Ultimos años del P. Ferrer.—Director de Novicios.—Superior de la casa de Barcelona.—Su enfermedad y muerte preciosa. (1781-1789).
Apenas cesó el P. Ferrer en el cargo de Visitador, le encomendaron la dirección del Seminario interno o Noviciado de la casa de Barcelona, que ejerció hasta su muerte con el celo, prudencia y sabiduría con que había desempeñado todos los oficios que le habían encargado. Con él se formaron, entre otros, los PP. Salvador Codina, tío del famoso Obispo de Canarias, José Morera, Superior después de la casa de Valencia, Fortunato Feu, séptimo Visitador de la provincia de España y fundador de la casa de Madrid, y varios más que fueron el nudo de la tradición entre los antiguos misioneros y los que ingresaron en la Congregación en el primer tercie del siglo XIX.
Además de la dirección del Seminario, ayudaba el P. Ferrer en algunas ocasiones a dar ejercicios. En febrero y marzo de 1785 ayudó a dar dos tandas de ejercicios a ordenandos, predicando en la primera las pláticas y haciéndoles la lectura en la segunda.
Fue elegido diputado por la casa de Barcelona para la Asamblea provincial de 1786. Desde febrero de dicho año hasta principios de 1788 también parece que desempeñó el cargo de asistente de la casa; porque firma después del Superior en el libro de gastos.
Durante este tiempo fue, sin duda, cuando escribió la mayor parte de las preciosas obras que de él nos quedan, frutos sazonados de su sabiduría y larga experiencia. De este modo, ya que no podía ir a misiones, continuó instruyendo al pueblo por medio de sus escritos.
En los primeros meses de 1.788 fue segunda vez nombrado Superior de la casa de Barcelona, sin dejar por eso la dirección del Seminario.
Hay en el archivo de nuestra casa de Palma de Mallorca dos manuscritos con pastas de pergamino, de 283 hojas el primero, y 312 el segundo, en 8.°, en cuya portada se lee: Conferencias que nos hace el Sr. Vicente Ferrer, Año 1788. Contienen dichos manuscritos extractos de las conferencias y repeticiones de oración que el último año de su vida dirigió a la comunidad de Barcelona el P. Ferrer y, según se desprende del contexto, fueron hechos por un hermano coadjutor, con anuencia al parecer de alguno de los sacerdotes de la comunidad. Demuestra dicho hermano que tenía una memoria feliz, y es indudable que lo que dejó consignado, aunque con estilo muy malo, es substancialmente lo que les decía aquel santo y venerable varón, tan empapado en el espíritu y en la vida de San Vicente, y que por haber vivido con varios de los primeros misioneros que ingresaron en la casa de Barcelona era, por así decir, el oráculo de la tradición en la nueva provincia.
En estas repeticiones expone con frecuencia en pocas palabras el pasaje del evangelio sobre que versó la meditación, y luego lo comenta, bajando siempre a la práctica, lo mismo que en las conferencias, en las que nunca faltan los dos puntos consabidos: motivos y medios.
Además de la Escritura, se apoya particularmente en la doctrina de San Vicente, Santa Teresa de Jesús, San Francisco de Sales, San Felipe Neri, San Vicente Ferrer, los Venerables Palafox y Agreda, etc. Inculca muy a menudo la guarda del silencio, el retiro, el, trabajo y la conservación del espíritu primitivo, para mantener el honor y el buen nombre de la Congregación y no echar a perder el inmenso bien que hace en las misiones y ejercicios espirituales. Pero el apartamiento del mundo, recomendado por él con tanta insistencia, debe entenderse, según lo dispuesto en las Reglas, de no salir ni tratar con los externos, sino en caso de verdadera necesidad y bajo el salvoconducto de la obediencia; puesto que en varias oca- tones afirma que quien quisiera entre nosotros vivir siempre retirado, no tendría vocación de misionero, y hasta pondría en peligro su salvación, por no trabajar en salvar y santificar almas, cumpliendo el cuarto voto que se hace en la congregación. Deseaba que los misioneros fueran muy amantes de su habitación, cuando están en casa, para dedicarse, después de la propia santificación, al estudio asiduo, a componer y aprender le que nosotros llamamos funciones; porque es de advertir que el P. Ferrer no admitía que se copiaran las de otros, a no ser alguno que no tuviera «capacidad para componer», aun- -que sí para aprenderlas; de lo contrario, ya no le hubieran admitido».
Los extractos de las conferencias y repeticiones del P. Ferrer encierran preciosos documentos para la vida espiritual de los misioneros y referencias a la vida y modo de ser de los Paúles de entonces, que en parte explican el copioso fruto que producían en la santificación del clero y salvación de los pobres.
En general, siempre gozó el P. Ferrer de buena salud; sólo el año penúltimo de su vida padeció una enfermedad, según se desprende de las siguientes palabras, tomadas de la conferencia del día de San Matías del año 1789, en la que encareciendo los bienes de la vocación religiosa y el cuidado que se tenía de los enfermos, dice: «En mí lo he visto en el tiempo que estuve enfermo este año pasado, que en los demás años poca cosa había tenido; pero siempre se me ha asistido muy bien de todo y con una puntualidad muy grande, y con una caridad, buen modo y afabilidad que no se puede explicar. No creo que en esto se me haya hecho ninguna singularidad, porque tampoco la hubiera permitido, ni ahora ni nunca, y quiero seguir en todo a la comunidad y comer de lo que comen los demás, sano como sano, y enfermo como enfermo. No quiero ser singular en cosa alguna ni lo permitiré nunca».
En las Memorias de los difuntos de la casa de la Congregación de la Misión de Barcelona se lee respecto del P. Ferrer: «Hacía año y medio que estaba enfermo, y con esto muy débil (siguiendo en este tiempo los actos de comunidad y no admitiendo la más mínima particularidad). Acometióle ocho días antes de morir una calentura que finalmente le acabó en dichos días. Fue muy particular la resignación que mostró, la paciencia y exacta obediencia al médico y enfermero, sintiendo únicamente que le pusiera colchón en la cama y se le diera caldo de gallina. Confesose para recibir el Santo Viático con la mayor tranquilidad y brevedad, sin hablar cosa alguna de la vida pasada: lo que denota cuán pura era su conciencia, no teniendo escrúpulo alguno en tan apretado trance. En los dos últimos días que pasó delirando, casi siempre estuvo rezando salmos, quitándose muchas veces el solideo y diciendo a veces: Fervor, fervor: hagan bien las obras ordinarias».
El mismo piadoso Hermano, a quien debemos los fragmentos de las conferencias del P. Ferrer, nos dejó una noticia muy sucinta de lo ocurrido en la última enfermedad y dichosa muerte de este esclarecido misionero, honra y prez de la Congregación en España. La sencillez del escrito revela la verdad de lo que refiere, y como testigo ocular de buena conciencia y recta intención que, según dice, tuvo la dicha de asistirle en sus últimas horas, merece todo nuestro crédito. Nosotros, pues, no haremos más que ordenar estas notas, como ya lo ha hecho otro misionero en un manuscrito que tenemos a la vista.
El 18 de agosto de 1789 hizo el P. Ferrer la última conferencia a la comunidad. Aunque en las notas que se encontraron después de su muerte se vio que tenía determinado proponer este día como asunto de la conferencia, la observancia de las Reglas; con todo, previendo quizá la proximidad de su muerte y el estado en que se hallaba propuso como objeto de la meditación y conferencia el beneficio de la vocación a la Congregación, como que era la prenda más amada de su corazón. Después de aducir muchos motivos y razones, dijo: «La comodidad temporal es otro motivo también muy grande y lo debemos estimar mucho. Esto ha sido la causa de haber propuesto ahora esta conferencia: el ver el estado en que me hallo que no puedo hacer casi nada. Siempre he estimado muy mucho la vocación; pero en este estado en que me hallo, ¡cuánto la debo apreciar!; pues nada me falta y soy servido con tanto cuidado y puntualidad. Yo doy mil y miI gracias a Dios del beneficio de la vocación a la Congregación y de que ahora me halle aquí; porque en otra parte, ¿quién sabe cómo me iría? Cuando uno no puede hacer nada, ya no se hace caso, aunque sean sacerdotes: hasta los muchachos se burlan y se ríen de los de mayor edad.
Por el contrarío, en la Congregación es uno bien tratado de todos, y sin cansarse jamás; aunque uno esté veinte años en cama enfermo no le faltará nada, y tan bien asistido estará al último como al principio. Procuremos ser agradecidos a este beneficio, haciendo que la Congregación se mantenga sal espíritu y observancia».
Ayer, día 20 de agosto, prosigue el Hermano en sus notas, el Sr. Ferrer se quedó en el aposento, por estar enfermo, y dejó el cuidado de las cosas de casa, y lo que es más, dejó también su querido noviciado: señal clara de lo muy malo que está.
Hoy, día 21 del mismo, el Sr. Juan Viñas, asistente, en el Capítulo nos ha recomendado que encomendemos a Dios, con especialidad, al Sr. Superior General, por la grande aflicción que tiene con ocasión del tumulto de París, y sobre todo, añadió, encomendemos a Dios al Sr. Ferrer, que se halla muy malo. ¡Pobres de nosotros, si se nos muere! Estoy persuadido que con sus oraciones y buenos ejemplos hace muchísimo bien a esta provincia.»
Y el día 23, después de la repetición, dijo el mismo P. Viñas: «El Sr. Ferrer está muy malo: en esto convienen el médico y el cirujano. Es menester que le tengamos muy presente en nuestras oraciones y que le encomendemos mucho a Dios. Es nuestro padre, a quien todos debemos tanto, por los buenos documentos y exhortaciones que nos ha dado. Además de la calentura, le aprieta mucho el dolor de ciática. Encomendémosle a Dios de veras, para que el Señor se compadezca y le dé lo– que mejor le convenga, y, sobre todo, que le alargue la vida.»
El mismo día, «entre seis y siete de la tarde, ha bajado a la enfermería, dice el Hermano, habiendo tenido la dicha de acompañarle, desnudarle y acostarle, hablando en el entretanto algunas palabras con él, y me respondió con mucho amor y blandura, y al mismo tiempo advertí en él varios actos de conformidad, agradecimiento y paciencia, según las palabras que decíamos.» Pidió luego el breviario y rezó los maitines del día siguiente, a pesar de lo malo que estaba y de los esfuerzos que hizo el Hermano para disuadirle.
«Hoy, día 24, encontré antes de la oración al que le veló durante la noche, y preguntándole por el estado del enfermo, me respondió: Después de media noche no quería tomar nada, para poder celebrar la santa misa (la cual, hasta ayer, siempre ha celebrado); pero se vio precisado a tomar algo por no poder aguantar tanta sed como padece».
Continuaba el P. Viñas pidiendo oraciones a la comunidad en favor del enfermo, y dando permiso a los novicios y estudiantes para que hicieran, con este fin, novenas y otros obsequios a San Vicente; pero el Señor quería llevarse para sí al celoso Misionero.
El día 25, a las diez de la mañana, recibió el P. Ferrer el santo Viático «con mucha preparación y devoción.» Al preguntarle si pedía perdón, contestó con mucho sentimiento y humildad: «Sí, les pido perdón de tanto como les he agraviado, en tantas cosas y en tuntas ocasiones. Muchos son los escándalos que les he dado, con tantos malos ejemplos, impaciencias, poca mansedumbre y otras cosas. Los pesares que les he dado a unos y otros en tanto tiempo, también son muchos; les pido que me perdonen por amor de Dios, y les aseguro que en adelante procuraré enmendarme con la ayuda de Dios, y les tendré mucho amor, tratándoles a todos y a cada uno en particular, como a hermanos».
Aun estaría hablando y pidiendo perdón, dice el buen Hermano, si el sacerdote en vista del estado del enfermo, no se lo hubiera impedido. Después de recibir al Señor y darle gracias, sintió mucho alivio, y quedó muy alegre y sosegado, tanto, que hasta se ocupó de algún negocio que tenía pendiente. Pero al anochecer, empeoró de nuevo y pasó la noche muy mal. Con todo, rezó con mucho fervor algunas devociones, especialmente el salmo De profundis, y como estuvo desvelado, se ocupó durante toda la no che en repetidos actos de amor de Dios, de modo que era para admirar ver entre tales angustias su íntimo recogimiento y la nobilísima ocupación de su espíritu. Si hablaba algunas palabras y los que le asistían le rogaban que se las explicara, ya para consolarle, ya, sobre todo, para guardarlas en su mente como precioso legado, el siervo de Dios suspendía al momento la conversación diciendo: «Basta, basta», y seguía su íntima comunicación con Nuestro Señor, la que parece no interrumpía ni siquiera cuando le hablaban; pues, aunque contestaba, se conocía bien a las claras, que su mente y corazón estaban en Dios.
He aquí algunas de las cosas que dijo al buen Hermano que le asistía, y que él apunto luego para su aprovechamiento espiritual: «Tenga cuidado en purificar bien la intención y hacerlo todo siempre para agradar a Dios.
«Cuando haya prometido alguna cosa a Nuestro Señor, esté firme y hágala sin retroceder.
«La mejor manera de agradar a Dios es hacer su voluntad.
«Se ha de poner todo el cuidado posible en hacer bien las cosas».
Muchas veces durante la noche, dice el Hermano, viéndole tan fervoroso y que no quería dormir, le instaba que durmiera, porque convenía que el cuerpo tuviese algún reposo, y él respondía: Esto no me da cuidado ni pienso en ello.
Cuando le apretaban los dolores, decía con mucha suavidad y blandura: «¡Jesús! ¡Jesús!
Al decirle el 26 por la mañana el Hermano que su Ilma. el Sr. Obispo y algunos caballeros habían enviado a saber de su salud, respondió el enfermo: «Hacen caso de un miserable».
A las siete de la tarde de dicho día le sobrevino un accidente, y le administraron aprisa la Extremaunción, y todos creyeron que se moría. Sin embargo, se repuso un poco y pasó la noche algo sosegadamente.
El día 27, al atardecer, volvió a agravarse de tal modo que los médicos perdieron ya toda esperanza. A media noche entró en agonía, y un poco antes de expirar, se quedó muy quieto y dio su alma a Dios con la mayor quietud y dulzura que se puede imaginar, a los tres cuartos para las tres de la mañana, en viernes, 28 de agosto de 1789 y día de San Agustín».
«Quedó su cuerpo blando y flexible y más hermoso que cuando era vivo: así lo confesaron muchos de los que le vieron, y entre los demás fue uno el Sr. Marqués de Baños, y ahora Teniente General.
«La estatura de su cuerpo fue algo menos que mediana, el semblante triste, el color muerto, aunque más blanco que moreno; el rostro muy pálido y más presto largo que redondo; la boca pequeña y sin diente ni muela; la nariz afilada y un poco corvada; los ojos pequeños, negros y muy resplandecientes, de modo que hechizaba al mirarle; las cejas negras y arqueadas; la frente muy proporcionada, pero, por ser calvo, parecía algo grande, aunque en su calva tenía esparcidos algunos cabellos que le hermoseaban mucho; las orejas algo grandes y mi poco encorvadas; el pelo de la cabeza y barba negro, y finalmente, era delgadísimo de cuerpo, o por mejor decir, seco. Su andar majestuoso y grave, sin afectación. Era de natural pronto, pero humildísimo y afable». Verdaderamente es cosa de notar que un hombre tan pequeño, tan seco, tan vil y despreciable a sus ojos y cualquiera otro que tuviera su figura lo sería a los de los demás) fuese tal su atractivo que arrebataba y cautivaba la atención de todos, y aunque estuviera presente la comunidad, todos le miraban como al sol entre las estrellas, y decían: «Es un santo».
El retrato que el Hermano Coadjutor nos hace del primer Visitador de la Congregación en España, coincide con el boceto que el mismo Hermano trazó a pluma en el lado interior de la primera hoja del tomo II de los extractos de las conferencias del P. Ferrer, y con el que va al frente de algunos de los ejemplares de su obra póstuma: Impedimentos de la perseverancia en el bien. En aquél, aparece el P. Ferrer arrodillado y disciplinándose. Tiene descubierta la parte Superior del pecho, la mayor parte del brazo y hombro izquierdos, y con la mano derecha maneja las disciplinas. Sobre una orla que pasa por encima de su cabeza, se leen las palabras que solía repetir con frecuencia: «Sin mortificación no hay salvación». Y en la parte inferior dice: «Verdadero retrato del Sr. Vicente Ferrer, sacerdote de la ‘Congregación de la Misión: murió el día 28 de agosto de 1789, de edad 67 años, vocación 46».
Durante la enfermedad del P. Ferrer, tanto el Ilmo. Sr. Obispo, como el Vicario General y otras personas de distinción, enviaban diariamente a preguntar por el estado del enfermo, y luego «mostraron cuanto sintieron su muerte».
Según costumbre de entonces, su cadáver recibió sepultura en la misma iglesia de la Casa-Misión.








