Cuando Sor André me pidió que viniera a hablarles a ustedes, dándome libertad para escoger el tema sobre el que podríamos reflexionar juntas, me puse a pensar en el grupo que forman ustedes. Por eso, ante todo, les felicito por su iniciativa. Efectivamente, desde hace ya unos años se han organizado varios cursillos para Hermanas Mayores, pero ésta es la primera vez que una misma promoción se reúne para celebrar sus 50 años de vocación. ¡Muy bien! Aprovechen al máximo este encuentro, este «volver a verse», que, para algunas será quizá el primero desde el Seminario.
A continuación me detuve en !a etapa que viven ustedes — e iba a añadir: que será muy pronto la mía — ¿Qué sentido podemos dar a los años que nos quedan por delante? ¿Qué esperan ustedes de este período?… y mejor aún, ¿qué espera el Señor de ustedes? ¿Qué esperan de ustedes los demás?
¿La jubilación es —como algunos piensan— una prueba que tratamos de asumir lo mejor posible, con sus inseguridades, su penosa impresión de inutilidad, de disminución de las propias actividades?… ¿Es un tiempo que hay que vivir pasivamente, sin proyecto ni deseo?…
Nosotras afirmamos lo contrario: el momento presente es siempre «el tiempo de Dios» y la Jubilación es un tiempo para un nuevo proyecto de vida apostólica, que podría inscribirse dentro de una triple llamada:
- Llamada a manifestar la Esperanza que nos invade
- Llamada a testimoniar que el hombre está siempre «en devenir»
- Llamada a servir de otro modo y quizá más desinteresadamente, más libremente.
La «Jubilación», en nuestra peregrinación terrestre, es un tiempo de deseo, de crecimiento, de confianza, sin ruptura con la llamada vida «activa» llevada durante muchos años al servicio de los Pobres; hay mucha continuidad aunque la forma sea distinta…
I – Llamada a manifestar la Esperanza que nos invade
A) La Jubilación, etapa de Esperanza, está fundada en el DESEO DE DIOS. Este deseo de Dios, esta espera de Dios es la actitud fundamental y permanente del pueblo de Dios, de todo cristiano. Y ésta es precisamente nuestra espera, que es a la vez paciencia y deseo. El hombre es hambre y sed de Dios y cuanto más avanzamos en edad, más tenemos que ahondar en este deseo. Esforzarnos por encontrar a Dios, aspirar con todo nuestro ser a acogerlo, darnos cuenta progresivamente de que El viene incesantemente hacia nosotras… todo esto se cumple al filo de los días, si sabemos dedicar tiempo a contemplarle, a escucharle, a suplicar a Cristo Salvador, presente en nosotras y en nuestros hermanos.
«Este es el tiempo del gran deseo,
Tiempo en que el hombre constata su indigencia,
Camino hecho surco para acoger
A Aquel que viene a saciar a los Pobres…
El Amor en nosotros precederá
Al tiempo nuevo que busca el hombre; Vencedor del mal, Tú nos dirás:
Estoy presente en vuestra espera. «
Seguramente han reconocido ustedes unas estrofas de uno de los Himnos de este tiempo de Adviento, tiempo de espera y de deseo.
B) Demos gracias a Dios por este tiempo que nos regala. Enraicémonos cada vez más en El. Volvamos hacia MARIA, la Virgen fiel, cuya contemplación se nutre de la Palabra y de la Presencia. Aprendamos de Ella que son inseparables contemplación y servicio, cruz y esperanza, comunión y misión. Como María que «conservaba todas las cosas en su corazón» (Luc. 2,51), vivamos en la aceptación serena de los acontecimientos, con una confianza inquebrantable en Aquel para quien nada hay imposible, disponibles para adherirnos, día a día, al querer de Dios.
C) Y, conducida por María, nuestra ESPERANZA se hará CONTAGIOSA. Nada ni nadie podrá quitarnos la paz profunda de la persona que se abandona en Aquel en quien ha creído; la serenidad de quien se sabe amada por Alguien que le ha amado primero, la alegría comunicativa del «ser totalmente entregadas a Dios en la Compañía de las Hijas de la Caridad». Estos sentimientos reales que nos invaden, son un signo vivo de la presencia de Dios entre los hombres, un signo transparente. El mundo actual necesita personas sencillas y alegres, que planteen un interrogante, que digan a nuestro mundo, con frecuencia desanimado y triste, que la vida tiene mucho sentido. Nuestro mundo necesita esperanza, pero una ESPERANZA que lo ponga en camino hacia aquello que es plenamente bueno.
«Día a día, por vuestro ser y actuar, sois, entre vuestros hermanos y hermanas, los signos de la humanidad regenerada en el corazón abierto del Señor… » Juan Pablo II – Lyon – 5.10.1986
Nuestro testimonio personal y comunitario es «signo de la presencia de Jesucristo, amado, imitado y servido en los Pobres, y contribuye a que surjan otras vocaciones» (cf. 3.22). Pongamos empeño en tomar nuestra parte y nuestra responsabilidad tan importante en este campo…
II – Llamada a dar testimonio de que el hombre está siempre «en devenir»
Somos portadores de una especie de insatisfacción. Tenemos unos deseos y en cuanto quedan satisfechos aspiramos a otra cosa… Queremos siempre más y mejor… Tenemos sed de absoluto.
«El hombre es un hueco infinito, que no puede llenarse sino con el Infinito Viviente que se da. » P. Varillon, S.J.
Este «devenir» es la meta de nuestra existencia y le da un sentido. Sería muy grave si ya no esperáramos nada…, si viviéramos pasivas, aferradas a un pasado que añoramos… Formamos parte de la Humanidad en marcha; somos todos gentes de paso y tenemos que aceptar esta «dinámica de lo provisional»:
«No tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la del futuro. » (Hb. 13,14)
Esta «teología cristiana» de nuestra historia, esta convicción de que estamos siempre «en ruta», nos interpela a nivel personal, comunitario, apostólico… Debemos, incansablemente, crecer y ayudar a nuestras Hermanas, a las personas de nuestro entorno, a los Pobres, a llegar a ser otros, o mejor, a llegar a ser lo que somos: Hijos e Hijas de Dios.
A) Crecimiento personal
Si nos consideramos «itinerantes», aceptarnos con gusto que el paisaje no sea siempre el mismo, y no abrigaremos en nosotros la nostalgia «de aquel tiempo pasado que fue mejor». Nos veremos libres de la tentación de ver siempre el paraíso en nuestro pasado, porque sabemos que Cristo está delante de nosotras.
Nos aceptamos a nosotras mismas y nos amamos, con nuestros talentos, nuestras limitaciones. Sabemos que lo que constituye la grandeza de un ser, no es lo que hace, sino lo que es. Estamos convencidas, sobre todo, de que Dios nos ama y de que nuestra vida de Fe debe crecer y debe ahondarse.
Aceptamos también y llegamos a amar el cambio de nuestra propia vida, porque nos esforzamos por progresar en el amor. La llamada del Señor es nueva cada mañana y pide una respuesta que encuentra su fuente en nuestra capacidad de amar.
La fidelidad no es nunca repetición pura y simple del pasado, sino creatividad que tiene memoria y coherencia. » P. Xavier Thévenot
La llamada a la conversión del corazón es el mensaje que ha oído el Pueblo de Dios a través de la Historia. Ayer, como hoy, el Señor nos repite:
¡Convertíos y creed en la Buena Noticia! » (Mc. 1,15)
B) No encontramos nuestra «realización», nuestra plenitud mirándonos a nosotras mismas, sino dirigiéndonos hacia los demás, y así les ayudamos a CRECER.
Decir que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios quiere decir también que el hombre está llamado a existir «para» los demás, a convertirse en un don. » (J. P.II «Mulieris dignitatem», n.° 7)
En nuestra peregrinación terrestre, tenemos que respetar el misterio del otro, su itinerario espiritual. Como Hijas de la Caridad que somos, cuya misión es revelar el amor de Dios para hacer a los demás «amigos de Dios», según la expresión tan bella de San Vicente, necesitamos ante todo saber escuchar, ser abiertas y acogedoras a toda espera, a todo deseo de aquellos y aquellas a quienes nos acercamos o que vienen a nosotras.
«Allí donde se encuentre una Hija de la Caridad, cualquier hombre pobre debe sentirse comprendido, amado, respetado en su dignidad personal; debe encontrar una imagen viva del amor de Cristo. » (Madre Guillemin, 2.2.1968)
Puesto que somos Hermanas Mayores, creo que nuestra vocación de Hijas de la Caridad encuentra en este campo su expresión específica. Cada vez que podamos dar un poco de confianza a un hermano o a una hermana angustiada, sembramos un poco de Esperanza, ponemos en camino a nuestro hermano, le ayudamos a crecer.
C) Nuestra EXPERIENCIA es también un capital que no hemos de enterrar, y, a este respecto, pienso en San Vicente, en su actividad extraordinaria en una edad avanzada ya, actividad que se basaba en su experiencia, su escucha y su encuentro de Cristo en los demás.
Cuántas Hermanas, cuántas personas, cuántos pobres vienen hasta nosotros para pedirnos consejo, para encontrar en nosotras apoyo y aliento. El 6 de enero de 1642, San Vicente recomienda:
«Las mayores honrarán la edad perfecta de Nuestro Señor y la manera con que soportó a los hombres tan imperfectos que le rodeaban, soportando a las jóvenes en sus defectos, viendo en ellas la vocación de Dios para su servicio, animándolas con sus ejemplos y sus palabras. El Hijo de Dios enseñaba a los suyos más todavía con su ejemplo que con su palabra. Imitadle, mis queridas Hermanas… Las antiguas tienen que animar a las nuevas, demostrarles respeto, aprobar sus pequeñas obras, aceptar con gusto lo que dicen y lo que hacen y sobre todo guardarse de hablarlas y mirarlas como a extrañas, de ridiculizar su lenguaje y su forma de vestir. Cuando se encuentren con ellas, tienen que decirles siempre alguna palabra bondadosa… » (Coste IX, p. 54; Conf. Esp. n.° 102).
En nuestro tiempo, lo mismo que en tiempos de San Vicente, nuestras Hermanas y todos los hombres esperan nuestra amistad, una amistad que les haga sentir que tienen un lugar en nuestro corazón, en nuestro tiempo, en nuestra mirada, en nuestra oración. Existen para Dios, por tanto existen para nosotras y se lo hacemos patente.
III – Llamada a servir de otro modo, y quizá más desinteresadamente, al disponer de más tiempo.
Si bien la vida profesional se aleja de nosotras en esta etapa de nuestra vida, se nos hacen perceptibles múltiples llamadas, se nos ofrecen múltiples proposiciones. ¿Sabremos oírlas? ¿Sabremos ver y comprometernos? La Jubilación profesional no significa que la misión apostólica se ha terminado: continúa pero de otra manera.
«Toda Hermana, cualquiera que sean su edad, su función, la forma de su apostolado, sabe que es responsable de contribuir, con todas las riquezas de su personalidad a la misión común, sin dejar por ello, de valorar y aceptar el pensamiento de sus Hermanas. » (C.2.20)
A) Esta misión empieza por situarse en el seno de la COMUNIDAD LOCAL. Si cada Hermana tiene su parte de responsabilidad en la construcción de su Comunidad local, ustedes, Hermanas Mayores, están, en cierto modo, en la base de esta construcción. Como están más presentes en la «casa», tienen ustedes una misión de paz, de unidad, de armonía. Gracias a ustedes puede instaurarse y desarrollarse una vida fraterna de intercambio, de acogida.
San Vicente y Santa Luisa insistieron con frecuencia en la importancia de la unidad entre nosotros, en la tolerancia, en la cordialidad:
Permaneced unidos y juntos y Dios os bendecirá» recomendaba San Vicente en 1646, y Santa Luisa insistía el 13 de julio de 1650:
Deseo con todo mi corazón, queridas Hermanas, que juntas hayan renovado la resolución de vivir perfectamente unidas entre ustedes para así practicar exactamente su reglamento, no tanto en las cosas exteriores como en la práctica interior, que consiste en recibir todos los acontecimientos y contradicciones como venidos de la divina Providencia, en tener gran tolerancia unas con otras y perfecto entendimiento… » (Sta. Luisa, Corr. y Escr. C. 329, p. 322).
La vida fraterna constituye un apoyo para la vocación, permite progresar juntas hacia el Señor. En la Comunidad tienen que ocupar ustedes un lugar especial: ¡no se inhiban!
No resisto al deseo de leerles este poema, cuyo autor desconozco, pero cuyo lenguaje y evocaciones pueden hacerse interpelación para cada una de nosotras:
La Comunidad es como un tejido que se está elaborando,
un tejido que no sé lo que será,
pero que en torno a nosotras se va tejiendo
sin modelo ni dibujo complicado.
En ese tejido yo puedo ser un hilo, un rasgo de colorido…
¿azul intenso? ¿rojo luminoso? o bien hebra de lino gris.
Según dicen los tejedores, este tercer color es el más importante,
Ese gris neutro de cada día es el que hace destacar
la intensidad del azul, el brillo del rojo;
es el que produce la armonía.
No pretender ser más que mi propio color y regocijarme de serlo, saber que es portador de alegría y no de rivalidad,
como si yo, azul, fuese enemigo del verde,
como si fuese yo su adversario…
Y ¿qué hacer de los que no pueden, o no quieren, unirse a nosotros en la labor?
¿Iré yo por delante, precediéndolos y abriéndoles camino
para que puedan, libremente, seguirnos, con sus propios colores, y se integren en el dibujo?
Hay lugar para todos… Y cada hilo representa una continuidad: no sólo los que, para formar la trama de la labor,
se tendieron de un marco al otro del telar, sino cada uno, hilo por hilo…
Si uno cualquiera de esos hilos llega a romperse,
toda la labor se interrumpe,
y las manos pacientes de los tejedores se afanan por reanudarlo.
Cada uno de esos hilos, aun los de color más luminoso, puede llegar a desaparecer por quedar tejido debajo de otros;
pero, ahí está, no lejos, aunque no se le perciba con los ojos…
Ahora, ha llegado el turno del mío, para que la lanzadera lo tienda
a través de la trama.
Cuando ese hilo tendido deje de ser visible como tal,
reaparecerá toda la armonía, la armonía de mi matiz
mezclado con todos los demás hasta fundirse juntos…
No sé lo que será de este tejido. ¿Llegaré a saberlo nunca? «
B) Continuando nuestra reflexión, con la convicción de que el amor con el que amamos, no solamente es testimonio, sino que también nos lleva, en el amor al Padre, HACIA LOS DEMAS, digamos unas palabras de DINAMISMO APOSTOLICO propio de ustedes.
No hace falta que, en este último capítulo, enumere todos los servicios y compromisos que tienen a su alcance y que son múltiples, tanto por lo que se refiere a los servicios de la Iglesia: equipo litúrgico, catequesis, visitas a ancianos o minusválidos, «Vida Ascendente», etc… como aquellas que están vinculadas con organismos o Asociaciones: alfabetización, clases de recuperación, correspondencia con presos, etc. ¿Qué sé yo?
En este final del siglo XX, en que reina la informática, pero en que también el índice de violencia, de la droga, de los que viven solos, del desempleo, asciende considerablemente, ustedes son las personas que tienen tiempo para escuchar, para crear relaciones, para dedicarse a un voluntariado activo.
Disponibles para responder a las necesidades que se presentan a ustedes, a pesar de las dificultades, que su mirada se haga atenta para amar, su oído paciente para escuchar, sus palabras agradables para reconfortar, sus manos previsoras para ayudar… y entonces habrá un poco más de esperanza y de alegría en nuestro mundo desorientado. Son ustedes y deben ser la «referencia» para jóvenes y menos jóvenes. Para algunos, ustedes son y serán el «salvavidas» que les permitirá reanudar la Ruta, pues, gracias a ustedes, sabrán que «existen para Alguien…».
Conclusión
Todas, en cualquier etapa de nuestra vida, como Pueblo de Dios en marcha, tenemos que seguir nuestra Ruta, como auténticas Hijas de la Caridad. ¿SABREMOS SER VIGENTES de PAUL o LUISAS de MARILLAC PARA NUESTRO TIEMPO?
Mons. Vilnet, el 27 de septiembre, en la Eucaristía que presidió en la Capilla de los Sacerdotes de la Misión, Calle de Sévres, nos planteó la pregunta que acabo de citar, pero al mismo tiempo nos dio la respuesta:
«Para esto, sólo tenemos un signo, un solo signo que enarbolar alto y con toda claridad: CRISTO.
Siguiendo a los Santos y al siempre actual «Señor Vicente», dejémonos apresar por Cristo, «para que animados por su presencia alentadora, luchemos sin desfallecer en la carrera y alcancemos, como ellos, la corona de gloria que no se marchita». (Prefacio de los Santos).
Y aceptemos estar siempre en el camino de los hombres, para una sola misión: para revelarles —a través de nuestras palabras y de nuestros actos— el AMOR, ese Amor que procede de Dios. «






