El fenómeno del abandono dentro de la Congregación, desde el punto de vista psicológico

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Linus Umoren, C.M. · Translator: Miguel Blázquez, CM. · Year of first publication: 2006 · Source: Vincentiana, 2006.
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 Introducción

La vocación a la vida religiosa es en sí misma un misterio de participación en la misión de Cristo. Por eso, porque es un misterio, es difícil comprender con exactitud, en casos particulares específicos, sus comienzos y cómo está llamada a terminar. Como cualquier otro misterio, sólo podemos comprender una parte.

En los últimos años, muchas congregaciones, al igual que la nuestra, han sido testigos de un abultado número de abandonos pre­maturos por diferentes motivos y razones. El efecto puede a veces ser contagioso en la comunidad y ofensivo o liberador para los indivi­duos. De este modo, este fenómeno suscita continuamente nuevos cuestionamientos en la búsqueda de una más amplia comprensión de las posibles causas.

En una vocación religiosa, hay dos personas involucradas en el cumplimiento de la misión: Dios y el hombre. El religiosos como individuo es, por tanto, invitado a comprometerse totalmente con el don divino de la gracia interior la cual, edificando sobre su natural disposición interior, le ayuda a ser eficaz en la misión. La idea prin­cipal que se deriva de esta consideración es el hecho de, por una parte, el impulso divino a vivir esa invitación y, por la otra, una dis­posición personal a través de una respuesta dada libremente.

Con todo, esto tiene una gran implicación en la vivencia de la experiencia vocacional. Por ejemplo, la libertad de vivir la vocación vicentina va a necesitar de un compromiso personal y consciente con un valor comprendido. En otras palabras, vivirla con efectividad va a implicar una adecuada comprensión de los valores cristianos tal como son presentados por la Congregación de la Misión; un compro­miso consciente y personal con dichos valores y un conocimiento de las dinámicas que pueden debilitar o destruir tal compromiso.

Este artículo buscará ofrecer al lector en primer lugar, y de manera breve, la vocación vicentina como vocación religiosa y el valor que presenta.

La llamada a ser vicentlno

Cada sacerdote o hermano vicentino tiene una historia personal sobre cómo y dónde le llegó la llamada o impulso a dedicarse al ser­vicio del pobre. Teniendo en cuenta las diferencias, el factor común en estas historias y experiencias es que no se producen de golpe sino de manera gradual. Acontecimientos y experiencias posteriores con­tinúan inspirando y alimentándolas hasta que finalmente se hace la decisión. E incluso la decisión misma permanece abierta a futuros cuestionamientos y experiencias.

De igual manera que otras vocaciones religiosas, el llamado a ser vicentino puede ser entendido como un llamado a la aventura de la fe expresada en el servicio al pobre según el espíritu de San Vicente. Esta vocación no es, por tanto, la consecución de un status, sino la inserción en el misterio de servicio, lo cual no es el punto de llegada sino de arranque hacia la experiencia de la vocación.

Echando una mirada retrospectiva a la historia de la Congrega­ción de la Misión, aparece como uno de los momentos más dolorosos con el que San Vicente tuvo que enfrentarse, el hecho del gradual abandono de tantos hombres buenos que habían comenzado a vivir la experiencia de servir al pobre, pero que no pudieron perseverar. San Vicente dijo en una ocasión. «He visto a un miembro de la Com­pañía, uno de los mejores entre nosotros, que está a punto de abando­nar sin que haya dado una buena razón para ello». Su intención, parece, no era manipular la perseverancia; y tampoco pretendía que todo el que en alguna ocasión hubiera sentido una atracción hacia la Congregación hubiera estado siempre tan motivado y hubiera encon­trado ya su vocación definitiva. De hecho, San Vicente reconoció que puede haber razones equivocadas o inconsistentes. Su reacción al abandono de algunos misioneros, como Chretien Daisne y el Her­mano Doutrelet, es una buena ilustración de su presunción de que en algunos miembros puedan existir motivaciones débiles o alejadas de la realidad.

Pero desde lo profundo de su experiencia, Vicente advertiría que los síntomas anunciadores del abandono incluían cosas como el fallo en levantarse a la hora, la falta de oración y el descuido de la práctica de la pobreza. A este propósito, es evidente que San Vicente, al decir esto, estaba enviando una advertencia contra esa forma de vida tan inconsistente.

Como se ha dicho anteriormente, cada uno tiene su propia his­toria vocacional, sus motivaciones y su ideal personal sobre cómo vivir la llamada a la vida religiosa, sobre todo la llamada a ser vicen­tino. El cómo darle realidad a esa historia o motivación se hace con frecuencia a través de la mediación de la Iglesia o de la Congrega­ción, de tal modo que la llamada a ser vicentino, la cual comenzó como una experiencia personal, llega a ser una llamada s vivir el carisma que es propio de la Congregación de la Misión. Las cinco virtud vicentinas — sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo por la salvación de las almas, que conforman la espiritualidad vicentina — son presentadas como instrumentos que facilitan una auto-trascendencia teocéntrica y una eficacia en la vocación.

La personalidad humana: su estructura y contenido

La persona humana es una las criaturas más complejas creadas por Dios. Su complejidad convierte su contemplación unidimensional en una antropología reduccionista. Sin embargo, un enfoque autén­ticamente cristiano, que es el que aquí se desea adoptar, defiende que aunque los seres humanos han sido creados a imagen de Dios, con la capacidad de conocer y amar a su creadora, sin embargo experimen­tan división en su interior como resultado de la interacción diná­mica entre su ser actual, su ser ideal y sus necesidades, actitudes y valores. Esa es la dialéctica básica de la persona humana.

Consideramos la estructura de la persona humana como los dos extremos de un poste. El ser actual y el ser ideal. El ser ideal, que es la idea que la persona tiene de sí misma y la clase de persona que desea llegar a ser, es preferentemente consciente y a veces ilusorio. Su ser actual, que lo constituye la vida actual y cotidiana que vive la persona, es a la vez consciente e inconsciente. ¿Con qué frecuencia nos vemos sorprendidos de haber hecho cosas que no sabíamos que podíamos hacer o nunca éramos conscientes de haber hecho? Esto parece ser obra de nuestro inconsciente o de nuestro ser latente. La ordinaria retro alimentación en la comunidad hace de este incons­ciente el ser actual y consciente de la persona.

Ahora bien, dentro de esta estructura está presente el contenido activo que hace de la vida de la persona individual un proceso diná­mico. Este contenido incluye valores, actitudes y necesidades

Valores son todo aquello que uno considera importante y desea conseguir. Pueden ser de orden religioso, político o económico. Sean como fueren, lo que importa es que los valores de una persona ejer­cen una influencia en el ser actual de una manera definitiva. Tal influencia puede ser la gratificación de sí mismo, en cuyo caso tiene como centro el bienestar de la persona y su propia comodidad; o puede ser la auto-liberación, que tiene como objetivo librarse la per­sona de algún agente externo. Por ejemplo, la vocación vicentina puede ser vivida como una auto-donación o simplemente como una profesión o un medio de auto-supervivencia.

Actitudes: son maneras específicas o disposiciones con las que uno tiende a expresar sus valores y necesidades. Una actitud es como una indicación de algo que uno valora o necesita consciente o in­conscientemente. Como lo expresa su definición clásica, «una actitud es una organización relativamente duradera de creencias sobre un objeto o situación, la cual predispone al individuo a responder prefe­rentemente de una cierta manera». De ahí que la actitud normal­mente preceda al comportamiento o acción. Escondida detrás de cada actitud está la necesidad de la persona individual. Por eso, nece­sidades son tendencias innatas hacia a actuar que fluyen de una pri­vación en el organismo o de las potencialidades inherentes a el mismo, las cuales éste intenta actualizar’. De esta manera todas tres (valores, actitudes y necesidades) conforman el movimiento interno de la personalidad individual, de modo que cada motivación o deci­sión tiende a ser condicionada remotamente por las imposiciones antecedentes de los valores, necesidades y actitudes que interactúan en la persona.

Hecha esta introducción, se nos hace necesario ahora compren­der el fenómeno de los dolorosos abandonos en la Congregación desde la perspectiva de la dinámica psico-social. Tenemos que enten­der «el cómo» y «qué clase de» necesidades, valores y actitudes prece­dieron a la decisión de entrar en la Congregación y las que sostuvie­ron o debilitaron la permanencia en la vocación vicentina. Por con­siguiente, hay dos preguntas que surgen en lo que respecta a la decisión y a la permanencia en la vocación vicentina: 1) ¿Qué estruc­tura está usando el individuo cuando hace su decisión? ¿Qué le motiva?, 2) ¿Cómo es motivado; es decir, qué es lo que le preocupa y de qué modo se sustenta la motivación?

Estas dos preguntas formarán el gozne de nuestra discusión y marcarán la dirección hacia la formulación de hipótesis sobre la comprensión del fenómeno de esos abandonos desde nuestra pers­pectiva.

La elección de entrar y ser recibido en la Compañía

Cada elección conlleva una renuncia. La decisión de entrar en la Congregación de la Misión conlleva la renuncia a ser un sacerdote diocesano o un hermano. Pero ya la decisión misma está fundamen­tada sobre un valor que yo estimo como bueno-para-mí o bueno-en-­sí-mismo. Un valor estimado como bueno-en-sí-mismo lleva a una auto-trascendencia por ser algo objetivo, mientras que un valor esti­mado como bueno-para-mí garantiza a auto-gratificación en la me­dida en que es bueno para mí.

Por tanto, la decisión de entrar en la vocación vicentina comien­za con una estima de los valores vicentinos, además de los valores cristianos, como buenos-para-mí o buenos-en-sí-mismos. De modo que si está fundamentada sobre valores considerados buenos-en-sí­-mismos, la decisión de entrar en la Compañía equivale a la decisión de comprometerse con los valores presentados por la institución y de integrar tales ideales como valores cristianos dentro de la propia vida en el seguimiento de Cristo. Esto, a su vez, ayuda a la eficacia voca­cional y a la perseverancia. Pero si los valores son juzgados como buenos-para-mí, ellos mantendrán su fuerza mientras las condiciones sean favorables a la persona.

En este sentido, la elección vocacional exige responsabilidad per­sonal, que se centra sobre el ideal de sí mismo del individuo y el ideal vocacional de la institución. Para eliminar cualquier estilo de vida inconsistente, como vicentino, los valores que una persona busca y vive deben estar en gran medida de acuerdo, o ser consistentes con, el valor objetivo de la vocación cristiana y el valor propio de las vir­tudes vicentinas. Es la divergencia entre estos valores y los valores personales lo que podría detonar una crisis vocacional en cualquier momento después de haber entrado en la Congregación.

Crisis vocacionales en la Congregación

Una crisis vocacional puede acaecer en cualquier etapa de la vida vocacional de un individuo. Algunas la experimentan pronto; otros, más tarde. Algunos sobreviven a la crisis, mientras otros se sienten devastados por ella. Una crisis puede definirse como una situación de conflicto, interior o exterior, que provoca un sentimiento sinsentido o impotencia. Es el estado cuando las defensas personales parecen haber sido destruidas y la persona queda en una situación de desor­ganización, ya sea en su relación consigo misma, con otras personas o con su trabajo.

Una crisis vocacional es, por tanto, la experiencia de conflicto en la vida vocacional después de haber entrado en la Congregación. El conflicto puede ser interior o exterior. Es interior cuando la crisis afecta a las dinámicas intrasíquicas de la persona; es decir, la inte­racción entre necesidades, actitudes y valores. Es exterior cuando está provocada por factores externos, como el sistema comunitario o familiar o algún factor social o algún tipo de presión. Con mucha frecuencia se trata de una crisis que lleva al abandono de la Con­gregación.

Inconsistencia

El conflicto interno tiene su origen en la dialéctica de dos reac­ciones internas incompatibles entre sí cuyas fuerzas, desde un punto de vista funcional, son iguales; es decir, la incompatibilidad entre necesidades y valores. El conflicto intrasíquico, según su efecto sobre la persona individual, puede ser sufrido por el individuo religioso cuyas necesidades están en disonancia con sus valores vocacionales. En tal caso, vivir la vida religiosa de manera eficaz resulta suma­mente difícil puesto que él frecuentemente buscará satisfacer sus necesidades en un entorno que no facilita esta satisfacción por razón de la orientación de los valores institucionales.

Entre las muchas necesidades humanas, existen algunas que dan origen a actitudes que pueden ser definidas como vocacionalmente disonantes; es decir, que están en conflicto con los valores que son fundamentales en una vocación religiosa. Estas necesidades son: agresión, dependencia afectiva, gratificación sexual, exhibición y aba­jamiento. Cuanto más se nutren estas actitudes, tanto más se consti­tuyen en un peligro para la vocación religiosa. Así pues, una gran inconsistencia existe cuando uno proclama los valores religiosos mientras, con su actitud, fomenta una o más de estas necesidades.

Por ejemplo, un individuo puede proclamar amor hacia el pobre como un valor o una motivación de la vocación vicentina, mientras de hecho desea prestigio y autorrealización en su vida diaria. Cuando esto sucede, el individuo echa mano de una actitud defensiva ya sea por aceptación o identificación lo con el grupo religioso, solamente con la intención de usar al grupo para su propia ventaja. La tragedia tiene lugar cuando este conflicto es inconsciente de manera que el individuo religioso no se cuenta de lo que está sucediendo, mientras al mismo tiempo sufre y no encuentra sentido a su vida religiosa.

A veces, algunos jóvenes pueden sentirse atraídos a la vida reli­giosa en algunas de nuestras provincias debido al nivel de pobreza o desempleo. Esta no es de por sí una motivación inválida; pero estos jóvenes probablemente van a entrar en un conflicto interno cuando no sean capaces de interiorizar los valores vicentinos en el transcurso de su experiencia formativa. El resultado de esto es una crisis pre­matura y un eventual abandono cuando se vean confrontados con la realidad de vivir la vida y votos vicentinos. A veces podemos observar el fenómeno de algunos jóvenes cohermanos procedentes de países en desarrollo, quienes al ofrecérseles la oportunidad de estudiar en algún país desarrollado — o lo que la literatura sociológica entiende por este término — entran en crisis y ya no quieren regresarse a su propio país. Esto puede suceder quizá porque han encontrado lo que realmente buscaban, en cuyo caso surge el cuestionamiento sobre su confusa motivación inicial, o pueden sentirse aturdidos por los valo­res que el país desarrollado les está ofreciendo. Aquí tenemos un caso de inmadurez afectiva.

Citando se da esta inconsistencia, la persona individual, en lugar de encontrar su realización en la vida religiosa, experimentan cons­tantemente conflicto e insatisfacción prácticamente sobre casi todo. Expresa su insatisfacción al ver que la comunidad es mala y nada parece funcionar, el apostolado no es satisfactorio, el superior no se preocupa lo suficiente. La lista puede alargarse más y se dirigirá con­tra toda la comunidad y contra todo aquel que no ve las cosas como él las ve. En tales casos, ese individuo simplemente espera una opor­tunidad para marcharse.

Inconsistencia sicológica y social

Inconsistencia puede entenderse desde dos perspectivas: social y sicológica. Inconsistencia sicológica se da cuando una necesidad inconsciente es incompatible con los valores y actitudes que se pro­claman; por ejemplo, si alguien, que tiene una fuerte necesidad inconsciente de poder y prestigio, profesa el voto de pobreza y las cinco virtudes vicentinas. En este caso, esa persona probablemente sufriría algún tipo de conflicto psicológico por causa de la evidente inconsistencia entre sus necesidades por una parte, y sus valores y actitudes por la otra.

La inconsistencia social se da cuando el subconsciente es incom­patible con los valores vocacionales y la actitud obedece a necesida­des más que a valores. Podemos pensar en una situación en la que un cohermano tiene una fuerte necesidad inconsciente de gratifica­ción sexual, la cual se manifiesta en una actitud consonante con el hecho de entrar en una relación íntima con una muchacha, olvidán­dose del valor y voto del celibato y de la castidad.

El efecto resultante de estas dos clases de inconsistencia es evi­dentemente conflicto e insatisfacción. De hecho estas contradicciones pueden limitar en la persona los procesos de juicio y la capacidad de hacer decisiones, e incluso lastimar sus relaciones interpersonales y, de manera indirecta, su progreso en la vida espiritual. Todo esto puede tener como consecuencia errores en la vida social y misionera y el eventual abandono.

Tenemos numerosos ejemplos en la vida vocacional de personas confrontadas con inconsistencia vocacional tanto social como sicoló­gica, la cual terminó en la decisión de abandonar la vocación. Des­afortunadamente, en la vida vocacional, las personas pueden subes­timar la influencia bloqueadora del subconsciente. Esto tiene una larga historia en la Iglesia, puesto que la teoría del subconsciente se veía como parte de la psicología moderna, cuyo padre, Sigmund Freud, era un notorio ateo — y era por tanto incompatible con la fe cristiana —. Esta postura se hizo evidente en la visión del hombre que tiene la Iglesia o como un ser casi libre y siempre responsable de sus actos, de tal manera que cada una de sus acciones era catalogada como pecaminosa o virtuosa, o como un ser no libre y casi forzado por su subconsciente de una manera patológica.

Pero el Concilio Vaticano II amplió esta visión y aceptó la posi­ble influencia del subconsciente en la vida vocacional. Así lo declaró diciendo que, en el ámbito de la pastoral, debe hacerse un uso pru­dente no sólo de principios teológicos, sino también de los hallazgos de las ciencias profanas, especialmente la psicología y la sociología. De esta manera, los fieles serán ayudados a vivir su fe de una manera más pura y más madura.

Con toda razón se puede decir que la enseñanza conciliar sobre el uso de las ciencias para favorecer la madurez en la vocación cris­tiana considera la respuesta cristiana como una auto donación total. A partir de ahí, ha habido un énfasis cada vez mayor sobre la forma­ción integral 14 por parte de los documentos post-conciliares; énfasis que presta una atención especial a una integración vocacional con­sistente a diferentes aspectos del desarrollo. La meta es favorecer la libertad personal en respuesta a la vocación cristiana. Fue debido a estos datos que comenzó la investigación sobre la posible influencia del subconsciente sobre la libertad en la vida vocacional «. Resulta­dos prácticos derivados de esta investigación han revelado que las crisis vocacionales y el eventual abandono tienen sus raíces no sólo en la debilidad asociada al pecado, sino que puede estar aún más relacionado con una arraigada debilidad debida a la presencia de inconsistencias inconscientes entre lo que es verdaderamente bueno y lo que no lo es; es decir, aquello que es bueno-para-mí y satisface mis necesidades y lo bueno-en-sí-mismo y tiene una finalidad universal.

La presencia misma de estas inconsistencias profundamente arraigadas tienden, con el tiempo, a asumir una preponderancia y minar las prácticas virtuosas del individuo— por ejemplo la ora­ción personal, la Eucaristía, la lectura espiritual — prácticas que tienen su valor con referencia al Reino, y también los valores que son medios — como los votos y las cinco virtudes vicentinas — que son fundamentales para la vocación. Cuando éstas se derrumban, la per­sona comienza a ver el sinsentido de su vocación. El peor de los casos se da cuando las virtudes no han sido inculcadas firmemente a temprana edad. Las crisis inesperadas debilitan la eficacia apostólica y la perseverancia del individuo. El resultado será el abandono o un tipo de permanencia que se puede identificar como «hacerse el nido».

Falsas expectativas

La inconsistencia está relacionada de algún modo con falsas expectativas. Las personas suelen reconocer un sentido personal en los valores, en la gente, instituciones y cosas. El sentido que ellas les dan es lo que se reconoce como expectativas. Hay muchas expectati­vas que las personas pueden tener en referencia a su vida vocacional; por ejemplo la expectativa de que la comunidad es perfecta o que su trabajo es un trabajo remunerado o le va a proporcionar un cierto poder de clase. Una expectativa irreal no da lugar a la autotrascen­dencia. Por el contrario, expectativas basadas en la autotrascenden­cia, la opción del don de sí mismo en servicio de la misión tienden a ser reales y el sentido vocacional girará sobre cuánto de uno mismo se está dispuesto a dar en vez de qué tan gratificante va a ser. A veces, por estas expectativas reales, la vida comunitaria promueve el crecimiento en un amor autotrascendente y teocéntrico basado en la interiorización de los valores objetivos de la vocación cristiana y de la Congregación.

Las expectativas irreales, por el contrario, buscan la satisfacción de las necesidades personales a través de la vida comunitaria, en cuyo caso una satisfacción frecuentemente buscada se convierte en un estorbo en vez de ayudar a la vida vocacional. La frustración de estas necesidades tiene como resultado comportamientos infantiles.

De hecho, la frustración comienza con las expectativas que las personas tienen antes de entrar en la vida vocacional. Las personas pueden ser tan fijadas en sus expectativas, tener una idea unidirec­cional de la vocación y empezar con una desproporcionada espe­ranza, que más tarde acaba con toda esperanza por lo que encuen­tran en la comunidad o en su experiencia.

Inmadurez afectiva

El desarrollo afectivo incluye el crecimiento en la relación con lo que uno valora o considera importante. Madurez afectiva es un pro­ceso de auto-conocimiento en relación a otro importante. Este otro puede ser un valor, una persona o una promesa. Madurez afectiva tiene que ver con mantenerse en contacto con el propio ser y conocer los íntimos deseos de uno mismo, sus emociones, sus impulsos y reacciones.

En referencia a esto, la Exhortación Post-Sinodal «Pastores dabo vobis», presenta la madurez afectiva, en primer lugar, como el resul­tado de una educación en el amor responsable y verdadero; y en segundo lugar, como la capacidad de establecer una buena y afectiva relación con los demás, que sea digna de estima y respeto tal que se refleje en la relación entre hombre y mujer; y, en tercer lugar, como verdadera amistad y profunda hermandad que brota de y lleva a un amor personal y entusiasta a Cristo Jesús».

Esto requiere de un entrenamiento claro y fuerte en la libertad, que se exprese en una convencida y cordial obediencia a la «verdad» del propio ser y al «sentido» de la propia existencia; o sea, al «sincero don de sí mismo» como el camino y el contenido fundamental de una auténtica realización del propio ser.

Inmadurez afectiva, por otra parte, es la incapacidad de relacio­narse afectivamente con otros que no sea uno mismo y una carencia de atención a lo que sucede dentro de uno mismo. El religioso inma­duro afectivamente se arriesga a vivir una experiencia de amargura permanente, de descontento y soledad cuando le asalte la crisis, lo cual puede desembocar en el eventual abandono de la vocación.

Presión social

La presión social es otro de los factores que pueden debilitar los valores. En la sociedad contemporánea, dedicación a los más altos valores es desvalorizado por el concepto social de independencia. Todo se interpreta dentro de los estrechos límites del propio ser y de su gratificación. La gente tiende a buscar el placer y el dinero o cual­quier cosa o acontecimiento en cuanto placentero.

Por tanto, no merece la pena dedicarse a otra cosa que no sea el dinero o lo placentero. Este concepto social contemporáneo ejerce su influencia sobre la vida vocacional como auto-donación. La defini­ción que se da hoy en día de pobreza, obediencia y castidad, busca adaptarse a las exigencias sociales y la mentalidad moderna. Pero las exigencias sociales niegan la posibilidad de compromisos permanen­tes. En consecuencia, estas nuevas tendencias asumen la forma de políticas emocionales en busca de seguidores. Desafortunadamente, religiosos que ya estén débiles en la práctica de la virtud, son vulne­rables a esta campaña social y poco a poco pierden la estabilidad en su vida vocacional. A veces esta campaña ofrece promesas irreales. El primer objetivo de esta campaña es debilitar el valor de la autotrascendencia y desviar la atención a lo placentero del valor natural. Más tarde se dirigirá a las actitudes hasta que logra hundir al indivi­duo en la confusión. Esta confusión consiste en pensar que más allá de la vida religiosa todo es libertad, felicidad y oportunidades ilimi­tadas de auto-realización. Cuánto de verdad en esto la experiencia lo puede decir.

Falta de cohesión

Cohesión es el nivel de la motivación que hace que individuos permanezcan en el grupo. Es la atracción que ejerce el grupo sobre sus miembros. Es la sensación de calor y comodidad que los miem­bros perciben en el grupo, de pertenencia; los miembros valoran el grupo y se sienten valorados dentro de él, aceptados incondicional­mente y apoyados por todo el grupo.

Entre otras cosas, la parte más destacada de esta definición es la satisfacción emocional de los miembros del grupo, entendida la natu­raleza del grupo como un entorno psicológico. Los miembros de u grupo cohesionado, por lo tanto, tienden a comportarse con la segu­ridad de «pertenecer» realmente. Toman el trabajo del grupo como trabajo propio y valoran al grupo. Una comunidad religiosa es como un grupo y la perseverancia dentro de ella depende del nivel de cohe­sión. Cuando esta cohesión no existe en la comunidad, en términos de hacer planes comunitarios y construir una estructura comunitaria que involucre a sus miembros, hay una probabilidad de que se des- estimule la perseverancia y la se facilite la decisión de abandonar a la menor dificultad. Cohermanos en crisis con frecuencia carecen del apoyo emocional de la comunidad y por tanto se sienten solos y víc­timas de agresiones dirigidas contra su propio ser.

Conclusión

Hemos observado, entre otras cosas, que la vocación religiosa es antes que nada un llamado de Dios. Pero por ser dirigida al hombre en la vida real, hay muchas variables sicológicas que influyen en el actual vivir y perseverar en ella. Como ya hemos indicado, dichas variables, de no ser debidamente integradas, pueden desembocar en el abandono. De hecho, vivir y perseverar en la vida religiosa equivale a vivir el conflicto de estas variables en su relación con los valores instrumentales de la vocación (pobreza, castidad, obediencia) y el valor último (unión con Dios). Estas variables incluyen: consistencia, expectativas realistas, cohesión, madurez afectiva y una convicción personal sobre la auto-donación para el servicio.

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