El mensaje de Rue du Bac (I. Nota sobre la vidente)

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: J. Delgado, C.M. · Año publicación original: 1968.
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Zoé Catalina, hija de Pedro Labouré y Magdalena Gontard, na­ció el 2 de mayo de 1806 en Fain-les-Moutiers, de 200 habitantes, en la Costa de Oro francesa, diócesis de Dijon. Su padre, ex-se­minarista, y su madre, ex-maestra, cultivaban una extensa labran­za, con doce jornaleros, al mismo tiempo que procuraban una educación a sus hijos. De los diez que sobrevivieron, Zoé fue la primera sin opción a estudiar: «justamente sabía leer y escribir». Así lo atestiguan la ficha personal de su noviciado y sus escri­tos autógrafos.

En 1815 murió su madre. Zoé contaba tan sólo nueve años y pronto sintió la soledad. Fue entonces cuando la vieron subirse a una silla para abrazar a la imagen de la Virgen y cuando la oye­ron decir: «Ahora tú serás mi única madre.» En todas las biogra­fías y en el proceso de beatificación de la Santa se describen los detalles de este acontecimiento sencillo, pero revelador. Como pri­mera medida, para evitar esta soledad de sus pequeños, el señor Pedro los envió a Saint-Remy, con los cuatro hijos de su herma­na Margarita. La vida en Saint Remy era cómoda, divertida y alegre.

María Luisa, la hermana mayor de Zoé, ingresó en las Hijas de la Caridad tres años después, y, así, Zoé hubo de volver a casa para encargarse del trajín hogareño. Más tarde, venciendo los halagos de los pretendientes a su mano y la obstinación de su padre, se decidió a seguir la misma vocación. San Vicente se le había aparecido en sueños para anunciarle su llamada. Entonces, el señor Pedro, en un esfuerzo supremo por disuadirla, la envió a París, a ayudar a su hermano Carlos, que tenía una taberna. Pero todos eran de la misma madera: tozudos, perseve­rantes y nobles. Zoé perseveró en sus deseos. De sus años de ama de casa son las anécdotas del palomar, donde mimaba a cientos de palomas.

El hermano mayor, Humberto, se había casado con Juana Gon­tard, prima de su madre, a quien se parecía. El pertenecía a la escolta de Carlos X. Vivían en Chatillon-sur-Sein, donde ella di­rigía una escuela. Con el pretexto de que Zoé aprendiera las co• sas elementales de leer y escribir se la llevaron a Chatillon. Pero allí Zoé no se encontraba bien. Las chicas aristócratas del colegio eran remilgadas, puntillosas, cursis; ella era sencilla, noble, abier­ta. Ellas, con su empaque eran elegantes pavos reales; ella, con su sencillez era callada paloma.

Pero allí encontró la solución a su vida. Su prima y cuñada lo­gró del señor Pedro autorización para que Zoé ingresara en el pos­tulantado de las Hermanas, en Chatillon. El, sin embargo, man­tendría su oposición: no iría a despedir a su hija ni permitiría que ella lo hiciera; tampoco pagaría la dote que entonces se exigía. Fueron Humberto y Juana quienes pagaron las 7.500 pe­setas de gastos. A fin de cuentas, lo sustancial estaba conse­guido. Iba a cumplir, entonces, los veinticuatro años.

En vísperas de la traslación de las reliquias de San Vicente llegó al Seminario o Noviciado de París. Y allí pronto comenzó a tener visiones, a diario, del corazón de San Vicente, de Cristo Rey, de la Cruz y, sobre todo, de la Virgen, a quien ella «desea­ba ver ardientemente». De estas últimas visiones trata este li­bro. Exteriormente no se distinguía de las demás novicias. Todo cuanto se pudo decir de ella es que era «robusta y parecía que­rer ser buena». Su director, a quien había comunicado sus vi­siones, tenía órdenes de no decir nada sobre ella.

Su primero y último destino fue la casa de ancianos de En­ghien, donde vivió cuarenta y cinco años de trabajo silencioso, en menesteres humildes: cocinera, portera y encargada de los an­cianos y de la granja. No era extraño verla sentada en un tabu­rete ordeñando las vacas, con las mismas manos que habían tocado a la Virgen, o tirando, escaleras arriba, de uno de los an­cianos, que en sus salidas había bebido más de la cuenta.

Muchísimos millones de personas llevaban la medalla al cue­llo. Todo el mundo hablaba de las apariciones de Rue du Bac. Pero nadie podía señalar con el dedo a la vidente. Vivía una vida oculta, con sus ojos azules atentos a las cosas. La milagrosa con­versión, por la medalla, de Alfonso Ratisbona, ocurrida en Roma, en Sant’Andrea della Fratte, atrajo muchos curiosos a París. Lo mismo ocurrió cuando Bernardita Soubirous afirmó que la Vir­gen se le había aparecido, sobre las rocas de Lourdes, en actitud de Virgen Milagrosa. Pero nadie pudo decir ante la gente: «Esta es la vidente de Rue du Bac» a pesar de que sus visiones fueran las primeras de un siglo devocionalmente mariano.

Mantenerse en silencio no fue una cosa fácil. Mucho la hicie­ron penar su confesor, P. Aladel, y su superiora, Sor Dufes, por incomprensión, desconfianza y prueba. La imagen del Globo fue para Sor Catalina, según sus palabras, «el tormento de su vida». La medalla no se acuñó a la hora ni de la forma que ella de­seaba. El cumplimiento del mensaje, en una palabra, fue para ella un crisol purificador.

Por si estos sufrimientos fueran pocos, su padre, con quien había hecho las paces a medias, murió antes de que ella profe­sara. Su hermana María Luisa, después de haber sido superiora, colgó los hábitos, en 1834, y aunque volvió a tomarlos doce años después, hizo sufrir mucho a Catalina. Ella había soñado en ha­cer los votos el día en que su hermana los renovara. Derramó lágrimas y escribió cartas con un lenguaje fuerte; pero hubo de esperar años amargos. Durante la revolución de la Commune, Sor Catalina hubo de enfrentarse con los revolucionarios para defender a sus compañeras. Un día la hicieron comparecer ante el tribunal revolucionario, del que, afortunadamente, salió con plena libertad. De esta época son muchas de sus predicciones, algunas de las cuales no se cumplieron, por lo cual se corrió la misma voz decepcionante que cuando los casos de amnesia: la vidente de la medalla ha perdido la memoria; ha perdido el jui­cio. Lo cual llegaba a sus oídos y la hacía sufrir. A su superiora le dijo, en el último año de su vida: «No se preocupe porque digan que he perdido el juicio; no sería la primera vez.»

Que sepamos, fueron tres los confesores a quienes ella comu­nicó sus visiones: al P. Aladel, al P. Chinchón y al P. Chevalier. El primero publicó la Notice acerca del origen de la medalla. Murió en 1865, y a la vidente le costó acostumbrarse al P. Chinchón, que después sería testigo en el proceso de beatificación. Testigo en el proceso también lo fue el P. Chevalier, reeditor de la Notice, en la cual incluye 50 páginas de biografía de la vidente.

De su sencillez y candor es bien significativo el hecho ocu­rrido a la hora de la muerte. Sor Dufes, su última superiora, se acercó a su lecho mortuorio y le susurró: «No se olvide de ha­cer mis pedidos y encargos en el cielo.» A lo que ella respon­dió agonizante: «De todo corazón lo haría, pero como siempre he sido tan tonta no acertaré a explicarme, pues no s,1 cómo se habla en el cielo.» Sencilla, humilde y trabajadora, no se desta­có sino por su tesón en el servicio al pobre y por su fiel obser­vancia de la Regla. La parte de herencia que le cupo en suerte la dedicó a vocaciones sacerdotales y a misas para sus enfermos.

La vidente murió el 31 de diciembre de 1876, cumpliéndose su profecía: «No veré el nuevo año.» Su entierro se hizo en la crip­ta de la capilla de Reuilly, donde obró, según dicen, varias cu­raciones y donde se conservó su cuerpo incorrupto. Su silencio hizo exclamar a Pío XI, que la beatificó: «Y pensar que un se­creto tal pudiera ser guardado durante cuarenta y cinco años por una mujer… ¡Oh, es un milagro! Pío XII la canonizó el 28 de julio de 1947, bajo el título de la Santa del Silencio. Gaetano di Sales, periodista internacional, meditando ante su tumba, ahora en Rue du Bac, justificaba esta canonización así: «Yo quisiera poder volver a la vida a esta Hermana, en toda su brillantez es­piritual y su hermosura, y hacer hablar a su silencio. Quisiera hacer esto para que ella aparezca ante el mundo tal y como fue, para que todos los que soportan en silencio la cruz del deber, del trabajo y del ejemplo puedan ver que no sufren en vano.»

El 1.° de enero de 1878, la Superiora General dirigió, según costumbre, una circular a las Hijas de la Caridad, y en ella hace unas Observaciones sobre Zoé Labouré, llamada Sor Catalina. Era el comienzo de la poularización de una santa. Desafortuna­damente no se ha hecho una historia crítica de su vida, a pesar de que casi todos los años se publica alguna biografía suya, de tipo popular y divulgador. Para darnos una idea de estos libros, oigamos algunos títulos: La vie secréte de Catherine Labouré, de Colette YVER; La belle aventure de Catherine, de María WINOWSKA; L’Evan gelista dell’Immacolata nel secolo xix, de Salvatore PANE; Le message du Coeur de Marie a Sainte Catherine Labouré, de Edmond CRAPEZ; Le silence de Catherine Labouré, de Marie Thé­rése LOUIS-LEFEBVRE; Estudio psicológico de Sor Catalina Labou­ré, de Justo JUNQUERA Ruiz; Catherine Labouré et les apparitions nioderns de la tras Sainte Vierge, de Omer ENGLEBERT; La premier confidente de l’Immaculée, de B. VILLERS-LANIAL; Santa Caterina Labouré, la privilegiata de María, de Margherita NICOLI, por no citar más que unos cuantos. Pero niguno de estos libros puede considerarse para una investigación seria; sus títulos, algunos prometedores, no son más que la pantalla en que se expone des­pués una biografía de mascarilla. Estas biografías cuentan, más que la vida de la vidente, la propagación de la medalla y su aportación doctrinal al dogma de la Inmaculada.

Como biografías más serias e informadas, sin llegar a críticas, tenemos las de Edmond Crapez, Luden Misermont y Joseph Dirvin.

Robusta, sana, sencilla, noble, trabajadora, silenciosa, jovial y de carácter fuerte, casi explosivo, son las cualidades de la vi­dente de 1830.

Por su vocación religiosa conviene relacionarla con San Vi cente de Paúl. Aunque nacidos en dos rincones opuestos de Fran­cia (él era gascón y ella borgoñona), ambos vieron la luz prime­ra en el campo. Ambos eran hijos de campesinos con terrenos propios. Ambos eran conscientes de la tierra y del cielo, de las montañas y de las llanuras, de la lluvia y del sol. Ambos apren­dieron la misma lección de paciencia en los bruscos cambios del tiempo. San Vicente y Santa Catalina aprendieron en el campo a esperar las obras de Dios con paso lento, pero seguro. Al buen sentido de ambos se unía la sagacidad de Vicente y la tozudez de Catalina.

Bibliografía

LEQUETTE, Sor: Circular del 1 de enero de 1878: Remarques sur ma soeur Zoé Labouré, dete soeur Catherine; C HEVALIER, Jules (Ala-del): La Médaille Miraculeuse, 10.a edic., págs. 1-52, París, 1895; DIRVIN, Joseph: Saint Catherine Labouré, New York, 1958; DELGADO, José: La Santa del Silencio, edic., Madrid, 1966; CRAPEZ, Edmond: La vénérable Catherine Labouré, 2.edic., París, 1911; Beatificationis et canonizationis ven. servae Dei Catherine Labouré Virginis e Societate Puellarum Cari­tatis S. Vincenti a Paulo (4 volúmenes de más de 800 págs.), Arch. de Roma; AASS 25 (1933) 161-63, 217-19; 367-71; 39 (1946) 443; 39 (1947) 378, 877-880; DAYDI, Leandro: La bienaventurada Sor Catalina Labouré, Hija de la Caridad, Barcelona, 1933; Notas acerca de las Hijas de la Caridad difuntas, versión castellana (Arch. PP. Paúles, Madrid); FRANCO, Vicente: La sinfonía del silencio, en «La Milagrosa»: (1949 5-8; 27-28; 40; 51-54; 83-88; 107-110.

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