El descubrimiento de los pobres (VI)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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El trabajo incesante de Dios y de Cristo

El valor y el sentido del trabajo están orientados y sostenidos por la contemplación de la vida divina y de la existencia terrestre de Jesús. Para Vicente de Paúl, el Padre y el Hijo tienen un rostro de trabajadores: están entregados a un «trabajo eterno».

La primera imagen que tenemos de Dios en la Biblia, es la imagen de un Dios que trabaja, forma la tierra, produce los seres vivientes, hace al hombre a su imagen y semejanza y le instala en el jardín del edén para poblar la tierra y hacerla fructificar por el trabajo (Gén 1 y 2).

Dios Padre trabajaba «incesantemente»

«Dios mismo trabaja sin parar; siempre ha trabajado y traba­jará. Desde toda la eternidad trabaja en su intimidad divina, en­gendrando eternamente al Hijo a quien nunca cesará de engendrar. El Padre y el Hijo no han cesado de mantener la relación que les une, y este amor mutuo engendra eternamente al Espíritu santo por quien todas las gracias han sido, son y serán distribuidas a los hombres.

«Fuera de esta intimidad divina, Dios aún trabaja en la crea­ción y conservación de este universo, con el movimiento de los cielos, con las influencias de los astros, con los productos de la tierra y del mar, la temperatura del aire, la sucesión de las estacio­nes y todo este bello orden de la naturaleza, que dejaría de existir y volvería a la nada, si Dios no aplicara continuamente su mano en todo esto.

«Además de este trabajo general, trabaja con cada ser viviente en particular; trabaja con el artesano en su taller, con la mujer en su hogar, con la hormiga, con la abeja… y esto incesantemente y sin discontinuidad.

«Si Dios, emperador del universo, no ha cesado nunca ni un solo momento en su actividad interior y exterior, desde que el mundo es mundo, llegando a la producción de las cosas más humil­des de la tierra, con las cuales colabora, cuánto más razonable será que nosotros, sus criaturas, trabajemos, como nos dice, con el su­dor de la frente». En esta perspectiva vicenciana se requieren la actividad y la competencia del hombre para no hacer fracasar el plan de Dios en este mundo.

El trabajo es la imagen espontánea que el hombre hace de su vida para glorificar al Creador

El trabajo es el empleo de las fuerzas que Dios ha confiado al hombre, el signo por el cual Dios testimonia que el hombre es su colaborador en la realización de la «creación continua». Esta cola­boración tiene un doble sentido: dominación del hombre sobre la naturaleza, al mismo tiempo que sumisión al Creador. El hombre que trabaja es imagen de Dios que crea. El trabajo representa el servicio alegre hecho a Dios, la respuesta directa a su trabajo de creación.

Colocando al hombre en el centro de la creación, Dios le,per-mite reinar sobre la naturaleza. Pero este poder concedido al hom­bre está destinado a glorificar a Dios. Teniendo que «cultivar y guardar» el jardín del edén (Gén 2, 15), el hombre debe realizar el trabajo que Dios le confía. El trabajo del hombre tiene su digni­dad porque Dios no ha querido que el hombre permanezca inactivo. El trabajo es expresión de la vida, de una vida que naturalmente vuelve a Dios para su gloria, al mismo tiempo que está integrado en la actividad creadora de Dios y en la realización del hombre.

Vicente insiste con frecuencia en el trabajo, en el carácter ve­rificativo y probatorio de la acción. Para él la acción, sostenida por el Espíritu de Dios, será la verdadera y, sin duda, la única prueba del amor. Trabajo y acción dan acceso a la vida verdadera, a esa vida que realiza al mismo tiempo la imagen de Dios y el plan de Dios en el hombre y en el mundo.

«Comerás el pan con el sudor de tu rostro»: Sufrimiento y penalidad en el trabajo

La condición inicial del hombre era trabajar para la gloria de su Creador.

La Biblia nos enseña cómo esta situación ha sido transformada y cuáles han sido las consecuencias de la rebelión interna del hom­bre (Gén cap. 3). La descripción del libro del Génesis permite poner de relieve un hecho característico: el trabajo va a constituir uno de los medios utilizados por Dios para realizar su «maldición» (Gén 3, 16-19). El pecado introduce en el hombre una hostilidad: hostilidad a Dios, a sí mismo, y a los demás. También la natura­leza se convierte para el hombre en algo extraño. La consecuencia del pecado está representada en la dificultad que acompaña a todo trabajo, a través del cansancio, del dolor y con frecuencia de la vanidad que lo hipotecan. El trabajo es anterior al pecado. En con­secuencia, sólo la penalidad del trabajo entra en esta perspectiva. El trabajo no podía ser en sí mismo un castigo. La justicia de Dios no afecta al trabajo, sino al trabajador. Por eso el pecado se hará sentir en el mundo del trabajo.

La obligación que Dios impone al hombre, de ganar su vida con el sudor de su rostro, tiene una gran influencia en la mentalidad vicenciana. Para Vicente de Paúl esta obligación es «de tal ma­nera expresa, que ningún hombre puede eximirse de ella». Sabe perfectamente que el ministerio sacerdotal y la obra carita­tiva de las Hijas de la Caridad exigen un trabajo duro, al cual aso­cia, como san Pablo, la idea de combate y de peligro. Por eso es normal que el sufrimiento y el cansancio afecten al cristiano. La sobreabundancia de tribulaciones es también para él una prue­ba de la vocación misionera, de la misma manera que para san Pablo era una prueba de su vocación y de su apostolado.

Dios continúa su obra en la historia Dios Padre trabaja «incesantemente» en su intimidad divina y fuera de esta intimidad, para continuar en el tiempo la obra de creación, de liberación y de salvación.

Por la fe sabemos que Dios está presente en el mundo, no bajo la forma de una complacencia lejana de contemplación, sino mani­festando su voluntad personal a través de los acontecimientos. Dios, lo mismo que el hombre, se encuentra comprometido en el drama del mundo y en el riesgo que lleva consigo el desarrollo de la humanidad.

Dios se manifiesta obrando. La salvación, que quiere realizar en el hombre, se continúa en la historia, en el tiempo. Dios no ha abandonado al hombre, ni jamás lo abandonará. Este se encuentra en presencia de un Dios que realiza su obra y que no obtiene nin­guna supremacía en permanecer inmóvil, indiferente, a los movi­mientos y fluctuaciones del mundo. La Biblia anuncia con claridad el sentido de esta obra y proclama que él es el origen y el fin de la misma. La realiza según los medios que sólo él conoce. Dios no es extranjero a nuestro mundo. Se encuentra en el centro de este mundo y de la vida con su dinamismo y exigencia constante de avance. El instituye una historia de salvación en lo más pro­fundo de los acontecimientos liberadores. La potencia de Dios ac­túa con los hombres para ayudarles a hacer de su historia un pro­ceso de liberación, que hay que proseguir continuamente.

En esta acción constante de Dios hay una continuación: los movimientos principales, las fases maestras de esta acción son tres:

  • el acto de Dios creador: la creación;
  • la aparición, existencia y mantenimiento de Israel;
  • la revelación en Jesucristo.

Jesucristo es la acción de Dios por excelencia, de la misma ma­nera que la salvación es la obra de Cristo. Señalemos que para ma­nifestar una de las relaciones más profundas que tiene con Dios, Jesucristo recurre a la noción de obra, que es para él esencialmen­te mediadora: «El Padre ama al Hijo y le manifiesta todo lo que hace» (Jn 5, 20). «Es necesario que haga las obras de quien me ha enviado» (Jn 9, 4).

Ante esta obra de Dios, que culmina en Jesucristo, debemos comprender que no hay salvación más que en Jesucristo, sin olvi­dar establecer una relación entre nuestra vida diaria, nuestro tra­bajo, y la potencia de Dios manifestada en su Hijo único. Existe un juicio de Dios en Cristo acerca de cada uno de nosotros (Jn 5, y 22-31), de lo que hacemos, de nuestra vida creadora, porque Dios nos ha restituido plenamente en Jesucristo. Dios permanece pre­sente en el mundo y obrando en él, al mismo tiempo que juzga nuestro trabajo y lo restaura en Jesucristo.

Vicente subraya que el desarrollo de la creación resulta de la conjunción de dos actividades: la de Dios y la del hombre y nos recuerda que el trabajo realiza la vocación del hombre perfeccio­nando la obra de Dios.

El trabajo del hombre unido a la redención realizada por Jesu­cristo y a la voluntad de Dios

Es imposible aislar el trabajo humano de la obra de redención, realizada por Jesucristo, y sustraerlo a la exigencia de la acción de Dios en este mundo. Esto quiere decir que el trabajo no transporta en él su punto de referencia, al mismo tiempo que nos se­ñala un doble peligro:

  • El primero consiste en despreciar el trabajo, en aceptar con resignación o desdeñosamente una parte del esfuerzo que el in­dividuo debe a la comunidad, porque, en definitiva, se llegaría a un asqueamiento que engendraría la pereza.
  • El segundo peligro, por el contrario, está representado por la idolatría, el «fetichismo» del trabajo, que nacen de la lucha im­puesta al hombre para ganar su vida. En un combate, marcado por el sello de la necesidad, el esfuerzo del trabajador toma el aspecto de una revancha sobre las deficiencias de la creación. Ya no se trata de servir a Dios, sino de lanzarse a la conquista de un mundo rebelde, que terminará por ser «dominado» y metódicamente ex­plotado. Satisfecho de la eficacia de su genio constructor, de su habilidad, de su perseverancia, el hombre llega por ello a una exal­tación de sí mismo en el trabajo. Adorándose en su obra, el hombre, que transforma la tierra, se sustituye a Dios (cf. Ez 28, 4-6).

En estos dos excesos: huida ante el trabajo, absorción del hombre por el trabajo, existe insumisión y rebelión contra el plan de Dios. Frente a esta doble tentación el creyente debe afirmar una doble certeza:

  • Las capacidades creadoras del hombre son un don de Dios.
  • La actividad humana, en sus intenciones, en su relación y en sus resultados, está orientada al Creador. Por eso el «hombre nuevo», «dominando» el mundo y poniéndole al servicio de los demás, glorifica y adora a Dios.

En la mentalidad vicenciana, este trabajo duro y difícil ad­quiere un sentido de «redención», al mismo tiempo que realiza el cumplimiento de una obligación impuesta por Dios a todo hom­bre. En consecuencia el trabajo del hombre realiza el plan de Dios y recibe de él su verdadera significación.

Resucitado con Cristo, «el hombre nuevo» descubre en él sus capacidades creadoras. En Jesucristo el trabajo encuentra su sen­tido, que es el de una sumisión, de una acción vivida en conformi­dad con la voluntad divina. En esta perspectiva Vicente nos de­clara: «Es necesario santificar las ocupaciones buscando a Dios en ellas, y realizarlas más para encontrarle que para verlas hechas. Nuestro Señor quiere ante todo que busquemos su gloria, su reino, su justicia».

El trabajo , signo de fidelidad al mandato de Dios

Las repercusiones de la promesa, que Dios ha reservado al jus­to, se extienden también al trabajo: «Yahvé, tu Dios, te bendecirá en todas tus obras y en toda empresa de tu mano» (Dt 15, 10). «Dichosos todos los que temen a Yahvé, los que van por sus ca­minos. Del trabajo de tus manos comerás, ¡dichoso tú, que todo te irá bien!» (Sal 128, 1-2). La mujer, de quien los Proverbios proclaman su alabanza, es ensalzada a causa de su actividad, cuyo origen se encuentra en el «temor de Dios» (Prov 31, 10-31).

Para el cristiano el trabajo no es solamente una palanca de li­beración, ní un medio que conduce a la servidumbre, sino la oca­sión de responder a las exigencias de Dios. Sabemos que el juicio recaerá sobre nuestras obras (cf. Rom 2, 6; 1 Cor 3, 8; Ap 13, 14).

Vicente de Paúl, atento a la mentalidad bíblica de la obligación de trabajar, obligación requerida por Dios y por la sociedad, la transpone en un momento histórico muy preciso. En esta época, la «banda» de religiosos mendicantes se multiplica en las calles de  París. Se requiere conocer dicho contexto para comprender la originalidad y la fuerza de las expresiones vicencianas: «Los re­ligiosos sirven a Dios y son el apoyo de la iglesia; pero la mayoría, al menos los que mendigan, son una carga». Pero vosotras «sen­cillas Hijas de la Caridad», «podéis ganar suficientemente vuestra vida sirviendo a los demás; vosotras no sois carga para nadie»; podéis subsistir por vosotras mismas, debéis trabajar, sois como «abejas celestes» que «recogen la miel en las flores y la llevan a la colmena para alimento de las demás».

Para él, «la mayor obligación del hombre, después del servicio que debe hacer a Dios, es trabajar para ganar su vida». El que tra­baja «no será una carga para nadie», «encontrará los medios para vivir». Dios bendecirá su trabajo, porque el hombre «trabajando bendecirá a Dios». Por su trabajo el hombre se hace «justo» a la mirada de Dios y de la sociedad. Ante el ejemplo de Dios y de Cristo, ¿podríamos permanecer «ociosos», ser «inútiles», desearía­mos «economizarnos»? dirá Vicente de Paúl. Sencilla, pero muy tenazmente, despliega las motivaciones que deben movernos a tra­bajar. Si la primera de estas motivaciones se funda en el mandato divino, exigiendo que el hombre gane su vida con el sudor de su frente, la segunda señala la orientación que Dios ofrece al justo para que viva del trabajo de sus manos.

El trabajo permite manifestar la gratuidad de la gracia en el ministerio sacerdotal y en la acción caritativa gratuita

«Buscad, buscad…». «Trabajemos, trabajemos», repetía en otro tiempo Vicente de Paúl. Los misioneros, lo mismo que las Hijas de la Caridad, deben, como su fundador, realizar primero en ellos la imagen de Dios por el desarrollo de sus capacidades creadoras, concedidas por el mismo Dios a toda criatura. Después ayudar a los demás en el desarrollo de sus capacidades.

El calificativo «gratuito» recuerda en primer lugar la preten­sión de Vicente, de sus misioneros, de las Hijas de la Caridad: «no ser una carga para nadie y esto gracias a su trabajo». En realidad este desinterés pecuniario es el anuncio de una voluntad de purificación más profunda y una invitación al cultivo de una virtud particularmente reveladora de la gratuidad de la gracia: el agradecimiento. «Dios es gratuito». Este amor gratuito es el signo del don de Dios a los hombres y la expresión del compro­miso incondicionado con el servicio de Dios. Vicente de Paúl re­cuerda el comportamiento de san Pablo, «el apóstol por excelen­cia», quien «hubiera tenido escrúpulo de comer un trozo de pan, que no hubiere ganado».

Para Vicente de Paúl la vida verdadera es ante todo desarrollo, acción, búsqueda. Para él, la vida no se desarrolla en plenitud si no comunica con otro. Y como no hay vida más que en Jesucristo, no hay ideal más que en Jesucristo: «Consumirse por Dios, no te­ner ni bienes ni fuerzas sino para consumirlas por Dios, es lo que hizo nuestro Señor, que se consumió por amor a su Padre».

En la vida y en la mentalidad de Vicente de Paúl, lo principal no es el trabajo, sino la permeabilidad a la presencia de Dios en el hombre, la disponibilidad para permitir que se realice la obra de Dios, que en Jesucristo es obra de salvación. El valor del hombre, el valor de su trabajo, está en su mediación, que hace transparente a Dios permaneciendo lo que él es. El trabajo en la perspectiva vicenciana tiene su fin en el desarrollo de la creación, en la vida siempre nueva del mundo, que glorifica a Dios, en la aplicación concreta de la fuerza de Dios, en beneficio de la esperanza de los pobres.

 

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