El Hermano Agustín Farnell Ibars (1911-19 48)

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Author: Rafael Socías · Year of first publication: 1948 · Source: Anales Barcelona.
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Biografias PaúlesRdo. P. Jaime Roca, Visitador C. M. Gratia Dei nobiseum.
Muy Rdo. y estimado Padre : Según notifiqué a usted por teléfono, día 20
de marzo del presente año murió en el hospital de Lérida nuestro caro H.° Coadjutor Agustín Farnell Ibars a consecuencia de una pulmonía purulenta, que ni los médicos con sus intervenciones quirúrgicas, ni las buenas Hermanas con sus exquisitos cuidados, lograron atajar. Pérdida sensibilísima para esta Casa de Bellpuig, a la cual, pertenecía el buen Hermano y a la que consagraba alegremente sus grandes energías en el oficio de cocinero desde el año 1930.
Era el H. Farnell natural de: Miralcamp (diócesis de Solsona), en donde había nacido el 25 de mayo de 1911, de familia piadosa, según se ve por la diligencia con que su madre, doña Manuela, procuró hacerle soldado de Cristo el 27 de mayo de 1912 y tomar el Pan de los fuertes a los siete años y traerle a la Escuela Apostólica a los once.
El, muy dócil a su madre, continuó siéndolo a sus Superiores; así que, al manifestarle éstos que su capacidad no era suficiente para seguir los estudios sacerdotales, se plegó fácilmente a las insinuaciones que aquéllos le hicieran de aspirar a H.° Coadjutor. Con gusto empezó el Postulantado en Espluga de Francolí el año 1925 y luego el Noviciado el 1927. Formó parte del primer grupo de jovencitos con que se intentó dar principio a una especie de Escuela Apostólica de Hermanos Coadjutores. No fue mal el ensayo, pues de los cuatro con que se empezó tres hicieron con gran fervor los santos votos de la Congregación. Entre ellos, nuestro Hermano Farnell tiene la gloria, grande por cierto, de, haber sido el único que ha perseverado en la Congregación hasta la muerte.
Su buen espíritu ya le hizo acreedor a que, luego de pronunciar los Santos Votos (septiembre de 1929), fuese destinado a Mallorca para acompañar a los misioneros en las misiones de aquella isla. Es verdad ‘que no estuvo allí más que tres meses : su timidez natural ante ]as pequeñas burlas de las muchachas, le movieron a pedir a los Superiores que se dignaran cambiarle el destino ; es por ello que fue destinado a Bellpuig en enero de 1930.
Desde aquel momento fue aplicado al oficio de cocinero, en el cual poco a poco se fue especializando, recibiendo lecciones incluso de su hacendosa madre, Pue, llena de satisfacción de que fuera H.° Coadjutor, le visitaba y ayudaba de vez en cuando a poner en orden los múltiples víveres y enseres de una cocina de Comunidad. De esta manera el Hermano Farnell llegó a ser un cocinero de primera fila en esta casa, que por sus circunstancias lo exige muy sui generis. En general él solo llevaba la cocina e incluso iba a la compra y a coger las hortalizas en la misma huerta. Era, pues, de una capacidad extraordinaria para el trabajo, y él lo ofrecía con toda generosidad.
En estos quehaceres le sorprendió la guerra civil de 1936. Sus andanzas fueron resumidas por él en esta forma: «De pronto me refugié en mi casa, donde estuve hasta ser llamado a filas en septiembre de 1937, y permanecí allí hasta diciembre del mismo ario, en que me escapé y escondí en una casa de Barcelona hasta agosto de 1938. El día 28 de dicho mes me vi obligado a presentarme a los Rojos, y, al examinarme, me dieron por inútil total. Después fui a una torre de Vich a trabajar de campesino y estuve allí hasta que vinieron los Nacionales. El 5 de marzo de 1939 me fuí a casa porque mi hermano, herido durante la guerra, no podía trabajar, y permanecí hasta el 6 de junio, en que volví a esta casa a desempeñar el oficio a que la Obediencia me tenía destinado.»
Y vedle de nuevo metido de rondón entre pucheros, hortalizas, conservas, compras y animalitos, derrochando energías alegremente a las órdenes de la Obediencia, de cuyó servicio nunca quiso desertar… Su salud, cuidada como puede cuidarla un cocinero, fue siempre exuberante… hasta que el 7 de agosto de 1947 cayó enfermo de pulmonía, reumatismo y no sé cuántas cosas más; todo lo cual desorientó al médico, quien, ante la fiebre persistente, ordenó que fuera hospitalizado, para que se le hiciera un reconocimiento más perfecto.
El reconocimiento se hizo, y en su consecuencia se le practicó una pequeña operación, esperando que la enfermedad se resolvería por sí misma. Con esta esperanza pasaron cuatro meses, y en vista de la persistencia del mal, se procedió a una segunda intervención quirúrgica, muy dolorosa por cierto, pero, al parecer, acertada. El mal parecía iba a ceder, cuando he aquí que se presenta un ataque de embolia que le deja medio cuerpo paralizado. Siguieron los cuidados, la naturaleza se rehizo poco a poco, las heridas de la operación se habían cicatrizado, la parálisis había desaparecido, el enfermo esperaba poder salir del hospital el próximo mes de abril, cuando he aquí que un segundo ataque le rinde totalmente. Todavía en la vigilia de San José tuvo bastante lucidez para solicitar de las Hermanas que, a pesar del vómito que le molestaba, se le concediera poder comulgar por devoción el día del Santo Patriarca; así lo pudo verificar, siendo aquélla su última comunión. El día siguiente, a las 3’30 de la tarde, entregó su alma a Dios. Se le amortajó con la sencilla pero honrosa librea del Misionero: la sotana y el ceñidor. Si él se hubiera contemplado, sin duda hubiera hecho la sonrisita de complacencia que le era característica, aunque en vida no fuera partidario de llevar el ceñidor.
A su funeral y entierro asistieron cuatro Misioneros y muchas Hijas de la Caridad amén de sus familiares. Sus restos fueron colocados en el mismo nicho en que descansan los del P. Vicente Enrich. Como tributo de estimación y para edificación de sus familiares y conocidos se celebró otro funeral en sufragio de su alma en nuestra iglesia de Bellpuig el día uno de abril.
En la conferencia que se tuvo para recordar y enaltecer las virtudes que practicó durante su vida de comunidad, se destacaron dos principalmente, que resultan ser las más propias del H.° Coadjutor: la piedad y la laboriosidad.
Piedad sencilla (aunque poco controlable) a base de los ejercicios piadosos del misionero. Se hizo notar su fidelidad en rezar diariamente en la cocina o paseando por los corredores antes de acostarse el santo rosario, así como su presen-cia anticipada a la misa, que todos los días ayudaba y en la cual comulgaba diariamente, a las repeticiones de oración, al catecismo y a las funciones de la iglesia. En la procesión de la Virgen de los Dolores, que Bellpuig solemniza extraordinariamente, se brindaba a llevar el Santo Cristo delante de los Apostólicos. Tenía singular gusto en preparar, hasta a sus expensas, macetas para adornar el Monumento y otras plantas, que con gusto ofrecía para adornar la iglesia los días de gran solemnidad. Pero la manifestación más edificante de la piedad de su corazón fue, sin duda, el empeño que puso ante las dificultades que le presentaban las Hermanas en comulgar el día de San José. ¿Es que tendría devoción especial al santo Coadjutor de la Virgen?
La laboriosidad fue a no dudarlo la virtud más característica del H.° Farnell. Toda su vida es una manifestación espléndida de esta virtud, la cual iba ataviada con mil otras virtudes que la enaltecían ; tales como la puntualidad en servir a la comunidad, de la cual se gloriaba un día ante un Padre como de un triunfo sobre sí mismo, haciéndole notar el tiempo que hacía que no había faltado ni un día a dicha puntualidad ; el buen talante con que servía a todos los que se presentaban a pedir un servicio en la cocina ; el orden y limpieza en la misma, así como en sus vestidos y habitación la diligencia que ponía en arreglar todas las cosas y que le inducían a desechar la ayuda de los chicos, que, según, él,, estorban más que no ayudan ; la previsión con que preparaba las conservas de toda clase y en especial de la berenjena seca, que él ideó ; la facilidad y rapidez con que llevaba acabó todas las cosas y su gran potencia de trabajo, por lo cual él solo se bastaba para llevar holgadamente la cocina. No dejaba de tener en el oficio sus caprichillos ante los que, menos avisados que él, pretendían enmendarle la plana. Pero, es lo cierto que lo único que pretendía era servir bien a la Comunidad, y en realidad la Comunidad estaba satisfecha de sus servicios.
Hízose notar de paso la puntualidad en tocar todos los días los llamados toquetes para acostarse la Comunidad; su sencillez en el vestido; su fidelidad en dar cuenta de los gastos de plaza al Procurador; el gusto por el cuidado de la huerta y de los animales… cosas todas que adornan al buen Hermano Coadjutor.
Dios dé al buen. H.° Farrell la recompensa, que mereció con sus muchos trabajos llevados a cabo en favor de esta Comunidad y a la Provincia muchos Hermanos de la categoría del H.° Farnell. R. I. P.
RAFAEL SOCÍA S, C. M.
Bellpuig, 22 de abril de 1948.

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