El camino de San Vicente: Celibato

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Robert Maloney · Year of first publication: 1993 · Source: CEME.
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ordenao_sacerdotalLee con cuidado, hermano, las siguientes afirmaciones de las Constituciones sobre el celibato:

Imitadores de Cristo en su amor universal a los hombres, abrazamos, en virtud del voto, la castidad perfecta en celibato por el reino de los cielos, y la recibimos como un don que se nos ha concedido generosamente por la personal e infinita benevolencia de Dios.

De este modo, abrimos más ampliamente el corazón a Dios y al prójimo, y todo nuestro obrar se convierte en gozosa expresión del amor entre Cristo y la Iglesia, que se manifestará plenamente en la vida futura. La íntima unión con Cristo, la comunión verdaderamente fraterna, la afanosa labor en el apostolado y la ascética aprobada por la Iglesia harán vigorosa nuestra castidad. Ella es, además, por la continua y madura respuesta a la vocación divina, fuente de espiritual fecundidad en el mundo y contribuye en gran manera a conseguir la realización plena, incluso humana.

Si te decides a entrar libremente en la compañía de san Vicente, hermano, eliges libremente el vivir como célibe. Cristo eligió una forma de vida célibe para llevar a cabo su misión, y dejó bien claro que también otros son llamados a imitarle en su vida célibe «por causa del reino» (Mt 19, 12), «por mí y por el evangelio» (Mc 10, 29), para preocuparse por «los asuntos del Señor» (1 Cor 7, 32). El celibato es un testimonio de tu fe en ciertos valores que transcienden la importancia de la unión sexual. Es el signo de tu dedicación a un proyecto total y absorbente de oración, trabajo apostólico y movilidad misionera al servicio del reino de Dios. Como célibe, mostrarás tu amor a Dios y a tus hermanos y hermanas haciéndote disponible para servirles enteramente. Muestras tu entusiasmo por el evangelio y por el reino de Dios haciendo de ellos el centro de tu vida, hasta el punto de que renuncias al valor positivo del matrimonio.

Pero si el celibato ha de ser un signo de vida para otros, tu vida, como la de Cristo, debe estar llena de oración’ y de servicio generoso y gozoso (cf. Mc 10, 43-45; Jn 13, 4-15; Ped 4, 7-8). Con la ayuda de la comunidad debes entregar tu vida al servicio de los demás, y así perdiéndola, la ganarás de verdad. No debes pensar en tu auto- realización personal, sino sólo preocuparte por los demás dando tu vida enteramente a Dios y a tus hermanos y hermanas.

Pero como sucede con todos los dones de Dios, el celibato pone también en juego tu responsabilidad personal. La experiencia enseña que vivirás con gozo como célibe sólo si unos ciertos valores enriquecen tu vida y alimentan tu amor; en particular

  1. la oración diaria
  2. dedicación generosa al trabajo apostólico
  3. relaciones humanas sólidas dentro y fuera de la comunidad
  4. prudencia en esas relaciones
  5. equilibrio y disciplina en tu estilo de vida
  6. sinceridad en la dirección espiritual

El reto que ofrece la vida célibe no es nada fácil. La responsabilidad, aunque tuya, no es sólo tuya. El Dios que te ha llamado es siempre fiel.

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