Discurso de Juan Pablo II a la Congregación de la Misión

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Juan Pablo II · Año publicación original: 1986.
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Alocución del Santo Padre a la Asamblea General de la Congregación de la Misión (30/6/86)

Estimado Padre Responsable General de la Congregación de la Misión, estimados Padres Paúles:

El ejemplo de san Vicente de Paúl

1. ¡Bendito sea el Señor! El es quien nos da la gracia de este encuentro para un mejor servicio a la iglesia. Asimismo dirigimos nuestros espíritus y nuestros corazones hacia San Vicente de Paúl, hombre de acción y oración, de organización e imaginación, de mando y humildad, hombre de ayer y de hoy. ¡Que este vecino de Landas, convertido por la gracia de Dios en un genio de la caridad, nos ayude a poner nuestras manos en el arado sin mirar jamás hacia atrás, de cara al único trabajo que cuenta: ¡El anuncio de la Buena Nueva a los pobres!

Esta oración no me hace olvidar el agradecimiento al P. Richard McCullen por el buen trabajo de su generalato y el ofrecimiento de mis deseos de oración por el Padre que

será elegido Responsable General a fin de que cumpla muy bien la misión que la divina Providencia le reserva en este período exigente para las sociedades de vida apostólica. Y a todos vosotros, que habéis sido delegados por vuestras cuarenta y ocho provincias, os expreso un deseo ardiente: ¡Haced lo imposible para comunicar a los 4.000 miembros de la Congregación el aliento renovador de esta XXXVII Asamblea capitular!

En la linea del Concilio

2. Al tener conocimiento de la síntesis de respuestas al cuestionario destinado a preparar este encuentro romano, he advertido el gran porcentaje de participación de las provincias. Lo que también me ha sorprendido es la voluntad unánime de avanzar juntos en tres direcciones principales: El compromiso más claro al servicio de los pobres, el relanzamiento de la vida comunitaria y la necesidad de recibir la formación para la misión.

Sin interferir en el desarrollo de vuestros trabajos, me compete animaros en nombre de Cristo y de la Iglesia.

A propósito del primer objetivo, estáis totalmente sintonizados con el espíritu de vuestro fundador, que escribía: «Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos ha escogido para ellos. Es nuestro capital, todo lo demás es accesorio.» Y cito además esta frase conmovedora dentro de su estilo: «Hay que ir al pobre como se va al fuego.» Vuestra voluntad de volver a centraros en el servicio prioritario a los pobres está igualmente en consonancia con la constitución «Gaudium et Spes». Desde las primeras líneas leemos que 1á Íglesia quiere estar presente en medio de los hombres que viven entre penas y sufrimientos. Es en suma la espiritualidad que Don Vicente no ha dejado de profundizar y de comunicar a sus discípulos: La adoración y la imitación del Verbo Encarnado, «el Misionero del Padre, enviado a los pobres». Desde el siglo XVII, las formas de pobreza han cambiado. Podríamos decir que éstas no han retrocedido. El progreso de la ciencia, de sus aplicaciones, el desarrollo industrial y el crecimiento a veces icoherente del mundo urbano, han engendrado nuevos pobres que sufren tanto y sin duda más que las poblaciones rurales y urbanas de los siglos pasados. Sin monopolizar la caridad y la acción social, Don Vicente,removería cielo y tierra para ir en ayuda de lo obres de hoy para evangelizarlos.

Queridos Padres y Hermanos de la Misión: Más que nunca, con audacia, humildad y competencia, buscad las causas de la pobreza y estimulad las soluciones a corto y a largo plazo soluciones concretas, flexibles, eficaces. Si actuáis así cooperaréis a la credibilidad del Evangelio y de la Iglesia. Pero sin esperar más, vivid al lado de los pobres y actuad de manera que no se vean privados nunca de la Buena Nueva de Jesucristo.

Vida comunitaria

3. La voluntad, surgida de todos los sectores de la Congregación, de relanzar la vida comunitaria ha llamado también mi atención. Vosotros sabéis cómo San Vicente hablaba o escribía con una vehemencia evangélica a propósito de la división y del egoísmo de ciertas comunidades. Sobre todo, buscaba encender el corazón de sus hermanos de la Misión suplicándoles que fueran a la fuente misma de la vida comunitaria, a saber, las profundidades. del misterio de la Trinidad. ¿Qué diría hoy cuando las nuevas comunidades que surgen por todas partes son el signo de una necesidad comunitaria ardiente en una sociedad fácilmente anónima y fría? Vuestras constituciones (c. II) explicitan perfectamente el espíritu y los caminos
de la vida común tan enseñados por vuestro Padre. Es propio-dé cada comunidad establecer bien su proyecto. Y cada miembro ha de ponerlo en práctica. Os animo vivamente a que reservéis un tiempo fuerte cada semana o cada quince días a profundizar el misterio de la oración para impregnaros de los scritos tan vivos de vuestro Fundador, para juzgar serenamente vuestras actividades apostólicas, para revisar con precisión la marcha de vuestra vida fraterna. Y si habláis de corresponsabilidad comunitaria, ¡que se entienda bien! Los miembros de una comunidad no pued e n reducir al responsable a suscribir todas sus proposiciones. Tienen que ayudarle a mantener bien la orientación hacia las exigencias vicencianas con paciencia. ¡Que vuestros huéspedes, que los que habitan en vuestras residencias, sean testigos, incluso me atrevo a decir, transformadores, de vuestra sencillez de vida y de vuestra dignidad, de vuestra pobreza y de vuestra alegría, de vuestra comprensión de los problemas de este tiempo y de vuestro ardor apostólico!

¡Y que los cambios entre comunidades, entre provincias quizá mejor organizadas, vivifiquen toda la Congregación de la Misión!

Formación espiritual, doctrinal y pastoral

4. Finalmente os doy mis mejores ánimos para que realcéis y renovéis la formación para la misión. Sin la menor duda, si San Vicente viviera hoy mantendría contra viento y marea la intimidad con Dios, el sentido de Dios. Daría gran resonancia a los textos conciliares invitando a los sacerdotes a enraizar la: unidad de su vida y-de su acción en la caridad pastoral de Cristo, el único Pastor. Y en el plan preciso de la formación habría acuñado abundantemente el decreto sobre la formación de los sacerdotes. Yo no insistiría en una evidencia, a saber, los cambios actuales y futuros de la sociedad. Pensemos sólo en las misiones populares, de las que San Vicente, como San Juan Eudes, fueron promotores de primera línea. ¿Qué lenguaje y qué métodos emplearían hoy? Los intentos entrecortados a lo largo de los veinte últimos años en Occidente han tropezado muy a menudo con cambios socioculturales considerables. Por eso apoyo sin reserva los proyectos que estudiáis para dar a los futuros sacerdotes y a los futuros heranos de la Congregación de la Misión una formación espiritual, doctrinal v pastoral profunda sólida y adaptada a las necesidades de nuestro tiempo. Vuestra inquietud por la formación de los formadores es capital en sí misma. Tendríais que ver si _una inserción temporal de vuestros jóvenes candidatos al sacerdocio en un buen equipo sacerdotal de pastoral no contribuiría a hacerles madurar y a fortalecerles.

Tenéis que decidir finalmente si poner en pie centros regionales o un centro internacional de estudios vicencianos. Este proyecto puede contribuir evidentemente a la renovación en la unidad. Por otra parte, el lema dado a esta XXXVII Asamblea, ¿no recoge vuestro trabajo presente y vuestros esfuerzos venideros: «Unum Corpus et unus Spiritus in Christo»?

Queridos hijos de Don Vicente: La Iglesia de este tiempo espera mucho de vosotros.

¡Ella no quedará defraudada! Con esta esperanza invoco sobre la Congregación de la Misión, sus responsables y todos sus miembros, las más abundantes bendiciones divinas y la protección maternal de María Inmaculada, nuestra Señora de la Medalla Milagrosa.

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