escuela normal superior, seguido de sus discípulos; señores de San Sulpicio, dominicos de la calle du Bac, lazaristas en cantidad. En una palabra, lo que Portal llamaba con glotonería «una hermosísima elite».

Halifax, que hablaba sin papeles, con un francés pintoresco en el que los anglicismos atropellaban a Fénelon (había aprendido a leer en Télémaque), se opuso a la exposición magistral, buscó el diálogo y lo consiguió. Se extrañó a la vez del calor del recibimiento y de la diversidad de la audiencia. Pero más le sorprendió a él, observador extranjero ver juntos a representantes de L’Univers y de La Vérité pot un lado, y del Correspondant por otro. Lo que prueba que para un Inglés, atento a los temas franceses, el verdadero conflicto no pasaba entre aliados y refractarios (Halifax nunca hizo diferencias entre Loth y Tavernier), sino entre intransigentes de todos los bandos y liberales. Sorpresa pues, pero divina sorpresa: ¿no iba por fin el unionismo a ensanchar su audiencia hasta llegar a reunir a católicos pertenecientes a las tendencias más opuestas?

Ahí estaba, de todas formas, el sueño de Portal. Desde febrero de 1895, por lo menos, le preocupaba ver su obra ligada demasiado estrechamente con los hombres que representaban «la política pontificia en Francia […]. No sería bueno comprometer nuestra acción asociándola demasiado íntimamente a personas lanzadas a combinaciones efímeras por necesidad». En cuanto a los intransigentes refractarios o tibiamente republicanos, había logrado perfectamente su apertura: La Croix le era del todo favorable, y Arthur Loth, director de la archi-refractaria Vérité, no entregó menos de tres artículos a la Revue anglo-romaine. Ahora le faltaban los liberales, fuesen aliados o monárquicos, le importaba poco. Apreciaba el «ecumenismo» del filósofo de Ollé-Laprune, maestro de Goyau, de Fonsegrive, de los hermanos Brunhes, quien, sobre una base intransigente («Instaurare omnia in Christo», proclama en La Quinzaine), afirmaba la complementariedad de Veuillot y de Montalembert. Pues buen, se trataba de traducir esta visión de las cosas a la realidad, de ganarse a Le Correspondant sin por ello soltar a los aliados del primer momento, dar artículos a Lavedan mientras se hace publicidad, en el Bulletin, a favor de la sociedad de propaganda católica y social o las obras del abate Naudet.

¿Hará falta precisar que esta tentativa de apertura fue un fracaso? La personalidad de Portal no era discutida. En 1894, el profesor del seminario mayor de Cahors se integró en un medio intransigente de predominio leoniano. A partir de 1896, y aún antes del fracaso de la campaña por la unión, las nuevas relaciones del director de la Revue anglo-romaine se reclutaron casi exclusivamente en los medios liberales, en los intelectuales y los universitarios que se cuidaban menos de construir una sociedad católica sobre las ruinas de la sociedad burguesa que de reconciliar a ésta con la Iglesia, dentro del respeto de su autonomía recíproca, o, si se quiere, dentro de una voluntad de aceptación mutua; así Portal se unió con el chartista Paul Viollet, el filólogo Émile Sénart, el geólogo Albert de Lapparent, los historiadores y politólogos Anatole Leroy-Beaulieu, Imbart de La Tour, Paul Thureau-Dangin (que firmaba: «de la Academia francesa, suscrito a la Revue anglo-romaine»). La facilidad con la que Portal se introdujo en este ambiente traduce más que una simple voluntad de equilibrar el movimiento unionista: una afinidad, una simpatía, la vuelta a una evolución, a este rumbo lento hacia el liberalismo que se había esbozado desde antes de 1890; el rumbo se había frenado, roto por el prestigio de León XIII y la necesidad de utilizar el partido intransigente, más favorable que otro cualquiera a la idea del unionismo; ahora que la idea estaba bien lanzada y salía de su campamento de base, el rumbo volvía tan fuerte que Portal no pensó ya más que en asediar a Le Correspondant y publicar artículos en él.

Con ello se olvidaba que el unionismo no era inocente, no se le veía como tal, en todo caso, por los liberales; en privado, ellos apreciaron a Portal; pero tropezaron con la imagen que los diarios leonianos o refractarios remitían de su obra, de aquella unión de las Iglesias que permitiría reconquistar el siglo y establecer una cristiandad, un mundo en el que el Vaticano definiría la verdad religiosa y también la social. Le Correspondant no publicó el artículo de Portal; guardó el silencio más completo sobre las ordenaciones anglicanas hasta la catástrofe final; no salió más que para rematar al lazarista con ataques y denuncias de una violencia tanto más insólita cuanto que iban dirigidos contra un adversario ya caído.

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