«Id por el mundo entero pregonando la Buena Noticia a toda la humanidad. El que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer, se condenará» (Mc 16,15-16).
«En la obra de evangelización que la Congregación se propone realizar, tengamos presentes estas características: …5.° Disponibilidad para ir al mundo entero, a ejemplo de los primeros misioneros de la Congregación». (C 12,5).
A lo que nosotros llamamos disponibilidad, San Vicente titulaba indiferencia. La doctrina sobre la disponibilidad o indiferencia vicenciana para ir a cualquier lugar del mundo, donde la evangelización reclame nuestra presencia, la encontramos sumariamente recogida en las Reglas Comunes: «Cultivaremos con esmero especial la indiferencia que en tal grado practicaron Cristo los santos. Y así, no nos apegaremos con afecto desordenado ni a los ministerios, ni a las personas, ni a los lugares, en especial a la patria, ni a ninguna cosa parecida. Es más, debemos estar siempre prontos y dispuestos a dejar todo esto por orden e incluso por simple deseo del superior. Sufriremos con ánimo sereno toda negativa y cambio que en esto proceda de él, admitiremos que ha obrado bien y según la voluntad del Señor». (RC II, 10). San Vicente se encargó varias veces de explicar este contenido de las Reglas.
1. «Nuestra vocación consiste en ir… por toda la tierra».
El nombre de apóstol o misionero, que el pueblo ha querido darnos, nos recuerda en qué disposición hemos de estar, para ir adonde nos envíen. En esto consiste la vocación misionera de la Congregación. San Vicente explicó esta característica de la vocación, cuando dijo: «Nuestra vocación consiste en ir, no a una parroquia, sólo a una diócesis, sino por toda la tierra; ¿para qué? Para abrasar los corazones de todos los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, que vino a traer fuego a la tierra para inflamarla de su amor. ¿Qué otra cosa hemos de desear, sino que arda y lo consuma todo? Es cierto que yo he sido enviado, no sólo para amar a Dios, sino para hacerlo amar…». (XI 553).
2. «Dios envíame, estoy dispuesto a ir a cualquier lugar del mundo».
Sabemos por la historia de la Congregación que los primeros Misioneros no ahorraban sacrificio alguno para adonde el Fundador los enviase. Hasta los ancianos querían ser enviados lejos de la patria. Estos ejemplos Instituyen un estímulo para nuestro celo misionero:
«Hay algunos ancianos que han pedido que los enviemos allá y que lo han solicitado a pesar de su mucha debilidad. ¡Es que tienen el corazón libre! Van con un afecto a todos los sitios en donde Dios desea ser conocido, y no hay nada que los detenga aquí más que la voluntad divina. Si no estuviésemos aferrados a nuestros miserables caprichos, diríamos todos: Dios mío, envíame, estoy dispuesto a ir a cualquier lugar del mundo adonde mis superiores crean oportuno que vaya a anunciar a Jesucristo; y aunque tuviese que morir allí, me dispondría a ir más allá y me presentaría a ellos para eso, sabiendo que mi salvación está en la obediencia y la obediencia en tu voluntad». (XI 536).
3. «Esforcémonos en apartarnos incesantemente de nuestras inclinaciones».
Entre otros medios que la teología espiritual nos ofrece para alcanzar la disponibilidad o indiferencia, señalamos el que San Vicente gustaba repetir:
El medio para alcanzar de Dios esta indiferencia es la mortificación continua interior y exterior. No os indicaré ningún otro. Primero, el examen, para reconocer si sentimos más inclinación a una cosa que a otra y cuáles son las que más nos atraen, para que, fijaos bien, andemos con cuidado y esforcémonos en apartarnos incesantemente de ellas, cortando y sajando todo lo que ata nuestro corazón, a fin de despojarnos de todas las criaturas y mortificar nuestros sentidos y nuestras pasiones siempre y en todas partes». (XI 536).
- ¿Estoy dispuesto a ir a cualquier lugar del mundo, adonde la obediencia me envíe?
- ¿Me aferro a mis propios gustos e inclinaciones independientemente de las necesidades ajenas?
Oración:
«Pidamos a Dios que dé a la Compañía este espíritu, ese corazón que nos hace ir a cualquier parte, ese corazón del Hijo de Dios, el corazón de nuestro Señor, que nos dispone a ir adonde El iría y como El habría ido si hubiera creído conveniente su sabiduría eterna marchar a predicar :a conversión a las naciones pobres. Para eso envió El a sus apóstoles, y nos envía a nosotros como a ellos, para llevar a todas partes su fuego, a todas partes». (XI 190).






