Diaconía de la caridad

Francisco Javier Fernández ChentoAsociación Internacional de CaridadesLeave a Comment

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Author: Felipe Duque · Year of first publication: 1987.
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En el IV Centenario de san Vicente de Paúl tuve la oportuni­dad de exponer mi experiencia y estima personal de la figura y la obra del señor Vicente (cfr. «Corintios XIII», n. 23, 1982, pági­nas 103-130: Vicente de Paúl o el valor de la experiencia). Su pe­dagogía de la caridad y su talento organizador de la acción carita­tiva y social sirvieron de soporte a mis primeros pasos de vida pas­toral. El mensaje central vicenciano está presente en la animación de la pastoral de la caridad en general y de Cáritas en particular. Ha sido hermoso leer en alguno de vuestros informes que las Vo­luntarias «somos las manos de Cáritas» (Zamora).

Os confieso que me he visto perplejo ante título tan ambicioso para la ponencia que me habéis asignado. ¿No está ya todo dicho? Al estudiar vuestro espléndido Documento de Base: «Contra las po­brezas, actuar juntos», ha aumentado la perplejidad. En sus pági­nas se plantean los grandes desafíos y los caminos de la acción cari­tativa hoy. Estoy seguro que si las Voluntarias hacen vida cuanto en él se dice no solamente harán una labor espléndida, sino, más aún, serán una fuerza eficaz en el corazón de la Iglesia y del mun­do para dar respuesta a los problemas de los pobres.

¿Por dónde salir para no ser reiterativo y a la vez brindaros algunas reflexiones sugerentes que os ayuden a dar un nuevo im­pulso a vuestra Asociación?

Me ha parecido oportuno encuadrar la Diaconía de la Cari­dad, hoy, en el marco de las preocupaciones e inquietudes de la Iglesia en España y en el mundo. La referencia es oportuna. Por una parte, se observa, en general, una tendencia a la secularización de los servicios caritativo-sociales (¿servicios sociales nada más?); por otra, se detecta un cierto repliegue sobre sí mismos de los ser­vicios e instituciones eclesiales en favor de los pobres, con el con­siguiente aislamiento y deslizamiento hacia el individualismo per­sonal o de grupo («mis pobres», «nuestros pobres», «nuestras obras») y la consecuencia grave de la falta de vivencia de la comu­nión eclesial. Y como residuo de estos fenómenos, ¿no se corre el riesgó de olvidar en nuestras actitudes y acciones en favor de los pobres «las grandes causas de los pobres y a los pobres mismos»? Encerrados en nuestros esquemas y en la inmediatez de los pro­blemas, ¿los árboles no nos impiden ver el bosque? Podríais pre­guntaron a lo largo de vuestros trabajos en la Asamblea: «¿se avanza cada año en la línea propuesta por el Documento de Base?», ¿incorporáis á vuestro quehacer cotidiano la dinámica eclesial de la acción caritativa y social, «renovándola en conformidad con el es­píritu del Vaticano II y con las exigencias de nuestro tiempo»? (Carta del P. General de la C.M.; cfr. Documento de Base; presen­tación).

En todo el mundo —también entre nosotros, por la crisis eco­nómica y social que padecemos— la «asistencia» a las necesidades primarias inmediatas de los pobres «absorbe» nuestro trabajo dia­rio y consume la mayor parte de los recursos. ¿Qué hacemos para que, sin dejar de «asistir» a los pobres, simultáneamente se den pasos para poner en práctica todo el dinamismo de la acción cari­tativa y social trazada por el Vaticano II en el Decreto sobre el Apostolado Seglar, n. 8? Allí se dibuja el perfil de la Diaconía de la Caridad exigida por la naturaleza misma de la Iglesia y por los retos de «los signos de los tiempos» en nuestra época.

Todos estos problemas y preguntas obligan a resituar la Dia­conía de la Caridad en estado de «revisión y evaluación». Y, con mirada más amplia, a contemplarla desde las preocupaciones y preguntas que la Iglesia se hace a sí misma acerca de su misión evangelizadora y liberadora de los pobres en el mundo de hoy.

El reciente Sínodo extraordinario sobre el XX aniversario del Concilio Vaticano II ha sido «la plenitud de los tiempos» (Gál 4,4) posconciliares para «evaluar» la fidelidad a Cristo «como Iglesia de los pobres» (Juan Pablo II, Laborem exercens, n. 8). Por su parte, la Iglesia española en los últimos tiempos ha tratado de ha­cer lo mismo en su reciente magisterio: Crisis económica y responsabilidad moral, Testigos del Dios vivo, Constructores de la paz, Los católicos en la vida pública.

Vamos a tratar de adentramos en el mensaje de esta «revisión de vida de la Iglesia» y, desde ahí, enfocar la propia revisión de la Asociación. No pretendo otra cosa que estimularos al estudio y profundización de todos estos documentos en vuestras tareas ordi­narias de formación. Os ayudará a sortear las dificultades apunta­das. Y, sin duda, supondrá un impulso renovador de vuestra mi­sión y tarea en la Iglesia.

Diaconía en favor del mundo

En la primera relación del cardenal Dannels al Sínodo 85 se reconoce, como uno de los frutos positivos de la aplicación del Concilio, que «la opción preferencial por los pobres, los oprimidos y los marginados ha entrado en el pensamiento y en las prácticas de la Iglesia por todo el mundo» (II, 2d).

Esta constatación es la síntesis de las aportaciones de todas las Conferencias Episcopales acerca de los frutos del Concilio a veinte años de distancia desde su clausura, en 1965.

Es cierto —como se afirma, asimismo, en la relación— que ha habido y hay problemas en la orientación o modo de realizar di­cha opción (cfr. II, 3d). Pero «lo sugerente y gozoso» es la presen­cia activa, en la comprensión y dinamismo de la Iglesia, del «po­bre» como «palanca» que mueve el edificio eclesial para renovarlo y «verificar» su fidelidad a Cristo.

Sin adentramos —no es el momento— a investigar las causas que han originado los problemas a los que alude el Sínodo, baste recordar las tensiones y dificultades surgidas con motivo de la teo­logía de la liberación, uno de los cauces concretos de encarnar la «opción por los pobres» aparecidos en nuestro tiempo.

Lo importante es retener como positivo el hecho de que el ma­gisterio de la Iglesia asume como camino válido para la evangeli­zación «optar por los pobres». «Después del Concilio, la Iglesia se ha hecho más consciente de su misión para el servicio de los po­bres, los oprimidos y los marginados. En esta opción preferencial, que no debe entenderse como exclusiva, brilla el verdadero espíritu del Evangelio» (relación final D, n. 6).

Sin duda está abierta la reflexión teológica y la verificación pastoral sobre el contenido y genuina orientación de esa «opción». La fórmula sinodal lo indica claramente: se trata de una opción preferencial, aunque no exclusiva. En las sugerencias sobre este punto los padres sinodales piden que, teniendo en cuenta cómo «el mundo está continuamente en evolución, conviene que los signos de los tiempos sean sometidos a análisis una y otra vez, de modo que el mensaje evangélico se oiga más claramente una y otra vez y la actividad de la Iglesia se haga más intensa…». Y que se estudie en este contexto de nuevo «qué es la opción preferencial por los po­bres» (relación final D, n. 7). Podríamos decir que es una «cues­tión pendiente» el genuino sentido y el modo de llevar a la prácti­ca la opción preferencial. En ningún caso la opción en sí misma.

¿Hacia dónde debe apuntar el enfoque de la opción preferen­cial por los pobres? Más allá de los problemas y las dificultades y en continuidad con el Concilio, el Sínodo afirma sin rodeos: «Lá Iglesia debe denunciar, de manera profética, toda forma de pobre­za y de opresión, y defender y fomentar en todas partes los dere­chos fundamentales e inalienables de la persona humana» (relación final D, n. 6).

Aparece con claridad en esta fórmula sinodal la íntima y estre­cha conexión entre «servicio a los pobres y promoción y defensa de sus derechos humanos». «Optar por ellos», entre otros aspectos, in­cluye la promoción y defensa de su dignidad y derechos verdade­ramente humanos. Juan Pablo II, en cuanto afecta a esta Asam­blea, ha instado a los teólogos a profundizar y clarificar adecua­damente la relación entre el servicio de la caridad en la Iglesia y los derechos humanos. «Para confirmar los derechos humanos ne­cesarios mucho ayuda la reflexión teológica sobre la dignidad de la persona humana en la historia de la salvación. La auténtica antro­pología cristiana, en estos últimos años, se ha descuidado no poco… No puede negarse que con posterioridad al Concilio ha ha­bido intentos de oscurecer el llamado verticalismo para proteger el falso horizontalismo… Si la caridad significa un movimiento sólo del corazón humano o la ayuda prestada por pura benevolencia, no se puede armonizar con los derechos humanos. Pero esta interpretación es una deformación del amor de Cristo Redentor» (a la Comisión Teológica Internacional, 5-XII-83; cfr. «Ecclesia», n. 2.155, 24-XII­83, pág. 11 [1.611])..

Estas palabras clarificadoras del Papa expresan la dirección y el horizonte de la Diaconía de la Caridad en nuestros días. La ac­ción caritativa y social no debe anclarse en la «asistencia simple­mente emocional y compasiva en sentido restringido», en la «bene­ficencia» en el sentido usual. Lleva consigo inseparablemente la li­beración de los pobres y marginados de toda injusticia que atente a sus derechos fundamentales, exigidos por su dignidad como per­sonas humanas e hijos de Dios.

Es lo que el Sínodo dice en su síntesis lúcida y actual. Y el contenido básico de lo que más adelante, en el mismo párrafo, de­nomina «la diaconía en favor del mundo». Se resuelve así el falso dilema entre caridad y promoción humana, entre «verticalismo» y «horizontalismo», en la síntesis armoniosa de la salvación en Jesu­cristo: «Debemos entender la misión salvífica de la Iglesia con res­pecto al mundo como integral» (relación final D, n. 6).

Interrogantes para vuestra misión y tarea

No me extrañaría que estuvieseis pensando —tal vez me equi­voco, y de ello me alegro—: ¿a qué viene todo esto? Muy sencillo. En el conjunto de la Iglesia en España se detecta un dato preocu­pante: la mayor parte de los recursos obtenidos para atender a los pobres se destinan a la «asistencia». Hasta aquí no habría proble­ma. Pero la cuestión es ésta: ¿cómo hacemos la asistencia normal­mente?, ¿como una acción meramente asistencial, de «pura benevo­lencia», como dice el Papa? Será conveniente que en esta Asam­blea los grupos de trabajo analicen y sometan a autocrítica cons­tructiva su modo de hacer la «asistencia». Es evidente que hay que hacer asistencia. Pero, como dijo Juan Pablo II a Cáritas Interna­cional: «La ayuda inmediata, la asistencia a las personas y pueblos víctimas de calamidades tiene su lugar; son expresiones, siempre necesarias, de la caridad, que no espera y que valora a cada per­sona, a cada vida humana, como el buen samaritano; no se las puede dejar de lado, oponiéndoles como lo único importante las ayudas a largo plazo, las medidas preventivas, la erradicación de las causas de los males, la implantación de estructuras sociales, la acción por la justicia: de ello es necesario, ciertamente, como se os ha dicho a menudo.

Sin embargo, incluso a nivel de asistencia, la perspectiva del desarrollo no debe faltar nunca. Sois bien conscientes de que es necesario evitar que las personas y grupos sociales reciban única­mente asistencia. Más bien es necesario ayudarles a que tomen en sus manos su propio destino… y despertar también a la opinión pública, las instituciones afectadas, los cuerpos intermedios y las instancias del Estado para que tomen sus propias responsabilida­des sociales. Por lo demás, la promoción no se refiere sólo a la ali­mentación, el techo o la salud, sino al hombre entero» (cfr. «Corin­tios XIII», n. 30 [1984], pág. 240).

La cita ha sido larga, pero jugosa. Condensa la pedagogía y horizonte de la acción caritativa asistencial. Puede servir de test para la reflexión y evaluación de la acción realizada y para pro­gramar el futuro.

A este respecto, quisiera recordaros la intervención del P. Ce­lestino Fernández en la ponencia de la Asamblea del año pasado: «¿Estamos todavía con la imagen de los roperos de Cáritas? El se­gundo nivel —añadía— es la acción promocional. Algo que tantí­simas veces olvidamos: que no hay solidaridad con el pobre si no promovemos sus derechos inalienables, si no trabajamos para que recuperen su dignidad humana y cristiana. No se puede uno que­dar en la «mera asistencia servicial», hay que pasar a este segundo nivel, a «ser promotores de los derechos del pobre». Incluso influir para que el pobre mismo tome conciencia de su dignidad y de sus derechos y él mismo se «autopromocione». Ya sé que esta «auto-promoción» es hoy muy dificil, pero a ella hay que tender» («Jus­ticia y Caridad. Boletín de la Asociación de Caridad de S.V.P.», número 229, pág. 18).

Como veis, todo apunta en esta dirección: asistencia promocio­nal. ¿De veras vamos hacia ella? Si, como os he dicho anterior­mente, la mayor parte de los recursos se emplean en la mera asis­tencia y si, dadas las circunstancias y situaciones sociales, tal vez no pueda ser de otra manera (hay hambre, falta de vivienda digna, de vestido, etc., etc.), hemos de preguntarnos muy seriamente si tenemos organizada la asistencia en una perspectiva promocional. O si nos limitamos «a tapar el agujero» sin tratar de descubrir «la grieta» que los ha causado y empeñarnos en poner remedio eficaz en la medida que nos compete como creyentes.

No debemos olvidar el reto que los «maestros de la sospecha» (entre ellos, C. Marx) han lanzado a los creyentes: «Los principios sociales del cristianismo declaran que todos los actos viles de los opresores contra los oprimidos son, o bien el justo castigo del pe­cado original y de otros pecados, o bien pruebas que el Señor, en su infinita sabiduría, impone a los redimidos. Los principios socia­les del cristianismo predican la cobardía, el desprecio de sí mismo, la humillación, la sumisión, el desaliento; en una palabra: todas las cualidades de la Canaille. Y el proletariado, que no quiere ser tra­tado como una Canaille, necesita su valentía, su sentimiento de sí mismo, su orgullo y su sentido de independencia mucho más que su pan» (K. Marx, «El comunismo del periódico «Rheinisher Beo­bachter»», en K. Marx-F. Engels, Sobre la religión, Salamanca, 1974, págs. 178-179).

Ya sabemos que esta crítica de la religión no es correcta. Que se funda en un análisis superficial del hecho religioso y del cristia­nismo. Pero ¿damos pie a que lo parezca con nuestro modo de realizar la acción caritativa y social?

Nuestros obispos han llamado la atención sobre este desafio a la fe en su reciente documento Testigos del Dios vivo: «La evange­lización y la vida cristiana llevan consigo una especial preferencia por los pobres de este mundo… Es preciso aumentar los esfuerzos por estar con ellos y compartir sus condiciones de vida, sentirnos llamados por Dios desde las necesidades de nuestros hermanos, hacer que la sociedad entera cambie para hacerse más justa y más acogedora en favor de los más pobres…

Este esfuerzo por la fraternidad y solidaridad con los pobres y necesitados, hecho en el nombre y con el Espíritu de Dios, será nuestra mejor respuesta a quienes piensan y enseñan que Dios es una palabra vacía o una esperanza ilusoria» (n. 60).

Un punto interesante para vuestra reflexión tal vez pudiera ser éste: ¿Por qué no nos esforzamos en programar y orientar cohe­rentemente nuestra acción y tratar de conseguir que, al menos en la misma proporción, dediquemos nuestros recursos a las tareas de promoción?

Los nuevos desafíos

Ya hemos situado la Diaconía de la Caridad en su justa com­prensión. Pero no basta.

De nuevo el Sínodo 85 nos cuestiona e interpela. «Hoy nos sentimos impulsados a investigar más profundamente el verdadero sentido del Vaticano II para poder responder a los nuevos desafíos del mundo y a los interrogantes que Cristo siempre le está plan­teando. Ya sean desafíos de orden social, económico o político, como la falta de respeto a la vida humana, la supresión de las li­bertades civiles y religiosas, el menosprecio de los derechos de la familia, la discriminación social, el desequilibrio económico, los endeudamientos que no se pueden superar y los problemas de la seguridad internacional y de la carrera de armamentos sumamente destructivos y terroríficos. Los males del mundo proceden también de la importancia del hombre para dominar sus conquistas cuando el hombre se cierra en sí mismo» (Mensaje del Sínodo al Pueblo de Dios. Cfr. otros pasajes de los documentos del Sínodo sobre las manifestaciones de los «signos de los tiempos, hoy»).

Los estudiosos han condensado en una frase la cara de la po­breza hoy: «Las nuevas pobrezas» (cfr. Testigos del Dios vivo, nú­mero 60).

La Iglesia nos recuerda que no basta con preocuparnos de los pobres que pululan en nuestro entorno parroquial, diocesano o nacional. La conciencia eclesial de la pobreza ha alcanzado una dimensión planetaria. Quiere decir que, cuando nos planteamos los problemas de «nuestros pobres» a la vez hemos de hacerlo de to­dos los pobres del mundo. No es este «caso» o aquél el que está en juego; es la «causa del hombre, de todo hombre», la que se debate.

He aquí otra faceta fundamental de la Diaconía de la Caridad hoy: «su universalidad». Ninguna acción eclesial caritativa y social puede relegarla y ponerla en segundo término. No apliquemos en la práctica aquel desafortunado aforismo: «La caridad bien enten­dida empieza por uno mismo». Encubre un fuerte egoísmo. Lo que no impide una adecuada ordenación de los servicios, que va desde lo que nos rodea hasta la comunión y solidaridad con todos los pobres de la tierra, convenientemente programada.

Me permito preguntaros: ¿está presente con la profundidad ne­cesaria esta dimensión de vuestra acción caritativa y social? Los problemas del Tercer Mundo, ¿os preocupan permanentemente y no sólo cuando ocurren emergencias que sacuden la opinión públi­ca, como en el caso de Etiopía?

Entre nosotros, «las nuevas pobrezas» tienen su asiento. Es conocido el estudio de Cáritas Española: Pobreza y marginación en España. Documentación Social, Madrid, 1984.

Allí aparece un dato escalofriante: «Ocho millones de españoles viven en el umbral de la pobreza».

¿No ha sido una «sorpresa» para muchos españoles esta situa­ción? ¿Lo ha sido para las organizaciones de caridad de la Iglesia? ¿También para vosotras? Si así fuera nos obligaría a una seria re­flexión sobre la densidad y espesor de nuestra conciencia cristiana y social. Y a cuestionarnos sobre la capacidad de respuesta de nuestros servicios de acción caritativa y social.

¿Qué habría que hacer para que no demos la impresión de de­dicarnos a «poner parches»? ¿En qué situación se encuentra al res­pecto vuestra Asociación?

Coordinación

El Concilio Vaticano II urgió la coordinación de la acción cari­tativa y social como una de las tareas urgentes para la renovación de la Iglesia (cfr. CD, n. 17 y 36).

Los obispos españoles han escrito al respecto: «El momento de nuestra Iglesia requiere intensificar y coordinar mejor las formas organizadas de ejercer la caridad en favor de los pobres y necesi­tados… Lo requieren «los nuevos pobres» de la sociedad moderna: ancianos solitarios, enfermos terminales, niños sin familia, madres abandonadas, delincuentes, drogadictos, alcohólicos y tantos otros. Lo necesitan especialmente las familias sin trabajo, desgraciada­mente numerosas en nuestra patria» (Testigos del Dios vivo, n. 60).

La coordinación y concertación en la Iglesia es un problema «viejo y actual» (cfr. Felipe Duque, El ministerio de la caridad y la coordinación diocesana, en «Corintios XIII», n. 33 [1985], pági­nas 125-166).

Se trata de un hecho desconcertante. Por una parte, la Iglesia es un misterio de comunión, de fraternidad y solidaridad. Por otra, se observa, a la hora de traducir a la práctica dicha comu­nión, la dispersión, el repliegue sobre sí mismos de los cristianos y de las instituciones que ejercen la caridad, la «vana honra» por su protagonismo y prestigio. Mientras los problemas de los pobres aumentan y están pidiendo coordinación y concertación de esfuer­zos, da la impresión de que lo primero en las instituciones es «quedar bien» y que aparezca «lo que hacemos y lo bien que lo hacemos». A veces damos la sensación de que nos estamos dispu­tando competitivamente el campo de acción. «El pobre» parece «nuestro». ¿No es triste el espectáculo? Tal vez caricaturizo. Pero es demasiado real la situación.

El servicio de la caridad organizada exige coordinación y concertación. Desde los primeros tiempos de la Iglesia se vio la necesidad de esta dimensión de la Diaconía (Hechos 6,1-7). La teo­logía paulina, a la vez que describe la acción del Espíritu en la variedad de carismas, afirma su cohesión y coordinación: «El pro­vecho común para la edificación del Cuerpo de Cristo» (1 Cor 12, 7). En el decurso de la historia de la Iglesia, Vicente de Paúl es el genio de la caridad organizada y concertada (cfr. José María Ibá­ñez, Vicente de Paúl y los pobres de su tiempo, Sígueme, Sala­manca, 1977, pág. 328).

Este espíritu abierto y de concertación está vigente en vuestra Asociación como algo esencial. El Documento de Base, en las fichas 2.30/80 y 2.32/80/5, no sólo considera fundamental la concerta­ción entre las Caridades, sino la de éstas con todas las fuerzas eclesiales y sociales que trabajan por los pobres.

En la Iglesia y en el mundo de hoy, por la interdependencia de los problemas y su dimensión, que rebasa las capacidades reales de las organizaciones particulares para dar salida a los «casos» con todas las implicaciones que comportan, la coordinación y concer­tación es más necesaria que nunca.

La Comisión Episcopal de Pastoral Social ha dado ya los pri­meros pasos para poner en práctica un proyecto de animación de la coordinación de los servicios de caridad en la Iglesia de España, con el fin de que toda la comunidad cristiana sea un signo eficaz, claro y coherente, de la presencia del Reino de Dios entre los hombres, preferentemente entre los más pobres. Todas las institu­ciones de la Iglesia han de aprestarse a adentrarse en esta corriente de intercomunión eclesial. Y disponerse a superar las dificultades, a fin de que «el testimonio» de servicio a los pobres presencialice y visibilice la eficacia de la salvación cristiana. De esta forma dare­mos un paso acelerado en la edificación de «la Iglesia de los po­bres». Habremos asimilado un contenido fundamental de la com­prensión y verificación de nuestra «opción por los pobres».

Puntos para el trabajo por grupos

1.° Diaconía de la Caridad, hoy:

En el marco de las preocupaciones e inquietudes de la Iglesia en España y en el mundo.

Por una parte, se observa, en general, una tendencia a la secularización de los servicios caritativos asistenciales (¿ser­vicios sociales nada más?).

Por otra, se detecta un cierto repliegue sobre sí mismos de los servicios e instituciones eclesiales en favor de los pobres, con el consiguiente aislamiento y deslizamiento hacia el indi­vidualismo personal o de grupo («mis pobres», «nuestros po­bres», «nuestras obras») y la consecuencia grave de la falta de vivencia de la comunión eclesial.

Y como consecuencia, ¿no se corre el riesgo de olvidar en nuestras actitudes y acciones en favor de los pobres «las grandes causas de los pobres y a los pobres mismos»?

Todos estos problemas obligan a resituar la Diaconía de la Caridad en estado de «revisión y evaluación».

Leer el Decreto sobre el Apostolado Seglar, n. 8. Allí se di­buja el perfil de la Diaconía de la Caridad exigida por la na­turaleza misma de la Iglesia y por los retos de «los signos de los tiempos» en nuestra época.

2.° El Sínodo extraordinario de los Obispos de 1985:

Con ocasión del XX aniversario de la clausura del Vatica­no II ha hecho una opción por los pobres.

En la primera relación del cardenal Dannels al Sínodo 85 se reconoce como uno de los frutos positivos de la aplica­ción del Concilio que «la opción preferencial por los pobres, los oprimidos y los marginados ha entrado en el pensamien­to y en las prácticas de la Iglesia por todo el mundo» (II, 2d).

3.° La acción caritativa y social lleva consigo la liberación de los pobres:

La acción caritativa y social no debe anclarse en la «asis­tencia simplemente emocional y compasiva en sentido res­tringido», en la «beneficencia» en el sentido usual. Lleva consigo inseparablemente la liberación de los pobres y mar­ginados de toda injusticia que atenta contra sus derechos fundamentales, exigidos por su dignidad como personas humanas e hijos de Dios. Así se disuelve el falso dilema en­tre caridad y promoción humana.

4.° La Conferencia Episcopal:

Los obispos españoles en los últimos documentos, titula­dos Crisis económica y responsabilidad moral, Testigos del Dios vivo, Constructores de la paz y Los católicos en la vida pública, han expresado también esta opción por los pobres. Copiamos sus palabras: «Es preciso aumentar los esfuerzos por estar con ellos y compartir sus condiciones de vida, sen­tirnos llamados por Dios desde las necesidades de nuestros hermanos, hacer que la sociedad entera cambie para hacerse más justa y más acogedora en favor de los pobres.»

5.° Diaconía de la Caridad, «su universalidad»:

La Iglesia nos recuerda que no basta con preocupárnos de los pobres que pululan en nuestro entorno parroquial, dioce­sano o nacional. La conciencia eclesial de la pobreza ha al­canzado una dimensión planetaria. Quiere decir que, cuando nos planteamos los problemas de «nuestros pobres», a la vez hemos de hacerlo de todos los pobres del mundo. No es este «caso» o aquél el que está en juego; es la «causa del hombre, de todo hombre», la que se debate.

Preguntas para la reflexión personal o comunitaria

  1. A la luz de la ponencia, descubrir los nuevos de­safíos del mundo y las nuevas formas de pobreza.
  2. ¿Se pueden conjugar caridad y promoción huma­na, verticalismo y horizontalismo?
  3. ¿Están presentes en tu actuación caritativa y so­cial los problemas del Tercer Mundo?

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