El descubrimiento de los pobres (V)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Sentido y valor de la acción apostólica

Vicente de Paúl no se contenta con ofrecer su espíritu a Dios. Quiere dar a su vida un sentido muy concreto y ajustar su con­ducta al plan misterioso de la adorable providencia de Dios, que se revela obrando, y cuya acción está señalada con un realismo concreto, existencial.

Por su parte, el cristiano debe encontrarse siempre en busca del reino de Dios. En consecuencia debe obrar de acuerdo con esta búsqueda y según la voluntad de Dios, que se manifiesta pro­gresivamente, especialmente a través de los acontecimientos y de las necesidades.

El misionero no es un ser inactivo. Su vocación le lleva a en­tregar a los hombres lo que ha contemplado en el misterio de Dios: «contemplata tradere». Abierto a Dios, que le sobrepasa, abierto a los hombres, a quienes debe servir, debe realizar la «victoria de comunión» entre Dios y los hombres y entre los hombres en y por Jesucristo. Por eso tiene que continuar reasumiendo el destino del mundo «recapitulado» por Cristo en la historia. Para poder rea­lizar esta misión debe hacer presente y activo a Cristo en el inte­rior del hombre, al mismo tiempo que el hombre se hace presente y obra en él y por él.

La enseñanza vicenciana en relación a la acción apostólica está orientada por el sentido de la providencia o de la voluntad de Dios y la imitación de Jesucristo, por una visión sobrenatural del mundo y un juicio acerca del hombre. Estos criterios nos permiten no engañarnos cuando oímos a Vicente hablarnos de la acción. Su pedagogía contiene registros muy diversos: período de inacti­vidad, y período de actividad que absorbe incluso los actos de piedad.

La actividad, considerada en esta perspectiva, es importante y constitutiva de la persona que obra. Para que la acción humana sea sobrenaturalmente eficaz se requiere tomar conciencia de su pro­fundidad. Vicente comienza habitualmente por invitar a las per­sonas a alcanzar el nivel que Dios requiere para utilizarlas. De ahí los preceptos de inactividad: «Sea más bien paciente que agen­te». «En las cosas de Dios quien se precipita retrocede». «No, pa­dre…, no debe ir tan deprisa. Las obras de Dios no se realizan de esa manera; se hacen por sí solas; y las que él no hace perecen pronto… El mayor consuelo que tengo, en lo concerniente a la obra de nuestra vocación, es pensar que hemos seguido el orden de la santa providencia, que requiere su tiempo para la realización de sus obras. Vayamos lentamente en nuestras pretensiones». «Las buenas obras se estropean, con frecuencia, por ir demasiado de­prisa… El bien querido por Dios se realiza casi por sí mismo, sin que se piense en él» y «la verdadera sabiduría consiste en seguir paso a paso a la providencia», «sin cabalgar sobre ella…». En la mentalidad de Vicente, estos aforismos tienen el cometido de contrapeso regulador, equilibran el impulso de celo que el cristiano debe alimentar sin cesar y hacer crecer hasta el máximo. Lo in­teresante es saber pasar rápidamente de un extremo al otro como él lo hacía. En realidad intenta descubrir las condiciones en las cuales el hombre debe obrar y realizarse, favoreciendo al mismo tiempo el desarrollo de sus cualidades en la búsqueda de respues­tas adaptadas a las circunstancias, que la realidad suscita e impone. En esta perspectiva el hombre podrá encontrarse en la complejidad de su actividad y descubrir que Dios se encuentra en el origen y en el término de la acción humana.

La acción para Vicente de Paúl no es un desarrollo anárquico y conquistador del instinto de conservación o de poder, sino un despliegue de vitalidad que enriquece a los demás, al mismo tiem­po que realiza la existencia del hombre. Su sentido, significación y valor radican en ser reveladora de una intención más profunda: el querer de Dios: «Sabemos que nuestras acciones no tienen nin­gún valor, si no están vitalizadas y animadas por la intención de Dios. Tal es el consejo del evangelio que nos orienta a hacer todo para agradarle…».

En otra dimensión y bajo otra perspectiva Vicente intenta a través de la acción hacer presente y activo a Cristo en la historia. Más exactamente, la acción del hombre debe tender a prolongar, a realizar lo que el mismo Cristo hubiera hecho: «Cuando se trate de hacer alguna obra buena decid al hijo de Dios: Señor, si estu­vieseis en mi lugar, ¿cómo obraríais en esta ocasión?». Para conseguirlo se requiere orientar la actividad humana de acuerdo con las «máximas del hijo de Dios»: «Debemos alabar a su majestad infinita por la gracia que ha concedido a la Compañía de tener esta práctica totalmente santa y siempre santificante. Si, desde el co­mienzo, hemos deseado todos entrar en este camino de los perfec­tos, que consiste en honrar a nuestro Señor en todas nuestras obras…».

Esta doble dimensión y perspectiva de la acción, Vicente de Paúl trata de unificarla a través del cumplimiento de la voluntad de Dios. De esta manera no sólo une en la realización de la volun­tad de Dios sus dos preocupaciones: revestirse del espíritu de Cristo para continuar su misión, ajustar la prudencia para orien­tar la acción de acuerdo con la manifestación de la adorable pro­videncia, sino que hace coincidir la imitación, el revestimiento de Cristo con la unión a la voluntad divina: «Nuestro Señor es una comunión continua con quienes están unidos a su querer y no querer».

En realidad Vicente de Paúl explicita y prolonga, en otro clima espiritual, la doctrina de Benito de Canfeld. Por eso la acción es para él una mediación y la mejor manera de unirse a la voluntad de Dios: «Es necesario santificar las ocupaciones buscando a Dios en ellas y realizarlas más para encontrarle que para verlas he­chas». A través del obrar humano, Dios obra y se manifiesta: El cumplimiento «de la voluntad de Dios hace que nuestras ac­ciones no sean nuestras sino de Dios, puesto que se hacen en él y por él». Para Vicente de Paúl el motor, es decir, el verdadero autor de la verdadera acción, cuyo resultado permanece, es Dios. El término que imanta, especifica, transforma la acción es Dios. Lo que equivale a decir que el amor es conformidad y comunión con la voluntad de Dios. Sólo en esta perspectiva se puede com­prender la prodigiosa actividad de Vicente de Paúl y su mística de la acción.

Discernimiento de la voluntad de Dios

«La práctica de la voluntad de Dios, dice Vicente de Paúl, es totalmente santa y siempre santificante». Sin embargo, ¿cómo discernir «esta voluntad de Dios, que es el alma de la Com­pañía y una de las prácticas que debe tener sus preferencias en su corazón… un medio de perfección muy fácil, excelente e infa­lible, y que hace que nuestras acciones sean acciones de Dios?».

Vicente de Paúl temía constantemente ser guiado por «la es­trella de su propia razón» y convertirse en uno de esos meteoró­logos de lo maravilloso que no pueden soportar el resplandor del sol de Dios, en uno «de ésos que piensan bogar contra viento y marea» y que «van a pique miserablemente». El, Vicente, co­noce sus tinieblas y sus abismos interiores. Sólo ve claro y se cal­ma cuando recuerda que Dios le ha esclarecido y conducido, cuando ajusta su pensamiento y su acción a las máximas y al es­píritu de Jesucristo. Sabe que su «salvación está en la obedien­cia a la voluntad divina» y proclama que «para llegar a la libertad de los ‘hijos de Dios, de esclavos que somos de nosotros mismos y de las cosas» es necesario «no estar sometidos más que a la vo­luntad del Padre celeste».

Para comprender cómo Vicente llega a discernir y a unirse a la voluntad de Dios, se requiere analizar la conferencia a los misioneros del 7 de marzo de 1659. El conferenciante, después de hacer alusión al pensamiento de Francisco de Sales y de Bérulle, adopta, adaptándola, la doctrina de Benito de Canfeld. Su intención no se reduce a reconocer la excelencia y utilidad de esta enseñanza. A través de la disertación, Vicente trata de comunicar al auditorio su experiencia interior.

Guiado en su pensamiento y en muchas de sus expresiones por el maestro capuchino, Vicente expone con precisión cinco mo­dos de discernir y de cumplir la voluntad de Dios. No obstante no deja de señalar su reticencia y desconfianza referente a las «ins­piraciones interiores» y a la «razón» como medios seguros de des­cubrirla. Si en este aspecto modifica la enseñanza de Canfeld, adopta por el contrario su «regla» para conocer y practicar la vo­luntad de Dios. Como él clasifica las manifestaciones de esta volun­tad en tres categorías, que requieren por parte del hombre tres criterios:

Las cosas mandadas. Criterio: la obediencia. La unión a la voluntad de Dios se realiza «ejecutando perfectamente las cosas que nos están mandadas y omitiendo hasta el más mínimo detalle las que nos están prohibidas. Y éste debe ser nuestro comporta­miento siempre que nos sea evidente que tal orden o tal prohibi­ción provienen de Dios, de la iglesia, de nuestros superiores, de nuestras reglas o constituciones».

Las cosas indiferentes. Criterio: la mortificación. «Entre las cosas indiferentes que se pueden realizar, se deben elegir pre­ferentemente las que repugnan a nuestra naturaleza a las que la satisfacen, excepto cuando las que le agraden sean necesarias. En este caso la preferencia de las cosas agradables debe ser motivada no porque deleitan a los sentidos, sino porque son más agradables a Dios».

Las cosas indiferentes, ni agradables ni desagradables, y las cosas inesperadas. Criterio: el abandono en la providencia.

«Cuando varias cosas, igualmente agradables o desagradables en sí mismas, se presentan al ejercicio de nuestra actividad, hay liber­tad de ejecutar cualquiera de ellas, puesto que se consideran como venidas de la divina providencia. Y cuando nos acontecen cosas inesperadas, como son las aflicciones o consolaciones corporales o espirituales, todas ellas deben ser recibidas como salidas de la ma­no paternal de nuestro Señor».

Vicente no olvida señalar el motivo que debe orientar la acción para que ésta permita establecer la unión con Dios: «Todas estas cosas deben ser realizadas por el único motivo de agradar a Dios, y para imitar en ello, en cuanto nos es posible, a nuestro Se­ñor Jesucristo que hizo siempre las mismas cosas y por el mismo fin; ‘hago siempre, dice, las cosas que están en conformidad con la voluntad de mi Padre».

La necesidad y los acontecimientos son los signos más indiscuti­bles de la voluntad divina

Si hay que escuchar a Dios y obedecerle diligentemente, no hay que olvidar que Dios habla de diversas maneras. Pascal decla­ra admirablemente: «Si Dios nos diera directamente unos maes­tros, sería necesario obedecerles con complacencia. La necesidad y los acontecimientos lo son infaliblemente». Para Vicente de Paúl, que profesa la «devoción especial de seguir paso a paso la adorable providencia de Dios», la necesidad y los acontecimientos son «evangelio» y «profecía». Si nos situamos en la perspectiva de Vicente de Paúl y adoptamos su visión del mundo, veremos que Dios se manifiesta a través de dos «necesidades» producidas por los acontecimientos: la miseria material y la miseria espiritual que rei­naban en la primavera del «gran siglo».

Vicente sabe por experiencia que se requiere estar atento a la providencia de Dios, que se manifiesta en lo provisional y a través de lo previsto, lo imprevisto y lo imprevisible. Todo cambio inte­rroga al hombre exigiéndole una actitud y una respuesta. En razón de esta interrogación y de esta exigencia Vicente no duda unirse irrevocablemente a los cambios que ponen en juego el querer de Dios y la re-creación de los hombres. Para conseguirlo se esfuerza a través de las situaciones complejas en descubrir la misteriosa vo­luntad de Dios.

Sin querer y sin poder separar la acción caritativa y misionera del conjunto de la vida espiritual, su fidelidad al presente, esclare­cido y sostenido por la experiencia del pasado, le obliga a estar continuamente en búsqueda y le abre a las necesidades impuestas por la realidad. Esta búsqueda incesante, esta abertura constante, le exigen «preocupación» y «acción». Preocupación y acción le ha­cen descubrir las llamadas de Dios. Estas llamadas provocan en él un compromiso, una responsabilidad. Pero la responsabilidad para él no es solamente conciencia de algo moral. Ante todo es escuchar el grito y las necesidades de los demás para ayudarles. Estas lla­madas exigen pedir a Dios una «disposición flexible», el «coraje de sufrir que da a los hombres de guerra y la firmeza que tienen en el orden militar».

La búsqueda y realización de la voluntad de Dios a través de la realidad concreta, dura y exigente, producen un equilibrio inte­rior, una paz, un deseo de Dios, porque esta voluntad de Dios «es siempre santa y siempre santificante». A los misioneros que no están «sometidos más que a la voluntad del Padre celeste», que vacían su corazón «de cualquier amor que no sea el de Dios… no les interesa más que Dios y Dios los conduce. Los veréis mañana, esta semana, todo el año y toda la vida en paz, en deseo y tendencia hacia Dios y difundiendo siempre en las almas los dulces y salu­dables efectos de las operaciones de Dios en ellos».

Esta tendencia hacia Dios produce, en quienes buscan en todo el «buen agrado de Dios», la unión a la voluntad divina. «Cumplir la voluntad de Dios, es comenzar su paraíso en este mundo. Dadme una persona, dadme una Hija de la Caridad, que cumpla toda su vida la voluntad de Dios; ella comienza a hacer en la tierra lo que los bienaventurados hacen en el cielo; comienza su paraíso en este mundo; porque no tiene una voluntad distinta de la de Dios y en esto consiste participar en la felicidad de los bienaventurados… Señor, concedednos la gracia de comenzar desde este mundo esta vida feliz que los santos poseen en el cielo, que consiste en tener un mismo querer y no querer con Dios».

Esta unión y esta felicidad no sólo permanecen en ellos. A tra­vés de su obrar los demás se benefician de su luz y de su eficacia: «Veréis su comportamiento resplandeciente de luz y siempre fecun­do en frutos; no hay más que progreso en su persona, fuerza en sus palabras, bendición en sus empresas, gracia en sus consejos y bálsa­mo en sus acciones».

La característica de la vida ordinaria, los acontecimientos, in­terrogan e inspiran a Vicente de Paúl, al mismo tiempo que le ayu­dan a descubrir la voluntad de Dios. «La pura necesidad», confie­sa, es el camino utilizado por Dios para comprometernos en la realización de sus designios. Tiene el arte de «domesticar» estos acontecimientos, es decir, de interpretarlos a través de su expe­riencia re-creadora y según el espíritu de la Compañía. En esta pers­pectiva las exigencias concretas le llevan a hablar de las obligacio­nes, actitudes y comportamientos de los sacerdotes, de las personas apostólicas, que tratan de prolongar la misión de Cristo en medio de los hombres. En estas circunstancias sus palabras son la expre­sión de una exigencia y no los rígidos principios de una doctrina o la inamovilidad de una definición.

Si los acontecimientos manifiestan la voluntad de Dios y exi­gen una respuesta, Vicente hace descubrir a sus auditores e inter­locutores una consecuencia, convertida en exigencia de la vida mi­sionera: la decisión inquebrantable de no abandonar el mundo. Sin duda en este mundo habitan las «tres concupiscencias» de que habla san Juan, sin embargo Dios «trabaja incesantemente» en medio del drama de este mundo y «Cristo agoniza en él hasta el último día. Durante este tiempo no se puede dormir».

Esta preocupación se encuentra en el centro de la perspectiva vicenciana, ella orienta su vida espiritual, su acción y su política. Vicente de Paúl vive y pretende continuamente realizar el plan de Dios, unirse a la voluntad de Dios.

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