El jansenismo

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de Paúl1 Comment

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Author: Desconocido .
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El sabio holandés Cornelio Jansen, en latín Jansenius, obispo de Yprés, dejó a su muerte, en 1638, una obra sobre la teología de san Agustín, en la que enseñaba que la naturaleza humana había quedado totalmente pervertida por el pecado original y que la gracia divina operaba de un modo irresistible, doctrinas que se aproximaban peligrosamente al calvinismo.

El libro fue condenado en 1642 por Urbano VIII. Encontró, empero, muchos defensores. Siempre ha habido gente que en teología creen que lo más elevado es lo más verdadero, y que en la moral lo más rígido es lo mejor. Y es natural que tal gente abundara en una época de gran tensión espiritual, como la que sin disputa atravesaba Francia en el siglo XVII. Los jansenistas no tenían la menor intención de separarse de la Iglesia; es más, eran exageradamente eclesiásticos. Su propósito era reformar, la Iglesia.

Su centro era el convento de monjas cistercienses de Port Royal, dirigido por la virtuosa abadesa Angélica Arnault († 1661). El hermano de Angélica, Antonio Arnault, doctor de la Sorbona († 1694), era el caudillo espiritual del movimiento. En 1643 publicó un libro, que pronto se hizo famoso, Sobre la comunión frecuente, en el que se exageraban hasta tal punto los requisitos para la recepción de la comunión, que entre los janse­nistas llegó a tenerse por más perfecto abstenerse de la eucaristía por puro respeto ante ella.

Entre la teoría fundamental de Jansenio, de que el hombre no puede resistir a la gracia divina, y el extremado rigorismo que los jansenistas profesaban en el ascetismo y la moral, no existe ninguna conexión lógica necesaria, sino más bien una relación psicológica, advertible ya en el hecho de que ambas doctrinas, la moral y la teoría de la gracia jansenistas, estaban dirigidas contra los jesuitas. Pasaron al campo jansenista todos los que sentían antipatía por la Compañía de Jesús. El famoso Blas Pascal, en sus Cartas provinciales, que a pesar de todas las censuras fueron leídas en toda Europa, acuñó el tópico del laxismo jesuítico, con el que causó un gran daño al prestigio de la orden.

Combatir a los extremistas fanáticos ha sido siempre una tarea muy desagradable; así la lucha contra los jansenistas se reveló muy difícil desde un principio. San Vicente de Paúl, que como experto pastor de almas conocía con toda precisión los desfavorables efectos del jansenismo, obtuvo que ochenta y ocho obispos franceses presentaran el asunto a la consideración de Inocencio X.

En 1653 el papa condenó cinco proposiciones dogmáticas en las que se resumía la doctrina de Jansenio. Los jansenistas alegaron que las proposiciones eran realmente heréticas, pero que Jansenio jamás las había sostenido. Una sumisión a medias no tuvo efecto hasta dos pontificados después, bajo Clemente IX: fue la llamada «paz Clementina», que los jansenistas se inclinaban a interpretar como una aprobación de su postura. Los ánimos volvieron a excitarse cuando Clemente XI, en su bula Unigenitus (1713), condenó las doctrinas de Quesnel, un jansenista francés emigrado a los Países Bajos. La aceptación o no aceptación de la bula Unigenitus fue la señal distintiva por la que se conocía a los jansenistas y a los católicos. Sin embargo, el jansenismo desde entonces no cesó de retroceder.

El último obispo que había favorecido aún abiertamente la causa de los jasenistas, el cardenal Noailles de París, se sometió antes de su muerte en 1729. Las religiosas de Port Royal, que ya en 1669 se habían atraído el entredicho, fueron al final excomulgadas (1707), y su convento demolido por orden del gobierno. En Holanda existe aún hoy una comunidad jansenista que cuenta unos miles de almas; desde hace tiempo están separados de la Iglesia católica, pero la ordenación de sus obispos y sacerdotes es válida.

Como herejía dogmática, el jansenismo no contó nunca con muchos partidarios, y aún menor fue el número de los que por su causa se separaron de la Iglesia. En cambio, ejerció una influencia muy extensa en las formas de la piedad y de la ascética. Muchas de sus extremosas exigencias se han perpetuado durante largo tiempo y hasta el siglo XIX no han sido reducidas a su medida recta y prudente: tales las referentes a la dignidad de la profesión sacerdotal, a la recepción de los sacramentos, a la incondicional obediencia al director espiritual privado, a la separación del puro amor de Dios del motivo de la esperanza.

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