1.- Introducción
Vamos a recordar y reflexionar sobre la ancianidad de estas dos Hermanas nuestras cuya santidad ha sido reconocida por la Iglesia. Es importante, a mi parecer, volver la mirada hacia ellas por los siguientes motivos:
- Son dos Hijas de la Caridad ejemplares para la Iglesia y la Compañía
- Tenemos el deber de conocer bien su ancianidad siguiendo la pauta de San Vicente en las Conferencias del espíritu de la Compañía: Ved cómo eran, mirar lo que hacían y animaos a imitarlas. Nos dice San Vicente que este recuerdo interpelante es una forma de vivir bien el espíritu de la Compañía.
- Es necesario reflexionar sobre los motivos y razones de su apertura a la historia y razones para dejarnos interpelar por los retos que sus actitudes nos plantean de cara a la Compañía del futuro.
Estas Hermanas participan de las características comunes que tuvo la ancianidad y el atardecer de nuestros Fundadores:
- las cruces y pruebas de toda clase,
- la firmeza de su espíritu de fe y anclaje pleno de la vida en Dios,
- una actividad notoria a favor de los pobres y
- la apertura a la Historia de la Iglesia.
2.- El atardecer de la vida de Santa Catalina Labouré.
Santa Catalina es la santa del silencio. Así la definió el Papa Pío XII en su canonización el 27 de julio de 1947.1 Ella, desde su silencio, nos habla con la fuerza sonora del Espíritu Santo que le habitaba. Vamos a centrar nuestra atención en los últimos años de su vida. Murió con 70 años. Era una anciana mayor del siglo XIX. Nos acercamos a su ancianidad con el respeto sagrado del silencio que envolvió su vida. Consideramos su ancianidad, como lo hemos hecho en San Vicente y Santa Luisa: durante los últimos cinco años de su vida: desde los 65 hasta los 70.
a) Sus actitudes y tareas.
Ella al cumplir los 65 años vive en el Asilo de ancianos de Reuilly. Su Hermana Sirviente era Sor Dufés. Había llegado al Asilo en el año 1860. Cuando Sor Catalina cumplió los 65 años, su Hermana sirviente tenía 48. Corría el año 1871. René Laurentin califica esta etapa de la vida de Santa Catalina como «resplandor de atardecer«.2 Acababa de terminar una de las revoluciones liberales llamada la semana sangrienta, del 21 al 28 de mayo. Durante aquella semana perdieron la vida en París más de 20.000 personas y alrededor de 4.000 permanecieron encarceladas; entre ellas había mujeres y niños. Durante la revolución Sor Catalina ha tenido la valentía de salir a la calle y repartir medallas de la Virgen Milagrosa a los soldados. En el período álgido de la revolución las Hermanas tuvieron que salir del Asilo y ella estuvo refugiada con otras Hermanas de la Comunidad en el castillo de Ballain Villeres, desde el 30 de abril hasta finales de mayo. Al terminar la revolución las Hermanas vuelven al Hospicio de Enghien en Reuilly. Habían estado recluidas y refugiadas donde pudieron. El 31 de mayo de 1871 vuelve la Comunidad a Reuilly. Sor Catalina se encuentra de nuevo con su Asilo: los ancianos, el huerto y la portería.
Hay ambiente de alegría y más pobres que antes. Es el fruto de las guerras. Los ancianos la reciben con alegría porque saben que los quiere, que es muy trabajadora y entregada, que su presencia es la sonrisa de Dios. Les gusta su serenidad, equidad y energía, lo que hace reinar el orden en provecho de todos. Se sienten queridos y comprendidos. Todos saben que pueden contar con ella y contarla sus penas con plena confianza. Es una Hermana que sabe escuchar.
b) Sus disposiciones espirituales
Las Hermanas que declararon en el proceso de beatificación nos hablan de ella. Nada sabían de que ella fuese la vidente de la Medalla Milagrosa. Sólo conocían la irradiación de su vida interior. Su oración es ejemplar y sobria. Se mantiene erguida, inmóvil, con las manos apenas apoyadas en el reclinatorio, su mirada fija en el sagrario o en la estatua de la Virgen. Allí aprende la paciencia y la humildad. Virtudes que destacan sus compañeras.
Con humildad y sencillez aceptó la fiesta del nombramiento de «Decana del Asilo» el 24 de noviembre de 1871. Todo en ella era muy normal. Vivía la humildad, la sencillez y la caridad en lo más ordinario y vulgar, y todo en silencio. Su voz apenas era oída en las decisiones comunitarias.3
c) Sus pruebas y dificultades
Una de las pruebas que acompañó esta etapa fue la incomprensión de su Hermana Sirviente, Sor Dufés, que con frecuencia la trataba con frialdad y dureza. Ella sabía secretamente que Sor Catalina era la vidente de la Medalla Milagrosa y afirma que se sentía interiormente impulsada a tratarla así.4 Entre las cuarenta Hermanas de la Comunidad se percibía el trato áspero hacia Sor Catalina, hecho que ella disculpaba siempre.
En octubre de 1872 cae enferma su hermana Tonina. Vive cerca del Hospicio y Sor Catalina la visita con frecuencia pero con «restricciones comunitarias». Muere tras una larga enfermedad dos años después. Simultáneamente cae enfermo su hermano Carlos, acogido en el Asilo de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios.
En estos años, peco antes de la muerte del P. Juan Bautista Etienne (12-03-1874), Sor Catalina solicitó una entrevista con él y fue recibida por el Superior general que sabía que ella era la vidente de la Medalla. Ella le recuerda el deseo de la Virgen de que la capilla debiera ser abierta al público y ser honrada en ella como Reina del Universo. Expresó con respeto sus deseos, pero no fueron acogidos.5 Tuvo que esperar a ver llegar las peregrinaciones ya desde el cielo.
Ese mismo año 1874 Sor Catalina es sustituida en su oficio con los ancianos. Además, a la Hermana sustituta, Sor Angélica Tanguy, se la nombró Asistenta de la Comunidad. Las Hermanas y los ancianos prefieren a Sor Catalina; era menos autoritaria y tenía más experiencia. Sor Catalina se adelanta a Sor Dufés: «No se preocupe la obedeceremos como a Vd. misma». Con silencio y humildad aceptó la sustitución, entregó las llaves y continuó siendo la sirvienta de los pobres sencilla y humilde. Supo pasar la antorcha con la belleza y elegancia de la sencillez evangélica.
Con cariño y cuidado inició a Sor Juana Mausel (31 años) en el cuidado de la ropa y la atención al palomar. Había dejado la responsabilidad de los ancianos y la portería. Progresivamente prepara a Sor Juana para tomar el relevo. Es etapa de avanzar por el camino del desprendimiento.
Otra prueba interior fue la tensión entre su voluntad férrea de silencio y los rumores que se extienden: Sor Catalina es la vidente. Dos años de verdadera lucha que describe perfectamente René Laurentin en su biografía.6 Las tensiones con Sor Dufés aumentan (1875-1876)
Ella necesita comunicarse. Va con mayor frecuencia a la Casa Madre. Esas idas y venidas suscitan rumores, visitas a Reuilly de personas piadosas que quieren conocer a la vidente, mientras Sor Catalina disimula y pretende pasar desapercibida. Pero ve que se acerca su fin en la tierra. Durante la primavera de 1876 solicita ver al Superior General, P. Eugenio Boré para poder confesarse con el P. Chinchon, su confidente, después del P. Aladel. Se la deniega el permiso en la Casa Madre. Incomprensible, pero cierto. Entonces no la queda más solución que comunicar su intimidad y el secreto de la Medalla Sor Dufés. Lo hace con toda humildad y confianza. La Hermana Sirviente se quedó admirada de la elocuencia, precisión y facilidad de expresión de Sor Catalina.7 Sor Dufés creía que no sabría expresarse. Sor Catalina insiste en el deseo de la Stma. Virgen de ser honrada como Reina del Universo, con un globo entre sus manos, tal como la había visto. Después de muchas dificultades y del apoyo de Sor Grand, antigua secretaria de la Casa Madre, se realizó la estatua, una para la casa de Reuilly (1876) y otra para la Calle del Bac que ya no verá Sor Catalina su instalación, pues se colocó en 1880.
d) Su plenitud de caridad y pastoral vocacional.
Todos los testimonios de las compañeras de Sor Catalina, recogidos para su biografía y su proceso de canonización, nos hablan de su caridad delicada con los Superiores, las Hermanas de comunidad y los ancianos. Son particularmente interesantes los testimonios de las Hermanas más jóvenes. En aquella Comunidad de 40 Hermanas había un grupo notorio de Hermanas jóvenes a las que impresionó su prudencia, fidelidad a la oración y a las Reglas, trato delicado con las Hermanas y dedicación y entrega a los ancianos. Ante ciertos reproches e insultos ella perdonaba siempre y callaba. En una ocasión una Hermana la llamó «la imbécil del Asilo». Su respuesta fue el silencio y la sonrisa. Su paciencia y bondad con los ancianos se puso de relieve cuando se trató en la Comunidad de despedir a una anciana agresiva y de mal humor, apodada «La Negra». Ella se opuso a ello y solicitó se la pusiera a ella como ayudante de la portería. El contacto diario entre Sor Catalina y Blasina, «La Negra», logró cambiar el carácter de la anciana que llegó a sentirse feliz,8 siendo ayudante de Sor Catalina.
Respecto a la animación vocacional de las Hermanas jóvenes, René Laurentin nos ofrece testimonios valiosísimos de comprensión, colaboración, animación en medio de las dificultades, oración y ofrenda. Todos los testimonios advierten que además veían en Sor Catalina un ejemplo de virtud y modelo del combate espiritual que afrontó para dulcificar su carácter y vivir la caridad en plenitud.9
e) Su preparación para la muerte
Comienza el otoño de 1876 y Sor Catalina siente el peso de los años. Ha cumplido los 70. Parecía sentir flojera, debilidad, desgaste, cansancio y agotamiento.
Su corazón está débil y su respiración se vuelve fatigosa. La ponen sanguijuelas en los riñones para aliviarla y se remonta un poco.
Simultáneamente aparece una artritis fuerte que la proporciona fuertes dolores en las piernas. Su paciencia soporta todo con amable sonrisa: «Dios se merece que suframos un poco por Él» afirma. El 5 de noviembre de 1876 aún se encuentra con fuerzas para hacer los Ejercicios Espirituales en la Casa Madre. La llevan en coche y sigue todos los actos con normalidad, a pesar de su artritis de rodillas. Habla largamente con su confidente Sor Cosnard y eso la hace mucho bien. Pudo visitar el Seminario por última vez y contemplar los cuadros de las apariciones pintados por Lecerf en 1835.
Cada día va perdiendo fuerzas; baja a la portería siempre que puede y al comedor con los ancianos. El 25 de noviembre advierte a la Comunidad que celebra su santo por última vez. Tuvo muy claro el presentimiento de su muerte. El 8 de diciembre, Sor Dufés la acompañó a celebrar la fiesta de la Inmaculada en la Casa Madre. ¡Fue un detalle de fraternidad muy bello! Al bajar del coche se cae y de disloca una muñeca pero no dijo nada. Esta caída fue el principio del fin que llegará el 31 de diciembre, después de tres semanas de preparación intensa en oración, ofrenda y espera de la hermana muerte.
Sor Cosnard, antigua secretaria, hermana de oficio y formadora del Seminario va a visitarla. Se despide de ella con estos consejos para la Compañía del futuro:
– «Procure que recen mucho. Que Dios inspire a los Superiores cómo honrar a María Inmaculada. Ella es el tesoro de la Comunidad. ¡Que se rece bien el Rosario! Si se aprovechan de ello, las vocaciones serán numerosas. Seguirán disminuyendo si no son fieles a las Reglas, a la Inmaculada Concepción, al Rosario… ¡Ya no somos bastante servidoras de los pobres!… Y añadió: «Se ha elevado demasiado a las hermanas jóvenes, en vez de seguir manteniéndolas en la humildad. ¡Que escuchen a las hermanas antiguas! ¡Que aprendan del espíritu de San Vicente!… La Stma. Virgen ha prometido sus gracias siempre que se rece en la capilla;, sobre todo la pureza de espíritu, de corazón, de voluntad… El puro amor».10
Bien podemos considerar estas palabras como su testamento espiritual.
Y después de haber recibido los sacramentos llena de fervor y de haber hablado con el P. Chevalier, Director y primer biógrafo, recibió la muerte con plena lucidez, confianza y abandono en las manos de Dios Padre. Eran las 7 de la tarde del 31 de diciembre del año 1876. Las Hermanas rezaban a su alrededor la jaculatoria de la Medalla: «¡Oh María sin pecado concebida! Rogad por nosotros que recurrimos a Vos!
f) Su apertura a la Historia
Las claves nos las ha dado el Papa Pío XII en la homilía de la ceremonia de su canonización: Humildad y sencillez de vida, caridad plena buscando solo la gloria de Dios, caridad sin límites, devoción singular y especial a la Inmaculada, amor a la Eucaristía con una piedad encendida y activa y dedicación total a los pobres.11 Ella nos ha dejado huellas del camino de santidad a seguir en la Familia Vicenciana., Mirándola a ella, -decía Pío XII- hallaremos un camino más fácil para la virtud y la santidad.12
3.- El atardecer de Sor Rosalía Rendu
Vamos a centrar nuestro recuerdo y reflexión en torno a Sor Rosalía su atardecer, es decir, en los cinco últimos años de su vida.
Sor Rosalía había nacido el año 1786 y murió en 1856, con 70 años, igual que Santa Catalina. Ambas fueron muy longevas con relación a las personas de su época.
a) Su personalidad madura y actividad social.
A los 65 años, Sor Rosalía era una Hija de la Caridad con poder de atracción, no por sus cualidades humanas, inteligencia o clase social. Su influencia sobre los jóvenes la venía de dentro, de su configuración con Jesucristo, misericordioso y evangelizador de los pobres. Como San Vicente parecía ofrecer el corazón cuando solicitaba una ayuda para socorrer a los pobres. El mejor retrato de su personalidad lo hizo un contemporáneo suyo: Monsieur Adrien Leroy de Saint-Arnaud, alcalde del distrito XII en el que vivía Sor Rosalía:
«Era una hermana muy conocida por su amabilidad y caridad entre los pobres y por sus buenos consejos y humildad entre los ricos. Unía una dignidad natural en su hablar y en sus modales al conocimiento de la vida, algo que es letra muerta para gente de más experiencia, pero que es un libro abierto para espíritus selectos. Su manera amable de dar la bienvenida animaba a uno a hacerle confidencias. Su discreción era garantía de seguridad. Agradaba a los humildes por su sencillez, unida a su encanto. Los grandes se sentían cómodos con ella por la reserva con la que esperaba sus confidencias sin provocarlas ni forzarlas».13
Su actividad social nos es bien conocida. Su escucha, atención a la realidad del mundo de los pobres y capacidad de entrega son envidiables. En 1852 Sor Rosalía recibía la condecoración de la Cruz nacional de la Legión de Honor en reconocimiento a toda su labor social. Fue concedida por el presidente de la República Luís Napoleón e impuesta por el Ministro del Interior F. de Persigny. Ella se mostró tan sorprendida que su reacción fueron estas palabras:
«Me he merecido esta vergüenza por mis pecados, si no fuera por la Comunidad, lo lamentaría. Se reirá de nosotros toda la ciudad de París».14
Dos años después, el 18 de marzo de 1854, Napoleón III y la emperatriz Eugenia visitaban la Guardería Infantil establecida por Sor Rosalía en el barrio de Mouffetard. Ella misma les dio la bienvenida. Fue un reconocimiento público a su actividad social que levantó algunas críticas y oposiciones, dentro y fuera de la Comunidad. Se le acusó de buscar la popularidad y de su amistad con los ricos.
Con urgencia fue llamada a la Casa Madre para destinarla. Allí estuvo en silencio y sin recibir visitas más de diez días, ayudando en la huerta y en los trabajos que podía realizar. En este tiempo no cesaron de acudir a la Casa Madre administradores, pobres, poderosos y humildes intentando convencer a la Superiora General de que debían enviar de nuevo a Sor Rosalía a Mouffetard. Ella permaneció en soledad y silencio hasta que un día la Superiora general la ordenó volver a su querida Casa de la calle L’Épée-de-Bois y continuar su misión de Hermana Sirviente. Todo se quedó en una dolorosa prueba que soportó con humildad y silencio.15
b) Su trabajo apostólico y empeño por las vocaciones
Todos los biógrafos de Sor Rosalía, desde Armando Melun y Enrique Desmet hasta Sor Luisa Sullivan, ponen de relieve la importancia del trabajo apostólico de Sor Rosalía en el atardecer de su vida. Ella va envejeciendo pero su celo apostólico rejuvenece y se llena de vigor cada mañana en contacto con Cristo-Eucaristía. La revolución de la Comuna de 1848 había dejado miles de miserables que pululaban por las calles de París como ovejas sin pastor. Sor Rosalía envía Hermanas al orfanato de la calle Pascal, logrando, al año siguiente 1852, instalar el orfanato en un local mucho más grande de la calle Menilmontant.
El mismo año 1852 abre un refugio para ancianos en la calle Pascal. El 1854 abre la Guardería o Escuela Infantil para los niños del barrio. La Superiora de la Casa Beneficencia está dilatando las fronteras de su caridad hasta donde le es posible y sus fuerzas físicas se lo permiten. Ha conseguido la colaboración y corresponsabilidad de las Hermanas de su Comunidad, de los jóvenes y adultos de las Conferencias de San Vicente de Paúl y las Damas de la Caridad cuya Asociación ha hecho renacer con vitalidad renovada, siguiendo las directrices del P. Etienne, Superior general.
A la vez dedica tiempo a la formación de las postulantes y Hermanas jóvenes que la envían desde la Casa Madre. Los Superiores confían en ella y saben que Sor Rosalía vive la mística vicenciana con intensidad, que sabe contagiar y transmitir la fuerza del carisma. Los archivos de la Casa Madre ofrecen la relación de las 22 postulantes que fueron iniciadas por Sor Rosalía en el amor a la vocación y también de las 18 Hermanas a las que acompañó en su preparación para la emisión de los votos por primera vez.
Su proyecto de pastoral vocacional tenía tres ejes:
- El amor a Jesucristo, evangelizador de los pobres, cultivado y vivido.
- El amor a los pobres, amos y señores de su vida, tiempo y entrega.
- La comunión fraterna con los Superiores y Hermanas de su Comunidad, hacia la que sentía y expresaba un cariño singular, calificado por algunos biógrafos como «ternura infinita»16
c) Sus disposiciones espirituales:
Sor Rosalía, a diferencia de Santa Catalina, no nos ha dejado notas escritas sobre su vida espiritual. Sus disposiciones espirituales se desprenden de su correspondencia y de los testimonios de las personas que vivieron con ella. De su correspondencia extraemos algunos textos que nos hablan de la profundidad de su vida interior y de su esfuerzo por cumplir la Voluntad de Dios:
«Mi querida tía Jeanne Laracine: cada momento del día me ayuda a descubrir la felicidad que siento que haber sido llamada a un estado que me proporciona todo lo que necesito para trabajar por mi salvación con confianza… Ruegue al Señor por mi para que me conceda la gracia de cumplir como debo su voluntad».17
Su espíritu de sacrificio se manifiesta en la carta que escribió al párroco de Lacrans pidiendo que visitara a su madre enferma: «¡Qué penoso es para mi no poder cuidar de ella yo misma! Es para mi un gran sacrificio que ofrezco a nuestro buen Dios el estar separada de ella». Y con la misma fecha escribe a su madre:
«Puede estar segura de que participio en sus sufrimientos. Me da una pena infinita no poder decírselo en persona. Sí, mi querida y tierna madre, sepa que estoy haciendo un gran sacrificio y que me cuesta mucho».18
De su unión con Jesucristo crucificado nos habla una carta a su prima Mélanie: «Ayudémonos una a otra en el camino de la cruz y caminemos tras las huellas de nuestro divino Maestro. Siguiendo su ejemplo, llevemos nuestra cruz con valor y confianza en su misericordia infinita».19
De su caridad interior, además de los testimonios de las Hermanas, conservamos el de Guillaume-André de Bestiré de Sauvigny, sacerdote eudista: «Sor Rosalía parecía la encarnación de la caridad cristiana en su forma más pura y mas incuestionable».20
De su sencillez nos habla el testimonio de Sor Costalin que afirma no se buscaba a si misma, sino la gloria de Dios. Sor Rosalía decía a la Comunidad: «No comprendo, Hermanas, por qué esas personas vienen a mi a pedirme opinión… Yo les hago ver que soy una pobre mujer del campo, sin educación, ni inteligencia, ni sentido común, que cuidé animales en mi aldea natal… Nuestro bien Dios sabe que yo no lo busco, no es culpa mía».21
De su humildad conservamos varios testimonios de su conciencia de mero instrumento en las manos de Dios. Recordemos una de sus expresiones y oración por los pobres: «¡Cuántos reproches merezco!… Dios me tendrá con razón como culpable por todos mis fallos, por todo ese sufrimiento. ¡Dios grande! ¿Cuándo daréis a este barrio una servidora más digna y más dedicada, de modo que podáis derramar más bendiciones sobre toda esta pobre gente?.22
Cuando recibía alguna alabanza solía decir: «Yo solo hice lo que creía que era mi obligación. Yo sirvo a Dios y de Él espero la recompensa».
Así vivió unida a Jesucristo, con el sentimiento y la convicción de ser continuadora de su misión entre los pobres, configurada con Él por las virtudes propias del espíritu de la Compañía.
Su confianza en la Providencia se expresaba en esta frase que pone Desmet en su boca: «Aceptemos las cosas como vienen. Dios nos enviará dinero suficiente y los socorros necesarios con tal de que los usemos bien».23
d) La experiencia de la cruz: pruebas y dificultades
Sor Rosalía supo configurarse con Jesucristo evangelizador de los pobres y ser continuadora de su misión porque había aprendido a honrarle como Adorador del Padre con una vida de oración fiel y confiada. Supo también honrarle como servidor del designio de amor del Padre, aceptando con paz, serenidad y humildad las pruebas e incomprensiones provenientes de la misión, de la Comunidad y de su obediencia a los Superiores. Desde estos tres ámbitos de relación le llegaron las dificultades que soportó como una pequeña parte de la Cruz de Jesucristo, en conformidad con lo que prescriben las Reglas de la Compañía. El camino de la cruz se hizo más duro al final de su vida.
En 1852 comenzó la carrera de los desprendimientos finales. En enero muere su prima Sor Victoria Neyrond, Hija de la Caridad a quien la unía una estrecha amistad. En noviembre de 1853 comienza a fallarle la vista y se empeora su salud. Busca remedios para curar su vista y mantenerse en el servicio de los pobres, pero la enfermedad avanza. En octubre de 1855 fue operada de la vista sin resultados positivos. La cirugía de entonces no contaba con los medios y progresos actuales. La operaron de cataratas pero no pudo recuperar nada de visión. Estaba totalmente ciega. En medio de esta limitación de salud reduce sus salidas, se deja ayudar mucho más por las Hermanas para la correspondencia y aprende a convivir con la ceguera como una bendición de Dios. Cuando sale a la calle a visitar a los pobres, lo hace acompañada de una joven del obrador. No se cierra sobre ella misma ni se acobarda. Los pobres la necesitan y la esperan. La gente que viene a desahogarse con ella la encuentra más disponible para la escucha.
Sorprende y admira la actitud con la que recibe la situación de ceguera total. Decía y afirmaba con paz que era una gracia especial que Dios la concedía para poder prepararse bien a la muerte. Unos días antes de morir supo que su buena madre había fallecido.
Junto a estas pruebas están las acusaciones frecuentes ante los Superiores de que quería mucho a los ricos y les dedicaba mucho tiempo, que salía demasiado a la calle, que buscaba popularidad y otras cosas semejantes. Por eso nadie de la Casa Madre asistió a la imposición de la Cruz de la Legión de Honor que le concedió Napoleón III, ni a su entierro.
Sabía que la configuración con Jesucristo supone abrazarse a la Cruz y acogerla con paz hasta el final de la vida. Y así lo hizo, pensando siempre en Jesucristo crucificado en los pobres.
e) La preparación para la muerte
Llama la atención cómo acoge la ceguera. Da gracias a Dios por ese regalo, ya que esa situación la permitió prepararse bien para la muerte, frenar su actividad y dedicar más tiempo a la oración y a la escucha de las necesidades de los pobres. Madame Mallet, amiga de Sor Rosalía, nos ha dejado en su diario cómo afrontó la muerte esta santa Hija de la Caridad: «Tenía miedo de su debilidad. Yo la oí decir: Tengo miedo de que mi sufrimiento haga temblar mi fe». Varias veces expresó el deseo de que no se la dijera que se acercaba su último momento, porque decía: «Una Hija de la Caridad debería estar siempre preparada para confesar sus pecados, dejar todo y morir».24
Aquejada de una congestión pulmonar, la enfermedad la llevó al delirio en los últimos momentos, razón por la que sólo se le pudo administrar el Viático antes de morir. Su mejor preparación estaba ya realizada: vivir la caridad en toda la plenitud. Había amado a los pobres durante su vida y vio acercarse con serenidad la muerte como algo natural. Armando Melun que estuvo presente en su agonía y fue su primer biógrafo nos dice: «Vi a las Hermanas que estaban llorando y rezando, y yo lloré y recé con ellas. Volví a casa con la seguridad de que su había un ángel menos en la tierra, pero había una santa más en el cielo».25
f) Su apertura a la historia
Las circunstancias de su entierro nos dan las claves de su apertura a la historia:
- La afluencia masiva de los pobres del barrio en el velatorio para venerar y despedir su cuerpo. Allí se citaron obreros, niños, ancianos, pobres y ricos, en un silencio reverente de oración y caridad que reclamaría continuidad. Sin pretenderlo su fama de mujer santa se abría a la Historia.
- La presencia numerosa de 60.000 personas en el entierro, con representación de todas las clases sociales, especialmente de los pobres, en comunión de fraternidad ante la apóstol de Mouffetard.
- La fama de santidad que se percibió en su muerte y ha seguido hasta el presente. El P. Robert Maloney, tras su beatificación, nos ha presentado cinco rostros de Sor Rosalía que nos estimulan y animan:
- Trabajadora y organizadora extraordinaria
- Superiora local que supo hacer de su Comunidad Casa y escuela de comunión, Casa y escuela de oración y puerta siempre abierta a los pobres
- Mujer intrépida y creativa para la caridad con los pobres.
- Amiga de ricos y pobres que irradió la verdadera fraternidad evangélica.
- Fiel al carisma vicenciano y a la vocación de Hija de la caridad en medio de algunas incomprensiones.
Ella brilla como un sol de caridad revelando a cada Comunidad de la Compañía y de la Iglesia el rostro de Cristo.26
4.- Retos que ellas plantean
- Nada de comodidad y satisfacciones no conformes con la vocación.
- Nada de exigencias en la enfermedad
- Sí a la aceptación de la Cruz en actitud de ofrenda y corredención
- Sí a la confianza y abandono en manos de Dios Padre
- Sí al celo apostólico hasta el final de nuestra vida.
- Laurentin, Rene: Vida de Catalina Labouré. Ed. CEME. Salamanca, p. 248
- Laurentin, o. c. p. 187.
- Laurentin, o. c., p. 189
- Ibidem, pp. 135 – 136
- Laurentin, o. c., p.
- Laurentin, o. c., pp. 203 – 206
- Laurentin, o. c., pp. 203-210.
- Laurentin, o. c., pp. 201-203
- Ibidem, pp. 200, 208
- Laurentin, p. 227.
- Ecos de la Compañía. Año 1947. Edición española, pp. 118-119
- Ibid., p. 120
- Sullivan, Sor Louise, H.C.: Sor Rosalía Rendu. Ed. La Milagrosa; p. 234
- Ibid., P. 317.
- Sullivan, o. c., p. 325
- Sullivan, o. c., p. 347
- Ibid, p. 111
- Ibid. p. 113
- Ibid., p. 114
- Ibid., p. 118
- Ibid., p. 123
- A. Melón: «Vie de la Soeur Rosclie» p. 213
- Desmet, Enrique: Sor Rosalía Rendu. Ed. CEME. pá, 98
- Sullivan, o. c., p. 373
- Ibid., p. 371
- P. Robert Maloney: Cinco rostros de Sor Rosalía Rendu; Ecos de la Compañía. Año 2003. pp. 205-213






