El camino de San Vicente: El lugar del Evangelio

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Robert Maloney · Año publicación original: 1993 · Fuente: CEME.
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evangelioEscucha con cuidado, hermano mío, qué impresionante fe tenía san Vicente en el poder del evangelio:

«Ante todo, cada uno de nosotros se esforzará por convencerse de esta verdad: que la enseñanza de Cristo no puede engañar nunca, mientras que la del mundo es siempre falaz. El mismo Cristo afirma que ésta es como una casa construida sobre arena, mientras que su propia doctrina es como un edificio fundamentado sobre roca sólida. Por eso la Con-gregación profesará el obrar siempre según las enseñanzas de Cristo, nunca según las enseñanzas del mundo» (RC II, 1).

Con estas palabras comienza san Vicente las Reglas Comunes. El veía con total claridad que los hombres de su compañía debían ser hombres de evangelio.

Tu misión va a ser el predicar el evangelio a los pobres, hermano mío. Para conocer y amar cada vez más el evangelio debes leer cada día, orando, tal como le pedía san Vicente a su compañía, una parte del Nuevo Testamento.

Pero tu predicación debe ser «de palabra y de obra», dice san Vicente. Tu amor debe ser «afectivo y efectivo». Así que, junto con la Iglesia de Dios, debes ser muy consciente de que «la acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo son elementos integrales de la predicación del evangelio». La buena noticia que proclamas será creíble sólo si va acompañada por obras de justicia, de amor, y de paz.

Como anunciador de buenas noticias el servicio más importante que debes a Dios y a tus hermanos y hermanas es el saber escuchar. El amor de Dios comienza con la escucha de su palabra y con la fe en el amor que nos tiene: «Lo maravilloso no es que amemos a Dios, sino que él nos amó primero» (1 Jn 4, 10). Pues de igual manera tu amor por el prójimo tiene que empezar por saber escucharle.

Aprende, pues, a ser un buen oyente. Déjate evangelizar por otros, por tus hermanos de comunidad, por aquellos con los que trabajas, y sobre todo por los pobres. Debes escuchar la buena noticia antes de que seas capaz de anunciarla.

Si escuchas bien, la palabra de Dios entrará en tu vida de mil maneras sorprendentes, lo que servirá para tu conversión y crecimiento. A veces te servirá de alimento (Sal 19, 11), para fortalecerte; otras, será como un agua fresca (Is 55, 10) que calmará tu sed mientras caminas. Pero a veces la palabra de Dios te golpeará como el mazo que rompe en pedazos la roca (Jer 23, 29), pulverizando tu vida rutinaria o tu dureza de corazón. O te golpeará como una espada (Heb 4, 12) para atravesar tu corazón duro. Escúchala con atención.

Cada mañana me despierta para oír,
para escuchar como un discípulo.
Yahvé, el Señor, me ha abierto el oído.
(Is 50, 4-5).

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