Doloroso centenario (1968)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

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Author: Aurelio Ircio · Source: Anales españoles, 1968.
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msoA058FPoco se ha escrito entre nosotros sobre los luctuosos sucesos que sacudieron a la Provincia española de la Congregación de la Misión en el aciago año de 1868.

El 27 de septiembre de dicho año tuvo lugar el pronunciamiento militar de Topete, que fue el comienzo de la revolución llamada, por razón de la fecha, «la Septembrina», la cual, como a la Reina Isabel II, expulsó de España a todas las Comunidades religiosas.

El P. Paradela en ninguna de sus obras históricas llega a esta fecha. El P. Herrera, en su «Historia de la Congregación», sólo dedica una docena de líneas a estos sucesos. El P. Horcajada escri­bió un poco más en su «Reseña histórica de las Casas de la Pro­vincia», que fue publicando en ANALES desde el año 1909 hasta 1915.

Sin embargo, hubo un Padre que, habiendo sido víctima de estos sucesos, escribió más largamente acerca de ellos, especialmen­te de los de la Casa de Arenas de San Pedro, en la que por aquellos días él residía. Se trata del P. Pedro Sainz, quien más tarde fue destinado a Cuba, donde permaneció hasta su muerte y allí dejó varios escritos históricos que el P. Chaurrondo nos ha trasmitido con mucho interés y de los cuales sacaremos la mayor parte de las noticias que vamos a presentar.

Estado de la Provincia.—En el Catálogo general de la Congre­gación, correspondiente a dicho año de 1868, la Provincia de España, gobernada desde hacía apenas dos años por el ilustre P. Maller, figuraba con diez Casas, de ellas una en Cuba y tres en Filipinas (sólo se había independizado aún la de Méjico). Las de España eran: Madrid, con 12 Padres, 15 Estudiantes, 26 Seminaristas y 18 Hermanos coadjutores; Badajoz, con 6 PP. y 4 Hnos; Arenas de San Pedro, con 7 PP. y 6 Hnos.; Barcelona, con 6 PP. y 3 Hnos.; Palma de Mallorca, con 7 PP. y 5 Hnos., y Teruel, con 6 PP. y 3 Hnos. El número relativo de Estudiantes y Seminaristas —éstos casi doble que aquéllos— indica que la marcha de la Provincia era en alto grado ascendente. Y esta marcha, si la revolución no la cortó en seco, sí la frenó en gran manera.

La revolución en Madrid.—Ya se ha indicado que el comienzo de la revolución fue la sublevación del almirante D. Juan Topete, en complicidad con el Duque de la Torre, los generales Serrano y Dulce y otros muchos liberales que habían sido desterrados dos años antes por otro intento semejante fracasado. Ocupan la ciudad de Cádiz bajo la amenaza de los cañones de la Marina, y allí pro­claman los principios de la revolución; a saber: «Sufragio universal. Libertad de cultos. Libertad de enseñanza. Libertad de Asociación. Libertad de imprenta. Abolición de la pena de muerte. Destitución de doña Isabel del trono de España. Incapacidad de todos los Bor­bones para ocuparlo». Reunidas tropas bajo el mando del general Serrano, avanzaron hacia la capital y, aunque les salieron al paso tropas realistas, al mando del General Novaliches, éstas fueron derrotadas en la batalla de Alcolea. En vista de ello, la Reina huyó a Francia, y a los pocos días se formó en Madrid un Gobierno pro­visional presidido por el mismo general Serrano.

Mas apenas se supo en Madrid la derrota de las tropas guber­namentales, se desató allí la revolución: el populacho, como siempre en esos casos, se lanzó a la calle a vitorear a los generales suble­vados y a la revolución. Continuamente se volteaban las campanas, se cantaba el himno de Riego, se adornaban los balcones con col­gaduras y banderas revolucionarias, se insultaba a los sacerdotes y religiosos y aun se expulsaba de los conventos a algunos de ellos.

El Visitador, P. Maller, se hallaba pasando la Visita a la re­cientemente fundada Casa de Teruel. Por eso el Asistente y Procurador provincial, P. Valdivielso, tuvo que tomar, entre los temores de la Comunidad, las providencias pertinentes para salvaguardar las personas y los bienes de la misma. Buscó personas de confianza que vigilasen, especialmente por la noche, en unión de los Herma­nos coadjutores, y hasta procuró hacer una puerta falsa por donde poder salir a la calle disimuladamente en caso de peligro. Pero por parte del populacho no tuvieron que sufrir más que el susto. Los días siguientes se procuró ir poniendo a salvo los objetos de más valor, ya en una casa alquilada, ya en varias casas de con­fianza.

El Gobierno Civil ya estaba en autos de que los Paúles habían comenzado a construir una iglesia y que, por lo tanto, tenían que tener disponible mucho dinero. Pronto se presentaron dos repre­sentantes del gobernador civil, acompañados de tropa, a incautarse de esos bienes. Pero hecho el registro, tuvieron que marcharse sin nada, pues tanto el dinero como los objetos de más valor estaban en lugares más seguros. En estas traslaciones sólo hubo un inci­dente lamentable. Al Hermano Vicente Navarro, que era el compra­dor, le encargaron llevara a depositar a una casa un copón de bas­tante valor y fue sorprendido por los esbirros vigilantes del Go­bierno. El Hermano se excusó con que lo llevaba a dorar, pero le consideraron como ladrón y le metieron en la cárcel del Saladero, donde tuvo que sufrir bastante, sobre todo los primeros días. El Padre Maller, que ya se había reintegrado a Madrid, no encontró otro medio eficaz ,para librar al Hermano que el de llamar a Ma­drid a una Hija de la Caridad, que era sobrina de don Salustiano Olózaga, hombre de la situación, y, efectivamente, con su influjo, se consiguió que a los ocho días saliera de la cárcel.

Como resumen de los sucesos de estos días, copiamos de una carta del mismo Padre Maller, fechada en Dax el 18 de noviembre y dirigida al Padre Ildefonso Moral, Superior de Nueva Cáceres (Filipinas):

«No sé si ya alguno le habrá hecho a usted la historia de lo que nos ha pasado en nuestra pobre España. Después de habernos de­jado en duda por unos días si el decreto de supresión nos com­prendía o no, por fin, el día 26 del pasado octubre nos sacaron de casa. Antes que llegara el caso y previendo lo que iba a pasar, ha­bíamos hecho salir casi todos los jóvenes, es decir, unos 20 semina­ristas y 15 estudiantes. Ahora se hallan aquí, en Dax, 22 semina­ristas, 15 estudiantes y no sé cuántos hermanos. Yo he llegado aho­ra mismo de París, en donde resido hace más de quince días, y no sé cuándo volveré a Madrid. Aquí está también el señor Orriols y los catedráticos señores Amáis junto con el señor Valdivielso y señor Casado de Badajoz. Todo va como si estuviéramos en Madrid. De las Casas de la Península sólo nos quedan las de Arenas y Ma­llorca, y esto no sabemos hasta cuándo, aunque esperarnos tal vez nos las dejen del todo. Las Casas de Ultramar parece que no nos las quitarán…»

En otra carta posterior, al mismo, añade:

«Gracias a la divina Majestad, hemos podido salvar ta mayor y la mejor parte de nuestra floreciente juventud, que no es poco. Ahora vamos a ver si podernos ir admitiendo nuevos sujetos, para que no haya interrupción completa. Esperarnos que nuestras des­gracias no llegarán hasta ésa; pero si Dios lo permitiera así, lo mejor sería quedar por ahí reunidos, como casi todos han quedado en la Península hasta que pase la tormenta. Digo reunidos en gru­pos de dos o tres, de modo que no sea notable. Dios les inspirará en el caso lo que será más conveniente. Nuestras Casas de Arenas y de Mallorca continúan en pie; veremos hasta cuándo…»

El P. Sáinz consigna algunos detalles más de lo acaecido en Ma­drid, especialmente sobre las nuevas pesquisas del Gobierno en busca del dinero destinado a la construcción de la iglesia, que con razón suponían escondido. En realidad ese dinero lo había confiado el P. Valdivielso a varias Hijas de la Caridad, quienes lo llevaban constantemente consigo. Pero algo se debió de oler el Gobierno, y sabedor de ello el Padre por una persona allegada al mismo, buscó otro escondite. Mas el Gobierno le llamó para preguntarle con qué dinero se edificaba la iglesia; él contestó que con el de la caridad pública, especialmente con el de un señor cuyo nombre tenía prohi­bido revelar. Aunque la cosa no pasó adelante por entonces, sin embargo, el P. Valdivielso vio que lo mejor era emigrar, y, en efec­to, vistiéndose de paisano se dirigió a Dax, donde estaba la mayor parte de la Comunidad.

Si no dinero, sí encontraron los pesquisadores objetos de valor escondidos en una casa; pero la energía y valor del P. Inocencio Gómez consiguió que no se los llevaran.

Salidos los Padres de la casa, se incautó de ella el Gobierno y la destinó a hospital de Cirugía, que el pueblo llamó «Hospital de los Paúles» y que por cierto quedó a cargo de las Hijas de la Caridad. Más tarde la vendió el Gobierno a un particular y éste a las Religiosas Adoratrices, quienes la ocupaban cuando se hizo la restauración. Aunque, entonces la pidieron al Gobierno, no se con­siguió y hubo que buscar otra.

La salida de los jóvenes para Francia se realizó en parte el día 19 de octubre. Los seminaristas iban acompañados por su Director, el P. Orriols; los Estudiantes, sólo los más jóvenes, guiados por el P. Eladio Arnáiz, Profesor de Dogma (los Moralistas salieron más tarde con varios otros Padres y Hermanos). Después de dos días de viaje, llegaron a Dax a las dos de la mañana. A pesar de lo in­tempestivos de la hora, fueron allí muy bien acogidos, aunque natu­ralmente no les pudieron ofrecer más que una cama, pues ni tenían noticia del viaje, ni era tampoco aquel el término del mismo. Al día siguiente, después de la misa y el desayuno, se trasladaron al Berceau, donde habrían de tener su residencia por más de un año.

El P. Etienne, en la Circular del año siguiente, refería así los sucesos:

«Nuestra Provincia de España acaba de sufrir las violencias del viento de la revolución, que ha derruido la monarquía y todas las grandezas humanas. Forzados a abandonar la Casa Central de Ma­drid, todos los sacerdotes, estudiantes, seminaristas y hermanos coadjutores, no tuvieron otro pensamiento que el de venir a Fran­cia a pedirme asilo. La Providencia me ha permitido poder pro­porcionarles un amplio alojamiento en la Cuna misma de San Vi­cente, donde se encuentran reunidos en número de 56. Allí han constituido una comunidad perfectamente regular. Los estudiantes tienen sus profesores y los seminaristas su director. Están muy satis­fechos de encontrarse en un destierro tan agradable, y precisa­mente en el lugar mismo en que nació nuestro bienaventurado Padre y donde nació en su corazón la vocación apostólica que ellos han abrazado. Considerando el buen espíritu que les anima, no se puede menos de pensar que hay en. ello un misterio oculto de la Providencia en una disposición que no se había previsto. Es ahí, no se puede dudar, donde ella quiere preparar a esta nueva generación de misioneros para el cumplimiento de las grandes cosas que habrán de realizar un día en favor de su tan interesante y católica patria».

ARENAS DE SAN PEDRO (Ávila)

Ya se ha indicado que el principal cronista de los sucesos que vamos relatando estaba por entonces destinado en la Casa de Are­nas de San Pedro, y, por lo mismo, de los sucesos de allí, como testigo de vista, fue de los que escribió más largamente. Resumi­remos lo más posible su escrito.

La Casa de Arenas, al sobrevenir la revolución de septiembre, llevaba seis arios de existencia. Los Padres habitaban el edificio que había sido convento de los PP. Franciscanos, y ejercían el culto en el anejo magnífico Santuario de San Pedro de Alcántara, situa­do a unos tres kilómetros de la población de Arenas. Además del culto en el Santuario, dieron muchas misiones, y últimamente ha­bían abierto un Seminario Menor.

Al estallar la revolución, también en Arenas, como en todas partes, se constituyó una Junta revolucionaria, cuyos miembros, aunque en general poco afectos a los Padres, no se atrevieron por sí solos a hacer nada contra ellos. Sin embargo, una vez que se dio el decreto de expulsión, los padres de los alumnos del Semi­nario fueron retirando a sus hijos, por lo que, a primeros de no­viembre, hubo que cerrar del todo el Seminario. Además, al hacerse cargo los Padres del Santuario, habían cesado en sus funciones el capellán y el mayordomo que hasta entonces habían cuidado de él, y ahora en seguida reclamaron de la Junta revolucionaria su vuelta, que les fue concedida. Sin embargo, el Superior, Padre Serrato, continuó allí actuando como capellán, en compañía de otro Padre enfermo y dos Hermanos. Los otros Padres alquilaron un Palacio abandonado que había en la población, y allí abrieron un Colegio, que sustituiría al Seminario. A pesar de algún artículo furi­bundo publicado en el periódico «Huracán», se consiguió acallar las protestas, y el Colegio pudo desarrollar sus trabajos, incluso con refuerzo de personal que les mandó el P. Visitador desde Francia, y realizar los exámenes a últimos de junio.

Terminado el curso, como todo parecía tranquilo y en el palacio estaban muy incómodos, acordaron por mayoría, contra el parecer de algunos, volver al menos a pasar el verano en el Santuario. Mas a los pocos días de hacerlo, les llegó un oficio del Gobernador Civil de Ávila conminándoles a salir del Santuario. Con la llegada a las puertas del Santuario del alguacil portador del oficio del goberna­dor comenzó una serie de idas y venidas, de dimes y diretes, de registros, de citaciones del alcalde, etc., tan complicados, que en la copia a máquina de la relación del P. Sáinz, que tenemos a la vista, ocupan cuatro folios bien apretados, más otros tres con la discusión de las verdaderas causas, o mejor, de los verdaderos motores de la expulsión. De esto último anotemos tan sólo que, para el cronista, el principal motor había sido un fraile exclaustrado, que era el ca­pellán cuando se hizo la fundación y a quien habían permitido con­tinuar viviendo en el convento, aunque independiente de la Comu­nidad. Siempre se había mostrado muy disgustado de que fuera otra comunidad y no la suya quien ocupara el convento. El segundo motor había sido el mayordomo, a quien habían quitado la admi­nistración de los bienes del Santuario y de su Cofradía. Por último, el mismo Ayuntamiento, con el que la Comunidad había tenido algunos altercados por cuestiones de competencia.

El resultado final fue que el 11 de agosto de 1869 se personó en Arenas el mismo señor gobernador de Ávila, acompañado de 22 guardias civiles, llamó a su presencia al P. Serrato, que era el Superior, y, después de tacharle de conspirador y carlista —apela­tivos que el Padre rechazó con energía, pidiendo pruebas de tales asertos—, les intimó a que salieran todos los Padres y Hermanos, en el término de veinticuatro horas, de Arenas y de toda la provin­cia, so pena de echar mano de la fuerza que había traído a pre­vención. Así lo hicieron en el mismo día, excepto un Hermano que estaba enfermo y otro para cuidar de él. La mayor parte, incluso el cronista, pasaron a Francia a juntarse con los de la Casa Cen­tral.

OTRAS CASAS

Palma de Mallorca.—De esta Casa ya hemos visto por las cartas del P. Maller que aún continuaba funcionando a mediados del año 1869. No se sabe que le pasara nada.

Barcelona.—Esta Casa acababa de celebrar su reapertura el año anterior, después de haber estado cerrada durante treinta y dos años. Si bien el P. Maller la daba por perdida, parece que, a pesar de que durante estos años de la revolución tuvo que atravesar grandes dificultades, se sostuvo con más o menos vida en sus mi­nisterios.

Teruel.—De esta Casa sólo consta el hecho de que fueron expul­sados o marcharon en seguida. No parece que salieran de España más que dos: a uno de ellos le mandaron a Filipinas y el otro volvió pronto a Barcelona.

Badajoz.—Del que por entonces era Superior de esta Casa, Pa­dre Nicolás Arnáiz, publicó el mismo año de su muerte un amigo suyo seglar una pequeña biografía, en la que encontramos algunos detalles referentes al asunto. Dice así:

«Sobreviene la revolución del 68: se da una orden cruel, termi­nante, y el P. Amáis, con ánimo siempre esforzado y nunca abatido, contempló, en el breve espacio de veinticuatro horas, el asalto de la casa, su incautación y la dispersión de sus hermanos. Más la vir­tud y el talento se abren paso libre aun en medio de la desgracia. Así fue. El P. Arnáiz es llamado por la junta revolucionaria; com­parece en el acto; se le hacen varios cargos en calidad de Rector del Seminario y Superior de la Casa-Misión. El humilde Paúl de­fiende los derechos lastimados, salva los intereses sagrados que le habían sido confiados y contesta a todas las preguntas con tal se­renidad, gracia y fuerza de raciocinio, que la junta, complacida de las buenas formas y concluyentes respuestas, le concedió tiempo más que suficiente para despachar sus asuntos antes de abandonar la población…»

Las noticias que añade sobre sus movimientos posteriores no se compaginan muy bien con los apuntes del P. Sáinz, y aun los de éste aparecen contradictorios en este aspecto, pues le supone, al parecer al mismo tiempo, es decir, en el curso 1868-68, explicando la Moral a los Estudiantes en el Berceau y explicando Filosofía e Historia en el Colegio que se abrió en Arenas de San Pedro. En esta biografía también se señalan estos dos trabajos y se dice que fueron sucesivos, lo cual sólo se compagina suponiendo que sólo explicó durante tres o cuatro meses en cada uno de dichos lugares. Entodos estos desplazamientos le acompañó el P. Antonio Serra.

EPÍLOGO

Para conocer un poco el influjo retardatario que pudo tener esta revolución en la marcha de la Provincia, será conveniente hacer unas indicaciones de lo que se sabe del movimiento del personal durante estos años y especialmente de las vicisitudes de la juventud en período de formación.

 

Una vez establecidos en el Berçeau los Seminaristas y estudian­tes, también otros muchos Padres, a medida que los iban expul­sando de España, se dirigieron allá, o a París, donde residía habi­tualmente el P. Visitador. No todos, por cierto, ni mucho menos, pues suponiendo que la tormenta pasaría pronto, se acomodaron en varios sitios, especialmente para cuidar de las Hermanas, que en general no fueron perseguidas. En el Catálogo general de 1870 (del 69 no hay-, y creemos que es de fiar por estar en París el Padre Visitador, figuran en España, además de las de Cuba y Fili­pinas, siete Casas, aunque sólo las de Palma y Barcelona figuran con Superior. En Madrid, 5 Padres y 4 Hermanos; en Palma 8 y 4, respectivamente; en Barcelona, 4 y 1; en Badajoz figura el Padre Nicolás Arnáiz, aunque sabemos que por aquellos días estaba en el Concilio Vaticano como Teólogo del Sr. Obispo de Badajoz. Y es curioso que figuren tres Casas nuevas: la de Los Milagros, que en efecto se había constituido canónicamente en 1869, y en la que figuraban los tres grandes misioneros que fueron los dos Faustinos Díez y Marcos, el P. Pérez Miguel. Las otras dos son Valencia, que sigue figurando hasta 1874, y la de Haro, que dura hasta el 76, aun­que sólo con dos Padres ancianos.

En el Berçeau se instalaron todos los que fueron de la Casa Central con bastante comodidad, primero en un pabellón destinado a los Ejercicios a Hermanas y luego en otro que construyeron con­tiguo, y que fue bendecido por el mismo P. General en una visita que les hizo. El curso de 1868-69 se terminó normalmente y el 31 de agosto se preparó una expedición para Filipinas compuesta por cinco Padres, otros cinco ordenandos y un Hermano coadjutor. Tam­bién el curso siguiente se realizó bien; pero en agosto del 70 ya sabemos por la Historia que tuvo lugar la guerra franco-prusiana, que terminó con la capitulación de París. Los habitantes de la Casa Madre se dispersaron; los novicios tuvieron que ir al Berçeau y, por tanto, los españoles tuvieron que cederles el sitio y hacer una nueva dispersión. A los moralistas los destinaron a Cuba, y fueron guiados precisamente por el cronista de estos sucesos, P. Pedro Sáinz. Los de Dogma formaron otra expedición para Filipinas, al mando de los PP. Valdivielso y Orriols. El cronista dice en sus apun­tes que a los novicios los mandaron a sus casas, pero no fue así, sino que el P. Eladio Arnáiz los trajo a Murguía, instalándolos en la casa del Párroco, D. Gregorio de la Fuente. Los otros estudiantes vinieron a Burgos, donde, para disimular, abrieron un Colegio bajo la dirección del P. Nicolás Arnáiz; pero habiendo muerto éste en febrero del 71 (y por cierto, no allí, sino dando Ejercicios a las Hermanas de Albacete), se llamó a su hermano de Murguía, quien se llevó consigo a los seminaristas, juntándolos así otra vez con los estudiantes. El Colegio cogió fama, pero tal vez eso mismo suscitó la persecución: en marzo del 74 son desterrados por el go­bernador. Les habían ofrecido asilo en Elizondo, y allá se encami­naron, mas como estaba en zona carlista, se fueron a Santander, y allí se embarcaron para Bayona. Al año siguiente, por haberse recrudecido la guerra carlista, trataron de salir de Elizondo: ya en noviembre salieron los novicios para Madrid, donde había va una comunidad de 10 Padres y cinco Hermanos. El problema era la casa, pues vivían en una casita en la Palma Alta, aunque ya se había comprado en el barrio de Chamberí la llamada «Casa de los Ci­preses». Los estudiantes vienen por fin en abril, pero como la casa está en arreglos, van a terminar el curso a Avila. De todos modos, las consecuencias de la revolución han terminado ya. Se puede em­prender nueva marcha con suficiente seguridad.

A. IRCIO

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