No es frecuente en la vida del Misionero que cubra su ataúd la misma tierra que sustentó su cuna. Porque su vocación suele llevarle a vivir lejos de su terruño y no pocas veces lejísimos de su misma Patria a la que no vuelve más que de tarde en tarde, en visitas fugaces. Precisamente en una de éstas esperaba la muerte a nuestro P. Rafael Perelló. Llevaba 34 años residiendo en América, allá deseaba volver, pero Dios lo ha llamado a Sí. El 25 del pasado noviembre fallecía en su misma casa de Llubí, el pueblecito mallorquín donde naciera 56 años antes, el 5 de septiembre de 1891.
De Llubí era también —y hermano del actual. P. José María— aquel otro P. Perelló Juan, cuya juventud tronchó prematuramente (1917) el clima inclemente de las alturas Puneñas de tan tristes recuerdos para la Provincia.
Juntos los dos primos hermanos vistieron la sotana de misionero, el 17 de octubre de 1908, en la Casa Central de Barcelona, siendo Director el P. Antonio Palau, si bien pocos días después —para dejar sitio a los HH. Estudiantes venidos de Bellpuig— partían de nuevo hacia Mallorca, en cuya Casa Misión quedó instalado dicho mes el Seminario Interno de la Provincia.
En la lista oficial de los 240 jóvenes (251 según otro cuaderno) que han sido admitidos hasta el presente en el Seminario Interno de nuestra pequeña ProvinCia, tiene el Hermano Rafael Perelló el número 36. Anotemos de paso que de los 35 anteriores (empezando por el H.° Lorenzo Oliver Alomar, hijo también de Llubí, y que vino del Noviciado de Madrid para inaugurar el de Barcelona el 16 de octubre de 1903, junto con el H.° Augusto Montserrat) son mallorquines 21; catalanes, 8; valencianos, 2 ; aragonés, 1 ; de otras provincias, 2, y uno belga.
De sus dos años de seminarista tengo este solo apunte que me envía el Padre M. C.: «Le conocí por primera vez en Palma de Mallorca, siendo él novicio y yo apostólico, durante el curso 1909-1910. A pesar de su carita de ángel (era entonces muy guapo), se le veía siempre serio y formal. Y así como de otros connovicios recuerdo ciertas libertades o ligerezas hechas a hurtadillas, a pesar de la seria vigilancia del P. Director, del P. Rafael Perelló no recuerdo nada des- edificante y sí su porte grave y ejemplar».
A punto de expirar sus dos años de Noviciado, 27 de agosto; pasó a Espluga para incorporarse al Estudiantado que acababa de ser aquí reorganizado después de la dispersión provocada por la Semana Trágica de Barcelona, y en Espluga, emitió los santos Votos el 18 de octubre de 1910. De aquellos días será una estampita encontrada entre sus papeles en cuyo dorso conservaba escrita la fórmula de su consagración a Dios y en cuyo anverso, al pie de un busto de la Virgen Purísima, hay estos versos ingenuos:
Del navegant sou el pon— de l’esgarriat la vida; ara i en la nostra mort — oh dolea Verge Maria, volgau ser el nostre nord — no’ns deixeu sens vostra quia.
Bien que necesitaba este norte y guía quien desde tan joven tanto había de navegar y correr tierras y mares ignotos. En febrero de 1911 queda seccionado el Estudiantado, yendo a Barcelona los Teólogos. En cambio, vienen de Mallorca, a- convivir con los Bienistas que quedan en Espluga, los Hermanos Seminaristas (mayo). Pero sólo por un año, ya que en marzo del año siguiente (1912) se reintegra a Mallorca el Seminario Interno y vuelve a Espluga el grupo de Teólogos, de donde pasará otra vez a la Casa Central de la Provincia en junio de 1914, cuando las primeras expediciones al Perú dejan sin personal esta Casa y obligan a los HH. estudiantes a asistir provisionalmente —una provisionalidad que dura cinco cursos completos, hasta 1919— a las clases del Seminario Conciliar de Barcelona.
Estos vaivenes del Estudiantado y Seminario Interno en aquella época son un poco la imagen de toda la Provincia, llevada a la deriva por la fuerza implacable de una serie de circunstancias adversas que no acababan de dejarla emprender, a la joven Provincia, una marcha tranquila y regular.
De la vida de nuestro estudiante hemos recogido una anécdota que ya nos retrata al vivo su carácter. A fuerza de afición y de sacrificar parte de -los recreos extraordinarios, fue de los primeros que solo, sin métodos ni maestro, consiguió conocer algún tanto los secretos del armónium y tocarlo premiosamente. Faltando por entonces el organista encargado, el director de música, H.° Guillermo Fiol, convocó a oposiciones a todos los aficionados a fin de proveer la plaza vacante. Uno de los dos que se presentaron fue el Hermano Perelló. Preparada la pieza de antemano, llegado el momento, empezó con un arranque estupendo, tecleando con brío y garbo desusado los primeros compases, pero por falta de lectura o de digitación o por sobra de nerviosismo, se le inmovilizaron de pronto las manos y mirando angustiosamente a uno y otro lado, empezó a preguntar con su natural tartamudeo nervioso en estos casos: «¿Dónde estoy, dónde estoy?»… El episodio, por obra y gracia de algún guasón, que nunca falta entre la juventud estudiantil, pasó a ser el chiste de temporada, repetido como estribillo en cada oportunidad y en su propia salsa vernácula: Rafelet, Rafelet¡ Va… pim, pim, piiim… pim, pim, piiim… On és, on és, on és?… El chaparrón de risas que cada alusión provocaba aprendió a recibirlo él serenamente y a aceptarlo corno saludable ejercicio de paciencia.
A Méjico
Al H.° estudiante Perelló ya no pudieron afectarle los últimos traslados que antes hemos mencionado. El 25 de julio de 1913, en unión con los entonces también estudiantes PP. Mariano Pérez y Pablo Ramis, había embarcado rumbo a Méjico a bordo del «Montserrat». Ante las exigencias de las leyes vigentes, para librarlos del servicio militar activo en los cuarteles, los Superiores se acogían al recurso o privilegio de enviarlos a misiones extranjeras. Hubo, pues, que romper entonces, prematuramente, amores y cariños —dulces amarras del corazón— para que no se rompieran los lazos, más sagrados, de la vocación. En el perfil biográfico es éste un trazo fuerte y viril entre los que bastan para darnos la contextura moral de un misionero.
Las peripecias del largo viaje, las primeras impresiones de los que se dio en llamar «los tres reclutas» en las tierras de Hernán Cortés, su vida de piedad y estudio en el Seminario Mayor de Oaxaca, donde prosiguieron sus estudios teológicos bajo la dirección de los PP. de la Provincia mejicana, entre continuas inquietudes y zozobras y los nervios en tensión a causa del estado de agitación revolucionaria con episodios de sangre, de barbarie y de persecución religiosa en que vive el desventurado país en los años de los Presidentes Huerta y Canaliza… sería muy largo de contar. Ya los mismos interesados llenaron con ello muchas páginas de los primeros números de Germanor, cuya aparición coincidió con la marcha de «los tres reclutas».
Aquello no era todavía la persecución diabólica y feroz de Calles, pero sí su preludio sangriento. Los sufrimientos fueron muchos, mas la divina Providencia guardó siempre a nuestros expatriados. En 1916, trasladados de Oaxaca a Tacubaya, ciudad cercana a la capital federal, pudieron desen-volverse con algo más de tranquilidad, terminar los estudios (al mismo tiempo que ayudaban a los nuestros en las clases del hermoso Colegio que allí dirigían) y recibir las sagradas Órdenes.
Cuando rindieron en Tacubaya sus últimos exámenes —5 de noviembre— eran ya sacerdotes sus dos compañeros y diácono nuestro P. Perelló. Tengo a la vista una preciosa estampa de la época —la Milagrosa rodeada de rosas, lirios y estrellas—, en cuyo reverso la mano nerviosa y emocionada del joven clérigo escribió las fechas memorables. Dice así «In memoriam. — Recibí las órdenes sagradas.en México el año 1916, de manos de Monseñor Julquasi, obispo de Cuernavaca. — El 14 de mayo recibí las órdenes menores en la capilla del Seminario Conciliar. — Fui ordenado de Subdiácono el 21 de mayo en la capilla de los PP. Salesianos (Tacuba). — Fui ordenado dé Diácono el 28 del mismo mes en la capilla del Seminario Conciliar.»
Hacia el Perú
Ya antes de terminar sus estudios, una carta del Visitador P. Vilanova destinaba al joven diácono, lo mismo que a sus dos compañeros, a reforzar el personal de los Colegio-Seminarios abiertos o a punto de serlo en la Patria de Santa Rosa de Lima, Arequipa y Cuzco. Ya que no a la Patria añorada, volvían cuando menos al seno de la no menos amada Provincia.
Se comprende por lo tanto que, a pesar del nuevo, largo y penoso viaje que esto suponía, lo emprendieran los tres con ilusionada alegría, bendiciendo a Dios que los sacaba incólumes de tantos peligros y llenos de honda gratitud a los Superiores de la heroica Provincia mejicana, que tan caritativamente los había acogido y cuidado durante más de tres años.
De su viaje en tren hacia la frontera norteamericana quedóles en la retina la visión macabra de unos cadáveres momificados, colgados como frutos de maldición de los árboles de la campiña, asolada por las bregas revolucionarias entre carrancistas y anticarrancistas…
El 27 de noviembre trasponían por fin la línea fronteriza y, siempre en ferrocarril, pasando por San Antonio de Tejas —en todas partes recuerdos de la Patria lejana, proseguían viaje hasta Philadelphia, donde les esperaban los brazos hermanos de los PP. Daydí y Juanmartí.
El P. Perelló, diácono todavía, recibió orden de retirarse en seguida a la Casa de Germantown, que en la misma ciudad tienen nuestros PP. norteamericanos, a fin de prepararse a recibir próximamente el sacerdocio, que le fue conferido por el Obispo auxiliar el 23 del mes de diciembre de 1916 en la iglesia de los Dolores de dicha ciudad. Dos días después, fiesta de Navidad, celebraba su primera Misa en nuestra iglesita hispana de Brooklyn (Nueva York), apadrinándole el P. Canas, C. M., como dice el recordatorio que tengo a la vista. ¡Oh, si hubiera podido levantar más arriba, por encima de los rascacielos neoyorkinos hasta la comba celeste, aquella Hostia pura, santa e inmaculada para que la vieran en sus manos temblorosas aquellos seres queridos que allá lejos, a miles de kilómetros, tanto habían suspirado por ver este día grande y hermoso !… Pero también a los padres alcanza su buena participación en la vida de sacrificio de los hijos que ofrendaron generosamente a Dios, y por ello en el cielo tendrán también su parte de glorificación misionera.
Sacerdote ya, el P. Perelló continuó el viaje hacia su primer destino, el Colegio-seminario de San Jerónimo, dé Arequipa (Perú), donde llegaba, vía marítima mar Caribe, canal de Panamá, Pacífico, el 22 de febrero de 1917, poniéndose en seguida al trabajo a las órdenes del P. Gornals, entonces Superior del establecimiento.
Creo no sería tiempo perdido que alguno de los supervivientes —y son muchos todavía— de aquellas primitivas fundaciones de Colegio-seminarios peruanos, hiciera un poco de historia de cómo actuó en ellos la Congregación pugnando inútilmente por transformarlos, o acercarlos al menos, al ideal tridentino exigido por la disciplina eclesiástica.
El catálogo C. M. de 1920 sitúa al P. Rafael Perelló en la recién abierta fundación limeña de Mercedarias, pero no nos consta si llegó a ir a ella, puesto que en los primeros meses de este mismo año la revista de la Provincia le cita como destinado a la Misión de Honduras, y en octubre parece cierto que se hallaba ya en Panamá.
En la Misión de Honduras
Sea lo que fuere de la estancia en Mercedarias y Panamá, lo cierto es que en diciembre de 190 el P. Perelló estaba ya en la residencia de Puerto Cortés con el P. Gual y el Hermano Garcías Mas, y que allí le encontró el P. Comellas a su llegada a Honduras para la reorganización del Vicariato Apostólico. Y en Puerto Cortés tuvo siempre su habitual residencia los ocho años que permaneció en la Misión, si bien desde, allí salía para excursiones misionales a. las aldeítas o para acompañar en sus visitas apostólicas a Monseñor.
Referentes a esta época de su vida, me transmite el Padre Mateo Con los siguientes recuerdos personales: «Cuando mi destino a nuestra Misión hondureña (1922), tan pronto supo habíamos llegado- a La Ceiba, él voló el primero para darnos la bienvenida, permaneciendo con nosotros varios días. Por aquel entonces residía en Puerto Cortés, pero activo como era tomó a su cargo la instalación de ama nueva iglesia en -Tela. Y de tal manera supo captarse las simpatías de los altos jefes de la «Tela Rail Road Co.», que muy pronto, accediendo a sus demandas; le concedieron y edificaron -la iglesia que bendijo e inauguró ‘solemnemente Mons. Sastre, en enero de 1923.
Puerto Cortés no tenía casa curad. Vivía el Padre en la sacristía de la vieja iglesia, que había adecentado mucho y hasta agrandado. Decidido a levantar una casa conveniente, consiguió que el Ayuntamiento le cediera, gracias a su tenaz insistencia, un solar, en el que fue construyendo una hermosa y cómoda residencia para los Padres. Pero alguien que apetecía también aquel solar y no lo había podido conseguir, juró que tampoco el Padre lo disfrutaría fue precisamente en vísperas del día designado para el traslado a la flamante casita. Por la mañana había venido el P. Perelló a San Pedro Sula a contarnos de sus obras y a invitarnos al estreno, volviéndose lleno de contento e ilusión a disponer las cosas de allá… A altas horas de la noche le despiertan fuertes llamadas a la puerta. Se levanta azorado y ve que algo arde no lejos de la iglesia, pero sin que le pase por las mientes que pueda ser su casita de la que pronto no queda más que un montón de ruinas y ceniza… Nada dijo ni nada hizo más que exclamar lleno de pena: «Alabado sea Dios». Más adelante supo que el autor de su desventura era un alto perso-naje y tampoco nada quiso hacer contra él si no es dedicarle unos cuantos piropos de grueso calibre en la intimidad de sus amistades.
«Ignoro cómo trataría a los demás visitantes. De mí sé decir que pasaba a su lado días placenteros, momentos de verdadera fraternidad. No era malgastador, quizá, un poquitín tacaño, pero para obsequiar a los compañeros que le visitábamos se mostraba de veras espléndido, viéndosele disfrutar en proporcionar un día de solaz y verse acompañado. Y en presencia de sus amistades, de las cuales no se mostraba celoso —cosa harto común—, gozábase en presentárnoslas y hacérnoslas conocer, y aun nos alababa ante ellas.
«Los mismos ímpetus de su modo de ser inquieto y nervioso supo utilizarlos para el bien, y por esto fue en Honduras un excelente trabajador».
En este mismo sentido abunda el testimonio del actual Vicevisitador del Vicariato, quien dice: «A pesar de ser algo desequilibrada su vida, hay que reconocer que en Honduras trabajó bien tanto en el orden material corno en el parroquial, dejando en todas partes un buen recuerdo. Prueba de ello que cuando han sabido su muerte —los morenos sobre todo— han encargado la celebración de Misas de Funeral en sufragio de su alma».
En Estados Unidos. Superior de Philadelphia
A partir de 1929 aparece su nombre catalogado entre el personal de la Casa de Brooklyn. Es, pues, probable que volvió a la cosmopolita ciudad de su Primera Misa durante el año 1928, permaneciendo en ella hasta principios de 1931, en que pasó a Philadelphia, donde otros dos años después, en la santa Visita que practicó en ella el P. Comellas en septiembre de 1933, recibió el nombramiento de Superior. Sucedía al P. Gual y se le dejaban como súbditos a los Padres Litrá, Coll M. y H.° Llorach. En los años sucesivos, durante su dilatado superiorato de cuatro trienios, fue repetidamente modificado el cuadro de la reducida comunidad, a lo que no parece ajeno el carácter temperamental de su superior…
«Era de temperamento bilioso —observa uno de sus súbditos de entonces— y su vegiguilla excesivamente recargada de hiel, le hacía fácil al desabrimiento y a cierta aspereza amarga que le daba que sufrir mucho a él y no menos a los que con él convivíamos. Sin embargo, cuando se serenaba, solía reconocer su error y procuraba al menos disimular. Emprendedor como era y buen trabajador, estos arranques supo encauzarlos para llevar a efecto hermosas y útiles obras en bien de la casa y capilla. Merece ser destacada su gestión económica acertada que logró rehacer el capital fundacional que manos menos expertas habían casi pulverizado. Y para que nadie dude de su inmediato ‘antecesor, diré que la gloria es de ambos por igual.»
El P. Perelló amaba indudablemente a nuestra pequeña Provincia y por ella, al mismo tiempo que por la gloria de Dios y por las almas, se sacrificó y trabajó mucho y bien. «Apenas he convivido con él —dice otro testimonio (P. So-cias)—, pero en mis relaciones epistolares he podido observar en el P. Perelló un gran interés por el bien de la Provincia. Siempre que le pedí recursos en favor de alguna obra de la misma, me favoreció con ánimo generoso y sin regateos…»
El compilador de estos apuntes puede testificar haber oído al Sr. Visitador, P. Comellas, que le nombraba Procurador Provincial por lo bien que había llevado en Philadelphia la parte económica, demostrando dotes nada comunes en este sentido.
Destino nonnato
Acabo de referirme al nombramiento del P. Rafael Perelló para Procurador Provincial. Fue éste un destino non- nato, ya que no pasó nunca del papel. Cuando en 1945 (mayo) cesó en el oficio de Superior de Philadelphia, llamóle el Padre Comellas a Barcelona para que substituyera al octogenario P. Vigo en la Procura Provincial. Parece que el tal destino no le agradó poco ni mucho al interesado, sentíase enfermo y agotado por los sufrimientos físicos y morales, y no deseaba sino permanecer hasta la muerte en América, su patria de adopción. Fuése dando largas al asunto y así estaba todavía un año después cuando el P. Comellas llegó a Estados Unidos para la Visita canónica. Y así quedaba cuando la muerte, inesperadamente, sorprendió en Nueva. Orleans al. P. Visitador (junio 1946).
En carta a uno de los Consejeros provinciales, el 22 de julio, alude a la triste nueva, dice que ruega para que «Dios nos conceda un buen Visitador, según el espíritu de Dios y de N. S. P. San Vicente», y añade: «Confieso que debía de haberle escrito antes para pedirle el auxilio de sus luces y oraciones, pero confío que no es demasiado tarde y que me ayudará. Supongo que usted se da cuenta de lo mucho que he sufrido y sufro todavía en estos meses a tal extremo que he enfermado y sigo enfermo todavía aunque algo mejor… No dudo que esta prueba Dios la ha permitido o me la ha mandado para mi bien».
Al nuevo Visitador R. P. Jaime Roca le informaba a fines del mismo año en estos términos: «… En contestación a la suya, quiero hacer constar que lo que me dice usted de mi aceptación del cargo de Procurador Provincial, de que se daba cuenta el 9 de junio de 1945 según el libro de Consejos Provinciales, creo que no es exacto. Que yo sepa, nunca he aceptado ese cargo para el cual siempre me he considerado indigno y sin las cualidades que supone en el individuo para el fiel cumplimiento de las obligaciones que impone; además de que el estado de mi salud no me permitía aceptar. Supe que fui propuesto y aprobado por el M. H. P. Vicario General… Mi contestación fue, como usted podrá ver por las cartas v cablegramas enviados al P. Comellas (q. e. g. e.), que me era imposible salir en las presentes circunstancias, ya por las leyes de inmigración de EE. UU., ya por el dictamen de los médicos que se negaron a autorizar mi salida. Tenía en aquel entonces 230 de presión arterial con peligro inminente de un ataqué de apoplejía, lo que me obligó a ir al hospital_ en dos ocasiones en estado de gravedad.
«Ahora, si es necesario hacer renuncia de ese cargo… con gusto lo hago por la presente.»
Viaje, enfermedad y muerte
Aun suponiendo algo exagerado y subjetivo el anterior, informe era realmente cierto que el estado de salud del Padre Perelló no era satisfactorio, ni lo era menos que le convenía un período de descanso y distracción a su naturaleza minada por el mal. El P. Visitador accedió benévolamente a su petición de un viaje a España —no había venido desde 1934—, y en febrero de 1947, después de darle conmovido las gracias, comunica: «Pienso salir, si Dios quiere y las cosas no se descomponen, en el mes de abril y en el vapor «América» de la «United States Lines» para. Cherburgo (Francia), en el cual tengo reservado pasaje de ida y vuelta para regresar a últimos de septiembre. Pienso pasar una semana o dos en París y ver al M. H. P. Vicario General P. Robert y al P. Slattery y a los de mi familia que residen
Subrayemos el inciso «tengo reservado pasaje de ida y vuelta». Por su correspondencia y por lo que a todos decía aquí, se deduce que se le hizo como una obsesión el deseo de volver a América.
Llevado de ese deseo, llegaba a olvidar su enfermedad y sus disgustos morales y se consideraba «suficientemente bien para hacer el trabajo de estas casas, donde he trabajado tanto tiempo».
El viaje a España vía París, donde se detuvo algunas semanas, lo realizó felizmente. Sin embargo, cuando llegó a Barcelona, a, principios del pasado junio, había en su rostro un mal disimulado rictus de dolor. El mal venía con él y proseguía por dentro la destrucción del organismo. Todavía tuvo arrestos para subir a postrarse ante la Virgen morena de Montserrat. Pocos días después yo mismo le acompañaba al vapor correo de Mallorca, de donde ya no volvería más…
Cedo ahora la pluma al Superior de Palma.. Dice así el P. Amengual: «Llegó el P. Rafael Perelló a Mallorca en plan de vacaciones. Estaría unos días, vería a sus familiares, y después, ya repuesto de su dolencia, regresaría a su destino. Lo noté siempre reservado y con un pensamiento dominante,’ América… Fuése un día a despedir de sus familiares y Dios lo detiene allí: un ataque al corazón. Acude con urgencia el Doctor y pronostica gravedad. Un día por otro y siempre con la esperanza del mañana, va pasando en su casa los tres meses de enfermedad.
«Momentáneamente le costó resignarse. Cuando le indiqué la necesidad de prepararse a morir, me dice:
—¿De veras que estoy tan grave?
—Bien, pues, que venga el P. Domenge y voy a confesarme más detenidamente.
«Había ya comulgado varias veces por devoción durante su enfermedad. Recibió los últimos sacramentos con gran edificación de todo el pueblo. Después, con toda serenidad y tranquilidad, dispuso de sus cosas, y para evitar posibles dificultades con los parientes, hizo un poder en favor del Padre Capdevila, Superior de Philadelphia (U. S. A.), y por testamento lo dejó todo al Superior de la Casa de Palma de Mallorca, quien debería respetar unos legados (muy poco) para sus parientes, demostrando con ello un gran desprendimiento y mucho cariño a la Congregación y a esta Casa.
«El P. José Mª Perelló, su primo, estaba con él. El Superior, con alguno de los PP., íbamos a verle casi cada .semana, de lo que el enfermo se alegraba visiblemente. Con mucha satisfacción nos pagó —aun en vida— el equipo de altavoces (5.500 pesetas) que desde entonces usamos en las misiones. En una de las visitas me decía así, con tristeza y en confianza:
¿Por qué me sacarían de allí? ¿Qué dicen de mí?
Ay!, Padre, yo no he oído nada contra usted… No sé qué razones tendrían, pero déjelo ahora, Padre, Dios sobre todo.
Y resignadamente repetía: «Sea por Dios.»
«La víspera de su muerte fuimos a verle por última vez, con prisas, porque aquella misma noche teníamos pendiente la solemnidad de la Milagrosa. Quedóse a su lado el Padre José M.a Perelló. El día siguiente, 25 de noviembre, moría muy plácidamente aunque sufriendo mucho.
«En el entierro y funerales, el día 26, nos acompañó todo el pueblo de Llubí. Ofició el P. Superior, ayudado de los PP. Domenge y Lladó, y presidió el duelo el citado P. Perelló. Descansan sus restos en la tumba de su madre.»
No sé por qué viénenme ahora de nuevo a la memoria los versos del principio:
Del navegant son el port… — ara i en la riostra mort — oh dolo Verge Maria!
¿No sería un motivó’ de dulce esperanza haber muerto en vísperas de la fiesta de la Milagrosa?
Una palabra más…
…porque se la debo al lector que verá con extrañeza —como yo mismo— mi firma al pie de estas cuartillas dedicadas a la memoria del P. Rafael Perelló. No conviví nunca con él. Apenas si le vi de paso, breves momentos, cuando sus viajes a la Patria. Pero… los posibles biógrafos han ido declinando amablemente el encargo o han respondido enviando algunas notas, un apunte, un recuerdo y… diciendo que el Padre tal o cual lo haría de seguro muy bien.
Bien o mal, aquí está, ordenado amorosamente, cuanto he recibido y algo más de propia cosecha. A los colaboradores, mis acciones de gracias; a todo el que lea, perdón por mi excusable atrevimiento, y una oración por el alma del biografiado.
Espluga, abril de 1948.
Nicolás Pascual








One Comment on “El P. Rafael Perelló y Perelló (1891-1947)”
El padre Rafael Perelló era hermano de mi abuelo, si es posible quisiera saber si hay mas informacion de sus obras, y necesitariamos saber de los otros padres de Llubi que menciona este escrito, porque la parroqui de Llubi hace una recogida de todos los religiosos.
gracias de antemano miquel perello coll