El descubrimiento de los pobres (IV)

Mitxel OlabuénagaEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Cristo en la obra de Vicente de Paúl

Rápidamente, pero con seguridad, Vicente nos presenta en dos pinceladas los rasgos de la fisonomía de Cristo. En lo más profundo de su vida interior este Cristo de la contemplación vicenciana es religión en relación a su Padre y caridad en orden a los hombres. Con relación a su Padre, el hijo de Dios no tiene más que estima, amor, honor. Esta disposición le invita a darse y le opone profundamente al mundo que, según san Juan, es concu­piscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, soberbia de la vida.

En la visión vicenciana lo que caracteriza al hijo de Dios es un espíritu de caridad perfecta. Este espíritu, profundamente en­riquecido «por una maravillosa estima» de la divinidad y «por un gran amor al Padre», determina la actitud fundamental de Cristo con respecto a su Padre. Jesús rendía homenaje al Padre de todo lo que existía en su persona sagrada. Reconocía que el Padre era el autor y el único principio de todo lo que había en él. «No que­ría decir que su doctrina fuese suya» (Jn 7, 16), lo mismo que su voluntad. Esta voluntad, que se traduce y se expresa en el amor del hijo de Dios, se manifiesta en orden a los hombres de dos maneras:

  • por el anonadamiento de la encarnación y la pasión reden­tora;
  • a través de todas las actividades de la vida terrestre, hu­millaciones, trabajo, sufrimientos, oración, operaciones interiores y exteriores.

Entre la encarnación y la pasión, Vicente de Paúl descubre una trama de méritos, un tejido de humildad, realizados a través del silencio, de la vida oculta, de la dependencia de Cristo. El funda­dor de la Congregación de la misión señalará a sus misioneros la importancia de imitar a Cristo en todas estas actitudes, el fun­dador de las Hijas de la Caridad hará vivir a las hermanas de este espíritu que honra la vida oculta de Cristo.

Dirigiéndose a los sacerdotes de la Congregación de la misión, Vicente los invita a contemplar las características del «espíritu de caridad perfecta» de Cristo. Para él tres notas caracterizan esta caridad:

Es preventiva: «Ha sido necesario que nuestro Señor haya prevenido con su amor a todos los que ha querido que crean en él».

Goza de una adaptación exterior, capaz de crear una uni­formidad: Cristo se hace semejante a los hombres, pobres con los pobres, y sobre todo esta caridad goza de una adaptación interior, que Vicente de Paúl llama compasión: Cristo ha dado su corazón para que los demás le den el suyo.

Finalmente esta caridad lleva al hombre a ser caritativo y no sólo a practicar la caridad. En esta perspectiva Vicente de Paúl en­cuentra la razón y la excelencia del sufrimiento, del desprendimien­to requerido a los misioneros: «Nuestro Señor y los santos hicieron más padeciendo que obrando». Esta última característica es in­dispensable para un hombre de acción. Vicente da la prioridad a la acción, pero reconociendo que se hace más por el sufrimiento que por la actividad. Partiendo de esta afirmación se puede encontrar el equilibrio moral del pensamiento vicenciano, cuando habla de las calumnias, de la enfermedad, del desprendimiento.

La persona de Cristo y su obra redentora orientan progresiva­mente la dinámica generadora de la espiritualidad y de la actividad vicencianas. Al mismo tiempo ejercen en ellas una vitalidad unifi­cadora.

La génesis de la concepción de Cristo en Vicente de Paúl es clara. Aparecida el 1 de mayo de 1635 se continúa hasta el fin de sus días: «Acuérdese, escribe al padre Portail, que vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y debemos morir en Jesu­cristo por la vida de Jesucristo. Nuestra vida debe estar oculta en Jesucristo y llena de Jesucristo. Para morir como Jesucristo, es ne­cesario vivir como Jesucristo».

La fisonomía de Cristo, que descubre Vicente de Paúl, tiene ciertos rasgos característicos. Cada autor espiritual tiene su ma­nera de reproducir a Cristo, de imitarle. El Cristo que Vicente de Paúl quiere reproducir, imitar y hacer imitar, es un Cristo lleno de celo y de ternura, humilde.

El celo. Dirigiéndose a los misioneros Vicente les invita a con­templar, para poder imitarlo, el celo de Jesucristo. Considera esta característica de Cristo en relación a su filiación con el Padre y en relación con la miseria de los hombres. El amor que tiene al Padre le invita a «entregarse» para «abrazar los corazones de los hombres», «poner fuego en el mundo para inflamarlo con su amor». «Privados de su gloria», los hombres necesitan ser salvados, saber que Dios los ama y amarse mutuamente por el amor de Dios. El celo de Cristo tiene una motivación: manifestar que «está enamorado del amor de las criaturas», establecer entre los hombres «por su palabra y por su ejemplo la caridad para con el prójimo» y «hacer que estos hombres amen, recíprocamente, a su Creador».

La ternura o compasión. El «espíritu de perfecta caridad», que anima al hijo de Dios, le dicta, en orden a los hombres, una ac­titud de ternura, de compasión, de bondad, que no cesa jamás de arrebatar a Vicente de Paúl, y que no cesará tampoco de arreba­tamos cada vez que la contemplamos en él. «¡Ah, cuán compasivo era el hijo de Dios!», dirá él. «Esta ternura le hizo bajar del cielo; viendo a los hombres privados de su gloria, se conmovió de su miseria». «Llora con los hombres, de tal manera es afectuoso y compasivo». También Dios es para Vicente de Paúl «un abis­mo de ternura». Esta actitud de Cristo, este espíritu de Jesús tiene una intención, nos declara Vicente: «hacernos entrar en una unidad de espíritu de alegría y de tristeza; su deseo es que en­tremos unos en los sentimientos de los otros».

La humildad. Para Vicente de Paúl, Cristo fue profundamente humilde, humilde con un corazón humillado ante el Padre, ante los hombres y por los hombres. Su vida fue una humillación con­tinua. Para Vicente esta humildad del hijo de Dios es una for­ma de su amor y su amor es una iniciativa o un producto de su humildad. En filigrana Vicente va a transponer la doctrina de la «kenosis» de Cristo, según la doctrina de san Pablo, en una vida concreta, misionera, caritativa. Para él, y desearía que sus misio­neros y las Hijas de la Caridad prosiguieran el mismo ideal a tra­vés de las realidades concretas, su humildad es una expresión de su amor y su amor es una iniciativa de su humidad.

Todo el código moral de la misión y de la caridad se centra para él en este rostro de Cristo. Apaciblemente nos confiesa: «Nada me agrada si no es en Jesucristo». Más aún, transpone y actualiza el Cristo del evangelio: «¿Qué haría hoy y ahora nuestro Señor?». Este Cristo reflejado en los ojos vicencianos, es un Cris­to «escarnecido, despreciado, humillado», asumiendo al máximo la condición de pobre, sometido a la voluntad de su Padre hasta el anonadamiento de la encarnación y de la muerte. De la mis­ma manera que Cristo se encuentra en el centro de la perspectiva dogmática vicenciana, la humildad es el esfuerzo preferible de su ascesis.

Cristo en todos

La perspectiva cristocéntrica de Vicente de Paúl le lleva a des­cubrir la presencia de Cristo en todos los hombres y en todos los estados de la vida. «La segunda máxima de este fiel servidor de Dios, era considerar siempre a nuestro Señor en los demás, a fin de excitar más eficazmente su corazón a cumplir todos los deberes de caridad. Consideraba a este divino Salvador como pontífice y jefe de la iglesia en nuestro santo padre el papa, como obispo y príncipe de pastores en los obispos, doctor en los doctores, sacer­dote en los sacerdotes, religioso en los religiosos, soberano y po­deroso en los reyes, noble en los nobles, juez y muy sabio político en los magistrados, gobernantes y demás responsables.

«Y habiendo sido comparado en el evangelio el reino de Dios a un mercader, le consideraba de esta manera en los comerciantes, obreros en los artesanos, pobre en los pobres, enfermo y agonizante en los enfermos y moribundos; y así considerando a Jesu­cristo en todos estos estados, y viendo en cada situación una ima­gen de este soberano Señor, que se traslucía en ‘la persona del próji­mo, se esforzaba por este medio en honrar, respetar, amar y servir en cada uno de ellos a nuestro Señor y en nuestro Señor a cada uno de ellos, invitando a los suyos, y a quienes hablaba de esto, a entrar en esta máxima y servirse de ella para practicar su caridad de ma­nera más constante y más perfectamente en relación con el pró­jimo».

«Para continuar la misión de Jesucristo, es necesario revestirse de su espíritu»

Este espíritu es, para Vicente de Paúl, el principio de la orga­nización de la vida interior y de la acción.

«Vestirse de Cristo», obedecer a su Espíritu, exigen un esfuer­zo de disponibilidad, ¿qué reclama y qué exige este esfuerzo?

Después de la muerte de Cristo, su vida no ha sido interrum­pida. Se continúa en la iglesia haciéndola presente en todo lugar y tiempo. Pero esta presencia de Jesús debe ser una expresión viva de su espíritu. Vicente descubre este espíritu de Jesús en el evan­gelio. Con precisión y por deseo de vitalidad Vicente dosifica los imperativos evangélicos, dado que no todos tienen el mismo valor, ni orientan de la misma manera el dinamismo de la misión y de la caridad:

Tenemos que practicar las «máximas evangélicas, que no sean contrarias a la Compañía», señala con precisión y convicción a los misioneros.

Puesto que «existen, en efecto, distintos estados en la vida transitoria y mortal de nuestro Señor», no tenemos por qué imi­tar todos los actos de Cristo. Si nos bastara esa reproducción material del evangelio, podríamos contentarnos con recoger las citas textuales del nuevo testamento. Pero fundarnos en el amon­tonamiento de citas en lugar de abrirnos hacia el porvenir, nos cierra el paso fijándonos en una visión obsesiva del pasado.

Cristo nos instruye, afirma Vicente de Paúl, a través de sus «enseñanzas» y «acciones». Se requiere señalar que Vicente da un sentido muy preciso y poco «escolástico» a la palabra «enseñanza». Para él, esta palabra tiene un sentido más vital que doctrinal, com­porta más una manera de vivir que una forma de pensamiento. Se puede decir que esta palabra evoca en Vicente una vida, una persona amante y viva: Cristo. Las enseñanzas evangélicas son la expresión de la fuerza de Jesús, que se traduce en ellas y por ellas. «Nuestro Señor», y no tal enseñanza evangélica, «es la regla de la Misión».

En cuanto a la actividad de Jesús no solamente es anterior y primordial con respecto a su enseñanza, porque comenzó a obrar y después a enseñar, sino porque sus acciones dan la interpretación de su enseñanza. Jesús da cuerpo y fisonomía a la acción, de tal manera que la regla no es tal o cual acción de Jesús, sino la per­sona de Jesús.

Por eso Vicente reclama un esfuerzo de disponibilidad y la movilización continua de todo el ser del hombre para abrir el al­ma y la vida al evangelio inspirador de este esfuerzo moral y con­creto.

Sentido y significación de la vida interior

«Para continuar la misión de Jesucristo, se requiere revestirse de su espíritu». Para continuar «los empleos de Jesucristo… es necesario, dice Vicente de Paúl al padre Antonio Durand, vaciarse de sí mismo y revestirse de Jesucristo». Si Vicente de Paúl descubre el espíritu de Jesús en el evangelio, se inspira, sin embargo, en la doctrina bautismal de san Pablo para describir este espíritu, que habita en el cristiano. La espiritualidad cristocéntrica de la misión y de la caridad, tal como la concibe Vicente de Paúl, no es una espiritualidad sacerdotal sino bautismal 67. La necesidad de «despojarse del hombre viejo» y «revestirse del espíritu de Jesús» para continuar la misión amorosa de Jesucristo, que glorifica al Padre y transforma a los hombres, es una evocación de los gran­des textos de la espiritualidad de san Pablo. Por eso los misio­neros, lo mismo que las Hijas de la Caridad, deben continuar la obra amorosa y salvadora de Cristo.

La vida del Espíritu ha surgido de la muerte-resurrección de Cristo (Jn 7, 39). Vicente descubre que este Espíritu da a los bau­tizados «las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesús cuando vivía en la tierra». Sin embargo para «realizar las obras» del Espíritu se requiere «morir en Jesucristo por la vida de Jesu­cristo». Paradójicamente en el cristianismo «vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo y… debemos morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo», confiesa apaciblemente Vicente de Paúl.

Sin duda, esta vida por Cristo y en Cristo permanece oculta, misteriosa (Col 3, 3). No obstante reclama la muerte a sí mismo. Sin este renunciamiento y sin esta humildad, que vacían a un ser de sí mismo, no se puede verdaderamente vivir en Cristo ni «obrar en él y por él». Por eso todo hijo adoptivo de Dios que quiere continuar la obra de Jesús, el Hijo único, no puede obrar, ser fiel a su vocación, cumplir con su profesión más que poniéndose cons­ciente y totalmente bajo la dirección del Espíritu de Jesús, del Espíritu de Dios. No hay vida y acción más que en Jesucristo. Lo contrario, dirá Vicente de Paúl, es «agarrarse a la sombra y sol­tar el cuerpo».

El trabajo primordial que Vicente propone a cada existencia cristiana es claro: «despojarse de sí mismo», «despojarse del hom­bre viejo», «vaciarse de sí mismo», ofrecerse a Cristo que se en­trega a los hombres.

«Es necesario aspirar a la vida interior, dirá él, y si se fracasa en esto, se fracasa en todo». «Es necesario trabajar en hacer sobe­ranamente a Dios en nosotros y después en los demás. Y mi mal es que tengo más preocupación por hacerle reinar en los demás que en mí mismo». «Tengamos por máxima infalible que en la propor­ción en que trabajemos en la perfección de nuestra vida interior, nos haremos más capaces de producir fruto en el prójimo». «¿De qué nos servirá haber hecho maravillas por los demás y haber de­jado nuestra alma en el abandono?».

La abertura hacia Dios, hacia Cristo, está motivada en la espiritualidad vicenciana por un sentido agudo de la transcendencia de Dios, por el anonadamiento de Cristo, por la pobreza del hom­bre. Esta triple constatación impulsa al hombre a fijar la mirada en Dios, a anonadarse ante él, a apoyarse en Cristo para obrar en él y por él.

Programa de Vicente de Paúl

El programa espiritual de Vicente de Paúl se encuentra más en su vida, en su acción, que en ciertos principios o en ciertas «con­sideraciones edificantes». Su espíritu escapa a toda empresa de sim­plificación y de clasificación. Sin embargo ama la claridad, el método, la precisión, incluso si sus palabras y escritos no se de­jan fácilmente encuadrar en «proposiciones simples y simétricas». Conectados con su espíritu, anudados con las circunstancias que reflejan, sus escritos y palabras son signos que evocan, sugieren, recuerdan el dinamismo de la fe y de la experiencia vicencianas. Silenciosa y resistentemente Vicente de Paúl pulveriza la intención de quien quisiera reducir su enseñanza a un sistema racional o a una síntesis doctrinal.

La diversidad de conferencias y de cartas, que se conservan de Vicente de Paúl, nos fuerza a admitir tres niveles de pensamiento, expresados en tres registros de expresión: la doctrina expuesta a los misioneros, la catequesis dada a las Hijas de la caridad, las cartas enviadas a las diferentes categorías de personas.

La enseñanza vicenciana se manifiesta con mayor precisión, so­lidez y riqueza en las conferencias dadas a los misioneros. En ellas se encuentra el núcleo fundamental del pensamiento de este maes­tro de vida espiritual. El conferenciante se presenta delante de su auditorio después de haber preparado al detalle su disertación, leído sus «autores» y ordenado sus argumentos. Pensamiento y lenguaje se armonizan para transmitir sólida y claramente un saber y sobre todo una experiencia: vivir en Cristo, por él, para pro­longarle.

Cuando dirige su palabra a los misioneros, cuando hace «su pequeña conferencia» a las Hijas de la Caridad, dulce y tenaz, humilde y exigente, autoritario y conmovido, diserta durante una hora tratando de hacer comprender a su auditorio las exigencias del espíritu de Jesús, contrario al espíritu «del hombre viejo». Teniendo en cuenta la vocación de su auditorio, cambia el conte­nido de sus expresiones y orienta a los misioneros y a las Hijas de la Caridad hacia un espíritu. Su intención más profunda y de­licada es el esfuerzo desarrollado para comunicar y compartir su experiencia.

Si el dinamismo de esta vida espiritual está orientado por las exigencias de Dios y la miseria de los hombres, el espíritu de Jesús debe ser quien polarice a los miembros de la misión y de la ca­ridad. Este espíritu indica al mismo tiempo un «ideal» a proseguir continuamente y una cierta «realización» de este ideal.

Este «espíritu» en cuanto ideal exige, en primer lugar, una perspectiva sobrenatural, una visión de fe. Vicente contempla y pide a sus misioneros que contemplen de manera privilegiada a Cristo calumniado, anonadado, sometido a la voluntad del Padre, asumiendo la condición de pobre.

La unión con Cristo se efectuará por una comunión: comunión de caridad por la compasión, la misericordia, el don del corazón, la dulzura —«esta ambrosía del cielo», «la bella virtud», la califica Vicente—, el amor efectivo; comunión con la voluntad de Dios según la doctrina y las directivas de Benito de Canfeld y de la «escuela abstracta».

En segundo lugar es una prudencia, una manera de dirigir la vida y la acción. Esta prudencia se apoya principalmente en las verdades teologales, en la dependencia de la fuerza de Dios, en el rechazo de utilizar los medios humanos para realizar «las cosas divinas».

En tercer lugar es el cultivo preferente de cinco virtudes que son «como las facultades del alma de la Compañía», «como el edi­ficio del cristianismo»: humildad, sencillez, dulzura, mortificación, celo.

Finalmente la realización del espíritu de Jesús impulsa a prac­ticar las virtudes de pobreza, castidad y obediencia, que se opo­nen al «espíritu del mundo», purifican las tres pulsiones fundamen­tales del hombre y permiten «edificar sobre la roca y construir un edificio permanente».

Al mismo tiempo que este «espíritu» desarrolla en el «hombre nuevo» las disposiciones de Cristo, lleva a purificar las pulsiones del «hombre carnal». Por eso Vicente propone con lucidez y ener­gía luchar contra los instintos y tendencias de la «naturaleza en­gañadora». Esta lucha debe hacerse principalmente contra la exaltación del hombre, contra la «voluntad de poder», por la sen­cillez, «que resuelve las cosas humanas por las divinas y no las divinas por las humanas», la humildad, la mortificación, que hace despojarse del «hombre viejo» y da los sentimientos de Cristo, «que quiere los frutos del evangelio y no los del mundo», la uniformidad, «que hace obrar según su condición» y «forma de muchos miembros un cuerpo vivo que tiene sus operaciones pro­pias», la indiferencia, que «vacía nuestro corazón de cualquier otro amor que no sea el de Dios».

La insistencia de Vicente de Paúl en la virtud de la humildad puede parecer excesiva, a veces casi obsesiva. Sin embargo no se puede olvidar que, en la perspectiva vicenciana, la humildad con­vierte a las personas apostólicas en instrumentos de Dios, al mismo tiempo que crea en ellas un esfuerzo de disponibilidad. Por eso pide a los misioneros que acepten en silencio las calumnias, a pesar de las dificultades y la apelación a la justicia y a la verdad: «Es necesario atenerse al evangelio e imitar únicamente a nuestro Señor». Si a veces la exige en detalles aparentemente desprecia­bles, es porque está convencido de que la humildad es la fuente de todas las virtudes, el origen de todos los bienes.

Teológicamente hablando la humildad, para Vicente de Paúl, dice relación a la transcendencia y a las perfecciones de Dios, al movimiento de la encarnación y de la redención de Cristo, a la ba­jeza de la criatura y del hombre pecador.

Orientando de esta manera su vida espiritual y la de sus misio­neros, Vicente amplía su campo de conciencia por el don y la en­trega y domina al «hombre viejo» por la humildad y la caridad. No olvidemos que los misioneros y las Hijas de la Caridad se en­cuentran en un «estado de caridad» y «su virtud preferida es la humildad».

Este espíritu es un proyecto, una tensión hacia lo que no se posee todavía. Haciendo subordinar lo secundario a lo esencial obliga a aceptar la realidad como es y asumir una responsabilidad capaz de realizar este ideal y de transformar a las personas.

La disponibilidad, que Vicente de Paúl exige a sus misioneros y a las Hijas de la Caridad, es una flexibilidad vital que propor­ciona la posibilidad de adaptación y mantiene en un dinamismo vital. Las iniciativas de Dios, manifestadas en el tiempo, provocan cambios, evoluciones, transformaciones. No es posible adaptarse a ellos sin una movilización continua del ser del hombre. Sólo se­mejante movilización puede permitir responder a las múltiples formas del único amor del Dios vivo, requeridas y formuladas por las situaciones, los acontecimientos y las personas. Esta disponibi­lidad, que exige una adaptación constante, conduce al hombre a ser fiel a la continuación de la misión de Cristo.

Sobrenaturalmente Vicente realiza la perfecta compenetración de la gracia en la naturaleza y de la naturaleza en la gracia. La ga­rantía de la religión se encuentra en esta integración. Esta integra­ción supone, si no la perfección, al menos la familiaridad con dos virtudes que garantizan la religión: la humildad que garantiza la transcendencia de Dios y la caridad que garantiza la comunión con los demás. Como se dice hoy la transcendencia en la inmanencia.

El fin de imitar a Cristo y la razón de oponerse a la «natura­leza engañadora» para entrar profundamente en la «nada capaz de Dios» es claro para Vicente de Paúl. Escuchémosle: «Se trata de perder todo, de no tener nada, de sufrir injurias, de amar a sus enemigos, de rogar por quienes le han perseguido, de renunciarse a sí mismo y llevar su cruz. El (Cristo) lo hizo hasta la muerte para cumplir la voluntad de su Padre. Pero, si nosotros somos sus hi­jos, debemos seguirle. A su ejemplo debemos abrazar la pobreza, las humillaciones, los sufrimientos, desprendernos de todo lo que no es Dios y unirnos al prójimo por caridad para unirnos a Dios por Jesucristo. A esto nos conducen estas máximas; y entonces construiremos sobre la roca, de tal manera que las tentaciones de nuestras pasiones no nos derriben, como derriban ordinariamente a quienes establecen sus conductas según las máximas del mundo».

«Un buen medio, que nos ayudará a practicar estas máximas, será considerar con frecuencia, que la Compañía, desde el comien­zo, ha tenido el deseo de unirse a nuestro Señor para hacer lo que él hizo por la práctica de estas máximas, para hacerse, como él, agradable a su Padre eterno y útil a su iglesia; ella ha intentado efectivamente adelantar y perfeccionarse en esta práctica… Los misioneros deben estar animados de manera especial por este es­píritu… Se trata de formar una compañía animada por el espíritu de Dios y que se conserve en las operaciones Je este espíritu».

«¿Cómo, padres, dice Vicente de Paúl, quisiéramos estar en el mundo sin agradar a Dios y sin procurarle su mayor gloria?».

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