El lavatorio de los pies a los discípulos

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Cristiana1 Comment

CRÉDITOS
Autor: Patrick Griffin, C.M. · Año publicación original: 2012 · Fuente: Ecos de la Compañía.
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I – La dignidad del trabajo

Introducción

Durante la última cena, en el Evangelio de Juan, Jesús sabiendo que será esta su última noche con sus discípulos, quiere que le recuerden de una manera especial.

Durante tres años los ha acompañado y se da cuenta de su fragilidad en la manera de orientar su misión de responsables. Se pregunta cómo hacerles evolucionar y cambiar su actitud. Apoyándose en una experiencia que le ha influido profundamente en razón de su símbolo de humildad y de servicio, se inspira en ello para explicarles la importancia del espíritu de humildad para servir con amor.

En efecto, Jesús fue un día a comer a casa de Simón el fariseo. Una mujer conocida por todos como pecadora pública, avanza pausadamente hacia Jesús y arrodillándose a sus pies se los lavaba con sus lágrimas y se los secaba con sus cabellos; (Lc 7, 36). Jesús estaba emocionado por los gestos de esta mujer y por su solicitud al rebajarse, a los ojos de todos, en este acto de servicio. Simón, el responsable religioso, estaba escandalizado.

Pero Jesús dirigiéndose a la mujer le dice, «tus pecados están perdonados». Esta importante experiencia, quedó grabada en el corazón de Jesús y no podía olvidarla.

En el cenáculo, durante su última cena, deseando dejar como un testamento a sus discípulos llamados al gobierno de la futura comunidad cristiana, se inspira en el gesto de esta mujer pecadora para darles su último mensaje. Arrodillándose, comienza a lavarles los pies. Este gesto sorprende a sus discípulos y suscita el rechazo de Pedro. Pero Jesús insiste. Para los discípulos, este gesto se convierte en símbolo de gobierno y de servicio. Este texto del lavatorio de los pies está lleno de lecciones.

La pregunta que Jesús hace a sus discípulos después de haberles lavado los pies es esencial: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?» Decir, «nos has lavado los pies» es una respuesta insuficiente. Añadir «Has querido darnos ejemplo de gobierno ejercido como servicio», comienza a dar sentido a este gesto. Tal vez es más apropiado decir: «has querido darnos ejemplo de servicio en el gobierno». En efecto, es una lección difícil de entender: en esta situación de Jesús durante la última cena, lo vemos arrodillado a los pies de los demás. Es el lugar del servidor, del mendigo, del que escucha.

Hoy, en nuestra vida de servicio, Jesús nos hace la misma pregunta: «¿Comprendéis lo que acabo de hacer?«. Necesitamos habitualmente preguntarnos: «¿qué estoy viviendo? y ¿cómo?»

En una primera parte, reflexionaremos sobre la dignidad del trabajo; en una segunda, estudiaremos la naturaleza del trabajo como servicio.

La dignidad del trabajo

En el relato de la Creación, el trabajo no es un castigo impuesto a los primeros humanos. Incluso sin la caída, los seres humanos habrían tenido que trabajar y ocuparse del jardín, tal como lo dice el relato:

«Esta es la historia del cielo y de la tierra cuando fueron creados. El día en que el Señor Dios hizo tierra y cielo, no había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba en el campo porque el Señor Dios no había enviado lluvia sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el suelo» (Gn 2, 4-5)

Antes de la «caída», Dios había hecho al hombre creador mediante el trabajo de sus manos, el hombre debía trabajar la tierra para alimentarse. Después de la «caída», el castigo no es el trabajo sino la desproporción entre la dureza del trabajo y el resultado producido.

«(Dios) dijo al hombre: » Por haber hecho caso a tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí, maldito el suelo por tu culpa: comerás de él con fatiga mientras vivas; brotará para ti cardos y espinas, y comerás hierba del campo. Comerás el pan con sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste sacado; pues eres polvo y al polvo volverás» (Gn 3, 17-19)

Si desde el comienzo, Dios destinó a los seres humanos a trabajar y a ser creadores por el trabajo de sus manos, es porque el trabajo forma parte de la dignidad humana. En efecto, cuando Dios bendice la creación, una de las realidades que llama «buena» es el trabajo. Por nuestro trabajo creamos y nos expresamos; establecemos relaciones de apoyo mutuo y de servicio generoso en el mundo creado, y de los unos para con los otros.

Jesús creció en un hogar en el que el trabajo formaba parte de la realidad de cada día. Le llamaban «el hijo del carpintero». José era un artesano y su hijo aprendió el mismo oficio: carpintero. Jesús es un trabajador. No es necesario tener demasiada imaginación para pensar en todo el trabajo que caracterizaba la vida de María como mujer del siglo primero en Israel. El trabajo manual para cuidar la casa era considerable. Por lo tanto, Jesús procedía de una familia de trabajadores.

El relato del lavatorio de los pies es rico en imágenes sobre lo que pensamos del trabajo. Quisiera subrayar tres puntos, teniendo en cuenta este encuentro. En primer lugar, Jesús lava todos los pies. Lleva la jofaina, vierte el agua y utiliza una toalla para secar los pies. En segundo lugar, lava los dos pies de cada discípulo y podemos imaginar que esos pies estaban sucios y que suponía un poco de tiempo. Y en tercer lugar, lava los pies de todos los discípulos. Hubiera podido haber lavado los pies de uno de los discípulos y luego decir, «Bueno, supongamos que he lavado los pies de todos». Incluso cuando Pedro le ofrece la oportunidad de lavar un par menos, Jesús lo rechaza. Quiere, él mismo, lavar los dos pies de todos.

Podemos sacar muchas lecciones de este lavatorio de los pies. Una de ellas es la siguiente: Jesús quiere mostrar a sus discípulos lo que es un verdadero trabajo. Viendo trabajar a Jesús, los discípulos tienen la oportunidad de meditar en la naturaleza de este trabajo. Jesús quiere mostrarles que para ser sus discípulos, deben ser verdaderos trabajadores y no gente de apariencia.

Un verdadero trabajo supone:

  • Tiempo: lavar todos esos pies, lleva tiempo. Jesús está dispuesto a dedicar el tiempo necesario para que el trabajo se haga correctamente.
  • Esfuerzos: un verdadero trabajo exige una profunda implicación hasta el punto de sentir el cansancio. Hacer algo sin cansarse, en cierto modo no es comprometerse de verdad. Es normal sentirse cansado después de haber trabajado física o intelectualmente.
  • Actuar a conciencia: un verdadero trabajo compromete a la persona en todo lo que tiene que realizar.
  • Un compromiso personal: esperar a que otro haga nuestro trabajo no es una manera de asumir nuestra responsabilidad. Comprometerse a cumplir por completo nuestra tarea sin preocuparse de la confiada a los demás.

Por último, Jesús identifica este trabajo al del dueño y no al del esclavo. Dice a sus discípulos:

«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «el Maestro» y «el Señor», y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. En verdad, en verdad os digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica» (Jn 13, 12-17)

La enseñanza de este pasaje está en el hacer – ¡dichosas si lo hacéis! También, cuando Jesús nos pregunta: «¿Comprendéis lo que he hecho por vosotros?» hay que considerar que nos enseña la dignidad del trabajo.

Los responsables de la Iglesia han escrito sobre la dignidad y la importancia del trabajo, principalmente el papa Leon XIII en Rerum Novarum (1891) y Juan Pablo II en Laborem Exercens (1981). Podemos también interesarnos por los escritos de nuestros Fundadores para descubrir en ellos algo importante del trabajo en la Congregación y la Compañía.

San Vicente se identifica siempre como un trabajador. Una de las frases que más le identifican y la más característica para comprender su sentido de la importancia del trabajo, la pronunció a sus hermanos: «Amemos a Dios, hermanos míos, amenos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, con el sudor de nuestra frente.» Conocemos muy bien esta reflexión que hace Vicente al volver a Paris después de haber predicado una misión. El habla de su temor experimentando como si las murallas de la ciudad se derrumbaran sobre él al entrar en Paris, cuando todavía queda tanto trabajo por hacer. Vicente tiene un sentido profundo del trabajo por los pobres y el Reino de Dios como manera de responder concretamente a Dios y amarlo con hechos. Santa Luisa era también convincente cuando escribe a las Hermanas, se dirige a las Hijas de la Caridad, Siervas de los pobres enfermos. Centra constantemente su interés en las Hijas de la Caridad siervas.

«Sí, queridas hermanas, ¡cómo el deseo de amar a Dios y la práctica de ese santo amor (suavizan) maravillosamente todas las cosas! Qué consuelo tan grande es para las almas buenas tener ocasiones en que poder manifestar a Dios el amor que le profesan, como las que tienen ustedes con el servicio que prestan a los pobres! […]Suplico con todo mi corazón a Nuestro Señor que bendiga sus afanes y les haga comprender lo felices que deben sentirse por la gracia que El les otorga» (sta Luisa de Marillac, Escritos Espirituales, C. 330 hacia 1650, p. 323)

La lista de tareas que Vicente y Luisa realizaron por los pobres de su época es impresionante. El trabajo por los pobres, por su bienestar, tanto físico como espiritual, definen sus comunidades. Es bueno reconocer la dignidad del trabajo, parte importante de nuestra vida. Cada uno de nosotros no tiene más que una vida; no tenemos una vida espiritual, una de trabajo y una vida comunitaria. Podemos hablar así, pero de hecho son partes de nuestra única vida. Nuestro trabajo forma parte integrante de nuestra vida entregada al Señor. Cada día, debemos presentar al Señor nuestro trabajo como una parte de nuestra ofrenda y de nuestra oración.

No intentaré describir las numerosas tareas que ustedes realizan a lo largo del día, pero ustedes también, deben verlas como una dignidad y como formando parte de lo que dan al Señor. Estas tareas deben reflejar algo de lo que hemos descrito en el lavatorio de los pies.

1. El tiempo

El hecho mismo de lavar los pies, exige tiempo, nuestro trabajo requiere tiempo. No es algo para hacer deprisa y corriendo para pasar a otra cosa más importante. Es nuestra manera de servir a la comunidad humana, con pequeñas o grandes cosas. Asumimos esta tarea. Cuando estamos al servicio de las personas, lo hacemos con paciencia y sosegadamente; cuando trabajamos en una tarea, la realizamos con la generosidad del corazón; cuando necesitamos reflexionar, lo hacemos con profundidad y concentración. Debemos dedicar tiempo a nuestras relaciones con los demás y a nuestras responsabilidades. Cualquiera que sea el tiempo que tengamos, será suficiente. Es necesario utilizarlo bien.

2. Los esfuerzos

Ya habremos oído este proverbio inglés: «Lo que vale la pena hacer, merece que esté bien hecho». ¿Podemos imaginar a Jesús lavando los pies a sus discípulos y haciendo tan sólo los gestos? ¿Podemos imaginar a Jesús simulando lavarles sus pies? Esto no parece posible. Me lo imagino haciéndolo de verdad y tratando, suave pero firmemente, de dejar sus pies limpios. La dignidad de esta tarea y mi propia dignidad residen, en parte, en el hecho de que pongo todo de mi parte para conseguirlo.

3. A conciencia

Jesús lava los dos pies de todos los discípulos. Podría haber lavado tan sólo los de Pedro y luego, explicar lo que había hecho y lo que esto significaba. Pués no. Jesús lava los pies de todos. Lo hace a conciencia y cada uno se dará cuenta de la atención y la plenitud que pone en sus esfuerzos. Para Jesús no hay término medio.

Ahora, quisiera hacer una comparación con las obras de arte. Cuando contemplamos la estatua del David de Miguel Ángel, uno de los elementos interesantes es que está hecho para estar situado en medio de una sala. La mayoría de las estatuas están hechas para ser situadas contra un muro o en una hornacina, para verlas de frente; por consiguiente, todos los esfuerzos y los detalles se ponen delante. En cambio, la estatua de David está hecha para verla desde todos los lados y situarla en el centro de la sala de exposición. El genio de Miguel Ángel es visible desde todos los lados. Ocurre lo mismo con nuestro trabajo, debemos hacerle lo mejor posible y por completo, entonces, podrá reflejar nuestra propia dignidad y el humilde servicio que ofrecemos a los demás.

4. El compromiso personal

Los artistas firman siempre sus obras, están orgullosos y desean ser asociados a ellas. Su arte es una expresión de ellos mismos. ¿Pueden imaginarse a Jesús lavando los pies de los discípulos sin prestar atención a lo que estaba haciendo? Al contrario, estaba involucrado personalmente en este esfuerzo. También, me gusta imaginar a Jesús poniendo su firma en los pies de sus discípulos después de haberlos limpiado: «Lavado por Jesús». Pero esta firma no era necesaria, porque después de este acontecimiento, cada vez que los discípulos se lavasen los pies, seguro que se acordarían del modo cómo Jesús se los había lavado y pensarían de nuevo en su enseñanza y en lo que debían hacer por los demás. Nuestro servicio de Hija de la Caridad nos permite implicarnos personalmente, contribuir al bien común y a los esfuerzos de toda la Compañía. El icono del lavatorio de los pies, nos recuerda la dignidad del trabajo y de qué manera nos permite expresarnos en el servicio de la comunidad.

II – El trabajo como un servicio

Introducción

Cuando leemos relatos en la Sagrada Escritura, tenemos que prestar atención a las objeciones que se encuentran en los mismos. Con frecuencia, llaman nuestra atención sobre la importancia de oír y aprender. Cuando Jesús se dirige a la casa del Centurión para curar a su siervo, la objeción del Centurión es, («Señor, no soy digno de que entres en mi casa»), la que nos ofrece el contexto de la lección que Jesús nos quiere dar. Cuando leemos el relato de Jesús en casa de Marta y María, en el que Marta cocina y María está sentada a los pies de Jesús, no hubiéramos sacado de esta situación ninguna enseñanza si Marta no hubiera formulado en voz alta su objeción: «¡Dile, pues, a María que me ayude!» Después de la resurrección, cuando los discípulos encuentran al Señor resucitado pero que Tomás no está con ellos, es la objeción que Tomás hace sobre la apariencia de Jesús lo que nos lleva a una nueva y más profunda reflexión. «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20, 25).

La pregunta de María en la Anunciación (Lc 1, 34), las dudas de Nicodemo respecto a «nacer de nuevo» (Jn 3, 3); el desacuerdo de Pedro cuando Jesús predice su pasión y su muerte (Mt 16, 22) –todas estas preguntas ofrecen objeciones que dan cabida a explicaciones enriquecedoras.

La pregunta-objeción forma parte de la lección y esto es cierto también en el relato del lavatorio de los pies. Pedro protesta ante la posibilidad de que Jesús le lave los pies. Su objeción proporciona a Jesús la ocasión de hablar más sobre la importancia del lavatorio de los pies y también de la lección que saca:

«Llegó a Simón Pedro y éste le dice: » Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?» Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.» Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás.» Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo»» (Jn 13, 6-8)

Jesús utiliza palabras bastante fuertes: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Esto puede ser una reacción muy fuerte para quien no quiere dejarse lavar los pies, pero Jesús insiste. La lección que nos enseña se refiere al gobierno y al servicio. Si uno no se deja lavar los pies por Jesús, se queda sin aprender su lección. Debemos hacer la experiencia de dejarnos servir por Jesús, para luego ser capaces de servir con respeto. Porque, si no tratamos a la persona a la que servimos con respeto, no realizaremos nuestro servicio al estilo de Jesús.

Este pasaje de la Escritura nos enseña muchas cosas sobre nuestro trabajo vivido como un servicio. Veamos algunas sugerencias.

1. El servicio implica que nos pongamos en el último lugar

Una conversación de los apóstoles para saber quién de entre ellos era el más importante, lleva a Jesús a decir algo sobre el ser del discípulo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35). Ser el último y el servidor no parece tener sentido para quien se cree el primero.

¿No han pensado nunca en la libertad que lleva consigo el hecho de ser el último de todos? No tenemos que mantenernos en nuestro lugar. Si alguna vez tenemos que partir y cualquiera que sea la duración de nuestra ausencia, cuando regresamos, nuestro sitio nos espera. No es necesario guardar una lista de nuestras actividades y de las que pertenecen a los demás.

La función de sierva en el trabajo confiado, ofrece verdaderamente mucha libertad, a condición de que se adhiera con todo su ser.

Me gusta la sencillez del relato de la curación de la suegra de Pedro en el Evangelio de Marcos:

«Y enseguida, al salir ellos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, e inmediatamente le hablaron de ella. El se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles» (Mc 1, 29-31)

La parte interesante es la manera cómo la suegra de Pedro reanuda su función en un servicio sencillo después de su encuentro con Jesús. Sencillamente se levanta, y comienza a servir la mesa. Ella ilustra el estilo del discípulo, como el que sirve a la comunidad sin llamar la atención.

El verdadero servicio se realiza sin celebración ni luces, se realiza en la sencillez para el bien de la comunidad y de los demás. Es también uno de los rasgos que caracterizan el lavatorio de los pies de los discípulos por Jesús. El mismo se sitúa en el rol del siervo e invita a sus discípulos a seguir su ejemplo.

Cuando pregunta «¿Comprendéis lo que he hecho?» nos invita a reflexionar en ello. ¿Comprendéis lo que hacéis en vuestro servicio? ¿Cual será vuestra respuesta? ¿Trabajáis con la actitud del que está en el último lugar?

2. El servicio implica que demos nuestra vida

En el Evangelio de Juan (Jn 15, 13), Jesús sencillamente dice: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.» Entregar su vida diariamente tiene una implicación más amplia que morir sencillamente por los demás.

Seamos claros en este punto: sólo tenemos una vida y la vivimos al día. Debemos «dar nuestra vida» cada día; ninguna jornada nos está preservada. Si no escogemos «dar nuestra jornada» peligra que pase sin ningún provecho. Algunas personas «dan su vida» cada día: los padres lo hacen por sus hijos, los maestros por sus alumnos, los agentes de policía por sus conciudadanos, los médicos y las enfermeras por sus pacientes, etc.

San Pablo habla de esta práctica como de una «libación»:

«Y si mi sangre se ha de derramar, rociando el sacrificio litúrgico que es vuestra fe, yo estoy alegre y me asocio a vuestra alegría» (Flp2, 17)

En los antiguos rituales religiosos, una libación es una ofrenda líquida derramada en sacrificio. Pablo habla del trabajo que ha realizado para promover la fe de la comunidad como un hecho sagrado que contribuye al crecimiento y a la estabilidad de la comunidad. No considera que sus esfuerzos no han tenido un fin –no ha corrido en vano ni he sufrido por nada. Y lo que ha hecho, lo ha hecho con gusto: ha dado su vida libremente. Del mismo modo, también Jesús ha dado su propia vida; no se le ha quitado sino que la ha dado libremente.

«Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre» (Jn 10, 17-18)

Ha dado su vida por sus amigos, no sólo en la cruz sino cada día en su ministerio, con palabras y con hechos.

Lo mismo debe ser para nosotros. Debemos dar nuestras vidas de buen grado por los que servimos, por nuestras hermanas y nuestra comunidad. Damos nuestra vida cada día por nuestro trabajo. Contribuimos al bienestar de la comunidad y de la Iglesia por el sencillo trabajo que realizamos para cumplir nuestro objetivo común. Es una manera de dar su vida que debe ser libremente elegida, de lo contrario, es una carga que se nos ha impuesto.

Elijo trabajar cada día con las Hijas de la Caridad para la construcción de la Iglesia y el servicio de los pobres. Es la manera cómo doy mi vida.

Este don de nuestra vida debe ser libre. Actuamos no por deber ante la regla o la ley (incluso si estas pueden estar implicadas) sino por amor. Estamos relacionados no por exigencias jurídicas sino por lazos de amor y de atención al otro. Lo hacemos durante toda nuestra vida, cada día, por el Señor.

Jesús nos pregunta: «¿Comprendéis lo que he hecho?» ¿Comprendéis lo que hacéis en el servicio del don de vuestra vida? ¿Hacéis vuestro trabajo a conciencia y de buen grado?

3. El servicio implica realizar esfuerzos generosos

Quisiera subrayar otro trazo que caracteriza el servicio y que proviene del Sermón de la montaña en el Evangelio de Mateo. Jesús sencillamente dice:

«A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos» (Mt 5, 41)

La circunstancia sugerida por esta declaración era corriente en tiempo de Jesús. El Imperio romano era la principal potencia del mundo y el ejército romano tenía algunos privilegios. Así, si un soldado caminaba por una carretera con una carga, tenía el derecho de imponer a alguien, que viajaba en la misma carretera, que le sirviera la distancia de mil pasos. En otras palabras, el soldado tenía el derecho de exigir que alguien llevase su carga durante un kilómetro y esta persona, por ley, tenía la responsabilidad de aceptarlo. Lo que Jesús nos está diciendo es, por lo tanto, que no nos detengamos a la distancia requerida sino que continuemos todavía un kilómetro de más. Id más allá de lo que está exigido, no os detengáis en la justicia, id hasta la misericordia. Que no os limite la ley, sino actuar por gracia, como impulsadas por el Espíritu. Era una enseñanza única que cambiaría la manera de vivir nuestras relaciones con los demás.

En una comunidad, deberíamos estar menos centrados en nosotros mismos y hacer las cosas desde el corazón. Es la bondad, la estima, la gratuidad, lo que hace crecer a la comunidad. El agradecimiento que nace del corazón, el estímulo, la prontitud para perdonar es lo que une a las personas mediante lazos de confianza y amistad fraterna.

Si cada miembro de una comunidad hiciera estrictamente lo exigido, ni más ni menos, no habría sorpresas, ni celebraciones gozosas, regalos, sonrisas, gestos fraternales. Las verdaderas comunidades están construidas por personas generosas y la generosidad es contagiosa.

El relato de la multiplicación de los panes y los peces por Jesús contiene un buen número de elementos interesantes, pero uno de ellos es seguramente el hecho de que en todos los relatos quedan siempre cestos llenos de alimento una vez que se ha servido a las personas. Jesús no solamente lo hace de manera que cada uno tenga suficiente alimento, sino hasta que esté saciado. En las bodas de Cana, Jesús no da tan sólo vino, sino buen vino y en abundancia.

En toda sociedad, algunas personas rehúsan obedecer la ley haciendo así la vida más difícil a todo el mundo; hay también otros que sobrepasan las exigencias de la ley haciendo así la vida mejor para todos. Sin embargo, muchas de ellas se encuentran en la mediocridad, viviendo en el marco de la ley. Satisfacen las exigencias de la vida pero raramente van más allá. No puede ser así para nosotros. La vida consagrada invita a sus miembros a vivir un servicio generoso, pero este servicio no puede ser legislado, porque nos comprometemos a trabajar «más de lo exigido».

4. El servicio implica no cansarnos nunca (1 Th 3, 13)

En dos de sus cartas, San Pablo anima a su comunidad a permanecer fuerte, manifestando su fe con sus hechos:

«No nos cansemos de hacer el bien, que, si no desmayamos, a su tiempo cosecharemos» (Ga 6, 9 ; 1 Th 3, 13)

Podemos imaginar el tipo de situaciones que existían en estas comunidades cristianas, hasta el punto de impulsar a san Pablo a expresar este estimulo. El mismo debió sentir a veces este cansancio. Algunos días es difícil encontrar la fuerza para continuar haciendo lo que es justo y estas palabras pueden unirse a nuestra experiencia personal. Este cansancio no sólo afecta al cuerpo sino también a la mente y al corazón. Se caracteriza por el intento de seguir al Señor limitándose a la regla. Sí, incluso los y las que intentan vivir el Evangelio pueden agotarse por sus exigencias.

Cuando pienso en la palabra «cansancio», me vienen a la mente dos pasajes.

El primero lo encontramos en Isaías (40, 28-31):

«¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído? El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto. Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan»

En este pasaje vemos que los que deberían estar más en forma, están inundados por el cansancio. Los jóvenes están tan cansados que vacilan y caen. Pero todos están firmes por el que es la fuente verdadera de su fuerza, el Señor. Y gracias a esta confianza en el Señor, aprenden a lanzarse hacia el cielo, como en las alas de un águila. Corren sin cansarse.

El segundo es en el Evangelio de Mateo:

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrareis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. «» (Mt 11, 28-30)

Ahí también, los que están cansados, el Señor los llama a acudir a Él, que les ayudará a llevar la carga. No están liberados del yugo pero lo llevaran con el Señor.

San Pablo anima así, a sus comunidades a sacar su fuerza del Señor y los unos de los otros y a no cansarse nunca de lo que están haciendo al servicio del Señor. Palabras fáciles de decir, pero que no lo puede vivir más que el que bebe de la fuente «de toda fuerza».

«¿Comprendéis lo que he hecho por vosotros?», pregunta Jesús. ¿Tenéis la fuerza y la presteza para hacer lo mismo por los demás?

Conclusión:

En la primera parte, hemos examinado la dignidad del trabajo y la manera cómo Jesús manifiesta algunos de estos rasgos característicos en la manera de lavar los pies de los discípulos –dedicar tiempo y esfuerzo, actuar a conciencia en un compromiso personal. En la segunda parte, hemos observado que el trabajo es un servicio que realizamos a los demás y hemos estudiado algunas de las características de este servicio- escoger el último lugar, dar su vida, realizar esfuerzos generosos y no cansarse nunca. Esta imagen y este texto de la Escritura tienen mucho que decirnos sobre lo que caracteriza el trabajo y nuestro trabajo. Hemos sido invitados a examinar de qué modo nos comprometemos, nosotros mismos, en nuestra vida de servicio. Fieles al espíritu de los fundadores, buscamos seguir el ejemplo de Jesús, que lavó los pies de sus discípulos mostrándoles así el camino del servicio en su trabajo. ¡Ojalá pueda ser también nuestro camino!

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