El Hermano Pérez Octaviano

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: N.Y. · Year of first publication: 1903 · Source: Anales Madrid.
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Biografias PaúlesSiempre que el Señor se digna llamar a alguno de sus, hijos al estado perfecto de la Religión, y éste cumple fielmente su cometido dentro del círculo en que el mismo Señor le colocó, digno y muy justo es que se publique su vida, se enumeren sus buenas cualidades, se ensalcen sus méritos y virtudes, todo a la mayor honra y gloria de Dios y para aprovechamiento y ejemplo de los demás, que pueden ver en ello, como en claro espejo, cuán fácil es seguir al Señor cuando nos invita con aquellas amorosas y seductoras palabras: «Si quieres venir en pos de Mí, niégate a ti mismo y coge tu cruz y sígueme.»

Efectivamente, el Hermano Pérez supo llevar su cruz en pos de la del Señor con la santa resignación, con la edificante humildad, con la misma obediencia del verdadero hijo de San Vicente.
A los diez y seis años de edad, y huérfano ya desde muy niño, fue traído a la Congregación por la mano de Dios, valiéndose para ello del entonces Arzobispo de Burgos, el que a consecuencia de una Visita pastoral hecha al pueblo de Tardajos, de donde era natural el hermano Pérez, in – formóse del desamparo en, que habían quedado, tanto nuestro hermano Octaviano como también dos pequeñas niñas hermanas suyas, resultando de ello su ingreso en la Congregación y el de sus dos hermanas en el Colegio de San Blas, en Madrid, dirigido por Hijas de la Caridad y Hermanas nuestras.

El día 30 de junio del año 1889 ingresó en la Congregación, y el 22 de Noviembre de 1891 hizo los santos votos, reflejándose ya en él desde sus comienzos el espíritu de verdadero Paúl, y mucho más en los dos años de noviciado, que son como la piedra de toque en que nuestra alma acusa la más o menos cantidad de pureza espiritual, a imitación de puro oro, y que en lo sucesivo nos va a servir de valor monetario para comprar el Cielo.

He aquí lo que decía un miembro de la Congregación acerca del hermano Pérez: «Aún no se me ha borrado de la imaginación el efecto tan favorable, y a la vez tan edificante, que me causó su persona cuando por primera vez le vi: aquel porte, aquella finura, aquella modestia innata en él, aquella humildad en su trato, le daban un conjunto tal de virtud, que encantaba a cuantos le trataban.»

Desempeñó varios cargos durante los años de su vida: primeramente en la sastrería, en la que estuvo algún tiempo, cumpliendo su cometido con esa buena voluntad, con ese santo deseo que tanto nos recomiendan nuestras santas Reglas, y que es la base de nuestra verdadera vocación. Más tarde fue destinado a la cocina, y, finalmente, a la portería, cuyo cargo desempeñó con inimitable acierto de nueve a diez años, hasta tal punto, que el difunto Cardenal Cascajares dijo en una ocasión al Visitador Sr. Arnáiz, hablando del hermano Pérez: 2 De dónde ha traído usted ese hermano, que parece por sus maneras y trato un marque- sito?

Repetidas veces decía el Emulo. Cardenal de él: «No tuve nunca a mi lado nadie que supiese mejor adivinar mi deseo; es tal el tino de este hermano en saber a las personas que tiene que recibir y a las que ha de despachar, que jamás tengo necesidad de advertencia alguna para ello. Nunca comete la menor torpeza que pueda dar lugar a disgustarme!’ Al Sr. Arnáiz le dijo «que el día que menos pensase le robaba el portero.»

Dadas las condiciones del Cardenal Cascajares, su recto criterio, su conocimiento del mundo, su esmerada educación y claro talento, es el mayor elogio que puede hacerse del hermano Pérez respecto a su comportamiento en las obras ordinarias o parte material; en la moral o espiritual lo dirán sus hechos y todos los que se honran con el título de hermanos suyos e hijos de San Vicente.

El hermano Pérez poseía entre sus muchas y buenas cualidades una muy principal para la vida religiosa, y es la humildad: humilde para con los Superiores, humilde para con los hermanos, humilde y atento para con los externos, se conquistaba el cariño y aprecio de todos, hasta el extremo de que ni uno solo de cuantos se acercaban a la portería dejaba de preguntar al instante por el hermano joven, ese hermano tan bueno, tan solícito, tan cariñoso.

Dicen, y con grande verdad, nuestras santas Reglas que del comportamiento y manera de tratar que el hermano portero demuestre en su cargo para con las personas de fuera se juzgará por él a toda la Comunidad.

Cuán delicada sea esta misión en la Comunidad, no hay que esforzarse en demostrarlo, después de lo ya expuesto; ¡qué tacto tan especial se necesita para salir airoso de semejante empleo! Pues bien, el hermano Pérez supo desempeñarlo y cumplir con él con tal acierto y tan en consonancia con nuestras Reglas, que por ello mereció los plácemes de todos y sirvió al Señor dentro del puesto por Él trazado como un buen hijo de San Vicente de Paúl. Otra cualidad, o más bien otra virtud, que descollaba en el hermano era la de la mortificación, esa virtud tan necesaria para nuestra salvación, pues es preciso que el grano que cae en tierra muera para que fructifique; y que será el religioso tan perfecto cuanto fuere de mortificado, son máximas del Redentor, que el hermano Pérez supo llevar a la práctica. Jamás se le vio alterado aquel bondadoso semblante; jamás oyósele quejar de nada ni de nadie; con la mayor resignación soportó por espacio de algunos años esas molestias y disgustos que ocasionan siempre las personas enfermas y achacosas, cuyas enfermedades, ya crónicas, no dan esperanza alguna de descanso ni alivio, como le sucedía al hermano Barbero, al cual tenía por compañero en la portería.

¡Con cuánta solicitud, con cuánto cariño le atendió durante su larga enfermedad, ya procurándole el confortable caldo, ya la alimenticia taza de leche o lo queda inapetencia del enfermo parecía desear! Todo, como él decía, para su viejecito. Él era el encargado de vestirle, él le dejaba acostado después de enterarse si le hacía falta alguna cosa, tanto, que el mismo hermano Barbero solía decirle en ocasiones: «¡Ay, hermano, cuánto le hago sufrir! tenga mucha paciencia y ofrézcaselo al Señor». Mas el hermano Pérez, no sólo tenía paciencia, sino que lo hacía con alegría, con amor, gozando así de esa paz y tranquilidad celestial, que es el premio del hombre mortificado.
El vicio de la murmuración jamás tuvo cabida en su sencilla alma, cualidad muy hermosa por cierto, y que le dio el aprecio de todos sus hermanos; nunca se le oyó decir mal de nadie, y hasta en las recreaciones siempre su tendencia era ensalzar las buenas cualidades de los demás.

No era mogigato el hermano Pérez, ni mucho menos; mas en cambio nadie sabía cumplir tan fielmente con los deberes impuestos por las santas Reglas.

Tan sufrido y callado fue respecto a sus dolencias, que ya varias veces se sintió algo indispuesto, particularmente en la fuerza del calor, y nunca osó decir nada al Padre encargado o prefecto de la enfermería, hasta que ya no pudo más, y cayó en cama con una grande anemia, para no volverse a reponer.

Duró su enfermedad uncís tres meses, soportados con tal resignación y paciencia tanta, que admiraba a cuantos le rodeaban.

Agradecido siempre a todo el que le prestaba el menor servicio, y conversando a ratos con los hermanos, veíase en sus palabras esa conformidad, esa disposición tan esencial en las enfermedades para llevarlas con alegría, esperando se cumpla la voluntad de Aquel que dispone de nuestra existencia y es dueño y señor de ella.
Repuesto un tanto en el mes de Septiembre, y por prescripción facultativa, fue trasladado a la Casa de Hortaleza, en donde pareció mejorar a los principios, hasta el punto que en el mes de Octubre hizo los santos Ejercicios espirituales que la Congregación tiene por regla anual. Ejercicios dichosísimos para él, puesto que fueron, a no dudar, la preparación de aquella sencilla alma para el feliz viaje a la mansión de los justos. a fines del mismo mes volvió a recaer de nuevo, y el día 25 se le administraron los Santos Sacramentos, donde dio nuevamente pruebas de sus exce-lentes virtudes, edificando a todos con sus palabras de consuelo, sus sentidas invocaciones a los dulces nombres de Jesús y de María, los que continuamente tenía en sus labios, sus jaculatorias al Patriarca San José, y su ardiente amor hacia la Santísima Virgen y nuestro Santo Padre, en lo que parecía encontraba todas sus delicias.

De esta manera, y movido su corazón por tales sentimientos y ardientes deseos, entregó su alma al Señor el día 29 de Octubre del año 1900, a los veintisiete de su edad y once de su vocación.

La muerte del hermano Pérez fue la muerte del justo. Tranquila, apacible y dulce; más que muerte fue un ligero tránsito de esta vida a la patria destinada a los predestina-dos por el Señor.

En él se veía algo, se admiraba un no sé qué de apacible sueño, que hacía exclamar a todos: ¡Parece un San Luis Gonzaga!

Y en efecto, algo había en aquella tranquila y pálida fisonomía, en la que se notaba la falta de sangre vital, causa y origen de su enfermedad; algo así como el reflejo de un alma sencilla, de una conciencia tranquila, de una muerte preciosa.
Nuestro Santo Padre haya acogido su alma para hacerla saborear las dichas celestiales, y a los que aquí quedamos sírvannos de ejemplo y de perfecto modelo las edificantes cualidades y fiel observancia en sus deberes, que fueron como el marco que adornó la vida del hermano Pérez Octaviano.

En el pequeño cementerio del pueblo de Hortaleza, en humilde sepultura, amparada bajo los abiertos brazos de sencilla cruz de madera, descansan los restos mortales del que fue nuestro hermano durante la vida, que lo seguirá siendo en la celestial Jerusalén.

A. Y.

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